La traición de la derecha estadounidense
1. Dos derechas: La Vieja y la Nueva
- Dos derechas: La Vieja y la Nueva
En la primavera de 1970, surgió en la conciencia estadounidenses un nuevo término político: «los cascos». Cuando los trabajadores en la construcción, «los cascos» se abrieron paso hasta el área de Wall Street, atacando a jóvenes estudiantes universitarios y grupos pacifistas, ganándose la admiración de la derecha y una mención del presidente Nixon, una de las pancartas que portaban decía en una sola frase lo notablemente que habían cambiado la derecha en las últimas dos décadas. La pancarta decía simplemente: «Dios bendiga al Aparato Gubernamental». En una sola frase, tan típica de la derecha actual, los cascos estaban expresando la anticuada filosofía política del conservadurismo, esa filosofía que formaba el núcleo central de lo que se llamaba originalmente el «conservadurismo» de la Europa de principios del siglo XIX. De hecho, es la filosofía que ha marcado el pensamiento genuinamente conservador, independientemente de su etiqueta, desde los tiempos antiguos del despotismo oriental: una adoración por «el trono y el altar» por la que por alguna sanción divina resultaba existir el aparato estatal. De una manera u otra, «Dios bendiga el Aparato Estatal» ha sido siempre el grito a favor del poder estatal.
¿Pero cuantos estadounidenses saben que, no hace mucho tiempo, la derecha americana era casi exactamente lo opuesto a lo que hoy conocemos? Por cierto, ¿cuántos saben que el término «aparato estatal» o «establishment», usado ahora solamente como un término oprobioso por la izquierda, lo aplicó por primera vez a Estados Unidos, no C. Wright Mills o algún otro sociólogo izquierdista, sino el teórico Frank S. Meyer, en la revista National Review, durante los primeros tiempos de ese órgano central de la derecha estadounidense? A mediados de la década de 1950, Meyer usó una expresión que previamente se había usado únicamente (y bastante afectuosamente) para describir a las instituciones gobernantes de Gran Bretaña y aplicó el término con una apropiada acidez al escenario estadounidense. Más amplio y sutil que «la clase gobernante» y más permanente e institucionalizado que la «élite del poder», el «aparato estatal» pasó rápidamente a ser una palabra de uso común. Pero lo paradójico y esencial de Meyer y de la National Review, es que el término en esos días era amargamente critico: el espíritu de la derecha, entonces y particularmente incluso antes era más que «Dios maldiga» a que «Dios bendiga» el aparato estatal.20 La diferencia entre las dos posiciones derechistas, «Vieja» y «Nueva» y como una se transformó en la otra, es el tema central de este libro.
La Vieja Derecha, que constituyó la derecha de los estadounidenses desde aproximadamente mediados de 1930 hasta mediados de 1950, fue al menos un movimiento de oposición. La hostilidad al aparato estatal era su marchamo, su verdadera esencia vital. En realidad, cuando en 1950 el boletín mensual RIGHT trataba de transmitir a sus lectores noticias de la derecha, se vio obligada a definir el movimiento acerca del cual iba a escribir y descubrió que solamente podía definir la derecha en términos negativos: en su total oposición a lo que se concebía que eran las tendencias dominantes de la vida estadounidense. En pocas palabras, la Vieja Derecha nació y tuvo su razón de ser como un movimiento de oposición al New Deal y a todo lo extranjero y nacional que abarcara el New Deal: primero, el floreciente New Deal estatista en el interior y después, más tarde en los 30, el pujante deseo de intervencionismo estadounidense global en el exterior. Como la esencia de la Vieja Derecha era una reacción en contra de un gran gobierno desbocado en el interior y el exterior, eso significaba que la Vieja Derecha era necesariamente, aunque no siempre conscientemente, libertaria en lugar de estatista, «radical» en lugar de defensora de conservadores tradicionales dentro del orden existente.
- Los orígenes de la Vieja Derecha: El primer individualismo
El individualismo y su corolario económico, el liberalismo de laissez-faire, no siempre han adoptado un tinte conservador, no siempre han funcionado, como hoy lo hacen habitualmente, como defensores del status quo. Por el contrario, la revolución de los tiempos modernos fue originalmente, y continúo siendo por mucho tiempo, individualista de laissez-faire. Su propósito era el de liberar a la persona individual de las restricciones y los grilletes, de los arraigados privilegios de las castas y de las guerras explotadoras, de los órdenes feudal y mercantilista, del ancien régime de los tories. Tom Paine, Thomas Jefferson, los militantes en la Revolución Americana, el movimiento jacksoniano, Emerson y Thoreau, William Lloyd Garrison y los abolicionistas radicales, todos eran básicamente individualistas de laissez-faire que llevaron a cabo la vieja batalla por la libertad y en contra de todas las formas de privilegio estatal. También los revolucionarios franceses, no solamente los girondinos, sino incluso los muy maltratados jacobinos, que se vieron obligados a defender la Revolución contra las coronas de Europa. Todos estaban más o menos en el mismo bando. La herencia individualista, de hecho, se remonta a los primeros radicales modernos del siglo XVII, a los niveladores en Inglaterra y a Roger Williams y Anne Hutchinson en las colonias americanas.
La visión histórica convencional afirma que mientras que los movimientos en Estados Unidos eran realmente individualistas de laissez-faire antes de la Guerra Civil, a partir de entonces los laissez-faire se volvieron conservadores y el testigo radical se lo apropiaron los grupos más identificados con la izquierda moderna: socialistas y populistas. Pero eso es una distorsión de la verdad. Pues fueron los antiguos brahmanes de Nueva Inglaterra, comerciantes e industriales de laissez-faire como Edward Atkinson, que habían financiado la campaña electoral de John Brown en Harpers Ferry, quienes dieron un paso adelante y se opusieron son todas sus fuerzas al imperialismo de EEUU en la Guerra Hispano-Estadounidense. Ninguna oposición a esa guerra fue más radical que la del economista de laissez-faire y sociólogo William Graham Summer o la de Atkinson, quien, como jefe de la Liga Anti-Imperialista enviaba folletos contra la guerra a las tropas estadounidenses que estaban por entonces conquistando Filipinas. Los folletos de Atkinson pedían a nuestras tropas que se amotinaran, y consecuentemente eran confiscadas por las autoridades del servicio postal de EEUU.
Al mantener su postura Atkinson, Summer y sus colegas no estaban siendo «deportivos»: seguían una tradición antibelicista y antiimperialista tan antigua como el liberalismo clásico. Era la tradición de Price, Priestley y los radicales británicos de finales del siglo XVIII, que los llevó a prisión repetidamente por parte de la maquinaria británica de guerra y de Richard Cobden, John Bright y la Escuela de Manchester de laissez-faire de mediados del siglo XIX. Cobden en particular denunciaba valientemente todas las guerras y todas las maniobras imperiales del régimen británico. Hoy estamos tan acostumbrados a pensar en la oposición al imperialismo como marxista que este tipo de movimiento nos parece casi inconcebible hoy en día.21
Sin embargo, cuando empieza la Primer Guerra Mundial, la muerte de la antigua generación estadounidense del laissez-faire provocó que el liderazgo de la oposición a sus guerras imperiales pasara a manos del Partido Socialista. Pero otras personas de mentalidad más individualista se unieron a la oposición, muchos de los cuales más tarde formarían el núcleo de los aislacionistas de la Vieja Derecha de finales de la década de 1930. Así, los lideres duros antibelicistas, incluidos el senador individualista Robert La Follette, de Wisconsin y liberales de laissez-faire como los senadores William E. Borah (republicano), de Idaho, y James A. Reed (demócrata), de Missouri. También incluía a Charles A. Lindberg, Sr., padre del famoso aviador, que era congresista por Minnesota.
Casi todos los intelectuales estadounidenses se apresuraron a alistarse durante el fervor bélico de la Primera Guerra Mundial. Una importante excepción fue la del formidable individualista de laissez-faire Oswald Garrison Villard, editor de Nation, nieto de William Lloyd Garrison y antiguo miembro de la Liga Anti-Imperialista. Otras dos prominentes excepciones fueron amigos y asociados de Villard, que más tarde actuaron como líderes del pensamiento libertario en Estados Unidos: Francis Neilson y especialmente Albert Jay Nock. Neilson fue el último de los liberales ingleses del laissez-faire, que había emigrado a los Estados Unidos; Nock trabajó con Villard durante la guerra, y fue su artículo publicado en Nation en el que denunciaba las actividades progubernamentales de Samuel Gompers el que hizo que ese número de la revista fuera prohibido por la oficina de correos de EEUU. Y fue Neilson quien escribió el primer libro revisionista sobre los orígenes de la Primera Guerra Mundial, How Diplomats Make War (1915). En realidad, el primer libro revisionista escrito por un estadounidense fue el de Nock, Myth of a Guilty Nation (1922) que fue publicado por capítulos en LaFollette’s Magazine.
La guerra mundial constituyo un trauma tremendo para todo los individuos y grupos que se opusieron al conflicto. La movilización total, la represión salvaje a los opositores, la matanza y la intervención global de EEUU a una escala sin precedentes, todo esto polarizó a un gran número de personas distintas. El impacto y el hecho completamente predominante de la guerra aunó inevitablemente a diversos grupos que estaban en contra de la guerra, en un frente unido vago, informal y opositor, un frente de un nuevo tipo de oposición esencial opositora al sistema estadounidense y a buena parte de la sociedad estadounidense. La rápida transformación del brillante joven intelectual Randolph Bourne desde un pragmatismo optimista a un anarquismo radicalmente pesimista fue algo habitual, aunque en una forma más intensa en su caso, en esta nueva oposición recién creada. Gritando «La guerra es la salud del Estado»”, Bourne declaraba:
El país es un concepto de paz, de equilibrio, de vivir y dejar vivir. Pero el Estado es esencialmente un concepto de poder. (…) Y tenemos la desventura de haber nacido no solo en un país, sino en un Estado. (…)
El Estado es el país actuando como una unidad política, es el grupo actuando como una fuerza depositaria. (…) La política internacional es una «política de poder», porque es una relación de los Estados y eso es lo que son infalible y calamitosamente los Estados, una gran agregación de fuerzas humanas e industriales, que pueden ser lanzadas unas contra otras en una guerra. Cuando un país actúa en su conjunto con especto a otro país o imponiendo leyes a sus habitantes o coaccionando o castigando a individuos o a minorías, está actuando como un Estado. La historia de Estados Unidos como país es diferente a la de Estados Unidos como Estado. En un caso es el drama de los primeros conquistadores del territorio, del crecimiento de la riqueza y de las maneras en que se usó (…) y la puesta en práctica de ideales espirituales. (…) Pero, como Estado, su historia es la de participar en el mundo, iniciando guerras, obstruyendo el comercio internacional (…) castigando a aquellos ciudadanos a quienes la sociedad considera ofensivos y recaudando dinero para pagarlo.22
Si la oposición estaba polarizada y forzada a aunarse debido a la guerra, esta polarización no cesó al terminar esta. Por un lado, la guerra y el corolario de su represión y militarismo fueron sacudidas que hicieron que la oposición empezara a pensar profunda y críticamente sobre el sistema estadounidense en sí; por otro lado, el sistema internacional establecido por la guerra se paralizó en el estatus quo de la posguerra. Pues era obvio que el Tratado de Versalles significaba que el imperialismo británico y el francés habían socavado y humillado a Alemania y que luego intentaron usar la Sociedad de Naciones como un garante mundial permanente del nuevo estatus quo impuesto. Versalles y la Sociedad significaban que Estados Unidos no podía olvidar la guerra y a las filas de la oposición se unieron entonces un grupo de wilsonianos desilusionados que veían la realidad del mundo que había creado el presidente Wilson.
La oposición de tiempo de guerra y de posguerra se unieron en una coalición que incluía socialistas y todo tipo de progresistas e individualistas. Ya que estos y la coalición eran ahora claramente antimilitaristas y anti«patriotas», ya que eran cada vez más radicales en su antiestatismo, los individualistas fueron calificados universalmente como «izquierdistas»: de hecho, cuando el Partido Socialista se dividió y se apagó poco a poco en la época de la posguerra, la oposición tuvo una participación individualista cada vez mayor durante la década de 1920. Parte de esta oposición también era cultural: una rebelión contra las enraizadas costumbres y literatura victorianas. Parte de esta revuelta cultural se encarnó en los famosos expatriados de la «Generación Perdida» de jóvenes escritores americanos, escritores que expresaban su intensa desilusión con el «idealismo» de la época de la guerra y la realidad que el militarismo y la guerra habían revelado acerca de Estados Unidos. Otra fase de esta revuelta se encarnó en la nueva libertad social de la época flapper y del jazz, y en el florecimiento de la expresión individual en número creciente en hombres y mujeres jóvenes.
- Los orígenes de la Vieja Derecha: El anarquismo tory de Mencken y Nock
El líder de la lucha cultural en Estados Unidos fue H. L. Mencken, sin duda alguna el intelectual más influyente de la década de 1920: notable individualista y libertario, Mencken se lanzó a la batalla con un lenguaje e ingenio característicos, denunciando la pesadez de la cultura y el «chismorreo» de los hombres de negocios y reclamando una libertad individual sin restricciones. También en el caso de Mencken, el trauma de la Primera Guerra Mundial y sus males nacionales e internacionales movilizaron e intensificaron su interés por la política, un interés agravado por el despotismo de la Ley Seca, seguramente el mayor acto de tiranía impuesto nunca en Estados Unidos.
Hoy en día, cuando se considera la Ley Seca como un movimiento de «derecha», se olvida que todos los movimientos reformadores del siglo XIX (todo grupo moralista tratando de «mejorar» Estados Unidos por la fuerza de la ley) incluía la Ley Seca como uno de sus programas principales. Para Mencken, la batalla contra la Ley Seca no era más que una batalla contra la más conspicua de las «reformas» tiránicas y estatistas que se proponían contra los ciudadanos estadounidenses.
Y así, su publicación mensual de gran influencia The American Mercury, fundada en 1924, abrió sus páginas a todos los escritores de todos los bandos de la oposición, especialmente a ataques a la cultura estadounidense y sus costumbres, a críticas a la censura y defensa de las libertades civiles y al revisionismo sobre la guerra. Así pues, el Mercury publicaba a dos prominentes revisionistas de la Primera Guerra Mundial: Harry Elmer Barnes y su alumno, C. Hartley Grattan, cuya entretenida serie de la revista, «Cuando los historiadores se desbocan», demolía sarcásticamente la propaganda de guerra de los historiadores estadounidenses más conocidos. El desprecio cultural de Mencken por el «baboseo» americano se plasmaba en su famosa columna «Americana», en la que sencillamente se reimprimían noticias de las idioteces de la vida estadounidense sin comentario editorial.
El enorme abanico de intereses de Mencken, unido a su brillante humor y estilo (Mencken fue calificado por Joseph Wood Krutch como «el mejor escritor en prosa del siglo XX») hizo que su generación de seguidores y admiradores jóvenes no advirtieran la notable coherencia de su pensamiento. Cuando, décadas después de su prominencia anterior, Mencken recopiló lo mejor de sus antiguos escritos en A Mencken Chrestomathy (1948), el libro fue reseñado en el New Leader por el eminente crítico literario Samuel Putman. Putman reaccionó con una considerable sorpresa: recordando a Mencken en su juventud como un mero cínico superficial, Putman se dio cuenta para su sorpresa y admiración que H. L. M. siempre había sido un «anarquista tory», un resumen apropiado para el líder intelectual de la década de 1920.
Pero H. L. Mencken no fue el único editor que lideró el surgimiento de la oposición individualista durante la década de 1920. Desde una postura más moderada, la Nation del amigo de Mencken, Oswald Garrison Villard, continuó actuando como una voz sobresaliente a favor de la paz, el revisionismo de la Primera Guerra Mundial y la oposición al estatus quo imperialista impuesto en Versalles. Cuando terminó la guerra, Villard admitió que esta lo había llevado muy hacia la izquierda, no en el sentido de adoptar el socialismo, sino en el de estar totalmente «en contra del presente orden político». Denunciado por los conservadores como pacifista, proalemán, y «bolchevique», Villard se vio obligado a una alianza política y periodística con socialistas y progresistas que compartían su hostilidad al orden estadounidense y mundial existente.23
Desde una perspectiva aún más radical e individualista, el amigo y compañero de Mencken y «anarquista tory» Albert Jay Nock fundó y coeditó, junto con Francis Neilson, la nueva publicación semanal Freeman de 1920 a 1924. Freeman también dio voz en su publicación a todos los opositores de izquierdas al orden político. Con el individualista de laissez-faire Nock como editor principal, Freeman era un centro de pensamiento y expresión radicales entre los intelectuales de la oposición. Rechazando la bienvenida de Nation a Freeman como compañero liberal, Nock declaraba que no era un liberal sino un radical. «No podemos dejar de recordar», escribía Nock disgustado, «que esta era una guerra liberal, una paz liberal, y que el actual estado de cosas es la consumación de un largo, extenso y extremadamente costoso experimento con el liberalismo en el poder político».24 Para Nock, radicalismo significaba que el Estado tenía que considerarse una institución antisocial y no un instrumento típicamente liberal de reforma social. Y Nock, como Mencken, abría gustosamente las páginas de su revista a toda clase de opiniones radicales contra el aparato estatal, incluyendo a Van Wyck Brooks, Bertrand Russell, Louis Untermeyer, Lewis Mumford, John Dos Passos, William C.Bullitt y Charles A. Beard.
Particularmente, aun siendo un individualista y un libertario, Nock dio la bienvenida a la revolución soviética, considerándola un derrocamiento con éxito de un aparato estatal paralizado y reaccionario. Sobre todo Nock, al oponerse al acuerdo de posguerra, denunciaba la intervención estadounidense y aliada en la Guerra Civil [Rusa]. Nock y Neilson vieron claramente que la intervención estadounidense estaba preparando el escenario para una imposición continua y permanente de su poderío en todo el mundo. Después de clausurar Freeman en 1924, Nock continuó siendo importante como distinguido ensayista en revistas importantes, incluyendo su famoso «Progreso anarquista».25
La mayoría de esta coalición informal de radicales individualistas estaba totalmente desilusionada con el proceso político, pero, hasta donde podían diferenciar entre los partidos existentes, el Partido Republicano era el gran enemigo. Eternos defensores hamiltonianos del Gran Gobierno, y de la «asociación» intima del gobierno con las grandes empresas a través de aranceles, subsidios, y contratos, blandiendo la vara imperial durante mucho tiempo, los republicanos habían culminado sus pecados antilibertarios siendo el partido más partidario de la tiranía de la Ley Seca, un mal que enojaba especialmente a H. L. Mencken. Mucha de la oposición (por ejemplo, Mencken y Villard) apoyó el movimiento progresista de corta vida de LaFollette de 1924 y el senador progresista William E. Borah, de Idaho, fue un héroe de la oposición que encabezó la lucha contra la guerra y la Sociedad de Naciones y defendió el reconocimiento de la Rusia soviética. Pero el político nacional más cercano fue el conservador Bourbon, de la rama antiwilsoniana de «Cleveland» del Partido Democrata, una rama que como mínimo se inclinaba a «mojarse», se oponía a la guerra y a la intervención extranjera y estaba a favor del libre comercio y de un gobierno estrictamente mínimo. Mencken, la persona con mayor mentalidad política del grupo, se sentía más cerca en cuestiones políticas del gobernador Albert Ritchie, demócrata de Maryland y partidario de los derechos de los estados, y del senador James Reed, demócrata de Missouri, un hombre fuertemente «aislacionista» y antiintervencionista en asuntos exteriores y partidario del laissez-faire en el interior.
Fue el bando conservador del Partido Demócrata, encabezado por Charles Michelson, Jouett Shouse y John J. Raskob, el que lanzó un ataque decidido contra Herbert Hoover en las postrimerías de la década de 1920, por su apoyo a la Ley Seca y el Gran Gobierno en general. Fue este bando el que más tarde daría origen a la muy atacada Liga de la Libertad.
De hecho, a Mencken y a Nock, Herbert Hoover (el belicista e intervencionista wilsoniano, el zar de la alimentación durante la guerra, el defensor del gran gobierno, de los aranceles altos y los cárteles empresariales, el moralista piadoso y elogiador de la Ley Seca) representaba todo lo que aborrecían en la vida política estadounidense. Eran claramente los líderes de la oposición individualista al estatismo conservador de Hoover.
Ya que fueron, en sus diferentes estilos, los líderes del pensamiento libertario estadounidense durante la década de 1920, Mencken y Nock merecen un análisis más cuidadoso.
La esencia del «anarquismo tory» notablemente coherente de Mencken se manifestaba en su explicación del gobierno, que seleccionaría posteriormente en su Chrestomathy:
Todo gobierno, en esencia, es una conspiración contra el hombre superior: su objetivo permanente es en oprimirlo y deformarlo. Si es una organización aristocrática, entonces busca cómo proteger al hombre que es superior solo legalmente en contra del hombre que es superior en la práctica; si es democrática, busca cómo proteger al hombre que es inferior en todo contra ambos. Una de sus funciones primordiales es segmentar a los hombres por la fuerza, para volverlos lo más parecidos posible (…) buscar y combatir la originalidad entre ellos. Todo lo que se puede ver en una idea original es un cambio potencial y por tanto una invasión de sus privilegios. El hombre más dañino para cualquier gobierno es el hombre que es capaz de pensar por sí mismo, sin importar las supersticiones ni los tabús prevalecientes. Casi inevitablemente llega a la conclusión de que el gobierno bajo el que vive no es honrado y es demente e intolerable y, por tanto, si es un romántico, tratará de cambiarlo. E incluso si no es personalmente un romántico [como Mencken claramente no era] es muy capaz de dispersar descontento entre los que lo son. (…)
El gobierno ideal de todos los hombres que reflexionan, desde Aristóteles, es aquel que deja en paz al individuo, uno que casi llega a no ser un gobierno en absoluto. Creo que este ideal se alcanzará en el mundo veinte o treinta siglos después que yo (…) haya asumido mis obligaciones públicas en el Infierno.26
De nuevo Mencken, sobre el Estado como explotador:
El hombre promedio, cualesquiera que sean sus errores, por lo menos ve claramente que el gobierno es algo que se encuentra fuera de él y fuera de la generalidad de sus conciudadanos, que es un poder aparte, independiente y muchas veces hostil, solo en parte bajo su control y capaz de hacerle mucho daño. (…) ¿Es un hecho insignificante que el robo adel gobierno sea en todas partes considerado como un delito de menor magnitud que el robo de un individuo o de una empresa?
