La traición de la derecha estadounidense

Prólogo

La traición de la derecha estadounidensePrólogo

Hay una costumbre en la publicación de señalar, cuando un libro aparece ante el público después de años de haber sido escrito, que ahora es más relevante que nunca. Pero es difícil pensar cómo podría describirse de otra manera La traición de la derecha estadounidense. Murray N. Rothbard hace una crónica de la aparición de una derecha estadounidense que presuntamente defiende los principios del mercado libre y el «gobierno limitado», pero cuya prioridad principal, por la cual estaba dispuesta a sacrificar todo lo demás, era el intervencionismo militar en todo el mundo. Es verdad que esto suena familiar, pero, como demuestra Rothbard, no es algo reciente ni anómalo. Se remonta a los mismos principios del movimiento conservador organizado en los años 50.

Como es probable que este libro llegue más allá de la audiencia tradicional de Rothbard, resulta apropiado incluir algunas palabras sobre su autor. Murray N. Rothbard fue un investigador y erudito de una productividad tan extraordinaria que casi resulta increíble. Su El hombre, la economía y el estado, un tratado de principios económicos de más de mil páginas, fue una de las grandes contribuciones a la llamada Escuela Austriaca de economía. Hacia una nueva libertad se convirtió en el manifiesto libertario por excelencia. En La ética de la libertad Rothbard desarrollaba las implicaciones filosóficas de la idea de autopropiedad. Contó la historia de la América colonial en los cuatro tomos de su Conceived in Liberty. Su La gran depresión, ahora en su quinta edición, empleaba el poder explicativo de la teoría austriaca del ciclo económico para demostrar que había que culpar al intervencionismo monetario y no al «capitalismo» por esa catástrofe. También escribió muchísimos artículos innovadores. Por nombrar solo dos: «Hacia una reconstrucción de la economía de la utilidad y del bienestar» ofrecía una aproximación característicamente austriaca a la polémica área de la economía del bienestar y «Ley, derechos de propiedad y contaminación del aire» puede ser la mejor contribución austriaca breve al estudio del derecho y la economía. Además de sus 25 libros y tres mil artículos, que abarcan varias disciplinas, Rothbard también enseñó economía, editó dos revistas académicas y varias publicaciones periódicas populares, escribió críticas de cine y mantuvo una enorme correspondencia con multitud de intelectuales estadounidenses.

Este resumen de la obra de Rothbard no puede hacer justicia a su legendaria productividad. Pero aprendemos mucho acerca de Murray N. Rothbard de un hecho sencillo: han aparecido más libros de Rothbard desde su muerte que los que la mayoría de los profesores universitarios publican en vida. Los dos tomos de Historia del pensamiento económico, en los que estaba trabajando Rothbard cuando murió, se publicaron en 1995. The Logic of Action (1997), constaba de mil páginas de artículos académicos de Rothbard, ahora fácilmente accesibles al público general. A History of Money and Banking in the United States (2002) reunía buena parte de la obra más importante de Rothbard sobre historia monetaria, mucha de la cual solo había estado antes disponible en revistas académicas o como capítulos de libros descatalogados hacía tiempo. También podría haber sido un libro completamente nuevo de Rothbard.

No fue solo la obra académica de Rothbard la que se reunió en buenos libros y se puso a disposición del consumidor en general: sus escritos populares empezaron a aparecer también en nuevas recopilaciones. Making Economic Sense (1995) recogía cien artículos más cortos de Rothbard en un libro que puede instruir y entretener por igual al que empieza y al experto. Un artículo de 20.000 palabras que Rothbard había escrito para un boletín de inversión de pequeña circulación se convirtió en la monografía de 1995 del Center for Libertarian Studies, Wall Street, Banks, and American Foreign Policy. The Irrepressible Rothbard (2000) reunía algunas de las contribuciones de Rothbard al Rothbard-Rockwell Report de la década de 1990, donde encontramos al maestro más divertido y, a veces, más mordaz.

Sin embargo, este libro consta de material que se hace público por primera vez. El manuscrito se escribió en la década de 1970, como señala Rothbard en su prólogo y sufrió ediciones y añadidos periódicos a lo largo de los años al ir apareciendo oportunidades de publicación. Sin embargo, en cada caso circunstancias imprevistas interfirieron en la publicación del libro, así que finalmente solo ha podido publicarse ahora, imprimido por el Instituto Mises.

