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Ley libertaria por medios democráticos: el poder de las ideologías y la opinión pública

Mises Wire Fabricio Terán

Previamente expliqué la filosofía descriptiva de Ludwig von Mises del consentimiento de los individuos como lo único que da valor a las normas y a la autoridad. Los individuos interpretan las normas y la autoridad como útiles —lo sean o no en la realidad para los propósitos de coexistencia de los individuos. Continúo con la explicación de cómo se origina el consentimiento grupal y cómo sostiene las normas y las autoridades con la ayuda de las ideologías y la opinión pública.

Ideologías y empresarios ideológicos

En primer lugar, el consentimiento de los gobernados se refiere al consentimiento individual a ideas, más específicamente a sistemas de ideas que Mises llama «ideologías». Desde la teoría misesiana, el acto de consentir normas y autoridades está influido por una ideología que guía la acción. Las ideologías son conjuntos estandarizados de fines y medios que facilitan la creación de grupos simplificando las opciones individuales. En palabras de Mises:

Lo que crea una actividad grupal es un fin definido buscado por los individuos y la creencia de estos individuos de que cooperar en este grupo es un medio adecuado para alcanzar el fin buscado. Un grupo es el producto de los deseos humanos y de las ideas sobre los medios para realizar estos deseos. Sus raíces se encuentran en los juicios de valor de los individuos y en las opiniones que éstos tienen sobre los efectos que cabe esperar de determinados medios. Para tratar los grupos sociales de forma adecuada y completa, hay que partir de las acciones de los individuos. Ninguna actividad grupal puede entenderse sin analizar la ideología que forma el grupo y lo hace vivir y funcionar.

El individualismo subjetivista-utilitarista de Mises nos ayuda a comprender los fenómenos sociales sobre la base de certezas mínimas y evitando especulaciones metafísicas: sólo los individuos existen de manera real, mientras que los grupos sólo existen como la acción de individuos que comparten las mismas ideologías.

En el individualismo filosófico misesiano, puesto que los individuos actúan, no existen formas «naturales» de organización de la sociedad; todas las formas de organización son ideológicas, y las ideologías son invenciones y elecciones humanas. Por tanto, las ideologías se explican como productos inmateriales o tecnologías sociales creadas por individuos concretos y no por una masa anónima o algún fantasma metafísico. Los grupos son consumidores de estos productos, y los fenómenos sociales son el resultado de estos productos. Mises explica las ideologías como creaciones empresariales:

Hay pioneros que conciben nuevas ideas y diseñan nuevos modos de pensar y actuar; hay líderes que guían a la gente por el camino que esa gente quiere recorrer, y hay masas anónimas que siguen a los líderes. No se puede escribir la historia sin los nombres de los pioneros y los líderes. . . . Atribuir las ideas que producen el cambio histórico a la psique de las masas es una manifestación de prepotencia metafísica arbitraria. . . . Los movimientos de masas no son inaugurados por desconocidos anónimos, sino por individuos. No conocemos los nombres de los hombres que en los primeros tiempos de la civilización llevaron a cabo las mayores hazañas. Pero estamos seguros de que también las innovaciones tecnológicas e institucionales de esas primeras épocas no fueron el resultado de un repentino destello de inspiración que golpeó a las masas, sino el trabajo de algunos individuos que superaron con creces a sus semejantes.

No existe una psique de masas ni una mente de masas, sino sólo ideas y acciones de muchos que hacen suyas las opiniones de los pioneros y líderes e imitan su conducta. Las turbas y las multitudes también actúan sólo bajo la dirección de cabecillas. Los hombres comunes que constituyen las masas se caracterizan por la falta de iniciativa. No son pasivos, también actúan, pero sólo lo hacen instigados por inductores.

En resumen, las ideologías son conjuntos de fines y medios estandarizados creados por intelectuales: el empresario ideológico. Cuando son adoptadas por otros, las ideologías generan acciones de grupo, incluida la acción del consentimiento del grupo a determinadas normas y autoridades.

