Bernie Sanders es un populista socialista. Su desconocimiento de los fundamentos de la economía explica por qué considera que Dinamarca es un país socialista. Un ex primer ministro danés se refirió una vez implícitamente a esas afirmaciones, señalando que la economía de Dinamarca no es socialista, sino más bien una economía de mercado. Pero la verdad no les importa a los izquierdistas americanos.
Ahora ha vuelto a ser noticia con un proyecto de ley de «que ampliaría la participación del Estado en el sector de la inteligencia artificial —un plan que, contrariamente a lo que afirman sus partidarios, podría tener consecuencias desastrosas. A continuación, se analizan brevemente estas consecuencias.
Esta es una política fascista
La Italia fascista y la Alemania nazi, después de la Unión Soviética, se encontraban entre los países con los niveles más altos de propiedad estatal y control estatal sobre la economía. Tanto en Alemania como en Italia, el Estado controlaba muchas empresas, mientras que las empresas privadas operaban bajo una estricta supervisión e intervención estatal. Los nazis nacionalizaron casi la mitad de la economía y luego utilizaron una amplia normativa para someter al sector privado al control estatal. Mussolini siguió un enfoque similar. El Estado determinaba qué bienes se producirían, cómo se producirían y de qué forma se suministrarían.
Sanders afirma que la inteligencia artificial no le pertenece a los multimillonarios, sino al pueblo. Los fascistas y los nazis utilizaron el mismo argumento —que el sector privado debía organizarse de acuerdo con el interés público— para justificar una intervención generalizada en el mercado. De hecho, Hitler y Mussolini lograron controlar los medios de producción de manera muy similar sin destituir a los directivos de las empresas.
Comparar a Sanders con el fascismo puede parecer inusual, pero no hay que olvidar que los principales líderes del fascismo italiano, incluido Mussolini, fueron inicialmente socialistas antes de convertirse en fascistas. De hecho, como sostiene Thomas DiLorenzo en su libro El problema del socialismo, el fascismo tuvo orígenes socialistas.
En cuanto a la propiedad estatal y la influencia del Estado sobre la IA, Sanders y Trump adoptan enfoques similares. El propio Trump ha admitido que las opiniones económicas de sus votantes y las de los votantes de Sanders «no están tan alejadas», y esa podría ser una de las pocas declaraciones honestas que Trump ha hecho en su vida. De hecho, ambos son populistas y buscan ampliar el poder del Estado y debilitar la economía de libre mercado.
Por lo tanto, la propuesta de Sanders, o propuestas similares, podrían permitir que el Estado obtuviera el control sobre la industria de la IA al tiempo que se mantuviera la apariencia de la propiedad privada. En ese sentido, tales propuestas pueden describirse razonablemente como fascistas, ya que permiten el control estatal sobre la producción sin abolir formalmente el sector privado.
Una amenaza para las libertades civiles
Los gobiernos siempre han utilizado las agencias de inteligencia y las instituciones afiliadas para restringir las libertades sociales, silenciar a los opositores y vigilar a los usuarios en línea. También presionan a diversas plataformas para que entreguen los datos de los usuarios, con el fin de utilizarlos para reprimir la disidencia. Si el gobierno se convierte en propietario de empresas de inteligencia artificial, podrá recopilar la información de los usuarios libremente y sin ningún obstáculo.
Es posible que los partidarios de Sanders crean, en privado, que esta sería una herramienta útil para vigilar a sus oponentes, permitiendo al Estado identificar y silenciar a quienes se oponen a su ideología de izquierda. Sin embargo, hay que recordar que este poder se le está otorgando al Estado, no a un partido político específico. Si figuras como Trump —o cualquier otra personalidad autoritaria— llegan al poder, esta autoridad caerá en sus manos, lo que les permitirá reprimir a esos mismos izquierdistas. Otorga a los Estados el poder de vigilar a cualquiera que consideren un «elemento indeseable». En última instancia, esto podría representar una grave amenaza para la libertad.
Los políticos ya tienen un poder considerable; el control sobre la inteligencia artificial multiplicaría ese poder muchas veces, y más poder trae consigo más corrupción.
Debilitamiento de la innovación
Esta política amenaza la innovación. El favoritismo estatal puede dificultar el ingreso al mercado de actores nuevos y creativos, y puede ralentizar el proceso de «destrucción creativa». También cabe señalar que los directivos de las empresas de IA podrían incluso acoger con agrado tal situación, ya que les permitiría eliminar a nuevos competidores en la industria y alcanzar una posición monopolística.
Después de todo, una vez que el Estado entre en escena, las empresas podrían contar con el apoyo de los políticos para no tener que competir más con empresas no americanas. Incluso podrían esgrimir el argumento de que el Estado es accionista de empresas de IA para justificar la prohibición del uso de sistemas de IA de otros países en los Estados Unidos.
