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El objetivo crucial que rechazan los activistas medioambientales

Desde hace algún tiempo me pregunto por qué los activistas medioambientales parecen rechazar las pruebas de que el capitalismo ha estado haciendo del mundo un lugar mejor para todos los estratos de la sociedad. La aristocracia mimada de hace apenas unos cientos de años llevaba una vida miserable en comparación con los ciudadanos menos acomodados de prácticamente cualquier país capitalista actual. Hoy en día, todos los sectores de la sociedad tienen acceso a una asistencia sanitaria de vanguardia, a una alimentación suficiente y saludable, a calefacción en invierno y aire acondicionado en el verano, a la comodidad y seguridad a la hora de viajar, etc., cosas que la élite de hace tan solo doscientos años no habría podido ni imaginar.

Un experimento sobre la vida en el siglo XIX

Recuerdo un experimento llevado a cabo hace unas décadas por estudiantes de la Universidad de Illinois. La aldea pionera de New Salem —situada a las afueras de Springfield, la capital de Illinois— había sido reconstruida como un museo al aire libre. Abraham Lincoln vivió allí de joven, entre 1831 y 1837.

Las rudimentarias cabañas, graneros y demás construcciones se reconstruyeron lo más fielmente posible a su estado original, según lo revelaban los registros. De hecho, cuando era un niño muy pequeño y mis padres me llevaron allí, pensaba que esos edificios rudimentarios eran originales de la época en que Lincoln vivió allí. Ya era mucho mayor cuando vi fotos de los contornos difusos de los cimientos de aquella época.

En un experimento para recrear cómo eran las condiciones de vida en aquella época, la Universidad de Illinois solicitó estudiantes voluntarios que intentaran vivir en estas cabañas reconstruidas durante un invierno típico del Medio Oeste. Estoy seguro de que lo intentaron con todas sus fuerzas, pero estos valientes voluntarios tuvieron que abandonar el experimento debido a las duras condiciones invernales. Se trataba simplemente de un invierno típico del Medio Oeste, pero demostró lo mucho que ha avanzado la sociedad a la hora de proporcionar mejores condiciones de vida.

El «principio de humanidad» de Immanuel Kant

Entonces, ¿por qué los activistas medioambientales como Greta Thunberg rechazan el progreso que ha aportado a toda la sociedad unos niveles de vida más altos que en su momento se habrían considerado inimaginables? Creo que sé la respuesta. La tenemos justo delante de nuestras narices. El propio término «activista medioambiental» nos indica que a Greta y a los de su calaña no les importa lo más mínimo el bienestar de la humanidad, salvo de una forma totalmente teórica y secundaria. Es el «medio ambiente», tal y como ellos mismos lo definen y sin admitir debate alguno, el objetivo final. El ser humano no es más que el medio para alcanzar ese objetivo, sea cual sea. Por supuesto, esto viola «el principio de la Humanidad» de Immanuel Kant, que establece que el hombre es un fin y no puede, desde el punto de vista ético, ser utilizado como un medio para alcanzar un fin. Además, se «categórico», lo que significa que se aplica a todos los seres racionales en todo momento.

Fíjate en el enorme abismo que separa la ética humanitaria de Kant de la de los activistas medioambientales, quienes se arrogan el derecho de erigirse en jueces del grado en que las personas deben sacrificar sus condiciones de vida actuales para evitar un futuro catastrófico para la Tierra —definido, una vez más, por ellos mismos y sin admitir ningún debate sobre su validez—. El ser humano debe ser utilizado como un medio para alcanzar un fin.

Se pueden ver ejemplos de este error casi a diario. Por ejemplo, la preocupación por el agotamiento de los recursos (algo imposible, por cierto, en una economía de libre mercado que permite que los precios se ajusten a la oferta) y las afirmaciones de que la superpoblación conduce a una catástrofe maltusiana

Un Al Gore decepcionado

Como es lógico, estos activistas deben ser inmunes a las soluciones que desean imponer al resto de la sociedad, como recorrer grandes distancias en medios de transporte modernos para asistir a reuniones e impartir conferencias en las que condenan ese mismo derecho en los demás. Son los «ungidos».

Un buen ejemplo de ello es la gira que realizó Al Gore por todo el mundo hace unos años, impartiendo conferencias sobre el tema y produciendo una película titulada «Una verdad incómoda». La película se estrenó hace veinte años, y sin embargo, quizá milagrosamente, la Tierra aún no se ha quemado ni ha dado señales de que vaya a hacerlo, lo que debe de ser una gran decepción para el señor Gore.

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