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Lo que los conservadores malinterpretan sobre la Revolución francesa.

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Lo que hoy llamamos «conservadurismo» en Occidente surge en gran medida de una reacción contra la Revolución francesa y otros movimientos revolucionarios inspirados en ella. Los conservadores continentales —como Joseph de Maistre, Friedrich von Gentz, Klemens von Metternich y Juan Donoso Cortés— abrazaron la monarquía, incluyendo a menudo sus variantes más autoritarias y absolutistas, en un esfuerzo por evitar repetir los excesos de la Revolución francesa. Los conservadores también se opusieron al liberalismo económico, entendido como libre comercio y «mercados libres», porque estos se asociaban —erróneamente en muchos casos— con los revolucionarios franceses. 

En el mundo angloparlante, el conservador más conocido de este tipo es Edmund Burke. Comparado con los conservadores más dogmáticos y autoritarios —especialmente con Maistre—, Burke es bastante moderado. Sin embargo, Burke también fue un innovador conservador, ya que fue uno de los primeros comentaristas en condenar la Revolución francesa en su panfleto de 1790, Reflexiones sobre la Revolución en Francia. Burke demostró ser bastante profético en sus Reflexiones, incluso prediciendo correctamente que la revolución terminaría con la llegada al poder de un líder militar, como ocurrió cuando Napoleón tomó el poder mediante un golpe de Estado en 1799.

[Leer más: «¿Qué es el conservadurismo?» por Ryan McMaken.]

Burke también se ha convertido en una figura influyente entre los conservadores americanos, gracias al auge del movimiento conservador en los Estados Unidos durante la década de 1950. Hasta entonces, la derecha americana había sido principalmente dominio del liberalismo de libre mercado —lo que hoy llamaríamos libertarismo—, derivado de las corrientes de pensamiento jeffersoniana, jacksoniana y antiimperialista. En los años cincuenta, Russell Kirk, seguido por otros miembros del movimiento Buckley, logró introducir el conservadurismo burkeano en la derecha anticomunista. Las interpretaciones históricas de Burke —especialmente sobre la Revolución francesa— siguen teniendo influencia en algunos sectores de la derecha americana. 

Esto se puede observar, por ejemplo, en los esfuerzos constantes de algunas publicaciones conservadoras por promover la visión burkeana de la revolución, como en este artículo de 2023 en National Review o en este otro de la semana pasada en el National Catholic Register. En ambos casos, encontramos el mensaje habitual de Burke sobre la Revolución francesa: que esta palidece en comparación con la Revolución americana y que produjo excesos sangrientos que ponen en entredicho la legitimidad moral de la revolución en su conjunto. 

En estos dos puntos, hay poco que discutir. Sin embargo, las Reflexiones de Burke reciben demasiada credibilidad como análisis fiable de las causas de la revolución. Esto se debe en gran medida a que las Reflexiones acertaron en algunos aspectos, especialmente en sus predicciones sobre cómo la revolución degeneraría en un caos violento que solo terminaría con un estado policial militarista.

Sin embargo, en lo que respecta a las causas de la revolución, Burke demuestra una perspicacia limitada. Esto es lamentable, pues si evitar que se repita la revolución es un objetivo importante, necesitaremos comprender con precisión sus causas, y no solo sus consecuencias. Para ello, no podemos recurrir a Burke. 

Las dos causas de la revolución según Burke

Quizás una de las críticas más esclarecedoras a las reflexiones de Burke proviene del historiador británico Alfred Cobban, el revisionista antimarxista. En su libro de 1968, Aspectos de la Revolución francesa, escribe:  

En la medida en que las Reflexiones de Burke tratan las causas de la Revolución, no solo son inadecuadas, sino engañosas. ...Sobre las colonias americanas había sido uno de los hombres mejor informados de Inglaterra... Por otro lado, su única visita a Francia le había dejado fuertes prejuicios, que la información proporcionada por los emigrados, especialmente los sacerdotes, no corrigió. Su conocimiento de Francia era limitado y es difícil creer que alguna vez comprendiera la situación prerrevolucionaria. Como literatura, como teoría política, como cualquier otra cosa que no sea historia, sus Reflexiones son magníficas.1

