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Cuando Kennedy se enfrentó al Estado de seguridad nacional de los EEUU en el tema de Cuba

Entre los diez puntos de la propuesta de paz iraní que el presidente Trump ha aceptado ahora como base para las negociaciones de paz entre los Estados Unidos e Irán, se incluye una cláusula que prohíbe nuevos ataques contra Irán. Ese punto me recuerda a lo que John F. Kennedy aceptó en su acuerdo de paz con la Unión Soviética para resolver la crisis de los misiles en Cuba, un acuerdo que, en última instancia, condujo a su asesinato a manos de las instituciones de seguridad nacional de los EEUU.

Como todo el mundo sabe, Cuba desempeñó un papel fundamental en todo el tinglado de la Guerra Fría que los funcionarios americanos endosaron al pueblo americano tras la Segunda Guerra Mundial. Para justificar la transformación extraconstitucional del gobierno federal —que pasó de nuestro sistema fundacional de república con un gobierno limitado a un Estado de seguridad nacional—, los funcionarios de EEUU convencieron al pueblo americano de que existía una conspiración comunista internacional para conquistar el mundo, especialmente los Estados Unidos. La conspiración, según ellos, tenía su sede en Moscú, Rusia, pero supuestamente también incluía a la China Roja. El objetivo de la conspiración, afirmaban, era apoderarse de los Estados Unidos y convertirlo en un país comunista.

Así, durante toda la farsa de la Guerra Fría, los funcionarios de los EEUU no paraban de proclamar que los rojos venían a por nosotros. Es más, sostenían con firmeza que los rojos estaban supuestamente por todas partes: en Latinoamérica, en las salas del Congreso, en el ejército de los EEUU en las escuelas públicas (es decir, las estatales), en Hollywood e incluso en la Casa Blanca.

Pero todo era una farsa. Nunca hubo la más mínima posibilidad de que los comunistas fueran a invadir, conquistar y tomar el control de los Estados Unidos para convertirlo en un país comunista. De hecho, la mayor amenaza socialista para América fueron los programas socialistas que republicanos y demócratas acabaron imponiendo a los americanos, como la Seguridad Social, Medicare, las ayudas sociales, Amtrak, la educación pública (es decir, estatal), la red de autopistas interestatales y otros proyectos de obras públicas que resultaron ser un despilfarro, y mucho más.

Pero hay algo importante que hay que señalar sobre el «negocio» de la Guerra Fría: muchos, si no la mayoría, de los miembros del aparato de seguridad nacional de EEUU —es decir, el Pentágono, la vasta industria de la «defensa», la CIA y la NSA— estaban absolutamente convencidos de la existencia de esta supuesta y vasta conspiración comunista internacional y de la supuesta grave amenaza que representaba para el pueblo americano. En otras palabras, para ellos no se trataba de un tinglado, sino de una conspiración internacional muy real en la que los rojos venían a por nosotros.

Así, tras la revolución cubana de 1959, que puso al país bajo el control de Fidel Castro y de lo que acabó convirtiéndose en un régimen comunista, los responsables de la seguridad nacional de los EEUU llegaron a la conclusión de que los Estados Unidos no podría sobrevivir con un bastión comunista a solo 90 millas de sus costas. Por lo tanto, concluyeron los responsables de la seguridad nacional de los EEUU, era absolutamente necesario que el ejército de los EEUU y la CIA hicieran lo que fuera preciso para derrocar al régimen comunista de Cuba y sustituirlo por otro dictador pro-EEUU, igual que aquel al que los revolucionarios castristas habían derrocado.

En otras palabras, su mentalidad respecto a Cuba era exactamente la misma que la de los EEUU respecto a Irán hoy en día —que América no podría sobrevivir ni sobreviviría sin un cambio de régimen.

Así, cuando Kennedy asumió la presidencia, una de las primeras cosas que hizo la CIA fue presentarle su plan secreto para invadir Cuba mediante el uso de exiliados cubanos entrenados por la propia agencia.

En aquel momento, Kennedy, como casi todo el mundo, se había sumado al circo de la Guerra Fría. Es decir, era básicamente un guerrero de la Guerra Fría al uso. Por eso, no hizo falta mucho para convencer a Kennedy de que aprobara el plan de la CIA. Al igual que el Pentágono, la CIA y la NSA, Kennedy estaba convencido de que la Cuba comunista representaba una grave amenaza para la «seguridad nacional» de los EEUU, por muy difuso y vacío de sentido que fuera ese término.

Kennedy dejó claro a la CIA que no se prestaría apoyo aéreo a los invasores en caso de que la invasión fracasara. La CIA, por su parte, aseguró a Kennedy que ese apoyo no sería necesario, ya que la invasión tenía el éxito asegurado sin él.

Sin embargo, la garantía de la CIA planteaba un gran problema: se trataba de una mentira consciente, deliberada e intencionada. La CIA calculó que, una vez que la invasión comenzara a tambalearse, Kennedy no tendría más remedio que enviar apoyo aéreo para evitar que los invasores de la CIA fueran capturados y asesinados por los comunistas cubanos.

