La traición de la derecha estadounidense

9.      El renacimiento de la posguerra III: Libertarios y política exterior

New Republic se mostraba particularmente preocupada por el hecho de que los aislacionistas

condenaron la participación de EEUU en Corea como inconstitucional y dijeron que los únicos fondos disponibles para tropas en el extranjero deberían ser los fondos necesarios para facilitar la evacuación de las fuerzas de EEUU ahora en Corea.113

Una de las personas a las que se refería indudablemente New Republic como parte del «grupo estalinista» en el valientemente aislacionista Chicago Tribune de McCormick era George Morgenstern, articulista del Tribune y autor de la primera obra revisionista importante, y todavía básica sobre Pearl Harbor, Pearl Harbor: Story of a Secret War.114 Durante la Guerra de Corea, Morgenstern publicó un brillante artículo que resumía el siglo de imperialismo estadounidense en el semanario derechista de Washington Human Events, que entonces aceptaba material aislacionista, pero que se convertiría, tras la renuncia de Felix Morley, en un tabloide sensacionalista favorable a la belicista Nueva Derecha. Morgenstern escribía:

Al final del siglo XIX, Estados Unidos empezó a especular con aquellas instigaciones del imperialismo y el altruismo que han generado jugarretas en tanto estados pujantes. El siniestro español ofrecía un saco de boxeo apropiado. Dos días antes de que McKinley fuera al Congreso con un discurso altamente equívoco que era una invitación abierta a la guerra, el gobierno español había aceptado las demandas de armisticio en Cuba y la mediación estadounidense. No hubo ninguna buena razón, pero hubo guerra de todos modos. Terminamos la guerra con un par de costosos protectorados, pero fue bastante como para embriagar a quienes ahora se extasían ante la visión de la expresión «liderazgo mundial».

McKinley testificaría que, rezando de rodillas en solitario por la noche, había sido guiado a la comprensión de que debíamos «alentar y civilizar» a los filipinos. Afirmaba que la guerra había traído nuevos deberes y responsabilidades «que debemos atender y cumplir al convertirnos en una gran nación sobre cuyo crecimiento y desarrollo desde su inicio el Gobernante de las Naciones ha hecho recaer el alto mando y la obligación de civilización». Este tipo de tonterías exaltadas resulta familiar para cualquiera que conociera posteriormente los razonamientos evangélicos de Wilson para intervenir en la guerra europea, de Roosevelt prometiendo el milenio (…) de Eisenhower valorando la «cruzada en Europa» que por alguna razón se volvió amarga o nuestros Truman, Stevenson, Paul Douglas o el New York Times predicando la guerra santa en Corea. (…)

Una propaganda omnipresente ha creado un mito de inevitabilidad en la acción estadounidense: todas las guerras fueron necesarias, todas las guerras fueron buenas. La carga de la prueba corresponde a quienes sostienen que Estados Unidos está mejor, que la seguridad estadounidense ha mejorado y que las perspectivas de paz mundial han aumentado por la intervención estadounidense en cuatro guerras en medio siglo. La intervención empezó con un engaño de McKinley y acaba con engaños de Roosevelt y Truman.

Tal vez tendríamos una política exterior racional (…) si los estadounidenses pudieran darse cuenta de que la primera necesidad es la renuncia a la mentira como instrumento de política exterior.115

  1. El renacimiento de la posguerra III: Libertarios y política exterior

Uno de los más brillantes y contundentes ataques contra la política exterior de la Guerra Fria en esta época provino de la pluma del veterano conservador y publicista de libre mercado Garet Garrett. En su panfleto «The Rise of Empire», publicado en 1952, Garrett empezaba declarando: «Hemos cruzado la frontera que separa la Republica y el Imperio». Uniendo su tesis con su panfleto de la década de 1930, «The Revolution Was», que denunciaba el advenimiento del despotismo estatista y ejecutivo nacional dentro de la forma republicana bajo el New Deal, Garrett veía de nuevo una «revolución dentro de las formas» de la vieja republica constitucional:

Después de que el presidente Truman, solo y sin consentimiento ni conocimiento del Congreso, declarara la guerra al agresor coreano, a 7.000 millas de distancia, el Congreso convalidó su usurpación de su poder constitucional exclusivo para declarar la guerra. Más aún: sus partidarios políticos en el Congreso argüían que en el caso moderno esa frase en la Constitución que confería al Congreso el poder único para declarar la guerra estaba obsoleta. (…)

Los partidarios de Mr. Truman alegaban que en el caso de Corea su actuación era defensiva y por consiguiente formaba parte de su poder como Comandante en Jefe. En ese caso, para hacerlo constitucional, estaba legalmente obligado a pedirle posteriormente al Congreso una declaración de guerra. Nunca lo hizo. Durante una semana el Congreso solo supo por los periódicos la noticia de la entrada del país en una guerra; entonces el presidente llamó a algunos de sus líderes a la Casa Blanca y les dijo lo que había hecho. (…)

Unos meses después, Mr. Truman envió tropas estadounidenses a Europa para que se unieran a un ejército internacional, y lo hizo no solo sin una ley, sino sin siquiera consultar al Congreso, desafiando al poder del Congreso para que lo impidiera.116

Garrett observaba que el Comité de Relaciones Exteriores del Senado pidió entonces al Departamento de Estado que expusiera la postura del poder ejecutivo con respecto al poder del presidente de enviar tropas al extranjero. El Departamento de Estado declaró que «la doctrina constitucional se ha ajustado en buena parte a las necesidades prácticas. El uso del poder constitucional para declarar la guerra, por ejemplo, ha caído en suspensión debido a que las guerras ya no se declaran con anticipación». Garrett agregaba que «César podría haberlo dicho en el Senado Romano» y que esta declaración «es como una previsión de intenciones ejecutivas, una manifestación de la mentalidad del ejecutivo, un desafío mortal al principio parlamentario».

¿Cuáles eran, entonces, las características de un imperio? El primer requisito, declaraba Garrett, era que «el poder ejecutivo del gobierno será el dominante». Pues

lo que el Imperio necesita por encima de todo es un poder ejecutivo que pueda tomar decisiones inmediatas, como la decisión tomada en medio de la noche por el presidente de declarar la guerra al agresor en Corea.117

En años anteriores, agregaba, se suponía que la función del Congreso era hablar en nombre del pueblo estadounidense. Pero ahora

es el presidente poniéndose al frente del Gobierno Ejecutivo, quien dice «Hablo en nombre del pueblo» o «Tengo un mandato del pueblo». (…) Ahora, mucho más que el Congreso, el presidente actúa directamente sobre las emociones y pasiones de las personas para influir en su forma de pensar. Al controlar el Ejecutivo, controla la mayor maquinaria de propaganda del mundo. El Congreso no tiene un aparato de propaganda en absoluto y continuamente se encuentra bajo la presión de las personas que se han visto manipuladas a favor o en contra de algo por las ideas y pensamientos por el material difundido por las oficinas administrativas en Washington.

Los poderes del ejecutivo son engrandecidos por delegación del Congreso, por una reinterpretación continua del texto de la Constitución, por la aparición de un gran número de oficinas administrativas dentro del ejecutivo, por usurpación y como corolario natural de la intervención cada vez mayor del país en asuntos exteriores.

Una segunda característica de la existencia de un imperio, continúa Garrett, es que «la política interior se subordina a la política exterior». Esto es lo que ocurrió en Roma y en el Imperio Británico. También nos está pasando a nosotros, pues

al convertir la nación en un estado guarnición para construir la maquinaria de guerra más terrible que jamás haya sido imaginada en la tierra, toda la política interior está condenada a estar condicionada por nuestra política exterior. La voz del gobierno está diciendo que si nuestra política exterior fracasa estaremos arruinados. Es un todo o nada. Nuestra supervivencia como nación libre está en peligro. Eso simplifica las cosas, pues en ese caso no hay política interior que no pueda tener que sacrificarse ante las necesidades de una política exterior: incluso la libertad. (…) Si el costo de defendernos, no solamente nosotros mismos, sino todo el mundo no-ruso nos amenazara con destruir nuestra solvencia, aun así, deberíamos seguir adelante.118

Garrett concluía:

Ya no podemos escoger entre la paz y la guerra. Hemos adoptado una guerra perpetua. (…) Donde sea y donde quiera que nos ataque el agresor ruso, en Europa, Asia, o África, allí nos hemos de enfrentar a él. Estamos así comprometidos por la Doctrina Truman, por la exposición de nuestras intenciones, por ubicar globalmente nuestras fuerzas armadas y por compromisos formales tales como el Tratado del Atlántico Norte y el Pacto el Pacifico.

Y además:

Será una cuestión de supervivencia y de lo relativamente importantes que sean las políticas internas mencionar, por ejemplo, los derechos de propiedad privada, cuando, si es necesario, puede confiscarse toda propiedad privada, o tocando la libertad individual, cuando, si necesario, todo el trabajo puede ser reclutado. (…) La mentalidad estadounidense ya está condicionada.

Luego Garrett (él mismo, proféticamente) señalaba la visión profética y perspicaz del editorial del New York Times del 31 de octubre de 1951, detallando los cambios permanentes en la vida estadounidense debidos a la Guerra de Corea. El Times escribía:

Nos estamos embarcando en una movilización parcial para la que se han asignado ya unos cien mil millones de dólares que ya están disponibles. Nos han obligado a activar y expandir nuestras alianzas hasta un costo total de unos veinticinco mil millones de dólares, para presionar al rearme a enemigos anteriores y para dispersar nuestras propias fuerzas armadas por bases militares en todo el mundo. Finalmente nos hemos visto obligados no solo a mantener sino a expandir el reclutamiento y a presionar para un sistema de formación militar universal que afectará a la vida de toda una generación. El esfuerzo productivo y la carga impositiva que son el resultado de estas medidas, están cambiando el patrón económico del territorio.

Lo que no se comprende tan claramente, aquí ni en el extranjero, es que estas no son medidas temporales para una emergencia temporal, sino más bien el inicio de todo un nuevo estatus militar para Estados Unidos, que ciertamente parecer que permanecerá entre nosotros durante mucho tiempo.

Garrett, avalando esta percepción, agregaba sardónicamente que «probablemente nunca antes, en ninguna época histórica, podría haberse hecho un pronóstico tan terrible con este tono», un tono posible por el mito de que este nuevo estado de cosas era «no la cosecha de nuestra política exterior, sino Jehová actuando por medio de los rusos para hacernos daño, sin más responsables».119

Una tercera característica del imperio, continuaba Garrett, es la «ascendencia del pensamiento militar». Garrett se daba cuenta que el gran símbolo de la mentalidad militar americana era el edificio del Pentágono en Washington, construido durante la Segunda Guerra Mundial con una «previsión de una guerra perpetua». Allí, en el Pentágono, «se concibe la estrategia global; allí, no se sabe cómo, se llega a su costo estimado; y la rodea nuestro telón de acero». El Pentágono le permite al público conocer solo la información que desea que se sepa:

El resto está marcado como «clasificado» o «restringido», en nombre de la seguridad nacional y ni el mismo Congreso lo puede conseguir. Por supuesto, es así como debe de ser: los secretos más importantes del Imperio son secretos militares.

Garrett continuaba citando la devastadora critica de nuestro estado guarnición por parte del general Douglass MacArthur:

Hablar de una amenaza inminente a nuestra seguridad nacional a través de fuerza externa es una tontería. (…) Ciertamente, es una parte de los patrones generales de una política equivocada el que nuestro país esté ahora dirigido hacia una economía armamentística que fue concebida por una psicosis artificial inducida por la histeria belicista y alimentada por una propaganda incesante de miedo. Aunque esa economía puede producir una sensación de aparente prosperidad, descansa sobre una base ilusoria de completa falta de fiabilidad y lleva a nuestros líderes políticos a tener así más miedo a la paz que a la guerra.

Garrett interpreta luego esta cita como sigue:

La guerra se vuelve un instrumento de política interna. (…) [El gobierno puede] aumentar o disminuir el ritmo del gasto militar, según decidan los planificadores que lo que la economía necesita es un poco más de inflación o un poco menos. (…) Y, como estaba previsto, cuando el Gobierno Ejecutivo decidió controlar la economía tenía un interés propio en el poder de inflación, así que ahora podemos percibir que también tendrá una especie de interés propietario en la institución de la guerra perpetua.120

Una cuarta característica del imperio, continuaba Garrett, es que es «un sistema de naciones satélites». Hablamos solamente de «satélites» rusos, y con desprecio, pero «hablamos de nuestros grandes satélites o aliados y amigos como naciones amantes de libertad». El significado de satélite es un «seguro de vida». Como señala Garrett:

Cuando la gente dice que hemos perdido China o que si perdemos Europa será un desastre, ¿qué quiere decir? ¿Cómo podemos perder China o Europa, si nunca nos han pertenecido? Lo que quieren decir es que hemos perdido o podemos perder el seguimiento de pueblos dependientes que actúan como una guardia exterior.

Armados con una amplia gama de satélites, encontramos entonces que «para que uno solo de ellos nos involucre en una guerra basta con que el Poder Ejecutivo en Washington decía que su defensa es esencial para la seguridad de Estados Unidos». El sistema tuvo su origen en la Ley de Préstamo y Arriendo de 1941. Garrett concluía que el Centro Imperial está impregnado por el miedo a estar solos en el mundo, sin satélites.

El miedo finalmente asume la fase de obsesión patriótica. Es más fuerte que cualquier partido político. (…) La convicción básica es sencilla. No podemos estar solos. Una economía capitalista, aun cuando posea la mitad del poder industrial del mundo, no puede defender su propio hemisferio. Podría ser capaz de salvar el mundo, pero sola no puede salvarse a sí misma. Debe tener aliados. Afortunadamente, está capacitada para comprarlos, sobornarlos, armarlos, alimentarlos y vestirlos: puede costarnos más de lo que podemos permitirnos, pero aun así tenemos que tenerlos o pereceremos.121

La última característica del Imperio es «un complejo de jactancia y miedo». Aquí Garrett llega al núcleo de la psicología imperial. Por un lado, jactancia:

Las gentes del Imperio (…) son poderosas. Han realizado obras prodigiosas. (…) Así es como deben haberse sentido los que vivieron la grandeza que fue Roma. Así se sintieron los británicos mientras gobernaban el mundo. Así es como se siente los estadounidenses ahora. Mientras asumimos responsabilidades ilimitadas en todo el mundo, mientras se votan decenas de miles de millones de dólares con la intención de una expansión global eterna, solamente hay desdén para aquel que dice: «No somos infinitos». La respuesta es: «Podemos hacer lo que queramos hacer».122

Pero además de la jactancia está el miedo.

Miedo al bárbaro. Miedo a estar solos. (…) Llega un momento en que la guardia, es decir, tu sistema de satélites es una fuente de miedo. Los satélites son muchas veces voluntariosos y, cuanto más confías en ellos, más voluntariosos y demandantes se vuelven. Por tanto, hay miedo a ofenderlos. (…) ¿Cómo se comportarán cuando haya que ponerlos a prueba?: ¿cuando se enfrenten (…) a la terrible realidad de convertirse en el campo de batalla europeo en donde se defenderá la seguridad de Estados Unidos? Si titubean o fallan, ¿en qué se convertirá el armamento que les hemos proporcionado?

Tras concluir que ya tenemos todas las características del Imperio, Garrett señala que Estados Unidos, como los imperios anteriores, se siente «prisionero de la historia». Los estadounidenses se sienten de alguna manera obligados a interpretar su supuesto papel en el escenario mundial. Pues más allá del miedo está «la seguridad colectiva» y más allá hay «una idea superior». En resumen:

Nos toca.

¿Nos toca hacer qué?

Nos toca asumir las responsabilidades de liderazgo moral en el mundo.

Nos toca mantener un equilibrio de poder contra las fuerzas del mal en todas partes (en Europa y Asia y África, en el Atlántico y el Pacífico, por aire y por mar) siendo el malo en este caso los bárbaros rusos.

Nos toca mantener la paz del mundo.

Nos toca salvar la civilización.

Nos toca servir a la humanidad.

Pero este es idioma del Imperio. El Imperio Romano nunca dudó de que era el defensor de la civilización. Sus buenas intenciones eran paz, ley y orden. El Imperio Español le agregó la Salvación. El Imperio Británico le agregó el noble mito de la responsabilidad del hombre blanco. Nosotros le hemos agregado libertad y democracia. Aun así, cuanto más se le pueda agregar, más es el mismo idioma. El idioma del poder.123

Garrett termina su espléndido trabajo reclamando la recuperación del «territorio perdido» de la libertad y el republicanismo de la tiranía ejecutiva y del Imperio. Pero, como señalaba, debemos encarar el hecho

de que el costo de salvar la República puede ser tan extremadamente alto como el costo de crearla en un principio, hace 175 años, cuando el amor por la libertad política era una pasión poderosa y la gente estaba dispuesta a morir por ella. (…) La desaceleración causaría una sacudida terrible. ¿Quién dirá «Ahora»? ¿Quién está dispuesto a encarar las realidades graves y peligrosas de la deflación y la depresión? (…) Sin duda la gente sabe que puede volver a tener su República si la desea lo suficiente como para luchar por ella y pagar el precio. Lo que pasa es que todavía no ha aparecido un líder con valentía para hacerlos escoger.124

No menos entusiasta era la devoción por la paz y la oposición a la Guerra de Corea y al militarismo, de la reducida rama libertaria del movimiento de la Vieja Derecha. Así, Leonard Read publicó un potente panfleto, Conscience on the Battlefield (1951), en el cual se imaginaba a sí mismo como un joven soldado estadounidense muriendo en el campo de batalla en Corea y dialogando con su propia conciencia. La Conciencia le informa al soldado de que

aunque en muchos aspectos eras una excelente persona, tu historial muestra que mataste a muchos hombres (tanto coreanos como chinos) y también fuiste responsable de la muerte de muchas mujeres y niños durante esta campaña militar.

El soldado le responde que la guerra fue «buena y justa», que «teníamos que parar la agresión comunista y la esclavitud de personas por dictadores». La Conciencia le pregunta: «¿Mataste a esas personas en defensa propia? ¿Estaban amenazando tu vida o la de tu familia? ¿Estaban en tus playas, a punto de esclavizarte?» El soldado le responde de nuevo que estaba sirviendo a la inteligente política exterior de EEUU que prevé las acciones de nuestros enemigos derrotándolos antes en ultramar.

Entonces la Conciencia de Read responde:

Gobiernos y similares son simplemente expresiones, meras abstracciones detrás de las cuales las personas muchas veces buscan esconder sus acciones y responsabilidades. (…) En el Templo del Juicio al cual estás a punto de entrar, probablemente solo se fijen en los Principios. Es casi seguro que allí encontrarás que no hay distinción entre nacionalidades o entre razas. (…) Un niño es un niño, con el mismo el derecho que tú a una oportunidad para su autorrealización. Quitar una vida humana, de cualquier edad, de cualquier color, es quitar una vida humana. (…) De acuerdo con tus nociones, nadie es responsable de las muertes de esas personas. Pero, aun así, fueron destruidas. Aparentemente, esperas que instituciones colectivas como «el ejército» o «el gobierno» carguen con tu culpa.125

Acerca de culpabilidad, la Conciencia agrega que:

No puede haber ninguna distinción entre quienes disparan y quienes ayudan al acto, ya sea que detrás de la línea de combate fabricando municiones o sometiéndose a pagar impuestos de guerra. Además, la culpa parecería mayor por parte de quienes recurrieron al poder coercitivo del gobierno para que sacrifiques tu hogar, tu fortuna, tu oportunidad de autorrealización, tu vida, sacrificios que parece que ninguno de ellos está dispuesto a hacer.

Al presentar su panfleto, Read escribía: «La guerra es el mayor enemigo de la libertad y el enemigo mortal del progreso económico». Secundando ese punto de vista estuvo el líder libertario F. A. «Baldy» Harper, en un panfleto de la FEE, In Search of Peace, publicado el mismo año. Harper escribía:

Probablemente se lancen acusaciones de pacifismo a cualquiera que en tiempos conflictivos plantee cualquier pregunta acerca de la carrera de armamentos. Si pacifismo significa aceptar la causa de paz, estoy dispuesto a aceptar la acusación. Si significa oponerse a toda agresión contra otros, también estoy dispuesto a aceptar esa acusación. Ahora es urgente para el interés de la libertad que muchas personas se vuelvan «pacificadores» (…)

Así es que la nación va a la guerra y, mientras la guerra sigue, el verdadero enemigo [la idea de esclavitud] (olvidado desde hace mucho tiempo y camuflado por los procesos bélicos) va camino a la victoria en ambos campos. (…) Otra evidencia de que en la guerra el ataque no se dirige contra el verdadero enemigo es el hecho que nunca parecemos saber qué hacer con la «victoria» (…) ¿Los «pueblos liberados» serán fusilados o llevados a campos de prisioneros o qué? ¿Se moverán las fronteras? ¿Habrá más destrucción de las propiedades del derrotado? ¿O qué? (…) Tampoco las ideas de [Karl Marx] pueden destruirse por el asesinato o suicidio de su máximo exponente o de miles o millones de devotos. (…) Mucho menos pueden destruirse las ideas de Karl Marx asesinando a víctimas inocentes de la forma de esclavitud que este defendía, ya fueran reclutados en ejércitos o victimas atrapadas en el camino de la guerra.126

Harper agregaba más tarde que Rusia supuestamente era el enemigo, porque nuestro enemigo era el comunismo.

Pero si es necesario que adoptemos todas esas medidas socialistas-comunistas para así luchar contra una nación que las ha adoptado (porque han adoptado estas medidas) ¿para qué luchar? ¿Por qué no unirnos a ella desde el principio y evitar derramamientos de sangre? (…) No hace sentido hacer crecer en nuestras mentes un odio violento contra un pueblo que es víctima del comunismo en una nación extranjera, cuando los mismos grilletes gubernamentales nos están haciendo serviles a fuerzas iliberales en nuestro país.

Dean Russell, otro miembro de la FEE, se sumaba a la descarga antimilitarista.

Quienes defienden la «pérdida temporal» de nuestra libertad para preservarla permanentemente están defendiendo una sola cosa: la abolición de la libertad. ¡Para luchar en el extranjero contra una forma de esclavitud, defienden una forma de esclavitud en nuestro país! Por muy buenas que puedan ser sus intenciones, estas personas son enemigas de vuestra libertad y de mi libertad y les temo mucha más que a una potencial amenaza rusa a mi libertad. Estos sinceros, pero altamente emocionales patriotas son una amenaza clara y presente para la libertad, los rusos siguen estando a miles de millas de distancia.127

Los rusos solo nos atacarían, señalaba Russell, «por una de dos razones: miedo a nuestras intenciones o represalia ante nuestras acciones». El miedo ruso

se evaporaría si retiráramos nuestras tropas y compromisos militares de vuelta al hemisferio occidental y nos quedáramos allí. (…) Mientras mantengamos tropas junto a las fronteras de Rusia, cabe esperar que los rusos actúen de la manera en que actuaríamos si Rusia situara tropas en Guatemala o México, ¡incluso si esos países quisieran que entraran los rusos!

Dean Russell concluía su crítica a la política exterior estadounidense:

No veo más lógica en pelear contra Rusia sobre Corea o Mongolia Exterior que en luchar contra Inglaterra por Chipre o contra Francia por Marruecos. (…) Los hechos históricos de imperialismo y las esferas de influencia no son razones suficientes como para justificar la destrucción de la libertad dentro de Estados Unidos y convertirnos en un estado guarnición permanente y ubicar reclutas por todo el mundo. Nos estamos convirtiendo rápidamente en una caricatura de aquello que profesamos odiar.

Mi propia reacción al comienzo de la Guerra de Corea fue vehemente y amarga y escribí una filípica a un desorientado amigo liberal que creo bastante sólida a la vista de los años siguientes:

Vine a enterrar la Liberad, no a alabarla: ¿cómo podría alabarla cuando el noble Bruto (la socialdemocracia) ha llegado a su máxima floración? (…) ¿Qué teníamos bajo el régimen de la Libertad? Mas o menos teníamos libertad para decir lo que nos pareciera, trabajar donde quisiéramos, ahorrar o invertir capital, viajar a donde nos diera la gana, teníamos paz. Todas estas cosas estuvieron muy bien en su momento, pero ahora tenemos socialdemocracia. (…) La socialdemocracia tiene el servicio militar, para que así todos podamos luchar por una paz y una democracia duraderas alrededor del mundo, racionamientos, control de precios, asignación (…) el reclutamiento de trabajadores, para que todos podamos servir a la sociedad con nuestras mejores capacidades, altos impuestos, finanzas inflacionarias, mercados negros (…) una saludable «expansión económica». Lo mejor de todo es que tendremos una guerra permanente. El problema, como todos sabemos, de las guerras anteriores es que terminaron demasiado rápidamente. (…) Pero ahora parece que ese error se ha rectificado. Podemos (…) proclamar como nuestro objetivo la ocupación de Rusia durante veinte años para educar de verdad a su pueblo en los gloriosos principios de nuestra propia socialdemocracia. Y, si verdaderamente queremos luchar por la Democracia, tratemos de ocupar y educar a China durante un par de generaciones. Eso nos mantendrá ocupados durante un tiempo.

En la última guerra, nos obstaculizaron unos pocos obstruccionistas, aislacionistas, antediluvianos, que se resistieron a pasos tan sanos como el reclutamiento de todo trabajo y capital y la planificación total para la movilización por políticos, economistas y sociólogos benevolentes. Pero bajo nuestra configuración bélica permanente podemos impulsar fácilmente este programa. Si alguien protesta, podemos acusarle de dar ayuda y consuelo a los comunistas. Los demócratas ya han acusado al reaccionario obstruccionista [senador] Jenner (R.-Ind.) de «seguir la línea estalinista».

