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Cuando las empresas se resisten al Estado: ética, IA y los límites del poder gubernamental

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A menudo se acusa a las empresas de indiferencia moral. Los críticos suelen describir a las grandes empresas como instituciones que persiguen el lucro sin tener en cuenta las consecuencias de sus actos. Estas críticas se basan en una visión simplista del comportamiento real de las empresas. En la práctica, muchas empresas demuestran que los incentivos económicos no eliminan el juicio moral. La reciente disputa entre el gobierno de los Estados Unidos y la empresa de inteligencia artificial Anthropic ilustra claramente este punto.

Según se ha informado, el Departamento de Defensa de los Estados Unidos ha calificado a Anthropic como un riesgo para la cadena de suministro, ya que la empresa se ha negado a permitir que sus tecnologías de inteligencia artificial se utilicen para determinadas aplicaciones militares, entre ellas los sistemas de vigilancia masiva y el armamento autónomo. Desde una perspectiva comercial estricta, la cooperación con el gobierno podría ofrecer contratos lucrativos y fuentes de ingresos a largo plazo. Sin embargo, la empresa ha optado por limitar la forma en que se pueden implementar sus sistemas, lo que refleja preocupaciones sobre la mortalidad, la rendición de cuentas y las consecuencias éticas de la inteligencia artificial en la guerra. Lejos de confirmar la caricatura de las corporaciones como actores puramente amorales, el episodio muestra que las empresas a veces se imponen restricciones incluso cuando las ganancias podrían indicar lo contrario.

Se puede observar una dinámica similar en los recientes litigios sobre la política comercial americana. La empresa Learning Resources Inc. impugnó los aranceles impuestos en virtud de la autoridad presidencial, alegando que las medidas excedían los límites del poder ejecutivo. El litigio llegó finalmente a la Corte Suprema de los Estados Unidos, que dictaminó que la Ley de Poderes Económicos de Emergencia Internacional no autoriza al presidente a imponer aranceles a los productos importados. La decisión podría dar lugar a reembolsos por un valor de hasta 175 000 millones de dólares para las empresas que habían pagado los aranceles impugnados.

En el núcleo de la sentencia se encuentra el principio constitucional de la separación de poderes. La facultad de imponer impuestos, incluidos los aranceles, corresponde al Congreso y no al poder ejecutivo. La imposición de impuestos requiere una autorización legislativa explícita, y el presidente no puede asumir esa facultad mediante leyes de emergencia diseñadas para otros fines. Al limitar el alcance de la Ley de Poderes Económicos de Emergencia Internacional, el Tribunal reafirmó que la autoridad fiscal sigue perteneciendo firmemente al ámbito legislativo.

Estas controversias suscitan una preocupación más amplia sobre la trayectoria de la gobernanza económica americana. Cada vez hay más indicios de que los Estados Unidos corre el riesgo de adoptar prácticas asociadas desde hace tiempo a los sistemas autoritarios, en particular la estrecha integración entre el poder estatal y la empresa privada que se observa en la República Popular China. En ese sistema, las empresas no son meros actores económicos, sino instrumentos de estrategia política.

Dentro del sector tecnológico chino, el Partido Comunista Chino ha desarrollado múltiples mecanismos para mantener el control sobre las principales empresas. Un método importante consiste en la instalación de organizaciones del partido dentro de las empresas privadas. Estas células internas del partido permiten al Estado examinar minuciosamente las decisiones empresariales y garantizar que la estrategia corporativa se mantenga alineada con las prioridades políticas. En la práctica, estas estructuras difuminan la distinción entre la gestión comercial y la supervisión del partido.

Otro mecanismo es la adquisición de las denominadas «acciones de oro» en empresas tecnológicas. Estas participaciones accionarias, pequeñas pero estratégicamente significativas, otorgan al Estado derechos especiales de gobernanza, entre ellos la influencia en las decisiones del consejo de administración y el control editorial en empresas de medios de comunicación o plataformas. Por lo tanto, incluso una participación accionaria menor puede traducirse en una autoridad política desproporcionada dentro de empresas que, en teoría, son privadas.

El caso de Alibaba pone de manifiesto cómo estas herramientas funcionan en combinación con formas más directas de presión política. Después de que el fundador de la empresa, Jack Ma, criticara públicamente a los reguladores financieros, las autoridades chinas lanzaron una amplia campaña de represión regulatoria contra el sector tecnológico. Se suspendió la esperada oferta pública de venta de Ant Group, se iniciaron nuevas investigaciones regulatorias y la empresa se vio obligada a reestructurar aspectos clave de sus operaciones financieras. El episodio demostró que el Estado chino espera que las grandes empresas no solo cumplan con las regulaciones, sino que se mantengan políticamente subordinadas.

Estas medidas ponen de manifiesto un modelo en el que el poder económico solo se tolera en la medida en que sirva a los objetivos del Estado. La empresa privada existe, pero su autonomía sigue estando condicionada. Las empresas pueden crecer rápidamente, acumular capital e innovar tecnológicamente, pero la autoridad última recae en el partido.

Por esta razón, las recientes tensiones entre las empresas americanas y el gobierno federal merecen una atención especial. Cuando se sanciona a las empresas o se las incluye en listas negras por negarse a adaptar sus tecnologías con fines de vigilancia o armamento, la línea que separa la gobernanza democrática del control económico estratégico comienza a difuminarse. Un sistema en el que el Estado presiona a las empresas para que sirvan a objetivos geopolíticos corre el riesgo de derivar hacia los mismos patrones que caracterizan la economía política de China.

Desde esta perspectiva, la postura adoptada por empresas como Anthropic refleja un principio más amplio. Los ingenieros, investigadores y emprendedores no deben considerarse meros instrumentos del poder estatal. El progreso científico y tecnológico depende de la independencia intelectual. Cuando se obliga a los innovadores a cumplir directrices políticas sin tener en cuenta las consecuencias éticas, el resultado no es solo un fracaso moral, sino también una amenaza para la libertad creativa que impulsa el descubrimiento.

El modelo alternativo, que se refleja en la estrecha alineación entre el gobierno y las empresas en China, antepone el control político a la autonomía empresarial. Cuando las empresas existen principalmente para cumplir objetivos estratégicos, los científicos e ingenieros pierden la libertad de decidir cómo se utilizan sus descubrimientos. La innovación continúa, pero se desarrolla dentro de los límites definidos por la autoridad política, en lugar de por el criterio independiente.

Por lo tanto, las economías modernas se enfrentan a una disyuntiva fundamental. El progreso tecnológico puede desarrollarse dentro de un marco que respete los límites legales, la autonomía empresarial y la responsabilidad ética de los científicos. Por otro lado, la innovación puede subordinarse a los objetivos estratégicos del Estado. Las tensiones en torno a la inteligencia artificial, la política comercial y la competencia global sugieren que esta elección está cobrando cada vez más importancia para el futuro del desarrollo tecnológico.

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