Creo que lo que está detrás de todo esto es una sensación profunda del antagonismo esencial entre el gobierno y el pueblo al que gobierna. No se entiende como un comité de ciudadanos escogidos para que ocuparse de los asuntos comunales de toda la población, sino como una corporación independiente y autónoma dedicada principalmente a explotar a la población en beneficio de sus propios miembros. Robarle es así un acto casi desprovisto de infamia. (…) Cuando se roba a un ciudadano común y corriente, un hombre digno se ve privado del fruto de su trabajo y su ahorro; cuando se roba a un gobierno, lo peor que puede pasar es que algunos sinvergüenzas y haraganes tengan menos dinero para gastar de lo que tenían antes. Nunca se piensa en la idea de que se hayan ganado ese dinero, a la mayoría de los hombres sensatos les parecería ridículo. Son sencillamente sinvergüenzas que, por casualidades de la ley, tienen un derecho dudoso a compartir las ganancias de sus conciudadanos. Cuando esa participación disminuye por empresas privadas, el negocio es, en su totalidad, mucho más laudable que no.
El hombre inteligente, que paga sus impuestos, indudablemente no cree que está haciendo una inversión prudente y productiva de su dinero: por el contrario, siente que está siendo multado en una cantidad excesiva por servicios que, en general, le resultan abiertamente adversos. (…) Ve, incluso en los más esenciales, una forma de hacer más fácil el robo a los explotadores que constituyen el gobierno. No tiene la menor confianza en estos explotadores. Los ve como simples depredadores e inútiles. (…) Estos constituyen un poder que lo controla constantemente, siempre alerta para tener la oportunidad de apretarlo. Si lo pudieran hacerlo sin riesgo, le llegarían a despellejar. Si le dejan algo es simplemente por prudencia, igual que un granjero deja a la gallina algunos de sus huevos.
Esta banda es casi inmune al castigo. (…) Desde los primeros días de la Republica, menos de una docena de sus miembros han sido juzgados y solo unos pocos subordinados sin importancia han ido a la cárcel. El número de hombres recluidos en Atlanta y Leavenworth por oponerse a las extorsiones del Gobierno es siempre diez veces tan grande como el número de funcionarios públicos condenados por oprimir a los contribuyentes en su propio beneficio. El Gobierno, hoy, se ha vuelto muy fuerte como para estar a salvo. Ya no hay ciudadanos en el mundo: solo hay súbditos. Trabajan todos los días para sus amos y están condenados a morir según la voluntad de sus amos. (…) En alguna brillante mañana, en una época geológica o dos, llegara el fin de su resistencia.27
En cartas a sus amigos, Mencken reiteraba su énfasis en la libertad individual. Una vez escribió que creía en la libertad humana absoluta «hasta el límite de lo intolerable, y más allá». A su amigo Hamilton Owen le dijo:
Solo creo en una cosa y esa cosa es la libertad humana. Si algún día un hombre alcanza algo similar a la dignidad, solo puede ocurrir porque se dé libertad absoluta a los hombres superiores para pensar lo que quieran pensar y decir lo que quieran decir (…) [y] el hombre superior solo puede estar seguro de su libertad si esta se da a todos los hombres.28
Y en un adendum privado sobre objetivos, Mencken declaraba que:
Soy extremadamente libertario, y creo en la libertad absoluta de expresión. (…) Estoy en contra de encarcelar a los hombres por sus opiniones o, en ese sentido, por cualquier otro motivo.29
Parte de la antipatía de Mencken hacia la reforma derivaba de su reiterada creencia en que «todo gobierno es maligno y tratar de mejorarlo es una gran pérdida de tiempo». Mencken destacaba este tema en la noble y conmovedora perorata de su Credo, escrito para una serie llamada «Lo que creo», escrita para una importante revista:
Creo que todo gobierno es maligno, que todo gobierno necesariamente debe hacer la guerra a la libertad, y que la forma democrática es tan mala como cualquier otra forma. (…)
Creo en la completa libertad de pensamiento y expresión, tanto para el hombre más humilde como para el más poderoso y en la completa libertad de comportamiento que sea compatible con vivir en una sociedad organizada.
Creo en la capacidad del hombre para conquistar el mundo, y descubrir de qué está hecho y cómo funciona.
Creo en la realidad del progreso. Yo…
Pero, después de todo, esto puede decirse muy sencillamente: Creo que es mejor decir la verdad que mentir. Y creo que es mejor ser libre que esclavo. Y creo que es mejor saber que ignorar.30
En la medida en que estaba interesado en asuntos de economía, Mencken, como corolario de sus opiniones libertarias, era un ferviente defensor del capitalismo. Alabó el panegírico de Sir Ernest Benn a la economía de libre mercado y declaró que al capitalismo «le debemos (…) casi todo lo que hoy incluye el nombre general de civilización». Estaba de acuerdo con Benn en que «nada de lo que hace el gobierno se hace tan barato y eficiente como lo puede hacer la empresa privada». 31
Pero, al mantener su individualismo y libertarismo, la devoción de Mencken por el capitalismo era hacia al libre mercado y no al monopolio estatista que estaba gobernando Estados Unidos en la década de 1920. Por consiguiente, estaba tan dispuesto como cualquier socialista a señalar con el dedo a la responsabilidad de las grandes empresas por el crecimiento del estatismo. Así, analizando las elecciones presidenciales de 1924, Mencken escribía:
Parece como si las grandes empresas estuvieran a su favor [el de Coolidge]. (…) Este hecho debería bastar para hacer la consideración juiciosa sobre él algo sospechosa. Pues las grandes empresas en Estados Unidos (…) actúan en su provecho una y otra vez. (…) Las grandes empresas estaban a favor de la Ley Seca, al creer que un trabajador sobrio sería un mejor esclavo que uno con unos cuantos tragos. Estaban a favor de todos los grandes robos y extorsiones que se produjeron durante la guerra y se beneficiaron de todos ellos. Estaban a favor de estrangular la libertad de expresión que se vio acosada en nombre del patriotismo, y siguen a favor de ello.32
Con respecto al candidato demócrata, John W. Davis, Mencken indicaba que se decía que era un buen abogado, lo que, para Mencken, no era una recomendación favorable ya que los abogados
son responsables de nueve de cada diez de las leyes inútiles y maliciosas que ahora atestan los códigos legales, y de todos males que trae el vano intento de aplicarlas. Todo juez federal es un abogado. Igual que muchos congresistas. Todo ataque a los derechos sencillos del ciudadano tiene un abogado detrás. Si todos los abogados fueran colgados mañana (…) todos seríamos más libres y estaríamos más seguros. Y nuestros impuestos se reducirían a casi la mitad.
Y lo que es más:
El Dr. Davis es un abogado cuya vida se ha dedicado a proteger a las grandes empresas. Solía trabajar para J. Pierpont Morgan y se dice que está orgulloso de ello. Mr. Morgan es un banquero internacional, dedicado a exprimir naciones que están en dificultades y problemas. Sus operaciones están protegidas por el poder de los Estados Unidos. Fue uno de los principales beneficiarios de la última guerra y ganó millones en ella. Los hospitales públicos están hoy llenos de soldados a quienes les falta una pierna y que entonces protegieron valerosamente sus inversiones y los colegios públicos están llenos de niños que protegerán sus inversiones el día de mañana. 33
De hecho, el breve análisis que va a continuación acerca de los acuerdos después de la Guerra combina la evaluación de Mencken de la influencia determinante de las grandes empresas con la amargura de todos los individualistas durante la guerra y después de esta:
Cuando estuvo en el Senado, el Dr. Harding era conocido como el Senador de la Standard Oil y, como todos sabemos, la Standard Oil estaba muy en contra de que entráramos en la Sociedad de Naciones, primordialmente porque Inglaterra dirigiría la Sociedad y estaría en disposición de mantener a los estadounidenses alejados de los nuevos yacimientos de petróleo en Oriente Medio. Los Morgan y sus prestamistas aliados, por supuesto, estaban igualmente muy a favor en entrar, ya que colocar al Tío Sam bajo la pezuña de los ingleses protegería materialmente sus inversiones inglesas y de otros países. Así se planteaba el problema y, en el martes posterior al primer lunes de noviembre de 1920, los Morgan, después de seis años de magnífico Geschaft, recibieron una gran paliza bajo el anglomaniaco Woodrow.34
Como consecuencia, continuaba Mencken, los Morgan decidieron ponerse de acuerdo con el enemigo, y así en la Conferencia en Lausana de 1922-23, «los ingleses acordaron permitir a la Standard Oil entrar en los campos petrolíferos del Levante» y J.P. Morgan visitó a Harding en la Casa Blanca, después de lo cual «El Dr. Harding empezó a oír una voz que le aconsejaba que se olvidara de los prejuicio de los votantes que lo eligieron y que tratara de evitar que EEUU entrara en la Gran Corte Internacional de Justicia».35
Aunque menos conocido que Mencken, Albert Nock, más que cualquier otra persona, dio al libertarismo una teoría positiva y sistemática. En una serie de ensayos en Freeman en 1923 sobre «El Estado», Nock, se basaba en Herbert Spencer y el gran sociólogo alemán y seguidor de Henry George, Franz Oppenheimer, cuyo brillante pequeño clásico, The State36 se acababa de reimprimir. Oppenheimer había señalado que el hombre trata de adquirir riqueza de la manera más fácil y que había dos vías mutuamente exclusivas para obtener riqueza. Una era la vía pacífica de producir algo y cambiar voluntariamente ese producto por el producto de algún otro: a esta manera de producir e intercambiar voluntariamente la llamó «medios económicos». La otra vía para obtener riqueza era la expropiación coercitiva: el obtener por la fuerza el producto de otra persona usando la violencia. A esto Oppenheimer lo llamó los «medios políticos». Y a partir de su investigación histórica sobre la génesis de los Estados, Oppenheimer definía al Estado como la «organización de los medios políticos». Así que Nock concluía que el Estado en sí era maligno y siempre era la vía por la cual grupos diversos podían apropiarse del poder del Estado y usarlo para convertirse en explotadores o en clase dirigente, a expensas del resto la población a quien gobernaba. Nock, por tanto, definía al Estado37 como la institución que «reclama y ejerce el monopolio del crimen» sobre un área territorial; «prohíbe el asesinato privado, pero organiza asesinatos a escala colosal. Castiga el robo privado, pero toma en sus manos inescrupulosas todo lo que quiere».
En su obra maestra, Nuestro enemigo, el Estado, Nock expandía su teoría y la aplicaba a la historia estadounidense, particularmente a la formación de la Constitución de Estados Unidos. Contrariamente a los tradicionales adoradores conservadores de la Constitución, Nock aplicó la tesis de Charles A. Beard a la historia de Estados Unidos, viéndola como una sucesión de gobiernos de clases por varios grupos de comerciantes privilegiados y a la Constitución como un fuerte gobierno nacional ideado para crear y extender tales privilegios. La Constitucion, escribía Nock:
permitía una centralización cada vez mayor del control sobre los medios políticos. Por ejemplo, (…) muchos industriales podían ver las grandes ventajas de poder extender sus oportunidades de explotación sobre un área de libre comercio en toda el área nacional protegida por un arancel general. (…) Cualquier especulador en títulos públicos depreciados estaría fuertemente a favor de un sistema que le pudiera ofrecer el uso de medios políticos para lograr que liquidaran a su valor original. Cualquier dueño de barcos o comerciante con el extranjero se daría cuenta rápidamente de que su pan estaba untado con mantequilla del lado de un Estado nacional en el que, si se acercaba apropiadamente, podía hacer uso de los medios políticos por medio de una subvención o podría respaldar alguna empresa de contrabando rentable pero dudosa con «representaciones diplomáticas» o represalias.
Nock concluía que esos intereses económicos, en oposición a la mayoría de los granjeros nacionales, «planearon y ejecutaron un golpe de estado, simplemente arrojando a la basura los Artículos de la Confederación».38
Aun cuando superficialmente el análisis de Nock-Oppenheimer se asemeja al de Marx, y un nockiano, igual que Lenin, vería toda la acción del Estado en términos de «¿Quién? ¿De quiénes?» (¿Quién se beneficia a costa de quiénes?) es importante apreciar las diferencias cruciales. Ya que mientras que Nock y Marx estarían de acuerdo con respecto a los privilegios de las clases gobernantes sobre los gobernados en los periodos Despótico Oriental y feudal, discreparían en el análisis de los hombres de negocios en el mercado libe. Pues para Nock, las clases antagónicas, gobernantes y gobernados, únicamente pueden crearse por acceso a los privilegios del Estado: es el uso del instrumento del Estado el que crea estas clases antagónicas. Mientras Marx estaría de acuerdo con respecto a las eras precapitalistas, por supuesto también concluiría que hombres de negocios y trabajadores son antagonistas de clase aun en una economía de mercado libre, con los empresarios explotando a los trabajadores. Para el nockiano, hombres de negocios y trabajadores están en armonía (como todos los demás) en un mercado libre y una sociedad libre y es solamente por medio de la intervención estatal por lo que se crea el antagonismo de clases.39
Así que, para Nock, las dos clases básicas en cualquier momento son las que dirigen el Estado y las de los dirigidos por este: como dijo una vez el líder populista Jerry «Sockless» Simpson: «los que roban y los robados». Nock acuñó así los conceptos «poder del Estado» y «poder social». El «poder social» era el poder sobre la naturaleza ejercido por hombres libres en sus relaciones económicas y sociales voluntarias: el poder social era el poder de la civilización, su aprendizaje, su tecnología, su estructura de inversión de capital. El «poder del Estado» era la expropiación coactiva y parasitaria del poder social en beneficio de los gobernantes: el uso de los «medios políticos» para obtener riqueza. Así que la historia del hombre podía verse como una carrera eterna entre poder social y poder estatal, con la sociedad creando y desarrollando nueva riqueza, que más tarde sería expropiada, controlada y explotada por el Estado.
Nock estaba igual de descontento que Mencken acerca del papel de las grandes empresas del siglo XX que se encaminaban hacia el estatismo. Ya hemos visto su cáustica opinión beardiana hacia la adopción de la Constitución. Cuando llegó el New Deal, Nock solo pudo gruñir con desprecio ante los falsos lamentos acerca del colectivismo que surgía en diversos círculos empresariales.
Una de las pocas cosas divertidas en nuestro aburrido mundo es que aquellos que hoy se comportan con más tremendismo acerca del colectivismo y la amenaza roja son los mismos que han alabado, sobornado, adulado e importunado al Estado para que diera todos y cada uno de los pasos sucesivos que llevaban directamente al colectivismo. (…) ¿Quiénes hostigaron al Estado para que entrara al negocio del transporte marítimo, y promovieron la creación del Consejo Marítimo? ¿Quiénes empujaron al Estado a crear la Comisión Interestatal de Comercio y la Junta Federal de Fincas? ¿Quién metió al Estado en el negocio de transporte en nuestras aguas interiores? ¿Quién está siempre reclamando al Estado que «regule» y «supervise» esto y lo otro y los demás procesos rutinarios de empresas financieras, industriales y comerciales? ¿Quién se quitó la chaqueta, se arremangó y sudó sangre hora tras hora ayudando al Estado a formular los códigos de la vieja y lamentabla Ley de Recuperación Nacional? Nada menos que el mismo Peter Schlemhil, que está ahora medio loco por la aparición del fantasma del colectivismo.40
O, como lo resumía Nock:
La simple verdad es que nuestros empresarios no quieren un gobierno que deje en paz a los negocios. Quieren un gobierno que puedan usar. Ofrecedles uno que siga el modelo de Spencer y veréis estallar al país antes que aceptarlo.41
- El New Deal y la aparición de la Vieja Derecha
Durante la década de 1920, por tanto, los individualistas y libertarios emergentes (los Mencken, los Nock, los Villard y sus seguidores) eran generalmente considerados como hombres de izquierdas: como la izquierda en general, se oponían con desagrado al surgimiento de un Gran Gobierno en los Estados Unidos del siglo XX, un gobierno aliado con las grandes empresas, en un entramado de privilegios especiales, un gobierno que dictaba los hábitos personales en el beber de los ciudadanos y reprimía las libertades civiles, un gobierno que se había unido al imperialismo británico como socio menor para presionar a las naciones de la tierra. Los individualistas se oponían a este florecimiento de los monopolios estatales, se oponían al imperialismo y militarismo y a las guerras en el exterior, se oponían al Tratado de Versalles impuesto por Occidente y a la Sociedad de Naciones y generalmente eran aliados de socialistas y progresistas en esta oposición.
Sin embargo, todo esto cambió, y cambió drásticamente, con el surgimiento del New Deal. Porque los individualistas veían claramente al New Deal como una mera extensión lógica del hooverianismo y de la Primera Guerra Mundial: como la imposición de un gobierno fascista en la economía y la sociedad con una grandeza mucho peor que la de Theodore Roosevelt («Roosevelt I» como lo llamaba Mencken) o Wilson, o Hoover. El New Deal, con su creciente estado corporativo, dirigido por las grandes empresas y los grandes sindicatos como sus socios menores, aliado con intelectuales progresistas corporativos y usando una retórica bienhechora, era percibido por estos libertarios como el fascismo llegando a Estados Unidos. Y su asombro y amargura fueron grandes cuando descubrieron que sus anteriores y supuestamente inteligentes aliados, los socialistas y progresistas, en vez de unirse a este punto de vista, se apresuraron a abrazar e incluso deificar el New Deal y a formar su vanguardia de intelectuales apologistas. Esta acogida de la Izquierda se hizo rápidamente unánime cuando el Partido Comunista y sus aliados se unieron al desfile con el advenimiento del Frente Popular en 1935. Y la generación de los intelectuales más jóvenes, muchos de los cuales habían sido seguidores de Mencken y Villard, dejaron a un lado su individualismo para unirse a la «clase trabajadora» y asumir su papel como expertos y planificadores de la aparentemente nueva Utopía que se estaba formando en Estados Unidos. El espíritu de los mandatos tecnocráticos a los ciudadanos estadounidenses se expresó de la mejor manera en el famoso poema de Rex Tugwell, cuyas palabras quedarían grabadas con horror en todos los corazones de los «derechistas» en todo el país:
He reunido mis herramientas y mis gráficos,
Mis planes están terminados y son prácticos.
Me arremangaré: volveré a crear Estados Unidos.
Solamente unos pocos liberales del laissez-faire vieron la relación directa entre los programas cartelizadores de Hoover y la cartelizacion fascista impuesta por la NRA y la AAA del New Deal y pocos se dieron cuenta de que el origen de estos programas fueron específicamente los planes colectivistas de las grandes empresas, como el famoso Plan Swope, ideado por Gerard Swope, jefe de General Electric a finales de 1931, y adoptado al año siguiente por la mayoría de los grandes grupos de negocios. De hecho, fue cuando Hoover rehusó llegar tan lejos, denunciando el plan como «fascismo», aun cuando él mismo se había inclinado en esa dirección durante años, cuando Henry I. Harriman, presidente de la Cámara de Comercio de EEUU avisó a Hoover de que las grandes empresas usarían su influencia a favor de Roosevelt, quien estaba de acuerdo en poner en marcha el plan y de hecho iba aplicar dicho acuerdo. El mismo Swope, Harriman y su poderoso mentor, el financiero Bernard M. Baruch, estuvieron de hecho muy involucrados en redactar y administrar la NRA y la AAA.42
Los individualistas y liberales del laissez-faire estaban asombrados y amargados, no solo por la deserción en masa de sus anteriores aliados, sino también por las acusaciones de estos aliados al referirse a ellos como «reaccionarios», «fascistas» y «neandertales». Hombres de la izquierda durante décadas, los individualistas, sin cambiar su postura o perspectiva ni un ápice, se veían ahora atacados duramente por sus anteriores aliados como ignorantes «extremistas de derecha». Así, en diciembre de 1933, Nock escribía con enfado a Canon Bernard Iddings Bell: «Veo que ahora se me ha califica como tory. A usted también, ¿verdad? ¡Qué ignorante charlatán ha de ser FDR! Se nos ha llamado con muchos nombres despectivos, a usted y a mí, pero este se lleva la palma». El biógrafo de Nock agrega que «Nock pensó que era raro que un declarado radical, anarquista, individualista, defensor de un solo impuesto y apóstol de Spencer fuera calificado como conservador».43
De haber sido el intelectual más importante de su tiempo, Mencken pasó rápidamente a ser denostado por sus lectores como reaccionario y passé, incapaz de tratar la era de la Depresión. Al jubilarse del Mercury, y por consiguiente verse privado de acceso a un foro nacional, Mencken solo pudo ver caer su creación en manos de los liberales del New Deal. Nock, que había sido la estrella de las revistas mensuales, prácticamente desapareció de la vista. Villard sucumbió al atractivo del New Deal y de todas maneras se jubiló como editor de Nation en 1933, dejando también la revista en manos firmes de liberales del New Deal. Solo persistieron algunos casos aislados, como John T. Flynn, un periodista económico escandaloso, que escribía en Harper’s y New Republic, criticando las grandes empresas y los orígenes monopolísticos de medidas tan cruciales del New Deal como el RFC y la NRA.
