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El AEI conservador ahora adopta la narrativa de la «descolonización» de la izquierda

A estas alturas, la narrativa de la descolonización ya debería ser bien conocida por cualquiera que preste un mínimo de atención a la retórica de izquierda. En las Américas, el término «descolonización» casi siempre significa «des-europeización» y se basa en gran medida en la idea de que gran parte de lo que llamamos «Occidente» existe en «tierras robadas» arrebatadas a los pueblos indígenas. Estas tierras, según nos dicen, deben ser abandonadas y devueltas a los verdaderos nativos. 

Los conservadores americanos han menospreciado históricamente estas afirmaciones y han denunciado la narrativa de la «descolonización» como peligrosa o absurda. Pero ahora algunos conservadores están promoviendo esta misma narrativa como parte de un esfuerzo por socavar a los opositores del Estado de Israel. 

Esto se ha vuelto cada vez más evidente en los últimos meses, a medida que los EEUU ha intensificado su apoyo al régimen represivo marroquí en contra de España. Esto se debe a dos fenómenos actuales. El primero es el esfuerzo continuo de la administración de Trump por acercar a Marruecos a una alianza entre EEUU-Israel. Durante décadas, los EEUU ha trabajado para aliarse con regímenes árabes represivos y corruptos que pueden ser comprados con ayuda exterior y convertidos en satélites proisraelíes del eje Washington-Tel Aviv. (Arabia Saudita es el caso de libro.) En el caso de Marruecos, esto se formalizó a finales de 2020, cuando la primera administración de Trump logró convencer a Rabat de normalizar las relaciones con Israel. 

Pero, ¿cómo logró esto el gobierno? Lo hizo apoyando las reivindicaciones imperialistas de Marruecos sobre el Sáhara Occidental. Las reivindicaciones marroquíes en la región son cuestionadas por los rebeldes locales. Pero ahora los EEUU ha intensificado su complacencia con la «descolonización» mediante la declaración del Partido Republicano  en julio 2026, en la que se afirma que «las ciudades de Ceuta y Melilla, administradas por España, se encuentran en territorio marroquí». En otras palabras, el Partido Republicano ahora quiere la «descolonización» de Marruecos. Lo que esto realmente significa, por supuesto, es la «des-europeización» y la consiguiente «des-cristianización» del norte de África. Después de todo, los enclaves europeos del norte de África son los únicos lugares de la región donde se puede practicar el cristianismo libremente y sin temor a ser perseguido o reprimido por el llamado proselitismo. En Marruecos, «socavar la fe de los musulmanes» es un acto delictivo. En efecto, cualquier esfuerzo por «descolonizar» el norte de África constituye un ataque directo al cristianismo. 

Esto es lo que defienden ahora los partidarios de Trump. 

Ahora bien, ¿por qué debería el régimen de los EEUU estar tan interesado en todo esto? Bueno, la respuesta radica en los vínculos en EEUU con el Estado de Israel. De hecho, los partidarios del régimen israelí se han dedicado a denunciar repetidamente los exclaves españoles como una «colonización» europea ilegítima. 

Yair Netanyahu, hijo de Benjamin Netanyahu, ha venido haciendo comentarios en este sentido al menos desde 2019. Por ejemplo, en mayo de 2019, escribió: «Estimados árabes y musulmanes: ¿Quieren liberar los territorios árabes e islámicos ocupados? ¡Aquí tienen un buen punto de partida!». Esta declaración va acompañada de un mapa de los asentamientos europeos a lo largo de la costa norteafricana. 

Y ahora el conservador American Enterprise Institute (AEI) está haciendo lo mismo. En marzo de 2026, apenas unos meses antes de que la administración de Trump declarara su objetivo de descolonización para Marruecos, Michael Rubin, investigador principal del AEI, instó a que Marruecos conquistara los exclaves españoles. Escribió: 

Los marroquíes deberían reunirse, enviar excavadoras a la frontera y luego entrar en Ceuta y Melilla desarmados para izar la bandera. Sánchez y la prensa española se quejan, pero no tienen motivos para actuar. Tampoco los tendría la OTAN, por cierto, incluso si las fuerzas marroquíes entraran en las ciudades para restablecer el orden y organizar el traslado de colonos a través del Estrecho de Gibraltar y de regreso a España.

En un artículo posterior, continuó con la narrativa de la descolonización, afirmando

Ceuta tiene siete millas cuadradas. Su historia está marcada por la conquista colonial. En 1415, los portugueses conquistaron la ciudad. Tras la unión de España y Portugal a finales del siglo XVI, los colonos españoles acudieron en masa a la ciudad. Cuando ambos países se separaron nuevamente, Portugal cedió Ceuta a España.