Sí, los obstruccionistas están derrotados. La socialdemocracia tiene poco que temer de ellos. Sea quien sea el genio que pensó en la idea de la guerra permanente, hay que darle las gracias. Podemos prever periodos de Unidad Nacional, de quintuplicar la Renta Nacional, etc. Pero hay una pequeña mosca en la sopa que algún obstruccionista puede mencionar: los muchachos que actualmente están luchando podrían tener algunas objeciones. Pero eso lo podemos corregir con una campaña sobre la «verdad», dotada con unos 300 mil millones de dólares, encabezada por, digamos, Archibald MacLeish, para que sepan para qué pelean. Y tenemos que imponer sacrificios equivalentes en el frente interior, para que nuestros muchachos sepan que las cosas con casi igual de duras dentro del país.

Ahí están. La disposición del Mundo Feliz del socialismo democrático. La Libertad es un precio barato que pagar. Espero que os guste.128

  1. El renacimiento de la posguerra IV: El canto del cisne de la Vieja Derecha

Además de ser una firme oponente contra la guerra y el militarismo, la Vieja Derecha del periodo de posguerra también tenía una honradez vigorosa y casi libertaria en asuntos internos. Cuando se inició una huelga del ferrocarril por toda la nación, fue el liberal Harry Truman quien propuso militarizar a los huelguistas y obligarlos a que continuaran trabajando y fue el senador Taft quien lideró la oposición a esta propuesta calificándola como esclavitud. La National Association of Manufacturers (NAM), en aquellos tiempos anteriores a que el liberalismo de las grandes corporaciones y empresas la hubiera conquistado en nombre de una «asociación de gobierno e industria», adoptó una firme postura de laissez-faire. Su economista de plantilla, Noel Sargent, creía en el libre mercado y el decano de la economía del laissez-faire, Ludwig von Mises, era uno de los consultores de la NAM. En aquellos días, la NAM estaba sobre todo orientada a las pequeñas empresas y, de hecho, varias organizaciones de pequeños empresarios formaban la base empresarial de la derecha organizada. Por cierto, fue en las altas esferas de la NAM donde Robert Welch conoció el punto de vista antiestablishment que más tarde surgiría como la John Birch Society.

Pero aun en esos tempranos tiempos se exponía con letras grandes que la NAM era una organización de laissez-faire. El primer gran cambio llego en la primavera de 1947, después que una mayoría conservadora republicana hubiera acaparado las dos cámaras del Congreso con un levantamiento masivo de votantes contra el Fair Deal y parcialmente como reacción contra el poder del sindicalismo. La NAM, desde la entrada en vigor de la Ley Wagner, había reclamado año tras año que se derogara en su totalidad, derogando por consiguiente los privilegios especiales que dicha ley concedía a los sindicatos organizados. Cuando empezó el 80º Congreso en el invierno de 1946, la NAM, que finalmente tenía la oportunidad de conseguir la derogación de la Wagner, cambió su postura en una dramática batalla donde los liberales de las grandes empresas derrotaron al viejo laissez-faire, encabezados por B.E. Hutchinson, de la Chrysler, quien también era fideicomisario importante de la FEE. La NAM, casi a punto de lograr una victoria importante para el laissez-faire en las relaciones laborales, dio un giro de 180º y simplemente pidieron extender los poderes del National Labor Relations Board (NLRB) para regularizar los sindicatos, así como las empresas, una idea que pronto tomó forma en la Ley Taft-Hartley. Fue la Ley Taft-Hardley la que completó el proceso de la Ley Wagner de apaciguar, así como privilegiar, al sindicalismo industrial, y llevó al nuevo movimiento sindical a una confortable asociación menor con las grandes empresas y el Gran Gobierno que tan bien conocemos hoy. De nuevo Taft, frente a los puristas y los derechistas «extremos» en el Congreso, adoptó una postura conciliadora.

Algo en lo que estaba especializada la Vieja Derecha era en los cotilleos contra el aparato político. Las columnas Hearst de Westbrook Pegler fueron uno de sus mejores ejemplos129. Pero fue particularmente delicioso el chisme contra Wall Street del Chicago Tribune dirigido por el coronel McCormick. Pues el Tribune comprendía claramente y ninguneaba al aparato anglófilo de Wall Street, que dirigía y todavía dirige este país y no temía continuar cotilleando sobre de esta élite dirigente. Los viejos archivos del Chicago Tribune son una rica fuente de información para el historiador contrario al establishment.130

Un ejemplo es una serie de artículos de William Fulton y otros en el Tribune del 15 al 31 de Julio de 1951, de lo que podríamos llamar «revisionismo de la beca Rhodes» por el que los periodistas hallaban la influencia anglófila de la beca Rhodes en quienes desarrollaban la política exterior del gobierno de EEUU. El título de las series era «El objetivo de Rhodes: Devolver EEUU al Imperio Británico». Se calificaba como becarios Rhodes a dirigentes estadounidenses «internacionalistas» como Dean Rusk, George McGhee, Stanley K. Hornbeck, W. Walton Butterworth, el profesor Bernadotte E-Schmitt, Ernest A. Gross (estudiante de Oxford, aunque no estrictamente becario de Rhodes), igual que Henry R. Luce, Clarence K. Streit, Frank Aydelotte y muchos otros, incluyendo algunos ligados al Consejo de Relaciones Exteriores, las fundaciones Carnegie y Rockefeller, y el New York Times y el Herald Tribune.

Una de lo más cotilleos más sofisticados de la derecha en esta época lo inició el Comité Reece de la Cámara para investigar a las fundaciones exentas de impuestos durante 1953-54. Plagado de conservadores prominentes como el abogado René Wormser (hermano de Felix E. Wormser, secretario de Interior de Eisenhower) y Norman Dodd, el Comité Reece se centró en supuestas relaciones de comunistas y también liberales y socialistas con las grandes fundaciones: Rockefeller, Carnegie, Ford, etc. Pero, además, el comité atacaba a las grandes fundaciones que invariablemente patrocinaban estudios de orientación empírica y cuantitativa en las ciencias sociales, llevando así a estas disciplinas a una promoción «cientifista» de una dudosa tecnocracia «libre de valores», descuidando lo cualitativo y lo ético. Aquí, el comité Reece, siguiendo las críticas investigadoras del empirismo liberal y el cientifismo planteadas por F.A. Hayek, y por el sociólogo conservador Albert H. Hobbs, de la Universidad de Pennsylvania, se topó con un defecto extremadamente importante en la nueva ciencia social de posguerra, pero las ideas del Comité quedaron sepultadas ante una avalancha de vituperios en la prensa del establishment. El hombre fundamental en el comité, obstruyendo sus propósitos y en callada asociación con la Casa Blanca de Eisenhower, fue el representante Wayne Hays (D., Ohio) un demócrata de Truman y luego de Lyndon Johnson.131

Algunas de las declaraciones de científicos sociales disidentes, contrarios a lo cuantitativo ante el comité resultan una lectura fascinante a la vista del redescubrimiento por la Nueva Izquierda en años recientes de un punto de vista contrario al empirismo, pseudociencia social «libre de valores». Así, el sociólogo James H. S. Bossard, de la Universidad de Pennsylvania, escribía al Comité Reece:

Durante algunos años, he considerado con creciente aprensión el desarrollo de lo que he llamado la escuela comptométrica de investigación en ciencias sociales. Con esto me refiero a reunir información detallada de datos sociales y a su manipulación con todas las técnicas estadísticas disponibles. (…) Mi propio interés está más en el desarrollo de las ideas cualitativas. Esto está de acuerdo con mi juicio de la naturaleza del proceso de la vida, que no puede reducirse a fórmulas estadísticas, sino que es una rica y compleja diversificación de relaciones.132

En una carta típicamente dura, el sociólogo de Harvard, Pitirim A. Sorokin, afirmaba que las fundaciones discriminaban a favor de la investigación empírica y «discriminan grandemente en contra de investigaciones teoréticas, históricas y otras formas no empíricas», ayudadas e instigadas mediante discriminación a favor de modelos matemáticos y mecánicos «u otras variedades imitativas de las llamadas ciencias sociológicas naturales». Los resultados de esta ciencia social han sido en la mayoría de los casos «perfectamente inútiles y casi estériles» o incluso en algunos casos «bastante destructivos moral y mentalmente para esta nación».133

Sin embargo, había en el trabajo del Comité Reece una grave contradicción interior, una que a largo plazo sería probablemente más destructiva de su funcionamiento que toda la malicia de Wayne Hays. Era el hecho que los conservadores y cuasilibertarios en el comité estaban usando el arma coactiva del gobierno (un Comité del Congreso) para acosar a las fundaciones privadas (…) ¿y por qué razón? ¡Sobre todo porque supuestamente las fundaciones habían defendido el control público de las organizaciones privadas! Y el Comité Reece acabó defendiendo restricciones públicas para las fundaciones privadas: en resumen, ¡el Comité pedía más controles públicos sobre las instituciones privadas por el pecado de defender controles públicos para las instituciones privadas! El resultado fue simplemente iniciar la tendencia moderna hacia regulaciones cada vez más estrictas de las fundaciones, pero de ninguna manera cambiar su rumbo ideológico o metodológico.

Otra pieza fascinante de cotilleo y análisis combinado de esta época fue un gran y extenso libro del reportero Frank Hughes, del Chicago Tribune, Prejudice and the Press.134 El libro de Hughes era un largo ataque a la «Comisión» corporativa-liberal sobre Libertad de Prensa, que fue financiada en su mayor parte por Henry Luce y encabezada por Robert M. Hutchins.135 La «Comisión», que había publicado su informe en 1947, reclamaba una prensa «libre» en el sentido moderno de ser «responsable»; por el contrario, Hughes contratacaba con la afirmación resonante de la Declaración de Derechos y el «viejo» ideal estadounidense de la libertad de prensa. Hughes señalaba que la idea básica de los liberales modernos es:

hacer que la prensa sea «responsable» ante la sociedad o a la comunidad, lo que (…) solo puede significar ante el gobierno. (…) Si la libertad significa algo en absoluto, la libertad de prensa es libertad ante el gobierno.136

La gran línea divisoria, el evento que más marco el fin del viejo aislacionismo de la derecha, fue la derrota del senador Taft ante Eisenhower, al optar por él en el Wall Street Journal en la nominación presidencial de 1952. Con los demócratas vulnerables, 1952 era por fin una oportunidad para la Vieja Derecha de obtener el dominio de la escena nacional. Pero la derrota de Taft en el escandaloso robo de la nominación por Eisenhower, juntamente con el fallecimiento del gran senador el año siguiente, acabó con la Vieja Derecha como parte significativa del Partido Republicano. En la práctica, también iba a terminar mi propia identificación con el republicanismo y con la «derecha extrema» en el espectro político.

No había estado activo en el Club de los Jóvenes Republicanos desde la decepción de la nominación de Dewey en 1948, pero todavía era miembro y Ronnie Hertz, un amigo mío libertario, ejercía cierta influencia en el club como jefe del comité de los almuerzos en el centro de la ciudad, al cual invitábamos a oradores aislacionistas y libertarios. Yo no era entusiasta de Taft en ningún sentido, debido a sus repetidas componendas y «pasteleos» en asuntos interiores y exteriores, y en la reunión final del club que votó el apoyo presidencial, en la que Taft se ganó una considerable minoría, Ronnie y yo depositamos nuestros dos votos a favor del senador Everett Dirksen (R. Ill.). En ese tiempo más inocente, Dirksen todavía no se había ganado sus insignias como el político oportunista supremo: por el contrario, bajo la tutela del Chicago Tribune tenía un sólido historial «extremista» de votaciones, incluyendo uno de los pocos votos en contra del servicio militar. Pero en esa misma convención trascendental yo estaba por supuesto a favor de Taft y más aún en contra de la toma (corporativa liberal) izquierdista del control por parte de Wall Street, que conquistó usando una campaña indignante, que sugería que Taft había «robado» las delegaciones sureñas. Cuando Taft fue eliminado de la nominación, abandoné el Partido Republicano para no regresar jamás. En las elecciones apoyé a Stevenson, sobre todo como la única manera de que el íncubo de Wall Street dejara de estar a las espaldas del Partido Republicano.

Es importante señalar que posteriormente, en la década de 1960 la derecha republicana, la derecha de Goldwater-Buckley, no tuvo ninguna conexión con la Vieja Derecha de Taft, ni siquiera organizativamente. Así, Barry Goldwater era un delegado de Arizona de Eisenhower. El senador belicista conservador y general, Pat Harley, era un hombre de Eisenhower de Nuevo México; los dos decanos del lobby chino eran contrarios a Taft: el representante Walter Judd (R. Minn.) estaba del lado de Eisenhower y el senador William Knowland (R. Calif) era partidario del gobernador Earl Warren, quien fue decisivo al darle su apoyo a Ike sobre la cuestión de los delegados del Sur. Richard Nixon fue también esencial en el acuerdo de California y tanto Nixon como Warren obtuvieron sus recompensas correspondientes. Y, además, la famosa disputa de las delegaciones del Sur apenas era lo que parecía superficialmente. Las delegaciones de Taft en el Sur, eran en buena parte negras, de ahí su sobrenombre de «Negro y Bronceado», y estaban dirigidas por el veterano negro republicano Perry Howard, de Mississippi, mientras que en las delegaciones de Eisenhower los representantes de los empresarios «progresistas» suburbanos blancos del futuro republicanismo sureño eran conocidos apropiadamente como los «Pálidos».

Mientras, fijémonos en la amarga, pero precisa descripción de la derrota de Taft escrita por el reportero Charly Manly dos años más tarde en el Chicago Tribune, como un ejemplo del estilo de cotilleo de la derecha:

Bancos de Nueva York, conectados con las grandes corporaciones del país por lazos financieros y directivos entrelazados, ejercieron su poderosa influencia sobre las grandes delegaciones no comprometidas a favor de Eisenhower. Lo hicieron más discretamente, pero no menos eficazmente, que en 1940 cuando inclinaron la Convención Republicana a favor de Wilkie. Tras obtener enormes ganancias debido a las órdenes de ayuda exterior y armamento, los banqueros y jefes de corporaciones se entendían perfectamente. La influencia de Wall Street fue fructífera sobre todo en la delegación de Pennsylvania (…) y en la de Michigan. (…) Arthur Sommerfield, miembro del comité nacional de Michigan y el mayor vendedor mundial de Chevrolet, fue recompensado por su entrega de la mayoría de la delegación de Michigan nombrándolo director de campaña de Eisenhower y más tarde presidente de Correos. Charles E. Wilson, presidente de la General Motors Corporation, quien tenía una fuerte influencia sobre la delegación de Michigan, se convirtió en Secretario de Defensa. Winthrop W. Aldrich, jefe del Chase National Bank y pariente de los hermanos Rockefeller, su testaferro en Wall Street, estaba en Chicago manejando los hilos a favor de Eisenhower, y su trabajo su pagó con su nombramiento como embajador en Gran Bretaña.137

Con la elección de Eisenhower, la vieja ala derecha del Partido Republicano empezó a desaparecer del mapa. Pero el senador Taft tuvo un último momento de gloria. En su último discurso sobre política exterior que pronunció antes de su fallecimiento, Taft atacaba la política exterior hegemónica que empezaba a aplicar el Secretario de Estado John Foster Dulles,138 el epítome del belicismo global y el anticomunismo, el hombre que gritaba desde la importante firma de abogados de Wall Street Sullivan y Cromwell y fue consejero durante mucho tiempo de las inversiones de los Rockefeller. En su discurso, pronunciado el 26 de mayo 1953, Taft hizo contra las políticas de Dulles la misma critica que había hecho contra políticas similares de Harry Truman: el sistema de alianzas militares mundiales y ayuda era «la completa antítesis de la Carta de la ONU», una amenaza para la seguridad de Rusia y China, y además no tenía ningún valor para la defensa de Estados Unidos.

Taft concentraba en particular su ataque en la naciente política de Dulles en el sudeste de Asia. Estaba especialmente preocupado porque Estados Unidos estaba incrementando en 70% por ciento su apoyo a los costos de guerra del régimen títere francés en Indochina contra las fuerzas revolucionarias de Ho Chi Minh. Taft temía (¡con razón!) que la política de Dulles, debido a la inevitable derrota del imperialismo francés en Indochina, acabaría llevando a un inevitable reemplazo por el imperialismo estadounidense y (para Taft, la peor de todas las posibilidades) al envío de fuerzas estadounidenses a Vietnam para luchar contra las guerrillas.

Taft declaraba:

Nunca he pensado que debamos enviar a soldados estadounidenses al continente asiático, lo que, por supuesto, incluye a la propia China e Indochina, sencillamente porque estamos en tal desventaja numérica para pelear en una guerra terrestre en el continente asiático produciría un agotamiento completo aun si pudiéramos ganar. (…) Así que hoy, como desde 1947 en Europa y 1950 en Asia, estamos en realidad tratando de armar al mundo contra Rusia comunista, o por lo menos dando toda la asistencia que pueda ser útil para oponerse al comunismo.

¿Va a ser esta política de unir al mundo libre contra el comunismo en tiempos de paz una práctica política a largo plazo? Siempre he sido escéptico con respecto a la practicabilidad militar de OTAN. (…) Siempre he pensado que no deberíamos intentar pelear con Rusia en tierra en el continente europeo, igual que no deberíamos intentar pelear con China en el continente asiático.139

En los meses inmediatamente siguientes al fallecimiento de Taft, el apoyo estadounidense a los ejércitos franceses y a su gobierno títere en Vietnam se incrementó enormemente por parte de Dulles, pero mientras Dulles y Nixon instaban al bombardeo de las fuerzas de Ho Chi Minh, el propio Eisenhower, que había recibido una gran influencia de su corta pero profunda asociación con Taft durante y después de la campaña de 1952, escuchaba a los partidarios de Taft en su gabinete, como George Humphrey, y decidía no usar fuerzas estadounidenses directamente en Vietnam sin el consentimiento previo del Congreso. Siguiendo este principio taftiano, la administración Eisenhower permitió el Gran Debate en el Senado, así como la oposición de Gran Bretaña, para bloquear una aventura inmediata en Vietnam. El exaislacionista Alexander Wiley (R. Wis.) resumía el sentir de la mayoría de los Republicanos en el Senado cuando declaraba: «Si tuviéramos guerra durante esta administración, bien podría ser el fin del Partido Republicano». Y el senador Lyndon B. Johnson (D. Tex.) resumía el parecer de los demócratas al decir que se oponía a «enviar soldados estadounidenses al lodo y suciedad de Indochina en una aventura sangrienta para perpetuar el colonialismo y la explotación del hombre blanco en Asia».140

Como resultado de estas presiones, y en desafío a Dulles, Nixon y el Pentágono, el presidente Eisenhower se inclinó hacia el Acuerdo de Ginebra de 1954: la intervención integral estadounidense en Vietnam fue misericordiosamente pospuesta, aunque por desgracia no se abandonó de forma permanente. Después de su muerte, la influencia del senador Robert Taft en la política exterior americana fue mayor, al menos en ese momento, de lo que había sido nunca durante su vida.

  1. La decadencia de la Vieja Derecha

Después del fallecimiento de Taft y cuando la política extranjera de Eisenhower comenzaba a seguir las rígidas indicaciones dullesianas de un armamento masivo permanente y la amenaza de «una represalia nuclear masiva» en todo el planeta, empecé a notar que el sentimiento aislacionista empezaba a desvanecerse, incluso entre los viejos compatriotas libertarios y aislacionistas que deberían haber sido conscientes de ello. Los viejos amigos que solían burlarse de la «amenaza rusa» y habían declarado que el Enemigo era Washington, D.C. ahora empezaban a murmurar acerca de la «conspiración internacional comunista». Noté que los libertarios jóvenes que se incorporaban a nuestras filas estaban cada vez más infectados por la mentalidad de la Guerra Fría y que nunca habían oído hablar de la alternativa aislacionista. Los jóvenes libertarios se preguntaban cómo era que yo sostenía una «política exterior comunista».

En esta atmosfera emergente, el novelista Louis Bromfield, en su obra de no ficción de 1954, A New Pattern for a Tired World,141 un tratado contundente a favor del mercado libre capitalista y una política exterior pacífica, empezaba a parecer anacrónico y casi no tuvo impacto en la derecha de esos días.

Bromfield decía:

Aparte del trágico desgaste de nuestra juventud, ya sea por ser reclutados durante dos de los mejores años de su vida o mutilados o matados o encarcelados, la grandiosa política de «contención» significa un inmenso y constante desgaste en términos de dinero.

Y además:

Uno de los grandes fracasos de nuestra política exterior en todo el mundo surge del hecho de que hemos permitido que nos identificaran en todas partes con el viejo, condenado y podrido imperialismo de las pequeñas naciones europeas que en su momento impusieron en buena medida al mundo sus patrones de explotación y dominio económico y político. Este hecho se encuentra en la base de nuestro fracaso a la hora de ganarnos el apoyo y la confianza de las naciones y pueblos que habían sido explotados y que ahora están en rebelión y revolución en todas partes del mundo, pero especialmente en Asia. No les hemos dado a estas personas una alternativa real entre las prácticas del imperialismo comunista ruso o el comunismo en sí y ese mundo verdaderamente democrático donde el individualismo, el capitalismo estadounidense y la libre empresa son los verdaderos pilares de una independencia, una economía sólida, libertad y un buen nivel de vida. Nos hemos mostrado a estos mismos pueblos (…) con el rol de imperialistas coloniales (…) y partidarios en casi todos los casos de los podridos y viejos imperios europeos. (…)

Ninguno de estos pueblos rebeldes que están despertando, en su interior ni aun superficialmente, confiarán en nosotros ni cooperarán de ninguna manera mientras permanezcamos identificados con el sistema económico colonial de Europa, que representa, aun con su patrón capitalista, los últimos resabios de feudalismo (…) No podemos mostrarnos ante estos pueblos asiáticos con el papel de amigos y benefactores, mientras estemos al mismo tiempo financiando y tratando de restaurar en el poder, e incluso proveyendo armas a la mismas fuerzas de los imperios coloniales moribundos, contra los que están en rebelión.

Esto es exactamente lo que estamos haciendo en Indochina y en Hong Kong y en otras partes del mundo, bajo una política confusa basada en el pasado condenado en vez de en el inevitable patrón dinámico del futuro. Les dejamos a estos pueblos que están despertando sin otra alternativa que recurrir a la comodidad rusa y comunista y a las promesas de utopías. Hemos hecho posible en todas partes (…) que los comunistas (…) crearan la impresión de qie lo que de hecho es meramente una intensa afirmación de nacionalismo, es verdaderamente una liberación comunista, planeada y llevada a cabo por la influencia comunista. (…)

Estamos jugando a una política de un mundo desaparecido, tratando ciega y estúpidamente de rodear y contener lo que no puede contenerse, bloqueando el libre intercambio de bienes y manteniendo al mundo en un constante alboroto al hacer alianzas y colocar instalaciones militares en todas partes. Es un patrón antiguo de política de poder.142

De nuevo, acerca de Asia:

En la batalla en Indochina participan (…) incontables indochinos (…) que odian la dominación francesa. (…) Sin embargo, hay incluso, principalmente en las fuerzas armadas de Estados Unidos, quienes, si se atrevieran, defenderían el servicio militar de muchachos estadounidenses de Ohio, Iowa, Kansas y otros lugares, para enviarlos a esta lucha en donde ellos o la propia nación no tienen un lugar apropiado y en donde nuestra intervención solo puede servir para hacer un daño trágico a largo plazo. (…)

[Corea] puede resultar no ser la nación heroica y martirizada que los sentimentalistas han querido hacer de ella, sino meramente el albatros alrededor de nuestro cuello que puede llevarnos cada vez más profundamente a complicaciones trágicas y guerras futuras. Como no tenemos una verdadera razón para estar en Corea, a menos que, como todos los asiáticos sospechan, sean razones de poder y explotación, decir que una nación tan remota e insignificante como esta es nuestra primera línea de defensa es decir que cualquier nación en cualquier parte del mundo, también es nuestra «primera línea de defensa», una idea que es obviamente fantástica y grotesca al borde de megalomanía. (…)

Nuestra ocupación permanente de Corea para mantener artificialmente su independencia económica y política es un acto en contra de toda la tendencia de revolución mundial y de las fuerzas irresistibles de nuestros tiempos. (…) Debemos quedarnos en Corea definitivamente y acabar retirándonos y aceptar la derrota o involucrar al mundo y a nosotros mismos en una guerra que bien puede ser para nosotros y será ciertamente para toda Europa el fin del camino. (…) La situación de Corea (…) no se resolverá hasta que nos retiremos totalmente de un área en donde no tenemos derecho a estar y dejemos a los pueblos de esa área que resuelvan sus propios problemas.143

Broomfield concluía que la totalidad de nuestra política exterior no «valía la tortura o la vida de un recluta involuntario, aun si no fuera la política más peligrosa y destructiva para la paz y el bienestar del mundo».144

En este periodo de disminución de la devoción por la paz, en una derecha para la que el libro de Broomfield supuso poco impacto, decidí tratar de reafirmar la antigua tradición sobre política exterior en el movimiento conservador-libertario. En abril de 1954, William Johnson reunió en un número de Faith and Freedom todo el aislacionismo y el problema de la paz, en uno de los últimos intentos intelectuales de la derecha aislacionista y libertaria. El número incluía un artículo de Garet Garrett, «The Suicidal Impulse», en el que continuaba su análisis de «The Rise of Empire». Garrett declaraba que el Imperio Americano había acumulado «la máquina de matar más terrible que haya conocido la humanidad», que estábamos blandiendo nuestro «inmenso arsenal de bombas atómicas», que había tropas y bases aéreas estadounidenses en todo el planeta y que había «de vez en cuando una declaración de algún militar ilustre estadounidense diciendo que las Fuerzas Aéreas Americanas están listas para lanzar bombas en Rusia con gran facilidad, sobre objetivos ya seleccionados». Garrett concluía que «el atractivo del liderazgo mundial es un hechizo fatal. La idea de imponer una paz mundial por la fuerza es una fantasía bárbara».145

Faith and Freedom incluía también a Ernest T. Weir, el industrial derechista y antisindicalista de la década de 1930, aislacionista en la Segunda Guerra Mundial y jefe de la National Steel Corporation de Pittsburgh. Weir, el Cyrus Eaton de la década de 1950, había estado recorriendo el país y publicando folletos llamando a una paz negociada con la Unión Soviética y la China comunista y a dar fin a la Guerra Fría. En su artículo, «Leaving Emotions Out of Our Foreign Policy», Weir declaraba que

tenemos que aceptar el hecho de que no es misión de Estados Unidos encargarse de liberar al mundo de malas naciones y malos sistemas de gobierno. Debemos reconciliarnos con el hecho de que siempre habrá malas naciones y malos sistemas y de que nuestra tarea es la de idear alguna otra forma que no sea la guerra con la cual podamos vivir en el mundo.146

Mi contribución a esta publicación fue «The Real Aggressor», bajo el pseudónimo de «Aubrey Herbert», donde trataba de establecer una base libertaria para una política exterior aislacionista y pacífica, y llamaba a la coexistencia pacífica, el desarme conjunto, la retirada de la OTAN y de la ONU y el reconocimiento de la China comunista, así como al libre comercio con todas las naciones.

