Mises Wire

El coste del dinero: la acuñación de moneda, el poder fiat y la silenciosa corrupción del valor

Listen to this article

Hay algo casi absurdo en que un gobierno acuñe dinero con pérdidas. Una moneda —la unidad más básica— se convierte, en cambio, en una confesión, no solo de ineficiencia, sino de una fractura más profunda entre lo que se supone que el dinero representa y en lo que se ha convertido.

El centavo americano se hundió bajo ese peso: 3,69 centavos por cada centavo acuñado. Por lo tanto, su producción costaba un valor muy superior al de su cara, una contradicción financiera que se mantuvo durante años por costumbre e inercia política. Ahora, la moneda de cinco centavos se encuentra en la misma situación, ya que su acuñación cuesta mucho más de lo que vale. No se trata de un problema contable marginal, sino de un síntoma evidente de un sistema que ya no se autorregula.

En cualquier empresa privada, producir bienes a un coste tres veces superior a su precio de venta sería insostenible. En las finanzas públicas, esto persiste año tras año. Las pérdidas se absorben, se reparten entre los contribuyentes y se ocultan en un sistema monetario capaz de expandirse para cubrirlas. La cuestión no es por qué ocurre una vez, sino por qué continúa ocurriendo. La respuesta nos lleva directamente a la estructura del dinero moderno y al papel de la Reserva Federal.

La moneda fiat es dinero por decreto. Carece de valor intrínseco, de un respaldo material, de un origen en los procesos de mercado y de cualquier restricción más allá de la política y la confianza. Ese diseño ofrece flexibilidad, pero también elimina los límites naturales que antes imponían disciplina. Cuando las monedas se fabricaban con plata u oro, sus costes de producción imponían un límite. Se podían devaluar —como solían hacer los imperios—, pero no sin consecuencias. Hoy en día, la restricción es la voluntad política, y eso es mucho más fácil de erosionar.

El resultado es un sistema en el que las contradicciones pueden persistir indefinidamente. La producción de una moneda de cinco centavos puede costar 13,78 centavos y, aun así, seguir circulando como tal. La diferencia entre el coste y el valor no obliga a una corrección, ya que el valor en sí mismo ya no se basa en el coste. Es la autoridad institucional la que lo establece, lo mantiene y lo defiende.

Históricamente, esta brecha siempre ha sido peligrosa. En los últimos siglos del Imperio romano, los emperadores redujeron el contenido de plata del denario hasta que la moneda se convirtió en una fina capa sobre metal común. La moneda conservaba su valor nominal ante la ley, pero no en la práctica. Los precios subieron, la confianza se erosionó y la vida económica se distorsionó. El Estado no respondió restaurando la integridad, sino imponiendo su aceptación.

Los Estados Unidos ha seguido una versión más gradual de esta trayectoria. La Ley de Acuñación de 1965 eliminó la plata de la moneda corriente, sustituyéndola por metales más baratos. Fue una decisión práctica tomada en respuesta al aumento de los precios de la plata, pero supuso un punto de inflexión. El dinero dejó de ser algo con un valor intrínseco para convertirse en algo definido exclusivamente por decreto.

Los experimentos posteriores no hicieron más que reforzar este cambio. El experimento del centavo de aluminio de 1974 intentó preservar la moneda alterando su composición. La producción del centavo de acero de 1943 sustituyó el cobre por acero durante la escasez provocada por la guerra. Cada medida siguió el mismo patrón. Cuando la realidad ejerce presión sobre el sistema, este ajusta el material en lugar de la premisa. Hoy en día, incluso esa pretensión se está desvaneciendo. El gobierno ya no intenta alinear el coste de la acuñación con su valor, simplemente produce con pérdidas y sigue adelante.

Es aquí donde la ineficiencia se convierte en corrupción, no en el sentido de sobornos encubiertos o escándalos, sino en un sentido estructural. Los incentivos ya no premian la corrección. Los políticos evitan retirar monedas de la circulación porque les parece una cuestión trivial o porque temen provocar el descontento de la ciudadanía. Las partes interesadas del sector industrial se benefician de que se mantenga la producción. Las burocracias conservan sus competencias. No hace falta que ningún actor concrete una conspiración. El sistema genera ese resultado por sí solo.