Aislados y atacados, tratados por los nuevos dispensadores como hombres de la derecha, los individualistas no tuvieron más alternativa que la de convertirse, en efecto, en derechistas y aliarse con los conservadores, monopolistas, seguidores de Hoover, etc., a quienes previamente habían despreciado.
Fue así como se creó la derecha moderna, la «Vieja Derecha» en nuestra terminología: como una coalición de furia y desesperanza en contra de la enorme aceleración del Gran Gobierno generada por el New Deal. Pero lo curioso es que a medida que los grupos conservadores más grandes y respetables iniciaban los ataques contra del New Deal, la única retórica, las únicas ideas que tenían disponibles eran precisamente los puntos de vista libertarios e individualistas que anteriormente habían desdeñado o ignorado. De ahí el súbito, aunque muy superficial, advenimiento de estos conservadores republicanos y demócratas a las filas libertarias.
Así, estaban Herbert Hoover y los republicanos conservadores, que habían hecho tanto en los 20 y antes para preparar el terreno para el corporativismo del New Deal, pero que ahora se quejaban amargamente por su aplicación completa. El propio Herbert Hoover paso de repente a las filas libertarias con su libro contra el New Deal de 1934, Challenge to Liberty, que impulsó al desconcertado y sorprendido Nock a exclamar: «¡Imaginaos un libro sobre este tema, escrito por este hombre!». Un profético Nock escribió:
Cualquiera que mencione la libertad en los próximos dos años, supuestamente será alguien que esté comprometido con el Partido Republicano, igual que cualquiera que lo haya mencionado desde 1917, supuestamente era el portavoz de destiladores y cerveceros.44
Demócratas conservadores como los anteriormente antiprohibicionistas Joutte Shouse, John W. Davies y John J. Raskob, de Dupont, formaron la American Liberty League como una organización contra el New Deal, pero esto fue solo un poco menos desagradable. Aunque Nock escribía en su publicación acerca de su desconfianza por los orígenes poco honrados de la League, ya mostraba su voluntad de considerar una alianza:
Esto puede abrir ocasionalmente una vía para algo (…) un poco más inteligente y objetivo que el deprimente flujo de propagandistas (…) voy a verlo (…) y si se abre una oportunidad echaré una mano.45
De hecho, los individualistas estaban en un brete ante esta súbita asunción de viejos enemigos como aliados. Del lado positivo, significaba una rápida aceleración de la retórica libertaria por parte de numerosos políticos influyentes y, además, no había disponibles otros aliados políticos concebibles. Pero, en el lado negativo, la aceptación de las ideas libertarias de Hoover, la Liberty League, et al, era claramente superficial y solo en el ámbito de la retórica general: dadas sus verdaderas preferencias, ninguno de ellos habría aceptado el modelo spenceriano de laissez-faire para Estados Unidos. Esto significaba que el libertarismo, aunque diseminado por todo el país, permanecería en un plano superficial y retórico y, además, mancharía a todos los libertarios, a los ojos de los intelectuales, con la acusación de duplicidad y de súplicas especiales.
Aun así, los individualistas no tenían otro lugar adonde ir más que a una alianza con los conservadores que se oponían al New Deal. Y así, H.L. Mencken, hasta entonces la persona más odiada en la izquierda derechista de la década de 1920, empezó a escribir en la revista conservadora Liberty y concentró sus energías en oponerse al New Deal y en hacer propaganda de la candidatura de Landon en la campaña de 1936. Y cuando el joven libertario Paul Palmer asumió el cargo de editor de American Mercury en 1936, Mencken y Nock aceptaron encantados escribir como columnistas habituales en oposición al régimen del New Deal, con Nock como virtual coeditor. Recién publicado Nuestro enemigo, el Estado, Nock en su primera columna para el nuevo Mercury, señalaba muy astutamente que el New Deal era una continuación de las dos cosas que toda la Izquierda había odiado en el estatismo de la década de 1920: la Ley Seca y la ayuda pública a las empresas. Era como la Ley Seca porque en ambos casos una minoría decidida de hombres «deseaban hacer algo a Estados Unidos para su propio beneficio» y «ambos se apoyaban en la fuerza para conseguir sus fines»; era económicamente como la década de 1920, porque
Coolidge había hecho todo lo posible para usar al gobierno en apoyo de las empresas y Roosevelt estaba haciendo exactamente lo mismo. (…) En otras palabras, la mayoría de los estadounidenses querían que el gobierno solamente los ayudara solo a ellos: esta era la «tradición estadounidense» de recio individualismo.46
Pero el intento fue inútil: a los ojos del grueso de los intelectuales y del público en general, Nock, Mencken y los individualistas eran, simplemente, «conservadores» y «extremadamente derechistas» y así quedaron encasillados. En cierto modo, la etiqueta «conservadora» para Nock y Mencken era y había sido correcta. como para todos los individualistas, en el sentido que los individualistas creen en las diferencias humanas y por tanto en las desigualdades. Es verdad que estas son desigualdades «naturales», que, en sentido jeffersoniano, surgirían de una sociedad libre como «aristocracias naturales» y que esto contrasta enormemente con las desigualdades «artificiales» que los políticos estatistas de casta y privilegios especiales imponen a la sociedad. Pero los individualistas siempre deben estar siempre en contra del igualitarismo. Mencken siempre había sido un franco y feliz «elitista» en este sentido y por lo menos se había opuesto con el mismo vigor a un gobierno democrático igualitario que a todas las demás formas de gobierno. Pero Mencken destacaba que, como en el mercado libre «la aristocracia debe justificar constantemente su existencia. En otras palabras, no debe haber una conversión artificial de su fortaleza presente en derechos perpetuos».47 Nock llegó gradualmente a este elitismo a lo largo de los años, y alcanzo su pleno florecimiento a finales de la década de 1920. A partir de esta evolución de opinión Nock llegó su brillante y profético, aunque completamente olvidado, Theory of Education in the United States, que derivó de sus discursos de 1931 en la Universidad de Virginia.
Defensor de la antigua educación clásica, Nock reprendía a los típicos detractores conservadores de las innovaciones educativas progresivas de John Dewey por no haber entendido nada. Estos conservadores atacaban la educación moderna por seguir las opiniones de Dewey, pasando de una educación clásica a una proliferación de una educación paleolítica profesional y de lo que ahora se llamarían cursos «relevantes»: educación vial, cestería, etc. Nock señalaba que el problema no estaba en la formación profesional en sí, sino en acelerar el compromiso en Estados Unidos con el concepto de educación en masa. La educación clásica se confinaba a una pequeña minoría, una élite, de la población joven. Y solamente una pequeña minoría, según Nock, es verdaderamente «educable» y por tanto apropiada para esta clase de currículo. Promover la idea de que todos deben tener una educación superior, por el contrario, lleva a las universidades a una gran masa de jóvenes no educables y las universidades necesariamente tienen que recurrir cursos de cestería y educación vial, a una mera formación profesional, en vez de a una genuina educación. Por tanto, Nock creía claramente que las leyes de asistencia obligatoria, así como el nuevo gran mito de que todos deben graduarse en la escuela secundaria y la universidad, estaba destruyendo la vida de la mayoría de los jóvenes, forzándolos a trabajos y ocupaciones para las cuales no eran aptos y que no les gustaban y también destruía entretanto el sistema educativo.
Está claro que, desde una perspectiva igualmente libertaria (a través de un anarquista de «derechas» y no de «izquierdas») Nock estaba anticipando una postura muy similar de Paul Goodman, treinta y cuarenta años después. Aunque disfrazado con una retórica igualitarista, la visión de Goodman condena igualmente el sistema actual, incluyendo leyes de asistencia obligatoria, obligando a una masa de niños a asistir a la escuela, cuando en realidad deberían estar trabajando en empleos beneficiosos y relevantes.
Uno de los puntos más fuertes del desarrollo de la ideología de la derecha era el enfoque en los peligros de una tiranía creciente del poder ejecutivo y especialmente del presidente, a costa del debilitamiento del poder en el resto de la sociedad: en el Congreso y en el poder judicial, en los estados y entre la ciudadanía. Cada vez más poder se concentraba en el presidente y el poder ejecutivo: el Congreso se iba reduciendo a un sello para los decretos ejecutivos, los estados a sirvientes de la generosidad federal. Las instituciones regulatorias sustituían con sus propios decretos arbitrarios, o «leyes administrativas» al proceso imparcial habitual de los tribunales. Una y otra vez, la Liberty League y otros derechistas protestaban por el enorme aumento del poder ejecutivo. Fue este temor el que llevó a la tormenta y a la derrota de la administración en el famoso plan de «manipular» el Tribunal Supremo en 1937, una derrota diseñada por asustados liberales, quienes previamente habían estado de acuerdo con toda la legislación del New Deal.
Gabriel Kolko, en su brillante Triumph of Conservatism, ha señalado el grave error en la historiografía liberal y de la Vieja Izquierda del supuesto papel «reaccionario» del Tribunal Supremo a finales del siglo XIX y principios del XX a la hora de abolir legislación regulatoria. El Tribunal siempre ha sido tratado como un portavoz de los intereses de las grandes empresas, tratando de obstruir medidas progresistas y en realidad, estos jueces eran sinceros creyentes en el laissez-faire que estaban tratando de bloquear medidas estatistas ideadas para los intereses de las grandes empresas. Lo mismo se diría en su momento de los «reaccionarios» Nueve Hombres Viejos que echaron abajo la legislación del New Deal en la década de 1930.
Uno de los ataques más brillantes e influyentes contra el New Deal fue escrito en 1938 por el conocido escritor y editor Garet Garrett. Garrett empezaba su panfleto «The Revolution Was» sobre una percepción asombrosa: los conservadores, escribía, se estaban movilizando para tratar de impedir una revolución estatista que impondría el New Deal, pero esta revolución ya se había producido. Como Garrett escribía estupendamente en sus frases de iniciales:
Hay quienes todavía creen que están deteniendo el avance de una revolución que podría estar en camino. Pero miran en la dirección equivocada. La revolución está detrás de ellos. Paso en la Noche de la Depresión, cantando himnos a la Libertad.48
Garrett acusaba al New Deal de ser una «revolución dentro de las formas» sistemáticas de las leyes y las costumbres estadounidenses. El New Deal no era, como aparentaba superficialmente, una masa contradictoria y caprichosa de errores pragmáticos.
En una situación revolucionaria errores y fracasos no son lo que aparentan. Son andamios. El error no se rechaza. Está compuesto por una ley superior, por más decretos y regulaciones y por consiguientes extensiones de la mano de la administración. Como decía deLawd en The Great Pastures, cuando alguien ha aprobado un milagro, tiene que aprobar otro para que ocuparte de él y lo mismo pasa con el New Deal. Todo milagro aprobado, haya ido bien o mal, obtuvo resultados. El poder ejecutivo sobre la vida social y económica de la nación se ha incrementado. Si dibujamos una curva que represente el aumento del poder ejecutivo, y buscamos los errores, no los encontraremos. La curva es consistente.49
El New Deal y sus empresarios usaban palabras de dos sentidos muy diferentes, añadía Garrett, cuando hablaban de preservar el «sistema estadounidense de empresa libre privada». Para los empresarios, estas palabras «defienden un mundo que está en peligro y puede tener que defenderse» y el New Deal tenía la interpretación correcta, ya que el «poder último de iniciativa» había pasado de los empresarios privados al gobierno. Guiados por una élite revolucionaria de intelectuales, el New Deal centralizaba el poder político y económico en el ejecutivo y Garrett seguía paso a paso este proceso. Como consecuencia, el «poder último de iniciativa» pasó de la empresa privada al gobierno, que «se convirtió en el gran capitalista y empresario. Inconscientemente, las empresas aceptaban esto al hablar de una economía mixta e incluso lo aceptaban como inevitable».50
- El aislacionismo y el New Deal en el extranjero
Durante la Primera Guerra Mundial y la década de 1920, el «aislacionismo»”, es decir, la oposición a la intervención en el extranjero y las guerras estadounidenses se consideraba un fenómeno de izquierda, e incluso a los aislacionistas y revisionistas de laissez-faire se les consideraba «izquierdistas». La oposición al sistema de Versalles en Europa en la posguerra se consideraba liberal o radical y, por el contrario, los «conservadores» defendían la guerra y expansión estadounidenses y el tratado de Versalles. De hecho, Nest Webster, la inglesa que fue decana de historiografía antisemítica del siglo XX, unió la oposición al esfuerzo aliado de la guerra al socialismo y el comunismo como los principales males de ese tiempo. Igualmente, a mediados de la década de 1930, para la señora derechista Elizabeth Dilling el pacifismo era, de por sí, un mal «rojo». No solo consideraba como «rojos» a pacifistas de toda la vida, como Kirby Page, Dorothy Detzer y Norman Thomas, sino que la señora Dilling condenaba igualmente al General Smedley D. Butler, antiguo jefe de los marines y considerado «fascista» por la Izquierda, por atreverse a afirmar que las intervenciones de los marines en Latinoamérica habían sido un «plan de Wall Street». No solo el Comité Nye de mediados de la década de los 30, que investigó a los fabricantes de municiones y la política exterior de EEUU en la Primera Guerra Mundial, sino también antiguos progresistas como los senadores Burton K. Wheeler y especialmente el defensor del laissez-faire William E. Borah fueron condenados como partes esenciales de la omnipresente «Red Roja» comunista.51
Y, aun así, en muy pocos años, la ubicación del aislacionismo en el espectro ideológico iba a sufrir un cambio súbito y drástico. A finales de la década de 1930, la administración Roosevelt viró rápidamente hacia la guerra en Europa y el Lejano Oriente. Al hacer esto, y especialmente después que estallara la guerra en septiembre de 1939, el gran grueso de los liberales y la izquierda dieron un giro drástico a favor de la guerra y la intervención en el exterior. Desapareció sin dejar rastro la idea de la Vieja Izquierda de los daños del Tratado de Versalles, el desmembramiento aliado de Alemania y la necesidad de la revisión del tratado. Desapareció la antigua oposición al militarismo estadounidense y al imperialismo estadounidense y británico. No solo eso: sino que, para liberales e Izquierdistas, la inminente guerra contra Alemania e incluso Japón se convirtió en una gran cruzada moral, una «guerra del pueblo por la democracia» y en contra del «fascismo», rivalizando en lo absurdo de su retórica con la misma apología wilsoniana de la Primera Guerra Mundial que estos mismos liberales habían repudiado durante dos décadas. El presidente que estaba arrastrando a la nación que se negaba a ello era ahora elogiado y casi divinizado por la Izquierda, como lo fueron retrospectivamente todos los presidentes fuertes (es decir, dictatoriales) a lo largo de la historia estadounidense. Para los liberales y la izquierda el Panteón de Estados Unidos se convertía entonces en una letanía casi infinita: Jackson-Lincoln- Wilson-FDR.
Todavía peor fue la actitud de estos nuevos intervencionistas hacia aquellos anteriores amigos y aliados que continuaban persistiendo en sus antiguas creencias: estos últimos eran ahora castigados e insultados continuamente, con amargura extrema y venenosa, llamándolos «reaccionarios», «fascistas», «antisemitas», y «seguidores de la línea de Goebbels».52 Uniéndose con gran entusiasmo a esta sucia campaña estaba el Partido Comunista y sus aliados de la campaña de «seguridad colectiva» de la Unión Soviética a finales de la década de 1930 y de nuevo tras el ataque nazi a Rusia el 22 de junio de 1941. Antes y durante la guerra los comunistas estaban encantados de interpretar su papel recién hallado como superpatriotas estadounidenses, proclamando que «el comunismo es el americanismo del siglo XX», y que cualquier campaña por la justicia social en Estados Unidos tendría que quedar atrás frente al sagrado objetivo de la victoria en la guerra. La única excepción para los comunistas en este papel fue su «periodo aislacionista», que, de nuevo en subordinación a las necesidades de la Unión Soviética, duró desde el pacto de Stalin-Hitler de agosto de 1939 al ataque a Rusia dos años más tarde.
La presión sobre liberales y progresistas que continuaban oponiéndose a la guerra inminente fue increíblemente amarga e intensa. Se produjeron muchas tragedias personales. Charles A. Beard, distinguido historiador y el más eminente de los revisionistas, fue castigado despiadadamente por los liberales, muchos de ellos antiguos alumnos y discípulos suyos. El Dr. Harry Elmer Barnes, el decano liberal de los revisionistas de la Primera Guerra Mundial (y luego de la Segunda Guerra Mundial), cuyo artículo en el World Telegram de Nueva York, «The Liberal Viewpoint» fue destacado por Walter Lippmann, fue expulsado sin ceremonias de su columna en mayo de 1940 por la presión de los anunciantes a favor de la guerra.53
Un ejemplo de trato dispensado a los que se aferraron a sus principios fue la purga de las filas del periodismo progresista de John T. Flynn y Oswald Garrison Villard. En su columna periódica de Nation, Villard había continuado oponiéndose al «abominable militarismo» de Roosevelt y su propensión a la guerra. Para su desgracia, Villard fue expulsado de la revista en la que trabajó tanto tiempo como editor importante. En su artículo «Valedictory» del número del 22 de junio de 1940, Villard declaraba que «mi jubilación se vio precipitada por el abandono de la oposición previa de los editores de Nation a todos los preparativos bélicos, lo que, en mi opinión, ha sido la mayor gloria de su gran y honorable pasado». En una carta a su editora, Freda Kirchwey, Villard se preguntaba cómo era que
Freda Kirchwey, pacifista en la última guerra, capaz de ver a través de farsas e hipocresías y militante de los derechos de las minorías y los oprimidos estrecha ahora la mano a todas las fuerzas de la reacción contra las que Nation ha batallado con tanta energía.
La respuesta editorial de Kirchwey fue la típica: escritos como los de Villard eran temibles y «un peligro más actual que el fascismo», pues la política de Villard era «exactamente la política para Estados Unidos que apoya la propaganda nazi en este país».54
A su vez, John T. Flynn se vio privado de su columna «Other People’s Money» en noviembre de 1940: la columna había aparecido continuamente en New Republic desde mayo de 1933. Tampoco los editores ahora favorables a la guerra pudieron tolerar los continuos ataques de Flynn a las preparaciones bélicas y al auge artificial inducido por el gasto en armamento.
Tampoco les fue mucho mejor a los líderes libertarios veteranos. Cuando el libertario y aislacionista Paul Palmer perdió su puesto de editor en American Mercury en 1939, H.L. Mencken y Albert Jay Nock perdieron su oportunidad mensual de arremeter contra el New Deal. Al desaparecer su expositor nacional, Mencken se retiró de la política para dedicarse a su autobiografía y a su estudio del idioma estadounidense. Aparte de unos pocos ensayos en Atlantic Monthly, Nock solo pudo encontrar una vía de expresión en el aislacionista Scribner’s Commentator, que cerró sus puertas después de Pearl Harbor y dejó a Nock sin ninguna posibilidad de ser escuchado. Entretanto, los discípulos personales de Nock, que constituían la rama libertaria del movimiento de Henry George, recibieron un duro golpe cuando su principal discípulo, Frank Chodorov, fue despedido como director de la Escuela Henry George de Nueva York por mantener su oposición a la entrada en guerra de Estados Unidos.
Pero Nock consiguió dar algunos golpes antes del cambio de guardia en el Mercury. Nock había advertido que la inminente guerra en Europa era la vieja historia de imperialismos en competencia, con los progresistas, una vez más, disponibles para proporcionar cobertura ideológica con lemas wilsonianos como «hacer al mundo seguro para la democracia». Nock comenta con sorna que «hacer al mundo seguro para las inversiones, privilegios y mercados de EEUU» expresaba mucho mejor el propósito real de la inminente intervención. Así que «después del lamentable ejemplo que dieron los progresistas estadounidenses hace veinte años» estaban de nuevo listos para «salvarnos de los horrores de la guerra y el militarismo llevándonos a la guerra y el militarismo». Denunciando la historia que se estaba desarrollando acerca del enemigo exterior, Nock precisaba el verdadero peligro para la libertad en el interior:
Ninguna política de un estado extranjero puede perturbarnos, salvo que el gobierno se interponga. No corremos ningún peligro debido a ningún gobierno, salvo al nuestro y el peligro es muy grande, así que, por tanto, es nuestro gobierno al que hay que vigilar y atar en corto.55
Los opositores a la guerra no solo fueron silenciados en las revistas y organizaciones progresistas, sino también en muchos de los medios de comunicación de masas. Mientras la administración Roosevelt se dirigía inexorablemente hacia la guerra, buena parte del aparato estatal al que había repelido la retórica izquierdista del New Deal hizo rápidamente las paces con el gobierno y se trasladó de inmediato a los puestos de poder. Según una frase famosa de Roosevelt, el «Dr. New Deal» había sido remplazado por el «Dr. Gana la Guerra» y, al irse desgranando los pedidos de armamento, los elementos conservadores de las grandes empresas dieron un giro de ciento ochenta grados: en particular, los aparatos de Wall Street y el Este, los banqueros e industriales, los intereses de los Morgan, la entente de la Ivy League, todos retornaron alegremente a los buenos viejos tiempos de la Primera Guerra Mundial y la batalla del Imperio Británico contra Alemania. La nueva reconciliación se ejemplificó en la vuelta a un alto cargo público del eminente abogado de Wall Street, Dean Acheson, ahora en el Departamento de Estado, que había abandonado su puesto de subsecretario del Tesoro a principios de la década de 1930, irritado por los absurdos planes monetarios y fiscales de Roosevelt. Aún más significativo fue el nombramiento por FDR como secretario de Guerra de un hombre que prácticamente encarnaba la comunidad de los ricos del Este y era el mentor de Acheson, Henry Lewis Stimson: un abogado republicano conservador, belicista e imperialista de Wall Street, cercano a los intereses de los Morgan, que había sido un devoto seguidor de Teddy Roosevelt, Secretario de Guerra con Taft y Secretario de Estado con Hoover. El fruto de la nueva política fue el famoso «blitz de Willkie» en la convención nacional republicana, en la que la nominación republicana de 1940 fue prácticamente robada a los favoritos antibelicistas a la presidencia: el senador Robert A. Taft y Thomas E. Dewey. Una tremenda campaña de presión de Wall Street, usando todos los dispositivos de los medios controlados en el Este y el chantaje a delegados por parte de los banqueros de Wall Street otorgaron la nominación al desconocido, pero fiable gran empresario prointervencionista, Wendell Willkie.