Tristemente, tanto el Sr. Weir como yo fuimos hostigados en el socialdemócrata New Leader por William Henry Chamberlin. El hecho de la creciente influencia de Chamberlin sobre la derecha intelectual era sintomático de su decadencia acelerada. Excompañero de viaje de los comunistas en la década de 1930, Chamberlin parecía poder cambiar sus principios a su antojo, escribiendo asiduamente tanto para el Wall Street Journal como para el New Leader, apoyando la economía de libre mercado en la primera publicación y el estatismo en la otra. También era capaz de escribir un libro147 alabando el aislacionismo y el pacto de Múnich de la Segunda Guerra Mundial al mismo tiempo que denunciaba a los aislacionistas y oponentes de la Guerra Fría contemporáneos, calificándolos de «apaciguadores» y defensores de «otro Múnich». Pero Chamberlin era coherente en un sentido, al ser parte de esa creciente legión de excomunistas y periodistas excompañeros de viaje que fueron la punta de lanza en el frente ideológico para la Guerra Fría y la campaña mundial anticomunista. En su artículo «Appeasement on the Right», Chamberlin acusaba a Weir de que su artículo «podía haber aparecido en Nation, e incluso en Masses and Mainstream» y con respecto a mi artículo, había dejado «un cianotipo a la medida de una política estadounidense siguiendo las especificaciones del Kremlin».

Fue la primera vez, aunque no la última, en que me acusaron de rojo y, para un miembro profeso de la «derecha extrema», esa acusación fue como una sacudida. Cuando contesté en el New Leader e hice saber que el mismo Chamberlin poco antes había alabado el apaciguamiento y Múnich, Chamberllin respondió con su estilo característico: Ernest Weir había sido recientemente alabado en el Trybuna Ludu de Varsovia y tal vez pronto yo «recibiría [mi] reconocimiento apropiado del mismo o una fuente similar».148

Inmediatamente después fui contratado para reemplazar a Chodorov como columnista mensual en Washington de Faith & Freedom, en mes alternos, hasta finales de 1956, donde insistía constantemente en el estatismo de la administración Eisenhower. Preocupado por el crecimiento hacia la adhesión al militarismo y la Guerra Fría en la derecha, expresaba particularmente mi descontento hacia estas tendencias. Mientras pedía el abandono de la ONU, recomendaba que se reconociera la realidad y se admitiera a China como miembro; reclamando neutralidad y aislacionismo, expresaba el deseo de neutralidad en el exterior y una Alemania unificada, neutral y pacifica; atacando la expansión permanente de los Estados Unidos más allá de nuestras costas, pedía que se garantizara la independencia a Hawái, Alaska y Puerto Rico en vez de incorporarlas como estados permanentes. A principios de 1956, atacaba a la administración Eisenhower por torpedear la segunda conferencia en Ginebra y sus esperanzas de distensión y desarme: primero, al presentar una demanda para la reunificación alemana bajo la OTAN como nuestra demanda principal en la conferencia y segundo, retirando nuestra demanda tanto tiempo mantenida de desarme e inspección en cuanto los rusos aceptaron nuestra postura y después sustituirla por la propuesta demagógica de Ike de «cielos abiertos». Unos meses después criticaba duramente a la derecha por apresurarse a defender al instructor de la Marina que mandó brutalmente a seis hombres a húmedas tumbas en Paris Island en una marcha mortal sin sentido. ¿Como es que, me preguntaba, solo los liberales de izquierda se han alzado como defensores de la libertad contra la brutalidad y el militarismo?

Mi enfrentamiento más duro con la derecha belicista llegó en una serie de debates a principios de 1955 sobre si luchar o no por Formosa, una pregunta que persistió todo ese año.

En mi columna de marzo pedía para la retirada de Formosa, atacaba la lógica maniaca que demandaba una serie de bases sin justificación «para proteger nuestras bases anteriores» y preguntaba cómo nos sentiríamos nosotros si los chinos estuvieran ocupando y fortificando una isla a tres millas de nuestras costas. Además, alababa la llamada a la paz recientemente lanzada por el héroe de guerra de la derecha, Douglas McArthur, y también al representante Eugene R. Silver (R Ky.) por reasumir el mando del antiguo aislacionismo y votar en contra del cheque en blanco de la resolución del Congreso del 29 de enero sobre Formosa, porque había prometido a sus votantes que nunca ayudaría a que «sus muchachos participaran en guerras en tierras foráneas»

Este articulo propició un debate con un columnista compañero de Faith and Freedom, William Schlamm, otro líder de las nuevas tendencias de la derecha y antiguo editor de reseñas de libros de la entonces gran revista derechista intelectual, The Freeman. Schlamm era un elemento típico de la Nueva Derecha: antiguo destacado comunista alemán y editor del Die Rote Fabne, Schlamm dedicaba entonces su carrera a generar entusiasmo por aplastar a sus viejos camaradas, en el interior y el exterior. En su empeño por la campaña mundial anticomunista, nunca pude (y sigo sin poder) detectar un mínimo de devoción hacia la libertad en la cosmovisión de Schlamm. ¿Qué hacía en Faith ad Freedom? Cuando se fundó National Review a finales de 1955, Schlamm se convirtió en su editor de reseñas de libros y, durante cierto tiempo, en su principal teórico; más tarde regresó a Alemania y tuvo muchos seguidores por su línea de extrema dureza en la política exterior contra el Este.

Schlamm y yo tuvimos dos debates en serie («¿Pelear por Formosa… o No?» en los números de mayo y junio de Faith and Freedom). Yo lo acusaba de defender la guerra preventiva y recordaba a nuestros lectores que no habíamos sido atacados ni por Rusia ni por China y que una guerra mundial significaría la destrucción total de la civilización. ¿Y por qué, preguntaba, como anteriormente había hecho en esas columnas, los conservadores belicistas, supuestamente convencidos de la superioridad del capitalismo sobre el comunismo, por estar sedientos de un desenlace inmediato, reconocen implícitamente que el tiempo está del lado del sistema comunista? Luego reafirmaba que seguramente cualquier libertario debería pensar que «el enemigo» no es el comunismo ruso, sino una invasión de nuestra libertad por el Estado: renunciar a nuestra libertad para «preservarla» no es más que sucumbir a la dialéctica orwelliana de que «la libertad es esclavitud». En cuanto a la postura de Schlamm de que ya estábamos siendo «atacados» por el comunismo, yo hacía ver la crucial diferencia entre ataque militar e «ideológico», una diferencia que los libertarios, con toda su filosofía basada en la diferencia entre agresión violenta y persuasión no violenta, deberían entender debidamente. Mi confusión debería haberse resuelto al darme cuenta de que el Sr. Schlamm era lo más lejano posible a un «libertario». Yo también pedía negociaciones realistas con el mundo comunista, para conseguir un mutuo desarme atómico y bacteriológico.

Más importante que el tratar de detener a los intentos de la muchedumbre belicista para tomar el control de la derecha, fue el formidable Frank Chodorov. Fue una tragedia para la causa libertaría que Frank cerrara su magnífico analysis a principios de la década de 1950 y lo fusionara con Human Events, donde trabajó como editor asociado. Frank también fue mi predecesor como columnista de Washington en Faith and Freedom. En el verano de 1954, Frank asumió el puesto de editor de Freeman, el principal órgano de la derecha intelectual, hasta entonces semanal y desde ese momento reducido a una publicación mensual de la FEE. En su editorial del Freeman de septiembre («The Return of 1940?»), Chodorov proclamaba que se había vuelto a producir la vieja división aislacionista-intervencionista entre conservadores y libertarios. «Los libertarios ya están debatiendo entre ellos la necesidad del aplazamiento de la lucha por la libertad hasta que la amenaza del comunismo al estilo de Moscú haya sido erradicada, aunque sea mediante la guerra». Frank señalaba las consecuencias de nuestra entrada en la Segunda Guerra Mundial: una deuda enrome, una estructura gigantesca de impuestos, el mal permanente del servicio militar, una enorme burocracia federal, la pérdida de nuestro sentido de la libertad personal e independencia. «Todo esto», concluía Frank, lo previeron los “aislacionistas” de 1940. No porque estuvieran dotados del don de la previsión, sino porque sabían historia y no iban a negar sus lecciones: durante la guerra el Estado adquiere poder a expensas de la libertad y, debido a su insaciable deseo de poder, el Estado es incapaz de renunciar a él. El Estado nunca abdica». 149      

Y además la guerra sería infinitamente peor, y en el proceso tal vez destruyera el mundo.

El editorial de Chodorov tuvo una contestación del infatigable Willi Schlamm, y ambos debatieron en las páginas del Freeman de noviembre de 1954 sobre las cuestiones de la guerra. La contestación de Chodorov, «A War to Communize America», fue su última gran reafirmación de la postura aislacionista de la Vieja Derecha. Chodorov empezaba:

Nos están diciendo de nuevo que tenemos que tener miedo. Es igual que antes de las dos guerras mundiales: los políticos hablan en términos alarmantes, los periodistas inventan noticias que dan miedo e incluso los vecinos gritan: el enemigo está a las puertas de nuestras ciudades, debemos prepararnos para la batalla. En el caso de que no lo sepáis, el enemigo esta vez es la URSS.150

Chodorov se centraba en la cuestión del servicio militar, ya que «guerrear con Rusia en terreno ajeno», concedían los intervencionistas, requería esta forma de esclavitud. «No creo que se hubiera reclutado una sola división con voluntarios para la aventura coreana». Y si el pueblo estadounidense no quiere pelear en esas guerras, ¿con qué derecho se les «obligará a pelear»? Y «Nos dicen que debemos temer a los rusos. Yo tengo más miedo de aquellos que, como sus antepasados, nos obligarían a pelear contra los rusos y contra nuestra voluntad».151 Chodorov reiteraba luego que cualquier nueva guerra acabará con cualquier libertad que tengamos, que la esclavitud con un amo estadounidense no sería mejor que la esclavitud con un amo extranjero. «¿Por qué ir a la guerra por [el] privilegio» de escoger uno u otro? Sobre el caso de ser invadidos, es imposible que ocurra tal cosa. A lo único que debemos temer en la situación actual sería a la «histeria del miedo» en sí. La única forma de quitar este miedo en ambos bandos, concluía Chodorov, era que nosotros «abandonemos nuestros compromisos militares globales» y regresemos a casa.

En cuanto a la supuesta amenaza rusa contra Europa Occidental si nos retiráramos, «sería duro para los europeos caer en manos soviéticas, pero no peor que si precipitamos una guerra en la cual sus hogares se convirtieran en campo de batalla».152 Y si estos países en realidad quieren comunismo entonces «nuestra presencia en Europa es una interferencia impertinente en los asuntos internos de estos países, así que dejémosles que sean comunistas, si así lo desean».153

Desafortunadamente, poco después Chodorov fue despedido como editor: hombre de terca independencia e integridad, Chodorov no se sometería a ninguna forma de castración mental. En ausencia de Chodorov, Leonard Read podía regresar a su constante política de no tomar nunca parte en controversias políticas o ideológicas directas y Freeman procedió a hundirse en el fango del pensamiento inocuo, en el que se mantiene hasta hoy. Chodorov ahora estaba privado de una vía de expresión libertaria, su gran voz fue silenciada y esta pérdida se convirtió en definitiva debido a la trágica enfermedad que sufrió en 1961 y que le aquejó en los últimos años de su vida. La tragedia se agravaba con la traición ideológica de sus amigos cercanos como el joven William F. Buckley, a quien Frank había descubierto como escritor mientras editaba Human Events (y quien en un debate reciente en «Firing Line» con Karl Hess se atrevió a atribuirse el nombre del difunto Chodorov como autoridad libertaria que aprobaba a la postura belicista) Aun más significativa es la historia de la Intercollegiate Society of Individualists, que Frank había fundado en 1952 como un «proyecto a cincuenta años» para arrebatarle las universidades al estatismo y dirigirlas hacia el individualismo. En 1956, la ISI abandonó las oficinas de la FEE para establecerse en Philadelphia. La persona elegida por Frank para sucederle como jefe de la ISI, E. Victor Milione, ha llevado desde entonces a esta directamente al campo tradicionalista-conservador, hasta el punto (más o menos en el momento del fallecimiento de Frank a finales de 1966) de cambiar de nombre del retoño de Frank al de «Intercollegiate Studies Institute». Parece como si la palabra «Individualist» molestara a los empresarios, en quienes recordaba visiones de los rebeldes de la Nueva Izquierda. ¡Oh Libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre!154

Otro grave golpe al aislacionismo y la Vieja Derecha fue la pérdida de Human Events. Desde el principio, los tres dueños de Human Events habían sido Felix Morley, el teórico, Frank Hanighen, el periodista, y Henry Regnery, el apoyo financiero. Antes y durante la Segunda Guerra Mundial, todos habían sido aislacionistas, pero después de la guerra Hanighen, seguido por Regnery, empezaron a pasarse al bando del movimiento anticomunista e intervencionista, a pesar de la resistencia de Morley. Morley, que en su autobiografía dio mucha importancia a la influencia de Nock, se burlaba del énfasis de sus colegas en el caso Hiss. Una vez que Franklin Roosevelt, asesorado por Harry Hopkins, hubo provocado una «victoria comunista», Morley declaró que «parece tonto molestarse por las maquinaciones absurdas de algunos compañeros acusados de ser comunistas arrepentidos». Además de la ideología, Hanighen estaba motivado particularmente por el parné: Hanighen

creía que el caso Hiss sería sensacional, como en realidad lo fue, y que podría aumentar enormemente nuestra circulación al ser explotado, así como las acusaciones categóricas del senador McCarthy. Probablemente tenía razón, ya que desde que me fui la pequeña publicación creció rápidamente al unirse al bando anticomunista.155

Finalmente, la separación se produjo en febrero de 1950, debido a la insistencia de Hanighen de que Human Events diera todo su apoyo a la intervención estadounidense a favor del régimen de Chiang Kai-Shek que ahora estaba acorralado en Taiwán. Regnery estuvo de acuerdo con Hanighen y así sus socios le compraron su parte a Morley. Echando la vista atrás sobre esta separación forzosa, Morley concluía:

Mirando atrás, veo este episodio como sintomático de lo que ha venido a dividir el movimiento conservador en Estados Unidos. Frank y Henry, cada uno a su manera, se asociaron con la derecha extrema en el Partido Republicano. Mi postura siguió siendo esencialmente «libertaria», aunque con gran renuencia a ceder la vieja palabra «liberal» a los socialistas. Me oponía fuertemente, y me sigo oponiendo, a la centralización del poder político, pues pienso que este proceso acabará destruyendo nuestra república federal, si es que no la ha destruido ya. Haberle dado poder al HEW (Departamento de Salud, Educación y Bienestar) es demostrablemente malo, pero su concentración en el Pentágono y la CIA es peor, porque la autoridad muchas veces se esconde y ejerce en secreto. No controlar uno u otro extremos significa un continuo déficit financiero y, por consiguiente, inflación, que con el tiempo puede ser fatal para el sistema de libre empresa.156

Morley, amigo de Bob Taft, habría sido propuesto para un puesto importante en el Departamento de Estado si Taft se hubiera convertido en presidente en 1953, pero no fue así.

Pero a mediados de la década de 1950 la batalla de los aislacionistas de la Vieja Derecha no se había perdido del todo. Así que, a finales de 1955, For America, un grupo importante de derecha encabezado por Clarence Manion, decano de la Facultad de Derecho de la Universidad de Notre Dame, publicó su programa político. Dos de sus posturas sobre política exterior eran «Abolir el servicio militar» y «No participar en guerras exteriores, a menos que la seguridad de los Estados Unidos estuviera directamente amenazada». Ni una sola palabra acerca de liberar países comunistas o parar el comunismo en todo el mundo. En cuanto a nuestro pequeño grupo libertario, los anarquistas de derecha Robert LeFebre y Thaddeus Ashby pudieron ganar control durante un corto pero glorioso momento del derechista Congress of Freedom, encabezado por el washingtoniano Arnold Kruckman. El 24 de abril 1954, LeFebre y Ashby se las arreglaron para que se aprobara en el Congreso un programa libertario, que reclamaba específicamente la abolición del servicio militar, «cortar nuestra enrevesada alianza con naciones extranjeras» y el cese de toda ayuda exterior. El programa declaraba: «Lamentamos la guerra que hemos perdido en Corea y nos opondremos a la intervención estadounidense en la guerra en Indochina». Sin embargo, derechistas más ortodoxos lograron recuperar el control del Congreso al año siguiente.

El último gran intento político de la derecha aislacionista se dio en la pelea por la Enmienda Bricker, el gran plan de política exterior de los republicanos conservadores durante el primer mandato de Eisenhower. El senador John W. Bricker (R. Ohio) había sido el candidato de la derecha a la presidencia derrotado en 1948 y era el sucesor natural de Taft después del fallecimiento de su compañero de Ohio. La Enmienda Bricker a la Constitución se pensó para eliminar la amenaza de que los tratados internacionales y acuerdos ejecutivos se convirtieran en la ley suprema del territorio y se impusieran a las leyes previas internas o las disposiciones de la Constitución. Disponía que ningún tratado o acuerdo gubernativo en conflicto o que no cumpliera la Constitución tendría ninguna validez y que dicho tratado o acuerdo ejecutivo no tendría validez como ley interna salvo por legislación que hubiera sido válida en la ausencia de acuerdo. A favor de la enmienda había diversos grupos derechistas: veteranos y organizaciones patrióticas, el American Farm Bureau, la Cámara de Comercio, Pro-America, la National Small Business Association, la Conference of Small Business Organizations, el National Economic Council de Merwin K. Hart, el Committee for Constitutional Gobernment, los Freedom Clubs, Inc. del Rev. Fifield y gran parte a la American Bar Association. El mayor oponente de la Enmienda fue la administración Eisenhower, en particular el secretario de Estado Dulles y el fiscal general Herbert Brownell, hábilmente secundado por las fuerzas del liberalismo organizado: Americans for Democratic Action, la AFL, B’nai B’rith, el American Jewish Congress, la American Association for the United Nations, y los United World Federalists.

El voto culminante de la Enmienda Bricker llegó al Senado de EEUU en febrero de 1954, sufriendo la Enmienda una derrota severa. Aunque la abrumadora mayoría de los republicanos derechistas votaron a favor la Enmienda, hubo algunos desertores importantes, incluyendo a William Knowland y Alexander Wiley (R., Wis.), un antiguo aislacionista que jugaba al inicuo «papel Vandenberg» como presidente del Comité de Relaciones Exteriores en el que pudo haber sido el último Senado bajo control republicano.157

Es indicativo de la posterior decadencia de la Vieja Derecha que la Enmienda Bricker se esfumara y desapareciera totalmente en los conciliábulos de la derecha y nunca más se supiera de ella. En particular, la Nueva Derecha, que empezó a emerger con fuerza después de 1955, fue capaz de enterrar la Enmienda Bricker, así como el sentimiento aislacionista que personificaba, en alguna forma orwelliana de «agujero de la memoria».

Si la enmienda Bricker fue la última campaña de presión aislacionista de la Vieja Derecha, la opción del tercer partido de 1956 fue su última participación política directa. Yo deseaba un tercer partido de la Vieja Derecha desde la vergonzosa convención republicana de 1952 y algunos taftistas trataron de lanzar un Partido Constitucional, nominando ese mismo otoño a Douglas MacArthur, lamentando solo que no hubiera tiempo suficiente y diciendo que ese 1956 sería el Año. Las conversaciones y movimientos por un tercer partido por parte de descontentos de la Vieja Derecha empezaron a finales de 1955 y en varios estados surgieron numerosos partidos conservadores, constitucionales y «nuevos». Pero hubo pocas organizaciones importantes, dinero o sabiduría política en estos intentos y ningún líder importante de derecha apoyó sus esfuerzos.

Personalmente, estuve involucrado en dos intentos de terceros partidos en Nueva York, un minúsculo Partido de la Constitución y otro más grande, el Partido Independiente, encabezado por un hombre mayor llamado Dan Sawyer. Recuerdo claramente una campaña de buen tamaño realizada por el Partido Independiente a principios de 1956. Un portavoz importante fue Kent Courtney, de Nueva Orleáns, quien, con su esposa Phoebe, fue el principal fundador de ese nuevo partido. Un dato interesante fue el de un anciano atractivo, que su nombre no recuerdo, que parecía el estereotipo del coronel Kentucky, que subió al estrado cojeando. El coronel, pues eso creí que era, aun siendo de Texas, proclamó que era el fundador no reconocido de las encuestas de opinión pública y que había sido el asesor de encuestas de opinión del presidente Coolidge. (¡Ojalá Hoover lo hubiera escuchado!). De todas maneras, el coronel nos aseguraba, desde las profundidades de su conocimiento de la opinión pública, que sin duda cualquier demócrata derrotaría a Eisenhower en las elecciones de 1956. Esa era la perspicacia del liderazgo del tercer partido. Como cabía esperar, el Partido Independiente de Nueva York ya no realizó más mítines.

El Partido de la Constitución de Nueva York tuvo una vida todavía más corta. De nuevo, solamente acudí a una reunión «masiva», presidido por un joven abogado llamado Ed Scharfesberger, que tuvo lugar en un diminuto restaurante en Manhattan. Scharfesberger me dio a entender que yo podría ayudar a escribir el programa del partido, pero algo me dijo que el partido no iba a durar mundo en este mundo. Lo interesante del grupo del Partido de la Constitución estaba su conexión con una minirred de partidos de la Constitución encabezada por el partido de Texas, que sí consiguió entrar en liza y presentó varios candidatos.

Mi candidato personal para presidente en 1956 era el gobernador Bracken Lee de Utah, que era sin duda lo más cercano a un libertario en la vida política. Por cierto, había otros pocos gobernadores que defendían la derogación del impuesto a la renta y la venta de universidades estatales a la empresa privada, rechazaban la ayuda económica federal para carreteras, denunciaban el seguro social, pedían la retirada de la ONU o proclamaban que la ayuda al extranjero era inconstitucional.

Por cierto, un tercer partido sí salió adelante, pero de nuevo empezó muy tarde, a mediados de septiembre del año de las elecciones, y por consiguiente solo pudo participar en algunos Estados. El Nuevo Partido, en una convención de los derechos de los estados, nominó a T. Coleman Andrews, de Virginia, para la presidencia y al exrepresentante Thomas H. Werdal (R., Calif) para la vicepresidencia. Andrews había sido un héroe antiimpuestos, trabajando durante varios años como comisionado de Hacienda en la época de Eisenhower, dimitiendo después para recorrer el país para rechazar la Decimosexta Enmienda (Impuesto sobre la Renta). Apoyé firmemente el ticket Andrew-Werdel, no siendo el menor de sus atractivos la ausencia de cualquier llamado de una cruzada mundial anticomunista. La Enmienda Bricker, la oposición a la ayuda exterior y la retirada de la ONU estaban dentro de su programa de asuntos exteriores, y por cierto lo mismo podría decirse acerca de los partidos de la Constitución. Andrew Werkel llegó a su apogeo en Virginia y Louisiana donde cosecharon más o menos el 7% del voto, ganando un condado (Prince Edward, en Virginia), mientras que J. Bracken Lee obtuvo más de 100.000 votos en Utah, su estado natal, en una candidatura independiente a la presidencia.

Mientras apoyaba a Andrew Werdel, yo dejaba claro a mis lectores de Faith and Freedom que entre los grandes candidatos prefería a Adlai Stevenson. La razón principal no era, como en 1952, castigar a los republicanos izquierdistas por haberse apoderado del partido. Presagiando mi futura carrera política, mi razón principal era la postura decididamente pacifista que estaba adoptando Stevenson, específicamente en su propuesta de abolición de pruebas de las bombas H, así como su sugerencia de derogar el reclutamiento militar. Esto bastaba para llevarme en la dirección stevensoniana.