Pero cuando la invasión empezó a tambalearse, Kennedy se mantuvo fiel a su palabra y se negó a proporcionar el apoyo necesario. La invasión acabó fracasando a manos de los comunistas. Como era de esperar, los responsables de la seguridad nacional de los EEUU se enfurecieron. Consideraban que Kennedy era blando con el comunismo, un cobarde y un incompetente.

Por su parte, Kennedy también estaba furioso con la CIA. Sabía que los funcionarios de la CIA le habían mentido con el objetivo de manipularlo. Juró destruir la CIA.

Fue el comienzo de la guerra de JFK contra el aparato de seguridad nacional de los EEUU.

Hay algo importante que destacar sobre todo esto: Cuba nunca había atacado a los Estados Unidos ni había emprendido ninguna otra acción bélica contra este país. De hecho, Cuba dejó claro que simplemente quería que los EEUU la dejara en paz.

Pero los círculos de seguridad nacional de los EEUU no podían dejar a Cuba en paz (al igual que los círculos de seguridad nacional actuales no pueden dejar a Irán en paz). Se obsesionaron con el régimen comunista. Se convencieron más que nunca de que una América libre no iba a sobrevivir con una daga comunista apuntando a su cuello desde tan solo 90 millas de distancia.

Tras el desastre de la CIA en la Bahía de Cochinos, el Pentágono comenzó a presionar a Kennedy para que ordenara un ataque militar a gran escala contra Cuba. Los mandos militares llegaron incluso a presentar a JFK un plan increíble denominado «Operación Northwoods», que consistía en una operación de bandera falsa que proporcionaría a Kennedy la excusa engañosa para invadir Cuba. Para su eterno mérito, Kennedy rechazó tanto las presiones como el plan, lo que no hizo más que enfurecer aún más al Pentágono y a la CIA.

Cuando las autoridades de los EEUU descubrieron que la Unión Soviética había instalado misiles nucleares en Cuba, los responsables de la seguridad nacional de los EEUU se enfurecieron. Si Kennedy hubiera aprobado la Operación Northwoods y hubiera invadido Cuba, esto no habría ocurrido. Pero ahora consideraban que Kennedy no tenía excusa para mostrarse débil. Tenía que atacar Cuba en defensa de América.

Kennedy resistió la presión a la que se veía sometido. Se puso en el lugar de su adversario y se preguntó por qué los soviéticos habían hecho aquello. Llegó a la conclusión de que lo habían hecho para disuadir a Estados Unidos de lanzar otro ataque contra Cuba, o, en caso de que se produjera dicho ataque, para defender la isla de la agresión de los EEUU.

Así pues, para resolver la crisis, Kennedy llegó a un acuerdo con los soviéticos, según el cual los EEUU ya no invadiría ni atacaría a Cuba. A cambio, los soviéticos aceptaron retirar sus misiles.

Huelga decir que el Pentágono y la CIA quedaron consternados y más furiosos que nunca. El Estado Mayor Conjunto comparó a Kennedy con Neville Chamberlain y afirmó que su resolución de la crisis constituía la mayor derrota de la historia en EEUU. De un solo golpe, Kennedy había garantizado la existencia permanente de un bastión comunista a 145 kilómetros de las costas americanas. Los responsables de la seguridad nacional de los EEUU estaban convencidos de que no había forma de que el país sobreviviera. A sus ojos, un presidente débil, cobarde e incompetente estaba entregando de hecho los Estados Unidos a los rojos.

Pero la cosa empeoró. Porque durante la crisis, Kennedy logró un «avance decisivo», uno que le permitió darse cuenta de que toda la Guerra Fría no era más que una estafa mortal y destructiva, capaz incluso de acabar con la humanidad mediante una guerra nuclear total. En su discurso sobre la paz pronunciado en la American University en junio de 1963, en lo que fue claramente una emboscada sorpresa en su guerra contra el establishment de la seguridad nacional de los EEUU, declaró el fin de la estafa de la Guerra Fría y prometió alejar a América de la dirección en la que el Pentágono y la CIA estaban decididos a seguir llevándolo.

Casi seis meses después, como era de esperar, Kennedy había muerto. En su guerra contra el establishment de la seguridad nacional de los EEUU, él había perdido y ellos habían ganado. Luego vino la continuación de la Guerra Fría, la guerra de Vietnam, golpes de Estado, asesinatos, guerras de agresión, un imperio de bases militares en el extranjero y en el país, intervencionismo extranjero, sanciones, embargos, bloqueos, los ataques de represalia del 9-11, la guerra en Afganistán, la guerra en Irak, la guerra contra el terrorismo, la expansión de la OTAN, la guerra contra Rusia con Ucrania como proxy, la guerra contra Venezuela, la guerra militar contra las drogas, la piratería, la guerra contra Irán, la destrucción de la libertad y la privacidad americana y, por supuesto, el estrangulamiento económico continuado del pueblo cubano.

Mientras tanto, como era de esperar, ningún presidente de los EEUU desde Kennedy, incluido Trump, se ha atrevido a oponerse al establishment de la seguridad nacional de los EEUU. Tampoco lo han hecho el Congreso ni la Corte Suprema. Huelga decir que el presupuesto destinado al establishment de la seguridad nacional para este gran tinglado sigue creciendo.

Publicado originalmente por la Future of Freedom Foundation.

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