Si las grandes empresas conservadoras del Este respaldaban con vigor el bando de Roosevelt en el programa acordado de entrada en guerra, ¿por qué tuvieron éxito las fuerzas intervencionistas en colocar la etiqueta de «extrema derecha» sobre la postura antiintervencionista o «aislacionista»? Por dos razones. Primera, porque la Vieja Izquierda y los órganos oficiales del progresismo habían sido ocupados por las fuerzas favorables a la guerra, que habían purgado con éxito los medios progresistas de todos los que continuaban aferrándose a los principios originales del liberalismo y el izquierdismo pacifista. Los liberales favorables a la guerra fueron así capaces deservir como apologistas de la administración Roosevelt y el establishment del Este, encabezando a estos, vilipendiando a los aislacionistas como «reaccionarios», «neandertales» y herramientas de los nazis. Y, segundo, no todas las empresas se habían alineado a favor de la guerra. Mucho del capital del Medio Oeste, no ligado a inversiones en Europa ni Asia, fue capaz de reflejar los sentimientos aislacionistas de la gente de su región. Las empresas del Medio Oeste y de pueblos pequeños fueron por tanto los baluartes del sentimiento aislacionista y los años previos a la guerra fueron testigos de una dura lucha entre los poderosos intereses del Este y Wall Street, ligados a inversiones en el exterior y mercados extranjeros, y el capital del Medio Oeste, que tenía pocas relaciones de ese tipo. Por ejemplo, no fue casualidad que el America First Committee, la principal organización contra la guerra, fuera fundado por R. Douglas Stuart, entonces estudiante en Yale, pero heredero de la fortuna de Quaker Oats de Chicago, o que los principales apoyos de la organización fueran el general Robert E. Wood, jefe de Sears Roebuck de Chicago, y el coronel Robert R. McCormick, director del Chicago Tribune. O que el líder aislacionista en el Senado, Robert A. Taft, proviniera de la familia más importante de Cincinnati. Pero los propagandistas del Este fueron astutamente capaces de usar esta división para divulgar una imagen de su oposición como personas estrechas de miras y mentalidad, provincianas y reaccionarias del Medio Oeste, sin el conocimiento que tenían ellos de los grandes asuntos cosmopolitas de Europa y Asia.
Con Taft (que había sido acusado de ser un «progresista» peligroso por Mrs. Dilling solo unos pocos años antes) hubo un especial ensañamiento, al ser rechazado por la alianza de la izquierda liberal del aparato estatal calificándolo de ultraconservador. La ocasión para el análisis crítico del senador Taft surgió de un ensayo publicado poco antes de Pearl Harbor por un joven Arthur Schlesinger, Jr. (Nation, 6 de diciembre de 1941). Siempre dispuesto a calificar como «negocios» a toda oposición al progresismo, Schlesinger atacaba al Partido Republicano como reflejo de una comunidad de negocios que arrastraba los pies ante la entrada en guerra. El senador Taft, en una respuesta que apareció en la semana posterior a Pearl Harbor (Nation, 13 de diciembre de 1941) corregía aguda y amablemente la opinión de Schlesinger sobra la verdadera ubicación del «conservadurismo» dentro del Partido Republicano:
También se equivoca Mr. Schlesinger al atribuir la postura de la mayoría de los republicanos a su conservadurismo. Los miembros más conservadores del partido (los banqueros de Wall Street, el grupo de la sociedad, nueve décimas partes de los periódicos plutócratas y la mayoría de los contribuyentes financieros del partido) son los que están a favor de la intervención en Europa. La declaración de Mr. Schlesinger de que la comunidad empresarial en general ha tendido a favorecer el apaciguamiento de Hitler es sencillamente mentira. (…)
Yo diría sin dudar que son los hombres y mujeres medios (granjeros, trabajadores, salvo unos pocos líderes sindicales probritánicos, y pequeños empresarios) los que se oponen a la guerra. El partido de la guerra está compuesto por las comunidades empresariales de las ciudades, los escritores de periódicos y revistas, los comentaristas de radio y televisión, los comunistas y la intelectualidad de la universidad.56
En resumen, en muchos sentidos, la lucha fue populista, entre la masa del pueblo opuesta a la guerra y los grupos de élite que controlaban los mecanismos del poder y la manipulación de la opinión pública.
Así que la deriva del New Deal hacia la guerra reordenó otra vez el espectro ideológico y el significado de izquierda y derecha en la política estadounidense. Los opositores a la guerra de izquierda y liberales fueron expulsados de los medios y publicaciones de opinión por sus anteriores aliados y condenados por ser reaccionarios y neandertales. Estos hombres, así como los antiguos progresistas jaleados por la izquierda pocos años antes (como los senadores Nye, LaFollette y Wheeler) se vieron obligados a formar una alianza con los republicanos de laissez-faire del Medio Oeste. Condenados en todas partes como «ultraconservadores» y «extremistas de derecha», muchos de estos aliados se encontraron también moviéndose ideológicamente «hacia la derecha», moviéndose hacia el liberalismo del laissez-faire de la única base de masas que las quedaba disponible. En muchos sentidos, su movimiento hacia la derecha fue una profecía autocumplida de la izquierda. Así que, bajo los martillazos del aparato liberal de izquierdas, los antiguos aislacionistas progresistas también se hicieron más partidarios del laissez-faire. Fue así como se completó la forja de la «Vieja Derecha». Y el feo papel del Partido Comunista como vanguardia de la campaña de desprestigio comprensiblemente convirtió a muchos de estos progresistas, no solo en liberales clásicos, sino hasta en anticomunistas completos y casi fanáticos. Esto fue lo que pasó con John T. Flynn y con John Dos Passos, lo que pasó hasta cierto punto con Charles A. Beard y lo que pasó con antiguos simpatizantes de la Unión Soviética como John Chamberlain, Freda Utley y William Henry Chamberlin. En buena medida, fue su incómoda postura de «tercer bando» o aislacionista sobre la guerra lo que empezó a llevar a importantes trotskistas como Max Schachtman y James Burnham a la vía de la posterior campaña anticomunista y lo que llevó al trotskista y pacifista Dwight MacDonald a su furibunda oposición a la campaña de Henry Wallace de 1948.
La ponzoña dirigida contra los opositores a la guerra por la coalición belicista de la comunidad liberal de izquierdas fue casi inconcebible. Publicistas responsables acusaron constante y sistemáticamente a los aislacionistas de ser «fascistas» y miembros de una «correa nazi de transmisión». Walter Winchell, al inicio de su larguísima carrera como calumniador de todo disidente contra las campañas estadounidenses (fue luego un ferviente seguidor de Joe McCarthy y siempre, al principio y al final, un decidido defensor del FBI), fue el primero en denunciar a los opositores a la guerra. Mientras el líder comunista William Z. Foster denunciaba a los líderes aislacionistas, el general Wood y el coronel Charles A. Lindbergh como «fascistas conscientes», la publicista intervencionista Dorothy Thompson acusaba al America First Committee de ser «fascistas de Vichy» y el Secretario de Interior, Harold C. Ickes, el matón de la administración Roosevelt, denunciaba a Wood y Lindbergh como «compañeros de viaje de los nazis» y etiquetaba de la misma manera a su antiguo amigo Oswald Garrison Villard. Y Time y Life, cuyo director, Henry Luce, era un ferviente defensor no solo de nuestra entrada en guerra, sino también del «siglo estadounidense», que preveía que aparecería después de la guerra, llegaron a caer tan bajo como para afirmar que los saludos a la bandera estadounidense de Lindbergh y el senador Wheeler eran similares al saludo fascista. Una organización que se convirtió en denigradora casi profesional de los aislacionistas fue la liberal de izquierda Friends of Democracy, del reverendo Leon M. Birkhead, que denunciaba al America First Committee como un «¡Frente nazi! ¡Es una correa de transmisión por medio de la cual los apóstoles del nazismo están divulgando sus ideas antidemocráticas en millones de hogares estadounidenses!»57
La opresión de los aislacionistas no se limitó a su denigración o pérdida de empleo. En numerosas ciudades, como Miami, Atlanta, Oklahoma City, Portland (Oregon), Pittsburgh y Philadelphia, el America First Committee encontró difícil o imposible conseguir lugares para mítines públicos. Otra táctica que se usó sistemáticamente antes, durante y después de la guerra fue el espionaje privado contra la Vieja Derecha por parte de grupos intervencionistas. Estos agentes empleaban engaño, abuso de confianza, robo de documentos y posterior publicación de datos sensacionalistas. A veces esos agentes actuaban como provocadores. El uso más conocido de agentes secretos privados fue el de Friends of Democracy, que infiltraron a Avedis Derounian en grupos aislacionistas bajo el nombre de «John Roy Carlson». Carlson publicó la historia de sus aventuras en el superventas Under Cover por Dutton en 1943. El libro de Carlson agrupaba a aislacionistas, antisemitas y verdaderos pronazis en un potaje de culpables por asociación, como si constituyeran el «inframundo nazi de Estados Unidos». Under Cover estaba dedicado a los «hombres y mujeres oficiales encubiertos, quienes, anónimos e ignorados, luchan contra el enemigo común de la democracia en el frente militar en el exterior y en el psicológico en el interior» y el libro comenzaba con una cita de Walt Whitman:
¡Ruge! ¡Avanza Democracia!
¡Golpea con golpes vengativos!
Carlson y sus cohortes tenían sin duda ansia por seguir las órdenes de Whitman.
La campaña de desprecio fue tan virulenta que, al acabar la guerra, John T. Flynn quiso escribir un texto angustiado de protesta titulado The Smear Terror. Fue normal para su tiempo que, mientras que el fárrago de Carlson era un superventas y recibía una aprobación seria y favorable en las páginas del New York Times, la respuesta de Flynn solo pudo aparecer como un panfleto impreso privadamente, desconocido salvo para lo que ahora se llamaría el «submundo» de los lectores fieles de derechas.
Una de las acusaciones más comunes contra los aislacionistas era la de antisemitismo. Aunque las filas de la Vieja Derecha incluían algunos verdaderos antisemitas, los propagandistas a favor de la guerra tenían pocos escrúpulos o intereses como para hacer distinciones sutiles: simplemente agrupaban a todos los aislacionistas como antisemitas, a pesar del hecho de que el America First Committee, por ejemplo, incluía a muchos judíos entre su personal y oficina de investigación. La situación se complicaba por el hecho de que la mayoría de los judíos estadounidenses estaban indudablemente a favor de la entrada en guerra de Estados Unidos y prácticamente divinizaban a Franklin Roosevelt por entrar en la guerra, como ellos pensaban, para «salvar a los judíos».58
Judíos y organizaciones judías influyentes ayudaron a hacer campaña a favor de la guerra y también a presionar a los opositores a la guerra. Por supuesto, este mismo hecho sirvió para amargar a muchos aislacionistas contra los judíos y crear de nuevo una especie de profecía autocumplida: este resentimiento se intensificó por el tratamiento histérico hacia cualquier aislacionista que se atreviera a mencionar estas actividades de los judíos. A principios de 1942, el Saturday Evening Post imprimía un artículo crítico con los judíos del cuáquero liberal pacifista Milton Mayer, una acción usada por el aparato para despedir al editor conservador y aislacionista Wesley N. Stout y todo su equipo editorial (que incluía a Garet Garrett) y remplazarlo por intervencionistas conservadores.
El caso más famoso de crítica sobre falsas acusaciones de antisemitismo derivó del celebrado discurso de Charles A. Lindbergh en Des Moines el 11 de septiembre de 1941. El más popular y carismático de todos los opositores a la guerra y no un hombre esencialmente apolítico, Lindbergh fue sometido a un acoso especial por parte de las fuerzas intervencionistas. Hijo de un congresista progresista de Minnesota que se había opuesto firmemente a la entrada en la Primera Guerra Mundial, Lindbergh enfurecía especialmente a las fuerzas belicistas, no solo por su carisma y popularidad, sino también debido a su evidente sinceridad y su postura completamente en contra de cualquier ayuda a Gran Bretaña y Francia. Mientras la mayoría de los aislacionistas contemporizaban, aprobando cierta ayuda a Gran Bretaña y preocupándose por un posible ataque alemán a EEUU, Lindbergh defendía clara y coherentemente una neutralidad absoluta y esperaba una paz negociada en Europa. El asunto era todavía más peliagudo porque Lindbergh era en cierto modo un «traidor a su clase», ya que su esposa, Anne Morrow, también ilustre opositora a la guerra, era hija de un importante socio de Morgan y prácticamente el único miembro de su familia y círculo que no estaba entusiasmado con la guerra.
Después de muchos meses de ataques constantes (por ejemplo, el autor teatral ultraintervencionista Robert E. Sherwood llamó directamente a Lindbergh un «nazi» en las augustas páginas del New York Times), Lindbergh mencionó con calma las fuerzas concretas que estaban dirigiendo a Estados Unidos hacia la guerra. Es evidente en sus memorias que el pobre, ingenuo y honrado Charles Lindbergh no tenía ni idea de la histeria que iba a desatar cuando señaló que:
Los tres grupos más importantes que han estado presionando a este país hacia la guerra son los británicos, los judíos y la administración Roosevelt. Detrás de estos grupos, pero de menor importancia, hay varios capitalistas, anglófilos e intelectuales que creen que su futuro y el futuro de la humanidad dependen de la dominación del Imperio Británico.
No ayudó a Lindbergh que añadiera:
No es difícil entender por qué el pueblo judío desea el derrocamiento del régimen nazi. La persecución que sufren en Alemania bastaría para hacerles firmes enemigos de cualquier raza. Ninguna persona con un sentido de la dignidad de la humanidad podría perdonar la persecución de la raza judía sufrida en Alemania.
Entonces el ataque a Lindbergh se convirtió en un verdadero torrente, con el secretario de prensa de la Casa Blanca comparando el discurso con la propaganda nazi, mientras que New Republic reclamaba que la Asociación Nacional de Emisoras censurara todos los futuros discursos de Lindbergh. El asustado general Robert E. Wood, líder de America First, disolvió la organización casi de inmediato.59
La calumnia, la deshonra social, el espionaje privado: estas no fueron todas las adversidades a las que se enfrentó la “Vieja Derecha” aislacionista. Tan pronto como empezó la guerra, la administración Roosevelt recurrió a su brazo civil para aplastar cualquier resto de disidencia aislacionista. Además del acoso habitual del FBI, aislacionistas como Laura Ingalls, George Sylvester Viereck y Ralph Townsend fueron acusados y condenados por ser agentes alemanes y japoneses respectivamente. William Dudley Pelley, junto con otros 27 aislacionistas, fue juzgado y condenado en Indianápolis por «sedición» bajo la Ley de Espionaje de 1917. La tristemente famosa Ley Smith de 1940 se usó, primero para condenar a 18 trotskistas de Minneapolis por conspiración para promover el derrocamiento del gobierno (con gran regocijo del Partido Comunista) y luego para actuar, en el juicio masivo por sedición de 1944 de un grupo heterogéneo de 26 panfletistas aislacionistas de derechas bajo la acusación de contribuir a causar insubordinación en las fuerzas armadas. La acusación de aquellos que fueron descritos universalmente en la prensa como los «sedicionistas acusados» fue apoyada con gran entusiasmo por el Partido Comunista y sus aliados, la Vieja Izquierda en general y gacetilleros del aparato como Walter Winchell. Para disgusto de la izquierda y el centro, el juicio fracasó gracias a la inspirada defensa legal, especialmente la liderada por el brillante abogado Lawrence Dennis, un importante intelectual aislacionista al que se le llamaba generalmente, y con poco fundamento, el «mayor fascista estadounidense». La muerte del presidente del tribunal, Eicher (algo que aprovechó la izquierda para lanzar la acusación de que había sido «asesinado» por la persistencia de la defensa) ofreció al gobierno la oportunidad de renunciar al caso, a pesar de la insistencia de la izquierda en que se reanudara la acusación.60
En general, la Vieja Derecha era comprensiblemente pesimista al contemplar la inevitable proximidad de la guerra. Preveía que la Segunda Guerra Mundial transformaría a estados Unidos en un Estado Leviatán, en un colectivismo totalitario interno, unido a un eterno imperialismo global en el exterior, buscando lo que Charles A. Beard llamaba una política de «una guerra perpetua para una paz perpetua». Nadie en la Vieja Derecha vio estos nuevos Estados Unidos con tanta perspicacia como John T. Flynn, en su brillante obra As We Go Marching, escrita en medio de la guerra que había hecho tanto por impedir. Después de analizar la política y la economía del fascismo y el nacionalsocialismo, Flynn analizaba con dureza el New Deal, que culminaba con la sociedad de tiempo de guerra, como una versión estadounidense del fascismo: el «fascismo bueno», que comparaba con ironía con el «fascismo malo» que pretendíamos erradicar con la guerra. Flynn observaba que el New Deal había establecido por fin el estado corporativo que habían estado buscando las grandes empresas desde el final del siglo XIX. Los planificadores del New Deal, declaraba Flynn:
pensaban en un cambio en nuestra forma de sociedad, en el que el gobierno se insertaría en la estructura de negocios, no solo como policía, sino también como socio, colaborador y banquero. Pero la idea general era primero reordenar la sociedad haciendo de ella una economía planificada y coactiva en lugar de una libre, en la que las empresas se agruparían en grandes gremios o en una inmensa estructura corporativa, combinando los elementos del autogobierno y la supervisión pública con un sistema nacional de policía económica para aplicar estos decretos. (…) Después de todo, esto no se alejaba mucho de aquello de lo que habían estado hablando las empresas. (…) Estaban dispuestas a aceptar la supervisión del gobierno. (…) Las empresas decían que un autogobierno apropiado en los negocios eliminaría la mayoría de las causas que infectaron el organismo con los gérmenes de las crisis.61
El primer gran intento del New Deal de crear una sociedad así se encarnó en la NRA y la AAA, modeladas al estilo del estado corporativo fascista y descritas por Flynn como «dos de las máquinas más poderosas de reglamentación detallada y completa nunca inventadas en ninguna sociedad organizada». Estas máquinas fueron alabadas por quienes supuestamente estaban en contra de la reglamentación: «Altos cargos de sindicatos y cámaras de comercio, corredores de bolsa y banqueros, comerciantes y sus clientes se unieron en grandes desfiles en todas las ciudades del país en una aprobación eufórica del programa».62 Tras el fracaso de la NRA, la llegada de la Segunda Guerra Mundial reestableció este programa colectivista, «una economía basada en grandes torrentes de deuda y una economía bajo un control completo, con casi todas las agencias de planificación funcionando con un poder casi totalitario bajo una enorme burocracia».63 Después de la guerra, profetizaba Flynn, el New Deal intentaría expandir este sistema a los asuntos exteriores.
Previendo que el gobierno federal mantendría enormes gastos y controles después de acabada la guerra, Flynn predecía que la mayor parte de este gasto sería militar, porque esta es la forma de gasto a la que nunca se opondrán los conservadores y que los trabajadores siempre alabarán por su creación de empleos. «Así que el militarismo es el gran y atractivo proyecto de obras públicas sobre el que se puede poner de acuerdo a una gran variedad de elementos en la comunidad».64 Por tanto, como parte de este estado de acuartelamiento perpetuo, el servicio militar tenía que continuar de forma permanente. Flynn declaraba:
Todo tipo de gente está a su favor. Numerosos senadores y representantes (a derecha e izquierda) han expresado su intención de establecer una formación militar universal cuando acabe la guerra.
