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Navegando la pendiente resbaladiza: cómo las intervenciones de Hoover pavimentaron el camino para la Gran Depresión

La presidencia de Herbert Hoover se suele caracterizar erróneamente como un periodo de estricta no intervención en la economía. Sin embargo, en realidad se definió por una serie de maniobras económicas que no sólo se desviaron de la ideología del laissez-faire, sino que también contribuyeron significativamente al inicio de la Gran Depresión. Inició su mandato en 1929 con un impulso proactivo mediante la creación de la Junta Federal Agrícola y, más tarde, de la Corporación Financiera para la Reconstrucción. Estas medidas demostraban su enfoque intervencionista, destinado a contrarrestar la inestabilidad económica con ayudas federales que iban desde el apoyo a los precios agrícolas hasta aranceles protectores e importantes inversiones en obras públicas. Estas políticas no lograron captar las debilidades económicas subyacentes que, combinadas con una larga recesión en una agricultura sobreexpandida, magnificaron inadvertidamente la crisis.

La larga recesión de la agricultura americana

La Primera Guerra Mundial, librada principalmente en Europa, señaló el declive de las antiguas élites y el fin de las prácticas económicas liberales del siglo XIX. Alteró fundamentalmente la agricultura americana porque los recursos europeos antes dedicados a la producción de alimentos se habían desplazado a las necesidades militares. Esto provocó un aumento de la demanda de exportaciones de alimentos y otros artículos de primera necesidad procedentes de los neutrales Estados Unidos. El comienzo de la Primera Guerra Mundial en 1914 desencadenó un periodo de prosperidad económica para los agricultores americanos. Esta demanda provocó un aumento de los precios de diversos productos agrícolas. Por ejemplo, en Minnesota, el precio medio del maíz por fanega aumentó de cincuenta y nueve centavos en 1914 a 1,30 dólares en 1919, y los precios del trigo experimentaron una subida de 1,05 dólares por fanega a 2,34 dólares. Los precios del cerdo y la leche experimentaron subidas similares.

Para satisfacer esta creciente demanda, el gobierno de EEUU instó a los agricultores a aumentar su producción e hizo más elástico el crédito. En 1916, el Congreso creó la Ley Federal de Préstamos Agrícolas (Federal Farm Loan Act), que introdujo doce bancos federales de tierras destinados a conceder préstamos duraderos para la expansión de las explotaciones. Muchos agricultores aprovecharon ésta y otras oportunidades similares, invirtiendo en tierras adicionales y en equipos modernos porque esperaban que el auge económico persistiera. Invirtieron en tierras, tractores y otros equipos nuevos que ahorraban mano de obra a tipos de interés que oscilaban entre el 5 y el 7 por ciento. En 1920, el 52,4 por ciento de las 132.744 granjas de Minnesota declaradas al Censo de Agricultura tenían deudas hipotecarias, por un total de más de 254 millones de dólares.

Así, tras entrar en la Primera Guerra Mundial en 1917, EEUU experimentó una importante expansión agrícola, especialmente en las zonas de trigo y maíz del Medio Oeste. Los precios de la tierra en Minnesota se duplicaron entre 1910 y 1920 debido a la gran demanda y, en 1929, su cultivo se había disparado hasta los 18,5 millones de acres. Sin embargo, tras el auge de la agricultura en tiempos de guerra, Europa se recuperó de la devastación de la guerra, y los esfuerzos de ayuda de posguerra fueron necesarios para mantener alta la demanda de exportaciones agrícolas de EEUU —como cereales, carne de cerdo, vacuno y lácteos— entre 1918 y 1919.