Melilla, ligeramente más pequeña, con 4.7 millas cuadradas, tiene una historia similar. Sufrió la conquista española en 1497. Desde entonces, Madrid se ha negado a ceder el control.

Al igual que sus compañeros descolonizadores de la izquierda, Rubin se muestra deliberadamente obtuso para defender una postura política a favor de Israel. El objetivo principal de la campaña de Rubin contra España ha sido denunciar a este país por no apoyar lo suficiente la conquista de Gaza por parte de Tel Aviv y su guerra conjunta con los EEUU contra Irán. Así pues, al igual que Trump, Rubin ahora se pone del lado de los islamistas marroquíes en detrimento de la civilización europea. 

Su relato histórico es erróneo, por supuesto. Rubin ignora por completo la realidad del conflicto entre España y los marroquíes, que se definió principalmente por el imperialismo árabe-islámico en la Península Ibérica. Los españoles libraban una guerra defensiva contra los invasores árabes. Les tomó 800 años a los españoles expulsar a los ocupantes y colonizadores musulmanes —quienes, en esencia, tenían su base en Marruecos—. Además, los españoles habrían tenido toda la razón al continuar su Reconquista hacia el norte de África, donde también podrían haber liberado a los descendientes de romanos, católicos y bereberes de los invasores árabes. Desafortunadamente, la labor de liberación terminó al norte del estrecho. 

Después de todo, los regímenes árabes que hoy gobiernan el norte de África son el legado del imperialismo del califato de siglos pasados. La idea de que los españoles son colonizadores, mientras que los árabes son «indígenas», es bastante exagerada. 

No es que a Rubin le importe. Su propósito es, evidentemente, apoyar la agenda de un estado específico (Israel) y crear una narrativa que justifique aún más el saqueo de los contribuyentes americanos a favor de ese estado extranjero. Sabe que la mayoría de los partidarios de Trump se alinearán si Marco Rubio y sus amigos se lo dicen, y pronto escucharemos a muchos más conservadores americanos hablar de la necesidad de expulsar a los europeos de la «tierra robada» —tierra que los árabes le robaron a los nativos africanos romanos unos siglos antes. 

Por supuesto, comentarios como estos suelen desencadenar una especie de «aritmética de la descolonización», en la que los partidarios de cada bando afirman haber establecido sus asentamientos mucho antes que el bando contrario. 

Sin embargo, con la excepción de lugares como Islandia y Cabo Verde —y otros lugares colonizados en un pasado relativamente reciente—, es extremadamente difícil determinar quiénes conforman la población «indígena». En la mayor parte del planeta, es inviable simplemente declarar quiénes son los indígenas y luego entregarles todo a quienes afirman formar parte de ese grupo. Además, este tipo de política sería una locura, ya que conduciría a una guerra interminable en la mayoría de los lugares. 

He abordado este fenómeno con cierto detalle en un artículo de 2025 titulado «¿Hay algún pueblo que sea verdaderamente indígena?». 

A menos que el grupo «indígena» haya sido expulsado de sus tierras hace tan poco tiempo que pueda presentar documentación real, las reclamaciones de identidad indígena son prácticamente siempre imposibles de demostrar. Por ejemplo, los indígenas Ute —cuyos miembros han sido legalmente identificables y han formado parte de un grupo documentado desde que fueron expulsados de sus tierras a finales del siglo XIX— podrían presentar una reclamación realista sobre gran parte de las tierras del oeste de Colorado y el este de Utah. Una vez que nos alejamos de ese horizonte temporal reciente, las cosas se vuelven mucho más confusas.

Rubin, por supuesto, sostiene que los israelíes judíos son indígenas y que, por lo tanto, deben contrastarse con los «colonizadores» españoles. Pero el argumento israelí se basa en afirmaciones vagas que se remontan a las brumas de un pasado lejano. No solo no se puede presentar ningún reclamo legal específico sobre ninguna tierra en particular, sino que ni siquiera está claro que las personas que afirman descender de los habitantes del siglo I sean realmente lo que dicen ser. Las pruebas genéticas que muestran un pequeño porcentaje de «sangre» levantina en una persona no establecen derechos de propiedad sobre ningún lugar en particular que puedan prevalecer razonablemente sobre las reclamaciones claras de los residentes actuales, quienes pueden rastrear su propiedad a lo largo de siglos.

Desafortunadamente, el juego de declarar «somos indígenas», tal como se suele utilizar, no es más que una táctica para justificar los ataques contra los derechos de propiedad privada. Sin duda, así es como el Estado de Israel utiliza esta táctica en Cisjordania. Es la misma táctica que ahora emplea la administración de Trump en Marruecos, y en casi cualquier otro lugar donde los políticos digan que quieren «descolonizar» algún enclave de la civilización europea. 

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