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Riesgo moral y socialismo en los acuerdos de seguridad colectiva

El fenómeno económico conocido como la «tragedia de los comunes» nos enseña que los recursos de propiedad común que están insuficientemente protegidos estarán condenados a la extinción. El fenómeno se reconoció a principios del siglo XIX para explicar por qué los terrenos comunales en Inglaterra se veían pronto arrasados por las ovejas. Todos los pastores tenían un derecho igual a hacer pastar ovejas en los terrenos comunales. A menudo no había un acuerdo respecto de cuántas ovejas podía hacer pastar cada uno, así que era consecuencia del mero interés propio racional de cada uno, hacer pastar tantas ovejas en el terreno comunal como fuera posible. Enseguida los terrenos comunales tenían un exceso de ovejas pastando. Lo que posteriormente se conocería como «la tragedia de los comunes» tenía una explicación simple y comprensible inmediatamente.

¿Es la seguridad un recurso económico?

Se puede aceptar fácilmente que los pastos son un recurso económico que debe protegerse, pero ¿qué pasa con la seguridad? Y si la seguridad se mantiene colectivamente, ¿pueden los acuerdos colectivos de seguridad se asimismo vulnerables a la tragedia de los comunes? La seguridad es un servicio que normalmente requiere recursos económicos. Aseguramos nuestros cuerpos físicos y nuestras posesiones personales cuando tomamos precauciones como encadenar nuestras bicicletas, cerrar las puertas de nuestros coches y casas, comprar sistemas de monitorización de seguridad, comprar cajas fuertes, portar armas escondidas, tomar cursos de autodefensa y similares. Todas estas cosas requieren gasto de tiempo y dinero para adquirir bienes económicos para estar más seguros. A un nivel más sutil, modificamos nuestro comportamiento para evitar ofender a completos extraños sobre los que no sabemos nada. Especialmente, no buscamos confrontaciones sobre cosas menores como la última plaza de aparcamiento en el estacionamiento.

Riesgo moral y socialismo

Todo esto cambia bajo acuerdos de seguridad colectiva. Aquí los contribuyentes de cada miembro deben gastar recursos para proporcionar seguridad a los demás Estados miembros, lo que naturalmente significa sacrificar la satisfacción de otras preferencias. Habrá una reticencia a gastar recursos en seguridad que puedan reclamar otros en un país extranjero. Además, el mismo hecho de que uno pertenezca a una alianza de seguridad colectiva anima a tomar más riesgos entre los que saben que no soportarán el coste completo de ningún conflicto que pueda precipitar su comportamiento. Este último fenómeno, la mayor disposición a acudir a los miembros de la alianza, es riesgo moral en la práctica y el primero, la reticencia de los contribuyentes a gastar recursos que pueden reclamar otros, es una consecuencia conocida del socialismo.

Mises explicaba que el socialismo desanima la producción mientras que aumenta la demanda. ¿Por qué producir solo para verse obligado a compartir con otros cuando esos mismos otros no producen nada de valor a cambio?

La tragedia de la OTAN

Hoy vemos las fuerzas destructivas anteriores en funcionamiento en la expansión de la OTAN. Cuando se desintegró la Unión Soviética en 1990, despareció la razón para la existencia de la OTAN. Pero en lugar de declarar la OTAN un éxito en impedir la guerra en Europa, posiblemente disolviendo la alianza y creando un nuevo Concierto de Europa, que incluiría a Rusia, los burócratas de la OTAN empezaron a expandirse hacia el este, absorbiendo a diez exmiembros del Pacto de Varsovia y a dos naciones, Eslovenia y Croacia, que eran antes parte de la Yugoslavia comunista.

La dinámica para una mayor expansión de la OTAN continúa sin cesar con la inclusión de Ucrania y Finlandia. El presidente Poroshenko de Ucrania está cabildeando para ser miembro tanto de la Unión Europea como de la OTAN, para aprovechar los beneficios financieros (para Ucrania) de la seguridad colectiva. Si la OTAN incluyera a Ucrania, me pregunto si esta invocaría la cláusula de seguridad colectiva y reclamaría que aquella fuera a la guerra contra Rusia por la devolución de Crimea (o algún otro conflicto relacionado con Rusia). La mayoría del coste de un conflicto así recaería sobre los contribuyentes fuera de Ucrania. Excepto los pocos Estados miembros ricos, los miembros de la OTAN, especialmente los más recientes, añadirían poca importancia militar. (Recientemente, incluso la Alemania fiel a la OTAN admitió que su ejército no podría cumplir sus compromisos con la OTAN. Por tanto, un miembro, los Estados Unidos (es decir, el contribuyente americano), soporta la cuota del león de los costes de seguridad de la alianza).

Entretanto, Finlandia ya es miembro de la UE y ahora busca abiertamente se miembro de la OTAN. En una reciente entrevista en Dier Spiegel, el presidente finlandés Alexander Stubb fue asombrosamente displicente con las preocupaciones estatales de Rusia de que Finlandia se uniera a la OTAN. Su entrevista hay que leerla para creerla.

El comportamiento de ambos presidentes ilustra los efectos del riesgo moral propio de los acuerdos de seguridad colectiva como la OTAN. Y ningún país contribuiría en mucho más que una contribución simbólica a la seguridad de los actuales miembros de la OTAN, sino que serían, por el contrario, pasivos militares y financieros.

Conclusión

La OTAN es un ejemplo de los problemas propios de las alianzas de seguridad colectiva: encontramos una tragedia de los comunes alimentada por socialismo y riesgo moral. El fenómeno socialista se ilustra por la mayor seguridad reclamada por nuevos miembros y el deseo de menos recursos de seguridad proporcionado por el público contribuyente de los miembros actuales. Ha sucumbido al fenómeno del riesgo moral aumentando el riesgo de guerra al añadir nuevos miembros cuyos territorios podrían usarse para alojar armas nucleares americanas, vistas por Rusia como una amenaza directa a su seguridad nacional.

El discurso de despedida de Washington nunca ha sonado más profético: cuidado con las implicaciones extranjeras.

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