¿Cuáles fueron, según Burke, las causas de la revolución? Ofreció dos argumentos principales. El primero fue que el pueblo francés se había dejado llevar por las ideologías radicales de la Ilustración. Estas, en opinión de Burke, habían convencido al pueblo francés de rebelarse contra su régimen, generalmente benevolente, y derrocar todas las instituciones sociales fiables y consolidadas. La segunda causa de la revolución, según su punto de vista, fueron los «intereses económicos», con los que Burke se refería a los capitalistas, la burguesía y los judíos. Estos últimos grupos fueron fundamentales para socavar la antigua economía monetaria basada en el agrarismo, que supuestamente contribuía a mantener las virtudes del pueblo francés. Además, Burke da a entender que solo la tierra era propiedad «real», mientras que el dinero —y no solo el papel moneda inflacionario— era necesariamente riqueza ficticia. Según esta perspectiva, solo los terratenientes del antiguo régimen debían ser considerados verdaderos generadores de riqueza.  

En esta última afirmación, Burke también sienta las bases para posteriores narrativas marxistas de la Revolución francesa, en las que una «revolución burguesa» lucha contra la antigua aristocracia «feudal».2 De este modo, la revolución se clasifica como un tipo de conflicto de clases entre la vieja y la nueva clase. 

Sin embargo, historiadores revisionistas posteriores han puesto en tela de juicio esta visión burkeana y marxista. Los revisionistas Cobban y George Taylor, por ejemplo, concluyeron que existen pocos datos que respalden la idea de que una «clase emergente» de capitalistas burgueses adinerados fuera la responsable de la revolución. Más bien, la revolución fue sostenida principalmente por una cuasi burguesía de la «nobleza de toga» —la nobleza de toga— que debía sus posiciones no a la producción en el mercado, sino a la compra de cargos «nobles» gubernamentales al monarca. Durante más de un siglo, el monarca había estado vendiendo acceso a la baja nobleza como medio para recaudar ingresos. Esta baja nobleza se convertiría en la clase social que más apoyó la revolución, y era la clase de abogados, jueces y burócratas nombrados por el Estado. 3

El historiador económico Taylor amplía la perspectiva de Cobban y ha demostrado que la visión de Burke carece de fundamento empírico sobre el estado de la economía francesa a finales del siglo XVIII. Taylor señala que la clase mercantil en Francia en aquel entonces era todavía bastante pequeña en comparación con la de Inglaterra en la misma época.4 Taylor  concluye que la realidad económica contradecía la afirmación burkeana-marxista de que existía un conflicto significativo entre los intereses económicos y sociales de la antigua alta nobleza y la baja nobleza «burguesa». Además, no hubo una verdadera lucha contra el feudalismo en este período. El feudalismo había desaparecido siglos antes, víctima de la centralización bajo el Estado francés. Lo que aún se denominaba «feudalismo» en el siglo XVIII —tanto por sus partidarios conservadores como por sus críticos liberales— era en gran medida un brazo del poder real del Estado central.

Además, la visión de Burke sobre los «intereses financieros» se asemeja a una acusación que parece culpar a los financieros de la enorme deuda que acumuló el Estado francés. Según el análisis de Burke, fueron estos intereses los que se aprovecharon de la inmensa deuda pública del Estado. Si bien es cierto que los especuladores pueden obtener beneficios de las deudas gubernamentales, los intereses financieros no obligaron al Estado francés a contraerlas. La mayoría se contrajeron para financiar guerras electivas elegidas por el monarca. Esto fue lo que provocó la crisis fiscal de la década de 1780. Sin embargo, la narrativa de Burke sugiere que el Estado francés —y, por extensión, el rey— fue, en cierto modo, una víctima en este proceso. 

