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Cuatro razones por las que la desigualdad no es lo que crees que es

Una de las características que definen a los defensores del socialismo es la obsesión por la igualdad. Según esta línea de pensamiento, la desigualdad es el problema central del mundo moderno, y exige una solución centralizada. Así, los socialistas (y los socialdemócratas más moderados) se empeñan en utilizar el poder del Estado para forzar la transferencia de la riqueza de los productivos y exitosos a los que lo son menos. Esta es la manera de lograr la justicia social, sostienen.

Pero la desigualdad no es la plaga social que los socialistas alegan que es.

La fuente de la riqueza: el juicio del consumidor

Contrariamente a la creencia popular, la forma de hacer dinero no es explotar a los clientes. La realidad es la opuesta. La riqueza se crea identificando los problemas que tiene la gente y creando productos que proveen una solución y mejoran sus vidas.

En este proceso, el consumidor lidera el proceso expresando sus propias preferencias en el mercado. Si un consumidor siente que un producto está sobrevalorado, no hará un intercambio. Si un producto parece valer la pena, lo comprará de buena gana. La suma de estas elecciones individuales, comprar o no, hace o rompe un negocio en el mercado, y esto es una prerrogativa del consumidor. Para satisfacer sus propias necesidades, una persona debe producir algo que satisfaga las necesidades de otra, ya sea mano de obra, maquinaria industrial o gemelos finos.

¿La riqueza se acumula a expensas de los pobres?

Una de las suposiciones clave de los socialistas es que siempre hay un lado perdedor en una transacción. Piensan que la riqueza es como un pastel, y que los ricos se llevan la mayor parte, dejando a los trabajadores y clientes con casi nada. En realidad el mercado siempre está expandiendo el pastel, y los intercambios voluntarios siempre son ganadores cuando se hacen.

Bill Gates, Jeff Bezos y todos los demás «capitalistas malvados» han logrado crear una cantidad de riqueza sin precedentes, pero no sólo para ellos. Los que trabajan para ellos se han beneficiado de sus empleos, y las personas que compran sus productos y servicios se han beneficiado de bienes mejores o más baratos (o ambos). Otros beneficios incluyen más tiempo para dedicarse a cosas más importantes, y en formas que no se pueden cuantificar (es decir, se miden en beneficio psíquico). Los empresarios, a su vez, se han beneficiado de los servicios de sus trabajadores, que bien vale la pena pagar. Los empresarios también se benefician de las compras voluntarias de sus clientes.

El beneficio y la competencia no son antiestéticos a la colaboración

Los socialistas enfrentan el beneficio y la competencia con el ideal de compartir y colaborar. Pero en lugar de ser un bien malvado y robado, el beneficio es un incentivo crucial para la acción humana colaborativa.

La gente siempre está buscando los mejores y más baratos productos para satisfacer sus necesidades, y sus demandas aumentan los precios. La perspectiva de obtener beneficios rápidamente empuja a los empresarios a producir lo que la gente quiere, y por lo que están dispuestos a pagar. Los beneficios ilustran cuánto valoran las personas los servicios de un empresario. Los consumidores sólo pagan si el empresario satisface sus deseos.

Mientras haya ganancias, otros entran en el mercado. La competencia estimula a los empresarios a hacer que la producción sea más eficiente y más barata, porque cuanto mayor sea la competencia, más tendrá que hacer el empresario para ganarse el negocio del cliente. A medida que más bienes entran en el mercado, los consumidores pueden ser más quisquillosos con respecto a quién comprar y los precios bajan. Es su propia demanda la que fija los precios, y una vez que están satisfechos y no hay tanta ganancia en el negocio, los empresarios se dedican a hacer otras cosas que la gente quiere.

Como muchos economistas austriacos y no austriacos han descubierto, el mercado es un «sistema de votación» cotidiano de lo que hay que producir. Cada centavo actúa como un voto para la mejor manera de utilizar los recursos limitados. Las ganancias apuntan a los empresarios hacia lo que la gente más quiere. La producción resultante es una forma de colaboración más que de explotación. La gente puede hacer más, porque no tiene que hacerlo todo por sí misma, y puede centrarse en lo que mejor sabe hacer.

La desigualdad en los ingresos es aumentada por un mercado restringido

La izquierda comete el error de argumentar que sólo los ricos se han enriquecido y atacan el capitalismo sin mirar los hechos. El mercado ha hecho a casi todo el mundo más rico, no sólo en términos de ingresos, sino también en términos de la calidad de vida en general y los productos que poseen.

Los izquierdistas también ignoran la movilidad de los ingresos en las economías de mercado, cuando los estudios muestran que, de hecho, la mayoría de las personas nacidas en la quinta parte más rica de los Estados Unidos caen de esa categoría en un plazo de veinte años, mientras que la mayoría de los nacidos en la quinta parte más pobre ascienden a un quintil más alto e incluso a la cima.

Aunque su retórica lo hace parecer sorprendente, esto tiene sentido. Como Ludwig von Mises señaló en La mentalidad anticapitalista, el empresario debe su riqueza a sus clientes, y esta riqueza se pierde o disminuye inevitablemente cuando entran en el mercado otros que pueden satisfacer mejor al consumidor a través de precios más bajos y/o una mejor calidad de los bienes y servicios.

El problema de la desigualdad de ingresos hoy en día es que no es enteramente un subproducto del libre mercado sino que es el resultado de un mercado paralizado por políticas intervencionistas, tales como regulaciones, licencias costosas y el sistema impositivo más complicado de la historia de este país. Tales restricciones han limitado la competencia y han dificultado la creación de riqueza, causando el estancamiento de las clases medias y bajas.

Aunque los izquierdistas sostienen que estas restricciones protegen a la gente de los «peligros» del libre mercado, en realidad protegen los intereses corporativos a los que los progresistas dicen oponerse.

Empresas colosales como Amazon y Walmart de hecho favorecen salarios mínimos más altos y mayores regulaciones. Tienen los fondos para implementarlas con facilidad, y tales regulaciones terminan actuando como una barrera protectora, impidiendo que las empresas nuevas y los potenciales competidores entren en el mercado. Con la competencia bloqueada, estos negocios pueden crecer artificialmente y no tienen que trabajar tan duro para ganar el negocio de la gente. En cambio, pueden gastar dinero en abogados y cabilderos de DC para excluir a las pequeñas empresas del mercado.

Irónicamente, los esfuerzos para regular las empresas en nombre de la protección de los trabajadores y los consumidores perjudica a las pequeñas empresas y hace que todos sean menos iguales de lo que podrían ser en un mercado libre.

Conclusión

Los mercados no son el enemigo de la desigualdad. Los mercados regulados lo son. La desigualdad de ingresos que se produce naturalmente en el libre mercado como resultado de la singularidad humana se amplifica innecesariamente por las políticas gubernamentales restrictivas en detrimento de todos.

Los intercambios voluntarios en el capitalismo son mutuamente ventajosos. Si no lo fueran, el intercambio nunca tendría lugar. Las personas que viven en países con mayor libertad económica y social disfrutan de mayores ingresos y de un nivel de vida más alto. El libre comercio ha contribuido más al alivio de la pobreza que todos los programas gubernamentales. La intervención socialista en el mercado sólo puede alejar al hombre de la erradicación de la pobreza y de la felicidad: sólo la competencia desenfrenada impulsada por el beneficio puede provocar la expansión de la elección, la caída de los precios y el aumento de la satisfacción que nos hace más ricos.

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Image Source: Getty Images
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