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La importancia de la teleología para comprender la desigualdad económica

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El economista Thomas Sowell nos recuerda con frecuencia que la desigualdad es inherente a la naturaleza humana. En lugar de sorprendernos por la desigualdad económica, deberíamos preocuparnos por comprender las causas de la productividad. Es la productividad la que mejora las condiciones materiales de todos y su nivel de vida material.

Sin embargo, desde hace varias décadas, los economistas se han preocupado menos por las causas de la productividad y más por la distribución de la riqueza. Aunque puedan utilizar de manera imprecisa la terminología de la causalidad —parecen preguntarse qué causa la desigualdad—, no se dedican a una investigación causal, sino que simplemente expresan su objeción ideológica a lo que describen como la brecha racial en la riqueza. Asumen que, de no existir la discriminación, todos tendrían resultados económicos más equitativos. Y, sin embargo, como sostiene Sowell,

Ni la lógica ni la evidencia empírica ofrecen una razón convincente para esperar resultados iguales o aleatorios entre individuos, grupos, instituciones o naciones.

Sowell destaca estudios empíricos que muestran que la distribución de la riqueza está influenciada por tantas variables diferentes que sería erróneo suponer que la identidad racial es un factor causal en los resultados económicos. En su libro Disparidades y discriminación, identifica algunos de los factores clave que se correlacionan con los resultados económicos, argumentando que,

Ni en la naturaleza ni entre los seres humanos se dan automáticamente resultados iguales o distribuidos al azar. Por el contrario, son comunes las distribuciones de resultados extremadamente desiguales, tanto en la naturaleza como entre las personas, en circunstancias en las que no intervienen ni los genes ni la discriminación.

Por lo tanto, advierte que la evidencia empírica de las disparidades raciales, por sí sola, no puede explicar la causalidad. Para comprender las causas de la prosperidad económica, debemos indagar por qué actúan las personas y qué fines buscan alcanzar. En ese contexto, Ludwig von Mises hace hincapié en que no podemos comprender la acción humana sin «la categoría de la causalidad».

En este sentido, podemos decir que la causalidad es una categoría de la acción. La categoría de «medios y fines» presupone la categoría de «causa y efecto». En un mundo sin causalidad ni regularidad en los fenómenos, no habría espacio para el razonamiento ni para la acción humana. Un mundo así sería un caos en el que el hombre no sabría cómo orientarse ni encontrar una guía. El hombre ni siquiera es capaz de imaginar las condiciones de un universo tan caótico.

No nos resulta difícil entender este punto al estudiar las causas de los fenómenos naturales. Los científicos realizan experimentos y prueban diferentes hipótesis hasta que identifican la causa fundamental del fenómeno que están investigando. Así es como ahora sabemos que la fuerza de la gravedad hace que una pelota ruede cuesta abajo. No se necesita ninguna explicación adicional sobre qué hace que la pelota se comporte de esa manera. Como suelen decir los adolescentes: «no es para tanto».

Pero en lo que respecta a la acción humana, las cosas son más complicadas. El comportamiento humano es tan variable que no puede someterse a los mismos tipos de pruebas que, por ejemplo, la estructura de un puente.

Aristóteles identificó cuatro tipos diferentes de causas. Para resumirlo brevemente, la causa material de un fenómeno es aquello que lo constituye, aquello de lo que está compuesto. La causa formal es su apariencia, forma o diseño. La causa eficiente se refiere a las fuerzas de la naturaleza que lo transformaron en su forma actual. La causa final es su meta o propósito para lograr el resultado o fenómeno tal como se presenta ahora. La causa final es el propósito último por el cual la cosa existe o sucede.

En el ejemplo de Aristóteles sobre la bellota, fuera del mundo de los cuentos de hadas, nadie que investigue el crecimiento de las plantas quiere realmente saber la causa final, o el propósito, de que la bellota se convierta en un árbol —todas esas noches en las que la bellota soñaba con convertirse algún día en un roble gigante—. Como observó Mises,

Tanto el hombre primitivo como el niño, en una actitud antropomórfica ingenua, consideran bastante plausible que cada cambio y cada suceso sean el resultado de la acción de un ser que actúa de la misma manera que ellos mismos. Creen que los animales, las plantas, las montañas, los ríos y las fuentes, incluso las piedras y los cuerpos celestes, son, al igual que ellos, seres que sienten, quieren y actúan.