¿Fueron los pensadores de la Ilustración los causantes de la Revolución? 

Como demostró Lord Acton en el siglo XIX, los principales teóricos de la Ilustración francesa no eran partidarios de la libertad política, y es una lástima que se les haya asociado, en muchos casos, con la ideología que hoy llamamos liberalismo clásico.5 Es decir, no hay razón para que nosotros, los liberales partidarios del laissez-faire, tengamos en alta estima a los teóricos de la llamada Ilustración. Sin embargo, a pesar de lo que podamos pensar sobre escritores como los de la Ilustración, el intento de Burke de atribuir la culpa de la revolución exclusivamente a los intelectuales ilustrados del siglo XVIII se topa con muchos problemas. 

Ciertamente, los pensadores de la Ilustración contribuyeron a socavar el prestigio del monarca. Pero este fue solo un factor dentro de un contexto más amplio en el que la monarquía hizo mucho por debilitar su propia posición. Por ejemplo, el descontento con la monarquía no surgió de la nada ni sin razón en el siglo XVIII. Como relata Murray Rothbard en su historia del pensamiento económico, Francia se vio convulsionada por una serie de revueltas y guerras civiles durante gran parte del siglo XVII.6 Gran parte de esto se debió a la oposición a los continuos esfuerzos de la monarquía francesa por centralizar aún más el poder político en Francia y expandir el absolutismo y el mercantilismo a expensas de los propietarios y contribuyentes. Para Rothbard, la revolución era casi inevitable una vez que quedó claro que Turgot —y otros reformadores que intentaron controlar el poder y el derroche financiero del Estado— habían fracasado. La búsqueda incesante de guerras y la opulencia estatal habían llevado al Estado al borde de la bancarrota, lo que requería nuevos impuestos. Los nuevos impuestos obligaron al rey a convocar a los Estados Generales, lo que desencadenó una lucha por el poder político que encendió la mecha de la revolución. 

En otras palabras, gran parte de la renovada oposición a la corona que surgió en la década de 1780 fue una continuación de las quejas recurrentes sobre el gasto, los impuestos, el monopolio y la centralización. Además, como demostraron Taylor y Colin Lucas, entre otros, la lucha por el poder entre los miembros de los Estados Generales y en los parlamentos locales estuvo motivada por la política de privilegios habitual en la Europa de los siglos XVII y XVIII. El hecho de que los principales impulsores de la revolución —es decir, la nobleza de toga y sus aliados de la clase alta— utilizaran eslóganes ilustrados de Rousseau y Voltaire difícilmente prueba que la causa principal del conflicto se originara en los filósofos de la década de 1770.  

La ideología nunca es irrelevante, por supuesto, pero como señala el historiador Ralph Raico, siempre existe dentro del contexto de realidades históricas que, o bien apoyan, o bien refutan las afirmaciones ideológicas. Específicamente, Raico escribe que ninguna ideología se desarrolla en el vacío, y que la ideología «surge y se desarrolla con el tiempo, en estrecha interacción con la realidad social. La gente veía la sociedad tal como funcionaba a su alrededor, reflexionaba sobre ella, destilaba sus ideas —es decir, alcanzaban un nivel superior al que veían imperante en la sociedad de su tiempo, pero se trataba de una interacción constante».7

