El Estado moderno suele describirse como una institución que coordina la vida social. Proporciona servicios legales, educativos, financieros, de seguridad, de salud y un sinfín de otros. La cuestión no es si estas funciones existen, sino quién tiene la autoridad definitiva para definirlas, regularlas y hacerlas cumplir. El reciente análisis de Agustín Toptschij sobre el Estado comienza precisamente en este punto. Él sostiene que el problema característico del Estado moderno no es simplemente su tamaño, sino su pretensión de ser la fuente última del derecho. Una vez que la soberanía se vuelve autorreferencial, no queda ninguna autoridad institucional externa por encima del Estado. La absorción de las funciones sociales no es, por lo tanto, simplemente un accidente de la expansión burocrática. Es una consecuencia de la propia estructura de la soberanía.
Este argumento tiene una consecuencia importante. Cuando el Estado absorbe una institución, no solo asume una de sus funciones, sino que también elimina una de las fuentes independientes a través de las cuales la sociedad genera información, autoridad, normas y corrección. Una familia, una iglesia, una universidad, un gremio, una comunidad local, una asociación privada o una institución de mercado hacen más que solo brindar un servicio. Interpretan la realidad desde una perspectiva particular y desarrollan sus propias reglas de adaptación. Una sociedad compuesta por muchas de estas instituciones cuenta con redundancia institucional: cuando una autoridad se vuelve rígida, otra puede desafiarla; cuando una interpretación resulta inadecuada, otra puede persistir al margen de ella.
Por lo tanto, el problema de la absorción institucional progresiva va más allá de la centralización. Se trata de la erosión de la capacidad correctiva independiente. Ahí es donde se cruzan la depredación y el cierre.
El cierre es la condición en la que un sistema pierde progresivamente su capacidad para procesar la retroalimentación correctiva necesaria para modificar su trayectoria. Una institución cerrada puede seguir poseyendo enormes cantidades de información. Puede producir informes, estadísticas, consultas, paneles de expertos, evaluaciones de riesgo, planes estratégicos y documentos de políticas. Lo que pierde cada vez más es la capacidad de reconocer la información que contradice la lógica mediante la cual ya se entiende a sí misma.
La expansión del Estado puede agravar esta situación, ya que cada ámbito adicional que se integra en un marco soberano común reduce el número de perspectivas institucionales independientes que operan fuera de él. El Estado puede ganar en coordinación, mientras que la sociedad pierde en capacidad de corrección. Puede ganar en coherencia administrativa, pero pierde diversidad institucional.
Al principio, esto puede parecer que funciona. El Estado puede estandarizar las normas, recopilar información y movilizar recursos a una escala que las instituciones más pequeñas no pueden alcanzar. Pero la escala tiene un costo. La información que antes formaba parte de las relaciones locales se abstrae en categorías. El conocimiento local se convierte en datos estadísticos. El juicio práctico se convierte en cumplimiento de normas. La diversidad social se convierte en un problema para la estandarización.
El sistema resultante no es necesariamente irracional. Ese es precisamente el problema. Las personas que forman parte de él pueden actuar de manera racional, incluso cuando el sistema en su conjunto se vuelve menos capaz de corregirse a sí mismo. Los funcionarios siguen los procedimientos porque estos los protegen. Los expertos perfeccionan los modelos porque estos les otorgan legitimidad. Los administradores recopilan más datos porque estos demuestran diligencia. Cada acción puede tener sentido dentro del marco institucional, al tiempo que refuerza la incapacidad de ese marco para reconocer sus propios fallos.
A medida que las instituciones independientes desaparecen o pasan a estar subordinadas, las personas se relacionan cada vez más con la sociedad a través de categorías administrativas: contribuyentes, pacientes, estudiantes, solicitantes, beneficiarios, votantes o riesgos que deben gestionarse. La institución se vuelve más comprensible para el Estado, mientras que la persona pierde visibilidad como ser humano integral.
Sin embargo, en cierto punto, el sistema comienza a producir lo contrario de lo que se pretendía lograr con la coordinación cada vez mayor. Una mayor regulación puede generar menos confianza. Una mayor cantidad de información puede generar menos comprensión. Una mayor planificación puede generar menos adaptabilidad. Una mayor integración institucional puede conducir a una mayor fragmentación. Esto marca el inicio de una mutación.
La mutación no es simplemente un fracaso institucional. Es lo que ocurre cuando el cierre prolongado de las instituciones transforma el entorno social en general. El problema se extiende a las narrativas, las identidades, las expectativas y las estrategias de adaptación que dan forma a la forma en que las personas entienden su mundo.
Los seres humanos no son unidades administrativas. Reinterpretan, se resisten, evaden, se adaptan y construyen explicaciones alternativas de la realidad. Cuando las instituciones oficiales se niegan repetidamente a reconocer experiencias que las personas consideran reales, estas pueden desarrollar redes de información paralelas, autoridades alternativas, identidades contrapuestas y contra-narrativas. El resultado no siempre es una rebelión abierta. A menudo es más silencioso: el distanciamiento. La gente deja de creer, deja de participar o cumple con las normas mientras se desvincula mentalmente del sistema. La institución puede seguir funcionando administrativamente, pero pierde el entorno social que sustenta su autoridad.
