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Las locuras fiscales del Partido Republicano

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La reducción de los impuestos y del gasto gubernamental es beneficiosa para la economía. Genera una fuerte expansión y permite que el país «salga» del déficit gracias al crecimiento. Estas fueron algunas de las promesas de la administración Trump. También fueron las promesas del Partido Republicano a finales de la década de 1970, en el periodo previo a la elección del presidente Reagan. ¿Se cumplieron? No exactamente.

¿Son estas políticas buenas para la economía y nuestra libertad económica? Las pruebas indican que sí, pero el problema es que estas políticas solo se aplicaron en parte.

Tanto Reagan como Trump se vieron influidos por el famoso economista de la escuela de la oferta Arthur Laffer a la hora de recortar impuestos. Pero, por desgracia, ambos mantuvieron gran parte del ridículo gasto de sus predecesores demócratas. Reagan prometió recortar los ministerios del gabinete. No lo hizo. Trump dio rienda suelta a los esfuerzos de recorte de gastos de Elon Musk, quien documentó el despilfarro desenfrenado que nos han infligido nuestros dos grandes partidos, ávidos de chanchullos, y sus patrocinadores, ignorantes en materia económica y partidarios de «algo a cambio de nada», muchos de los cuales son, sin duda, graduados de atroces universidades públicas.

Sin embargo, según el Tesoro de los EEUU, el déficit del ejercicio fiscal de 2025 fue de «aproximadamente» 1,8 billones de dólares. Y eso a pesar de que la economía se encontraba en buena forma. La economía crece gracias a la creación de empleo en el sector privado, en contraste con la falsa política de crecimiento del presidente Biden, que consiste en incorporar a todo el mundo a la nómina del gobierno.

Laffer y sus aliados siguen en parte las ideas de uno de los mejores secretarios del Tesoro de la historia americana, Andrew Mellon. Su magnífico libro Taxation es maravilloso. Es un tesoro de sabiduría económica; una exposición de por qué los impuestos bajos generan prosperidad y llenan las arcas del Estado, y por qué los impuestos altos llevan a los más adinerados a buscar refugio.

Al asumir el cargo de secretario del Tesoro en 1921, Mellon se encontró con una depresión heredada de la Primera Guerra Mundial. Sus políticas fiscales —que abogaban por unos impuestos bajos como forma de generar más ingresos fiscales, pero también incluía rigurosas reducciones del gasto— contaron con el respaldo de los presidentes Harding y Coolidge. Estas políticas tuvieron éxito hasta el crack de 1929, provocado por las desastrosas políticas de la Reserva Federal.

Mellon —quien abogó por más recortes fiscales cuando se produjo la crisis, mientras que Hoover subió los impuestos— fue exiliado a Inglaterra. Mellon fue incluso objeto de dos ridículos juicios políticos bajo el mandato de Roosevelt, lo que recuerda a las cuatro acusaciones contra Trump. Ambos juicios contra Mellon terminaron con su absolución (incluso sus oponentes reconocen que era increíblemente honesto).

La historia da la razón a aquellos gobiernos que recaudan menos impuestos y gastan menos. Así lo demuestran las políticas tanto de gobiernos de derecha como de izquierda. Pero la reducción de impuestos tiene un inconveniente: tiene demasiado éxito. A menudo pretende reducir el tamaño del Estado, pero no lo consigue.

No hay duda de que las fuertes reducciones de impuestos —desde las administraciones de los presidentes Harding, Kennedy, Reagan y Trump hasta las políticas progresistas de la República Federal de Alemania de los años 50 y 60, entre otras— fueron brillantes. De hecho, incluso la administración Clinton redujo el impuesto sobre las ganancias de capital. Eso generó más dinero para nuestros amos.