Poco después de la elección, Bill Johnson, que siempre había alabado mis columnas, voló hacia el Este para informarme de que estaba despedido como columnista de Washington. ¿Por qué? Porque sus lectores ministros protestantes habían llegado a la conclusión de que yo era «comunista». ¡De nuevo acusado de rojo, y esta vez por los «libertarios»! Protesté diciendo que, un mes sí y otro también, había atacado constantemente al gobierno y defendido al individuo: ¿cómo podía ser esto «comunista»? Los acontecimientos se precipitaron. Faith and Freedom desaparecía poco después (y no, debo agregar, por mi despido). Bill Johnson se unió poco después a Dick Cornuelle en la operación del Fondo Volker.

La desaparición de Faith and Freedom y de su organización controladora, Spiritual Mobilization (SM), eran síntomas del grave descenso del ala libertaria de la Vieja Derecha en la segunda mitad de la década de 1950. En medio de la crisis más grave del libertarismo (y la Vieja Derecha) desde la Segunda Guerra Mundial, Spiritual Mobilization, en vez de proporcionar liderazgo en estos tiempos tormentosos, recurrió lo que solamente puede llamarse charlatanería mística neobudista. A mediados de la década de 1950, el reverendo Fifield había confiado la gestión cotidiana de SM a Jim Ingebretsen, un libertario y viejo amigo de Leonard Read, que había sido funcionario de la Cámara de Comercio. Sin embargo, tan pronto como tomó las riendas de SM, él (y el resto del influyente grupo SM) cayeron bajo la influencia carismática del místico neobudista gnómico inglés Gerald Heard. Heard, a quien le gustaba considerar sus confusas elucubraciones como requerimientos de «ciencia», ya había convertido a Aldous Huxley y a Christopher Isherwood al misticismo heardiano (fue Heard quien proporcionó el modelo para el gurú que convertía al complejo protagonista de Huxley al misticismo en Ciego en Gaza). Heard abrió un negocio en un local proporcionado por un empresario patrocinador en una propiedad llamada Idyllwild en el área de Los Ángeles y allí organizaba retiros para todos los en su momento activos empresarios libertarios de la Vieja Derecha. En particular Heard, haciendo alarde acerca del «Growing Edge» y de lo paranormal, organizaba sesiones místicas que incluían experimentos con alucinógenos, «hongos de la locura» e incluso LSD. Resulta fascinante que Heard y su grupo fueran una especie de precursores de Timothy Leary, una forma gentil pero altamente debilitante, de salto incongruente hacia una «contracultura» de derechas. Por supuesto, algo que logró el sumergirse en esta tontería fue el convencer a los participantes de que libertad, estatismo, economía política e incluso ética no eran realmente importantes: que lo único que realmente importaba eran los avances en la «conciencia» espiritual personal.

Aun cuando presumiblemente no fue pensado con ese propósito, fue una bonita manera de destruir un movimiento ideológico activo. Todos los participantes quedaron marcados de una u otra forma. Thaddeus Ashby, que se había convertido en editor asistente de Faith and Freedom, influyó en Johnson, y Gerald Heard obtuvo una columna mensual, en la que escribía incomprensibles pronunciamientos de estilo confuciano. (Una columna típica empezaba: «La gente me pregunta; Mr. Heard, ¿habrá guerra? Y yo respondo: «¿Ha leído usted La Vida de la Abeja, de Maeterlinck?» —Sin duda una respuesta muy útil para la candente cuestión de la política exterior). Ashley acabo abandonando totalmente la ideología libertaria y buscando hongos alucinantes en México y siguiendo el extraño camino del yoga tántrico. El entusiasmo de Bill Mullendore por la libertad se debilitó. E Ingebretsen se vio tan influido como para quedarse virtualmente en un retiro permanente. Las contribuciones de los empresarios bajaron drásticamente, a pesar de un esfuerzo desesperado en el último momento de transformar Faith and Freedom en un órgano exclusivamente antisindical y el rev. Fifield, que había dirigido SM desde la década de 1930, dimitió en 1959, anunciando así el fin de la que en su momento fue una organización activa e importante.158

Incluso Leonard Read se vio afectado, y los flirteos de Read en torno al grupo Growing Edge únicamente podían acelerar el deterioro constante de la FEE. Leonard siempre tuvo una vena mística, así que daba a todos los recién llegados a la FEE a un monologo de una hora sobre el sentido de que «los científicos me dicen que, si se pudiera hacer explotar un átomo del tamaño de este cuarto, y después entrar en él, se oiría una música maravillosa». (Yo me limité a preguntarle si sería de Bach o de Beethoven). Aparentemente, esta tontería funcionó bien con muchos de los devotos de la FEE. Por supuesto, esto no le habría parecido tan bien a Frank Chodorov, una persona con los pies en la tierra a quien le gustaba discutir ideas y problemas reales. No es de extrañar que Chodorov durara muy poco tiempo en este ambiente intelectualmente embrutecedor.

Entretanto, la vida social libertaria en Nueva York había tenido poca entidad. No había jóvenes libertarios en Nueva York después que Dick Cornuelle se mudara al Oeste, y los pocos que había (que no incluían a anarquistas) se agrupaban en torno al seminario de Mises en la Universidad de Nueva York. Una salida de la jungla se produjo en 1953, cuando conocí en el seminario Mises a un brillante grupo de libertarios jóvenes y pujantes: la mayoría eran del ultimo grado de secundaria y uno, Leonard Liggio, era estudiante de segundo año en Georgetown. Algunos de este grupo habían creado el Club Cobden en el Bronx High School of Science y el grupo en general se había reunido como activistas de la campaña Youth for Taft en 1952. La conversión de este grupo al anarquismo era una simple cuestión de lógica libertaria y todos nos volvimos muy amigos, formamos un grupo muy informal llamado el Círculo Bastiat, en honor al economista francés del Laissez Fair. Teníamos discusiones interminables sobre teoría política liberaría y acontecimientos actuales, cantábamos y componíamos canciones, bromeábamos sobe cómo seriamos considerados por los «historiadores futuros», brindábamos por el día de la victoria futura y jugábamos juegos de mesa hasta altas horas de la madrugada. Fueron tiempos verdaderamente felices.

Cuando les conocí, después de la derrota de Taft, el círculo conformaba el ala libertaria de una coalición conservadora-libertaria que había fundado el Students for America: de hecho, en el Círculo los jóvenes controlaban totalmente el grupo oriental del SFA, mientras que su presidente, Bob Munger, un conservador con relaciones políticas derechistas controlaba el grupo occidental. Sin embargo, desafortunadamente, solamente Munger tenía acceso a financiación y, cuando al poco tiempo tuvo de hacer el servicio militar, la SFA se disolvió. Así continuamos durante la década de 1950, como un grupo aislado pero alegre en Nueva York.

A mediados de la década de 1950, la Vieja Derecha se había desmoralizado políticamente debido al fallecimiento de Taft, la derrota de la Enmienda Bricker y el triunfante republicanismo de Eisenhower, mientras que intelectualmente la lenta desaparición de la Vieja Derecha dejaba un vacío: Freeman estaba acabado a todos los efectos, la FEE estaba en decadencia, Chodorov incapacitado, Garrett muerto y Felix Morley, por su persistente aislacionismo, fue despedido de Human Events que había ayudado a fundar. Faith and Freedom y Spiritual Mobilization estaban igualmente muertos.

Finalmente, el fallecimiento del coronel McCormick en abril 1955, privó al aislacionismo y su base del Medio-Oeste de su portavoz más importante y comprometido, como director que daba forma al Chicago Tribune. Literalmente, ya no había lugares libertarios o aislacionistas donde publicar. Todo estaba listo para que se llenara ese vacío, para la incautación de este continente y ejercito perdidos y para su movilización por un hombre y un grupo que pudiera brindar inteligencia, erudición, atrevimiento, dinero, y conocimiento político para tomar el ala derecha de una forma diferente y para un percusionista muy distinto. Había llegado el momento de Bill Buckley y National Review.

  1. National Review y el triunfo de la Nueva Derecha

Garet Garrett lo había dicho: al referirse al triunfo del New Deal y luego al Imperio Americano, resumía la estrategia: «revolución dentro de las formas». La Nueva Derecha no se molestó, no planteó una posible resistencia, lanzando un asalto frontal contra los viejos ídolos: contra el fallecido senador Taft, contra la Enmienda Bricker ni contra los viejos ideales de individualismo y libertad. Por el contrario, ignoraron algunos, abandonaron otros y afirmaron que habían llegado a colmar los ideales generales del individualismo en una «fusión» nueva y superior de libertad y tradición ordenada.

¿Cómo se había alcanzado concretamente ese logro? Para empezar, atacándonos en nuestro punto más vulnerable: la frustración del anticomunismo. Ya que la acusación de rojos nos llegaba fácilmente a todos, incluso al más libertario. En primer lugar, había terribles recuerdos de la Segunda Guerra Mundial, la manera en que el Partido Comunista había adoptado con júbilo la apariencia de ser patriotas de guerra, del «americanismo del siglo XX» y había calumniado desvergonzadamente a todos los opositores a la guerra como agentes de Hitler. Conservadores y antiguos liberales aislacionistas difícilmente podían olvidar y perdonar y, por consiguiente, cuando empezó la Guerra Fría, cuando se rompió la «gran coalición patriótica» de EEUU y Rusia, fue difícil para la Vieja Derecha resistir la tentación de vengarse, de devolver el desdén de los agentes-de-un-poder-foráneo a sus antiguos atormentadores. Además, cegados por el odio hacia Rusia como potencia intervencionista, creímos equivocadamente que repudiar los frutos de la alianza rusa, incluyendo Teherán y Yalta, era en sí un repudio a la Segunda Guerra Mundial. Desafortunadamente no nos dimos cuenta (como señalarían historiadores posteriores de la Nueva Izquierda) de que la Guerra Fría y la intervención en la Segunda Guerra Mundial eran parte integrante de lo mismo: de que una era la inevitable consecuencia de la otra y de que las dos eran parte integral del imperialismo rampante de Estados Unidos.

Pero el problema era más profundo. Nuestro problema principal era nuestra apreciación simplista del espectro ideológico–político. Todos asumíamos que había dos polos: un polo «izquierdo» de comunismo, socialismo y gobierno totalitario y un polo «derecho» de libertarismo y anarquismo individualista. A la izquierda del centro estaban los liberales y socialdemócratas; a la derecha del centro estaban los conservadores. Desde un espectro simplista concluíamos, primero, que los conservadores, sin que importara la divergencia, eran nuestros aliados «naturales» y, segundo, que verdaderamente había poca diferencia entre liberales y comunistas. ¿Por qué no entonces enmarañar la verdad un poquito y usar el garrote anticomunista para golpear a los liberales, especialmente debido a que los liberales se habían atrincherado en el poder y estaban dirigiendo el país? Era una tentación que pocos podíamos resistir.

De lo que no nos dimos cuenta completamente en ese momento era de que los comunistas y socialistas no habían inventado el estatismo ni el gobierno Leviatán, sino que estos habían existido durante siglos y que el desarrollo del momento del consenso liberal-conservador y particularmente el triunfo del progresismo era un regreso del viejo y despótico ancien régime. Este ancien régime era el Viejo Orden contra el que habían surgido como oposición revolucionaria los movimientos libertarios y de laissez-faire de los siglos XVIII y XIX, una oposición a favor de la libertad económica, y la libertad individual. Jefferson, Cobden y Thoreau como nuestros predecesores fueron antepasados en más de una manera, pues tanto nosotros como ellos estábamos peleando contra el mercantilismo estatista que establecía un despotismo burocrático y monopolios corporativos en el interior y libraba guerras imperiales en el exterior. Pero si el socialismo y el progresismo eran reversiones hacia el Viejo Conservadurismo Europeo, entonces queda claro que es el conservadurismo estatista (ahora unido al progresismo y la socialdemocracia) el que sigue siendo el gran enemigo de la libertad, y no solo en 1800. Y si liberales y comunistas suenan igual, no quería decir que, como pensábamos entonces, los liberales en modo alguno se hubieran vuelto criptocomunistas: ¡por el contrario, era una señal de que los comunistas se habían vuelto liberales!

Pero para nosotros este análisis (que desarrollaría Leonard Liggio) todavía quedaba en un futuro lejano. Durante los 1940 y 50 estábamos alegremente acusando a los rojos. Mi postura era característicamente libertaria: distinguía entre acusación «obligatoria», usando el poder del Estado para reprimir a comunistas e izquierdistas, algo que deploraba, y acusación «voluntaria» por parte de organizaciones privadas y grupos, algo que apoyaba. Lo anterior incluía las persecuciones de la Ley Smith, la Ley McCarran y las inquisiciones del HUAC. Otra cosa que no vi fue que no me di cuenta de la imposibilidad virtual de mantener estrictamente separados la acusación nacional y exterior; era psicológica y políticamente imposible perseguir o acosar a comunistas o izquierdistas en el interior y al mismo tiempo proseguir con una política de paz, neutralidad y amistad con los países comunistas de ultramar. Y los seguidores del anticomunismo global sabían muy bien esta verdad.

Desde muy temprano en el periodo de la posguerra, los mayores portadores del contagio anticomunista fueron los intelectuales excomunistas y exizquierdistas. En un clima de creciente desilusión con la fatua propaganda de la Segunda Guerra Mundial, los excomunistas impactaron en los mundos intelectuales y políticos como una bomba, formando cada vez más la punta de lanza de la cruzada anticomunista, tanto nacional como exterior. Sofisticados, mundanos, polemistas veteranos, ya habían pasado por allí: para los ingenuos y asustados estadounidenses, los exizquierdistas eran como viajeros de una tierra desconocida y por consiguiente llena de cosas horribles que regresaban con auténticas historias de terror y advertencia. Como ellos sabían, con su conocimiento especial, y como ellos lanzaban las terribles advertencias, ¿quién iba a negar esa verdad? El hecho de que a través de la historia intentaran denigrar y exterminar su amor anterior tratando frenéticamente de expiar su culpa y su miedo de haber gastado sus vidas, ese hecho se nos pasó por alto, así como a la mayoría de Estados Unidos.

Desde el mismo final de la guerra, estaban en todas las partes de la derecha, creando miedo, apuntando con el dedo, ansiosos por perseguir o exterminar a cualquier comunista que encontraran, en el interior y en el exterior. Algunos «exalgo» de la vieja generación de la época de preguerra eran prominentes. Uno fue George E. Sokolsky, columnista del New York Sun, que a principios de la década de 1920 había sido comunista. Particularmente prominente en la derecha fue el Dr. J. B. Matthews, importante compañero de viaje al principio de la década de 1930, quien al final de la década era investigador jefe del Comité Dies; Mathews hizo una fortuna con sus famosos «ficheros de tarjetas», una enorme colección de nombres del «frente comunista» que usaría para vender sus servicios como señalador en industrias y organizaciones; placentero y erudito, Matthews se había convertido del socialismo en parte leyendo Socialismo de Mises. Pero el primer matrimonio entre libertarios y acusadores de rojos se produjo poco después del término de la guerra debido al veterano acusador Isaac Don Levine, que fundó una poco conocida publicación mensual llamada Plain Talk, en donde se leía una curiosa mezcla de filosofía política libertaria y feroces revelaciones de presuntos «rojos» en Estados Unidos. Fue particularmente curioso porque Don Levine, nunca había mostrado, antes o después de su empresa de poca duración, ningún interés por la libertad o el libertarismo. Cuando Plain Talk se terminó, Don Levine se mudó a Alemania Occidental a participar en la política revanchista de los grupos emigré del este europeo.

Después de varios años, Plain Talk desaparecería para convertirse en el semanal Freeman en 1950, un proyecto más ambicioso y mejor financiado, que, sin embargo, nunca logro acercarse a la influencia o número de lectores del posterior National Review. De nuevo fue una empresa de coalición libertaria, conservadora y acusadores de rojos. Los coeditores eran dos veteranos escritores y periodistas: Henry Hazlitt, un economista de laissez-faire, pero nunca un aislacionista, y John Chamberlain, un hombre de instintos libertarios y antiguo aislacionista, pero izquierdista profundamente asustado por una célula comunista que le había tratado groseramente en la revista Time.159 Así que la causa aislacionista nunca estuvo muy representada en Freeman y, además, Will Schlamm entró como editor de libros y Chamberlain trajo al profundamente antilibertario Forrest Davis para ser un tercer coeditor. Davis, junto con Ernest K. Lindley, habían escrito la apología oficial de Pearl Harbor durante la administración Roosevelt, y después había sido pasado a ser el escritor fantasma de Joe McCarthy.160

De hecho, McCarthy y el «McCartismo» proveyeron el catalizador principal para transformar la masa base de la derecha del aislacionismo y cuasilibertarismo al simple anticomunismo. Antes de que McCarthy lanzara su famosa campaña en febrero de 1950, no había estado especialmente asociado con el ala derecha del Partido Republicano; por el contrario, su historial se acercaba más a ser liberal y centrista, más estatista que libertario. Debemos recordar que la cacería de brujas del anticomunismo y las acusaciones de rojos la lanzaron los liberales y, aun después de que apareciera McCarthy, los liberales fueron los más eficaces en el juego. Después de todo, fue la administración liberal de Roosevelt la que aprobó la Ley Smith, que se utilizó contra trotskistas y aislacionistas durante la Segunda Guerra Mundial y en contra de los comunistas después de la guerra; fue durante la administración liberal de Truman cuando enjuiciaron a Alger Hiss y a los Rosenberg y la que inició la Guerra Fria: fue el eminente liberal Hubert Humphrey el que consiguió que se aprobara la cláusula en la Ley McCarran de 1950 que amenazaba con campos de concentración a los «subversivos».

Por cierto, los historiadores de la Nueva Izquierda, Steinke y Weinstein, han demostrado que el mismo McCarthy aprendió a amenazar a los rojos nada menos que del santificado personaje socialdemócrata Norman Thomas. Durante la campaña de 1946, McCarthy primero se presentó al Senado en contra del gran líder aislacionista Robert LaFollette, Jr. Aunque en las primarias McCarthy atacó poco como rojo al todavía coherente aislacionista La Follette, McCarthy era entonces un internacionalista típico, un Vanderberg republicano, con cierto apoyo disidente a la idea de negociar la paz con la Unión Soviética. Después, el 26 de agosto de 1946, Norman Thomas, hablando en el día de campo anual del Partido Socialista de Wisconsin, acusó de rojo al candidato demócrata al Senado, Howard J. McMurray. Thomas acusaba en particular a McMurray de estar apoyado por el Daily Worker, una acusación que McCarthy usó a su gusto unas semanas después. McCarthy había aprendido cómo hacerlo de un veterano de las luchas destructivas en la izquierda.161

La campaña de McCarthy transformó en la práctica la base de la derecha llevando al movimiento un gran número de católicos urbanos de la Costa Este. Antes de McCarthy, la base de la derecha eran los pequeños pueblos del aislacionista Medio Oeste, los lectores típicos del viejo Chicago Tribune. A diferencia de la vieja base, el interés de los nuevos electores católicos por la libertad individual era, si acaso, negativa: se podría decir que su principal interés era eliminar la blasfemia y la pornografía y matar comunistas en el interior y el exterior. En cierto modo, la posterior aparición de Bill Buckley y su muy aparentemente católica National Review reflejaba esta gran influencia y transformación. Sin duda no fue casualidad que la primera aparición en la escena política de Buckley fue por ser coautor (con su cuñado, L. Brent Bozell, un converso al catolicismo) de la destacada obra a favor de McCarthy, McCarthy and his Enemies (1954). A la bandera mccartista también se unieron la cada vez más poderosa bandada de excomunistas y exizquierdistas: en particular, George Sokolsky, un destacado consejero de McCarthy, y J.B.Matthews, que fue jefe de investigaciones de McCarthy hasta que se excedió al denunciar la supuestamente masiva «infiltración» entre el clero protestante por parte del Partido Comunista.

Sin darme cuenta, en aquel entonces, en ese proceso de transformación, yo era un entusiasta de McCarthy. Había dos razones básicas. Una era que mientras McCarthy estaba empleando el arma del comité gubernamental, la mayor parte de sus víctimas no eran ciudadanos privados, sino cargos públicos: burócratas y oficiales del Ejército. La mayoría de las acusaciones de McCarthy eran, por consiguiente, «voluntarias», no «obligatorias», ya que las personas que estaban siendo atacadas eran funcionarios, algo justo desde el punto de vista libertario. Además, cada día, órganos del establishment como el New York Times continuaban diciéndonos que McCarthy estaba «destruyendo la moral del poder ejecutivo»: ¿qué más podía desear un libertario? ¡Y «destruyendo la moral del ejército»! ¡Que bálsamo para un antimilitarista!

Recientemente, tuve la ocasión de volver a ver, después de muchos años, una película de Emile D’Antonio de la censura, Point of Order. La vi con un viejo miembro del Círculo que hacía tiempo también había abandonado la derecha y teníamos curiosidad sobre cómo reaccionaríamos, ya que ninguno de ambos había reflexionado seriamente sobre el episodio de McCarthy olvidado hace mucho. A los pocos minutos, nos encontramos nuevamente entusiasmados, pero de una manera distinta, por ese símbolo determinante de la caza de brujas. La película empezaba con McCarthy señalando como su premisa básica, un mapa loco de los Estados Unidos con la «conspiración internacional comunista» moviéndose en una serie coordinada de flechas en contra de los Estados Unidos. (Era para todo el mundo como una publicación de los 50 del Lampoon de Harvard, satirizando una «amenaza» militar absurda). Pero lo crucial es que el ejército de McCarthy y sus adversarios en el ejército y el Senado nunca impugnaron este axioma absurdo y, una vez dado al axioma, la lógica de McCarthy era impecable. Como señalaron Steinke y Weinstein, McCarthy no inventó la cacería de brujas ni la acusación de rojos. «Tampoco, como muchos liberales se quejan, abusó ni hizo mal uso de una herramienta útil por otro lado: simplemente la llevo a su conclusión lógica». De hecho, tomó la creación de los propios liberales y la volteó en su contra, y también en contra de los engreídos oficiales del ejército Leviatán; y ver que tenían parte de un castigo justo, y ver que a los liberales y centristas les estallaba su propio petardo, era algo verdaderamente dulce. En palabras de Steinke y Weinstein, McCarthy

montó al monstruo con demasiado entusiasmo, volviéndolo en contra de sus creadores y estos, al darse cuenta por fin de que su creación estaba fuera de control, intentaron devolvérsela en una flácida defensa.162

Como una pequeña corroboración personal, recuerdo muy bien la reacción de un conocido cercano, un viejo ruso, miembro de la Federación Socialdemócrata Rusa y veterano anticomunista, cuando empezó el movimiento mccartista. Estaba positivamente jubiloso y apoyaba fervientemente la campaña de McCarthy y solo poco más tarde, cuando se «extralimitó», el viejo menchevique se dio cuenta que había que deshacerse de McCarthy.

Pero todavía había otra razón para mi propia fascinación con el fenómeno: su populismo. La década de 1950 fue una era en la que el liberalismo (ahora llamado correctamente «liberalismo corporativo») había triunfado, y parecía que se mantendría permanentemente al mando. Tras haber ganado los puestos de poder, los liberales habían abandonado su fachada radical de la década de 1930 y ahora disfrutaban cómodamente de su poder y sus gratificaciones. Era una confortable alianza de Wall Street, grandes negocios, Gran Gobierno, grandes sindicatos e intelectuales liberales de la Ivy League: me parecía que, aunque a largo plazo esta poco santa alianza solo podía deshacerse educando a una nueva generación de intelectuales, a corto plazo la única esperanza de desalojar a esta nueva élite gobernante era un cortocircuito populista. Es suma, que había una necesidad vital de apelar directamente a las masas, emocionalmente, incluso demagógicamente, por encima de las cabezas del establishment: la Ivy League, los medios de comunicación, los intelectuales liberales, la estructura del partido republicano-demócrata. Esta apelación solamente se podía hacer (especialmente en ese periodo de que no había oposición organizada) por medio de un líder carismático, un líder que pudiera hacer una apelación directa a las masas y así debilitar a la elite gobernante y formadora de opinión; en definitiva, por un cortocircuito populista. Me parecía que esto era lo que McCarthy estaba tratando de hacer y ese era en buena medida su atractivo, la sensación de que no había ningún atrevimiento del que McCarthy no fuera capaz, de que asustaba a los liberales, quienes, desde el otro lado de la valla, también veían que el único peligro para su gobierno estaba precisamente en estimular las emociones populistas.163

Mi propia ocurrencia en ese entonces, que resumía en general esta postura, contrariamente a los liberales, que aprobaban los «fines» de McCarthy (la salida de los comunistas de oficinas y trabajos), pero desaprobaban sus medios radicales y demagógicos, era que aprobaba sus medios (ataque radical al poder estructurado de la nación) pero no necesariamente sus medios.

Seguramente no es casualidad que, con su poder consolidado y siendo la apelación populista su único temor, los liberales intelectuales se empeñaran en impulsar su proclamación del «fin de las ideologías». Por consiguiente, su afirmación de que la ideología y sus duras doctrinas ya no eran valiosas o viables y su ferviente celebración del recién descubierto consenso estadounidense. Con tales enemigos y por estas razones, me resultaba difícil no ser “mccartista”.