Burke pretende hacernos creer que la «realidad social» —es decir, los hechos relativos a los impuestos, las condiciones económicas y el poder político— tuvo poco que ver con la formación del movimiento revolucionario francés. Es decir, desde la perspectiva burkeana, no podemos recurrir a la tributación abusiva, los monopolios estatales o un sector agrícola sumamente ineficiente (distorsionado por innumerables regulaciones gubernamentales) para explicar por qué muchos ciudadanos franceses se rebelaron contra la corona. De hecho, Burke sugiere en sus Reflexiones que el estado de la constitución francesa era, en palabras de Cobban, «casi tan bueno como se podría haber deseado».8 Además, Burke sugiere que la situación económica, si bien no era perfecta, en general no merecía los ataques mordaces de los críticos. En consecuencia, Burke tuvo que argumentar que una tormenta ideológica fue la causa principal de la revolución. Después de todo, si el estado de la política y la economía era tan generalmente maravilloso, como sugería Burke, la única causa posible era una fiebre ideológica totalmente ajena a las condiciones reales. O, como lo expresó Cobban, la visión optimista de Burke sobre la monarquía y el Estado francés sugería que el pueblo debería haber estado bastante satisfecho, y «había mucho de plausible en esto, pero si representaba toda la historia, incluso el lector contemporáneo estaba obligado a preguntarse por qué hubo una revolución».9

Motivaciones políticas, tradicionales y anticuadas.

En realidad, las causas fueron muchas, pero el resentimiento de la turba parisina se alimentaba generalmente de problemas económicos antiguos y perennes, del tipo que con frecuencia habían provocado brotes de violencia popular a lo largo de la historia europea. No hace falta recurrir a filosofías novedosas para intuir las motivaciones de los asesinatos perpetrados por los sans-culottes parisinos, similares a las masacres de septiembre de 1792 en las cárceles de París. La mayoría de las víctimas no pertenecían a la clase dominante —es decir, eran prostitutas y delincuentes menores— y es improbable que la turba atacara a estos indefensos desconocidos por algo que el público leyera en las páginas de la Encyclopédie. Además, la idea de que la filosofía de la Ilustración unió a la turba con los líderes de la revolución queda desmentida por el hecho de que, tras los disturbios de la Bastilla, los revolucionarios de la clase dominante se pusieron inmediatamente a trabajar para fortalecer las milicias locales —es decir, la «Guardia Nacional»— para reprimir a la turba y restablecer el orden en beneficio de los propietarios. 10 Podríamos señalar que la Revolución francesa, tras el colapso inicial del poder monárquico, fue en realidad una serie de golpes de estado que sacudieron al país entre regímenes de populismo extremo y autoritarismo convencional, culminando finalmente en una protodictadura militar. Nunca fue un movimiento único impulsado por una ideología coherente. No cabe duda de que las consignas de la Ilustración se utilizaron para justificar la violencia de las masas durante la revolución. Por otro lado, no está claro que esas mismas consignas fueran la causa

Lejos de ser un movimiento ideológico unido de radicales asesinos, la Revolución Francesa fue, con frecuencia, una alianza peligrosa e inestable entre los revolucionarios de clase alta, propietarios de tierras, y la turba de protocomunistas sin propiedades que aportaban la mano de obra. Los peores excesos de la revolución se produjeron cuando el radicalismo de la Comuna de París se liberó de las restricciones impuestas por los revolucionarios de la nobleza. Sin embargo, este radicalismo probablemente estuvo motivado tanto por el deseo de ajustar cuentas políticas como por las frecuentes conversaciones en los cafés sobre la obscenidad que se encuentra en las Confesiones de Rousseau. 

La paranoia bélica también alimentó el radicalismo. Como suele ocurrir, el estallido de la guerra impulsó al régimen gobernante a intensificar sus ataques contra los enemigos internos a quienes consideraba legítimos. En concreto, cuando estalló la guerra entre Austria y Francia en abril de 1792, el Estado reprimió con dureza a los «traidores» y «contrarrevolucionarios», denunciados como agentes de gobiernos extranjeros. Aumentaron los arrestos y las ejecuciones, justificados con el argumento de que eran necesarios para la defensa de Francia frente a los invasores extranjeros. 

Sin embargo, las realidades prácticas interferían constantemente con los sueños teóricos que concebían los revolucionarios más ideológicamente motivados. Por eso, al Reinado del Terror le siguió la Reacción Termidor y su propia campaña de represalia, el «Terror Blanco», contra los radicales de la Comuna. Si bien la ideología siempre es un factor clave, los asesinatos políticos y los disturbios de la revolución pueden interpretarse fácilmente como el resultado de una conveniencia percibida en el momento. O, como lo expresó Cobban: «Las acciones de los revolucionarios solían estar dictadas por la necesidad de encontrar soluciones prácticas a problemas inmediatos, utilizando los recursos disponibles, no por teorías preconcebidas».

