Power & Market

El oro, las normas y los límites del control monetario: la falacia del control monetario

En 1971, cuando se rompió el último vínculo formal entre el dólar y el oro, no solo se derrumbó un sistema monetario. Se abandonó silenciosamente algo más sutil y trascendental: la idea misma de un límite —no una restricción técnica sujeta a ajustes—, sino una frontera ontológica que separaba lo que puede producirse deliberadamente de lo que solo puede surgir a través de la acción humana a lo largo del tiempo. Una vez que esa frontera desapareció, el dinero dejó de oponer resistencia y se convirtió, por primera vez, en algo totalmente administrable.

Lo que antes había funcionado como una institución espontánea, moldeada por decisiones dispersas y una adaptación gradual, se reconvirtió en una variable de política.

Una oposición engañosa

Este episodio suele plantearse como un contraste entre John Maynard Keynes, quien legitimó la intervención monetaria como herramienta de estabilización, y Milton Friedman, presentado como el defensor de la disciplina frente a la discrecionalidad. Sin embargo, este contraste, aunque resulta conveniente, oculta más de lo que revela. Friedman no rechaza la premisa central que subyace al pensamiento keynesiano, sino que la perfecciona.

Mientras que Keynes se basa en el juicio discrecional, Friedman propone reglas. Mientras que uno aboga por una gestión activa, el otro busca una gestión predecible. Ambos, sin embargo, aceptan una presuposición que a menudo pasa desapercibida: que el dinero puede legítimamente estar bajo el control de una autoridad central. El desacuerdo es metodológico, no fundamental.

La elegancia de las reglas

La propuesta de Friedman tiene una elegancia innegable. Al defender una regla de crecimiento constante para la oferta monetaria, intenta eliminar la arbitrariedad de la política monetaria, transformando la intervención en previsibilidad y el poder en regularidad. Lo que antes era una cuestión de decisión se convierte, en apariencia, en un proceso cuasi automático.

Sin embargo, esta solución se basa en una suposición de gran alcance: que el fenómeno monetario puede entenderse lo suficiente como para regirse por una regla simple, aplicada de manera coherente a lo largo del tiempo, como si el dinero fuera una variable aislada dentro de un sistema cuya complejidad pudiera plasmarse en un modelo. Además, las reglas deben ser elaboradas por personas, y las personas también pueden modificarlas. No se trata simplemente de una afirmación técnica, sino epistemológica.

El problema del conocimiento

En este punto, la crítica desarrollada por Ludwig von Mises en Acción humana y por Friedrich Hayek en «El uso del conocimiento en la sociedad» revela toda su fuerza.

La economía no es un sistema que deba calibrarse, sino un orden de acciones humanas interdependientes estructurado por expectativas, interpretaciones y un conocimiento irreductiblemente disperso. El dinero, dentro de este orden, no es un instrumento neutral, sino un elemento coordinador, que no se limita a circular, sino que transmite información, armoniza planes y refleja juicios que no existen de forma agregada antes de su expresión. Regular el dinero mediante normas supone, por lo tanto, llevar a cabo una reducción conceptual: tratar un fenómeno social complejo como un parámetro técnico.

Lo que está en juego no es si una norma funciona mejor que otra, sino si alguna norma puede captar el tipo de conocimiento que encarna el dinero. Ese conocimiento no es puramente cuantitativo; es contextual, tácito, fragmentado y limitado en el tiempo, y surge a través de procesos que ninguna autoridad central, por muy sofisticada que sea, puede prever por completo. Lo que no se puede articular plenamente, no se puede administrar plenamente.

La organización de la ignorancia

Friedman reconoce los peligros de la política discrecional y pretende sustituirla por un mecanismo que limite la arbitrariedad. Sin embargo, al hacerlo, mantiene el marco institucional que hace posible dicha intervención. Su solución no elimina la ignorancia, sino que la organiza.

La creencia de que las normas pueden sustituir al criterio refleja una confianza residual en que los límites del conocimiento pueden neutralizarse mediante el diseño de los procedimientos. Pero las normas no funcionan en el vacío. Son concebidas, aplicadas y revisadas por instituciones sujetas a las mismas limitaciones que pretenden superar. No hay neutralidad cuando los criterios de neutralidad los definen quienes detentan la autoridad.

El poder como método

Desde esta perspectiva, la evolución de la política monetaria moderna adquiere un significado diferente. Los objetivos de inflación, la independencia de los bancos centrales y los modelos cada vez más sofisticados no indican la desaparición de la intervención, sino su internalización en un lenguaje técnico que la hace menos visible y, por lo tanto, menos cuestionable. El poder ya no se presenta como una decisión, sino como un método. Y lo que se presenta como método rara vez se percibe como una elección.

Las formas de control más duraderas no son aquellas que se imponen abiertamente, sino aquellas que se vuelven indistinguibles de la necesidad.

Una concesión elegante

Ahí radica la ambigüedad del legado de Friedman. Al rechazar la discrecionalidad y defender las reglas, eleva el nivel del debate monetario. Sin embargo, al aceptar una autoridad monetaria centralizada, contribuye —quizás sin querer— a su consolidación bajo una forma más refinada y resistente. Su marco no cuestiona la existencia del poder, sino que lo disciplina. Pero el poder supuestamente disciplinado sigue siendo poder.

La pregunta que queda pendiente

Al fin y al cabo, la cuestión no es si el dinero se puede gestionar adecuadamente, ni si las normas son preferibles a la discrecionalidad. Estas distinciones siguen formando parte de un marco que ya da por sentado lo que debería cuestionarse: la legitimidad misma de gestionar el dinero.

La cuestión más profunda se les antepone: ¿se puede construir un orden monetario, o solo puede surgir? Si la respuesta es esta última, entonces ninguna norma, por muy elegante que sea, puede sustituir al tipo de límite que existió en su día y cuya desaparición marcó no solo una transformación monetaria, sino también un cambio en lo que creemos que se puede conocer y, por lo tanto, controlar.

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