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Dickens, el hombre

Muchos consideran a Charles Dickens el inventor de la Navidad moderna. Esto se debe en gran parte a su querida novela corta de 1843, Cuento de Navidad. Dada su asociación con esta festividad, la Navidad es un momento apropiado para reevaluar al hombre. Más que un bondadoso defensor de los oprimidos, Dickens fue un villano monstruoso que enseñó a millones de personas a odiar el capitalismo.

La mitología de Dickens

La hija de Dickens, Katey, advirtió: «Mi padre era un hombre malvado —un hombre muy malvado». Entonces, ¿por qué se le considera un santo? Aunque esto pueda sorprender a los lectores ocasionales, todo estudiante serio sabe que existe una mitología sobre Dickens. Es más, el propio novelista conspiró para crear su mitología. Helena Kelly explica en su libro de 2023 La vida y las mentiras de Charles Dickens:

No es solo que la biografía [de Dickens] no sea la historia completa, sino que fue diseñada para distraer y engañar. Dickens, el mago, y su fiel asistente [John Forster] nos han estado engañando todo este tiempo. Nos han estado alimentando con mentiras, desviando nuestra mirada de lo que querían mantener oculto. (pp. xiv-xv)

El gran escándalo de Charles Dickens es el caso más claro de la mitología. En 1836, Dickens se casó con su esposa, Catherine, y ella le dio diez hijos. En el verano de 1857, a la edad de cuarenta y cinco años, comenzó una aventura con una actriz de dieciocho años llamada Ellen (Nelly) Ternan. Se separó de su esposa en 1858, pero nunca se divorciaron. Su relación secreta con Ternan continuó hasta su muerte en 1870.

Naturalmente, Dickens y su mano derecha, John Forster, ocultaron la aventura en su biografía oficial. Vergonzosamente, los biógrafos posteriores continuaron con el encubrimiento —entre ellos G. K. Chesterton (1906), Edward Wagenknecht (1929) y Una Pope-Hennessy (1945). Con el libro de Claire Tomalin de 1990, The Invisible Woman, (la mujer invisible) ahora es imposible negar la aventura.

Por sí sola, una aventura con una adolescente podría no ser suficiente para desprogramar a los miembros del culto a Dickens. Sin embargo, el episodio muestra dos cosas: 1) Dickens era un manipulador, y 2) existe una industria dickensiana que sigue mintiendo por él. Entonces, ¿qué más tiene que ocultar la industria?

El sexismo de Dickens

La aventura amorosa de Dickens condujo a un descubrimiento aún más inquietante —que era un marido despiadado. En The Mystery of Charles Dickens, A. N. Wilson destaca «su espantosa crueldad hacia una esposa inofensiva que le dio diez hijos» (p. 5) y «No se puede negar que era cruel» (p. 134).

Por ejemplo, sus amigos se negaban a visitar la casa de los Dickens porque él insultaba a su esposa delante de los invitados, los niños y los sirvientes. A finales de 1857, dividió el dormitorio matrimonial en espacios separados y selló la puerta interior para aislarla. Luego, a principios de 1858, intentó convencer a un médico amigo suyo para que la internara en un manicomio.

[Dickens] intentó internar a su esposa en un manicomio cuando su matrimonio se rompió en 1858. Habría sido un destino terrible, un encarcelamiento sin juicio ni culpa, con pocas posibilidades de defender tu caso y sin nadie que te creyera si lo hacías. Ya es bastante terrible en un caso de enfermedad mental genuina, pero es monstruoso si el verdadero motivo era simplemente la conveniencia o la reputación de otra persona. (pp. 239-240)

En este caso inexcusable de violencia doméstica, Dickens intentó privar a su esposa de su libertad mediante la violencia institucional. En lugar de renunciar a su santo, los admiradores de Dickens lo descartan como un misterio:

[Dickens] había intentado persuadir al médico que la atendía para que sancionara una acusación de enfermedad mental, lo que le permitiría internarla en un manicomio. Dickens tenía amigos íntimos en la profesión médica... El misterio era: ¿cómo podía el apóstol de la bondad, el novelista que, más que ningún otro, ensalzaba las virtudes de la caridad, que había declarado la guerra a Scrooge, Bumble y Bounderby, cómo podía él, de entre todas las personas del mundo, ser tan furiosamente cruel, tan vengativo, tan deliberadamente y tan innecesariamente cruel con la mujer que había dado a luz a sus hijos y cuyas faltas, por lo que se sabe, eran tan insignificantes? (p. 104)

Sin embargo, el misterio se resuelve fácilmente: Dickens era sexista. John Stuart Mill se dio cuenta de ello en 1854, cuando leyó Bleak House. Mill se desahogó diciendo: «Esa criatura, Dickens... tiene el vulgar descaro de ridiculizar los derechos de las mujeres». Hoy en día, su sexismo es bien conocido por los lectores informados: «Es habitual observar la visión de Dickens sobre las mujeres como sentimental, sexista, patriarcal y despectiva» (p. 37). El sexismo de Dickens explica cómo podía ser tan cruelmente desagradable con su esposa.

La mayoría de las feministas argumentarían que las mujeres eran un grupo oprimido en la Inglaterra de la década de 1850. Las mujeres carecían de muchos derechos legales: las mujeres casadas no podían poseer propiedades de forma independiente, controlar sus propios ingresos ni reclamar la custodia de sus hijos. Dado que las mujeres representan la mitad de la población, el sexismo de Dickens hace que sea absurdo considerarlo un verdadero defensor de los oprimidos.