Es verdad que Rothbard publicó artículos sobre la Vieja Derecha: en Journal of Libertarian Studies, Continuum y el Rothbard-Rockwell Report, entre otros medios. Pero aquí cuenta la historia completa, desde el punto de vista de alguien que no solo fue testigo de los acontecimientos, sino también un partícipe importante.

De todos modos, ¿qué era esa Vieja Derecha? Rothbard la describe como una banda diversa de opositores al New Deal en el interior y al intervencionismo en el exterior. Más una vaga coalición que un «movimiento» consciente, la Vieja Derecha se inspiraba en gente como H. L. Mencken y Albert Jay Nock e incluía a escritores, pensadores y periodistas como Isabel Paterson, Rose Wilder Lane, John T. Flynn, Garet Garrett, Felix Morley y el coronel Robert McCormick, del Chicago Tribune. No se describían ni se consideraban como conservadores: querían derogar y abolir, no conservar.

Una visión retrospectiva de Rothbard de 1992 sobre la Vieja Derecha describía sus principios:

Si sabemos en contra de qué estaba la Vieja Derecha, ¿a favor de qué estaba? En términos generales, estaba a favor de restaurar la libertad de la Vieja República, de un gobierno limitado estrictamente a la defensa de los derechos de propiedad privada. En concreto, como en el caso de cualquier coalición amplia, había diferencias de opinión dentro de este marco general. Pero podemos reducir estas diferencias a esta pregunta: ¿en qué medida debemos abolir el gobierno actual? ¿Hasta dónde habría que hacer retroceder al gobierno?

La reclamación mínima en la que casi todos en la Vieja Derecha estaban de acuerdo y que prácticamente define el movimiento, era la abolición total del New Deal, todo lo que compone el estado del bienestar, la Ley Wagner, la Ley de Seguridad Social, el abandono del oro en 1933 y todo los demás. Más allá de esto, había amigables desacuerdos. Algunos se conformaban con la abolición del New Deal. Otros presionarían más hasta abolir la Nueva Libertad de Woodrow Wilson, incluyendo el Sistema de la Reserva Federal y especialmente esos poderosos instrumentos de tiranía que son el impuesto sobre la renta y Hacienda. Otros más extremistas, como yo mismo, no nos detendríamos hasta revocar la Ley Judicial Federal de 1789 e incluso pensaríamos en lo impensable y restauraríamos los estupendos antiguos Artículos de la Confederación.1

Además de ser una historia de la Vieja Derecha, este libro es lo más cercano a una autobiografía de este hombre extraordinario que puedan esperar los lectores. No es solo una historia de la Vieja Derecha, ni de la tradición antiintervencionista en Estados Unidos. Es la historia (al menos en parte) de la evolución política e intelectual del propio Rothbard: los libros que leyó, la gente que conoció, los amigos que hizo, las organizaciones a las que se unió y mucho más.

La explicación de Rothbard de su evolución intelectual empieza cuando era joven y se desarrolla con su paso por el seminario de Ludwig von Mises en Nueva York (del que surgirían tantos libertarios importantes), sus primeros pasos como escritor y su activismo libertario, hasta llegar a su interacción con la Nueva Izquierda en la década de 1960. Acompañamos a Rothbard en el momento en que descubre que ya no puede ser un libertario de estado mínimo, o minarquista, y conocemos qué es exactamente lo que le llevó al anarquismo, explica su deducción (sobre la base del principio de no agresión) de que la paz y el no intervencionismo son los principios libertarios, la evolución de sus lealtades políticas en la década de 1950 a la vista de su decidido antiintervencionismo y su atracción por el tema prohibido del revisionismo de la Guerra Fría.

Aun así, no podemos olvidar ni infravalorar la importancia de este libro como trabajo de historia. Rothbard cubre un hueco importante en la historia de la política exterior estadounidense, así como en las historias del conservadurismo y libertarismo estadounidenses. De hecho, incluso podemos ir más allá: La traición de la derecha estadounidense es un importante capítulo olvidado en la historia común de Estados Unidos. Es importante porque devuelve a la vida en estas páginas a pensadores, escritores y activistas olvidados hace tiempo. Pueden recuperarse diversos temas para trabajos de investigación e incluso libros completos a partir de los temas que plantea aquí Rothbard.

