El gobernador de la Fed, Christopher Waller, visitó la Universidad de Auburn el viernes, y tuve la oportunidad excepcional no solo de asistir a su charla pública, sino también de almorzar con él y con algunos profesores de Auburn antes del evento. Aunque presto más atención a la Fed que la gente en general, mi contacto con ella se limitaba a sus charlas públicas, comunicados y ruedas de prensa. En el almuerzo de puertas abiertas, tuve la oportunidad de sentarme con un funcionario de la Fed y hacerle todas las preguntas que quisiera. Fue una situación extraña para mí: por mucho que quisiera mostrarme combativo, sabía que tenía que ser educado para que él siguiera respondiendo a mis preguntas con toda la honestidad de la que es capaz un banquero central.
Hubo un gran contraste entre sus comentarios informales durante el almuerzo y su discurso público. Durante el almuerzo, Waller se mostró más franco, más desdeñoso y con un estilo más brusco. En el ámbito público, suavizó el lenguaje y adoptó el tono más mesurado que cabría esperar de un banquero central. Me di cuenta de inmediato de cuándo empezó a hablar en el «lenguaje de la Fed» al comienzo de su discurso. No hubo nada realmente digno de mención en su discurso —fue un aburrido discurso de formulismo típico de un funcionario de la Fed. Lo que sí fue digno de mención fue el contraste: la Fed proyecta confianza y una honestidad en público, pero no puede soportar la más mínima pregunta sin recurrir a evasivas, trucos retóricos y contradicciones directas.
Casualmente, Waller pronunció su conferencia en el mismo auditorio del campus de Auburn en el que el Instituto Mises ha organizado charlas abiertas al público. He visto esta sala (y otra de igual aforo en el lado opuesto del edificio) llena hasta los topes para que la gente pudiera escuchar las conferencias del juez Andrew Napolitano o de Tom Woods. Sin embargo, para un gobernador de la Fed, la sala estaba más de medio vacía, y los estudiantes que asistieron solo lo hicieron para conseguir créditos extra en sus clases. Después, se formó una cola de estudiantes, no para hablar con Waller, sino para firmar la hoja de asistencia situada al fondo de la sala de conferencias.
Durante el almuerzo, me di cuenta de una pauta. Siempre que podía, repetía el discurso típico de la Reserva Federal sobre algún tema. Si no, se mostraba desdeñoso, diciendo cosas como «no me importa», «eso no tiene importancia», «no vale nada» o «¿qué sentido tiene?». Probablemente era una estrategia para que los que preguntaban dejaran de insistir en algún tema que no quería discutir. O eso, o es un nihilista convencido.
Cuando le pregunté por los certificados de oro de la Fed y si realmente tenían alguna utilidad, sobre todo teniendo en cuenta que no son negociables ni canjeables, me respondió que no. Según él, los certificados no son más que una reliquia institucional, un vestigio del pasado que hoy en día no tiene ninguna utilidad real. Se mostró muy desdeñoso con el oro en sí y repitió (sin citarlo) el argumento de Warren Buffett, según el cual el oro es algo que extraemos de la tierra solo para volver a enterrarlo en cámaras acorazadas. A ojos de Waller, el oro no tiene sentido.
En cuanto a la pregunta de por qué algunos bancos centrales extranjeros han estado aumentando sus reservas de oro (Mark Thornton también preguntó sobre esto en la ronda de preguntas tras el discurso público de Waller), Waller afirmó que podría haber una cierta pérdida de confianza en los bonos del Tesoro de los EEUU y que estos bancos centrales extranjeros buscan activos líquidos que puedan vender con el fin de mantener el tipo de cambio de su moneda más o menos vinculado al dólar. Esa respuesta fue interesante en sí misma. Aunque consideraba que el oro era inútil desde el punto de vista de la Fed, reconoció que otros bancos centrales lo valoran precisamente porque su confianza en los activos en dólares está decayendo.
Cuando le pregunté por qué la Fed se fija como objetivo una inflación del 2 %, al principio se anduvo con rodeos hablando de los problemas que plantea medir la inflación. No veía qué relevancia tenía eso para mi pregunta, pero entonces recordó la línea oficial y la recitó: la deflación se asocia con épocas difíciles, la Fed no quiere deflación y, por lo tanto, es deseable un objetivo de inflación positiva. Hay que reconocer que admitió que la deflación no es necesariamente una causa de las recesiones, pero no profundizó en ello. Su argumento equivalía a tratar una correlación como causalidad. ¡Ups!
Entonces dijo algo así como: «Gravamos todo lo demás, ¿por qué no el dinero?». Esto no se parece a nada de lo que haya oído jamás de boca de un responsable de un banco central. Demuestra que, más allá de todas las endebles justificaciones tecnocráticas del objetivo de inflación del 2 %, los responsables de la Fed saben que se trata de una expropiación por parte del gobierno. El gobierno desea gastar mucho más de lo que puede recaudar en impuestos y pedir prestado a bajo costo, por lo que recurre al banco central para que imponga ese impuesto de la inflación, mucho más sutil.