El racismo, el imperialismo y la locura genocida de Dickens

Además de su misoginia, la industria de Dickens se esfuerza por ocultar su racismo. Según Peter Ackroyd, «en terminología moderna, Dickens era un ‘racista’ de la peor calaña, un hecho que debería hacer reflexionar a quienes persisten en creer que era necesariamente el epítome de todo lo decente y benevolente». Kelly está de acuerdo: «Dickens era antisemita, un racista que expresaba su creencia en la superioridad innata de los británicos» (p. 257).

La prueba clave del racismo de Dickens proviene de sus publicaciones American Notes (1843) y «The Noble Savage» (1853). Laura Peters explica en Dickens and Race (p. 76):

Entre American Notes y «The Noble Savage», Dickens pasa con fluidez de las poblaciones indígenas a las poblaciones africanas, en su mayoría negras. Dickens considera a ambas como salvajes, indiferenciadas, uniformemente diferentes desde el punto de vista racial; Dickens acoge con satisfacción la desaparición de tal salvajismo para ser sustituido por los valores civilizados de un inglés. [...] La civilización no es un estado al que puedan aspirar las personas de otras razas.

Para decirlo sin rodeos, Dickens era un supremacista blanco. Pero su supremacismo iba más allá del supremacismo blanco. Consideraba que los blancos de Irlanda, Italia y América eran inferiores a los blancos de Inglaterra. Para él, los hombres blancos ingleses eran supremos —los únicos capaces de alcanzar la verdadera civilización. Naturalmente, este supremacismo inglés lo llevó a ser un imperialista británico acérrimo: «La simpatía de Dickens por los pobres oprimidos en su país se invierte en el extranjero, traduciéndose en la aprobación de la dominación imperial» (p. 207).

Sus comentarios más imperdonables se refieren al motín indio de 1857. En pocas palabras, Dickens era un maníaco genocida. Gritaba: «Ojalá fuera comandante en jefe en la India. Lo primero que haría para golpear a esa raza oriental... haría todo lo posible por exterminar a la raza... [La] borraría de la humanidad y la arrasaría de la faz de la Tierra» (p. 799).

Los estudiosos honestos coinciden en que él abogaba por el «genocidio» (págs. 799 y 155, respectivamente). ¿Cómo defienden esto los seguidores de Dickens? Insisten en que su fase genocida fue breve. Por el contrario, Peters destaca que «esta retórica exterminadora continúa a lo largo de la década de 1850 y más allá, volviéndose cada vez más siniestra hasta llegar a la retórica eugenésica mortal de principios de siglo».

Durante su vida, el Imperio Británico gobernó a cientos de millones de personas no blancas. Y, por supuesto, el régimen imperialista británico era opresivo. Dado su racismo, imperialismo y exterminacionismo, la idea de que Dickens fuera un defensor de los oprimidos es ridícula.

Dickens y el capitalismo

Ludwig von Mises fue el principal defensor del capitalismo del siglo XX. Escribió: «Dickens, junto con otros románticos menos dotados como narradores pero que seguían las mismas tendencias, ha enseñado a millones de personas a odiar el liberalismo [clásico] y el capitalismo». ¿Es esta una afirmación injusta de un capitalista sesgado?

Karl Marx era un gran admirador y elogió a Dickens por enseñar a millones a odiar el capitalismo. En 1854, Marx escribió (según se cita en Ackroyd, p. 544) que Dickens había «difundido por el mundo más verdades políticas y sociales que todas las pronunciadas por todos los políticos profesionales, publicistas y moralistas juntos».

El famoso historiador y político liberal inglés Thomas Babington Macaulay fue contemporáneo de Dickens y consideraba Tiempos difíciles como «socialismo hosco». En 1908, Edwin Pugh publicó Charles Dickens: The Apostle of the People, donde se describe a Dickens como un «socialista inconsciente» y «un socialista sin saberlo».

El famoso dramaturgo George Bernard Shaw fue un líder clave del socialismo fabiano. Escribió una brillante introducción a la edición de 1913 de Tiempos difíciles y afirmó: «[Tiempos difíciles] es Karl Marx, Carlyle, Ruskin, Morris, Carpenter, levantándose contra la civilización». Shaw dijo que La pequeña Dorrit lo convirtió en socialista y pensaba que ese libro era «más sedicioso que El capital [de Marx]».

En 1937, Thomas Alfred Jackson escribió que el pensamiento socioeconómico de Dickens «podría haber surgido fácilmente como socialismo o comunismo positivo» (p. 11). Para Jackson, «[Dickens] adopta una postura indistinguible de la adoptada por Marx y Engels» (p. 39). En resumen, tanto sus destacados defensores como sus detractores coinciden en que Dickens fue uno de los críticos del capitalismo más exitosos de la historia.

Conclusión

Al ver Cuento de Navidad, recuerde que Charles Dickens no era un hombre amable y compasivo como Bob Cratchit. Y desde luego no era un buen capitalista como Scrooge. Más bien, Dickens era manipulador, dominante, infiel, abusivo, sexista, racista, imperialista y genocida. Era un ignorante en materia económica que causó un daño incalculable al mundo al engañar a millones de lectores crédulos para que odiaran el capitalismo. Sin duda, su hija Katey tenía razón: Dickens era un hombre malvado —un hombre muy malvado.

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