El apoyo a las propuestas de algunos ejecutivos de empresas de inteligencia artificial que llevarían a la participación del Estado en esta industria resulta muy sospechoso. Tendremos que esperar a ver qué sucede, pero es posible que el proyecto de ley de Sanders en realidad ayude a esos mismos multimillonarios a eliminar a sus competidores.
La tecnología no debe verse frenada
Frenar el avance tecnológico es una tontería y, además, es perjudicial. La afirmación de que la inteligencia artificial destruye empleos es un argumento engañoso y falaz. Oponerse a la IA con el fin de preservar ciertos empleos es tan irracional como intentar detener la expansión de Internet porque el uso del correo electrónico hizo que algunos trabajadores postales perdieran sus empleos.
Siguiendo esa misma lógica, deberíamos haber prohibido la bombilla eléctrica porque provocó la pérdida de empleos en la industria de la fabricación de velas. Del mismo modo, deberíamos haber dejado de usar la maquinaria textil moderna porque permitía producir la misma cantidad de ropa con menos trabajadores.
Si llevamos este razonamiento hasta su conclusión lógica, tendríamos que volver a la Edad de Piedra. No se debe frenar la innovación. El avance tecnológico y la innovación son los principales motores del crecimiento de la productividad y la mejora del nivel de vida. A medida que desaparecen los empleos antiguos, surgen nuevas oportunidades laborales. Por ejemplo, muchos trabajadores de las industrias tradicionales pueden encontrar trabajo en sectores más nuevos y productivos de la economía. No debemos obstaculizar el crecimiento de las industrias que pueden mejorar la vida de miles de millones de personas simplemente para preservar los empleos de un número limitado de individuos.
Una afirmación populista
La inteligencia artificial, como cualquier otra industria, es construida por emprendedores y productores, y sus productos se comercializan en el mercado. La afirmación de que «la IA no le pertenece a los multimillonarios; le pertenece al pueblo» es similar a decir que las papas no le pertenecen a los agricultores, sino al «pueblo», y que, por lo tanto, el 50 por ciento de todas las tierras agrícolas deben ser expropiadas por el Estado.
Sanders es un maestro de lemas como «Los multimillonarios no deberían existir», y su elección es estratégica. Si sustituyera «multimillonarios» por «millonarios», el lema lo implicaría inevitablemente a él y a las celebridades de izquierda. Le conviene canalizar los celos hacia los multimillonarios, protegiéndose así de la indignación pública.
Si la riqueza es intrínsecamente mala, entonces serlo millonario lo es igualmente. En ese caso, la izquierda se vería obligada a corear consignas como «Los millonarios no deberían existir» —o tal vez incluso decir: «Malditos Sean Penn, Oprah y Sanders». Después de todo, todos ellos son millonarios.
Los beneficios de la IA no son exclusivos de los multimillonarios; miles de millones de personas en todo el mundo utilizan estas herramientas —en medicina, educación y miles de otros campos—. Si las empresas privadas, sin buscar rentas ni recibir subsidios del gobierno, obtienen ganancias a través de la innovación y la creatividad, no hay nada intrínsecamente malo en ello. Nadie está obligado a usar la IA; quienes eligen hacerlo, en la práctica votan con su dinero para recompensar a las empresas que ofrecen estos servicios. Solo cabe esperar que Sanders no haya usado estas herramientas ni haya tenido una cuenta de IA él mismo, porque si lo ha hecho —ha estado llenando los bolsillos de los mismos capitalistas a quienes dice despreciar.
El uso indebido de un fondo de riqueza pública
Los políticos pueden hacer un uso indebido de los fondos de riqueza nacional. En Rusia, Vladimir Putin ha aprovechado el Fondo Nacional de Riqueza para financiar la guerra en Ucrania. El gobierno de los EEUU podría, con la misma facilidad, explotar un fondo de este tipo para financiar una guerra o violar los derechos humanos. En este escenario, los ingresos generados por la IA se desviarían de inversiones vitales en innovación y, en su lugar, se canalizarían hacia la producción de bombas para lanzarlas sobre personas inocentes.
Conclusión
Lamentablemente, los políticos de los dos principales partidos americanos parecen decididos a socavar el libre mercado y los valores del liberalismo clásico. Desde los absurdos aranceles de Trump hasta las políticas socialistas y demagógicas de Sanders, ambos están erosionando activamente los cimientos de la libertad económica.
Los americanos no deberían sentirse obligados a elegir entre el nacionalismo económico y el socialismo, así como nunca se vieron realmente obligados a elegir entre el fascismo y el socialismo en el siglo XX. Solo hay un camino que vale la pena seguir: la defensa de los valores libertarios.
La verdadera solución para mejorar los niveles de vida radica en la retirada total del Estado de todas las esferas económicas y sociales. A menos que el público americano cambie su enfoque hacia los ideales del liberalismo clásico o el libertarismo, seguiremos siendo testigos de un ciclo de populismo por parte de ambos partidos, así como de la obstrucción estatal del crecimiento y la innovación.