Siempre y en todas partes, las instituciones políticas están controladas por las élites. No importa si el tipo de régimen es democrático o monárquico. No importa si hay una constitución escrita o no. Todas las instituciones políticas —y sin duda todos los Estados soberanos— están dirigidas por un grupo de élites que controlan los medios de coacción. El mito del «gobierno del pueblo» es precisamente eso: un mito.
Pero esto deja una gran pregunta sin respuesta: ¿quiénes son las élites? Wilfredo Pareto, ese pionero de la teoría italiana de las élites, sugiere de manera convincente que las élites son simplemente aquellas personas que son más hábiles en sus respectivos campos. Ser hábil no implica ningún tipo de virtud o belleza, por supuesto, y no podemos dar por sentado que cualquier miembro de la élite sea más moral o refinado que, digamos, un mecánico de clase media.
En el caso de las élites políticas, ser parte de la «élite» simplemente significa ser el más eficaz a la hora de organizar y dirigir la acción política. Esto puede hacerse tanto con fines virtuosos como con fines perversos. Las élites políticas se destacan por obtener y ejercer el poder político. Nada más. En las monarquías hereditarias, por ejemplo, el monarca es monarca porque sus antepasados fueron más eficaces en el uso de la violencia —y en robar y matar— que sus competidores. Sus descendientes logran mantenerse en la élite mediante intrigas políticas eficaces para conservar sus posiciones. En las democracias, quienes obtienen y mantienen el poder son eficaces para engañar al electorado y ganarse el favor de las coaliciones gobernantes formadas por diversos grupos de interés. No son «la élite» porque sean especialmente virtuosos o estén bien educados. Simplemente se destacan por cultivar el conocimiento necesario para ejercer el poder del Estado contra sus enemigos y contra posibles rivales.
Élites económicas frente a élites políticas
Sin embargo, a menudo existe confusión respecto a la diferencia entre las élites económicas y las élites políticas. Se podría decir que las élites económicas son aquellas que tienen mayor destreza en la administración de la propiedad. No obstante, la naturaleza de las élites económicas depende en gran medida del tipo de régimen que exista en la sociedad. En una sociedad que cuenta principalmente con un sistema de mercado, las élites económicas son aquellas personas que son más productivas en el mercado libre. Se trata de personas con habilidades para el emprendimiento, las ventas, la logística, la inversión y todos los demás aspectos de un mercado que funciona libremente. En una sociedad mayoritariamente libre, las élites económicas tienen libertad para dedicar la mayor parte de su tiempo a sus actividades en el mercado y, por lo tanto, son recompensadas por dedicar sus esfuerzos a mejorar su propia productividad. Además, toda la sociedad se beneficia de este tipo de élites económicas. Esto se debe a que las recompensas en el mercado provienen de ofrecer más bienes y servicios a más personas a un precio que un número cada vez mayor de personas puede pagar.
Las cosas son diferentes en una sociedad donde la economía está dominada por el Estado —y, por lo tanto, por la élite política—. En una sociedad así, las élites económicas son aquellas que mejor saben utilizar el poder del Estado para alcanzar el éxito en el mercado regulado por el Estado. En este caso, las élites económicas son aquellas que logran aliarse con el régimen para obtener políticas que las beneficien mediante la manipulación y la regulación del mercado. Estas políticas incluyen rescates financieros, monopolios respaldados por el Estado y un sistema financiero impulsado por dinero fácil. En este sistema, las élites económicas pueden mantener y fortalecer sus posiciones y su riqueza a través de una acción política eficaz, y al servir a las élites políticas en lugar de a los clientes en el mercado.
Cuando esto ocurre, no podemos dar por sentado que las élites económicas existan porque aporten valor a la sociedad. Por el contrario, las élites económicas en este último sistema son parasitarias. Dependen de la explotación de otros para mantener sus posiciones y ampliar su participación en el mercado. Uno de los ejemplos más dramáticos de esto se puede observar en la respuesta a la crisis financiera que comenzó en 2008.
Si se hubiera permitido que el mercado funcionara, muchos bancos grandes y otras empresas habrían quebrado, y sus activos habrían sido reutilizados por otros propietarios y administradores más eficientes. Esos nuevos propietarios podrían haberse convertido en una nueva élite económica. Pero gracias a la intervención de las élites políticas en el poder, las empresas en quiebra fueron rescatadas mediante la redistribución de la riqueza de las clases productivas hacia empresas y propietarios ya establecidos, cuidadosamente seleccionados y con conexiones políticas. Así, empresas como Citicorp y AIG fueron rescatadas, se impusieron nuevas regulaciones y empresas como JP Morgan ampliaron considerablemente su participación en el mercado. La compra masiva de títulos respaldados por hipotecas por parte de la Reserva Federal rescató a una gran parte del sector financiero de la insolvencia. Como resultado, la mayor parte de la «élite» económica que encontramos en el sector financiero debe sus posiciones a la acción política más que a cualquier habilidad real en el mercado. Claro, a estas personas les encanta decirse a sí mismas que son ricas porque «el mercado» las valora tanto. En realidad, tienen éxito porque los grupos de presión han logrado apuntalar a sus empresas y asegurar, a través de una inflación monetaria constante, el crecimiento de sus carteras.
Pero este es solo un ejemplo. En cualquier sociedad donde las élites políticas gastan sin mesura o regulan la economía de manera generalizada, esta se ve continuamente distorsionada de tal forma que favorece a quienes tienen buenos contactos políticos a costa de todos los demás. Por ejemplo, las «élites» económicas que dependen en gran medida de los contratos gubernamentales —como Elon Musk, Peter Thiel, el fundador de Flock Safety y otros— no forman parte de la élite porque sean especialmente productivos en un mercado libre. Forman parte de la élite porque son expertos en apropiarse de los bienes de los contribuyentes a través del mecanismo de recaudar impuestos y gastar.
Tenga en cuenta que, en este sistema intervencionista, las verdaderas élites económicas —las personas que habrían llegado a la cima en una economía verdaderamente libre— son marginadas y reprimidas por las medidas gubernamentales que favorecen a ciertas empresas. ¿Quiénes son estas élites en potencia? Nunca lo sabremos; en cambio, nos quedamos con nuestra falsa clase de multimillonarios, que es «élite» únicamente por su habilidad para explotar a quienes realizan el trabajo real en el sector privado.
Conclusión
Así, nos encontramos ante una fusión entre la élite económica y la política. Ambos tipos de élites suelen recurrir a algún tipo de engaño para respaldar sus afirmaciones.
La élite política, por ejemplo, reivindica sus posiciones en virtud de algún tipo de mandato divino, o de virtud moral, o porque supuestamente refleja la «voluntad del pueblo». Todo esto son mentiras, por supuesto, pero, no obstante, han servido para engañar y apaciguar al público durante muchos siglos.
Bajo un régimen de intervencionismo económico, las élites económicas también se valen de mentiras. Afirman que son élites porque son eficientes o trabajadoras, o porque «atienden al cliente». Estas también son mentiras, ya que, en ausencia de un mercado libre —o incluso mayoritariamente libre—, las élites ocupan, de hecho, sus puestos gracias a maniobras políticas. Son, en realidad, una mera extensión de la élite política. Cuanto más intervencionista es el régimen, más cierto es esto.
Las verdaderas élites siempre han sido aquellas que reciben el apoyo voluntario y libre de otros a través del sector privado, o mediante otros medios no violentos de interacción: a través de familias, instituciones religiosas y otras instituciones del sector privado. Por otro lado, quienes se convierten en «élites» mediante el uso de la violencia y el saqueo de otros siempre han sido farsantes e impostores.