La gran y atractiva industria está aquí: la industria del militarismo. Y, cuando acabe la guerra, se va a preguntar al país si realmente desea desmovilizar una industria que puede emplear a tantos hombres, crear tanta renta nacional cuando la nación se enfrente a la probabilidad de un enorme desempleo en la industria. A todos los conocidos argumentos, usados durante tanto tiempo y con tanto éxito en Europa (…) se les quitará el polvo: Estados Unidos, con sus propósitos altruistas de regeneración mundial debe tener el poder para respaldar sus magníficos ideales, Estados Unidos no puede permitirse suavizarse y el Ejército y la Armada deben permanecer a una escala enorme para reforzar el vigor moral y físico de nuestra juventud, Estados Unidos no tolerará vivir en un mundo de matones y agresores sin mantener agrupado todo su poder (…) y por encima, debajo y alrededor de estos sentimiento estará el siniestro atractivo de la perpetuación de la gran industria para que nunca pueda conocer una depresión, porque solo tendrá un cliente: el gobierno estadounidense cuyos bolsillos no tienen fondo.65
Flynn predijo acertadamente que el imperialismo seguiría al despertar del militarismo:
Embarcados (…) en una carrera de militarismo, como todos los demás países, cuando termine la guerra tendremos que encontrar los medios para obtener el consentimiento del pueblo para las cargas que conllevan las bondades que confiere a sus grupos y regiones favorecidos. Siempre habrá activa una poderosa resistencia y tendrán que encontrarse los medios eficaces para combatir dicha resistencia. Inevitablemente, al haberse rendido al militarismo como dispositivo económico, haremos lo que han hecho otros países: mantendremos vivos los miedos de nuestro pueblo a las ambiciones agresivas de otros países y nos embarcaremos en empresas imperialistas propias.66
Flynn señalaba que el intervencionismo y el imperialismo ahora se llamaban «internacionalismo», así que a cualquiera que se opusiera al imperialismo «se le califica desdeñosamente como aislacionista». Flynn continuaba:
El imperialismo es una institución bajo la cual una nación afirma el derecho a apropiarse del territorio o al menos a controlar el gobierno o los recursos de otros pueblos. Es una afirmación de una agresión pura y dura. Por supuesto, es internacional en el sentido de que la nación agresora cruza sus fronteras y entra en el territorio de otra nación. (…) Es internacional en el sentido de que la guerra es internacional. (…) Esto es internacionalismo en un sentido, en el de que todas las actividades de un agresor se producen en el escenario internacional. Pero es un internacionalismo maligno.67
Flynn señalaba después que países como Gran Bretaña, dedicados en el pasado a una «extensa agresión imperialista», trataban ahora de usar las esperanzas de una paz mundial para mantener su estatus quo.
Este estatus quo es el resultado de la agresión, es una continua reafirmación de agresión, una reafirmación de un internacionalismo maligno. Ahora apelan a este otro tipo benevolente de internacionalismo para establecer un orden mundial en el que, todos coaligados, conservarán un mundo que se han dividido entre ellos. (…) Los agresores se han apropiado del internacionalismo benevolente como la máscara detrás de la cual se perpetuará y protegerá el intervencionismo maligno. (…) No veo cómo cualquier persona sensata que vea cómo van las cosas en Estados Unidos pueda dudar que nos movemos en dirección tanto al imperialismo como al internacionalismo.68
El imperialismo, según Flynn, aseguraría la existencia de «enemigos» perpetuos:
Nos las hemos arreglado para tener bases por todo el mundo. (…) No hay ninguna parte del mundo en la que puedan surgir problemas y no tengamos bases de algún tipo en las que, si queremos fingir, no podamos afirmar que nuestros intereses están amenazados. Estas amenazas deben persistir cuando acabe la guerra como argumento continuo en manos de los imperialistas para una enorme flota y un enorme ejército, listos para atacar en cualquier lugar o para resistir un ataque de todos los enemigos que nos vemos obligados a tener. Porque siempre el argumento más poderoso para un ejército enorme mantenido por razones económicas es que tenemos enemigos. Debemos tener enemigos.69
Una economía planificada, militarismo, imperialismo… para Flynn la suma de todo esto era algo muy cercano al fascismo. Advertía:
La prueba del fascismo no es la rabia contra los señores de la guerra italiano y alemán. La prueba es… cuántos de los principios esenciales del fascismo aceptas. (…) Cuando puedes señalar con el dedo a los hombres y grupos que piden que Estados Unidos sea un estado que se apoye en la deuda, un estado corporativo autárquico, un estado inclinado hacia la socialización de las inversión y el gobierno burocrático de la industria y la sociedad, el establecimiento de la institución del militarismo como el gran y atractivo proyecto de obras públicas de la nación y la institución del imperialismo bajo el que se propone regular y gobernar el mundo y, a lo largo de este proceso, propone alterar las formas de gobierno para acercarse lo más posible a un gobierno absoluto sin restricciones, entonces sabes que has encontrado al verdadero fascista.
El fascismo llegará de manos de estadounidenses perfectamente auténticos (…) que están convencidos de que el sistema económico actual está en decadencia (…) y que quieren colocar a este país bajo el gobierno del estado burocrático, interfiriendo en los asuntos de los estados y las ciudades, tomando parte en la dirección de la industria y las finanzas y la agricultura, asumiendo el papel de gran banquero e inversor nacional, tomando prestados miles de millones de cada año y gastándolos en todo tipo de proyectos a través de los cuales ese gobierno pueda paralizar la oposición y conseguir el apoyo del público, dirigiendo grandes ejércitos y armadas con unos costes aplastantes para apoyar la industria bélica y de preparación para la guerra, que se convertiría en nuestro sector más importante y hay que añadir a todo esto las aventuras más románticas de planificación, regeneración y dominación globales, todo realizado bajo la autoridad de un gobierno poderosamente centralizado en el que el poder ejecutivo tendría en la práctica todos los poderes, con el Congreso reducido al papel de un club de debate. Ahí está vuestro fascista. Y cuanto antes Estados Unidos se dé cuenta de este terrible hecho, antes se armará para acabar con el fascismo estadounidense oculto bajo el disfraz de defensor de la democracia.70
Finalmente, Flynn advertía que aunque el Partido Comunista era un seguidor entusiasta de esta nueva disposición de las cosas, sería un error llamar «comunismo» al nuevo orden: más bien sería «una forma muy elegante, refinada y agradable de fascismo, al que no se le podría llamar fascismo en absoluto, al ser tan virtuoso y educado». En su última frase, Flynn proclamaba elocuentemente que:
Mi único propósito es hacer sonar la alarma en contra del oscuro camino al que dirigimos nuestros pasos mientras marchamos hacia la salvación del mundo y en el que cada paso que damos ahora nos alejará cada vez más de las cosas que queremos y de las cosas que nos gustan.71
- La Segunda Guerra Mundial: El nadir
La llegada de la Segunda Guerra Mundial llevó a la Vieja Derecha a sus días más oscuros. Acosada, vilipendiada, perseguida, los intelectuales y activistas de la Vieja Derecha, los libertarios y los aislacionistas, recogieron sus bártulos y desaparecieron de la vista. Aunque es cierto que los aislacionistas republicanos experimentaron un resurgimiento en las elecciones de 1942, ya no estaban apoyados por una vanguardia ideológica. El America First Committee se desintegró rápidamente después de Pearl Harbor y fue a la guerra a pesar de los ruegos de una gran mayoría de sus militantes para que continuara siendo el centro de la oposición al rumbo de la nación. Charles Lindbergh abandonó totalmente el campo de la ideología y la política y se unió al esfuerzo de guerra.
Entre la monolítica propaganda de la guerra, no había entre de los intelectuales, espacio u oídos para opiniones libertarias o pacifistas. Los líderes veteranos del libertarismo perdieron su voz. H.L. Mencken, se había retirado de la política para escribir su encantadora y nostálgica autobiografía. Albert Jay Nock encontró todos los noticieros y revistas cerrados a su pluma. Su discípulo principal, Frank Chodorov, fue despedido de su puesto como director de la Henry George School de Nueva York por su oposición a la guerra. Oswald Garrison Villard fue virtualmente despedido de las revistas y se vio obligado a limitarse a cartas dirigidas a sus amigos; en una de ellas profetizaba amargamente que «cuando usted y yo ya no estemos en el escenario, el país llamará a algún pobre diablo blanco como Harry Truman para salvar el mundo frente al bolchevismo y preservar la religión cristiana». Para la Vieja Derecha estos eran tiempos verdaderamente tristes. Y Villard estaba listo para escoger su epitafio:
Llegó a viejo en una época que condenaba
Sentía la agonía que se extinguía
Del orden social que amaba
Y como el visionario tebano
Murió en el día de sus enemigos. 72
Por el contrario, para la Vieja Izquierda la Segunda Guerra Mundial fue una época gloriosa, la culminación y la promesa de un Nuevo Amanecer. En todas partes, en Estados Unidos y en Europa Oriental, las ideas progresistas de la planificación centralizada, de un orden nuevo planificado compuesto por un grupo de pensadores e intelectuales progresistas, parecía ser la ola del futuro, así como del presente. En las universidades y dentro de los formadores de opinión, cualquier idea conservadora parecía estar tan muerta y pasada de moda como un pájaro dodo, confinado al vertedero de la historia. Y nadie estaba más satisfecho del florecimiento colectivista del New Deal que el Partido Comunista. Su nuevo Frente Popular a finales de la década de 1930, un camino que había reemplazado sus viejas y duras opiniones revolucionarias, parecía estar más que justificado por el glorioso Nuevo Orden que estaba naciendo. En política exterior, Estados Unidos caminaba de la mano de la Unión Soviética en una guerra gloriosa para vencer al fascismo y expandir la democracia. En el país, los comunistas, con Earl Browder como su líder, se entusiasmaban con su nueva respetabilidad; la línea de Browder de llegar al socialismo a través de reformas cada vez mayores y más centralizadas del New Deal parecían funcionar maravillosamente. Los comunistas se vanagloriaban de que «El comunismo era el americanismo del siglo XX» y de que estaban en la vanguardia del nuevo patriotismo y de una superidentificacion con el Leviatán estadounidense, exterior e interior. Los comunistas desempeñaron un papel vivificante, aunque subordinado, en los esfuerzos de guerra, en la planificación de la producción bélica, en dar clases de orientación a las fuerzas armadas y en reclamar la persecución de todos los posibles oponentes a la guerra. Earl Browder incluso pareció encontrar quien le escuchara en la Casa Blanca. En su papel como líderes en el sindicato CIO, los comunistas sofocaron firmemente cualquier intento de huelga o protesta sobre derechos civiles que pudiera desviar alguna energía de la gloriosa guerra. De hecho, los sueños de los comunistas eran tan embriagadores que tomaron la delantera al defender una promesa permanente de no sublevarse incluso después de la guerra. Como dijo Earl Browder:
Declaramos firmemente que estamos dispuestos a cooperar para que el capitalismo funcione eficazmente en el periodo de posguerra. (…) Nosotros los comunistas nos oponemos a que se permita una explosión de lucha de clases en nuestro país cuando termine la guerra. (…) ahora estamos extendiendo la perspectiva de una unidad nacional por muchos años y hacia el futuro. 73
Un elocuente llamado en contra esta atmosfera de guerra se hizo sentir en una brillante novela contra el New Deal, publicada después de la guerra por John Dos Passos, un radical e individualista de por vida al que se le empujó de la «extrema Izquierda» a la «extrema derecha» por la marcha de la guerra y el estatismo corporativo en Estados Unidos. Dos Passos escribía:
En casa organizamos bancos de sangre y defensa civil e imitamos al resto del mundo creando campos de concentración (solo que los llamamos centros de reubicación) y llenándolos de ciudadanos americanos de origen japonés (Pearl Harbor, la fecha que pervivirá en su infamia) sin derecho de habeas corpus. (…)
El presidente de Estados Unidos habló como un sincero demócrata, igual que los miembros del Congreso. En la Administración había devotos creyentes en las libertades civiles, «Ahora estamos ocupados librando una guerra; nos ocuparemos de las cuatro libertades más tarde», decían. (…)
La guerra es el momento de los césares.
El presidente de los Estados Unidos era un hombre de gran valor personal y confianza suprema en sus poderes de persuasión. No paraba ni un momento, voló a Brasil y a Casablanca y El Cairo para negociar a la altura de los lideres; a Teherán el triunvirato se entrometió en la historia sin pedir que nadie se fuera; sin consultar a sus electores, reorganizó la geografía, dividió el maldito globo y dejó fuera las libertades.
Y el pueblo estadounidense supuestamente debía agradecer que el siglo del Hombre Común cambiara para reubicarlo detrás de alambradas y que Dios lo ayude.
Aprendimos. Hay cosas que aprendimos a hacer, pero no hemos aprendido, a pesar de la Constitución y la Declaración de Independencia y los grandes debates de Richmond y Philadelphia, cómo poner el poder sobre las vidas de los hombres en las manos de un hombre y hacer que lo use sabiamente.74
Yo adquirí conciencia política en esta asfixiante atmósfera política e ideológica. Económicamente, había sido un conservador desde el octavo grado, y el contacto exclusivo con liberales e izquierdistas en la secundaria y en la universidad solo había servido para avivar e intensificar mi compromiso. Durante la Segunda Guerra Mundial, era estudiante en la Universidad de Columbia y a mi espíritu conservador y libertario en desarrollo le parecía que no había esperanza ni aliados ideológicos en ninguna parte del país. En Columbia, en Nueva York en general y en la prensa intelectual solo existía un monolítico Centro Izquierda proclamando el Nuevo Orden. La opinión en el campus iba desde los liberales socialdemócratas a los comunistas y sus aliados, y parecía que entre ellos había poco donde escoger. Aparte de los muchachos de la fraternidad y de los jóvenes que parecían ser conservadores por instinto, pero que no tenían interés por la política o la ideología, yo me sentía totalmente solo. En realidad, se rumoreaba que había otro «republicano» en el campus, pero era un estudiante de filología inglesa al que solo le interesaban los asuntos literarios, así que nunca tuvimos contacto. A mi alrededor, los Lib-Izq repetían el mismo horror: «Somos el gobierno, así que ¿por qué eres tan negativo con de las acciones del gobierno?» «Debemos aprender de Hitler, aprender cómo planificar la economía». Y mi tío, miembro toda su vida del Partido Comunista, decía condescendientemente a mi padre conservador, que estaría a salvo en el mundo de la posguerra, «siempre que se mantuviera callado acerca de la política». El Nuevo Orden verdaderamente parecía al alcance de la mano.
Pero justo cuando más oscuros eran los días y cuando la desesperanza parecía estar a la orden del día para los oponentes al estatismo y el despotismo, se agitaban individuos y pequeños grupos, desconocidos para mí o para cualquier otro, en la profundidad de las catacumbas, pensando y escribiendo para mantener viva la débil llama de la libertad. Los libertarios veteranos se vieron obligados a encontrar un oscuro hogar entre los publicistas conservadores de la «extrema derecha». El anciano Albert Jay Nock, ya con más de 70 años, encontró refugio en el National Economic Council del veterano aislacionista de derecha Merwin K. Hart; en la primavera de 1943, algunos amigos adinerados indujeron a Hart a que fundara una publicación mensual, la Economic Council Review of Books, donde Nock escribió y editó mientras duró la guerra. Frank Chodorov, despedido de la Henry George School, llevaba una vida muy precaria, fundó en 1944 una publicación soberbiamente escrita, el tabloide mensual analysis, escrito solo por él y publicado desde un pequeño apartamento en el bajo Manhattan. Allí empezó Chodorov a aplicar y expandir el análisis nockiano del Estado y trabajó en un complemento teórico económico del histórico Our Enemy, the State, de Nock, un trabajo que Chodorov publicó mimeografiado poco después de finalizada la guerra.75 John T. Flynn encontró lugar en el grupo de los veteranos derechistas del Committee for Constitutional Government, y su retoño, America’s Future, Inc. El veterano publicista Garet Garrett, despedido en la reestructuración del Saturday Evening Post, pudo encontrar una poco conocida publicación trimestral, American Affairs, publicada como una parte minoritaria del funcionamiento de la organización estadística de las empresas estadounidenses, el National Industrial Conference Board. En el área de Los Ángeles, Leonard E. Read, director general de la Cámara de Comercio de Los Ángeles, fue convertido al credo del laissez-faire por William C. Mullendore, jefe de la Commonwealth Edison Company, mientras que Raymond Cyrus Hoiles, publicista anarcocapitalista del diario Santa Ana Register (y posteriormente publicista de una serie de «periódicos de la libertad») reimprimió los trabajos del economista francés libertario del siglo XIX, Frederic Bastiat. Y, en la izquierda, el antiguo trotskista convertido en anarcopacifista, Dwight Macdonald, fundó la revista mensual Politics prácticamente solo, atacando incansablemente la guerra y su correspondiente estatismo.
Lo que estaba destinado a ser la aventura periodística de «derecha» de mayor duración iniciada durante la guerra, fue el semanal de Washington Human Events, fundado en 1944 como una hoja informativa de cuatro páginas con un anexo periódico de un artículo de análisis de cuatro páginas. Human Events fue fundado por tres veteranos: Frank Hanighen, coautor del más famoso y escandaloso libro antimilitarista de la década de 1930, The Merchants of Death; Felix Morley, escritor distinguido y expresidente del Quaker Havenford College y Henry Regnery, empresario de Chicago.
Pero sin duda lo más importante después de la guerra para el resurgimiento del libertarismo fueron varios libros publicados durante la guerra, libros que fueron en buena parte ignorados y olvidados en ese momento pero que ayudaron a formar los cimientos de un renacimiento de posguerra. Tres de los libros, todos publicados en 1943, fueron escritos por mujeres singularmente independientes, de mentes fuertes, e individualistas. La guionista Ayn Rand escribió la novela El manantial, un himno al individualismo que había sido rechazado por diversos editores y finalmente fue publicado por Bobbs-Merrill. Muy ignorado en aquel entonces, El manantial se convirtió en un constante superventas «secreto» a lo largo de los años, diseminándose mayormente por el boca a boca de sus lectores. (La novela había sido rechazada por los editores diciendo que el tema era demasiado «polémico», su contenido demasiado intelectual y que su héroe tan tenaz que resultaba poco simpático como para tener posibilidades comerciales).76
Desde un semiaislamiento en su casa en Danbury, Connecticut, Rose Wilder Lane, que había sido miembro del Partido Comunista en la década de 1920, publicó The Discovery of Freedom,77 un elocuente poema en prosa cantable alabando la historia de la libertad y el capitalismo de libre mercado.
El tercer libro libertario importante de los tiempos de guerra escrito por una mujer fue el de Isabel Paterson, que dejó su huella como autora de varias novelas publicadas como pasquines en la década de 1920 y que había sido columnista habitual del Herald Tribune Review of Books de Nueva York. Su libro de no ficción The God of the Machine fue un acontecimiento excéntrico, pero importante en el pensamiento libertario. El libro era una serie de ensayos, algunos pomposos y marcados por el uso abusivo de analogías de ingeniería eléctrica en asuntos sociales, pero estos ensayos estaban salpicados por destellos de ideas y análisis brillantes. Particularmente importante eran sus capítulos sobre la promoción estatal del monopolio después de la Guerra de Secesión, su demostración de la imposibilidad de la propiedad «pública» y su defensa del patrón oro. Los dos capítulos que causaron mayor impacto entre los libertarios fueron «Lo humanitario de la guillotina», una brillante crítica del buenismo y su consecuencia, la ética del bienestar, y «Nuestro sistema educativo japonés», en el que Patterson hace una crítica filosófica feroz a la educación progresista, una crítica que ayudaría a que se iniciara la reacción en contra del progresismo en la era de posguerra. Así, Patterson explicaba elocuentemente la interconexión de política social, parasitismo y coacción como sigue:
¿Qué es lo que puede hacer en realidad un ser humano por otro? Puede darle parte de su dinero y su tiempo, lo que pueda dar. Pero no puede darle facultades que la naturaleza le ha negado ni su propia subsistencia sin volverse él mismo en dependiente. Si gana lo que regala, primero debe ganarlo. (…) Pero si se supone que no tiene medios propios y se imagina que aun así «puede ayudar a otros» como su propósito principal y como forma normal de vida, que es la doctrina central del credo humanitario, ¿cómo se las va a arreglar?
Si el objetivo principal de un filántropo, su justificación para vivir, es ayudar a otros, su mayor deseo requiere que otros estén necesitados. Su felicidad es lo opuesto a la miseria de otros. Pero si desea ayudar a la «Humanidad», toda la humanidad debe estar necesitada. El humanitario desea ser el motor principal la vida de otros. No puede admitir el orden divino ni el natural por medio de los cuales el hombre tiene el poder de ayudarse a sí mismo. El humanitario se coloca en el lugar de Dios.
Pero se enfrenta a dos hechos molestos. Primero, que el afectado no necesita de su ayuda y, segundo, que la mayoría de la gente (…) no quiere que el humanitario «le haga el bien». (…) Por supuesto, lo que el humanitario propone en realidad es que él hará lo que piensa es lo mejor para todos. Es en este momento en el que el humanitario instala la guillotina.
¿Qué tipo de mundo contempla el humanitario que cumpla con sus expectativas? Solamente puede ser un mundo lleno de personas hambrientas y hospitales, en donde nadie conserve el poder natural de un ser humano de ayudarse a sí mismo o de resistirse a que le hagan cosas. Y ese es precisamente el mundo que el humanitario dispone cuando se sale con la suya. (…) Solo hay una manera, que es usando el poder político en su máxima extensión. Así que el humanitario siente su mayor gratificación cuando visita u oye hablar de un país en donde todos están restringidos por tarjetas de racionamiento. Allí donde se reparte la subsistencia, se logra el desiderátum de la necesidad general y de un poder superior para «aliviarla». El humanitario en la teoría es el terrorista en la acción.78
Igualmente importante y olvidada en su tiempo fue la publicación del último gran trabajo de Albert Nock, su autobiografía intelectual, Memories of a Superfluous Man.79 En sus memorias, Nock expande y entreteje al tiempo los temas de sus libros anteriores sobre historia, teoría, cultura y Estado y, en torno a todo ello, aparece un pesimismo intensificado acerca de la perspectiva de una adopción muy difundida de libertarismo que era muy comprensible para la época en la que escribía. La Ley de Gresham (lo malo desplaza a lo bueno) funcionaba inevitablemente, creía, tanto en el campo de la cultura y las ideas como en el del dinero y la moneda. Al irnos dirigiendo a una nueva barbarie, la naturaleza tendría que seguir su curso.80
Entretanto, en el campo de la economía, parecía que keynesianos y planificadores de la economía estaban arrasando con todo. El economista del laissez-faire más importante, Ludwig von Mises, quien había estado en primera fila en el mundo económico en el Continente durante las décadas de 1910 y 1920, había sido casi olvidado con el surgimiento de la «Revolución Keynesiana» de la década de 1930. Y este olvido se produjo a pesar de que Mises había ganado mucha fama entre los economistas de habla inglesa al principio de la década de 1930, basada en su teoría del ciclo económico, que atribuía la Gran Depresión a la intervención estatal. Siendo un refugiado de los nazis, Mises había publicado un gigantesco tratado de laissez-faire en economía en Ginebra en el año 1940, un libro que se perdió entre las tormentas gemelas de la marcha hacia el colectivismo del pensamiento económico y el holocausto de la Segunda Guerra Mundial. Mises emigró a Nueva York en 1940 y, sin tener un puesto académico, logró escribir y publicar dos libros durante la guerra. Los dos fueron trabajos muy importantes que tuvieron poco o ningún impacto en el mundo académico. El breve Burocracia81 es todavía uno de los mejores tratados sobre la naturaleza de la burocracia, y de la inherente y aguda divergencia, entre la gestión con ánimo de lucro y la gestión sin ánimo de lucro o burocrática. Gobierno omnipotente,82 de Mises tuvo cierto reconocimiento académico como la exposición más importante de la postura antimarxista de que la esencia de la Alemania nazi no era un reflejo de las grandes empresas, sino una variante del socialismo y el colectivismo. (En esos tiempos, en Columbia, Gobierno omnipotente estaba siendo leído como las antípodas del muy popular trabajo de Franz Neumann sobre nazismo, Behemoth).
