Los críticos de los mercados suelen argumentar que el capitalismo falla sistemáticamente a los consumidores. Las empresas se confabulan, las corporaciones abusan de su poder y las empresas poderosas aplastan a sus competidores. Pero hay un patrón curioso en estas críticas: independientemente de lo que ocurra realmente en el mercado, el resultado se considera una prueba de que los mercados no funcionan.
Si las empresas competidoras cobran más o menos el mismo precio, los críticos sospechan que hay colusión. Si una empresa baja sus precios, la acusan de practicar precios predatorios. Si los precios suben, la explicación recae en el poder de monopolio o en los «lucros excesivos». En otras palabras, el mercado no puede salir bien parado. Tanto si los precios se mantienen estables, bajan o suben, la conclusión es la misma: el mercado debe de estar fallando.
Este patrón sugiere que puede haber algo más profundo que el análisis empírico en juego.
Cuando los precios son iguales: «¡Colusión!»
Consideremos el primer caso. Un observador del mercado se da cuenta de que las gasolineras de toda la ciudad muestran precios casi idénticos, o que los supermercados cobran cantidades similares por los productos básicos. Esto se interpreta inmediatamente como una prueba de que las empresas deben estar actuando de forma colusoria y participando en prácticas de cártel.
Sin embargo, los precios similares suelen ser precisamente lo que predice la competencia.
Por lo general, un conductor que repostar no obtendrá un beneficio significativamente mayor por hacerlo en una gasolinera concreta en comparación con otra. Además, los mercados actuales son muy transparentes y tanto los competidores como los clientes pueden consultar fácilmente los precios. Si una gasolinera sube sus precios por encima de los de la competencia, los clientes se irán rápidamente a otra parte. Si otra baja sus precios de forma significativa, los competidores igualarán el cambio o se arriesgarán a perder a sus clientes.
Por lo tanto, aunque se critique como un ejemplo de fallo del mercado, la similitud de precios es el resultado previsible de una competencia eficaz que empuja los precios hacia un nivel de mercado común.
Cuando bajan los precios: «¡Precios predatorios!»
Ahora pensemos en una empresa que baja sus precios. Surge una acusación diferente: precios predatorios. Se supone que la empresa está intentando expulsar a sus rivales del mercado para poder subir los precios más adelante y explotar a los consumidores.
Sin embargo, la reducción de precios es la esencia misma de la competencia. Las empresas buscan constantemente formas de reducir costes y ofrecer precios más bajos para atraer a los clientes. Los consumidores se benefician de inmediato de este proceso.
La verdadera política de precios predatorios es mucho menos probable de lo que a menudo se da a entender. Una empresa que intente aplicar esa estrategia debe soportar pérdidas considerables al vender por debajo del costo, con la esperanza de que sus competidores quiebren. A continuación, debe subir los precios lo suficiente como para recuperar esas pérdidas, todo ello mientras impide que nuevos competidores entren en el mercado una vez que los precios vuelvan a subir.
En la mayoría de los sectores, esta secuencia es extraordinariamente difícil de lograr. Lo que los críticos tildan de «prédica» no es más que la competencia haciendo lo que se supone que debe hacer: obligar a las empresas a ofrecer mejores condiciones para atraer a los clientes.
Cuando suben los precios: «¡Explotación!»
Por último, consideremos qué ocurre cuando suben los precios. La acusación cambia una vez más. Ahora los críticos atribuyen el aumento al poder monopolístico o a la codicia corporativa. El aumento de los precios se interpreta como prueba de que las empresas poseen un poder de mercado excesivo y están obteniendo «lucros excesivos».
Pero los precios pueden subir por muchas razones que no tienen nada que ver con el monopolio. La demanda puede aumentar o la oferta puede reducirse. La escasez, las interrupciones o los cambios repentinos en las preferencias de los consumidores pueden hacer que los precios suban. En cada caso, el aumento de los precios indica escasez y anima a los productores a ampliar la oferta. Con el tiempo, estas señales ayudan a coordinar la oferta y la demanda.
Considerar cada subida de precios como una prueba de explotación ignora la función informativa que desempeñan los precios en la coordinación de la actividad económica.
Una crítica infalsificable
En conjunto, estas tres acusaciones ponen de manifiesto un problema más profundo. Cuando todos los resultados confirman la misma conclusión, la crítica deja de ser empírica. Una teoría que no puede ser refutada por las pruebas no está siendo puesta a prueba en absoluto.
Por supuesto, pueden darse casos de colusión real, estrategias depredadoras y poder monopolístico. Los mercados no están poblados por ángeles. Pero la frecuencia con la que los críticos invocan estas explicaciones supera con creces las pruebas que las respaldan.
El problema de fondo es que muchas críticas a los mercados parten de la premisa de que la búsqueda de beneficios debe ser, por naturaleza, sospechosa. Una vez que se parte de esa premisa, se considera al mercado culpable independientemente de los hechos.
Los mercados son un proceso
Toda esta forma de evaluar los mercados pasa por alto lo esencial. Una perspectiva más realista reconoce que los mercados no son resultados estáticos, sino procesos dinámicos. Son procesos continuos de descubrimiento en los que los precios se ajustan constantemente a medida que los empresarios experimentan con nuevas ideas en un intento por atender a los consumidores mejor que sus competidores.
Desde esta perspectiva, las fluctuaciones de los precios no son, en sí mismas, signos de fracaso. Son señales que guían el proceso continuo de coordinación económica.
El resultado es un sistema en evolución que se adapta continuamente a la nueva información.
Dejemos que los mercados funcionen
Nada de esto significa que los mercados sean perfectos o estén por encima de toda crítica. Pero la crítica debe basarse en un análisis cuidadoso y no en una sospecha automática.
Cuando se parte de la premisa de que los precios iguales demuestran la existencia de colusión, los precios más bajos demuestran la práctica de precios predatorios y los precios más altos demuestran la explotación, el mercado no tiene ninguna posibilidad de superar la prueba. El veredicto ya está decidido antes incluso de que se examinen las pruebas.
Un enfoque más sensato partiría de una premisa diferente: que los mercados competitivos son, en general, un proceso de descubrimiento, no una conspiración. Los precios suben, bajan y se mantienen estables no porque las empresas los manipulen constantemente, sino porque millones de compradores y vendedores ajustan continuamente su comportamiento.
Es posible que ese proceso no siempre dé lugar a resultados que satisfagan a los críticos. Los mercados, como cualquier institución, deben evaluarse con honestidad. Pero esa evaluación debe tener en cuenta la posibilidad de que, en ocasiones, los mercados funcionen exactamente como se supone que deben hacerlo.