Power & Market

39 en camino a los 40 (billones)

Hace poco más de dos semanas, el 7 de abril, la deuda nacional de los EEUU superó los 39 billones de dólares. Desde entonces, se han sumado otros 150 mil millones. Si bien los principales medios de comunicación pasaron por alto este hito, cada billón es digno de mención.

El presidente del Comité de Presupuesto de la Cámara de Representantes, Jodey Arrington (Republicano por Texas), puso la cifra en perspectiva:

América tiene ahora una deuda de 39 billones de dólares —sí, 39 billones—. Se tardó unos 200 años en acumular el primer billón. Ahora lo sumamos en cuestión de meses… Para agravar el problema, gastamos actualmente más de un billón de dólares al año solo en intereses para pagar nuestra deuda, una cifra superior al presupuesto total de defensa.

Hace casi tres años, escribí sobre la deuda de EEUU que superaba los 32 y 33 billones de dólares. Si hay una proyección económica que se pueda tener en cuenta, es esta: en los próximos meses, se superará el nivel de deuda de 40 billones de dólares.

Si echamos la vista atrás a los últimos 200 años, o incluso a los últimos tres, queda claro que el crecimiento de la deuda no es lineal; la curva está aumentando de forma exponencial. Aunque el futuro siempre es incierto, la trayectoria es innegable. Hay un motivo que destaca por encima del resto: los propios intereses de la deuda.

Para contextualizar, los desembolsos netos por intereses equivalían al 22,1 % de los ingresos totales hasta el primer trimestre del año fiscal 2026. Incluso si la deuda nacional se mantuviera congelada en 39 billones de dólares hoy, los pagos de intereses por sí solos serían asombrosos. Con el rendimiento de los bonos del Tesoro a 10 años oscilando entre el 4 % y el 4,5 % al momento de redactar este informe, y los intereses anuales superando el billón de dólares, la solvencia debería ser una preocupación real.

Naturalmente, se podría argumentar que con una Reserva Federal, la solvencia no es una preocupación. Sin embargo, ahí radica el quid de la cuestión. Técnicamente, América no se declarará insolvente gracias a la capacidad de la Fed para crear dinero (literalmente) de la nada, por lo que el resultado final es inevitable. El aumento de la deuda y la consiguiente expansión de la oferta monetaria son características inherentes al sistema. La historia demuestra que la inflación monetaria, la devaluación de la moneda y el eventual colapso económico son los resultados recurrentes.

Si a esto le sumamos el problema de las tasas de interés, los conflictos globales y el interminable ciclo de gasto político en respuesta a las crisis, es justo decir que el Congreso tiene tanto interés en recortar el gasto como en acabar con la Reserva Federal.

Que la deuda alcance los 40 billones de dólares es un logro en el sentido de que muchos pensaban que jamás veríamos cifras tan grandes. Hace más de cuarenta años, durante la administración Reagan, la deuda se triplicó, pasando de 1 billón a 3 billones de dólares, y la vida siguió su curso. Aplicando esa misma lógica hoy y teniendo en cuenta el crecimiento exponencial, hablamos de que 40 billones de dólares se convertirán en 120 billones durante nuestra vida.

La idea de 50 billones, 60 billones o incluso 80 billones de dólares parece absurda, pero la historia no nos da motivos para suponer que exista un techo.

Aún así, no apostaría en contra de América; el dólar de los EEUU se mantiene en gran medida porque la libertad sigue significando algo en ese país, y el billete verde sigue siendo la camisa más limpia de entre todas las sucias. Pero eso no cambia el hecho de que la vida podría ser mejor para casi todo el mundo. Es decir, para todos excepto para aquellos que siguen conduciendo a la sociedad por un camino sobre el que los austriacos llevan generaciones advirtiendo.

El reloj de la deuda sigue corriendo. Las cifras no dejan de aumentar. Y aunque la vida seguirá, debemos preguntarnos: ¿qué tipo de vida será? ¿Y para quién?

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