La expresión principal de esta alabanza del consenso combinada con el recién descubierto miedo a la ideología y populismo fue la colección de Daniel Bell, The New American Right (1955). Esta colección fue también importante al juntar a exradicales (Bell, Seymour Martin Lipset, Richard Hofstadter, Nathan Glazer) con un liberal antipopulista «conservador» (Peter Vieneck) en este consenso proelitista y antipopulista. También es destacable la dedicatoria del libro a S.M. Leitas, editor ejecutivo del socialdemócrata New Leader, la publicación que agrupaba a acusadores «responsables» de rojos y liberales en el consenso de la Guerra Fría de la posguerra.164

El culmen de mis actividades populistas y mccartistas llegó durante la máxima confusión de McCarthy, con el furor acerca de las actividades de Roy Cohn y S. David Schine. Fue poco después de la fundación del Círculo Bastiat y los jóvenes del Círculo, como líderes del Students for America, que todavía funcionaba, fueron invitados a hablar en una masiva cena testimonial a favor de Ray Cohn, debido a su salida forzada del Comité McCarthy, en el Hotel Astor de Nueva York el 26 de Julio de 1954. Los principales oradores eran lideres mccartistas, como Godfrey P. Schmidt, Alfred Kohlberg, Bill Buckley y el rabino Benjamin Schultz. Pero el que cosechó más aplausos y obtuvo considerable notoriedad fue el breve discurso dado por un miembro de nuestro Círculo (George Reisman), que había escrito yo. El discurso se preguntaba por qué la intensidad y odio de los intelectuales liberales en contra de Cohn y McCarthy y contestaba que la amenaza contra un gobierno comunista, también se sentía su amenaza en contra los «socialistas y newdealers, que han estado dirigiendo nuestra vida política durante los últimos veinte y un años ¡y todavía la están dirigiendo!» El discurso concluía con un llamamiento populista a que

Como decía correctamente el Chicago Tribune, el caso de Roy Cohn es el caso Dreyfus estadounidense. Así como Dreyfus fue redimido, también lo será Roy Cohn cuando el pueblo estadounidense haya rescatado su gobierno de la alianza criminal de comunistas, socialistas, newdealers y republicanos de Eisenhower y Dewey.

El rabino Schultz, que presidía la cena, se refirió cautelosamente al tumultuoso aplauso al discurso de Reisman como un «gran jurado fuera de control» y el aplauso y el discurso fueron mencionados en las páginas del New York Journal-American, el New York Herald Tribune, la columna de Jack Lait en el New York Mirror, el New York World-Telegram and Sun, la columna de Murray Kempton en el New York Post y en la revista Time. El veterano liberal y «acusador extremista de rojos» y presentador de radio George Hamilton Combs se sintió particularmente molesto. Combs advirtió que «el parecido de esta multitud y sus socios opositores de la extrema izquierda es asombrosamente cercano. Esta es la versión derechista de la convención multitudinaria de Henry Wallace, la convención de 1948 del Partido Progresista».

Es especialmente interesante el hecho que las ahora conocidas frases que cerraban el discurso se consagraran en la contribución que hacía Peter Viereck en el libro de Daniel Bell, «The Revolt Against the Elite». Viereck veía la fraseología de Reisman como un peligroso «estallido de democracia directa», que «proviene directamente de la retórica izquierdista de los viejos populistas y progresistas, una retórica que siempre reclama que el Pueblo recupere “su” gobierno frente a supuestos poderes conspirativos». En concreto, Viereck también explicaba lo que quería decir con «democracia directa»: «nuestra tradición de la multitud de Tom Paine, el jacobinismo, y los partidos populistas del Medio Oeste», del «gobierno por referéndum y petición de masas, tal como el comité mccartista de los diez millones». Siendo «inmediata y exaltada», la democracia directa «facilita la revolución, la demagogia y el control mental robespierrano» frente, supongo, al «control mental» más callado, pero más penetrante, de las élites del liberalismo corporativo.165

Como no podía entender la interacción de las acusaciones de rojos internas y externas que estaban ocurriendo en el movimiento mccartista, quedé desconcertado cuando McCarthy, después de la terrible censura por el Senado a finales de 1954, pasó a alegrarse por una guerra a favor de Chiang Kai-Chek en Asia. ¿Por qué este cambio? Estaba claro que las fuerzas de la Nueva Derecha detrás de McCarthy estaban ahora convencidas de que las acusaciones en el interior, que habían encolerizado al establishment del centro-derecha, se habían vuelto contraproducentes y a partir de entonces el todo el empeño debía ponerse en presionar a favor de una guerra contra el comunismo en el extranjero. Mirando atrás, queda claro que una fuerza importante para este giro fue la siniestra figura del millonario importador del Lejano Oriente, Alfred Kolberg, un gran respaldo de McCarthy, que le suministraba mucho material y hacia alarde de su posición como jefe del poderoso «lobby chino» a favor de Chiang Kai-Chek. Aunque fue un fracaso a corto plazo, el movimiento mccartista hizo su trabajo de cambiar toda la atención de la derecha de libertaria, antiestatista y aislacionista a enfocarse y concentrarse en la supuesta «amenaza» comunista. Una desviación de los asuntos internos a los externos no solo consolidaría a la derecha: tampoco traería una verdadera oposición de los republicanos liberales e internacionalistas, quienes, después de todo, habían empezado la Guerra Fría.

El colapso casi inmediato del movimiento de McCarthy también se debió claramente a la falta de algún tipo de organización. Había líderes, había respaldo de la prensa, había una gran base, pero no había canales de organización ni había enlaces intermediarios entre los líderes y la base, ni en publicaciones de opinión, ni en las organizaciones populares más cercanas. A finales de 1955, William F. Buckley y su recientemente fundado semanal National Review se lanzaron a remediar ese vacío.

En 1951, cuando Bill Buckley apareció en escena con su God and Man at Yale, le gustaba referirse a sí mismo como «libertario» y aun a veces como «anarquista», ya que en esos primeros días el mentor ideológico de Buckley era Frank Chodorov y no quien en seguida se convertiría en tal: el famoso Whittaker Chambers. Pero incluso en esos primeros tiempos «libertarios» había un detalle que hacía de su libertarismo una mera retórica falsa: la cruzada anticomunista. Así, tomemos uno de sus primeros trabajos: «A Young Republican´s View», publicado en Commonwealth el 25 de enero de 1952. Buckley empezaba el artículo de una forma libertaria excepcional, afirmando que el enemigo es el Estado y apoyando el punto de vista de Herbert Spencer de que el Estado está «engendrado desde la agresión y por la agresión». Buckley también aportaba excelentes citas de líderes individualistas del pasado como H.L. Mencken y Albert Jay Nock y criticaba al Partido Republicano por no ofrecer ninguna alternativa real al floreciente estatismo. Pero luego en el resto del articulo lo olvidaba, ya que surgía la llamada amenaza soviética y entretanto todos los principios libertarios tenían que abandonarse. Así que Buckley declaraba que ya que «esa gran agresividad invencible de la Unión Soviética» era una amenaza inminente para la seguridad estadounidense y, por consiguiente, «entretanto, tenemos que aceptar el Gran Gobierno, ya que no puede llevarse a cabo una ofensiva ni defensiva (…) excepto a través del instrumento de una burocracia totalitaria dentro de nuestras fronteras». Así que tenía que aceptarse una burocracia totalitaria mientras existiera la Unión Soviética (¿supuestamente por su amenaza de imponernos una burocracia totalitaria?). Consecuentemente, Buckley declaraba que todos debíamos apoyar «las extensivas y productivas leyes fiscales que sean necesarias para apoyar una vigorosa política exterior anticomunista», así como «grandes fuerzas armadas y fuerzas aéreas, energía atómica, inteligencia centralizada, consejos de producción bélica y la correspondiente centralización del poder en Washington, incluso con Truman al mando de todo».166 Por consiguiente, incluso cuando era más libertario, incluso antes de que Buckley llegara a aceptar el Gran Gobierno y las leyes sobre moralidad como fines en sí mismos, la supuesta «fusión» de National Review de libertad y orden, de individualismo y anticomunismo, era estrictamente retórica, para guardarla para teorizar en abstracto y en conversaciones después de cenas. La esencia del Nuevo Conservadurismo era la movilización del Gran Gobierno para la campaña mundial contra el comunismo.

Y así, cuando se fundó National Review con mucha experiencia y financiación, a finales de 1955, la revista era una agrupación para dirigir a la derecha recientemente transformada hacia dos grupos: todos los periodistas e intelectuales excomunistas veteranos y el nuevo grupo de católicos más jóvenes cuyo objetivo principal era el anticomunismo. Por consiguiente, el tema central y guía para los dos grupos en esta coalición impía era la extirpación del comunismo, en el interior y particularmente en el exterior. En la nueva revista eran prominentes importantes exizquierdistas: James Burnham, antiguo trotskista; Frank S. Meyer, anteriormente en el comité nacional del Partido Comunista y cabecilla de la escuela de formación de este en Chicago; el exlíder comunista alemán William Schlamm; el Dr. J.B. Matthews; el exizquierdista Max Eastman; el excomunista Ralph DeToledano; el antiguo teórico comunista alemán, profesor Karl Wittfogel; John Chamberlain, destacado intelectual izquierdista de la década de 1930; el ex-compañero de viaje Eugene Lyons; el excomunista Will Herberg; el exespía comunista Whittaker Chambers y un montón más.

El ala católica constaba de dos partes. Una era un grupo encantador pero ineficaz de una generación de antiguos monárquico y autoritarios europeos o de orientación europea: por ejemplo, el erudito austriaco Erik von Kuehnelt-Leddihn; el poeta Roy Campbell; el carlista proespañol Frederick Wilhelmsen y el inglés Sir Arthur Lynn. Recuerdo que una noche hubo una acalorada discusión durante una reunión conservadora acerca de los respectivos méritos de los Habsburgo, los Estuardo, los Borbón, los carlistas, la Corona de San Esteban y la Corona de San Wenceslao y qué monarquía debería restaurarse primero. Fueran cuales fueran los méritos de la postura monárquica, no era un argumento relevante para la tradición estadounidense, y menos en la escena cultural y política del momento. Mirando atrás, ¿mantenía Buckley a este grupo como un adorno exótico, como una contraparte intelectual a su grupo de alta sociedad?

La otra rama de católicos más jóvenes era decididamente más importante para los propósitos de su nueva revista. Estos eran los estadounidenses jóvenes anticomunistas, sobre todo los diversos miembros de la familia Buckley (quienes, por su cercanía y estilo de vida, han parecido una versión de derecha de los Kennedy), que incluía al principio al cuñado de Buckley y compañero de cuarto en la universidad, L. Brent Bozell y su entonces discípulo favorito Garry Wills, que más tarde se volvió izquierdista. Redondeando el aura católica en National Review, se dio el hecho de que dos de sus principales editores se convirtieron al catolicismo: Frank Meyer y el científico político Willmoore Kendall. Fue la esencia del National Review como órgano anticomunista lo que importó para convertirse en una coalición de exestalinistas y trotskistas y católicos más jóvenes y llevó a los observadores a hacer señalar la curiosa ausencia de protestantes estadounidenses (quienes, por supuesto, habían sido el meollo de la Vieja Derecha) en el núcleo de la Nueva Derecha seguidora de Buckley.167

En esta formidable pero profundamente estatista agrupación, el interés por la libertad individual era mínimo o negativo, quedando en buena parte confinado a algunas de las reseñas de libros de John Chamberlain y al tiempo del que Frank Meyer pudiera disponer cuando no dedicaba su atención a la guerra total contra el bloque soviético. El interés por la economía de libre mercado era mínimo y muy retórico, confinada a artículos ocasionales de Henry Hazlitt, quien por su parte nunca había sido un aislacionista y apoyaba la línea dura de la revista en política exterior.

Visto lo anterior, ahora deberíamos preguntarnos si un objetivo principal de National Review desde su concepción fue o no transformar a la derecha de un aislacionismo a un movimiento belicista global anticomunista y, particularmente, si todo ese esfuerzo fue o no esencialmente una operación de la CIA. Ahora sabemos que Bill Buckley, durante los dos años anteriores a la creación de National Review, fue realmente un agente de la CIA en la Ciudad de México y que el siniestro E. Howard Hunt, era su control. Su hermana Priscilla, quien se convirtió en directora general de National Review, también estuvo en la CIA y otros editores, como James Burnham y Willmoore Kendall, se vieron al menos beneficiados por la generosidad de la CIA en el Congreso Anticomunista para la Libertad Cultural. Además, Burnham ha sido identificado por dos fuentes confiables como consultor de la CIA durante los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial.168 Además, Garry Wills relata en sus memorias del movimiento conservador que Frank Meyer, con quien tenía amistad en aquel entonces, estaba convencido que la revista era una operación de la CIA. Con su formación leninista para olfatear intrigas, Meyer debe considerarse un testimonio importante.

Además, era una práctica usual en la CIA, por lo menos durante esos primeros años, que nadie abandonaba nunca la CIA. Un amigo mío que se unió a la Agencia a principios de la década de 1950 me dijo que si antes a la edad de jubilación mencionaba que se había abandonado de la CIA para dedicarse a otro trabajo, no le creyera, ya que solo lo diría para encubrir que continuaba trabajando para la Agencia. Con ese testimonio, la idea de que la NR era una operación de la CIA se hace todavía más fuerte. También es insinuante el hecho de que un personaje aún más siniestro que Howard E. Hunt, William J. Casey, aparezca en momentos claves de la creación de la Nueva Derecha sobre la Vieja. Fue Casey quien, como abogado, presidió la constitución de National Review y arregló los detalles de la expulsión de Felix Morley de Human Events.

De todas maneras, mirando atrás, está claro que los libertarios y los miembros de la Vieja Derecha, incluido yo, habíamos cometido un gran error al apoyar las acusaciones de socialismo, unas acusaciones que demostraron ser el mejor punto de apoyo para una completa transformación de la derecha original. Deberíamos haber escuchado con más atención a Frank Chodorov y a su espléndida postura libertaria sobre las acusaciones de socialismo. «¿Cómo despojarnos de los comunistas en el gobierno? Fácil. Eliminemos los empleos».169 Lo importante eran los empleos y su funcionamiento, no la calidad de las personas que los ocupaban. Mas detalladamente, Chodorov escribía:

Y ahora llegamos a la caza de espías, que es, en realidad, un juicio por herejía. ¿Qué es lo que perturba a los inquisidores? Estos no preguntan a los sospechosos: ¿Usted cree en el Poder? ¿Acepta la idea de que el individuo existe para gloria del Estado? (…) ¿Está en contra de los impuestos, o los subiría hasta que absorbieran toda la producción del país? (…) ¿Se opone al principio del servicio militar? ¿Está a favor de más «beneficios sociales» bajo la tutela de una burocracia mayor? ¿O defiende desmantelar este comedero público del que se alimentan estos burócratas? En resumen, ¿niega usted el Poder?

Tales preguntas podrían ser vergonzosas para el investigador. Las respuestas podrían hacer relucir una similitud entre sus ideas y sus propósitos y los de los sospechosos. Ellos también rinden culto al Poder. Bajo esas circunstancias, se limitan a una pregunta: ¿Eres miembro del Partido Comunista? Y esto resulta significar: ¿te has alineado con la rama de la iglesia de Moscú?

La alabanza de poder esta ahora sectarizada siguiendo las líneas nacionalistas. (…) Cada nación cuida su ortodoxia. (…) En donde se puede obtener Poder, es inevitable la contienda entre sectores rivales. (…) La guerra es la apoteosis de Poder, la expresión última de la fe y la solidarización de sus logros.170

Y Frank también escribía:

El alegato en contra de los comunistas involucra un principio de importancia trascendental. Es el derecho a equivocarse. La heterodoxia es una condición esencial de una sociedad libre. (…) El derecho a tomar una decisión (…) me es muy importante, ya que la libertad de elegir es necesaria para mi sentido de la personalidad, y es importante para la sociedad, porque solamente por la yuxtaposición de ideas podemos esperar acercarnos al ideal de la verdad.

Cada vez que escojo una idea o la califico como «correcta», doy a entender la prerrogativa de alguien más para que la rechace y la califique como «equivocada». Invalidar su derecho es invalidar el mío. Es decir, debo soportar el error si quiero mantener mi libertad de pensamiento. (…) Si los hombres son castigados por adoptar comunismo, ¿pararemos allí? Una vez deneguemos el derecho a estar equivocados, le ponemos una abrazadera a la mente humana y fomentamos la tentación poner la palanca de la abrazadera en manos de la crueldad.171

Mientras que el anticomunismo fue la raíz central de la decadencia de la Vieja Derecha y su reemplazo por su oposición estatista en National Review, había otra fuerza importante transformando la derecha estadounidense, especialmente viciando su libertarismo «doméstico» e incluso su devoción retórica por la libertad. Fue la súbita aparición de Russell Kirk como líder del Nuevo Conservadurismo, con la publicación de su libro The Conservative Mind en 1953. Kirk, que se convirtió en columnista habitual de National Review desde su fundación, creó sensación con su libro y fue pronto adoptado como el adorado conservador del «centro vital». De hecho, antes de que Buckley se hiciera prominente como el portavoz conservador más importante en los medios de comunicación, Russell Kirk era el conservador más prominente. Después de la publicación de su libro, Kirk empezó a dar discursos en todo el país, muchas veces en un amigable tándem de «centro vital» con Arthur Schlesinger, Jr.

Pues Kirk era más aceptable para el liberalismo corporativo del «centro vital» que la Vieja Derecha. Despreciando cualquier rasgo de individualismo o de una economía de riguroso libre mercado, Kirk estaba en cambio bastante cerca del conservadurismo de Peter Viereck: para Kirk, el gobierno grande y el estatismo interior eran perfectamente aceptables, mientras se basaran en alguna clase de tradición burkeana y disfrutaran de una estructura cristiana. De hecho, estaba claro que la sociedad ideal de Kirk era una ordenada aristocracia rural inglesa, gobernada por la iglesia anglicana y terratenientes tories en una unión feliz.172 Allí no había un individualismo ferviente, ni trazas de populismo o radicalismo que alteraran a las clases gobernantes o la comunidad intelectual liberal. Aquí al fin había un derechista con quien los liberales, aunque no totalmente de acuerdo, podían tener un dialogo amigable.

De hecho, fue Kirk quien hizo de general aceptación para la derecha las palabras «conservadurismo» y «Nuevo Conservadurismo». Antes de eso, los libertarios eruditos habían odiado la palabra, y con toda la razón: ¿no eran los conservadores el antiguo enemigo, los tories y reaccionarios de los siglos XVIII y XIX supresores de la libertad individual, los antiguos defensores de Antiguo Orden del Trono y el Altar contra quienes los liberales de los siglos XVIII y XIX habían combatido tan valientemente? Por eso los liberales clásicos e individualistas más viejos se resistieron al término con disgusto: Ludwig von Mises, un liberal clásico, desdeñaba el término; F.A. Hayek insistía en llamarse un «Viejo Whig» y cuando a Frank Chodorov lo llamaron «conservador» en las páginas de National Review, escribió una carta indignado declarando: «En cuanto a mí, le daré un puñetazo en la nariz a quien me llame conservador. Yo soy un radical».173 Antes de Russell Kirk, la palabra «conservador», al estar relacionada con la reacción y el Viejo Orden, era una palabra ofensiva de la izquierda contra la derecha: solo después de Kirk la derecha, incluyendo la nueva National Review, se apresuró a usar este anteriormente odiado término.

La influencia de Kirk fue pronto evidente en las reuniones de la juventud de derechas. Recuerdo una reunión en la que, para mi consternación, un tal Gridley Wright, un líder aristocrático del conservadurismo de la Universidad de Yale, declaró que la verdadera lucha de nuestros días entre derecha e izquierda no tenía nada que ver con la economía de libre mercado o con la libertad individual frente al estatismo. Que la verdadera lucha, declaraba, era del cristianismo contra el ateísmo y de los buenos modales contra la bochornosa codicia materialista: por ejemplo, la codicia materialista de la gente hambrienta de la India que trataba de obtener ingresos, un poco de subsistencia. Por supuesto, a un hombre rico de Yale cuyo su padre era dueño de una gran porción de Montana le era fácil despreciar la «codicia materialista» de los pobres: ¿era en esto en lo que se estaba convirtiendo la derecha?

Russell Kirk también consiguió modificar nuestro panteón histórico de héroes. Mencken, Nock, Thoreau, Jefferson, Paine y Garrison fueron condenados por racionalistas, ateos o anarquistas y fueron suplantados por reaccionarios y antilibertarios como Burke, Metternich, De Maistre o Alexander Hamilton.174

Con su formidable formación de anticomunistas y católicos tradicionalistas, National Review rápidamente asumió el liderazgo y la dirección de la Nueva Derecha, que rápidamente remodeló a su propia imagen. La línea «oficial» de National Review fue lo que iba a ser llamado «fusionista» y sus principales practicantes eran Meyer y Buckley: el «fusionismo» enfatizaba la preponderancia del anticomunismo y el orden cristiano, por supuesto, pero conservaba alguna retórica libertaria en un rango subordinado. La importancia del libertarismo y la retórica de la Vieja Derecha era sobre todo política, pues hubiera sido difícil que National Review reviviera la política conservadora en este país bajo el atuendo de la monarquía y la inquisición. Sin el fusionismo, la transformación de la derecha no podría haber sucedido de la misma manera y podría haber perdido mucha masa base en la derecha. Muchos de los demás intelectuales de National Review, por el contrario, veían con impaciencia cualquier concesión a la libertad. Estos incluían a los tradicionalistas tories de Kirk, las diversas alas monárquicas y la reclamación abierta de Willmoore Kendall de la supresión de la libertad de expresión. El gran punto de apoyo de Kendall, editor de National Review durante muchos años, era su opinión de que era derecho y obligación de la «mayoría» de la comunidad (encarnada, digamos, en el Congreso) silenciar a cualquier individuo que perturbara a esa comunidad con doctrinas radicales. Sócrates, opinaba Kendall, no solamente debía ser asesinado por la comunidad griega, sino que matarlo habría sido su deber moral.

Kendall, incidentalmente, fue sintomático en el cambio de actitud hacia el Tribunal Supremo de la Vieja Derecha a la Nueva. Una de las principales doctrinas de la Vieja Derecha era la defensa del papel del Tribunal Supremo para impedir las incursiones del Congreso y el ejecutivo en contra de la libertad individual, pero ahora la Nueva Derecha, ejemplificada por Kendall, atacaba duramente todos los días al Tribunal Supremo. ¿Y por qué? Precisamente por presuponer la defensa de la libertad del individuo en contra las incursiones del Congreso y el ejecutivo. Así, la Vieja Derecha siempre había atacado duramente las doctrinas judiciales de Felix Frankfurter, quien era considerado un monstruo de izquierdas por socavar el papel activo del Tribunal Supremo en declarar inconstitucionales varias extensiones del gobierno; pero ahora Kendall y National Review estaban llevando a la derecha a alabar a Frankfurter precisamente por esta tolerancia a la hora de dar la aprobación judicial en casi todas las actuaciones del gobierno federal. Manteniendo su misma postura, Felix Frankfurter había pasado de ser el malo a ser el bueno para la Nueva Derecha transformada, mientras que ahora activistas libertarios como los jueces Black y Douglas eran los que recibían los ataques de la derecha. Estaba empezando a ser un mundo cada vez más extraño aquel en el que yo estaba viviendo. Fue de hecho el venerable Alexander Bickel, un discípulo de Frankfurter en la Escuela de Leyes de Yale, quien convirtió al joven profesor Robert Bork de jurista libertario a mayoritario.

En el polo opuesto de los ultracatólicos, pero al mismo tiempo con ellos en su oposición a la libertad y el individualismo, estaba James Burnham, quien, desde el inicio de National Review, ha sido su estratega político frío, decidido, amoral, y maquiavélico. Burnham, cuya columna en National Review se titulaba «La Tercera Guerra Mundial», era el poder más importante de la revista y un estratega mundial anticomunista. En toda una vida de escritos políticos, James Burnham solo ha demostrado un efímero interés positivo por la libertad individual y fue en ¡una reclamación en National Review de la legalización de los petardos!

En el frente más directamente político, National Review obviamente necesitaba un «fusionista» como táctico político, para una guía directa del conservadurismo como movimiento político. Encontró ese táctico en su publicista, el antiguo joven republicano seguidor de Dewey, Bill Rusher. Organizador político brillante, Rusher fue capaz, a finales de la década de 1950, de tomar el control de los Jóvenes Republicanos Universitarios y después de la Federación Nacional de Jóvenes Republicanos.

Encabezando un grupo llamado «Sindicato», Rusher ha conseguido controlar a los Jóvenes Republicanos desde entonces. En 1959, National Review organizó la fundación de los Jóvenes Americanos por la Libertad en la residencia de Bill Buckley en Sharon, Connecticut. Los Jóvenes Americanos por la Libertad pronto crecieron y llegaron a ser una fuerza de muchos miles de jóvenes y en la práctica se volvieron el brazo de los jóvenes activistas universitarios del complejo político de National Review. Por desgracia, el grueso de los jóvenes libertarios de ese momento se mantuvo firmemente en el movimiento conservador. Sin considerar la traición a la política exterior de la Vieja Derecha, estos jóvenes libertarios y semilibertarios, sirvieron a los propósitos de National Review dándole la pátina de retórica libertaria a instituciones como Jóvenes Americanos por la Libertad. Así que la Declaración de Sharon de los Jóvenes Americanos por la Libertad fue su único y aun así remoto acercamiento al libertarismo: sus actividades reales siempre se han limitado al anticomunismo, incluyendo el intento de interdicción de comercio con los países comunistas (y últimamente se han expandido para buscar la prohibición legal de las rebeliones de los estudiantes izquierdistas). Pero el barniz libertario no solo lo suministraban el título y partes de la Declaración de Sharon, sino también por el hecho de que el primer presidente de Jóvenes Americanos por la Libertad, Robert M. Schuchman, era un libertario anticomunista que había estado cerca del Círculo Bastiat. Mas representativo del grueso de la base de juventud conservadora era un contingente considerable en Sharon que protestó contra el nombre de la nueva organización, porque, decían, «La libertad es una palabra de la izquierda». Habría sido más sincero, pero menos astuto políticamente, que la noble palabra libertad hubiera quedado fuera del nombre de los Jóvenes Americanos por la Libertad.