Pero el trabajo literario de la época de la guerra que estaba destinado a tener con mucho el mayor impacto inmediato no fue el de Mises, sino el de su seguidor austriaco de libre mercado más importante, Friedrich A. Hayek. Hayek había emigrado a Inglaterra a principios de la década de 1930 para dar clases en la London School of Economics, y allí tuvo un considerable impacto en los economistas jóvenes, así como prominencia en los círculos intelectuales ingleses y entre filósofos emigrantes en Inglaterra tan distinguidos como Karl Popper y Michael Polanyi. Fue tal vez esa fama en Inglaterra lo que ayudo al abrumador éxito popular y académico de Hayek, Camino de servidumbre.83 Pues ciertamente no fue el estilo de Hayek, marcadamente germánico más que deslumbrante y mucho menos legible que el de Mises, que había tratado un tema similar. Tal vez los intelectuales después sufrir años de propaganda estatista y favorable a la planificación, estaban más dispuestos a escuchar una explicación desde el otro lado de la moneda.
Fuera cual fuera la razón, Camino de servidumbre llegó a los círculos intelectuales de los Estados Unidos y Gran Bretaña como un superventas. Su tesis principal era que el socialismo y la planificación central eran incompatibles con la libertad, el estado de derecho o la democracia. Los regímenes nazis y fascistas eran considerados como un aspecto de este colectivismo moderno y Hayek describía contundentemente las grandes similitudes entre planificación estatal de la República de Weimar y el posterior programa económico de Hitler. La tan alabada socialdemocracia de la República de Weimar no era más que fascismo embrionario.84
Camino de servidumbre tuvo impacto a todos los niveles de opinión. Los periódicos de Hearst publicaron el libro en capítulos, alabando su ataque al socialismo. Se volvió obligatorio en casi todos los cursos universitarios como el alegato del «otro lado» (aunque, de hecho, era poco coherente con sus puntos de vista de laissez-faire). Los intelectuales ingleses quedaron tan molestos que se imprimieron a toda prisa dos intentos socialdemócratas de refutar a Hayek: el vituperante de Hermann Finer Road to Reaction y el de Barbara Wooton Plan or No Plan (al que Mises replicó que las economías de libre mercado favorecían que las personas planificaran por sí mismas). Y el trabajo de Hayek tuvo un efecto incalculable en convertir o ayudar a convertir a muchos intelectuales socialistas a las filas de los individualistas y capitalistas. John Chamberlain, uno de los principales escritores y críticos de la izquierda en la década de 1930 y autor de la famosa Farewell to Reform, aceleró enormemente su conversión al individualismo conservador por influencia de este libro y Chamberlain contribuyó al prólogo de Camino de servidumbre. F.A. Harper, un profesor de libre mercado en el Departamento de Economía Agrícola en Cornell, redobló su dedicación al pensamiento libertario. Y Frank S. Meyer, uno de los principales teóricos del Partido Comunista, miembro de su comité nacional y jefe de su Escuela de Trabajadores de Chicago, encontró perturbadoramente convincente la explicación de Hayek de la incompatibilidad entre socialismo y libertad. En un pie de página, resulta paradójico y fascinante para la historia ideológica de nuestros tiempos que Camino de servidumbre tuviera una de sus críticas más positivas en Communist New Masses, una reseña positiva que constituyó una de las ultimas contribuciones de Frank Meyer al movimiento comunista. Y seguramente estos fueron solo unos pocos de los impactos vitales de la obra de Hayek.
Pero este impacto, y también en las ondas más silenciosas de otras obras de libertarios durante la guerra, resultaron ser solo flor de un día. No parecía que fuera a haber un éxito perdurable, algún tipo de movimiento que emergiera de los días oscuros en los cuales había caído el credo libertario. Superficialmente, cuando la guerra llegó a su fin, parecía que había poca esperanza para la causa del individualismo y el libre mercado como había habido durante la guerra.
- El renacimiento de la posguerra I: El libertarismo
Durante un tiempo, el ambiente ideológico de la posguerra parecía ser el mismo que durante la guerra: internacionalismo, estatismo, adulación de la planificación económica y estado centralizado prosperaban en todas partes. Durante el primer año de la posguerra, 1945-46, entré en la Escuela de Grado de Columbia, donde la atmosfera intelectual era opresiva y exactamente la misma. Al principio de 1946, los veteranos habían regresado de la guerra y el ambiente en el campus estaba lleno de planes e ilusiones estimulantes de diversas ramas de la Vieja izquierda. Casi todos los veteranos se habían unido al recién creado American Veterans Committee (AVC) un grupo limitado a veteranos de la Segunda Guerra Mundial que ambicionaba reemplazar a los viejos y reaccionarios American Legion y Veterans of Foreign Wars. Durante estos años el AVC estaba dividido en la universidad entre los socialdemócratas a la derecha y los comunistas y sus aliados a la izquierda y estos grupos establecieron los parámetros del debate político en el campus.
En esta sofocante atmósfera me di cuenta de que no estaba totalmente solo, de que había una especie de «movimiento» libertario, aunque pequeño y embrionario. En el otoño de 1946, un joven profesor de economía de la Universidad de Brown empezó a dar clases en Columbia: George J. Stigler, quien más tarde fue un distinguido miembro de la «Escuela de Chicago» de economía de libre mercado. Alto, ingenioso, seguro de sí mismo, Stigler entró a dar una clase enorme sobre teoría de precios y procedió a confundir a los diversos izquierdistas dedicando sus dos primeras clases a atacar el control de alquileres y a refutar las leyes de salario mínimo. Cuando Stigler salió del aula, lo rodearon varios círculos de estudiantes asombrados y desconcertados, discutiendo su punto de vista, que les parecía que venía directamente de la época de los neandertales. Yo, por supuesto, estaba encantado: ¡al fin había un punto de vista de libre mercado con sustancia intelectual y no simplemente concebido con el tono terrible y confuso de la prensa de Hearst! El Profesor Stigler nos remitió a un folleto (que hace mucho tiempo que esta descatalogado, pero todavía es uno de los pocos estudios acerca del control de alquileres) escrito conjuntamente por él y por otro economista de libre mercado, Milton Friedman, «Roofs or Ceilings?» y publicado por un grupo llamado Foundation for Economic Education (FEE), en Irvington-on-Hudson, Nueva York. Stigler explicó que Friedman y él habían publicado un folleto en este desconocido grupo porque «ningún otro lo habría publicado». Encantado, les escribí pidiendo el folleto y obtener información sobre esta organización y, debido a este hecho, sin darme cuenta, había «entrado» en el movimiento libertario.
La FEE fue fundada en 1946 por Leonard E. Read, quien durante muchos años fue su presidente y director, quien decidía qué se escribía, recaudaba fondos y actuaba como guía. En esos años, y por muchos años más, la FEE fue el mayor foco y centro de actividad libertaria en Estados Unidos. No es solo que virtualmente todo libertario prominente de este país de mediana edad o mayor hubiera estado alguna vez trabajando en su organización, sino que, debido a sus actividades, la FEE sirvió como el primer faro que atraía a innumerables jóvenes libertarios. Su primer personal giraba en torno a un grupo de economistas agrícolas de libre mercado dirigido por el Dr. F.A. («Baldy») Harper, que había llegado de Cornell y había escrito un folleto antiestatista, «The Crisis of the Free Market», para el National Industrial Conference Board y para el que había trabajado Leonard Read después de dejar la Cámara de Comercio de Los Ángeles. Entre los economistas jóvenes que llegaron a FEE procedentes de Cornell con Harper, estaban los Doctores Paul Poirot, William Marshall Curtiss, Ivan Bierly y Ellis Lamborn. Procedente de Los Ángeles junto con Read llegó el Dr. V. Orval Watts, que había sido economista de la Cámara de Comercio de Los Ángeles.
Una de las personas importantes, pero poco reconocida al principio en el movimiento libertario de la posguerra, fue Loren («Red») Miller, que había estado activo en movimientos de reformas municipales en Detroit y otros lugares. En Kansas City, Miller se unió a William Volker, jefe de la William Volker Company, una importante compañía especializada en la distribución de venta de muebles al por mayor en los estados del Oeste, que se enfrentaba a la maquinaria corrupta de Pendergast. El carismático Miller fue aparentemente esencial para convertir al laissez-faire a muchos reformadores municipales en todo el país, incluyendo a Volker y su sobrino y heredero Harold W. Luhnow.85
Luhnow, ahora presidente de la Volker Company y del Fondo de Caridad William Volker de su tío, había sido un aislacionista activo antes de la Guerra. Luego se convirtió en un contribuyente activo de la FEE y ansiaba especialmente continuar con la casi olvidada causa del conocimiento libertario. Otro converso de Red Miller fue el joven genio administrativo Herbert C. Cornuelle, quien por un periodo corto fue vicepresidente ejecutivo de la FEE. Después del fallecimiento de Volker en 1947, Luhnow empezó a cambiar la orientación del Fondo Volker de la caridad convencional en Kansas City a promover estudios libertarios y de laissez-faire. A finales de la década de 1940 puso con valentía todo su empeño en obtener puestos académicos prestigiosos para los líderes de la Escuela Austriaca de economía, Ludwig von Mises y F.A. Hayek. Lo más que pudo hacer por Mises, que había estado languideciendo en Nueva York, fue conseguirle un puesto como «Profesor Visitante» en la Escuela de Grado de Empresa de la Universidad de Nueva York. Mises también formó parte, a tiempo parcial, del personal de la FEE. Luhnow tuvo más suerte con Hayek, consiguiéndole una cátedra en el nuevo establecimiento del Comité de Pensamiento Social para graduados en la Universidad de Chicago (después que el Departamento de Economía en Chicago hubiera rehusado un acuerdo similar). Sin embargo, en ambos casos, la universidad rehusó pagar un salario a estos eminentes investigadores. Durante el resto de sus carreras en la universidad estadounidense, los sueldos, tanto de Mises como de Hayek, los pagó el Fondo William Volker. (Después de que el Fondo quebrara en 1962, la financiación de la cátedra de Mises en la NYU lo asumió Read y un consorcio de hombres de negocios).
Después de un par de años actuando solo en el Fondo Volker, Harold Luhnow decidió expandir las actividades del Fondo estimulando las investigaciones libertarias y conservadoras y Herb Cornuelle pasó de la FEE al Fondo Volker como primer responsable de enlace.
Después de una pequeña incursión en el activismo político en contra del control de rentas, Read decidido mantener la FEE como una organización puramente educativa. Durante su primera década, la FEE publicaba folletos escritos por su personal y otros, muchos de los cuales se reunieron en una serie en forma de libro, Essasys on Liberty, pero fue probablemente más importante su papel como un centro abierto para el movimiento, al patrocinar seminarios, reuniones, y veladas nocturnas, y en su hospitalidad hacia libertarios visitantes y amigos. Fue en y a través de la FEE como conocí o descubrí todos los anteriores canales «clandestinos» del pensamiento y la expresión libertarios: los libros publicados durante la guerra, los nockianos (Nock había fallecido en el verano de 1945), y las continuas actividades de John T. Flynn y Rose Wilder Lane (quien sucedió a Nock como editora del Economic Council Review of Books) y Human Events.
Fue en medio de esta nueva y excitante experiencia cuando pasé de mi anterior y algo vago «conservadurismo de cámara de comercio» a convertirme un libertario duro y «doctrinario» de laissez-faire, creyendo que ningún hombre ni gobierno tenía derecho a agredir a una persona o su propiedad. Fue también en este periodo cuando me convertí en «aislacionista». Durante los años en los que me estaba volviendo cada vez más «conservador» en lo económico, había tenido poco o ningún pensamiento independiente acerca de los asuntos exteriores. Me contentaba literalmente con obtener mi pensamiento sobre política extranjera en los artículos del bueno y gris New York Times. Sin embargo, ahora me quedaba claro que el «aislacionismo» en asuntos exteriores no era más que la contraparte exterior de un gobierno estrictamente limitado dentro de las fronteras de cada nación.
Una de las influencias más importantes para mí fue Baldy Harper, cuya tranquila y amable hospitalidad hacia los recién llegados nos atrajo a muchos a la creencia libertaria pura que defendía y ejemplificaba, una creencia mucho más eficaz al destacar los aspectos filosóficos de la libertad, por encima de los estrictamente económicos. Otro fue Frank Chodorov, a quien conocí en la FEE y así descubrí su excelente analysis global. Mas que una fuerza única, Frank Chodorov (ese noble, valiente, sincero y espontaneo hombre gigante, que no cedía ni una pizca en sus elocuentes denuncias a nuestro enemigo el Estado) fue quien me inició en el libertarismo intransigente.
La primera vez que me crucé con el trabajo de Frank fue un verdadero (e infinitamente estimulante) shock cultural. Un día estaba en la librería de la Universidad de Columbia, en 1947, cuando, dentro de una pila de las usuales publicaciones estalinistas, trotskistas, etc., vi un folleto estaba adornado con letras rojas con el título «Los impuestos son un robo», de Frank Chodorov.86 Tal cual. Una vez vistas esas brillantes e irrefutables palabras, mi visión ideológica no volvió a ser la misma. Por supuesto, ¿qué otra cosa podían ser los impuestos sino un acto de robo? Y me quedó claro que no había ninguna forma mejor para definir los impuestos que no fuera aplicable a un tributo exigido por una pandilla de ladrones.
Chodorov empezaba su folleto diciendo que únicamente había dos posturas alternativas morales básicas sobre el Estado y los impuestos. La primera sostiene que «las instituciones políticas salen de la “naturaleza del hombre”, gozando así de divinidad vicaria», o que el Estado es «la clave de la integración social». Los seguidores de esta postura no tienen dificultad en estar a favor de los impuestos. Las personas del segundo grupo «mantienen la primacía del individuo, cuya mera existencia justifica sus derechos inalienables», creen que «con la recaudación por fuerza de tasas y cargos, el Estado está meramente ejerciendo poder, sin considerar lo moral». Chodorov sin dudarlo se coloca en este segundo grupo:
Si asumimos que el individuo tiene un derecho indiscutible a la vida, debemos conceder que tiene un derecho similar al goce del producto de su trabajo. Esto es lo que llamamos derecho de propiedad. El derecho absoluto de propiedad se deduce del derecho original a la vida porque uno sin el otro no tiene sentido: los medios para la vida deben identificarse con la misma vida. Si el Estado tiene derecho prioritario al producto del trabajo de alguien, su derecho a la existencia queda degradado (…) no pueden establecerse tales derechos prioritarios, excepto declarando al Estado como autor de todos los derechos. (…) Protestamos contra la toma de nuestra propiedad por una sociedad igual que cuando una sola unidad de la sociedad comete esta misma acción. En este último caso llamamos sin lugar a duda a la acción un robo, un malum in se. No es la ley la que define en primera instancia el robo: es un principio ético y la ley puede violar este pero no imponerse a él. Si por la necesidad de vivir nos sometemos a la fuerza de la ley, si por una larga costumbre se pierde de vista su inmoralidad, ¿se ha eliminado el principio? Robo es robo y ninguna cantidad de palabras puede convertirlo en otra cosa.87
La idea que los impuestos son simplemente un pago por servicios sociales recibidos solo recibe desdén por parte de Chodorov:
Los impuestos por servicios sociales sugieren un comercio equitativo. Sugieren un quid pro quo, una relación justa. Pero la condición esencial del comercio de que debe realizarse voluntariamente está ausente en los impuestos: el mero uso de la coacción saca a los impuestos del ámbito del comercio y los pone directamente en el de la política. Los impuestos no pueden compararse con pagos a una organización voluntaria por servicios que uno espera de su membresía, porque no existe la alternativa de retirarse. Cuando se rehúsa comerciar, uno puede negarse una ganancia, pero la única alternativa a pagar impuestos es la cárcel. La sugerencia de equidad en tributación es espuria. Si nos dan algo por los impuestos que pagamos no es porque lo queremos, sino porque nos obligan.88
Acerca del principio de «capacidad de pago» de los impuestos Chodorov señalaba agriamente: «¿No es sino la norma de los bandoleros la de tomar donde se puede tomar más?» Concluía mordazmente: «No puede haber un tributo bueno o justo: todo impuesto se basa en la coacción».
O tomemos otro titular que me gritaba desde el analysis de Chodorov: ¡NO COMPRAR BONOS! En una época en que los bonos de ahorro se vendían universalmente como indicadores de patriotismo, esto también fue un shock. En el artículo, Chodorov se concentraba en la inmoralidad básica, no simplemente en la debilidad fiscal del proceso de pago de impuestos y bonos.
Es típico de Frank Chodorov que su coherencia, su propia presencia, ponía al descubierto a los más numerosos grupos de partidarios de la libre empresa frente a los contemporizadores o incluso charlatanes que tendían a ser. Mientras otros grupos conservadores pedían una disminución en la carga tributaria, Chodorov pedía que se aboliera, mientras otros advertían acerca de la creciente carga de la deuda pública, Chodorov en solitario (y magníficamente) pedía su repudio como única alternativa moral. Pues si la deuda pública es gravosa e inmoral, repudiarla totalmente es la forma mejor y más moral de acabar con ella. Si los titulares de bonos, como quedaba claro, vivían coercitivamente del contribuyente, entonces esta expropiación legalizada tenía que terminarse lo antes posible. El repudio, escribía Chodorov, «puede tener un efecto saludable sobre la economía del país, ya que la rebaja de la carga impositiva deja a los ciudadanos más para usar. El mercado se vuelve en esa medida más sano y vigoroso». Además, «El repudio se justifica por sí mismo, porque también debilita la fe en el Estado. Cuando las generaciones posteriores olviden este hecho y las promesas del Estado encuentren pocos creyentes, su crédito se hará añicos». 89
Con respecto al argumento de que comprar bonos es la expresión patriótica pública de apoyo para la guerra, Chodorov contestaba que el verdadero patriota daría dinero para el esfuerzo de guerra, no lo prestaría.
Como discípulo de Albert Jay Nock y como opositor inflexible y coherente al poder y los privilegios del Estado, Frank Chodorov era completamente consciente lo mucho que lo separaba de los típicos grupos de libre empresa y grupos antisocialistas. Señalaba con precisión y brillantez la diferencia en su «Socialism by Default»:
La cusa de la propiedad privada ha sido defendida por hombres que no tenían interés en ella: su principal preocupación siempre ha sido la institución de privilegios que han crecido juntamente con la propiedad privada. Empiezan definiendo la propiedad privada como algo que puede obtenerse por ley: por lo tanto, buscan astutamente el control de la maquinaria de la elaboración de leyes, para que así las nuevas leyes les permitan obtener ganancias a costa de los productores. Hablan de los beneficios de la competencia y ejercen prácticas monopolísticas. Ensalzan la iniciativa individual y apoyan limitaciones legales a las personas, que puedan dificultar su ascenso. En resumen, están a favor del Estado, el enemigo de la propiedad privada, porque se benefician de sus planes. Su única objeción al Estado es su inclinación por atacar su posición privilegiada o a extender privilegios a otros grupos.90
Específicamente, Chodorov señalaba que, si los grupos de «libre empresa» estuvieran sinceramente a favor de la libertad, pedirían la abolición de: aranceles, cuotas de importación, manipulación del dinero por el estado, subvenciones a ferrocarriles, líneas áreas y transportistas y soporte a precios agrícolas. Las únicas subvenciones que atacarán estos grupos, agregaba, son aquellas «que no pueden capitalizarse» en valores de acciones corporativas, como desembolsos a veteranos o desempleados. Tampoco se oponen a los impuestos: por un lado, los titulares de bonos públicos no atacarán el impuesto sobre la renta y, por otro, los intereses de los productores de bebidas alcohólicas se oponen a la abolición de impuestos a los alambiques porque entonces «cualquier granjero podría abrir una destilería» y, sobre todo,
el militarismo es sin lugar a duda el mayor desperdicio de todos, además de ser la mayor amenaza para la libertad del individuo, pero es más bien tolerado que opuesto por aquellos cuyos corazones se desangran por la libertad, de acuerdo con lo que escriben.91
Fue en gran medida a través de Chodorov y su analysis como descubrí a Nock, Garrett, Mencken y otros gigantes de pensamiento libertario. De hecho, fue Chodorov quien le dio a este joven y ansioso autor su primera oportunidad de escribir y publicar (aparte de cartas al director), con una entusiasta reseña de Chrestomathy, de H.L. Mencken en la publicación de analysis en agosto de 1949. Fue mi primer contacto con Mencken y quedé permanentemente deslumbrado por su brillante estilo y agudeza y pasé muchos meses devorando todo lo que pudo llegar a mis manos de H.L.M. Y, como consecuencia de mi artículo, en los meses venideros empecé a reseñar libros para Chodorov.