Las preguntas sobre el sistema bancario sacaron a relucir un tema que no le interesaba abordar. Cuando se le preguntó si alguien en la Fed se estaba planteando seriamente la concentración e del sistema bancario y si la política de la Fed podría estar contribuyendo a ello, su respuesta fue negativa. Afirmó que no le preocupa el número de bancos.
Esto me llevó a plantear una pregunta complementaria: ¿qué pasaría si todo el mundo operara directamente con la Fed a través de una moneda digital del banco central (CBDC)? Afortunadamente, Waller se mostró muy crítico con las CBDC. Afirmó que no hay ningún problema que una CBDC pudiera resolver. Cuando le presioné para que me dijera si una CBDC podría utilizarse para aplicar tipos de interés nominales negativos, rechazó la idea y dijo que el banco central nunca debería imponer tipos nominales negativos. Los considera un impuesto explícito que excede el ámbito legítimo de la Fed. Aunque estoy de acuerdo, hay una extraña tensión: podría reconocer los tipos negativos como un impuesto ilegítimo y, al mismo tiempo, seguir defendiendo un régimen basado en la continua depreciación del poder adquisitivo del dinero, algo que anteriormente había calificado de impuesto.
Pregunté por qué se le había denegado el acceso a una cuenta maestra al Custodia Bank, constituido en Wyoming. El Custodia Bank fue fundado por Caitlin Long —amiga desde hace mucho tiempo del Instituto Mises— con el objetivo de ser un banco de reserva plena abierto a las criptomonedas. Lamentablemente, cualquier banco de los EEUU necesita acceder a los sistemas de pago de la Fed para mover dólares rápidamente y sin intermediarios, pero la Fed denegó el acceso a Custodia. El litigio sobre esta decisión sigue en curso.
Waller tuvo mucho que decir sobre Custodia, y nada de ello fue halagador. Se mostró muy desdeñoso (una vez más), argumentando que, aunque la Fed solo puede conceder cuentas maestras a entidades de depósito que cumplan los requisitos, la designación de Custodia como tal por parte del estado de Wyoming era dudosa. Calificó a Custodia Bank de estafadora, al tiempo que afirmaba que a Kraken —una empresa de criptomonedas que, casualmente, también tiene su sede en Wyoming— se le había concedido acceso a los sistemas de pagos de la Fed. ¿Por qué a una sí y a la otra no? Waller no lo dijo. Waller sí mencionó que está trabajando en las normas relacionadas con las cuentas maestras «reducidas», aquellas que solo conceden acceso a los sistemas de pagos sin acceso a la ventanilla de descuento de la Fed ni a otras facilidades.
Le pregunté por la propuesta de la TMM de que la Casa de la Moneda de los EEUU acuñara una moneda de platino con un valor nominal de un billón de dólares. La reacción de Waller no fue precisamente sutil. Desestimó la idea de plano («¿Para qué sirve?»). Le comenté que los defensores de la TMM afirman que sería una forma de sortear los bloqueos relacionados con el techo de la deuda, a lo que Waller se limitó a encogerse de hombros.
Eludió la pregunta lanzándose a una diatriba contra los defensores de la TMM, a los que tildó de «idiotas» y señaló la inflación registrada desde 2020. Esto, según Waller, ha desmentido la idea de la TMM de que la creación de dinero puede resolver sin problemas los problemas económicos reales. Hay cierta ironía en todo esto, sobre todo teniendo en cuenta que fue la Fed, y no los defensores de la TMM, quien inyectó billones de dólares nuevos a raíz de la crisis del COVID.
Más ironía, o quizá simplemente doble lenguaje: en otro momento de la comida, descartó la idea de que la oferta monetaria tenga la menor importancia. Según él, lo único que importa son los tipos de interés. Pero al criticar la TMM, recurrió precisamente a la idea intuitiva de que el gasto a gran escala financiado con dinero provoca una inflación excesiva de los precios. Independientemente de lo que se piense de la TMM, su crítica a esta teoría contrastaba de forma incómoda con su papel como banquero central y con sus comentarios de que la oferta monetaria no importa. Cuando otra persona en la mesa le presionó al respecto, volvió a titubear, pero lo que pude deducir es que él cree que los cambios en la oferta monetaria solo importan cuando son grandes.
Hubo menos evasivas en el debate sobre las compras de títulos respaldados por hipotecas (MBS) realizadas por la Fed desde 2009. Cuando le pregunté qué opinaba del programa de MBS de la Fed, Waller dio a entender que la magnitud del programa había sido un error y que la Fed debería retirarse del negocio hipotecario. Afirmó que había provocado una «distorsión del crédito» y favorecido a un sector concreto. El programa de MBS no era una cuestión secundaria. Se trataba de una intervención importante en la asignación del crédito, la financiación de la vivienda y la estructura del propio balance de la Fed. Lo considero una admisión de que el alcance de la Fed se extendió, mucho más allá de lo que podría defenderse de forma plausible como política monetaria orientada al doble mandato. Al parecer, los responsables de la Fed han decidido que defender el programa se ha vuelto demasiado difícil.