A finales de la década de 1950 se decidió que Barry Goldwater fuera el líder político de la Nueva Derecha y fueron Rusher y la camarilla de National Review quienes inspiraron el movimiento Elijamos a Goldwater y La Juventud por Goldwater en 1960. El manifiesto ideológico de Goldwater de 1960, La conciencia de un conservador, fue escrito anónimamente por Brent Bozell, quien escribía vehementes artículos en National Review atacando la libertad incluso como principio abstracto y apoyando la función del Estado de imponer y aplicar credos morales y religiosos. Su capítulo sobre política extranjera, «La amenaza soviética», era una petición apenas encubierta de una guerra ofensiva contra la Unión Soviética y otras naciones comunistas. El movimiento Goldwater de 1960 fue un calentamiento para el futuro y cuando Nixon fue derrotado en las elecciones de 1960, Rusher y National Review lanzaron una campaña bien coordinada para apoderarse del Partido Republicano para Goldwater en 1964.

Era este cambio drástico hacia un órdago omnipresente de belicismo lo que me resultaba lo que me resultaba más difícil de digerir. Durante años, me había considerado políticamente un «extremista de derecha», pero esta identificación emocional con la derecha se estaba haciendo cada vez más difícil. Ser un aliado político del senador Taft era una cosa; ser aliado de estatistas que ansiaban una guerra total contra Rusia era algo muy distinto. Durante los cinco primeros años de su existencia, me moví en los círculos de National Review. Había conocido a Frank Meyer como colega analista para el Fondo William Volker y a través de Meyer conocí a Buckley y el resto del personal editorial. Acudí a meriendas, mítines y cócteles de National Review y escribí unos cuantos artículos y reseñas de libros para la revista. Pero cuanto más me mezclaba con esa gente, mayor era mi horror, porque me daba cuenta con una creciente certidumbre de que lo que querían sobre todo era una guerra total contra la Unión Soviética: su belicismo fanático no se conformaría con menos.

Por supuesto, los nuevos derechistas de National Review nunca se atreverían a admitir en público este absurdo objetivo, pero, siempre astutos, este estaba implícito. En los mítines de la derecha nadie aplaudía ni lo más mínimo al mercado libre si esta idea menor llegaba mencionarse: lo que verdaderamente excitaba a los animales eran las apelaciones demagógicas de los líderes de National Review a una victoria total, a una destrucción total del mundo comunista. Era eso lo que llevaba a las masas derechistas a salirse de sus casillas. Era un editor de National Review, Brent Bozell, quien vociferaba en un mitin de derechas: «Yo estaría a favor, no solo de la destrucción total del mundo, sino todo el universo hasta la estrella más lejana, antes que sufrir el comunismo toda la vida». Fue otro editor de National Review, Frank Meyer, el que me dijo una vez: «Tengo una visión, una gran visión del futuro: una Unión Soviética totalmente devastada». Yo sabía que esta era la visión que verdaderamente animaba el nuevo conservadurismo. Frank K. Meyer, por ejemplo, tuvo la siguiente discusión con su esposa, Elsie, acerca de la estrategia de política exterior: ¿Deberíamos dejar caer una bomba H sobre Moscú y destruir la Unión Soviética inmediatamente y sin previo aviso (Frank) o deberíamos darle al régimen soviético 24 horas para que cumplan con un ultimátum (Elsie)?

Mientras, los sentimientos aislacionistas o antibelicistas desaparecieron totalmente de las publicaciones y organizaciones de la derecha, a medida que los derechistas se apresuraban a seguir el liderazgo de National Review y su floreciente organización política y activista. El fallecimiento del coronel McCormick del Chicago Tribune y el despido de Felix Morley de Human Events significaron que estas importantes publicaciones se inclinaran hacia la nueva línea belicista. A Harry Elmer Barnes, líder y promotor del revisionismo de la Segunda Guerra Mundial, le fue posible publicar de alguna forma un excelente artículo sobre Hiroshima en National Review, pero aparte de eso descubrió que el interés conservador por el revisionismo, prominente después de la Segunda Guerra Mundial, se había olvidado, ya no se le prestaba atención y se había vuelto hostil.175 Pues, como William Henry Chamberlain había descubierto, la analogía de Múnich era muy poderosa para usarla contra opositores al nuevo impulso belicista; además, cualquier duda sobre la intervención estadounidense en la cruzada de la guerra anterior inevitablemente llevaba a dudar sobre su papel actual y no digamos sobre las manifestaciones de la Nueva Derecha sobre una guerra aún más dura. Editores de la derecha como Henry Regnery y Devin Adair perdieron su interés por los trabajos aislacionistas o revisionistas. De vez en cuando, algunos libertarios que no se habían quedado callados acerca del impulso belicista o incluso se habían unido a él expresaban su oposición y preocupación, pero solamente lo podían hacer en correspondencia privada. No había otra vía posible.176

Particularmente lamentable fue el rechazo de National Review a darle un espacio al gran John T. Flynn debido a su oposición a la Guerra Fría. El valiente veterano Flynn, quien, curiosamente, había defendido a McCarthy, se oponía enconadamente al énfasis de la Nueva Derecha de 1956 en una cruzada militar global. En el otoño de 1956, Flynn presentó un artículo al National Review atacando la campaña de la Guerra Fría y acusando, como había hecho en la década de 1940, al militarismo de ser un «desperdicio creador de empleos», cuyo propósito no era defender sino impulsar «el sistema económico con empleos para soldados y empleos y ganancias en las fábricas de municiones». Presentando las cifras del hinchado gasto militar desde el comienzo de la escalada bélica de Roosevelt en 1939 y 1954, Flynn argumentaba que la economía ya no consistía en un «sector socialista» y un «sector capitalista». Por el contrario, advertía Flynn, solo estaba la «estafa» del gasto militar, «con el soldado-político de por medio, inconsciente del desastre de guerra, impuestos y deuda». Flynn acusaba a la administración Eisenhower de no ser mejor que la de sus predecesores demócratas, la administración está gastando 66.000 millones de dólares anuales, yendo buena parte a la «supuesta “seguridad nacional”, y solo una “pequeña parte” se gasta en “funciones legitimas de gobierno”».

A esto siguió un fascinante intercambio entre Buckley y Flynn. Refutando el artículo de Flynn en una carta fechada el 22 octubre de 1956, Buckley tenía el descaro de decirle a este veterano anticomunista que no entendía la naturaleza de la amenaza militar soviética y le sugería condescendientemente que leyera a William Henry Chamberlain, cuyo artículo argumentativo más reciente en National Review describía que «la diferencia de la naturaleza de la amenaza representada por los comunistoides y los nazis». Tratando de dorarle la píldora, Buckley mandó a Flynn 100 dólares junto con una nota de rechazo. Al día siguiente, Flynn devolvió a Buckley los 100 dólares, agregando sarcásticamente que le estaba «grandemente agradecido» por «la pequeña conferencia».

De esta manera, Buckley usaba el mismo argumento para privar a Flynn de un lugar en donde publicar que el que habían empleado Bruce Bliven y los liberales belicistas cuando expulsaron a Flynn de New Republic en la década de 1940. En ambos casos, Flynn era acusado de pasar por alto la presunta amenaza contra Estados Unidos y en ambos casos el propósito de la contestación de Flynn era destacar que la verdadera amenaza para las libertades estadounidenses eran el militarismo, el socialismo y el fascismo en el interior, impuestos con la justificación de combatir una supuesta amenaza extranjera. Flynn negaba la existencia de una amenaza militar soviética y alertaba proféticamente que la rama ejecutiva del estado estaba a punto de involucrarnos en una guerra inútil en Indochina.177

Prácticamente, el único eco publicado por la Vieja Derecha fue un libro del imponente Felix Morley, quien, mientras denostaba la destrucción moderna del federalismo del New Deal y su tiempo posterior, atacaba rotundamente el Imperio Americano y su militarismo en desarrollo y ya existente.178

Mientras, mi imagen en el National Review era la de un simpático, aunque purista, libertario utópico a quien, sin embargo, debía mantenérsele confinado a proponer economía de laissez-faire, a la cual National Review tenía un cierto apego retórico residual. Incluso se habló en algún momento de llegar a ser columnista económico para el National Review. Pero sobre todo supuestamente yo debía estar fuera de los asuntos políticos y dejar a las ideologías belicistas de National Review la tarea borrascosa del mundo real de defenderme de las depredaciones del comunismo mundial, permitiéndome el lujo de hilar utopías acerca de servicios privados de bomberos. Yo estaba cada vez menos dispuesto a interpretar esa clase de papel de castrado.

  1. El principio de la década de 1960: De la derecha a la izquierda

Mi separación total de National Review y la derecha, mi divorcio emocional final de pensar en mí como alguien de derechas o un aliado de la derecha, llegó más o menos en torno a 1960. La ruptura se precipitó por la visita de Jrushchov a Estados Unidos a finales de 1959. Durante los abotargados años de Eisenhower a finales de la década de 1950, cuando las relaciones exteriores estaban totalmente congeladas y la izquierda estadounidense casi había desaparecido, era fácil no colocar la cuestión de la paz en el primer plano de nuestro conocimiento. Pero la visita de Jrushchov fue, para mí, una señal emotiva y bienvenida de una posible entente, de una ruptura en el dique de la Guerra Fría, de un importante movimiento hacia la finalización de la Guerra Fría y de lograr una coexistencia pacífica. Por consiguiente, estaba entusiasmadamente de acuerdo con la visita; pero al mismo tiempo el National Review se puso histérico ante esta misma posibilidad y, juntamente con la aún secreta Sociedad John Birch, trataron desesperadamente de avivar el sentimiento público para así impedir dicha visita.

El clamor de la Nueva Derecha continuó en oposición a la cumbre de principios de 1960, la cual yo esperaba se basara en la buena voluntad de la visita anterior de Jrushchov. Yo estaba particularmente muy indignado por el argumento demagógico usado por National Review de que no deberíamos Darle la Mano al Carnicero Sangriento de Ucrania (Jrushchov): en un intercambio epistolar con Buckley, yo señalaba que National Review siempre había reverenciado a Winston Churchill y estaba orgulloso de Darle la Mano, aun cuando Churchill fue responsable de más matanzas (en las dos guerras mundiales) de lo que jamás había sido Jrushchov. No era una discusión calculada para hacerme querer en National Review: ¡el libertarismo amenazaba con expandirse de la discusión sobre bomberos a la guerra y la paz!

En este momento el movimiento libertario de Nueva York virtualmente se había reducido a dos: Leonard Liggio y yo; y yo estaba todavía más aislado que cuando empezó la década, pues ahora toda la derecha había sido capturada desde dentro por su antiguo enemigo: la guerra y la intervención global. El antiguo Círculo Bastiat había desaparecido por desgaste y algunos de sus miembros se habían ido a escuelas de postgrado y otros se habían rendido a las lisonjas de la Nueva Derecha. Y los libertarios que quedaban estaban en bolsas aisladas por todo el país y eran muy pocos como para ofrecer alguna resistencia a la corriente de la Nueva Derecha.

Era tiempo de actuar y, políticamente, mi ruptura total con la derecha llegó con el movimiento Stevenson de 1960. En 1956, yo había preferido a Stevenson por encima de Eisenhower, pero solo parcialmente porque su postura pacifista era superior; otra razón era el tratar de deponer a la «izquierda» republicana para así permitir que la Vieja Derecha recuperara el partido. Emocionalmente, todavía yo era un derechista que anhelaba un tercer partido derechista. Pero ahora el atractivo de un tercer partido estaba muerto: la derecha era masivamente seguidora de Goldwater. Y, además, la postura valiente de Stevenson sobre el incidente del U-2 (su disgusto por que Eisenhower hubiera arruinado la conferencia cumbre, rehusando hacer no solo lo usual, sino al menos pedir las pertinentes disculpas por la incursión de espionaje del U-2 en Rusia) me hizo convertirme en seguidor de Stevenson. Políticamente, yo ya había dejado de ser de la derecha extrema. Había decidido que el punto crucial era paz o guerra y sobre esa duda el único movimiento político viable era el ala «izquierdista» del Partido Demócrata. Al seguir coherentemente siguiendo una estrella antibelicista y aislacionista, cambié (o más bien me cambiaron) de republicano del ala derecha a demócrata del ala izquierda.

Fue por supuesto, un sentimiento emocional muy fuerte como para llevarlo a cabo «libertarios de la derecha», pues hasta donde yo sé, solo tres saltamos el muro hacia la izquierda emotiva demócrata: Leonard Liggio, un antiguo socio del Círculo que se había ido a la escuela de postgrado de la Universidad de Chicago, Ronald Hamowy, y yo.

Yo no estaba políticamente activo en la campaña por la nominación de Stevenson, pero una extraña concatenación de eventos me empujó hacia un papel importante entre los seguidores de Stevenson en Nueva York. Después de que Kennedy lograra atemperar la campaña de Stevenson para la nominación en la convención demócrata, vi un pequeño anuncio en el New York Post para formar un grupo a favor de un movimiento de lealtad a Stevenson: un intento de seguidores de Stevenson particularmente amargados para tratar de obligar a Kennedy a comprometerse a nombrar a Adlai Secretario de Estado. Al acudir a la reunión, que incluía al posteriormente famoso dirigente de campaña Dave Garth, de pronto me encontré siendo líder de una nueva organización política: la League of Stevensonian Democratas (LSD), encabezada por el carismático John R. Kuesell, quien pronto se volvería prominente en el movimiento Reform Democratic en Nueva York.179 Nos mantuvimos firmes en la lealtad a Stevenson mientras pudimos y luego, cuando no pudimos mantenerla, adoptamos una postura firme a favor de Kennedy contra Richard Nixon, una figura política a quien siempre había denostado como (a) un republicano «izquierdista», (b) un oportunista y (c) un belicista, aunque un belicista no tan coherente y comprometido como la Nueva Derecha.180

Un divertido incidente simbolizó mi cambio político de la derecha a la izquierda, mientras continuaba propugnando el libertarismo. Usando mi sombrero de derecha extrema, publiqué una carta en el Wall Street Journal instando a los conservadores genuinos a no votar por Richard Nixon, para que estos volvieran a tomar control del Partido Republicano. Cuando Russell vio la carta, concluyó lógicamente que yo era alguna clase de espía de la derecha en LSD y estaba dispuesto a echarme de la organización. Al ir a verle, estaba preparado para darle una lección de una hora sobre libertarismo, sobre mi hégira de derecha a izquierda y todo eso. Pero sucedió que solo pude pronunciar algunas palabras como «Mira», empecé, «soy un… “libertario”». Kuesell, siempre rápido para contestar, interrumpió. «No digas más», dijo, «yo también soy un libertario». Inmediatamente me mostró un folleto que había escrito en la escuela secundaria: Quo Warranto?, en el que retaba al gobierno acerca de su derecho a interferir en las vidas y la propiedad de las personas. Como las palabra y conceptos de libertarismo eran poco usados, especialmente en esa época, me quedé atónito. A partir de entonces, Kuesell y yo trabajamos juntos en el LSD hasta que se evaporó después de empezar la administración Kennedy. Esta experiencia confirmaba mi punto de vista que la izquierda demócrata y no la derecha republicana era ahora el bando natural para los aliados libertarios.

Como uno de los teóricos de la LDS, me convertí en jefe de su Comité de Asuntos Nacionales e Internacionales, y como tal pude escribir e impulsar una plataforma para la Liga que era totalmente libertaria, ya que me concentraba en las libertades civiles y la oposición a la guerra y el servicio militar.

Entretanto, el libertarismo en sí estaba esencialmente aislado y «bajo tierra». Harry Elmer Barnes pudo publicar su reclamación de revisionismo de todas las guerras mundiales, incluyendo la Guerra Fría, solo en las páginas de la oscura revista izquierdista-pacifista Liberation en los años 1958 y 1959; a partir de esto inicié correspondencia y amistad con Barnes, que duraron hasta el final de su vida. En Chicago, los antiguos miembros del Círculo Bastiat, Ron Hamowy y Ralph Raico, ayudaron a fundar a principios de 1961 una nueva publicación trimestral, New Individual Review, que pronto se convirtió en la excepcional revista teórica del movimiento estudiantil conservador; sin embargo, todo su modus operandi era un compromiso con la entonces pasada de moda alianza conservadora-libertaria. Por consiguiente, no podía servir como un órgano libertario, especialmente en el campo crucial de la política exterior.

Ron Hamowy, sin embargo, logró publicar en NIR una crítica mordaz de la Nueva Derecha, de National Review, su conservadorismo y su belicismo, en un debate con Bill Buckley. Hamowy, por primera vez impreso, señalaba la traición a la Vieja Derecha a manos de Buckley y National Review. Hamowy resumía su crítica de las doctrinas de National Review:

Se puede resumir como: (1) una política beligerante que podría resultar en una guerra; (2) una supresión de las libertades civiles en el interior; (3) una devoción al imperialismo y una forma educada de supremacía blanca; (4) una tendencia hacia la unión de la Iglesia y el Estado; (5) la convicción que la comunidad es superior al individuo y de que la tradición histórica es una guía mucho mejor que la razón y (6) un débil apoyo a la economía libre. Quieren, en esencia, sustituir un grupo de amos por otro (ellos mismos). No desean tanto limitar el Estado como controlarlo. Uno tendería a describir esta devoción por un estatismo jerárquico belicista y esta oposición fundamental a la razón humana y libertad individual como una especie de corporativismo insinuante al estilo de Mussolini o Franco, pero contentémonos con llamarlo «conservadurismo de tiempos antiguos», no el conservadurismo de la heroica banda de libertarios que fundaron la derecha contra el New Deal, sino el conservadurismo tradicional que siempre ha sido el enemigo del verdadero liberalismo, el conservadurismo del Egipto faraónico, de la Europa Medieval, de Metternich y el Zar, de Jacobo II y la Inquisición y Luis XVI, del potro, de los instrumentos de tortura, del látigo y del pelotón de fusilamiento. A mí no me importa mucho esa filosofía que durante siglos se ha dedicado a pisotear los derechos del individuo y a glorificar que el Estado debería recuperar su viejo nombre.181

Buckley, con su estilo característico, contestaba enfatizando la supuesta primacía de la amenaza soviética y se burlaba de los «guardianes» libertarios: «En cualquier sociedad hay sitio», escribía Buckley,

para aquellos cuya única preocupación es ser guardianes, pero dejemos que se den cuenta de que es solo por la disposición de los conservadores a sacrificarse para contener al enemigo por lo que pueden gozar de su monasticismo y realizar sus pequeños seminarios sobre si desmunicipalizar o no la recogida de basura.182

De forma igualmente característica, Buckley concluía acusando a Hamowy (incorrectamente, si es que eso importa) de ser miembro del Comité por una Política Nuclear Sana (SANE, por sus siglas en inglés). (Un bromista seguidor de Buckley escribió en aquel entonces: «He oído que Ron Hamowy está in-SANE»).183184 En su chispeante respuesta, Hamowy declaraba:

Parecerá desagradecido de mi parte, pero debo declinar dar las gracias a Mr. Buckley por salvarme la vida. Es, además, mi creencia es que, si prevalece su punto de vista y si persiste en su ayuda no solicitada el resultado ciertamente será mi muerte (y la de decenas de millones más) en una guerra nuclear o mi inminente encarcelamiento por «antiestadounidense».185

Sin embargo, debido a la división sobre política libertaria-conservadora exterior en New Individual Review, los editores acordaron entre ellos, como consecuencia del furor que rodeaba el debate Hamowy-Buckley, que nunca más se publicaría en la revista ninguna declaración sobre política exterior. Por consiguiente, seguía sin haber un canal de publicación para una postura aislacionista-libertaria.

A principios de 1962 terminaron mis últimas relaciones con cualquier cosa que pudiera ser interpretada como una derecha organizada. El Fondo William Walker, con el que había estado asociado durante más de una década y que había actuado callada pero eficazmente como principal alentador y promotor de la becas conservadoras y libertarias fracasó y colapsó literalmente de repente y empezó su virtual disolución. Uno de los anteriores socios libertarios del personal del Fondo Volker (el Dr. Ivan R. Bierly) se había vuelto un fundamentalista calvinista convencido de la necesidad de una dictadura de una élite calvinista que dirigiría el país, eliminaría la pornografía y prepararía a Estados Unidos para el (literal) Armagedón, que supuestamente iba a llegar en una generación. Bierly logró convencer a Harold Luhnow, jefe del fondo, de que estaba rodeado de personal partícipe en una conspiración atea-anarquista-pacifista. Como consecuencia, un día el presidente disolvió el Fondo en un ataque de furia.186

La desaparición del Fondo William Volker tuvo consecuencias aún más fatídicas y graves de las que se apreciaban superficialmente. De acuerdo con los términos de sus estatutos, el Fondo supuestamente podía acabar autoliquidándose y así en el invierno de 1961-62, el Fondo Volker decidió tomar sus activos de 17 millones de dólares y liquidarlos mediante su trasferencia a una nueva organización, el Institute for Humane Studies (IHS), un think-tank de libertarios eruditos que estaría dirigido por Baldy Harper. Así que, por primera vez, una organización libertaria de investigación estaría dotada de fondos y no tendría que gastar energías buscándolos. Cuando Mr. Luhnow repentinamente cambió su decisión antes de que fuera definitiva y cerró el fondo, el IHS, con Harper a la cabeza, súbitamente se encontró en la cuneta como un pura y encantadora organización de investigación libertaria, pero sin fondos. El resto de su vida, Baldy Harper siguió luchando como jefe del IHS

Aislados como estábamos en Nueva York y habiendo roto con la derecha, Leonard Liggio y yo tuvimos mucho tiempo para reexaminar nuestras premisas básicas, especialmente en relación con dónde estábamos verdaderamente en el espectro ideológico. La dirección la asumió Liggio, un joven brillante con un conocimiento enciclopédico de historia europea y americana. Realmente, Leonard siempre había sido más astuto que yo con respecto a National Review. Cuando salió el primer número de NR, con un artículo del notorio «senador de Formosa», William F. Knowland, Liggio decidido no tener nada que ver con la revista.187

En primer lugar, empezamos a repensar los orígenes de la Guerra Fría a la cual nos habíamos opuesto durante tanto tiempo: leímos el monumental trabajo de D.E. Fleming, The Cold War and its Origins, y los libros seminales del fundador de la historiografía de la Nueva Izquierda, William Appleman Williams, The Tragedy of American Diplomacy (1959) y The Contours of American History (1961). Y concluimos que nuestro viejo aislacionismo había sufrido una fatal debilidad: la aceptación implícita de la premisa de aceptación de la Guerra Fría de que había una «amenaza» rusa, que Stalin había sido en parte responsable de la Guerra Fría al participar en una expansión agresiva en Europa y Asia y que Roosevelt había sido participe en una «venta» malhadada en Yalta. Concluimos que todo esto era parte de un mito y que, por el contrario, Rusia no se había expandido agresivamente, habiendo sido su única «expansión» el inevitable y deseable resultado de hacer retroceder la invasión alemana. Que, en realidad, Estados Unidos (con la ayuda de Gran Bretaña) fue el único responsable de la Guerra Fría, con un continuo acoso y agresión contra la Unión Soviética, cuya política exterior había sido casi patética en su anhelo por una paz con Occidente virtualmente a cualquier precio. Empezamos a darnos cuenta de que ni siquiera en Europa Oriental Stalin había impuesto regímenes comunistas hasta que Estados Unidos le había presionado allí y había lanzado la Guerra Fría durante varios años. También empezamos a ver que Roosevelt, lejos de «venderse» a Stalin en Yalta y la otras conferencias de la época de guerra,188 y que la «venta» era justamente lo contrario: que Stalin, en su vana esperanza de búsqueda de paz con un implacable, agresivo e imperialista Estados Unidos, vendió repetidamente el movimiento comunista mundial: favoreciendo la defección de los comunistas en Grecia en un acuerdo de venta con Churchill, impidiendo a los partisanos de Italia y Francia que tomaran el poder al final de la guerra y tratando con todas sus fuerzas de desbaratar el movimiento comunista de Yugoslavia y China. En estos últimos casos, Stalin trató de forzar a Tito y a Mao a regímenes de coalición con sus enemigos y solo el hecho que hubieran llegado al poder por sus propias fuerzas y no con la ayuda del ejército soviético les permitió tomar el poder y decirle a Stalin que se fuera al infierno.

En resumen, llegamos a la conclusión que el análisis más perspicaz de los acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial y el movimiento comunista era el de los trotskistas: lejos de expandirse vigorosamente en Europa y Asia, Stalin, se dedicó solamente a la seguridad nacional de la Unión Soviética, hizo todo lo que pudo por reprimir los movimientos comunistas en el mundo en un vano intento de apaciguar al agresor estadounidense. El que Stalin solamente hubiera buscado seguridad nacional y ausencia de regímenes antisoviéticos en sus fronteras se demostraba en la evolución comparada de las situaciones en Polonia y Finlandia: en Polonia, el agresivo antisovietismo había obligado a Stalin el tomar control total; en Finlandia, por el contrario, había aparecido el gran estadista Paasikivi, que impulsó en su país una política agraria conservadora y de paz y amistad con la Unión Soviética en asuntos exteriores: en ese caso Stalin quedó perfectamente satisfecho, dejando a Finlandia en paz y retirando el ejército soviético.