¿Qué puso en marcha la revolución? 

¿Cuáles fueron las causas inmediatas de la Revolución Francesa? Como hemos visto anteriormente, la vanguardia de la revolución fue la nobleza de toga, y el acontecimiento específico que desencadenó el fervor revolucionario fue la convocatoria de los Estados Generales en 1789. Todo esto ocurrió tras años de inestabilidad fiscal, demandas de mayores impuestos y numerosos intentos fallidos de reforma. Debido a todo esto, y no solo a los escritos de los teóricos ilustrados antirrégimen, el prestigio de la monarquía había caído a un nivel peligrosamente bajo.

Sin embargo, no fue la mera convocatoria de los Estados Generales lo que desencadenó la conmoción. Fue la forma en que se organizaron los Estados Generales lo que encendió la mecha. Como señala Lucas, la representación y la membresía en los Estados Generales se regirían por las normas utilizadas en los Estados Generales de 1614, más de 150 años antes. Esto tuvo como consecuencia la exclusión de un gran número de nobles bajos, ricos y privilegiados, que creían haber ingresado definitivamente al segundo estado.11  Después de todo, sus antepasados ​​habían comprado su posición privilegiada frente a la monarquía francesa. Sin embargo, cuando se estableció la composición de los nuevos Estados Generales, estos «nobles» se vieron relegados al tercer estado, donde estos ahora, en la práctica, antiguos nobles sabían que su influencia política se vería considerablemente reducida. Al mismo tiempo, la antigua alta nobleza, la nobleza de espada, tramaba poner fin, o reducir drásticamente, la práctica de vender cargos nobiliarios a cambio de ingresos para la corona. La baja nobleza y la alta burguesía con conexiones políticas —ahora despojadas de sus privilegios de nuevas maneras— reaccionaron con la alarma extrema que cabría esperar en tales casos. Después de todo, Francia no era un país donde el trabajo duro a menudo se viera recompensado en ausencia de privilegios aprobados por el Estado. Los cargos oficiales de privilegio dentro del aparato estatal tenían gran importancia. Se sabía que el primer y el segundo estado iban a votar para declararse exentos de nuevos impuestos, lo que significaba que la carga impositiva recaería sobre el tercer estado. Sin embargo, el tercer estado —ahora con una gran cantidad de miembros de la baja nobleza— era mucho más numeroso que los miembros del primer y segundo estado. Este fue un punto importante de disputa y paralizó a los Estados Generales. Finalmente, el tercer estado se separó y se estableció como la legislatura «real» —es decir, la «Asamblea Nacional»—, desencadenando una crisis constitucional revolucionaria. 

Los posteriores teóricos franceses de la explotación, del liberalismo clásico, entendieron que este era el verdadero factor clave en el estallido de la revolución. Raico escribe que el tercer estado 

Se rebelaron contra la aristocracia porque esta y la monarquía francesa tenían un acceso limitado a los cargos gubernamentales y a las burocracias civiles y militares de la Iglesia, etc. El tercer estado quedó excluido de esos puestos y tuvo que aplastar el poder de las clases privilegiadas para conseguirlos. Creo que esa es una interpretación posible y fructífera de la revolución. 12

Sí, estos revolucionarios querían una nueva constitución, pero no, como Burke pretende hacernos creer, porque estuvieran tan enamorados de una ideología utópica sobre la igualdad total. De hecho, se ha demostrado ampliamente que la mayoría del tercer estado en 1789 tenía poco interés en la igualdad para las masas. Más bien, como señalan Raico y Lucas, el tercer estado quería tener acceso a los privilegios de la clase dominante. La mayoría de los miembros del tercer estado —y posteriormente, de la asamblea nacional— eran propietarios y ciertamente no estaban interesados ​​en convertir a los pobres urbanos o a los campesinos rurales en «iguales» y, por lo tanto, en rivales políticos. 

