Han pasado más de cuatro años desde que Stephanie Kelton, la elocuente profesora y defensora de la Teoría Monetaria Moderna, me desafió públicamente a «encontrar la falla» en el argumento de L. Randall Wray a favor del «chartalismo» (la afirmación de que el dinero es, en gran medida, una invención del Estado). Si bien respondí rápidamente al desafío con un artículo publicado en el Quarterly Journal of Austrian Economics, Kelton no respondió. En cambio, se esfumó y fingió que nunca se le había planteado ningún desafío.
Lo interesante aquí no es que Kelton haya incumplido su responsabilidad académica, sino el fracaso de todo el movimiento de la TMM a la hora de defender el cartalismo, un principio de su marco teórico, frente a mi refutación revisada por pares. Ciertamente, bastantes defensores de la TMM nos han atacado tanto a mí como a mi artículo de formas propias de activistas políticos. Básicamente se trata de difamaciones en línea, lo cual no es ni importante ni interesante. Pero también hay académicos dentro de la tradición de la TMM —aunque sean muy pocos— que deberían estar interesados y tener la responsabilidad de defender a Kelton, a Wray y al cartalismo. Sin embargo, no se les ve por ningún lado.
En parte, la falta de respuestas probablemente deba interpretarse como una aceptación tácita de los puntos que planteo. En mi artículo, tomo el argumento de Wray tal como lo expone y lo evalúo por sus propios méritos. En pocas palabras, evalúo la lógica de su argumento, su coherencia interna y si Wray presenta un caso convincente. (Spoiler: no lo hace). Considero que Wray se basa en ejemplos que, según su propia presentación de los mismos, no respaldan sus afirmaciones; que su relato de la historia monetaria es simplemente erróneo y solo funciona si primero se aceptan sus conclusiones; y que el argumento en general adolece de varias inconsistencias y afirmaciones contradictorias. Pero estoy seguro de que hay debilidades en mi refutación y puntos que se pueden plantear y que podrían salvar al cartalismo de Wray de su destino fatal.
Entonces, ¿dónde están esas respuestas? Mi artículo solo ha sido citado hasta ahora tres veces y, de esas fuentes, solo una, —un artículo escrito por Philip Armstrong—, constituye un intento de refutación. En su artículo, Armstrong ataca principalmente lo que él cree que es mi postura, en lugar de reconocer que el artículo —mi crítica al cartalismo de Wray, en respuesta al desafío de Kelton— es una evaluación crítica del argumento de Wray. Por lo tanto, se equivoca por completo y, en última instancia, no logra comprender la naturaleza de lo que cree estar atacando. El error de Armstrong en este caso es sintomático de cómo argumentan los partidarios de la TMM y de por qué no se les toma en serio ni se les puede tomar en serio.
La respuesta de Armstrong comienza «con un breve resumen de los compromisos metodológicos de la escuela austriaca, en contraste con mi interpretación de la TMM», como él mismo lo expresa en la introducción. Sin duda, esto sería relevante en un debate entre la TMM y la economía austriaca. Quizás su intención era que su respuesta formara parte de una disputa más amplia entre la TMM y la economía austriaca, lo que explicaría por qué se refiere a mi crítica al argumento de Wray como «el enfoque austriaco de Bylund».
El problema aquí es que no hay nada en mi crítica al argumento de Wray que sea particularmente «austriaco». Evaluar un argumento por sus propios méritos no es precisamente un enfoque «austriaco», aunque los austriacos siempre se han destacado en esta actividad en particular. La conocida refutación de Böhm-Bawerk a la economía de Marx en Karl Marx y el fin de su sistema es un claro ejemplo de ello.
Aunque carece de fundamento, el intento de Armstrong de presentar mi crítica a Wray como una crítica «austriaca» tiene varios objetivos. En primer lugar, sugiere que mi crítica no es válida porque es una falacia: transpone un marco diferente con el fin de descubrir fallas en el argumento. (Esta falacia es de la que suelen ser culpables los críticos de la economía austriaca cuando descartan esta escuela por sus «predicciones» fallidas, evaluando así el apriorismo austriaco desde la perspectiva de las pruebas empíricas popperianas). En segundo lugar, Armstrong desvía la atención de la crítica real al argumento de Wray al presentarla como una mera parte de un debate más amplio en el que los detalles de la crítica no deberían considerarse muy importantes. Y en tercer lugar, Armstrong puede cometer la falacia al evaluar mis críticas al argumento de Wray no por su propio mérito, sino como partes de un supuesto argumento austriaco.
Cuando se publicó el artículo de Armstrong en la Real World Economics Review, lo felicité por haber realizado el primer intento serio de refutar mi crítica, pero también cuestioné la relevancia e de abordar la praxeología en él. Uno de los seguidores acérrimos de la TMM que lo respaldaba me dijo que «sí es relevante». Sin duda sería relevante si estos tres artículos —el de Wray, el mío y el de Armstrong— se leyeran como partes de una batalla intelectual en curso entre la TMM y la economía austriaca. Pero eso no es precisamente lo que Wray tenía en mente al publicar el argumento original en una revista poco conocida pero de tono amistoso; en su artículo no cita ninguna fuente austriaca. Y ciertamente no es lo que yo tenía en mente al responder al desafío de Kelton y decidir redactar mi crítica como un artículo de revista. Todo ese gran debate no es más que fruto de la imaginación de Armstrong.
Pero esto no se limita a Armstrong. El hecho es que la mayoría, si no todos, los partidarios de la TMM que han comentado mi artículo no lo han leído tal como fue escrito. Todos optan por interpretarlo como un ataque de la escuela austriaca contra la TMM, en lugar de una evaluación de un argumento específico en función de sus propios méritos. Por esta razón, pueden atacarlo por considerarlo defectuoso basándose en que soy un economista de la escuela austriaca, en lugar de en los argumentos reales que se plantean en él. En la misma línea, los marxistas podrían descartar la crítica de Böhm-Bawerk a la economía de Marx basándose únicamente en el hecho de que era austriaco, sin importar lo que dijera.
Huelga decir que esto es muy poco académico y poco serio. Tales falacias pueden ser adecuadas para discusiones acaloradas en línea, y este tipo de ataques son, de hecho, algo habitual entre los activistas políticos, tanto de izquierda como de derecha. Pero, para una teoría o una corriente de pensamiento, un movimiento intelectual, es totalmente inapropiado. Lamentablemente, en el caso de la TMM, se trata de una idea y una teoría incipiente que carece de defensores serios.