De hecho, en el invierno de 1949-50 fui testigo de los dos acontecimientos intelectuales más emocionantes y devastadores de mi vida: mi descubrimiento de la economía «austriaca» y mi conversión al anarquismo individualista. Había acabado mis estudios en Columbia y el programa de grado en economía en el mismo lugar, aprobando mi examen oral de doctorado en la primavera de 1948 y no había oído hablar ni una sola vez de la economía austriaca, excepto como algo que se había integrado sesenta años antes en el cuerpo principal de economía por medio de Alfred Marshall. Pero descubrí en la FEE que Ludwig von Mises, de quien yo solamente había oído que argumentaba que el socialismo no podía calcular económicamente, enseñaba en un seminario abierto continuo en la Universidad de Nueva York. Empecé a asistir al seminario semanal y el grupo se convirtió en una especie de lugar informal de encuentro para personas con orientación al libre mercado en la ciudad de Nueva York. También había oído que Mises había escrito un libro que cubría «todo» en economía, y cuando se publicó ese otoño su La acción humana fue una genuina revelación. Aunque siempre había disfrutado de la economía, nunca había podido encontrarme cómodo con ninguna teoría económica: Tendía a estar de acuerdo con las críticas de los institucionalistas a keynesianos y matemáticos, pero también con las críticas de estos últimos a los institucionalistas. No me parecía que ningún sistema positivo tuviera sentido o integridad. Pero en La acción humana de Mises encontré la economía como una magnifica arquitectura, un poderoso edificio con cada bloque de edificios relacionado e integrado. Tras leerlo, me convertí en un decidido «austriaco» y misesiano, y leí tanto como pude encontrar acerca de economía austriaca.
Aunque era economista y ahora había encontrado un hogar en la teoría austriaca, mi motivación básica para ser libertario nunca fue económica, sino moral. Es verdad que la enfermedad de muchos economistas es pensar solamente en términos de una «eficiencia» fantasma y creer que pueden hacer pronunciamientos políticos como puros técnicos sociales libres de valores, fuera del ámbito de la ética y la moral. Aunque estaba convencido de que el libre mercado era más eficiente y traería un mundo más próspero que el del estatismo, mi mayor preocupación era moral: la idea de que la coacción y la agresión de un hombre a otro era criminal e inicua y debía ser combatida y abolida.
Mi conversión al anarquismo fue un simple ejercicio de lógica. Continuamente tenía discusiones amistosas acerca del laissez-faire con amigos liberales de la escuela de grado. Aunque condenaba los impuestos, todavía sentía que eran necesarios para proveer protección policial y judicial y solo para eso. Una noche, dos amigos y yo tuvimos una de nuestras usuales largas discusiones, aparentemente improductivas, pero esta vez, cuando se fueron, sentí que por una vez se había dicho algo vital. Mientras recordaba la discusión, me di cuenta de que mis amigos, como liberales, habían planteado el siguiente reto a mi postura de laissez-faire:
Ellos: ¿Cuál es el fundamento legítimo de tu gobierno de laissez-faire, ya que esta entidad política se limita a defender la persona y la propiedad?
Yo: Bueno, la gente se une y decide establecer ese gobierno.
Ellos: Pero si «la gente» puede hacer eso, ¿por qué no puede hacer exactamente lo mismo y reunirse para escoger un gobierno para construir acerías, presas, etc.?
Me di cuenta rápidamente de que su lógica era impecable, de que el laissez-faire era lógicamente insostenible, y de que, o bien me tenía que volver un liberal, o bien pasarme al anarquismo. Me volví anarquista. Además, aprecié la total incompatibilidad de las ideas de Oppenheimer y Nock sobre la naturaleza del Estado como conquista, con una vaga base de «contrato social» que yo había estado postulando para un gobierno de laissez-faire. Vi que el único contrato genuino tenía que ser el de una persona disponiendo o usando específicamente su propiedad.
Naturalmente, el anarquismo que había adoptado era individualista y de libre mercado, una extensión lógica del laissez-faire, y no el confuso comunalismo que marcaba casi todo el pensamiento de los anarquistas contemporáneos. Además de Mencken y economía austriaca, empecé a devorar toda la literatura anarquista individualista que pude descubrir: por suerte, como neoyorquino, estaba cerca de dos de las mejores colecciones anarquistas en el país, en Columbia y en la Biblioteca Pública de Nueva York. Pasé por las fuentes no simplemente por simple interés intelectual, sino también para ayudarme a definir mi propia postura ideológica. Me encantó particularmente Liberty, de Benjamin R. Tucker, la gran revista anarquista individualista publicada durante casi tres décadas en la última parte del siglo XIX. Me maravillaba especialmente la lógica incisiva de Tucker, su estilo claro y lúcido y su implacable disección de numerosas «desviaciones» de su línea concreta. Y me encantaba Lysander Spooner, el abogado constitucional anarquista y socio de Tucker, con su brillante idea de la naturaleza del Estado, su devoción por la moral y la justicia y su estilo de invectivas anarquistas con un encantador estilo legal.
Descubrí que La Carta a Grover Cleveland de Spooner era una de las mayores demoliciones jamás escritas del estatismo.92 Y para mi propio desarrollo personal, encontré el siguiente pasaje en su libro No Treason, decisivo para confirmar y fijar permanentemente mi odio al Estado. Estaba convencido que ninguno podía leer estas líneas claras y bellas sobre la naturaleza del Estado y mantenerse impertérrito:
El hecho es que el gobierno, como el bandolero, le dice a un hombre: «La bolsa o la vida». Y muchos, si no la mayoría, de los impuestos se pagan bajo la compulsión de esa amenaza.
De hecho, el Gobierno no acechará a un hombre en un lugar solitario, saltando desde el borde del camino y, apuntándole con una pistola a la cabeza, procederá a registrarle sus bolsillos. Pero un robo no deja de ser un robo en ese sentido y es mucho más ruin y vergonzoso.
El salteador de caminos asume la responsabilidad, el peligro y la pena de su propio acto. No pretende tener derecho a reclamar tu dinero, ni decir que intenta usarlo para tu beneficio. No pretende ser nada más que un ladrón. No ha adquirido suficiente descaro como para afirmar que es únicamente un «protector» y que les quita el dinero a los hombres en contra de su voluntad solo para poder «proteger» a esos viajeros extravagantes, que se sienten perfectamente capaces de defenderse por sí mismos o no aprecian su peculiar sistema de protección. Es un hombre demasiado sensato como para hacer declaraciones de ese tipo. Además, tras quitarte tu dinero, te deja hacer lo que quieras. No persiste en seguirte por el camino, contra tu voluntad, suponiendo ser tu legítimo «soberano», debido a la «protección» que te ofrece. No sigue «protegiéndote» obligándote a reverenciarle y servirle, forzándote a hacer esto y prohibiéndote hacer lo otro, robándote más dinero tan a menudo como le interese o le plazca y calificándote como rebelde, traidor y enemigo de tu país y disparándote sin misericordia si discutes su autoridad o te resistes a sus demandas. Es demasiado caballeroso como para ser culpable de tales imposturas y villanías. En resumen, aparte de robarte, no intenta hacer de ti su bufón o su esclavo. 93
De hecho, el anarquismo estaba en el aire en esos días en nuestro pequeño movimiento. Mi amigo y compañero alumno de Mises, Richard Cornuelle, hermano pequeño de Herb, fue mi primer y voluntarioso converso. El fermento anarquista también bullía nada menos que en la FEE. Ellis Lamborn, uno de sus miembros del personal se calificaba abiertamente a sí mismo, como un «anarquista» y Dick informaba sonrientemente de que en su propia estancia en la FEE estaba «teniendo cada vez más dificultades para responder a las explicaciones anarquistas». Dick informaba también con alegría acerca de que, en medio de una larga discusión acerca de qué nombre darle a esta nueva creencia libertaria pura («libertario», «voluntarista», «individualista», «verdadero liberal», etc.) este miembro pionero del personal interrumpió, con su acento del Medio Oeste: «Diablos, “anarquista” es suficiente para mí». Otro miembro del personal, F.A. Harper, en una de mis visitas a Irvinton, sacó lentamente de debajo de su mesa una copia de La ley de la violencia y la ley del amor, de Tolstoi y así me presentó una variante pacifista absoluta del anarquismo. De hecho, se rumoreaba que casi todo el equipo de la FEE se había vuelto anarquista, a excepción de Mr. Read (y que incluso él titubeaba al respecto). Lo más cercano al titubeo público de Read fue su folleto «Students of Liberty», escrito en 1950. Después de exponer la necesidad de mantener la violencia del gobierno estrictamente limitada a la defensa de la persona y la propiedad, Read confesaba que aun estos límites propuestos le dejaban con dos preguntas a las cuales no había encontrado respuestas satisfactorias. Primero, «¿puede instituirse la violencia, independientemente de lo oficial o lo limitada en intención, sin engendrar violencia fuera del oficialismo y más allá de la limitación prescrita?» Y segundo:
¿No es imposible la limitación del gobierno, salvo en periodos relativamente cortos? ¿No será que los instintos predatorios de algunos hombres, que el gobierno pretendería reprimir, acaban apareciendo en los agentes seleccionados para llevar a cabo la supresión? Estos instintos tal vez sean compañeros inseparables del poder. (…) Si hay criminales entre nosotros, ¿qué les impide obtener y usar el poder del gobierno?94
Difícilmente puede ser una coincidencia que la influencia tolstoyana, la comparación de la «ley de amor» con la «ley de violencia» que constituye el gobierno, aparezca como un leitmotiv en todo el ensayo.95
El idilio libertario en la FEE llego abruptamente a su fin en 1954, con la publicación del manual de Leonard, Read Government – An Ideal Contempt. El libro desató oleadas de indignación que reverberaron en los círculos libertarios, puesto que con esta obra Read volvía decididamente al bando favorable al gobierno. Read había abandonado el liderazgo de los anarcocapitalistas, que hubiera sido suyo con solo reclamarlo, para así romper una lanza a favor del Viejo Orden.
Antes de que se publicara este libro, ni uno solo de los numerosos ensayos de la FEE habían dicho una sola palabra de alabanza al gobierno, toda su fuerza se había dedicado a la oposición a la acción ilegitima del gobierno. Aunque el anarquismo nunca había sido defendido explícitamente, todo el material de la FEE era coherente con un ideal anarquista, porque la FEE nunca había defendido positivamente al gobierno, ni declarado que era un ideal noble. Pero ahora esa tradición se había liquidado.
Numerosas cartas y largos manuscritos llegaron a la FEE como protesta de amigos anarquistas de todo el país. Pero Read no quería escuchar.96 Entre los anarquistas, se extendió la opinión desfavorable de que Leonard literalmente se había «vendido» y el cotilleo incluía que un factor importante en la retractación de Leonard era un informe objetivo y minucioso de la FEE por parte de una organización que estudiaba y resumía institutos y fundaciones para potenciales empresarios contribuidores. El equipo había calificado a la FEE, de manera coherente, como una organización «anarquista tory» o «anarquista de derecha» y el rumor era que Leonard había reaccionado por miedo al efecto que tendría la etiqueta «anarquista» en las tiernas sensibilidades de los ricos contribuidores de la FEE.
La publicación de FEE del libro de Read tuvo un impacto duradero en la productividad y erudición en la FEE. Pues, hasta este momento, una de las reglas de trabajo había sido que no se publicaría nada bajo el nombre de la FEE sin el consentimiento unánime del personal, asegurando así que se preservaría la preocupación tolstoyana por la conciencia individual frente a su supresión y tergiversación por cualquier organización social. Pero en este caso, a pesar de una fuerte y virtualmente unánime oposición del personal, Read rompió descaradamente este pacto social y siguió adelante y publicó su alabanza del gobierno bajo el imprimatur de la FEE. Fue esta actitud la que inició un lento, pero largo y continuo, descenso de FEE como centro de productividad e investigación libertarias, así como el éxodo de la FEE de sus mejores talentos, empezando por F.A. Harper. Cuando se inauguró la FEE en 1946, Read le prometió a Harper que la organización sería un instituto o un think-tank de estudios libertarios avanzados. Estas esperanzas se habían desvanecido, aun cuando Read más tarde negaría su fracaso diciendo serenamente que la FEE era una designada «escuela secundaria de libertad».
El invierno de 1949-50 fue ciertamente trascendental para mí, no solamente porque me había convertido al anarquismo y economía austriaca. Mi adopción de la Escuela Austriaca y mi asistencia al seminario de Mises determinarían el curso de mis estudios por muchos años venideros. Herb Cornuelle, ahora en el Fondo William Volker, sugirió a finales de 1949 que escribiera un texto universitario resumiendo La acción humana de Mises en una forma adecuada para estudiantes. Ya que Mises en aquel entonces no sabía nada de mí, sugirió que escribiera un capítulo de ejemplo, así que durante el invierno escribí un capítulo sobre moneda y la aprobación de Mises llevó al Fondo Volker a concederme una beca de varios años para un libro de texto austriaco, un proyecto que acabó convirtiéndose en un tratado sobre economía austriaca a gran escala, El hombre, la economía y el Estado, en el que empecé a trabajar a principios de 1952. Así empezó mi relación con el Fondo William Volker, que continuó durante una década e incluyó trabajo de consultoría para el fondo como crítico y analista de libros, revistas y escritos.
De hecho, a medida que la FEE se alejaba de su firme promesa de productividad e investigación, el Fondo Volker empezó a tomar el relevo. Herb Cornuelle dejó pronto el fondo para iniciar una brillante carrera en la alta administración industrial: una ganancia para la industria, pero una gran pérdida para el movimiento libertario. Su lugar en Volker (que se había mudado de Kansas City a Burlingame, California) lo tomó su hermano menor Dick y pronto se agregaron otros mandos intermedios, tomando así forma el concepto único del Fondo Volker. Este concepto incluía no solo el financiar becas de investigación conservadora y libertaria (conferencias, becas universitarias, distribuciones de libros en librerías y finalmente publicación directa de libros), sino también la concesión de fondos a investigadores individuales en vez de la técnica usual fundacional de dar fondos en masse a organizaciones y universidades cercanas al aparato del estado (como el Social Research Council). Conceder fondos a individuos significaba que el Fondo Volker tenía que tener mucho más personal de enlace que fondos mucho mayores que su comparativamente modesto tamaño (aproximadamente 17 millones de díolares).
Y así el Fondo Volker acabó añadiendo a Kenneth S. Templeton, Jr., un joven historiador que impartía clases en la Kent School de Connecticut; F. A. Harper, uno de los éxodos de la FEE; el Dr. Ivan R. Bierly, un alumno de doctorado de Harper en Cornell y luego en la FEE, y H. George Resch, recién graduado de Lawrence College y especialista en revisionismo de la Segunda Guerra Mundial. Trabajando dentro del marco de referencia del mandato de Mr. Volker de anonimato filantrópico, el Fondo Volker nunca pidió ni recibió mucha publicidad, pero sus contribuciones fueron vitales para promover y aunar un gran grupo de becas libertarias, revisionistas y conservadoras. En el campo del revisionismo, el Fondo desempeñó un papel en la financiación del enorme proyecto de Harry Elmer Barnes de una serie de libros acerca del revisionismo de la Segunda Guerra Mundial.
A principios de la década de 1950, toda esta actividad libertaria forzó a la opinión ortodoxa a reflexionar y tomar nota. En concreto, en 1948, Herb Cornuelle y el Fondo William Volker habían ayudado a Spiritual Mobilization, de Los Ángeles, una organización de derecha encabezada por el Reverendo James W. Fifield, a crear una revista mensual, Faith and Freedom. Cornuelle colocó a William Johnson, un libertario que había sido su ayudante en la Marina, como editor de la nueva revista. Chodorov, que fusiono su analysis con Human Events en marzo de 1951 y se mudó a Washington para convertirse en editor asociado de esta última publicación, empezó a escribir regularmente una columna para Faith and Freedom, «Along Pennsylvania Avenue».
En 1953, apareció el primer reconocimiento ortodoxo del nuevo movimiento libertario en la forma de un injurioso libro con acusaciones de fascismo escrito por un joven ministro metodista denunciando a «extremistas» en las iglesias protestantes. El libro de Ralph Lord Roy, Apostles of Discord: Study of Organized and Disruption on the Fringes of Protestantism,97 era una tesis escrita bajo la tutela del alto sacerdote del liberalismo de izquierda en el Union Theological Seminary de Nueva York, el Dr. John C. Bennette. Esta obra fue parte de un género popular de ese tiempo al que podría llamarse «hostigamiento extremista», en el que el evidente propio y correcto «centro vital» se defiende contra extremistas de toda clase, pero particularmente contra los de derechas. Así, Roy, dedicando un capítulo superficial a atacar a protestantes procomunistas, dedicaba el resto del libro a varias clases de derechistas, a los que dividía en dos funestos grupos: Apóstoles del Odio, y Apóstoles de la Discordia. En el menos amenazante Ministerio de la Discordia (junto con procomunistas y algunos derechistas) estaban, en el capítulo 12, «Dios y los “Libertarios”», colocado por alguna razón entre comillas. Pero, con o sin comillas, bajo ataque o no, pudimos por lo menos conseguir una atención general y supongo que deberíamos estar agradecidos de que nos colocara en la categoría de la Discordia en vez de en la del Odio.
Roy denunciaba la «fachada» de Spiritual Mobilization y su Faith and Freedom, así como a la FEE, Nock y Chodorov. Su trato es bastante preciso, aunque el Fondo Volker logró eludir advertirlo; sin embargo, la inclusión del FEE bajo el protestantismo era poco consistente, al basarse solamente en el hecho que Leonard Read era miembro del comité consultivo de Spiritual Mobilization. En el capítulo de Roy también se atacaba a Christian Economics (CE), un tabloide bimensual de libre empresa editado por el veterano Howard E. Kershner, que creó la Christian Freedom Foundation y en 1950 empezó a publicar CE. Después de la Primera Guerra Mundial, Kershner había sido el segundo de Herbert Hoover en su programa de ayuda alimentaria y era viejo amigo de su compañero cuáquero. En CE trabajaba como columnista, en la oficina en Nueva York, Percy L. Greaves, Jr., veterano periodista de economía, quien se estaba volviendo un fiel seguidor de Ludwig von Mises en el seminario de este. Antes de llegar a Nueva York para unirse a CE en 1950, Percy había sido un miembro importante del Comité Nacional Republicano en Washington y era consejero sobre minorías del senador Brewster, de Maine, y del comité investigador de Pearl Harbor en el Congreso. Esta experiencia hacía de Percy uno de los más importantes revisionistas de Pearl Harbor en el país. Percy fue un raro ejemplo de alguien con tanta experiencia política como interés por la investigación económica. Todavía estando en Washington en 1950, pensó seriamente presentarse como candidato al Senado por Maryland en las primarias republicanas. Como resultó ser el año en el cual el aparentemente inexpugnable senador Millard E. Tydings perdió contra el desconocido John Marshall Butler debido a la pelea que tuvo con Joe McCarthy, Percy pudo haber sido senador ese año en vez de Butler. Como consecuencia de su comportamiento en general, en nuestro grupo del seminario Mises, afectuosamente nos referíamos a Percy como «el senador».
Un aspecto gratificante de nuestro paso a tener cierta prominencia fue que, por primera vez por lo que recuerdo, nosotros, «nuestro lado», le habíamos quitado una palabra crucial al enemigo. Otras palabras, tales como «liberal», se habían originalmente identificado con libertarios de laissez-faire, pero las habían capturado los estatistas de izquierda, obligándonos en 1940 a llamarnos bastante débilmente liberales «verdaderos» o «clásicos».98 «Libertarios», por el contrario, había sido desde hacía mucho sencillamente una palabra cortés para anarquistas de izquierda, o sea para los anarquistas contrarios a la propiedad privada, ya fuera de la variedad comunista o sindicalista. Pero ahora nos la habíamos apropiado, y más correctamente desde el punto de vista de la etimología, ya que defendíamos la libertad individual y por consiguiente al derecho individual a la propiedad.
Algunos libertarios, como Frank Chodorov, prefirieron continuar con la palabra «individualista». Por cierto, lo que Frank pensaba que sería su mayor legado a la causa fue la fundación de la Intercollegiate Society of Individualists de ámbito educativo. Frank dedicó en octubre de 1950 una edición especial de analysis a «Un proyecto de cincuenta años» para recuperar la vida intelectual frente al estatismo predominante en Estados Unidos. Chodorov atribuía la «transmutación del carácter estadounidense de individualista a colectivista» a organizaciones del inicio del siglo XX como la Intercollegiate Socialist Society: lo que se necesitaba era un antagonista para educar y recobrar a los jóvenes universitarios, el futuro del país. Chodorov reelaboró su enfoque en «For Our Children`s Children» dirigido a una mayor audiencia en el número del 6 de septiembre de 1950 de Human Events. Como consecuencia, se fundó la Intercollegiate Society of Individuals en 1953, con la ayuda de una donación de mil dólares de J. Howard Pew, de Sun Oil, siendo en esos días el contribuidor principal de la causa de la Vieja Derecha, y con la ayuda de personas de una lista de correos de la FEE. Después del primer año en las oficinas de Human Events, Chodorov trasladó la sede de la ISI a la Foundation for Economic Education, cuando abandonó Human Events en el verano de 1954, para hacerse cargo como editor de una revista mensual, The Freeman, publicada por la FEE.
