Debo de haberle dicho a mil personas que la razón por la que vine a Auburn, Alabama, fue Roger Garrison, y cada vez que lo hacía, le daba las gracias en silencio por haber sido el punto de inflexión crucial en mi vida.
Todo empezó cuando cursaba mi tercer año de la carrera de Economía, tras darme cuenta de que era «libertario». Poco después, descubrí la Escuela Austriaca de Economía y estaba ansioso por aprender más sobre la economía de libre mercado. Encontré un cartel en la puerta de uno de mis profesores en el que se anunciaba una conferencia del IHS con el lema: «Adam Smith tenía razón, difúndelo». Me inscribí y me aceptaron, sin darme cuenta en ese momento de que tendría que explicar adónde me iba a ir durante una semana en verano.
La conferencia se celebró en la Universidad Estatal de Bowling Green, en Kentucky, y la disfruté muchísimo. Había varios profesores, pero Roger era el único economista y, sin duda, el que más me marcó. Recuerdo su convincente conferencia sobre el control de precios y, sobre todo, la que dio sobre los ciclos económicos. Me enganchó.
Al terminar la carrera, la economía estaba en pésimas condiciones; yo tenía pensado cursar un posgrado y, finalmente, me decidí por la Universidad de Auburn, sin darme cuenta, una vez más, de que tendría que explicarles a mis amigos y familiares que pronto me iría a Alabama.
Hace poco me entrevistaron para un podcast financiero de Inglaterra. Me sorprendió mucho, pero me encantó cómo el presentador introdujo el tema de conversación.
Cursé la asignatura de macroeconomía de posgrado de Roger durante mi primer semestre en la Universidad de Auburn. Fue una experiencia educativa muy entretenida, en la que gran parte de la clase consistía en un análisis detallado de la Teoría general de John Maynard Keynes. Era la «Biblia» de la economía y Roger hacía de abogado del diablo. Desglosaba el libro —capítulo por capítulo— señalando cómo los conceptos de Keynes influían en la macroeconomía y la economía política. A menudo llevaba el análisis más allá para mostrar cómo Keynes se alejaba de otras perspectivas e incluso del sentido común. Siempre había uno o varios remates que provocaban la risa general del grupo. Le debo mucho a Roger, y lo recordaré con mucho cariño por aquellos primeros días de diversión y risas y por la larga y ardua batalla a la que nos enfrentamos.