En cuanto al régimen de «reservas amplias», Waller pasó a un debate más abstracto sobre la escasez en sí misma. Utilizando el clásico ejemplo del «aire de la habitación» como bien superabundante (algo que yo también hago en mis clases de introducción a la economía), argumentó que nunca deberíamos intentar crear escasez. La implicación era que un régimen de reservas amplias, creado no porque los bancos decidieran de repente ser más responsables con el dinero de los depositantes, sino por episodios masivos de flexibilización cuantitativa y un gran cambio en las herramientas de política monetaria de la Fed, es una solución al problema económico de la escasez (¿eh?). Para mí, esto refleja un completo malentendido sobre el dinero, y lo implica en los mismos errores que acusó a los partidarios de la TMM de cometer. No podemos crear más cosas (aliviar la escasez) imprimiendo dinero.
Le pregunté por la naturaleza del mercado de fondos federales. Él coincidió en que dicho mercado ha dejado de existir. La única razón por la que la Fed sigue fijando explícitamente como objetivo el tipo de interés de los fondos federales, dijo, es que se trata del único tipo que el FOMC está autorizado por ley a fijar como objetivo, aunque la Fed ha debatido otros tipos que podría fijar en su lugar. Esa respuesta supuso una pequeña pero reveladora admisión: el punto de referencia central de la política monetaria moderna de los EEUU, el tipo de los fondos federales, no es ahora más que un vestigio de tiempos pasados en los que la Fed aplicaba su política a través del mercado de reservas. La Fed sigue organizando sus comunicaciones y decisiones en torno a un mercado que, según el propio Waller, no significa nada.
Durante el almuerzo, uno de los profesores de Auburn preguntó por qué deberíamos aceptar la planificación centralizada en materia de dinero, crédito y banca, cuando no la aceptamos en otros mercados. La respuesta de Waller fue enrevesada. En lugar de contestar a esa pregunta, se centró en los aspectos prácticos de la intervención. Reconoció que los controles de precios tienen consecuencias negativas, pero que estas se deben principalmente a que los gobiernos no controlan la oferta del bien en cuestión. Por ejemplo, es difícil fijar el precio de la gasolina con un precio máximo, lo que provoca escasez. Pero esto se debe a que el gobierno no puede crear gasolina de la nada. La Reserva Federal, sin embargo, puede crear dinero y crédito de la nada, lo que facilita el control de la inflación de precios y los tipos de interés.
Es evidente que Waller no respondió a la pregunta. Recurrió a un truco clásico: responder a otra pregunta y esperar que los oyentes se conformaran con eso y quedaran impresionados por su sofisticada perorata. En ese momento nos informaron de que Waller tenía que dirigirse a la sala para su charla pública.
Varios momentos menores de la jornada siguieron el mismo patrón. En su charla pública, Waller afirmó que la Fed tiene que «mirar más allá» de cuestiones relacionadas con la oferta, como los aranceles. Sin embargo, más tarde, en respuesta a la pregunta de un estudiante, dijo algo así como: «No soy un experto en aranceles, no sé cómo funcionan». Quizá fuera un intento de hacer humor, pero no recuerdo que nadie se riera. Durante el almuerzo, descartó la encuesta de confianza del consumidor de la Universidad de Míchigan por considerarla inútil, pero luego la citó en el discurso público. Tras la charla, un profesor de Auburn le preguntó sobre la independencia de la Fed, lo que provocó que Waller recurriera al lenguaje típico de la Fed para explicar el grado de control que el gobierno ejerce sobre la Fed a través de los nombramientos presidenciales y la comparecencia semestral del presidente ante el Congreso.
No pude evitar reírme. Waller repitió el discurso habitual sobre cómo la Fed debe equilibrar la rendición de cuentas con la independencia respecto al resto del gobierno, pero cualquiera que tenga ojos puede ver que, en la práctica, la Fed no rinde cuentas a nadie y monetizará sin reparos toneladas de deuda pública cuando el Tesoro lo necesite. La Fed finge que rinde cuentas ante el Congreso y el poder ejecutivo, al tiempo que se mantiene lo suficientemente independiente como para aplicar la política monetaria sin influencias indebidas del resto del gobierno, especialmente de la política. Pero ambas cosas son dudosas.
Esa jornada no me convenció de que la Reserva Federal se rija por un conjunto de principios coherente y transparente. Más bien sugirió lo contrario. Una y otra vez, las respuestas de Waller fueron evasivas y parecían basarse en criterios selectivos: descartar una categoría de pruebas en un contexto e invocarla en otro, condenar la fiscalidad monetaria explícita mientras se defiende la fiscalidad implícita a través de la inflación, denunciar las intervenciones distorsionadoras solo después de que se haya vuelto inconveniente defenderlas, y mostrar poca paciencia ante cualquier línea de interrogatorio que pudiera socavar la versión oficial de la Fed sobre cualquier tema.