Entender la acción humana no es tan sencillo como investigar hacia dónde va un río o por qué fluye en una dirección determinada. Para comprender por qué las personas actúan como lo hacen, un enfoque consiste en estudiar las correlaciones e identificar patrones que puedan sugerir con fuerza posibles causas, las cuales luego pueden someterse a pruebas empíricas. Así es como la mayoría de los economistas interesados en las brechas de riqueza raciales dedican su tiempo. Pero si se equivocan respecto a las causas de lo que observan, no habría una «retroalimentación» obvia que les alertara de su error —o, mejor dicho, sus resultados podrían atribuirse fácilmente a otros factores aleatorios que podrían explicar de manera plausible el resultado—.

En las ciencias naturales, no es tan fácil racionalizar los resultados desfavorables de esa manera. Equivocarse, por ejemplo, sobre lo que hace que un avión levante vuelo, sería desastroso. Las consecuencias serían inmediatas y catastróficas. Por el contrario, mientras la explicación del comportamiento humano parezca lógica y se ajuste a su visión del mundo, las personas pueden seguir creyendo erróneamente que pueden identificar relaciones causales a partir del estudio de las disparidades entre grupos. Esto ocurre especialmente cuando observan lo que parecen ser correlaciones fuertes y persistentes entre la raza y los resultados económicos. Estos errores pueden persistir durante un tiempo sorprendentemente largo, y algunos nunca se corrigen porque los experimentos fallidos se justifican diciendo que «no es el socialismo auténtico».

En su libro Los  fundamentos últimos de la ciencia económica, Mises explica la importancia de la teleología para evitar estos errores: «Las ciencias naturales son investigación de la causalidad; las ciencias de la acción humana son teleológicas». Consideraba importantes tanto la teleología como la causalidad. En Acción Humana explica que «solo hay dos principios a disposición del hombre para comprender mentalmente la realidad: a saber, los de la teleología y la causalidad».

La teleología y la causalidad son conceptos distintos, pero están relacionados. En Acción humana, Mises sostiene que «la teleología puede definirse como una variedad de investigación causal. Las causas finales son, ante todo, causas». La causa final aristotélica —el objetivo o propósito último— es, lógicamente, la explicación principal de por qué actúa el hombre. En ese sentido, el propósito es una variedad de causa. Por lo tanto, debemos evitar las explicaciones simplistas, basadas en la causalidad mecánica, que excluyen la investigación teleológica. Mises, advierte que:

La cosmovisión panmecanicista se rige por un monismo metodológico; solo reconoce la causalidad mecanicista, ya que le atribuye exclusivamente a ella cualquier valor cognitivo o, al menos, un valor cognitivo superior al de la teleología.

Cuando los economistas se preguntan por qué persisten las disparidades raciales en la riqueza, a menudo dan a entender que factores como la falta de educación, un entorno familiar inestable, la falta de recursos, la discriminación, los antecedentes penales y otros factores medibles son la causa de la desigualdad económica. Si bien esos factores pueden explicar los resultados económicos en un sentido descriptivo, no establecen una relación de causalidad. Las personas que provienen de los entornos más difíciles a menudo terminan siendo ricas y exitosas, mientras que las personas que cuentan con todas las ventajas en la vida a menudo terminan en una situación de dificultades económicas.

También debemos prestar atención a la advertencia de Sowell contra el intento de explicar la acción humana recurriendo a «explicaciones de un solo factor para las diferencias en los resultados económicos». Como nos recordó el economista Frank Shostak, «las correlaciones solo pueden describir, pero no explicar».

Desde la perspectiva del individualismo metodológico, la pregunta más importante es: ¿Qué condiciones permiten a los individuos mejorar su propia situación mediante la acción productiva? Al responder a esta pregunta, las reglas y principios que se aplican son universales y científicos. No varían según la raza.

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