Contrariamente a lo que afirma Burke, esta no fue una revolución guiada por la mera «teoría». Y, como sabemos por los datos recopilados por los historiadores económicos, no se trató de una revolución de la clase mercantil «adinerada» que buscaba derrocar el «feudalismo» para imponer las costumbres «desarraigadas» de los capitalistas burgueses. 

Burke o bien desconocía todo esto o lo consideraba inconveniente para su narración. Cobban concluye: 

En cuanto a la explicación ofrecida en las Reflexiones sobre el estallido de la Revolución, por el momento basta con decir que ningún estudioso serio podría aceptar hoy las opiniones de Burke sobre la influencia de los escritores del siglo XVIII sin las más extensas matizaciones. El otro elemento revolucionario que Burke detectó en la sociedad francesa fue el interés económico. Desafortunadamente, ya sea por falta de conocimiento detallado o porque, al fin y al cabo, el dinero era propiedad, y presentar la Revolución como una guerra civil entre dos formas de propiedad resultaba difícil de concordar con su plan, Burke no intentó desarrollar su argumento. 13

  • 1

    Alfred Cobban, Aspectos de la Revolución francesa (Nueva York: Norton, 1968), pág. 32. 

  • 2

    Para un ejemplo influyente de la perspectiva marxista, véase Barrington Moore, Jr., Social Origins of Dictatorship and Democracy: Lord and Peasant in the Making of the Modern World (Boston, MA: Beacon Press, 1966), págs. 40-110. 

  • 3

    François Furet y Denis Richet llegan a conclusiones similares en su libro La Revolución francesa (trad. Stephen Hardman). Furet y Richet sostienen que los primeros revolucionarios pertenecían a la clase dominante de París, una clase no mercantil con ideas políticas sofisticadas, pero sin ninguna conexión real con la burguesía capitalista. Véase François Furet y Denis Richet (trad. Stephen Hardman), La Revolución Francesa (Nueva York: Macmillan, 1970), pág. 98.

  • 4

    Véase George V. Taylor, «Noncapitalist Wealth and the Origins of the French Revolution», The American Historical Review 72, No. 2 (enero de 1967): 469-496.

  • 5

    La cita pertinente de Acton es: «Todas estas corrientes de opinión (en la Francia prerrevolucionaria) se denominaban liberales: Montesquieu, por ser un tory inteligente; Voltaire, por atacar al clero; Turgot, por ser un reformador; Rousseau, por ser un demócrata; Diderot, por ser un librepensador. Lo único que tienen en común es el desprecio por la libertad». Fuente: Ralph Raico, The Place of Religion in the Liberal Philosophy of Constant, Tocqueville, and Lord Acton (Auburn, AL: Mises Institute, 2010), pág. 150. 

  • 6

    Murray Rothbard, Una perspectiva austriaca sobre la historia del pensamiento económico, vol. I (Auburn, AL: Mises Institute, 1995), págs. 255-274. 

  • 7

    Ralph Raico, La lucha por la libertad: una historia libertaria del pensamiento político (Auburn, AL: Institute Mises, 2025), pág. 55. 

  • 8

    Cobban, Aspectos, pág. 30.

  • 9

    Ibídem.

  • 10

    Micah Alpaugh, «Una ‘burguesía’ autodefinida en los inicios de la Revolución francesa: la Milicia Burguesa, las Jornadas de la Bastilla de 1789 y sus consecuencias», Journal of Social History (febrero de 2014): 17.

  • 11

    Véase Colin Lucas, «Nobles, burgueses y los orígenes de la Revolución francesa», Past & Present 60 (agosto de 1973): 84-126.

  • 12

    Raico, La lucha por la libertad, pág. 82.

  • 13

    Cobban, Aspectos, pág. 30.

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