A diferencia de las políticas uniformemente pacifistas y victimizadas de la Unión Soviética, veíamos a Estados Unidos utilizando la Segunda Guerra Mundial para reemplazar e ir más allá de Gran Bretaña como el gran poder imperial: estacionando sus tropas en todas partes, presumiendo de controlar y dominar las naciones y gobiernos en todo el mundo. Durante años, EEUU trató de reducir el poder soviético en Europa del Este y su política exterior estaba enfocada particularmente sobre todos los países del mundo subdesarrollado. Veíamos también que la Unión Soviética siempre había impulsado el desarme y que era EEUU el que se oponía a este, particularmente con las amenazadoras armas de destrucción masiva de la era nuclear. No había una «amenaza» rusa: la amenaza para la paz mundial, en Europa, en Asia y en todo el mundo era el Leviatán de Estados Unidos. Durante años, conservadores y libertarios habían discutido acerca de las amenazas «externa» (Rusia) e «interna» (Washington) para la libertad individual, con los libertarios y los aislacionistas centrándose en esta última y los conservadores en la primera. Pero ahora (Leonard y yo) estábamos verdaderamente liberados: las escamas se nos habían caído de los ojos y veíamos que la «amenaza externa» también emanaba de Washington D.C.

Leonard y yo éramos ahora sin duda «demócratas de izquierda» en política exterior. Más aún: lo ansiábamos. ¿Por qué SANE era tan cuidadoso en no discutir el imperialismo? ¿Por qué estaba tan claramente a favor de EEUU por encima de la Unión Soviética? Ahora no estábamos solo buscando un movimiento aislacionista: estábamos buscando un movimiento antiimperialista, un movimiento que se centrara en el Imperio Americano como la gran amenaza para la paz y, por consiguiente, para la libertad del mundo. Ese movimiento todavía no existía.

Además de nuestra reevaluación de los orígenes y la naturaleza de la Guerra Fría, nos dedicamos a la revisión de todo el espectro ideológico de la «izquierda-derecha» desde una perspectiva histórica. Pues teníamos claro que el conservadurismo europeo de trono y altar que había capturado la derecha con estatismo era una fórmula virulenta y despótica y aun así solo un imbécil podría llamar a estas personas «izquierdistas». Pero esto significaba que nuestro viejo y sencillo paradigma del continuo «izquierdista, gobierno totalitario-comunista … derecha, no gobierno», con liberales en el centro izquierda y conservadores en el centro derecha, había sido totalmente incorrecto. Habíamos estado, por consiguiente, mal guiados en nuestra apreciación del espectro y en toda nuestra concepción como «derechistas extremos». Debía haber habido un error fatídico en nuestro análisis. Volviendo atrás en la historia, nos concentramos en la realidad de que en los siglos XVIII y XIX, liberales de laissez-faire, radicales y revolucionarios constituían la «extrema izquierda», mientras que nuestros antiguos enemigos, los conservadores, los devotos del trono y el alta, eran el enemigo en la derecha.

Leonard Liggio entonces realizó el siguiente profundo análisis del proceso histórico, que yo adopté.

Primero, y dominante en la historia, tuvimos el Viejo Orden, el ancien régime, el régimen de castas y posiciones fijas, de explotación por clases dirigentes belicistas feudales o despóticas, usando la iglesia y el sacerdocio para engañar a las masas para que aceptaran su gobierno. Esto era estatismo puro y esto era la «derecha». Luego, en la Europa Occidental de los siglos XVII-XVIII, surgió un movimiento de oposición liberal y radical, nuestros antiguos héroes, que defendía un movimiento revolucionario popular a favor del racionalismo, la libertad individual, el gobierno mínimo, los mercados libres y el librecambismo, la paz internacional y la separación de Iglesia y Estado y en oposición al trono y al altar, la monarquía, la clase dirigente, la teocracia y la guerra. Estos («nuestra gente») eran la izquierda, y cuanto más pura era su visión libertaria, más «extrema» era su izquierda.

Hasta aquí, todo bien, y nuestro análisis no era todavía muy diferente del anterior, pues ¿qué hay del socialismo, ese movimiento que nació en el siglo XIX que siempre se había visto como la «extrema izquierda»? ¿Dónde encajaría? Liggio analizó el socialismo como un movimiento confundido de tercera vía, influido históricamente por ambos, tanto por los libertarios y la izquierda individualista como por la derecha conservadora-estatista. De la izquierda individualista los socialistas tomaron los objetivos de la libertad: la desaparición del Estado, el reemplazo del gobierno de los hombres por la administración de las cosas (un concepto acuñado por los libertarios franceses de laissez-faire de principios del siglo XIX Charles Comte y Charles Dunoyer), la oposición a la clase gobernante y la búsqueda de su derrocamiento, el deseo de establecer una paz internacional, una economía industrial avanzada y un nivel alto de vida para la mayoría de las personas. De la derecha conservadora los socialistas adoptaron los medios para tratar de lograr esos objetivos: colectivismo, planificación estatal, control comunitario del individuo. Pero esto colocaba al socialismo en medio del espectro ideológico. También significaba que el socialismo era inestable, una doctrina autocontradictoria que podría desbaratarse rápidamente por su contradicción interna entre medios y sus fines. Y esta creencia se reforzaba por la antigua demostración de mi mentor Ludwig von Mises de que la planificación del socialismo centralizado simplemente no podía funcionar en una economía industrial avanzada.

El movimiento socialista, históricamente, también había sufrido ideológica y organizativamente contradicciones internas similares: con los socialdemócratas, desde Engels a Kautsky y a Sidney Hook, moviéndose inexorablemente hacia la derecha aceptando y fortaleciendo el aparato estatal y volviéndose apologistas «de izquierdas» del estado corporativo, mientras otros socialistas, como Bakunin y Kropotkin, se movieron a la izquierda hacia el polo individualista y libertario. También estaba claro que el Partido Comunista en Estados Unidos había seguido, en asuntos nacionales, la misma vía «derechista» (de ahí la similitud que los cazadores de socialistas «extremistas» habían apreciado entre comunistas y liberales). De hecho, el movimiento de muchos excomunistas de la izquierda hacia el conservadurismo de derecha ahora parecía no ser un gran cambio de por sí, pues en la década de 1930 habían sido partidarios del gran gobierno y patriotas «estadounidenses del siglo XX» en la década de 1940 y seguían siendo patriotas y estatistas.

Desde nuestro nuevo análisis del espectro llegamos a varios e importantes corolarios. Uno era el hecho de que las alianzas entre libertarios y conservadores no parecerían, como mínimo, más «naturales» que las otras alianzas durante las décadas de 1900 y 1920 entre libertarios y socialistas. Las alianzas ahora parecían depender del contexto histórico concreto.189 Segundo, el viejo e intenso miedo al socialismo marxista parecía exagerado, pues los conservadores habían ignorado la demostración de Mises de la quiebra inevitable de la planificación socialista y habían actuado como si, una vez un país hubiera entrado en el socialismo, ese fuera su fin, el país estuviera condenado y el proceso fuera irreversible. Pero si nuestro análisis (y el de Mises) era correcto, el socialismo se desmoronaría antes de que pasaran muchos años y mucho más rápido que el Viejo Orden, que había tenido la capacidad de mantenerse sin alteración durante siglos. Y, por supuesto, a principios de la década de 1960 ya habíamos visto el inspirador desarrollo de Yugoslavia, que después de su ruptura con Stalin había evolucionado rápidamente del socialismo y la planificación centralizada en dirección hacia el mercado libre, un camino que el resto de Europa Oriental e incluso la Rusia Soviética ya estaban empezando a emular. Y aun así, por el contrario, veíamos con desagrado que incluso la gente con más mentalidad económica de la Nueva Derecha estaba tan atrapada en su histérico anticomunismo que rechazaba alegrarse o incluso reconocer la quiebra del socialismo en Europa Oriental. Esta miopía de los conservadores estaba evidentemente relacionada con su negativa de muchos años a aceptar la quiebra corolaria del monolítico estalinismo dentro del movimiento comunista, ya que ambas percepciones habrían debilitado enormemente la característica histeria de campaña de la derecha en contra de un mundo comunista supuestamente invencible y siempre en expansión, una expansión que, desde su punto de vista, solo podría controlarse mediante una guerra nuclear.

Nuestro análisis se veía enormemente reforzado, además, al familiarizarnos con el trabajo revisionista nacional de un grupo de interesantes historiadores que habían estudiado con William Appleman Williams en la Universidad de Wisconsin. El propio Williams, en The Contours of American History, los estudiantes de Williams que fundaron Studies on the Left en 1959 y particularmente el trabajo del alumno de Williams, Gabriel Kolko, en su monumental Triumph of Conservatism (1963), cambiaron nuestra visión del pasado estadounidense del siglo XX y por tanto del génesis y la naturaleza del actual sistema estadounidense. De ellos aprendimos que todos nosotros, los creyentes en el libre mercado nos habíamos equivocado al creer, que, de alguna manera, en el fondo los Grandes Hombres de Negocios estaban a favor del laissez-faire y que sus desviaciones de este, obviamente claras y notorias en años recientes, eran, o «venta» de principios por conveniencia, o el resultado de lavado de cerebro y de infundir culpa a estos empresarios por parte de los intelectuales liberales.

Esta es la opinión general en la derecha; en memorable frase de Ayn Rand, la Gran Empresa es «la minoría más perseguida de Estados Unidos». ¡Menuda minoría perseguida! Es verdad que había muchas acusaciones contra las grandes empresas y su íntima conexión con el Gran Gobierno en el viejo Chicago Tribune de McCormick y especialmente en los escritos de Albert Jay Nock, pero hizo falta el análisis de Williams-Kolko, particularmente las investigaciones detalladas de Kolko, para describir la verdadera anatomía y psicología de la escena estadounidense. Como indicaba Kolko, todas las diversas medidas de regulación federal y estatismo social que se iniciaron el periodo progresista, tanto por la izquierda como por la derecha, que siempre se ha creído que eran un movimiento de las masas contra los grandes negocios, no solo son respaldadas hasta el colmo por los grandes negocios ahora, sino que las originaron los grandes negocios con el verdadero propósito de pasar de un mercado libre a una economía cartelizada. Bajo la apariencia de regulaciones «contra los monopolios» y «para el bienestar de la gente», los grandes negocios han conseguido obtener para sí cárteles y privilegios mediante del uso del gobierno.

En cuanto a los intelectuales liberales, su papel ha sido servir como «liberales corporativos», como tejedores de apologías sofisticadas para informar a las masas de que los gobernantes del estado corporativos estadounidense gobiernan favoreciendo el «bien común» y el «bienestar general». El papel del intelectual liberal corporativo de justificar ante la gente la vía del Estado moderno es exactamente equivalente a la función del sacerdote en los despotismos orientales que convencían a las masas de que su emperador era completamente sabio y divino.

Liggio y yo nos centramos de nuevo en el problema crucial de los países subdesarrollados. Nos dimos cuenta de que las revoluciones del Tercer Mundo no eran solo a favor de la independencia contra el imperialismo sino también, y conjuntamente, contra los monopolios feudales de las tierras a favor de la justa propiedad de las tierras del largo tiempo oprimido campesinado. Creyentes genuinos en la justicia y en la propiedad privada, concluimos que se debía favorecer la expropiación por los campesinos de las tierras robadas y conquistadas de Asia y Latinoamérica, quienes, en cualquier teoría libertaria, eran y siguen siendo sus justos y apropiados dueños. Y aun así, por desgracia, solo los comunistas han apoyado los movimientos campesinos; los «empresarios libres» estadounidenses o nativos, cuando no ignoraban completamente el problema crucial de las tierras, invariable y trágicamente se ponían del lado de los terratenientes opresores en nombre de la «propiedad privada». Pero la propiedad «privada» de estos terratenientes es «privada» únicamente en virtud de la conquista del Estado, el robo, la concesión de tierras y cualquier genuino creyente en los derechos de propiedad privada debe entonces estar del lado de la lucha de los campesinos por recuperar su tierra. Los campesinos de mundo no son socialistas o comunistas; instintivamente, son individualistas y libertarios, consumidos por una pasión perfectamente comprensible por reclamar el derecho a ser dueños de sus propias tierras. La Revolución de Zapata en México y el movimiento Reies Tejerina en el Sudeste, son solo los ejemplos más claros de la lucha profundamente libertaria de los campesinos por defender o reclamar sus justos títulos de propiedad ante el robo y la conquista a manos del gobierno central.190

Sin embargo, aislados y solos, Leonard Liggio y yo nos lanzamos a lo que parecía ser una triple tarea sobrehumana: promover el minúsculo y disperso movimiento libertario anarcocapitalista, convertir a estos libertarios al menos a una postura aislacionista firme y, finalmente, también tratar de convertirlos a nuestro recién descubierto antiimperialismo y perspectiva de «izquierda» o «izquierda-derecha». En el frente libertario, había un rayo brillante de esperanza: el anarquista pacifista-individualista Robert LeFevre (que se calificaba a sí mismo como «autarquista») había establecido una Escuela de la Libertad en las Rocosas de Colorado en 1956 para dar dos cursos intensivos de verano de dos semanas sobre filosofía de libertad. LeFevre había trabajado anteriormente en Nueva York para el National Economic Council de Merwin K. Hart, llegando a la vicepresidencia y después, en 1954, se trasladó a Colorado Springs para ser el director de la página editorial para el diario anarcocapitalista de R.C. Hoiles, el Gazette-Telegraph de Colorado Springs. A lo largo de los años, desde 1956, LeFevre había logrado un historial notable de convertir a un gran número de personas, especialmente gente joven, al credo libertario. Y así, lentamente, en todo el país estaba apareciendo una creciente camarilla libertaria de graduados de la Escuela de la Libertad. Como pacifista declarado, LeFevre por supuesto se oponía al impulso belicista de la Nueva Derecha y así lo decía en un folleto de 1964, Those Who Protest.

Con la ayuda de una base de graduados de la Escuela de la Libertad pudimos reconstruir un pequeño círculo en Nueva York, esta vez dedicado al análisis «izquierda-derecha». Estaban Edward C. Facey, Robert J Smith, que habían recibido la influencia del Fondo Volker y la Escuela de la Libertad, y Alan Milchman, a quien habíamos logrado convertir desde su puesto como jefe del Brooklyn College YAF. Y luego estaba la «primera generación» del movimiento de jóvenes libertarios en la Universidad de Kansas, encabezada por Bob Gaskins y David Jackman. Gaskins y Jackman habían sido anarquistas, pero políticamente habían sido de «derechas» y partidarios del laissez-faire y editaban una revista llamada The Standard. Cuando Gaskins y Jackman se mudaron a Nueva York a finales de 1962 pudimos convertirlos a nuestro punto de vista y el resultado fue un número completamente pacifista de The Standard en abril de 1963, que incluía reimpresiones antibelicistas de Chodorov, Mises y otros y un artículo mío «War, Peace, and the State» que expandía grandemente y reafirmaba firmemente mi anterior deducción en Faith and Freedom del aislacionismo y antiimperialismo a partir de la teoría libertaria.

Durante el invierno de 1963-64, organicé un «frontisterio» de invierno-primavera en Colorado, para allanar el camino para la transformación de la Escuela de la Libertad en el Rampart College. Al frontisterio acudieron algunos jóvenes lideres libertarios, incluyendo a Smith, Gaskins, Jackman, Peter Blake y Mike Helm, muchos de los cuales formaron, por primera vez en público, un aguerrido bloque «rothbardiano» que asombró a los visitantes conservadores y dignatarios de laissez-faire que habían sido invitados a enseñar allí. Por primera vez en público, algunos del grupo también desplegaron la «bandera negro y oro», los colores que habíamos decidido que representaban mejor el anarcocapitalismo: negro como el clásico color del anarquismo y dorado como el color del capitalismo y la moneda fuerte.

Mientras, en la gran escena política, las cosas se volvían más lúgubres ya que el plan de acción de National Review acabó teniendo éxito y Barry Goldwater ganó la nominación republicana. Personalmente, me puse frenético, ya que, por fin, los dedos de mis viejos asociados de National Review se estaban acercando al botón nuclear y yo lo sabía, sabía en mi interior que ansiaban presionarlo. Sentía que debía hacer algo para alertar al público acerca de la amenaza de guerra nuclear que representaba Goldwater; me sentía como un Paul Revere que llegaba a advertirles a todos acerca de la amenaza de una guerra global, que estas personas estaban a punto de desatar en el mundo.

Segundo, traté de quitarle algunos votos conservadores y libertarios a Goldwater recordándoles su hace mucho olvidada herencia libertaria. A diferencia a muchos liberales con «mentalidad deportiva», no me horrorizaba en absoluto el famoso anuncio demócrata de televisión mostrando a una pequeña niña recogiendo flores, mientras se alzaba una explosión nuclear goldwateriana amenazando con aniquilarla. Por el contrario, me regocijé con lo que yo creí iba a ser, por fin, centrarse en la verdadera dimensión de la amenaza de Goldwarter.

Sin embargo, solo podía interpretar un papel muy pequeño tratando de parar la campaña de Goldwater. The Standard había fallecido y, por consiguiente, lo más que podía hacer era escribir en el boletín anarco-randiano del sur de California, The Innovator, advirtiendo a los lectores sobre el belicismo y el fascismo de Goldwater (que puede definirse, después de todo, como guerra global, cruzada anticomunista, supresión de libertades civiles y corporativismo estatal, disfrazados con retórica de libre mercado, lo que delineaba la Nueva Derecha). Sin embargo, solo conseguí enajenarme a los sorprendidos lectores.191 También me dirigía a un grupo de veteranos discípulos de Frank Chodorov (el grupo «Fragmentos») poco antes de las elecciones, denunciando a los seguidores de Goldwater e inexplicablemente me encontré metido en una larga defensa de las políticas exteriores de la China comunista como pacíficas y no agresivas: ¿no había por lo menos una «amenaza China»? El único resultado de mis esfuerzos fue tener a la mitad de la audiencia blandiendo sus bastones en mi dirección y gritando: «No hemos votado en treinta años, pero por Dios, vamos a salir el próximo martes y vamos a votar por Barry Goldwater». Mi único éxito fue debilitar mucho el entusiasmo por Goldwater del movimiento libertario del Queens College, encabezado por Larry Moss y Dave Glauberman. Mirando también a mi alrededor en busca de algún periódico, cualquier periódico, en donde publicar una crítica de la transformación de la derecha estadounidense de Vieja a Nueva, del aislacionismo a la guerra global, solamente pude encontrar el oscuro trimestral católico Continuum.192 Pues la izquierda seguía muerta en Estados Unidos.

  1. El final de la década de 1960: La Nueva Izquierda

Leonard Liggio y yo habíamos estado buscando durante años una «izquierda» con la que nos pudiésemos aliar para un movimiento antibelicista. Entonces, de repente, como por arte de magia, la Nueva Izquierda apareció en la vida estadounidense, particularmente en dos grandes eventos: el Movimiento de Libre Expresión de Berkeley (FSM, por sus siglas en inglés) de finales de 1964, que inauguró el movimiento de la universidad de la década de 1960, y la Marcha sobre Washington del 17 de abril de 1965, organizada por los Estudiantes por una Sociedad Democrática (SDS, por sus siglas en inglés) para protestar por la dramática escalada de nuestra guerra en Vietnam en febrero. La marcha de los SDS inauguraba el gran movimiento con la Guerra de Vietnam, que sin lugar a dudas constituyó la oposición más intensa y extendida en medio de una guerra desde el conflicto con México en la década de 1840. La oposición durante la Primera Guerra Mundial fue fuerte, pero aislada y brutalmente reprimida por el gobierno; el movimiento aislacionista de la Segunda Guerra Mundial desapareció completamente tan pronto entramos a la guerra y la Guerra de Corea nunca generó una oposición tan masiva. ¡Pero aquí por fin había una emotiva oposición masiva al proceder de la guerra durante la propia guerra! Otra cosa que nos alegró a Leonard y a mí fue que por fin no había un grupo «pacifista» insípido como SANE, que siempre equilibraba muy cuidadosamente su crítica a EEUU y a Rusia, y que también se preocupaba de excluir a los «indeseables» de la actividad antibelicista: había un verdadero movimiento antibelicista que se centraba en los males de las guerras estadounidenses y había un movimiento que no excluía a nadie, que no azuzaba a rojos ni a derechistas, que daba la bienvenida a todos los estadounidenses deseosos de unirse a la lucha contra la inmoral y agresiva guerra que estábamos llevando a cabo en Vietnam. ¡Al fin había una Izquierda antibelicista que nos alegraba!

Es cierto que SDS, el líder incuestionable de este nuevo movimiento antibelicista, había surgido en circunstancias desafortunadas, pues originalmente fue y todavía era oficialmente la rama estudiantil de la socialdemócrata League for Industrial Democracy, una organización antigua y atractiva de izquierdistas que representaba lo peor del liberalismo de la Vieja Izquierda. Pero SDS estaba claramente en proceso de romper con su parentela. No solo era militante acerca de la guerra, sino que ya no era socialista doctrinaria (realmente, un cambio agradable en la Vieja Izquierda). Por el contrario, su ideología era lo suficientemente vaga como para abarcar incluso a los «libertarios de derechas». De hecho, había bastante sentimiento libertario instintivo en el inicio de SDS, que se intensificaría en los siguientes años. Había hambre de libertad individual, de autodesarrollo y una nueva preocupación por la burocracia y el estatismo tecnocrático que auguraba coas buenas para el futuro del SDS.

Así que SDS se estaba moldeando instintivamente como cuasilibertario, incluso en asuntos «domésticos». Este libertarismo se veía reforzado por el movimiento de la universidad generado por el Movimiento de Libre Expresión de Berkeley. ¿Pues no se habían mostrado conservadores y libertarios durante décadas amargamente críticos con nuestro sistema educativo manejado por el estado: sus escuelas públicas, sus leyes de asistencia obligatoria y unas fábricas burocráticas, gigantescas e impersonales de formación que reemplazaban la verdadera educación? ¿Y acaso no habíamos sido críticos con la influencia de John Dewey, el énfasis en la formación profesional, las importantes relaciones de la educación con el gobierno y el complejo militar-industrial? Y aquí estaba la Nueva Izquierda, que, aunque hay que admitir que rudimentaria y falta de una teoría constructiva, por lo menos aparecía para centrarse en muchos de los males educativos que habíamos estado denunciando durante más de una generación sin ser escuchados. Si, por ejemplo, tomamos a un héroe de la Nueva Izquierda como Paul Goodman y lo comparamos con Albert Jay Nock en educación, veremos que desde una perspectiva cultural y filosófica muy diferente los dos hacía criticas similares al sistema de formación en masa en los colegios públicos con asistencia obligatoria. Sin señalar sus diferencias filosóficas (particularmente fundamentos individualistas frente a igualitarios), tanto Goodman como Nock atacaban claramente el problema desde una perspectiva libertaria.

No era por consiguiente casualidad que un nuevo grupo «libertario de derechas» que se estaba desarrollando en Berkeley, encabezado por el joven estudiante graduado en matemáticas Danny Rosenthal, ayudara a dirigir el Movimiento de Libre Expresión y otros afines. Rosenthal y su grupo, que fundaron la Alianza de Activistas Libertarios en el área de Berkeley-San Francisco y que también eran fervientes seguidores de Goldwater, lucharon al lado de la Nueva Izquierda a favor de libertad de expresión y de asociación y en oposición a la censura y la hinchada comunidad burocrática en Berkeley. Rosenthal también ejercía una considerable influencia sobre las opiniones de Mario Savio, el famoso líder del FSM, aunque Savio estaba por supuesto también sometido a presiones e influencias socialistas.

El surgimiento de la Nueva Izquierda nos convenció a Leonard y a mí de que había llegado el momento para pasar a la acción y alejarnos de nuestro aislamiento ideológico y político. Por consiguiente, fundamos en la primavera de 1965 la revista trimestral Left and Right. El propósito de la fundación de L&R era doble: influir en los libertarios de todo el país para que rompieran con la derecha y se aliaran con la emergente Nueva Izquierda y trataran de llevar a esa izquierda más en dirección libertaria y, segundo, «encontrar» nosotros mismos la Nueva Izquierda como grupo para aliarnos y posiblemente influir en ella. El primer ejemplar de Left and Right tenía tres largos artículos que lograron influir en todas las bases importantes de nuestra nueva «línea» libertaria: un artículo mío: «Left and Right: The Prospects for Liberty», que exponía el análisis de Liggio del espectro histórico izquierda/derecha; «Why the Futile Crusade?», del propio Liggio, que recuperaba y describía las opiniones aislacionistas y antiimperialistas del senador Taft y sus seguidores en el Partido Republicano, y una reseña de Alan Milchman de Origins of the Cold War, de Fleming, que, por primera vez, mostraba a una audiencia libertaria el revisionismo de la Guerra Fría.

En el segundo número, en el otoño de 1965, escribí un artículo alabando los elementos libertarios sustanciales de la Nueva Izquierda («Liberty and the New Left»). Alababa a la Nueva Izquierda por asumir causas importantes libertarias y de la Vieja derecha: la oposición a la burocracia y el gobierno centralizado; el entusiasmo por Thoreau y la idea de la desobediencia civil de leyes injustas; un cambio de la integración racial obligatoria de la Vieja Izquierda a la oposición hacia la brutalidad policial en comunidades negras y lo que pronto se denominaría «black power»; la oposición a la burocracia educativa moderna del tipo Clark Kerr y, por supuesto, la total oposición a la guerra de Estados Unidos en Vietnam. Además de comparar los puntos de vista sobre educación de Goodman y Nock, también hacía ver la señal esperanzadora de Goodman (en su People or Personnel)193 donde trataba favorablemente la economía de libre mercado.

