Recientemente alcanzamos un hito vergonzoso cuando la deuda nacional superó los 39 billones de dolares. Como es natural, los ciudadanos de a pie han dado su opinión sobre qué es lo que falla, a quién hay que culpar, qué se puede hacer o si siquiera importa. El debate suele adoptar una o varias de las siguientes formas.
Si eres nuevo en este debate y acabas de empezar a interesarte por el tema, quizá pienses que basta con recortar el gasto en defensa o eliminar «el despilfarro, el fraude y los abusos». Teniendo en cuenta la cantidad de bases militares que tenemos repartidas por todo el mundo, es un punto de vista válido.
Si tenemos en cuenta las numerosas auditorías fallidas del Pentágono y los artículos domésticos comunes y corrientes que cuestan miles de dólares, podríamos matar dos pájaros de un tiro. Sin embargo, aquí solo estamos rascando la superficie.
Si te lo tomas en serio, además de eso, debes tener en cuenta el gasto discrecional. Se trata de fondos que el Congreso aprueba anualmente. El presupuesto de defensa, de casi un billón de dólares, forma parte de él. Sin embargo, en total, ese gasto apenas representa una cuarta parte del presupuesto general, si acaso.
Si te lo tomas más en serio, incluyes todas las partidas mencionadas anteriormente, más los programas en piloto automático. Esos serían la Seguridad Social, Medicare y Medicaid. Son las tres partidas más importantes del presupuesto federal, que se llevan más de la mitad.
Los intereses de la deuda —otro gasto que se gestiona de forma automática— han superado recientemente a la defensa como la cuarta partida más importante. Abordar el resto de partidas hará que esta baje en la clasificación.
La salud financiera de la Seguridad Social se ha visto afectada por el número cada vez mayor de beneficiarios y la disminución de la tasa de natalidad. La proporción entre trabajadores y beneficiarios se ha reducido a más de la mitad desde su creación.
En lo que respecta al seguro médico, su propia estructura se ve perjudicada por su naturaleza de pagador tercero. Cuando los consumidores desconocen el precio real del servicio que reciben, son menos prudentes a la hora de gastar.
En cualquier caso, sabes que te has topado con alguien que se toma muy en serio la deuda y el déficit cuando habla de atacarlos de raíz: la capacidad del gobierno para hacer frente a su servicio.
Los inversores (revisa tu plan 401k) seguirán comprando bonos del Tesoro de EEUU si creen que el Tío Sam seguirá teniendo la capacidad de pagar los intereses. Esa capacidad se basa en la potestad tributaria que ejerce sobre los ciudadanos productivos.
Entonces, ¿por qué no bajar los tipos impositivos y reducir esa capacidad?
La historia ha demostrado que, cuando se reducen los impuestos y/o se simplifica la normativa fiscal, los ingresos que llegan a las arcas públicas aumentan. Esto se debe en parte a que los contribuyentes modifican la forma en que presentan sus declaraciones, pero también puede atribuirse a la señal que reciben del gobierno: «Les cobraremos menos y no tendrán que dedicar tanto tiempo a presentar la declaración».
Aunque algunos dedicarían ese tiempo a disfrutar de más ocio, eso podría muy bien suponer un mayor gasto. Lo que impulsaría aún más el crecimiento económico sería que parte de ese gasto se destinara a la inversión.
Por desgracia, un mayor crecimiento genera más ingresos, lo que da a los compradores de deuda de EEUU aún más confianza para seguir prestando a políticos notoriamente derrochadores. ¿Y entonces qué?
Ir más allá. Si nos tomamos en serio la reducción de la deuda nacional, hay que restringir seriamente la capacidad del gobierno federal para incurrir en más deuda.
Del mismo modo, el «despilfarro, el fraude y el abuso» nunca desaparecerán realmente hasta que no se reduzca el gasto a gran escala, y el gasto en sí mismo nunca desaparecerá realmente mientras haya ingresos fiscales, endeudamiento e inflación para financiarlo.
Si este es o no el mayor problema al que nos enfrentamos es algo que está abierto a debate. Como profesor de educación financiera personal que predica con el ejemplo, considero que unos niveles de deuda tan astronómicos son escandalosamente espantosos.
Lo positivo es que la solución más natural y eficaz coincide precisamente con un mayor nivel de libertad y la consiguiente prosperidad de los ciudadanos.