Opinión pública y empresarios políticos

El consentimiento de los gobernados es un fenómeno individual, algo que cada individuo decide por sí mismo; sin embargo, sólo es funcional para el apoyo de normas y autoridades si existe una «masa crítica» suficiente —el número mínimo de personas necesario para que se produzca un fenómeno de grupo— que permita la gobernabilidad. Mises denomina «opinión pública» al número de personas que adoptan el conjunto de fines y medios de una ideología y cuyo número, significativo pero no cuantificado, les confiere la capacidad de influir en la adopción de normas y autoridades.

En la teoría misesiana, todo gobierno es, en última instancia, un gobierno de la opinión pública, independientemente de la forma de gobierno que tenga formalmente una comunidad o de si su gobierno tiende a la libertad o a la esclavitud. Mises explica así la teoría del gobierno de facto por la opinión pública en cualquier comunidad:

El camino hacia una distinción realista entre libertad y esclavitud fue abierto, hace doscientos años, por el inmortal ensayo de David Hume, Sobre los primeros principios del gobierno. El gobierno, enseñaba Hume, es siempre el gobierno de muchos por unos pocos. Por lo tanto, el poder está siempre, en última instancia, del lado de los gobernados, y los gobernantes no tienen nada en que apoyarse salvo la opinión. Este conocimiento, seguido lógicamente hasta su conclusión, cambió por completo la discusión relativa a la libertad. Se abandonó el punto de vista mecánico y aritmético. Si la opinión pública es la responsable última de la estructura del gobierno, también es el organismo que determina si hay libertad o esclavitud. Prácticamente sólo hay un factor que tiene el poder de hacer que la gente no sea libre: la opinión pública tiránica. La lucha por la libertad no es, en última instancia, resistencia a autócratas u oligarcas, sino resistencia al despotismo de la opinión pública. No es la lucha de muchos contra pocos, sino de minorías —a veces de una minoría de un solo hombre— contra la mayoría. La peor y más peligrosa forma de gobierno absolutista es la de una mayoría intolerante.

El gobierno de facto de la opinión pública lo ejercen unos pocos en cualquier sociedad. Entonces, ¿cuál es la dinámica entre el gobierno de facto de la opinión pública y el gobierno de unos pocos? Mises explica aquello en un modo de negocios, los gobernantes —los empresarios políticos— operan como proveedores del «servicio de gobernar» satisfaciendo las preferencias ideológicas de la opinión pública. A diferencia de los intelectuales, o empresarios ideológicos, que guían a la opinión pública, los gobernantes o empresarios políticos la complacen:

Un estadista sólo puede tener éxito en la medida en que sus planes se ajusten al clima de opinión de su tiempo, es decir, a las ideas que se han apoderado de las mentes de sus semejantes. Sólo puede convertirse en líder si está preparado para guiar a la gente por los caminos que desean recorrer y hacia la meta que quieren alcanzar. Un estadista que antagoniza con la opinión pública está condenado al fracaso. No importa si es un autócrata o un funcionario de una democracia, el político debe dar al pueblo lo que desea obtener, del mismo modo que un hombre de negocios debe suministrar a los clientes las cosas que desean adquirir.

Conclusión

Mises —utilizando el método subjetivista-utilitarista de análisis de la sociedad: valor subjetivo, innovación empresarial, soberanía del consumidor y acción guiada por ideas sobre fines y medios— sostiene que, en realidad, todo gobierno de jure es, en última instancia, un gobierno de facto de la opinión pública, que se guía por ideologías.

Desde una perspectiva misesiana, el establecimiento de una democracia representativa es la búsqueda de un gobierno de jure de la opinión pública. Este podría lidiar tanto con el hecho social del poder de las ideologías y la opinión pública como con el ideal regulativo de una adaptación pacífica a los cambios en las preferencias ideológicas de la población.

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