Podemos decir con seguridad que pocos estadounidenses, conservadores incluidos (de hecho, especialmente los conservadores), saben que algunos de los opositores más constantes y declarados de las primeras medidas de la Guerra Fría de Harry Truman fueron republicanos preocupados por el presupuesto e ideológicamente opuestos a las campañas internacionales. Por ejemplo, el senador Robert A. Taft fue el más ilustre, aunque tal vez el menos coherente de los antiintervencionistas republicanos que acogieron las primeras políticas de la Guerra Fría de Truman con escepticismo. Taft criticó la Doctrina Truman, el Plan Marshall y la OTAN, viendo cada una de estas medidas como innecesariamente provocativa o ruinosamente cara. Taft, junto con personajes menos conocidos de la Cámara y el Senado, como George Bender, Howard Buffett y Kenneth Wherry, fueron el brazo político de la Vieja Derecha.

Contrariamente a la impresión errónea del liberalismo de izquierdas como antibelicista y amante de la paz, las voces del liberalismo ortodoxo adoptaron la línea intervencionista común en contra de la herejía «aislacionista»: Taft, escribía el ilustre columnista liberal Richard Rovere, era un candidato presidencial inapropiado en 1948, ya que el próximo presidente «debería ser un administrador de la raza humana (…) que defienda con valentía la libertad ante el mundo y para el mundo (…) [algo que] Taft sencillamente no podría hacer». Igualmente, The Nation calificaba a Taft y sus aliados en el Congreso como «superapaciguadores», cuyas políticas «deberían hacer sonar las campanas de alegría en el Kremlin».2

Naturalmente, por sus actividades, el propio Rothbard fue acusado de rojo de vez en cuando por gente de la derecha. El que sus credenciales anticomunistas fueran tan a prueba de balas como cualquiera pudiera reclamar no parecía importar: se oponía a la campaña anticomunista global y eso era lo que importaba. Paradójicamente, fue precisamente el desprecio de Rothbard por el comunismo lo que le convenció de que una campaña militar continua contra este, que tendría sin duda terribles consecuencias a corto y largo plazo para la sociedad y el gobierno estadounidenses (por no mencionar el daño que podía causar en el exterior) era en realidad innecesaria: Ludwig von Mises ya había demostrado los obstáculos insuperables a los que se enfrentaban las economías verdaderamente socialistas y la adquisición de la Unión Soviética de una serie de satélites, cada uno de los cuales era un caso económico perdido necesitado de subvenciones, no parecía una estrategia imperial especialmente amenazadora.

Miembros de la Vieja Derecha en el Congreso como Howard Buffett argumentaban, entre las alabanzas de Rothbard, que la causa de la libertad en el mundo tenía que promoverse por la fuerza del ejemplo estadounidense y no por la fuerza de las armas y que el intervencionismo estadounidense permitiría a la propaganda soviética mostrar a EEUU como un imperialista egoísta en lugar de un defensor desinteresado de la humanidad. Esta era la postura libertaria tradicional, tomada de los grandes estadistas del siglo XIX, la época del liberalismo clásico. Así, Richard Cobden, el gran liberal clásico británico, dijo una vez:

Inglaterra, dirigiendo tranquilamente sus energías no divididas hacia la purificación de sus propias instituciones internas, hacia la emancipación de su comercio, (…) sirviendo, por decirlo así, como faro de otras naciones ayudaría más eficazmente a la causa del progreso político en todo el continente de lo que podría hacerlo inmiscuyéndose en las luchas europeas.3

Igualmente, Henry Clay, que no era un liberal clásico, resumía sin embargo la opinión prácticamente unánime de Estados Unidos a mediados del siglo XIX:

Con la política que hemos seguido desde los tiempos de Washington (…) hemos hecho más por la cusa de la libertad de lo que hayan podido conseguir las armas: hemos demostrado a otras naciones la vía a la grandeza y la felicidad. (…) Mucho mejor para nosotros, para Hungría y para la causa de la libertad es que, siguiendo con nuestro sistema pacífico y evitando las guerras distantes de Europa, mantuviéramos brillando nuestras lámparas en esta orilla occidental, como una luz para todas las naciones, en lugar de arriesgar su completa extinción entre las ruinas de las repúblicas decaídas y decadentes en Europa.4

Este era el principio en el que Rothbard continuaba creyendo.

Lo que hoy llamamos risiblemente el «movimiento conservador» tiene pocos incentivos para recordar a la gente lo escépticos ante el intervencionismo que se mostraban los republicanos conservadores en los años de Truman. En estas páginas, Rothbard da una explicación convincente de que la adopción del intervencionismo global por la derecha no era inevitable, sino que fue por el contrario el resultado de factores contingentes: las muertes de representantes clave de la Vieja Derecha en momentos particularmente adversos, la habilidad organizativa de la oposición y las dificultades internas dentro de las instituciones de la Vieja Derecha.