Esto genera una segunda paradoja. El Estado puede volverse más poderoso incluso a medida que se vuelve menos informado. A medida que se expande su alcance administrativo, quedan menos instituciones autónomas fuera de su ámbito de competencia que puedan ofrecer fuentes alternativas de conocimiento, juicio y crítica. El Estado acumula bases de datos, indicadores, informes y evaluaciones de expertos; sin embargo, la información llega cada vez más a través de categorías que el propio sistema ha definido. Por lo tanto, puede saber más y, al mismo tiempo, comprender menos.
El mismo patrón se observa en las intervenciones. A medida que el Estado asume la responsabilidad de más aspectos de la vida social, las intervenciones se multiplican y se vuelven cada vez más interconectadas. Cada nueva intervención puede generar consecuencias que requieran nuevas intervenciones. El sistema administrativo responde ampliando la supervisión y la regulación, lo que puede agravar precisamente la complejidad que busca controlar. El resultado es una brecha cada vez mayor entre el poder administrativo y el conocimiento correctivo: el Estado puede regular más, pero controlar menos, e intervenir con mayor frecuencia, pero con menor capacidad para anticipar las consecuencias. Es aquí donde la depredación alcanza sus límites antropológicos.
Un sistema depredador puede absorber instituciones durante un período considerable, ya que la absorción aumenta inicialmente su capacidad aparente. Sin embargo, cada absorción también elimina un nodo independiente de conocimiento, autoridad y corrección. Con el tiempo, el sistema debe procesar una mayor complejidad con menos instituciones autónomas capaces de interpretarla. El resultado es la saturación.
La saturación no es un colapso. Es la condición en la que un sistema sigue funcionando incluso cuando su capacidad de adaptación disminuye. Más allá de la saturación se encuentra el umbral en el que las personas comienzan a transformar su relación con el sistema. Reinterpretan las narrativas oficiales, buscan comunidades alternativas, desarrollan explicaciones contrapuestas y, o bien reviven identidades más antiguas, o bien forjan otras nuevas. Desplazan la autoridad de las instituciones formales hacia redes que el centro institucional no puede controlar por completo.
El sistema puede interpretar estas reacciones como irracionalidad, desinformación, extremismo, populismo o fragmentación social. También pueden entenderse como respuestas adaptativas ante el cierre institucional.
El punto crucial es que la mutación no se impone simplemente desde arriba. Surge de la interacción entre la rigidez institucional y la adaptabilidad humana. Las personas recrean continuamente el orden social más allá de las categorías que los sistemas centralizados utilizan para gobernarlas, porque las sociedades requieren más que una mera coordinación. Requieren fuentes independientes de significado, juicio, confianza y corrección.
La ironía es profunda. El Estado busca reducir la fragmentación institucional para mejorar la coordinación. Sin embargo, eliminar la diversidad institucional puede destruir precisamente la capacidad de adaptación que sustenta la estabilidad de una sociedad compleja.
Lo que sigue no es necesariamente una revolución, sino una mutación. Una sociedad puede seguir estando gobernada formalmente por las mismas instituciones, al tiempo que se vuelve sustancialmente diferente de la sociedad para la que esas instituciones fueron diseñadas. Las categorías permanecen, pero sus significados cambian. Los procedimientos permanecen, aunque su cumplimiento se vuelve ritualizado. Las autoridades permanecen, pero la legitimidad se desplaza a otra parte. El sistema sigue siendo visible, pero sus cimientos sociales se vuelven cada vez más inciertos. Este es el límite antropológico de la expansión del Estado.
La pregunta central, por lo tanto, no es simplemente qué tan grande puede llegar a ser el Estado, ni siquiera cuánto poder puede acumular. La pregunta más profunda es cuánta diversidad institucional puede perder una sociedad antes de que el sistema que la coordina ya no pueda autocorregirse.
La depredación explica la lógica de la absorción. El cierre explica la pérdida de la capacidad correctiva. La saturación explica la sobrecarga institucional resultante. La mutación explica lo que hacen las sociedades de e o humano cuando las estructuras que las gobiernan ya no pueden procesar adecuadamente el mundo en el que habitan.
Por lo tanto, es posible que el Estado siga expandiéndose durante mucho tiempo. Pero no hay que confundir la expansión con el control. El alcance administrativo puede crecer incluso mientras se debilita la capacidad del sistema para comprender y adaptarse a la realidad social. Lo que desde el centro parece un mayor control puede ocultar una creciente dependencia de capacidades que el centro ya no puede generar por sí mismo.
Con el tiempo, el sistema se enfrenta a una contradicción fundamental. Al tratar de eliminar la fragmentación institucional, ha reducido la diversidad que permite a las sociedades complejas corregir errores y adaptarse a circunstancias imprevistas. No ha eliminado la complejidad; ha concentrado la responsabilidad de la misma en una estructura cada vez más centralizada. El Estado puede ganar más autoridad sin adquirir el conocimiento necesario para ejercerla de manera efectiva.
En ese momento, la lógica de la expansión se vuelve en su contra. El sistema no ha vencido a la complejidad. La ha heredado y —tras haber absorbido muchas de las instituciones que antes ayudaban a la sociedad a procesarla—, ahora debe gestionar esa complejidad con menos fuentes independientes de corrección. Este es el punto en el que la expansión alcanza su límite antropológico.