El viernes pasado, SpaceX salió a bolsa y comenzó a cotizar en el NASDAQ. Fue la mayor salida a bolsa de la historia, lo que generó mucho revuelo y atención. Pero uno de los aspectos más llamativos de la salida a bolsa de SpaceX tuvo que ver con Elon Musk, presidente, director ejecutivo y director técnico de la empresa.
Musk ya poseía el mayor patrimonio neto del mundo antes de que SpaceX saliera a bolsa. Pero después de que la empresa fijara el precio de sus acciones en 135 dólares y el mercado comenzara rápidamente a cotizarlas a precios aún más altos, los aproximadamente 5 mil millones de acciones que Musk ya poseía elevaron su patrimonio neto estimado a unos 1,1 billones de dólares —haciéndolo en el primer «trillonario» auténtico del mundo, con su patrimonio denominado en dólares de EEUU.
Como era de esperar, el hecho de superar este umbral fue recibido con consternación e indignación por parte de los demócratas del establishment, los progresistas y los izquierdistas de todo tipo.
Gavin Newsom señaló la noticia como prueba de que «el sistema está amañado». AOC y Zohran Mamdani se sumaron a la iniciativa para impulsar, una vez más, el aumento de los impuestos a los ricos. Y Elizabeth Warren defendió el mismo argumento en un vídeo en el que dio a entender que la riqueza extrema que «acaparan» Musk y sus homólogos es la causa de todas las dificultades económicas que sufren los americanos de a pie —o, como mínimo, la razón por la que esas dificultades persisten—.
Esta narrativa progresista no es nueva. Lleva mucho tiempo entre nosotros y ya ha sido desmontada y en repetidas ocasiones.
Las llamativas cifras en dólares que se citan como el patrimonio neto de las personas más ricas del mundo, como Elon Musk, no son grandes montones de dinero en efectivo acumulando polvo en cuentas bancarias. Se trata, en su mayor parte, del valor actual de las empresas de las que son propietarios. Ni siquiera es posible gravar o confiscar estos activos sin destruir la mayor parte o la totalidad de su valor inicial.
Personas como Warren y Newsom lo saben. Pero les resulta útil dar a entender que los ricos simplemente están «acaparando» billones de dólares en riqueza. Esto alimenta la impresión de que todos nuestros problemas económicos son, en esencia, problemas de distribución de la riqueza final consumible. Que ya hay comida, vivienda, asistencia sanitaria, coches deportivos, vacaciones de lujo y entradas para las finales de la NBA de sobra para todos.
Sin embargo, todo ello está en manos de un puñado de multimillonarios —y ahora también de un «trillonario»—, que son sencillamente demasiado codiciosos como para desprenderse de un dinero que ni siquiera utilizan y que permitiría que todos los demás tuvieran acceso a todos esos bienes y servicios. Por lo tanto, el gobierno debe intervenir y redistribuir toda esta riqueza de quienes tienen demasiado a quienes tienen muy poco.
El problema de este discurso no es solo que sea flagrantemente erróneo y se base en un profundo malentendido o una tergiversación de cómo funcionan las economías. La cuestión más profunda es que estos argumentos desvían la atención del público del verdadero culpable de nuestros problemas económicos y, por lo tanto, contribuyen a mantener el sistema, claramente amañado, bajo el que nos vemos obligados a vivir.
En el fondo, el problema aquí radica en que se hace hincapié en la distribución momentánea de la riqueza generada anteriormente, en lugar de en el factor más importante y esclarecedor: los medios para adquirir dicha riqueza.
Existe una enorme diferencia entre alguien que se hace rico al descubrir un nuevo uso de los bienes de capital que los consumidores valoran mucho y alguien que se hace rico quitándole dinero a la gente por la fuerza y en contra de su voluntad, o haciendo que otra persona se lo quite en su nombre. El primero contribuye a que la sociedad, en su conjunto, sea más rica. El segundo comete un delito para obtener beneficio personal que empobrece a la sociedad en su conjunto.
Sin embargo, cuando nos centramos exclusivamente en la distribución de la riqueza, no podemos distinguir entre ambas.
Esto resulta útil para la clase política —es decir, los políticos, los burócratas del gobierno, los intelectuales de salón y los ejecutivos empresariales del círculo de poder que se valen del poder percibido del Estado para extraer riqueza de forma coercitiva con el fin de financiar su estilo de vida—. No solo desvía la atención de las diversas formas en que están estafando a la ciudadanía, sino que hace parecer que la única solución para una economía cada vez más deteriorada es que la clase política intervenga aún más. Y eso les facilita aún más estafar al pueblo americano más de lo que lo habían hecho hasta ahora.
Peor aún, a medida que la intervención del Estado se ha convertido en un factor cada vez más importante en la economía, también ha distorsionado el camino hacia la riqueza. A medida que nos adentramos más en el intervencionismo, los nuevos y prometedores emprendedores se ven cada vez más incentivados a abandonar la producción real, generadora de valor, para unirse, en su lugar, a aquellos que utilizan al Estado para expropiar la riqueza del sector productivo, cada vez más reducido.
Por eso los críticos de Musk tienen, en cierta medida, razón. La mayoría de las figuras más ricas de la América moderna (en términos absolutos) han obtenido al menos una parte considerable de su fortuna mediante maniobras políticas, más que a través de una producción que haya beneficiado a los consumidores. Sin duda, deberían ser señalados y condenados públicamente por ello. Pero también debemos comprender que nuestro sistema intervencionista recompensa ese comportamiento. Y el gran aumento de los impuestos y del gasto público que defienden los demócratas del establishment y los progresistas no haría más que fomentarlo aún más.
Claro, es probable que muchos ejecutivos empresariales con conexiones políticas prefieran que no les suban los impuestos otra vez. Pero, en conjunto, la clase política se beneficia enormemente de la obsesión por la desigualdad de ingresos y riqueza. Es lo suficientemente imprecisa como para desviar la atención de las formas concretas en que la economía está amañada a su favor, y prescribe implícitamente políticas que les ayudarían a amañarla aún más. Por eso el ala izquierda del establishment insiste tanto en que no miremos a ningún otro sitio cuando intentamos comprender nuestros problemas económicos.
Ya es hora de que dejemos de caer en la trampa.