El impacto de Left and Right fue notable, considerando nuestra escasez de suscriptores y la total ausencia de fondos. Para empezar, tuvimos inmediatamente un impacto considerable en la juventud conservadora y libertaria. Danny Rosenthal se convirtió a una postura aislacionista gracias al artículo del primer número; Wilson A. Clark, Jr., jefe del Club Conservador de la Universidad de Carolina del Norte, dejó el conservadurismo para adoptar nuestro punto de vista y toda unidad de YAF de la Universidad de Kansas (la «segunda generación» de libertarios allí), encabezada por Becky Glaser, dejaron el YAF para formar un capítulo del SDS en ese campus. Y Ronald Hamowy, siendo ya entonces profesor de historia en Standford, expuso nuestra nueva posición «Izquierda-Derecha» en New Republic, recordando la postura de libre mercado, libertarismo civil, aislacionismo y antiimperialismo de los miembros de la Vieja Derecha, como Spencer, Bastiat, Sumner y Nock, comparándolos con la Nueva Derecha y la asociación del gobierno y las grandes empresas y alabando a Paul Goodman y otros aspectos del libertarismo en la Nueva Izquierda.194

También nos interesaban los nuevos experimentos que estaban llevando a cabo algunas personas de la Nueva Izquierda en educación en diferentes «instituciones paralelas», particularmente en el movimiento «Free University» que por un corto tiempo ofreció una esperanza de establecer «comunidades de estudiosos» libres de las trampas burocráticas del establishment del sistema educativo estadounidense. Por medio de Left ad Right y de las enseñanzas de Leonard Liggio en la Universidad de Nueva York sobre imperialismo, tuvimos la oportunidad de conocer a los brillantes jóvenes alumnos de William Appleman Williams en el área de Nueva York, en particular a Jim Weinstein, Ronald Radosh y Mary Sklar. Esto también llevo a Liggio a ser durante unos años un importante activista e investigador de la Nueva Izquierda, ya que su conocimiento de la historia de la política exterior y de Vietnam le llevo a desempeñar un papel importante en el movimiento Vietnam Teach-In, como editor de Leviathan, y Viet-Report, como jefe de redacción del Guardian (de donde fue purgado por «adoptar la vía capitalista» al tratar de recortar gastos) y acabar convirtiéndose en jefe de la rama estadounidense de la Fundación por la Paz de Bertrand Russell y ayudando en su gran trabajo en el Tribunal de Delitos de Guerra. Asimismo en esos tiempos SDS, aunque totalmente opuesto moralmente a la Guerra de Vietnam, todavía no era antiimperialista y Leonard desempeñó un papel importante en asesorar al Movimiento del 2 de Mayo, que promovió en la Nueva Izquierda avanzar hacia una perspectiva contraria al Imperio Americano, que SDS pronto adoptó. También lideró una oposición a lo que resulto ser la dominación del M2M por el Movimiento Laborista Progresista Maoísta, una dominación que pronto llevó a la disolución de la organización.

Mientras, Left and Right continuaba presentando nuestra perspectiva «izquierda-derecha», concentrándose en la política extranjera y el militarismo, pero también cubriendo otras áreas libertarias, y presentando un espectro de autores de izquierda-derecha: libertarios (los editores, el profesor de filosofía «Eric Dalton», Larry Moss, reimpresiones de Lysander Spooner y Herbert Spencer), gente de la Vieja Derecha y aislacionistas (Harry Elmer Barnes, Garet Garrett, Willliam L. Neumann), izquierdistas (Marvin Gettleman, Ronald Radosh, Janet McCloud, Russell Stetler y Conrad Lynn) y conservadores de libre mercado (Yale Brozen, Gordon Tullock). En concreto, yo alababa el giro decisivo durante 1966 de SDS hacia una postura antiimperialista y militantemente contraria al servicio militar y el repudio final de su Vieja Guardia Demócrata. Durante 1966 y 1967, los libertarios del SDS crecieron en influencia: hubo un crecimiento de los «anarquistas de Texas» en la organización y una proliferación de pines que decían «Odio el Estado».195

El punto álgido del interés de SDS y de la Nueva Izquierda por la postura libertaria de «izquierda-derecha» se produjo con el trabajo del anterior presidente de SDS, Carl Oglesby. En 1967, Oglesby publicaba Containment and Change, una crítica de la Guerra de Vietnam y del Imperio Americano. En sus páginas finales sobre estrategia, Oglesby hacia un llamado a una alianza con la Vieja Derecha. Pedía al ala libertaria de laissez-faire de la derecha que abandonara el movimiento conservador, que tenía cautivos a los libertarios tratando de convencerlos de la existencia de una «amenaza extranjera». Oglesby citaba mi artículo en Continuum y el punto de vista de la Vieja derecha sobre la guerra y la paz del general MacArthur, Buffett, Garrett, Chodorov y Dean Russell. En particular, Oglesby citaba largamente a Garrett, diciendo que su «análisis del impulso totalitario del imperialismo» se había verificado repetidamente en los años de la intervención.

Oglesby llegaba a la conclusión que el pensamiento libertario de derechas, junto con el movimiento black power y el movimiento estudiantil antiimperialista, eran todos «profundamente estadounidenses» y eran

producto del individualismo humanístico estadounidense y la acción asociativa voluntarista y solamente a través de ellos se activa y mantiene viva la tradición libertaria. En un sentido muy importante, la Vieja Derecha y la Nueva Izquierda están moral y políticamente coordinadas.196

Pero Oglesby advertía proféticamente que tanto la derecha libertaria como la Nueva Izquierda podrían evitar esta alianza y conjunción, pues la primera podría mantenerse esclava del militarismo y el imperialismo de la derecha, mientras que la segunda podría revertir hacia alguna forma de estalinismo.

La cumbre de mi actividad política en la Nueva Izquierda llegó durante la campaña de 1968. En la primavera de 1968 se reavivó mi viejo entusiasmo por la política de los terceros partidos, aunque en una dirección diferente. El Partido de la Paz y la Libertad (PFP, por sus siglas en inglés), que se había creado en California (y todavía se encuentra allí), decidió hacerse nacional y abrieron oficinas en Nueva York. Descubrí que el programa preliminar y el único requisito para ser miembro incluían solo dos puntos: el primero era la retirada inmediata de EEUU de Vietnam y el segundo era un requisito tan vago acerca de ser amables con todos que casi cualquiera, de izquierda, derecha o centro estaría de acuerdo con ello. Excelente: ¡había aquí una coalición de partidos dedicada únicamente a la retirada inmediata de Vietnam y no requería ningún compromiso con el estatismo! El resultado fue que todo nuestro grupo libertario de Nueva York se unió alegremente al nuevo partido.

El PFP se estructuraba en torno a clubes, muchos de ellos regionales, como el poderoso West Side Club (de Manhattan), el hippy Greenwich Village Club, etc. Uno era profesional: Club de Facultad. Como había muy pocos miembros reales de facultades en este grupo muy joven, el PFP amplió generosamente la definición de «profesores» para que incluyera a estudiantes de posgrado. ¡Caramba! Con esa base de aproximadamente 24 socios en el Club de Facultad, casi exactamente la mitad era nuestra gente: libertarios, yo incluido, Leonard Liggio, Joe Peden, Walter Block y su esposa Sherryl y Larry Moss. El brazo legislativo del PFP sería la Asamblea de Delegados, que constaba de delegados de los diversos clubes. Al Club de Facultad le concedieron dos delegados, así es que, naturalmente, nos los repartimos: uno fue para los socialistas y otro para nosotros, que resulté ser yo.

Así que allí estaba yo, que llevaba en el Partido como una semana, en la primera reunión de la Asamblea de Delegados, ascendiendo de repente a la cumbre de la élite del poder. Luego, al principio de la reunión, algunas personas se levantaron y abogaron por abolir la Asamblea de Delegados por ser algo «no democrático». ¡Vaya! ¡Estaba a punto de catar un poco del sabor del jugoso poder político, cuando unos hijos de mala madre estaban tratando de quitármelo! Al seguir escuchando, me di cuenta de que estaba sucediendo algo aún más siniestro e importante. Aparentemente, el partido de Nueva York estaba siendo dirigido por un comité ejecutivo oligárquico que se autoperpetuaba y que, en el nombre de la «democracia», estaba tratando de eliminar todas las instituciones sociales intermedias y de funcionar sobre la mayoría del partido sin impedimentos, todo en nombre de la «democracia». A mí me olía a un podrido jacobinismo, me levanté y pronuncié en ese sentido un discurso apasionado. Cuando terminó la sesión, algunas personas se me acercaron y dijeron que alguna gente que pensaba igual y que constituía el West Side Club iban a tener una reunión para discutir estos asuntos. Así empezó nuestra vil alianza con la facción laborista progresista dentro de Paz y Libertad.

Mas tarde resultó que el PFP y su comité ejecutivo estaban siendo dirigidos, tanto en California como en Nueva York, por leninistas-trotskistas, socialistas internacionalistas encabezados por el bibliotecario de Berkeley, Hal Draper. Los draperistas eran los seguidores originales de Schachtman, trotskistas que se rebelaron contra Trotsky como oponentes de una tercera vía tanto contra EEUU como contra la Unión Soviética. El partido de Nueva York estaba siendo dirigido por los draperistas, teniendo como sus aliados a una variada muestra de diversos socialistas, pacifistas, drogadictos contraculturales y libertarios Izquierdistas.

La oposición dentro el PFP estaba en realidad dirigida por el Partido Laborista Progresista Maoísta (PL), del que los draperistas temían que estuviera planeando tomar el control total. En realidad, pronto se vio que el PL no tenía esas intenciones, sino que solo estaban manteniéndose informados y usaban el West Side Club para reclutar miembros-candidatos para el PL. Tanto el PL como los draperistas mantenían una estructura laxa, esperando una inundación de seguidores de Gene McCarthy después de la esperada nominación victoriosa de Humphrey, una inundación que, por supuesto, nunca se produjo. De ahí la laxitud de requisitos ideológicos y el hecho de que el programa estuviera disponible. La alianza entre el PL y nosotros los libertarios fue muy útil para los dos, además de cooperar para eludir una dictadura de los draperistas en nombre de la democracia. Lo que sacó el PL de esto fue un encubrimiento de su reclutamiento, ya que, por supuesto, nadie nos podía llamar a nosotros, antisocialistas vehementes, herramientas del laborismo progresista. Lo que sacamos nosotros de esto fue el apoyo firme del PL para una plataforma ideológica (adoptada por nuestro comité conjunto) que era probablemente la más libertaria de cualquier partido desde lo días de la democracia de Cleveland. La gente del PL era agradablemente «recta» y no drogadictos, aunque bastante robóticos, pareciendo randianos izquierdistas.

La gran excepción era el encantador Jake Rosen, jefe absoluto de la facción del PL en PFP. Rosen, brillante, alegre, ocurrente y decididamente no robótico, conocía el paño. Uno de los recuerdos más agradables de mi vida en PFP fue el de Jake Rosen tratando de justificar nuestra plataforma de laissez-faire frente a los burros maoístas. «Oye, Jake, ¿qué quiere decir esto: absoluta libertad de comercio, y oposición a toda restricción gubernamental?» «Em, eso es la “coalición antimopolista”», «Ah, pues sí». Jake, con más sinceridad, se nos unió a oponerse a planes de renta anual garantizada: los consideraba burgueses y «reaccionarios». La única cosa a la que Jake era reacio era a nuestra propuesta que nuestra junta política reclamara la abolición inmediata del control de rentas. «Oigan, amigos, me encantaría hacerlo, pero tenemos compromisos con grupos de arrendatarios». Amablemente, le dejamos en paz.

Con su personalidad, no creí que Jake fuera a durar mucho en el PL. Además, él ya se había rebelado implícitamente contra la disciplina del partido. Al ser un joven brillante, Jake había aceptado las órdenes del PL de ser de «clase trabajadora» y se convirtió en obrero de la construcción, pero tercamente desobedecía las órdenes de mudarse del cosmopolita West Side de Manhattan a Queens. («Jake, ningún trabajador de la construcción vive en el West Side»). En efecto, más o menos un año después de la ruptura del PFP, Jake se fue o fue despedido del PL e inmediatamente empezó a prosperar, mudándose a Chicago y convirtiéndose en un exitoso intermediario de materias primas.

Como la gente de McCarthy no entraba, los conflictos dentro del partido se volvieron más grandes y el PFP de Nueva York empezó a tener convenciones casi semanalmente. Además del conflicto draperista del PL, el Partido Comunista estableció su frente competidor en Nueva York, el «Partido de la Libertad y la Paz» (FPP, por sus siglas en inglés), cuya existencia empezó a confundir a todos, incluyendo a la izquierda. Tratando de acabar con los cismas, los draperistas de California enviaron a Nueva York para que se hiciera cargo del partido al legendario organizador Camarada Carlos, un chicano al que una rama de los draperistas creía que era carismático, pero a quien el resto de nosotros le tomó una fuerte aversión.197

Aunque estaba claro que el PFP se estaba desvaneciendo, finalmente llegó el momento de las nominaciones al final del verano. Los draperistas habían propuesto al exviolador Eldridge Cleaver para presidente, entonces jefe del Partido de las Panteras Negras. Cleaver mostró su desprecio al PFP al no aparecer y enviar a su compañero pantera negra Bobby Seale a burlarse abiertamente de sus admiradores blancos, que masoquistamente daban la bienvenida a cualquier burla de los Panteras. Ninguno se opuso a Cleaver para la nominación y como el bloque del PL se abstuvo y mis colegas no llegaron por lo temprano de la hora, resultó que mi voto fue el único en contra de Eldreidge Cleaver como presidente (no es un mal legado de mi tiempo en la Nueva Izquierda). Para la nominación al Senado de EEUU, el candidato draperista era el veterano socialista-pacifista David McReynolds y me convencieron para que me presentara en su contra para representar la oposición PL-libertaria. Estuve de acuerdo en presentarme solo porque sabía muy bien que no había ninguna posibilidad de derrotar a McReynolds.

No envidié en ningún momento la atención a McReynolds. El Partido de la Libertad y la Paz estaba proponiendo a un candidato negro para el Senado y los Panteras Negras no querían oponer un compañero afroamericano contra el blanco McReynolds. Los Panteras Negras aparentemente apuntaron con una pistola a McReynolds, ordenándole que retirara su candidatura. Lo que ocurrió después es confuso: no creo que McReynolds se retirara, pero, por otro lado, no creo que ninguna de estas personas lograra algo en la votación y las elecciones de 1968 resultaron ser el fin del PFP (menos en California) y el FPP. Y, ah sí, escuche después que aquel camarada Carlos resultó ser un agente de la policía.

Una coda: años después, casualmente encontré a McReynolds, en un mitin tratando infructuosamente de atraer a algunas personas al libertarismo. Siguió diciéndome con tristeza: «Usted nos dio muchos problemas en el 68. Muchos problemas». Yo estaba tratando de ser educado en esta pequeña reunión, así es que no le dije lo contento que estaba con su reconocimiento.

A finales de la década de 1960, la Nueva Izquierda por desgracia había hecho real la advertencia de Carl Oglesby y había abandonado su gran promesa libertaria de mediados de dicha década. Inestable y falta de una ideología coherente, SDS, como reacción al leninismo y al estalinismo de la facción laborista progresista, volvió a las creencias de la Vieja Izquierda, aunque en una forma todavía más radical y enfervorizada. Cada vez más atraída por la «contracultura» y en general por el antiintelectualismo, la Nueva Izquierda ignoraba cada vez más la erudición frente a la «acción» inconsciente, las universidades libres se desvanecieron en centros dispersos de euritmia avant-garde y formación en reparación de radios.198 Y la reforma educativa cada vez se convertía más en un intento de destruir todos los estándares intelectuales y educativos y de reemplazar el contenido de los cursos por medio de sesiones triviales acerca de los «sentimientos» de los estudiantes. Finalmente, despojados de investigación, intelectualidad y perspectiva estratégica, los restos de la Nueva Izquierda se inmolarían a sí mismos y desaparecerían después de la quiebra de SDS en 1969 en una orgia de violencia indiscriminada sin sentido. Perdiendo la esperanza al considerar como desesperadamente burguesa toda la población estadounidense, los residuos de SDS concluyeron desastrosamente que todo Estados Unidos (clase trabajadora, clase media o lo que fuera) era el enemigo y tenía que ser destruido. Para 1970 la Nueva Izquierda estaba en la práctica muerta y sus penas acabaron con el golpe de gracia de Mr. Nixon de abolir ese año el servicio militar. Liberados de la preocupación de ser llamados a filas, los estudiantes idealistas acabaron con sus protestas (aunque la guerra en Vietnam continuaría durante varios años).

Mirando atrás al experimento de alianza con la Nueva Izquierda, queda también claro que el resultado en muchos casos había sido desastroso para los libertarios, pues, aislados y dispersos como estaban estos jóvenes libertarios, los Clark y los Milchman y algunos del grupo Glaser-Kansas prontamente se convirtieron en izquierdistas y especialmente abandonaron la misma devoción por el individualismo, los derechos de propiedad y la economía de libre mercado que les había llevado en primer lugar al libertarismo y después a la alianza de la Nueva Izquierda. Nos dimos cuenta de que, como habían descubierto en el pasado los grupos marxistas, un grupo sin organización y sin un programa continuo de «formación interna» y reforzamiento, está condenado a las deserciones y a desaparecer cuando trabaja con aliados más fuertes. Las agrupaciones libertarias tenían que reconstruirse como un movimiento autoconsciente y su mayor énfasis tendría que darse en alimentar, mantener y extender la camarilla libertaria en sí. Solo operando desde esa camarilla podíamos llevar a cabo alianzas fuertes y fructíferas sin peligro para el propio movimiento libertario.

Entretanto, la derecha del Buckley iba abandonando progresivamente su devoción retórica por los ideales libertarios. Pues National Review y sus socios habían aprendido lo que creían que había sido la lección de la derrota de Goldwater: de allí en adelante, el movimiento conservador se sacudiría todos y cada uno de sus elementos «extremistas», ya fuera en asuntos nacionales o en relaciones exteriores y actuaría de una manera «responsable» y «respetable» en busca de los puestos de poder que había deseado durante tantos años. Como el Papa, así como el insultador-cómico del movimiento, Bill Buckley presidió la excomunión y purga del conservadurismo de todos y cada uno de los elementos que pudieran ser vergonzosos en su búsqueda de respetabilidad y poder: libertarios, miembros de la sociedad Birch, ateos, ultracatólicos, randianos, cualquiera que pudiera molestar al conservadurismo en su acogedor compartición del poder político. Así que, en 1968, con la excepción de Frank Meyer, que todavía seguía a Ronald Reagan, se habían extirpado en la práctica todas las dudas conservadoras acerca de la grandeza y sabiduría de Richard Milhous Nixon y Bill Buckley fue recompensado adecuadamente por la administración Nixon con un puesto como socio de la Comisión Asesora de la U.S. Information Agency (USIA), nuestro Ministerio de Propaganda en el extranjero. Buckley indujo a Frank Shakespeare, el jefe conservador de USIA, a que contratara al editor de National Review, James Burnham, para que compilara una lista de libros que merecieran estar en las bibliotecas de la USIA en países extranjeros. En la lista de Burnham (¡sorpresa, sorpresa!) destacaban los trabajos tanto de Burnham como de Buckley, que, escribía Burnham, es «uno de los escritores más conocidos de su generación».

En una perspicaz reseña de uno de los libros posteriores de Buckley, la liberal de izquierdas Margot Hentoff señalaba y lamentaba la deriva del Conservadurismo al unirse al establishment, el mismo establishment al que incluso National Review en sus primeros años solía atacar. Como decía la Sra. Hentoff:

Lo que le pasó al Sr. Buckley, juntamente con todos nosotros, fue la quiebra de los tradicionales compartimentos ideológicos, la difuminación de alianzas y enemistades tradicionales. No solo perdieron credibilidad en la izquierda las políticas del viejo New Deal y la Nueva Frontera, sino que entonces la izquierda se pasó a las filas de la no intervención, la libertad frente a la coerción gubernamental, el individualismo fuerte, la descentralización y, en algunos casos, el separatismo racial. (…)

Pareciera como si el Sr. Buckley estuviera empezando a soportar el peso de la responsabilidad de la mediana edad, sonando más a menudo como un príncipe resistente de la Iglesia que como un espíritu purificado.

La señora Hentoff concluía que Buckley había estado derivando «hacia una clase bastante terrible de moderación. (…) Ahora es más consciente de las consecuencias, al alejarse de la ausencia de poder, esa condición que era su atractivo encanto».199

Por consiguiente, aparte de su permanente ansia de guerra, la derecha existente (en 1971) es apenas distinguible del liberalismo conservador al viejo estilo. (E incluso, con respecto a la guerra, la diferencia es realmente solo de grado). Aparte del estilo, es poco lo que distingue, digamos, a Bill Buckley de Sydney Hook, o al Senador Tower del antiguo senador Dodd, a pesar del historial de votación de este último, más favorable al New Deal. En la agresiva política exterior, en el engrandecimiento militar y el complejo militar-industrial, en aplastar las libertades civiles y conceder poderes sin restricciones a la policía, en engrandecer el poder y los privilegios del Ejecutivo, en resumen, en los mayores problemas de nuestro tiempo, conservadores y liberales están en total acuerdo. E incluso su aparente desacuerdo sobre mercado libre frente a economía progresista ha desaparecido virtualmente con la aceptación implícita tanto por los conservadores como por los liberales del Consenso Neomercantilista del estado del New Deal y la Gran Sociedad. Con su adopción de la propuesta de renta garantizada de Milton Friedman-Robert Theobald, con su lucha por rescatar el programa SST (de transporte supersónico) y Lockheed, con su nacionalización del sector del transporte de pasajeros con los aleluyas de los conservadores, los liberales y el propio sector, Richard Nixon ha completado el proceso de integrar a la derecha en el consenso posterior al New Deal. Como ha dicho perspicazmente el historiador marxista Eugene D. Genovese: «El liberalismo de la derecha del presidente Nixon es el equivalente al liberalismo de la izquierda del Partido Comunista, es decir, cada uno sugiere soluciones dentro del consenso establecido de política social liberal».200

Así es que ahora nos enfrentamos a unos Estados Unidos gobernados alternativamente por ramas conservadoras y liberales escasamente diferenciadas dentro del mismo sistema de estado corporativo. En las filas del liberalismo hay un número creciente de personas en desacuerdo que cada vez se enfrentan más al hecho de que su propio credo, el liberalismo, ha estado en el poder durante cuarenta años, y ¿qué ha logrado? Dictados del ejecutivo, guerra interminable en Vietnam, imperialismo en el exterior y militarismo y servicio militar en el interior, una asociación íntima entre grandes empresas y gobierno leviatán. Un número creciente de liberales está afrontando este fracaso crítico y se está dando cuenta de que hay que culpar al propio liberalismo. Están empezando a ver que Lyndon Johnson tenía toda la razón al referirse habitualmente a Franklin Roosevelt como su «Gran Papá». La paternidad está clara y todo el grupo sigue en pie o se cae de golpe.

¿A dónde pueden ir entonces los liberales insatisfechos? No a la derecha actual, que solo les ofrece más de lo mismo, sazonado con algo más de sabor chauvinista y teocrático. No a la Nueva Izquierda, que se destruyó a sí misma por desesperación y violencia gratuita. El libertarismo, para muchos liberales, se ofrece como el lugar a donde ir.

Y por eso el libertarismo crece rápidamente, alimentado por las escisiones del conservadurismo y el liberalismo. Igual que los conservadores y los liberales se han mezclado en la práctica en un consenso para sostener el establishment, lo que necesita (y puede tener) Estados Unidos es una contracoalición en oposición al Estado de Bienestar y Guerra. Una coalición que favorecería a corto plazo las metas de la oposición militante a la Guerra de Vietnam y en general a la Guerra Fría y al servicio militar obligatorio, el complejo militar-industrial y los altos impuestos y la inflación desbocada que ha necesitado el estado para financiar estas medidas estatistas. Sería una coalición para avanzar en la causa tanto de la libertad civil como de la libertad económica frente al dictado gubernamental. Sería, en muchos sentidos, un renacimiento de una coalición entre lo mejor de la Vieja Derecha y la vieja Nueva Izquierda, un regreso a los gloriosos días en que elementos Left and Right estaban hombro con hombro para oponerse a la conquista de las Filipinas y la entrada de Estados Unidos en la primera y segunda guerras mundiales. Esta sería una coalición que podría apelar a todos los grupos de todo Estados Unidos, a la clase media, trabajadores, estudiantes, liberales y conservadores por igual. Pero los Estados Unidos de a pie, en aras de obtener libertad frente a los altos impuestos, la inflación y el monopolio, tendrían que aceptar la idea de libertad personal y la pérdida de prestigio en el extranjero. Y los liberales y los izquierdistas, para lograr el desmantelamiento de la máquina de guerra y del Imperio Americano, tendrían que renunciar a su querido sueño de la Vieja Izquierda y los liberales de altos impuestos y de gastos federales para todos los antojos sobre la tierra. Las dificultades son muchas, pero hay señales excelentes de que esa coalición antiestatista contra el establishment podría llegar a existir. El gran gobierno y el liberalismo corporativo se están mostrando cada vez más incapaces de hacer frente a los problemas que ellos mismos han ocasionado. Así que la realidad objetiva esta de nuestro lado.

Pero es más que eso: la pasión por la justicia y los principios morales que están influyendo cada vez en más personas solo pueden llevarlas en la misma dirección: moralidad y utilidad práctica se están fusionando cada vez más claramente en un número mayor de personas en una gran reclamación: la libertad de personas, de individuos y de grupos voluntarios para buscar su propio destino y tomar el control de sus propias vidas. Tenemos el poder de reclamar el Sueño Americano.