Pero el conservadurismo moderno no es el único culpable de la desaparición de la Vieja Derecha en el agujero orwelliano de la memoria. También los libertarios deben compartir la culpa en algunos casos. A finales de la década de 1970, Rothbard era personalmente responsable de incluir la postura no intervencionista en el programa del Partido Libertario, en un momento en el que, para su asombro, la política exterior parecía generar relativamente poco interés entre los libertarios. La Guerra de Irak de 2003 se justificó con una propaganda digna del antiguo Pravda. El que personas que se calificaban a sí mismas como libertarias (quienes, al fin y al cabo, se supone que están prevenidos ante la propaganda del gobierno) se tragaran todo el alegato del gobierno sugiere que el problema no ha desaparecido del todo. (No podemos sino imaginar lo que Mencken, uno de los héroes de Rothbard, habría dicho acerca de esta guerra, sus promotores y un pueblo estadounidense que continúa creyendo las afirmaciones desacreditadas sobre armas de destrucción masiva mucho después de que todos, en todos los bandos, estuvieran de acuerdo en que eran falsas).

La cooperación de Rothbard con la Nueva Izquierda en la década de 1960 ha generado mucho interés y algunas críticas. Con la derecha no intervencionista esencialmente derrotada y sin ninguna rama institucional o editora interesada en el no intervencionismo y el laissez-faire, Rothbard empezó a buscar aliados en otras partes en la lucha contra la guerra, que iba a considerar el problema más importante de todos. («Cada vez estoy más convencido de que la cuestión de la guerra y la paz es la clave de todos los asuntos libertarios», había señalado en privado Rothbard en 1956).5 El liberalismo dominante estaba naturalmente descartado, ya que desde hacía mucho tiempo había adoptado los contornos principales del intervencionismo de la Guerra Fría. Fueron los liberales, como hemos visto, los que condenaron al conservador Taft por su escepticismo frente a la intervención exterior. En este momento de aislamiento intelectual, Rothbard contemplaba con interés y simpatía la aparición de la Nueva Izquierda y los instintos libertarios que encontraba allí (particularmente en su interés por la descentralización y la libertad de expresión) que esperaba que florecieran.

Rothbard llegó a apreciar la obra del historiador de la Nueva Izquierda, William Appleman Williams, y se hizo amigo de sus alumnos (incluyendo a Ronald Radosh, con quien Rothbard editó posteriormente A New History of Leviathan, una importante recopilación de ensayos sobre el estado corporativo). En el propio Williams, Rothbard encontró, no solo un análisis amigable en política exterior, sino también pistas importantes de oposición al estado centralizado en asuntos internos. «Las ideas y valores radicales nucleares de comunidad, igualdad, democracia y humanidad», citaba Rothbard de Williams, «sencillamente no puede llevarse a cabo ni sostenerse (ni buscarse) mediante más centralización y consolidación. Estos valores radicales pueden casi en su mayoría llevarse a cabo mediante descentralización y mediante la creación de muchas comunidades verdaderamente humanas. Si se siente la necesidad de escarbar en el pasado estadounidense y encontrar lo que es relevante para nuestros problemas contemporáneos, lo que hay que buscar son los Artículos de la Confederación».6

Aunque aisladas y tal vez desanimadas, sigue habiendo algunas voces hoy en la izquierda que recuerdan lo que trataba de promover Rothbard en la Nueva Izquierda. Las palabras de 2006 de Kirkpatrick Sale bien podrían ser una posdata a las de William Appleman Williams sobre los Artículos de la Confederación:

Estoy convencido, aunque no os lo creáis, que la secesión, por estados cuando están cohesionados (el modelo es Vermont, donde el movimiento secesionista es la Segunda República de Vermont) o por regiones, donde tiene más sentido (California del Sur o Cascadia son aquí el modelo), es el objetivo más fructífero para nuestro futuro político. Una secesión pacífica, ordenada, popular, democrática y legal habilitaría una amplia variedad de gobiernos, abierta a toda la gama antiautoritaria, establecida dentro de un contexto político moderno. Una variedad tan amplia, tal y como yo lo veo, que si no te gusta el lugar en el que vives, siempre puedes encontrar un lugar que te guste.7

Durante un tiempo, el optimismo de Rothbard acerca de la alianza fue recíproco. «En muchos sentidos, la Vieja Derecha y la Nueva Izquierda están coordinadas moral y políticamente», escribía Carl Oglesby, de Estudiantes por una Sociedad Democrática (SDS, por sus siglas en inglés) en 1967.8 Lo que fue mal (el colapso de SDS y la ruptura de Rothbard con todo el movimiento) es el tema del capítulo final de este libro.