Al combinar ciertas medidas de control del gasto con un fuerte crecimiento del sector privado durante su segundo mandato, Clinton logró generar superávits. Pero el problema de una filosofía de bajos impuestos es que resulta incompleta si no va acompañada de una reducción del gasto público. Si lo primero no va acompañado de lo segundo, los llamados gobiernos conservadores, partidarios de la reducción de impuestos, pero con un gasto desmesurado, son tan responsables como los liberales o socialdemócratas de los 37 billones de dólares de deuda oficial que supuestamente tiene ahora los Estados Unidos. (Nota: No me creo la cifra oficial, que se basa en una contabilidad dudosa. Prefiero las cifras de grupos independientes ajenos a nuestros «Polonio del Potomac». «Truth in Accounting» afirma que la cifra ronda los 170 billones de dólares. Si las tendencias actuales continúan, el mayor gasto del gobierno federal será, en un futuro próximo, el pago de los intereses de la deuda, a medida que los Estados Unidos se transforme en la República de Weimar).

Para quienes añoran un Estado grande y permanente, se puede defender la idea de unos impuestos bajos acompañados de lo que un economista ha denominado «keynesianismo encubierto». Se trata de la idea de reducir algunos impuestos, pero seguir gastando en todo. Entre los ejemplos se incluyen el hecho de que el presidente Johnson llevara a cabo la rebaja fiscal de Kennedy, pero gastara mucho más de lo previsto en los costes iniciales de Medicare en la década de 1960, o que el presidente George W. Bush calculase mal los costes reales del programa de medicamentos recetados. Sí, tanto W como LBJ recortaron los impuestos, pero los costes y déficits escandalosos continuaron.

No obstante, las grandes rebajas fiscales pueden elevar el nivel de vida. Generan unas tasas de crecimiento del PIB espectaculares. Basta con comparar el nivel de vida de las dos Alemanias en las décadas de 1950 y 1960. Las políticas económicas de la República Federal estaban dirigidas por un economista jovial, Ludwig Erhard, que se inspiraba en Ludwig von Mises. De hecho, compárese las tasas de crecimiento de Alemania con las de la Gran Bretaña de la posguerra, que en la década de 1970, tras sucesivos gobiernos laboristas y algunos conservadores, era conocida como «el enfermo de Europa». Un primer ministro británico se quejó diciendo: «Creemos que acabamos de ganar la Segunda Guerra Mundial».

Bajo el mandato del presidente Barack Obama, se redujeron algunos impuestos y se registró un crecimiento del PIB del 1 %. Hay quien diría que fue un buen resultado, dado que el país parecía estar al borde de una recesión o una depresión tras la desastrosa guerra y las políticas de gasto de George W. Bush. El presidente Trump aplicó recortes fiscales mucho más profundos y, siguiendo el consejo de Laffer, los hizo efectivos de inmediato, sin aplazarlos durante meses como ocurrió con los recortes de Reagan.

¿El resultado? Trump nunca alcanzó los tres o cuatro puntos de crecimiento del PIB que había prometido, pero sí logró un crecimiento del 2,5 % antes de que cundiera el pánico por la COVID. Millones de personas bajo el mandato de Trump —gracias a la bajada de impuestos— consiguieron puestos de trabajo que no habían conseguido con Obama ni con Bush.

Entonces, ¿qué hay de malo en los recortes fiscales drásticos? Nada, siempre que se hagan con inteligencia y sin un gasto desenfrenado. Trump podría y debería haberlo hecho mucho mejor si hubiera combinado los recortes fiscales con controles del gasto.

Las políticas de Mellon, entre las que se incluían la eliminación de organismos gubernamentales innecesarios y la reducción del gasto, dieron lugar a superávits. La economía prosperó y «la deuda pública se redujo rápidamente», según escribió  Benjamin M. Andersen en Economics and the Public Welfare. Esto último no ocurrió bajo el mandato de Trump.

Cuando Musk se dio cuenta de que no se avecinaban recortes presupuestarios importantes, que no se eliminaría ningún ministerio, se marchó. Hace unos veinte años, cuando a veces entrevistaba a Laffer para el New York Post, solía parecerme brillante al exponer las ventajas de la economía de la oferta. Cuando alabé los recortes fiscales pero señalé que el Partido Republicano había fracasado en su intento de reducir el tamaño del Estado, su respuesta fue contundente: no tenía qué decir.

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