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La naturaleza subjetiva del tiempo: de Bergson a Mises

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El tiempo es el único recurso que ningún modelo económico puede crear, y toda teoría seria sobre la acción humana debe, tarde o temprano, enfrentarse a él. Sin embargo, la economía dominante ha optado, casi sin excepción, por tratar el tiempo como una variable objetiva que es medible, uniforme y expresable mediante ecuaciones. Esto no es solo un atajo metodológico, sino un error fundamental, y la distinción que lo pone de manifiesto no la estableció un economista, sino un filósofo: Henri Bergson. Se trata de la distinción entre el tiempo del reloj, que es espacializado y medible, y la duración (durée), que es el tiempo tal y como lo vive realmente el individuo consciente. Ludwig von Mises reconoció todo el significado de esta distinción y la incorporó a la arquitectura de la praxeología, separando de forma permanente a la Escuela Austriaca de sus rivales neoclásicos y de la ilusión de que el comportamiento humano puede plasmarse en un modelo matemático.

Einstein, Bergson y la relatividad del tiempo

Para Einstein, el tiempo sigue siendo una magnitud objetiva y relativa, pero nunca subjetiva. En la mecánica newtoniana, el tiempo es absoluto: transcurre de forma puramente predecible y lineal. Einstein introdujo la noción de tiempo relativo, cuya duración objetiva cambia en función de otros factores físicos deterministas y predecibles, como la gravedad y los campos gravitatorios, que hacen que el tiempo transcurra más lentamente en determinadas condiciones. Para Einstein, el tiempo es relativo pero no subjetivo, y para abordar el tiempo como una realidad subjetiva hay que recurrir a la filosofía, y en particular a Henri Bergson.

Según Bergson, el tiempo objetivo, que se espacializa y se mide en horas y minutos, es necesariamente el tiempo percibido por las ciencias naturales, mientras que la duración corresponde al tiempo experimentado subjetivamente por el individuo. La duración es el tiempo propio de la conciencia humana, y cada persona la experimenta de manera diferente: no es fija, es fluida, y es cualitativa más que cuantitativa, heterogénea más que homogénea. En pocas palabras, dos individuos pueden experimentar la misma actividad de formas radicalmente diferentes, de modo que uno puede estar profundamente aburrido mientras que el otro puede estar pasándoselo en grande. En economía, que siempre trata con individuos, intentar cuantificar el tiempo como hacen los economistas neoclásicos es una búsqueda inútil. Como escribió el propio Bergson: «Lo que yo llamo mi presente es mi actitud hacia el futuro inmediato, es mi acción inminente. Mi presente es, por lo tanto, esencialmente sensoriomotor» (Matière et mémoire, p. 152).

Se trata de dos concepciones del tiempo diametralmente opuestas, que siguen enfrentándose hoy en día entre los economistas neoclásicos —que estudian la economía como una ciencia natural mediante modelos matemáticos— y los economistas austriacos, que defienden un enfoque humanista e individualista del análisis económico. Para los neoclásicos, el tiempo puede cuantificarse, modelizarse y expresarse en ecuaciones, y asignan un valor temporal objetivo en sus modelos econométricos, como si cada hora tuviera un precio fijo y universal. Para los austriacos, este enfoque es una aberración porque niega la subjetividad fundamental de la experiencia humana.

El tiempo: un recurso único

En todo intercambio voluntario, ambas partes obtienen más de lo que ceden. Esto es cierto. Lo que se suele pasar por alto es que el comprador valora los bienes adquiridos mucho más allá de lo que sugiere su precio monetario, ya que también invierte tiempo y energía para obtenerlos. Estos costes no monetarios son componentes reales del intercambio, pero escapan por completo al análisis externo, porque solo el propio individuo conoce el costo de oportunidad del tiempo y la energía que está dispuesto a invertir, además del precio monetario, para adquirir los bienes. Para una persona, esa inversión puede representar un respiro bienvenido en un día estresante o simplemente una preferencia irresistible por un bien concreto, mientras que para otra supondrá un desperdicio inaceptable. ¿Quién puede juzgar esto, si no el propio individuo que actúa? Ningún modelo econométrico puede captar esta realidad subjetiva.