La Reserva Federal no acuña monedas, pero es quien hace posible este entorno. Al gestionar la liquidez, intentar absorber las perturbaciones y ampliar la base monetaria cuando lo considera necesario, garantiza que las pérdidas nunca obliguen a un cambio sistémico. La disciplina que existiría en un sistema con restricciones se sustituye por una capacidad incapaz de limitar la contracción.

Esta es la característica definitoria del dinero fiat a gran escala. Puede tolerar la irracionalidad en los márgenes porque controla el centro. Puede emitir moneda con pérdidas, ampliar el crédito más allá del ahorro y mantener los precios de los activos desvinculados del valor subyacente, todo ello sin que se produzca un colapso inmediato. Pero la tolerancia no es lo mismo que la estabilidad, es un mecanismo de retraso.

La defensa de este sistema es siempre la misma: ofrece flexibilidad y evita que la ilusión de que una crisis no se convierta en una catástrofe. Permite intervenir cuando el sistema falla. Se trata de ventajas grotescas. Conllevan un coste menos visible y más acumulativo. Cada intervención debilita el vínculo entre el precio y la realidad. Cada expansión de la oferta monetaria reduce el valor informativo del propio dinero.

La moneda de cinco centavos que cuesta 13,78 centavos no es un absurdo aislado, sino un ejemplo claro y tangible de ese debilitamiento. Esto pone de manifiesto la brecha entre el valor nominal y el coste real de una forma que ninguna declaración política puede ocultar.

Y revela algo más: el sistema ya ni siquiera intenta resolver la contradicción. En lugar de eliminar la moneda de cinco centavos, los responsables políticos debaten volver a modificar su composición, repitiendo el patrón habitual de ajustar la sustancia para preservar el símbolo. Se protege la forma del dinero incluso mientras se erosiona su lógica.

Así es como se deterioran los sistemas, no mediante un colapso dramático, sino a través de la acumulación de inconsistencias que se toleran: una moneda que cuesta más de lo que vale, una moneda que pierde poder adquisitivo de forma constante, una estructura financiera cada vez más alejada de la producción real. Cada elemento es manejable. Juntos conforman una trayectoria.

La desaparición del centavo no fue una reforma audaz, sino un reconocimiento de que ya no se podía seguir ignorando la realidad de los números. La moneda de cinco centavos se enfrentará al mismo momento decisivo, no por previsión, sino porque las cifras acabarán imponiendo la cuestión.

La cuestión más profunda sigue sin resolverse. Si el dinero puede crearse sin costo, expandirse sin límite y mantenerse a pesar de las contradicciones, ¿qué es lo que sustenta su valor más allá de la creencia, y qué ocurre cuando la creencia comienza a erosionarse?

Una pequeña moneda ofrece una respuesta incómoda. El dinero ya no mide el valor en el uso del mercado, sino que refleja un sistema de autoridad, política y percepción controlada. Mientras ese sistema se mantenga, la contradicción puede persistir. Cuando se debilita, las contradicciones se hacen visibles de golpe.

La moneda de cinco centavos no es un objeto trivial, encierra una verdad más amplia. Cuando el coste de crear dinero supera su valor de mercado, el problema no es la moneda, sino la definición misma del valor.

image/svg+xml
Image Source: Adobe Stock
Note: The views expressed on Mises.org are not necessarily those of the Mises Institute.
What is the Mises Institute?

The Mises Institute is a non-profit organization that exists to promote teaching and research in the Austrian School of economics, individual freedom, honest history, and international peace, in the tradition of Ludwig von Mises and Murray N. Rothbard. 

Non-political, non-partisan, and non-PC, we advocate a radical shift in the intellectual climate, away from statism and toward a private property order. We believe that our foundational ideas are of permanent value, and oppose all efforts at compromise, sellout, and amalgamation of these ideas with fashionable political, cultural, and social doctrines inimical to their spirit.

Become a Member
Mises Institute