Los agricultores de EEUU siguieron aumentando la producción esperando una demanda y unos precios estables, pero se encontraron con un declive económico gradual que se desplomó aún más durante la Gran Depresión. Los ingresos de los agricultores de Minnesota cayeron drásticamente de 438 millones de dólares en 1918 a sólo 229 millones en 1922. Siguió disminuyendo durante todos los 20 como resaca del insostenible auge bélico, y finalmente se desplomó en 1932 a 155 millones de dólares. Basado en el espíritu progresista de la época, Hoover trató de intervenir activamente en la economía agrícola para lograr la estabilidad y la prosperidad. Su creencia en la cooperación entre el gobierno y el sector empresarial fue un principio fundamental que guió sus iniciativas políticas como Secretario de Comercio de 1921 a 1928.

Hoover reconocía los problemas de la sobreproducción y la consiguiente caída de los precios, pero ignoraba el papel que el gobierno había desempeñado en la sobreproducción al fomentar la sobreexpansión. Impulsó la idea de las asociaciones cooperativas de comercialización en la creencia de que, agrupándose para vender sus productos, los agricultores podrían estabilizar los precios y aumentar su poder de negociación, lo que mitigaría la influencia de los intermediarios y reduciría la volatilidad del mercado. Esta crisis agrícola hizo que EEUU se volviera fuertemente proteccionista, con fuertes imposiciones arancelarias a las importaciones (en 1921 y 1922) para apuntalar los precios agrícolas nacionales. Se adoptaron todas las medidas posibles para evitar el dolor temporal de recortar las industrias sobreexpandidas, lo que habría permitido que el capital, la mano de obra y la tierra encontraran usos más rentables que la agricultura.

Esta fue, pues, la experiencia subyacente de Hoover con la agricultura americana durante los locos años veinte como secretario de comercio, mientras otro sector de la economía, la manufactura y la industria, estaba en auge. Su experiencia con la agricultura desempeñó un papel determinante en su respuesta a la recesión durante 1929-30, y fueron sus acciones como secretario de comercio —y la incomprensión de las causas de los males de la agricultura— las que prepararon el terreno para la Gran Depresión. Aplicó su precedente de hacer frente a la crisis de los 1920 en la agricultura con un plan central de ingeniería, del mismo modo que hizo durante la crisis de 1929 en toda la economía.

La guerra había transformado a EEUU en un gigante económico. Era la única nación importante que se mantenía firmemente en el patrón oro, lo que atrajo una afluencia de oro a medida que la inversión mundial se trasladaba a los EEUU. Esta afluencia tenía el potencial de estimular la expansión económica y rejuvenecer la agricultura, pero las incipientes políticas de la Reserva Federal también fueron fundamentales para dar forma a este resultado. En el periodo posterior a la Primera Guerra Mundial, la Reserva Federal (recién creada en 1913) se embarcó en una estrategia de reducción de los tipos de descuento para facilitar los préstamos y la liquidez. A principios de los 1920, el tipo de descuento de Nueva York se redujo del 6,5% al 4%, una drástica reducción destinada a vigorizar la actividad económica. Esta política contribuyó a un aumento significativo de la oferta monetaria, con una tasa de expansión anual de aproximadamente el 7,7% entre 1921 y 1928. El aumento de la liquidez y el crédito fácil alimentaron las inversiones especulativas, inflando los bienes de capital, las acciones y los valores inmobiliarios hasta máximos insostenibles. Cuando la Reserva Federal endureció los tipos de interés en 1928 y 1929 para frenar la especulación, el auge se desvaneció, dejando atrás al sector agrícola, que seguía luchando.

Preparando la Gran Depresión

Al llegar a la presidencia en marzo de 1929, Hoover puso en marcha la Junta Federal Agrícola con 500 millones de dólares para gestionar los precios agrícolas mediante el manejo de los excedentes, una medida significativa para ayudar a los agricultores con el objetivo de lograr la estabilidad de precios y unos ingresos más fiables. Sin embargo, este esfuerzo básicamente apuntaló unos precios artificialmente altos en un sector que necesitaba un ajuste mediante una breve deflación. Tras el crack de 1929, Hoover extendió estas tácticas intervencionistas a la economía en general, reproduciendo así el estancamiento del sector agrícola en todo el panorama económico. Hoover suscribió la teoría salarial de las recesiones, que sostenía que la falta de poder adquisitivo de los trabajadores era el origen del desplome y la sobreproducción. En respuesta a la crisis económica, Hoover convocó varias conferencias económicas, reuniendo a líderes empresariales y sindicales para formular estrategias de estabilización y recuperación económica.