Aquí encontramos otro aspecto entrañable de La traición de la derecha estadounidense: la voluntad de Rothbard de reconocer errores o casos en los que las cosas siguieron un curso desafortunado que no previó (rarezas en el género de las memorias). «Mirando atrás al experimento de alianza con la Nueva Izquierda», recordaba Rothbard, «queda también claro que el resultado en muchos casos había sido desastroso para los libertarios, pues, aislados y dispersos como estaban estos jóvenes libertarios, los Clark y los Milchman y algunos del grupo Glaser-Kansas prontamente se convirtieron en izquierdistas y especialmente abandonaron la misma devoción por el individualismo, los derechos de propiedad y la economía de libre mercado que les había llevado en primer lugar al libertarismo y después a la alianza de la Nueva Izquierda».9

Concluía que:

un grupo sin organización y sin un programa continuo de «formación interna» y reforzamiento, está condenado a las deserciones y a desaparecer cuando trabaja con aliados más fuertes.10

Por supuesto, ese grupo hace tiempo que se creó, gracias en buena medida al trabajo del propio Rothbard.

En su prólogo, Rothbard habla de un capítulo final del texto original que prolongaba el relato hasta el final de la Guerra Fría y las realineaciones intelectuales y estratégicas que hizo posible esa feliz ocasión. Por desgracia, no se ha encontrado ese capítulo y por tanto la historia que nos cuenta debe permanecer en cierto modo incompleta. Con la reaparición de una derecha no intervencionista tras el fin de la Guerra Fría, la retórica de Rothbard en ese momento reflejaba una inconfundible sensación de vuelta a casa. Al ir desapareciendo los frentes de batalla, empezaban a abrirse más oportunidades que nunca para una cooperación transideológica entre los opositores a la guerra. Se volvían a escuchar preguntas que no se habían planteado en algunos grupos intelectuales durante décadas (acerca del papel apropiado de EEUU en el mundo y de los peligros morales y materiales de las intervenciones exteriores) y algunos de los ataques más devastadores contra la política exterior de EEUU provenían de conservadores de la vieja escuela. «¡De repente ha vuelto la Vieja Derecha!», declaraba encantado Rothbard en 1992.

Los frutos de esta colaboración acabaron siendo desalentadores, aunque Rothbard forjó algunas amistades valiosas y preciosas con muchas personas que continúan admirándole. Hoy las alianzas formales de este tipo, aunque sigan siendo útiles estratégicamente, parecen mucho menos importantes de lo que eran incluso hace 15 años. Cuando solo hay un puñado de publicaciones y programas simpatizantes con las ideas libertarias, hay un deseo natural de querer forjar alianzas entre los libertarios y esos canales. Pero en la época de Internet, cuando el número de canales en los que se puede publicar (y llegar a mucha más gente) es tan grande y cuando cada persona puede tener su propio sitio web y blog, los libertarios pueden levantar mucho la voz sin forjar ninguna alianza formal con algún otro grupo.

En cierto sentido, puede ser una suerte que La traición de la derecha estadounidense se publique ahora y no hace veinte años. La locura de la Guerra de Irak y la compaña de propaganda que la inició están haciendo que gente que hasta ahora tenía sus ideas asentadas se pare a pensar. Escuchando la propaganda de Bush no pueden sino preguntarse si es así como sonaban ellos mismos durante la Guerra Fría. E incluso si no comparten el análisis de Rothbard de la Guerra Fría, al prever con temor las interminables guerras de EEUU que parece presagiar el futuro, muchas personas hoy pueden estar dispuestas a considerar al menos un argumento importante en contra del intervencionismo de la Guerra Fría: esta alimentó un complejo militar-industrial, nacido en la Segunda Guerra Mundial, que es evidentemente imposible que se desmantele nunca. La frase de Milton Friedman de que no hay nada tan permanente como un programa público «temporal» no ha encontrado una expresión más evidente que en el sector estadounidense de la «defensa», que siempre parece encontrar una justificación para más gasto y más intervención.

En resumen, más personas que nunca se muestran escépticas ante la versión del gobierno sobre prácticamente todo y están abiertas a revisar antiguas preguntas. Como es habitual, Rothbard está listo para plantear esas preguntas y seguir las respuestas a dondequiera que le lleven.

Thomas E. Woods, Jr.

Auburn, Alabama

Mayo de 2007