El tiempo es un recurso único en economía porque es inelástico, lo que significa que nadie puede producir más, e irreversible, lo que significa que cada momento que pasa se convierte definitivamente en un pasado irrecuperable. Además, es intransferible, ya que no se puede ceder a otra persona, y es fundamentalmente incierto, ya que nadie sabe cuánto le queda. A pesar de todos los intentos por objetivarlo mediante horas, minutos y valores temporales fijos en los modelos econométricos, el tiempo sigue siendo una realidad fundamentalmente subjetiva, y esto es precisamente lo que los modelos neoclásicos son estructuralmente incapaces de integrar.

El concepto del momento presente plantea un antiguo problema filosófico, a saber, si se trata de una realidad o de una no-realidad. O bien es inexistente, pertenece al pasado inmediato o al futuro instantáneo, o bien es omnicomprensivo y totalizador, lo único que existe verdaderamente, ya que el pasado ya no existe y el futuro aún no existe. Para los economistas austriacos, el axioma de la acción humana ofrece una definición satisfactoria del presente real. La persona que actúa siempre utiliza el momento presente e incorpora su realidad para alcanzar sus propios objetivos, que siempre están orientados hacia el futuro. El presente abarca la acción; se define por ella y existe gracias a ella. Por lo tanto, el presente es subjetivo.

Mises y la temporalidad de la acción

Ludwig von Mises, quien recibió una profunda influencia de Bergson en esta cuestión, sitúa el tiempo en el centro mismo de la praxeología, que es la ciencia de la acción humana:

La acción siempre se dirige hacia el futuro; es, en esencia y necesariamente, una planificación y una actuación encaminadas a un futuro mejor. Su objetivo es siempre hacer que las condiciones futuras sean más satisfactorias de lo que serían sin la intervención de la acción. La inquietud que impulsa a una persona a actuar se debe a una insatisfacción con las condiciones futuras previstas, tal y como probablemente se desarrollarían si no se hiciera nada para alterarlas. En cualquier caso, la acción solo puede influir en el futuro, nunca en el presente, que con cada fracción infinitesimal de segundo se hunde en el pasado. El hombre toma conciencia del tiempo cuando planea convertir un estado presente menos satisfactorio en un estado futuro más satisfactorio.

A diferencia de otras escuelas de pensamiento económico, la Escuela Austriaca incorpora la noción de tiempo en su razonamiento de manera fundamental, y la praxeología sitúa esta cuestión en el centro de toda decisión económica. La acción siempre tiene como objetivo transformar un estado presente insatisfactorio en un estado futuro satisfactorio y, por lo tanto, siempre se desarrolla dentro de una secuencia temporal orientada hacia un fin futuro. Sin esta dimensión, la acción humana no tendría sentido, y es la acción la que da realidad al tiempo, y no al revés.

Consecuencias para el análisis económico

La distinción entre el tiempo objetivo del reloj y la duración subjetiva tiene importantes implicaciones para el análisis económico. Por ejemplo, explica por qué los modelos econométricos fracasan sistemáticamente a la hora de predecir el comportamiento humano. Estos modelos intentan cuantificar lo incuantificable y matematizar una realidad fundamentalmente subjetiva. Esta distinción también explica por qué la planificación centralizada está condenada al fracaso, ya que los planificadores nunca pueden conocer el valor subjetivo que cada individuo atribuye a su tiempo. Por lo tanto, nunca podrán asignar de forma óptima los recursos, incluido el tiempo humano, que es el recurso más escaso de todos. Por último, esta distinción nos recuerda que la economía no es una ciencia natural como la física, sino más bien una ciencia de la acción humana. La acción humana se basa en la experiencia subjetiva de la duración vivida y, por lo tanto, escapa a la modelización matemática por su propia naturaleza.

La próxima vez que alguien tache una decisión de irracional, basta con responder que solo la persona que actúa conoce el valor de su propio tiempo. Todo lo demás no es más que una presunción de los economistas neoclásicos.

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