La cuestión salarial ocupó un lugar central en estos debates. Hoover abogó firmemente en contra de las reducciones salariales, sosteniendo que el mantenimiento de los salarios preservaría el poder adquisitivo de los trabajadores, sosteniendo así la demanda y evitando un mayor declive económico. Esta política se enfrentó a la oposición obvia y significativa de los líderes comerciales, que argumentaban que el mantenimiento de los salarios exacerbaba el desempleo al desalentar la contratación y poner a prueba las finanzas de los negocios. A pesar de que siempre había sido la norma que los salarios y los precios bajaran durante las recesiones, Hoover se mantuvo firme y precipitó así más desempleo al quebrar los negocios que pagaban salarios artificialmente altos.

Hoover respondió al aumento del desempleo y al estancamiento económico impulsando la inversión federal en obras públicas, sobre todo acelerando la construcción de proyectos como la presa Hoover. Estos esfuerzos pretendían generar empleo, estimular la industria y mejorar las infraestructuras. Sin embargo, a pesar de estos ambiciosos objetivos, los programas de obras públicas se quedaron cortos, incapaces de abordar los problemas de fondo de la sobreexpansión en múltiples sectores. En 1930, Hoover firmó la Ley Arancelaria Smoot-Hawley a pesar de la petición de más de mil economistas que le instaban a vetar la legislación, ya que era un intento equivocado de proteger a negocios y agricultores de EEUU de la competencia internacional mediante la imposición de aranceles elevados a los productos importados. Aunque pretendía proteger a las industrias nacionales durante el inicio de la Gran Depresión, resultó contraproducente, exacerbando tanto la deflación como la inflación y obstaculizando la recuperación.

El enfoque proteccionista de la ley perpetuó irónicamente la deflación al elevar los derechos de importación a niveles récord, ahogando el comercio y el crecimiento económico. También perturbó los ajustes de precios necesarios para la recuperación, ya que el aumento de los precios de importación provocó un incremento inflacionista de los precios internos, desalentando el gasto de los consumidores. Lejos de promover la recuperación económica, la ley provocó represalias internacionales, desencadenando una guerra comercial mundial. Esta represalia hizo que las importaciones y exportaciones de EEUU cayeran en picado un 66% y un 61% respectivamente entre 1929 y 1932, socavando así cualquier esfuerzo de recuperación y provocando un descenso de la producción.

De forma similar a sus esfuerzos en agricultura, Hoover creó la Corporación Financiera para la Reconstrucción en 1932, lo que supuso una importante escalada en la intervención económica federal. La Corporación Financiera para la Reconstrucción se encargó de proporcionar asistencia financiera crucial a bancos, ferrocarriles y otras industrias importantes, con el objetivo de evitar un mayor colapso económico garantizando la viabilidad operativa continuada de estos sectores. Tuvo el mismo efecto de apuntalar los valores de capital artificialmente inflados de bancos, firmas y grandes negocios que en realidad necesitaban liquidaciones rápidas y exhaustivas, como había ocurrido en anteriores recesiones históricas.

En conclusión, el inicio de la Gran Depresión estuvo muy influido por intervenciones gubernamentales mal orientadas. El auge agrícola y su posterior caída, junto con las políticas de Herbert Hoover —incluidas la creación de la Junta Agrícola Federal y la Corporación Financiera para la Reconstrucción, así como la promulgación de la Ley Arancelaria Smoot-Hawley— distorsionaron la realidad económica. Estas medidas, destinadas a reforzar la economía, contribuyeron irónicamente a la misma crisis que pretendían evitar, poniendo de manifiesto el delicado equilibrio entre la política y la salud económica.

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