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¿Es la solidaridad algo bueno?

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Etiquetas Socialismo

10/22/2021

En su libro Let’s Have Socialism Now! (Yale University Press, 2001), el economista francés Thomas Piketty hace gran hincapié en la «solidaridad», y su oposición al libre mercado se basa en gran medida en su conflicto con ese supuesto valor. En la columna de esta semana, me gustaría examinar lo que dice sobre la solidaridad y, como es de esperar, mis conclusiones son negativas.

La solidaridad está estrechamente relacionada con la igualdad, pero no es exactamente lo mismo. Podemos hacernos una idea preliminar de lo que Piketty quiere decir con ello si miramos este ejemplo del libro: la autonomía local, piensa Piketty, tiene su lugar; pero nunca debe permitirse que interfiera con el poder de la nación para imponer impuestos sobre la renta y la riqueza. De lo contrario, las regiones locales podrían competir para atraer inversiones bajando los tipos impositivos, y eso no se puede permitir, ¿verdad? A propósito de una ley española que permite a las regiones fijar los tipos del impuesto sobre la renta para la mitad de la base imponible total, dice que el sistema «pone en tela de juicio la idea misma de solidaridad dentro del país y se reduce a enfrentar a las regiones entre sí, lo que es particularmente problemático cuando se trata del impuesto sobre la renta, ya que se supone que éste debe permitir la reducción de las desigualdades entre los más ricos y los más pobres, por encima de las identidades regionales o profesionales». (p. 159)

Por «solidaridad», Piketty quiere decir que las personas de una nación deberían considerarse parte de una empresa conjunta, de manera que se excluya la competencia entre subgrupos. No desecha el mercado por completo, pero en su esquema de cosas ocupa, en el mejor de los casos, un lugar subordinado. En un aspecto, este relato debe modificarse para obtener el punto de vista de Piketty. La solidaridad no tiene por qué limitarse a las naciones; él habla favorablemente, por ejemplo, de las propuestas para unir a Europa más estrechamente que ahora. Pero lo que es crucial, una vez más, es que las personas de la unidad compartan un sentido de compromiso común.

La importancia que tiene para él la solidaridad motiva en parte su insistencia en la igualdad. Si las personas se dividen en clases según sus ingresos y riqueza, no se verán como parte de una empresa común. En cambio, los pobres estarán resentidos con los ricos, mientras que los ricos mirarán con condescendencia a los que no pertenecen a su grupo de élite. Mediante la aplicación estricta de impuestos progresivos sobre la renta y la riqueza, se puede acabar con las rivalidades y mantener la solidaridad social. Digo «en parte motiva», porque Piketty otorga un peso independiente a la igualdad, aparte de su efecto sobre la solidaridad, pero no abordaré ese tema aquí.

La forma más obvia de atacar lo que dice Piketty es cuestionar el valor de la solidaridad. ¿Qué tiene de bueno que las personas de una nación u otra sociedad grande se consideren parte de una empresa común? Piketty da por sentado que es valioso, pero para muchos de nosotros esto no es nada evidente, y nos gustaría tener argumentos a favor. Uno de esos argumentos, que creo que Piketty favorecería, es que sin la solidaridad, la sociedad estaría plagada de conflictos y agitación; pero esta afirmación se basa en una premisa falsa. Si la agitación y el conflicto son malos, entonces deberíamos intentar evitarlos, pero no se deduce que necesitemos la solidaridad para hacerlo. La solidaridad es algo más que la ausencia de conflicto: las personas que creen en las relaciones amistosas con los demás pueden hacerlo sin pensar que están involucradas en una empresa común. Piketty podría responder que incluso si eso es cierto, la solidaridad es mejor, pero eso sólo repite su opinión de que la solidaridad es una «cosa buena» y no es un argumento para ello. También podría decir que la solidaridad hace que el conflicto y la agitación sean menos probables que las formas menos exigentes de preservar la paz, pero esto sería avanzar una hipótesis empírica que requiere ser probada, no afirmar un principio que se sabe que es verdadero con sólo pensarlo.

En lo que sigue, sin embargo, no voy a cuestionar el valor de la solidaridad. A efectos de argumentación, concederé a Piketty su premisa y preguntaré: ¿Requiere la solidaridad una redistribución masiva para lograr la igualdad, como él piensa? Dudo que sea así. ¿Por qué las personas con distintos niveles de riqueza e ingresos no pueden considerarse parte de una empresa común? ¿Los pobres ven a los ricos como sus enemigos, como cree Piketty, o el resentimiento que les atribuye es sólo una proyección sobre ellos de su propia ideología igualitaria? Una vez más, tiene que aportar pruebas de su punto de vista. En su lugar, presenta muchos gráficos y tablas sobre el alcance de la desigualdad en determinadas sociedades, pero esto no establece que los pobres quieran una mayor igualdad. No cabe duda de que les gustaría mejorar su nivel de vida, pero esta es una cuestión diferente a la de si piensan que los demás no deberían tener mucho más que ellos y están resentidos por ello. La argumentación de Piketty sería más sólida si distinguiera, como no lo hace, entre quienes deben su riqueza a las subvenciones y subsidios del gobierno y aquellos cuya riqueza se basa en su éxito en el mercado libre. El resentimiento contra las ganancias mal habidas del primer tipo no implica el resentimiento contra aquellos cuya riqueza se deriva de su excelencia en el cumplimiento de las demandas de los consumidores.

Además, si la solidaridad es un valor, ¿por qué la empresa común que comparten las personas de una sociedad no puede ser un compromiso con el libre mercado? ¿No es un ideal inspirador la idea de que la gente coopere pacíficamente para mejorar su bienestar común aprovechando el cálculo económico que sólo permiten los precios del libre mercado? ¿Por qué la solidaridad social debe basarse en la redistribución obligatoria y la ética antimercado?

La mención de la compulsión plantea otra cuestión. En un mercado libre, las personas que están de acuerdo con Piketty son libres de establecer instituciones igualitarias del tipo que él desea. Piensa, por ejemplo, que las empresas deberían estar obligadas a dar el 50% de los puestos de su consejo de administración a los trabajadores y que debería haber cuotas para las mujeres y los grupos minoritarios que él favorece. ¿Por qué obligar a la gente a hacer estas cosas? ¿No debería depender de ellos si desean vivir en una sociedad de este tipo? Piketty no lo cree así: a pesar de todas sus profesiones de fe en la democracia, sólo se es democrático si se hace lo que él y sus compañeros elitistas consideran mejor.

Terminaré con un problema más. Supongamos que Piketty tuviera razón, como yo por supuesto no pienso, que necesitamos solidaridad y que sin redistribución de la riqueza no la tendremos. No se deduce que si imponemos impuestos redistributivos, tendremos solidaridad; pensar lo contrario es confundir una condición necesaria con una suficiente. El resultado puede ser crear más tensión social de la que existía antes. Las anteojeras socialistas de Piketty le impiden ver esto, y mucho más.

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Contact David Gordon

David Gordon is Senior Fellow at the Mises Institute and editor of the Mises Review.

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