- El renacimiento de la posguerra II: Política y política exterior
En el ámbito de la política directa, parecía claro que solo había un lugar para aquellos de nosotros no totalmente desilusionados con la acción política: la «derecha extrema» del Partido Republicano. La derecha extrema estaba especialmente bien representada en la Cámara de Representantes e incluía hombres como Howard H. Buffett, de Omaha, Ralph W. Gwinn, de Nueva York, Frederick C. Smith, de Ohio, y H.R. Gross, de Iowa (prácticamente el único del grupo que queda), que eran firmemente aislacionistas y se oponían a las guerras e intervenciones en el extranjero y eran en general promercado y libertarios en asuntos interiores. Por ejemplo, se oponían con firmeza al servicio militar, que se había impuesto mediante una coalición de liberales y los que solían llamarse conservadores e internacionalistas «ilustrados». La derecha extrema también incluía al Chicago Tribune del coronel McCormick, al que estuve suscrito encantado durante un tiempo y que continuaba destapando trapos sucios contra Wall Street y los intervencionistas, así como continuos artículos a favor de la liberación nacional de galeses y escoceses de aquella Inglaterra odiada por McCormick. El senador Taft era el personaje político más importante de esa rama del partido, pero la confusión (entonces y después) provenía de la devoción filosófica de Taft por el consenso como un bien en sí mismo. Como consecuencia, Taft estaba siempre consensuando y «vendiendo» la causa individualista: El mercado libe en el interior y la no intervención en el exterior. Así que en la jerga de ese momento Taft era realmente la «izquierda extrema» de la rama de la derecha extrema de los republicanos y sus renuncias a los principios nos eran arrojadas por los liberales: «Vaya, incluso el senador Taft está a favor» de la ayuda federal a la educación o la defensa de Chiang o lo que fuera.
En todo caso, me identifiqué rápidamente con la derecha republicana tan pronto como fui políticamente activo al acabar la Segunda Guerra mundial. Me uní al Club de Jóvenes Republicanos de Nueva York, donde escribí un informe de campaña en 1946 atacando a la Oficina de Administración de Precios y los controles de precios y adopté el bando del laissez-faire en una serie de debates internos sobre el futuro del Partido Republicano. Era una postura minoritaria y solitaria, especialmente entre los JR, que eran en buena parte juristas oportunistas buscando un lugar y un patrocinio dentro de la maquinaria de Dewey. (Bill Rusher, que posteriormente se convirtió en director del National Review, era en ese momento un republicano usual de los de Dewey en los JR). Sin embargo, mi entusiasmo no tuvo límites cuando los republicanos, en su mayoría conservadores, arrasaron en el Congreso en 1946. Por fin, el socialismo y el internacionalismo iban a ceder. Uno de mis primeros escritos publicados fue una carta de «Aleluya» que envié al World-Telegram de Nueva York para celebrar la gloriosa victoria. Sin embargo, enseguida apareció en la manzana un malvado gusano: fiel a su naturaleza de componendas, Bob Taft concedió el liderazgo de la política exterior en el Senado al aislacionista renegado Arthur Vandenberg, ahora un héroe del entorno del New York Times y el aparato estatal del Este. (El peor rumor en la derecha era que Vandenberg había sido literalmente seducido para cambiar su postura en política exterior por una amante inglesa). Fue Vandenberg, ignorando la ferviente oposición de la rama derechista aislacionista del partido, quien movilizó el apoyo para el inicio de la Guerra Fría, el préstamo a Gran Bretaña, el Plan Marshall y la ayuda a Grecia y Turquía, para asumir el antiguo papel imperial británico y aplastar la revolución griega.
Otro golpe duro para la causa de la Vieja Derecha en el Partido Republicano fue la nominación de Tom Dewey para la presidencia en 1948, al ser entonces Dewey un representante del poder «izquierdista», estatista e internacionalista del Este de Wall Street. Dewey rechazaba defender la propuesta del 80º Congreso contra las burlas de Harry Truman llamándonos «donnadies» (en realidad, habían ido mucho más lejos). Yo no podía apoyar a Dewey para la presidencia y era el único norteño de Columbia que se unió al Club de Estudiantes por Thurmond, de corta vida, basando mi apoyo en el programa descentralizador y de los derechos de los estados de Strom Thurmond. Taft y los taftianos eran aislacionistas y por tanto mucho más antiintervencionistas que Henry Wallace en la campaña de 1948. La prueba del algodón es que el propio Wallace y la mayoría de su Partido Progresista apoyaron nuestra aventura imperialista en Corea en nombre de la «seguridad colectiva» dos años después, mientras que los republicanos aislacionistas de derecha extrema constituyeron la única oposición política a la guerra.99
El factor más importante a tener en cuenta acerca de la Vieja Derecha en la posguerra es que se oponía terca y firmemente tanto al imperialismo e intervencionismo estadounidenses en el exterior como a su corolario del militarismo en el interior. Se oponía con rotundidad al servicio militar como algo mucho peor que otras formas de regulación estatista, pues el reclutamiento, como la esclavitud, se apropiaba de la «propiedad» más preciosa del reclutado: su propia persona y ser. Por ejemplo, casi todos los días, el veterano activista John T. Flynn, ahora portavoz y escritor para el conservador America’s Future, Inc. (un derivado del Committee for Constitutional Government) echaba pestes contra el militarismo y el servicio militar. Y eso a pesar de su creciente apoyo a la Guerra Fría en el exterior. Incluso el semanario de Wall Street Commercial and Financial Chronicle publicó un largo artículo contrario al reclutamiento obligatorio. Y Frank Chodorov, alabando en su analysis un folleto publicado por el National Council Against Conscription, escribía que «el Estado no puede intervenir en los asuntos económicos de la sociedad sin crear su maquinaria coactiva y eso, después de todo, es militarismo. El poder es su correlativo en política».
En política exterior, eran los republicanos de derecha extrema los que eran particularmente fuetes en la Cámara de Representantes, oponiéndose con energía al servicio militar, la OTAN y la Doctrina Truman. Consideremos, por ejemplo, al representante de Omaha, Howard Buffett, director de la campaña del senador Taft en el Medio Oeste en 1952, uno de los más «extremos» de los extremistas, un hombre que recibía constantemente ceros clasificadores liberales de congresistas como ADA y New Republic, y a quien Nation calificaba en esa época como «un hombre capaz cuyas ideas trágicamente se han fosilizado». Llegué a conocer a Howard como un libertario genuino, coherente y amable. Atacando la Doctrina Truman en la tribuna del Congreso, Buffett declaraba:
Incluso si fuera deseable, Estados Unidos no es lo suficientemente fuerte como para ser la policía del mundo mediante el uso de fuerza militar. Si se intentara, las bondades de la libertad se verían remplazadas por la coacción y la tiranía en la nación. Nuestros ideales cristianos no pueden exportarse a otros territorios mediante dólares y armas de fuego. (…) No podemos practicar el poder y la fuerza en el exterior y mantener la libertad en el interior. No podemos hablar de cooperación mundial y practicar una política de poder.100
También en 1947, el representante George Bender, de Ohio, que iba a ser secretario de Taft en el Congreso en 1952 y posteriormente sucesor de este en el Senado, mantenía una crítica persistente contra la Doctrina Truman. Atacando al corrupto gobierno griego y las elecciones fraudulentas que lo mantuvieron en el poder, Bender declaraba:
Creo que el programa de la Casa Blanca es una reafirmación de la creencia del siglo XIX en la política del poder. Es un refinado de la política adoptada por primera vez después del Tratado de Versalles en 1919, pensada para rodear a Rusia y establecer un «cordón sanitario» alrededor de la Unión Soviética. Es un programa que apunta a una nueva política de intervencionismo en Europa como corolario de nuestra Doctrina Monroe en Sudamérica. No nos equivoquemos con respecto a las implicaciones a largo plazo de este plan. Una vez hayamos dado el paso histórico de enviar ayuda financiera, expertos militares y préstamos a Grecia y Turquía, estaremos irremediablemente comprometidos con un rumbo de acción que será imposible abandonar. A esto seguirán más y mayores reclamaciones. Aparecerán mayores necesidades en todas las áreas de conflicto en el mundo.101
Además, Bender fue uno de los pocos defensores en el Congreso de Henry Wallace cuando este hablaba en el extranjero oponiéndose a la Doctrina Truman. En respuesta a ataques como la denuncia de «traición» del representante Kenneth Keating, seguidor de Dewey, y a los ataques de Winston Churchill a Wallace por hacer pública su oposición en el extranjero, Bender replicó que, si Churchill podía intentar iniciar la Guerra Fría hablando en Estados Unidos, Wallace indudablemente podía tratar de impedir esa guerra hablando en Europa.
Lanzando una crítica devastadora contra la política exterior de Truman en junio de 1947, Bender le acusaba:
Mr. Truman pidió al Congreso que autorizara un programa de colaboración con los pequeños y no tan pequeños dictadores de Sudamérica. Mr. Truman presentó un borrador de propuesta de ley que autorizaría a Estados Unidos a encargarse de armar Sudamérica a una escala mucho más allá del desembolso de 400.000.000$ a Grecia y Turquía.
Mr. Truman continuó con su campaña para la formación militar universal en tiempos de paz en Estados Unidos.
Pero el control militar en el interior es una parte del programa emergente de Truman. La administración Truman está usando todos sus recursos de propaganda en un intento de ablandar al pueblo estadounidense para que acepte esta idea.
Sí, la administración Truman está ocupada en su intento de vender la idea del control militar al pueblo de Estados Unidos. Y de la mano de la campaña de propaganda van las reuniones secretas para la movilización industrial.
Este es el tipo de cosas que están teniendo lugar de puertas a dentro en el edificio del Pentágono, y de las que el pueblo de Estados Unidos solo sabe por casualidad. Es una parte del plan emergente de Truman (…) una parte del conjunto de la doctrina Truman de extraer los recursos de Estados Unidos en apoyo de todo gobierno reaccionario en el mundo.102
Mientras el senador Taft divagaba y cedía en asuntos exteriores, especialmente con respecto a China y el apoyo a Chiang, el representante Bender no vacilaba. Advirtiendo al Congreso acerca de la «intensa presión» del lobby chino en mayo de 1947, Bender denunciaba
que la embajada china ha tenido aquí la arrogancia de invadir nuestro Departamento de Estado y de tratar de decir a nuestro Departamento de Estado que la Doctrina Truman ha comprometido a nuestro gobierno y a este Congreso a un apoyo sin fisuras al actual gobierno fascista chino.103
Incluso el propio Taft adoptaba una postura en general aislacionista y antiintervencionista. Así, el senador se oponía al Plan Marshall, por razón de que «conceder ayuda a Europa no haría otra cosa que proporcionar a los comunistas más argumentos contra la política “imperialista” de Estados Unidos». Además, Taft declaraba que, si los países de Europa Occidental decidieran incluir comunistas en sus gobiernos, sería una prueba de que el capitalismo competitivo no se había aprobado en Europa, que por el contrario estaba plagada de cárteles y privilegios. Es especialmente encomiable la valentía de Taft a la hora de rechazar dejarse pisotear por los liberales seguidores de Truman y los republicanos intervencionistas para aprobar medidas de Guerra Fría en respuesta a la «apropiación» comunista de Checoslovaquia en 1948, un «golpe» que consistió esencialmente en la dimisión de los miembros derechistas del gabinete checo, dejando en el poder un gobierno de izquierdas. Taft negaba tenazmente que Rusia tuviera ningún plan para iniciar una agresión o conquistar territorios adicionales: la influencia rusa, señalaba Taft, «ha sido predominante en Checoslovaquia desde el final de la guerra. Los comunistas se limitan a consolidar su posición en Checoslovaquia, pero no ha habido ninguna agresión militar».
El senador Taft también se opuso a la creación de la OTAN en 1949, como parte de la Guerra Fría. Advirtió que
la creación de un gran ejército rodeando a Rusia, desde Noruega hasta Turquía e Irán, podría producir un miedo a la invasión de Rusia y algunos de los países satélites considerados por Rusia como esenciales para la defensa de Moscú.
La OTAN, advertía Taft, violaba completamente el espíritu de la Carta de las Naciones Unidas:
El proyecto de la nación más poderosa del mundo de armar a la mitad del mundo contra la otra mitad va mucho más allá de cualquier «derecho de defensa colectiva si se produce un ataque armado». Viola todo el espíritu de la Carta de las Naciones Unidas. (…) El Pacto Atlántico se dirige exactamente en dirección opuesta a la de los propósitos de la carta y hace que resulten una farsa los esfuerzos adicionales para conseguir una justicia internacional a través del derecho y la justicia. Divide necesariamente al mundo en dos bandos armados. (…) Por tanto, este tratado significa inevitablemente una carrera de armamentos y las carreras de armamentos en el pasado han llevado a la guerra.104
En un debate con el senador John Foster Dulles, retoño de Wall Street y de los intereses de los Rockefeller, en julio de 1949, Taft afirmaba que: «No puedo votar a favor de un tratado que, en mi opinión, hará mucho más por generar una tercera guerra mundial de lo que hará nunca por mantener la paz en el mundo».
Incluso en Asia, Taft, en enero de 1950, se opuso a la política de Truman de suministrar ayuda al ejército francés para reprimir la revolución nacional indochina y también advirtió que no apoyaría ningún compromiso para respaldar a Chiang en una guerra contra China y reclamó la remoción de Chiang, sus burócratas y su ejército de ocupación en Formosa, para permitir que el pueblo de Formosa votara su autodeterminación:
Tal y como yo lo entiendo, el pueblo de Formosa, si se le permitiera votar, probablemente votaría por crear una república independiente de Formosa. (…) Si en la conferencia de paz se decide que Formosa se cree como república independiente, indudablemente tenemos los medios para obligar a la rendición a los nacionalistas de Formosa.105
Además, a principios de 1950 muchos internacionalistas republicanos se unieron a los aislacionistas para propinar un duro golpe a nuestra creciente intervención en Asia: una derrota de una propuesta de ayuda de 60 millones de dólares de la administración Truman a Corea del Sur por un solo voto. Prácticamente todos estuvieron de acuerdo en que la ayuda al régimen de Rhee era un completo desperdicio y que Corea estaba fuera de los intereses de la defensa estadounidense. El historiador Tang Tsou señaló que «este fue el primer gran revés en el Congreso para la administración en el campo de la política exterior desde el final de la guerra».106
Fueron los esfuerzos del representante Walter Judd (R., Minn.), internacionalista veterano, exmisionero en China y líder del lobby chino en el Congreso, los que indujeron a la Cámara, en un lamentable cambio de opinión, a invertir su decisión.
La Guerra de Corea fue el último educto del aislacionismo antibelicista de la Vieja Derecha. Fue un momento en el que prácticamente toda la Vieja Izquierda, con la excepción del Partido Comunista y de I.F. Stone, se rindió a la mística global de la ONU y su «seguridad colectiva contra la agresión» y respaldó la agresión imperialista de Truman en esa guerra. El hecho de que la ONU fuera y haya continuado siendo una herramienta de Estados Unidos apenas se consideró. Incluso Corliss Lamont apoyó la postura estadounidense en Corea, junto con prácticamente todos los líderes del Partido Progresista. Solo los republicanos de la derecha extrema se opusieron valerosamente a la guerra.
Por ejemplo, Howard Buffett estaba convencido de que Estados Unidos era en buena parte responsable del estallido del conflicto en Corea, pues el senador Stiles Bridges (R., N.H.) le había dicho que el almirante Roscoe Hillenkoeter, jefe de la CIA, lo había atestiguado en secreto ante el Comité de Servicio Armados del Senado el iniciarse la guerra. Por su indiscreción como testigo, el almirante Hillenkoeter fue rápidamente despedido por el presidente Truman y poco más se oyó de esto en Washington. Durante el resto de su vida, Buffett llevó a cabo una campaña para que el Congreso desclasificara el testimonio de Hillenkoeter, pero sin éxito. Buffett me recordaba con alegría en años posteriores que I.F. Stone le envió una nota muy amable, alabando su liderazgo en el Congreso a la hora de oponerse al conflicto de Corea. Mirando atrás, es una pena que Howard no siguiera la insinuación de Stone y actuara estableciendo una alianza Izquierda-Derecha contra la guerra, aunque, como he dicho, había un precioso pequeño sentimiento izquierdista en la oposición.
El senador Taft atacaba la intervención de Truman en Corea: insistía en que Corea no era vital para Estados Unidos, en que la intervención podría interpretarse como una amenaza a la seguridad del bloque soviético y en que la «acción policial» violaba la Carta de la ONU y era un aumento inconstitucional de los poderes de guerra del presidente. «Si el presidente puede intervenir en Corea sin la aprobación del Congreso», alegaba Taft, «puede ir a la guerra en Malasia o Indonesia o Irán o Sudamérica». Por el contrario, Nation y New Republic, que habían criticado previamente la Doctrina Truman y la Guerra Fría, se unían a ella con entusiasmo. Estos dos periódicos progresistas censuraban a Taft y al Chicago Tribune del coronel McCormick por unirse a los comunistas en su «derrotismo», al oponerse a la guerra. La campaña salvaje contra la reelección de Taft en 1950 fue la ocasión para un ataque masivo a este por el progresismo organizado, con la administración Truman atacando su aislacionismo y supuesta tibieza con la Unión Soviética. New Republic, en su análisis del 4 de septiembre de los votos en el Congreso, alababa a los demócratas por su historial de voto firmemente «anticomunista» en asuntos exteriores (87%). Por el contrario, el senador Taft solo tenía una puntuación de 53% para New Republic, mientras que aislacionistas más coherentes como el senador Kenneth Wherry (R., Neb.) tenía solo una marca «anticomunista» del 23%. Y New Republic señalaba agriamente la coherencia del aislacionismo de Taft y su devoción «legalista» a la no agresión y el derecho internacional:
Ha habido históricamente una afinidad en marcha entre aislacionistas y legalistas: los primeros atacaron el acuerdo de los destructores de Roosevelt de 1941 por belicista, los segundos por ser propio de una dictadura. Hay indicaciones de que esta coalición se está volviendo a reforzar.107
En la inauguración del nuevo Congreso, a principios de 1951, las fuerzas aislacionistas, lideradas por los senadores Wherry y Taft, lanzaron un ataque contra la guerra emitiendo una resolución prohibiendo al presidente enviar tropas al exterior sin aprobación previa del Congreso. Atacaban el rechazo de Truman de aceptar un alto el fuego o llegar a un acuerdo de paz en Corea y advertían que Estados Unidos no tenía tropas suficientes para una guerra terrestre sin salida en el continente asiático. Taft también atacaba la afirmación del presidente de su derecho a usar armas atómicas y a enviar tropas fuera del país bajo su autoridad.
Hubo un interesante ataque contra el senador Taft lanzado por el muy influyente liberal-belicista McGeorge Bundy. Bundy expresaba preocupación por que la clara victoria en su reelección indicara un apoyo popular a la limitación del poder ejecutivo para liderar a Estados Unidos en conflicto sin aprobación del Congreso. Como decía Leonard Liggio:
La preferencia de Taft por las negociaciones en lugar del derramamiento de sangre en intervenciones militares le parecía a Bundy una renuncia a afirmar el liderazgo global de Estados Unidos contra el comunismo y una actitud defectuosa de duda, desconfianza y miedo hacia el propósito nacional de Estados Unidos en el mundo.108
Bundy declaraba que la búsqueda normal de paz de un estadista debe descartarse y ser reemplazada por el manejo del poder, aplicando diplomacia y poder militar en una lucha permanente contra el comunismo mundial en guerras limitadas, alternando con periodos limitados de paz. Por eso Bundy criticaba a Taft por «apaciguador» al oponerse a rodear a la Unión Soviética con alianzas militares y a la intervención en Corea y también por la voluntad de Taft de llegar a un acuerdo con la China comunista para alejarnos de la debacle coreana.
Bundy también discrepaba fuertemente con Taft sobre el inicio por parte de este último de un debate abierto sobre la Guerra de Corea. Pues Taft había denunciado la idea de un apoyo sin fisuras al presidente en sus aventuras militares:
Alguien [que se ha] atrevido a sugerir críticas o incluso un debate completo (…) fue calificado en su momento como aislacionista y saboteador de la unidad y la política exterior bipartidista.109
Bundy, por el contrario, denunciaba la idea de cualquier recriminación o incluso cuestionamiento público de las decisiones de los políticos del ejecutivo, pues el público sencillamente reaccionaba ad hoc a situaciones concretas sin adoptar las concepciones rígidas de los políticos del propósito nacional.110
El último impulso político aislacionista de la Vieja Derecha se produjo en el Gran Debate que se produjo después de nuestra aplastante derrota a manos de los chinos a finales de 1950, una derrota con la que los chinos habían expulsado de Corea del Norte a las fuerzas estadounidenses. La administración Truman rechazaba tercamente reconocer las nuevas realidades y firmar la paz con Corea sobre la base del paralelo 38, condenando así a las tropas estadounidenses a años de fuertes bajas. En respuesta, dos viejos estadistas aislacionistas famosos, Herbert Hoover y Joseph P. Kennedy, realizaron dos discursos resonantes y evidentemente coordinados uno detrás de otro en diciembre de 1950, reclamando la evacuación estadounidense en Corea y el fin de la guerra en Asia.
El 12 de diciembre, el exembajador Kennedy señalaba la continuidad durante decenios de su postura aislacionista y antibelicista y declaraba:
Desde el principio, no tuve paciencia con una política que sin el debido respeto hacia nuestros recursos (humanos y materiales) llegaría a compromisos en el exterior que no podríamos cumplir. Como embajador en Londres en 1930, vi lo absurdo de esto cuando los británicos se comprometieron con Polonia en cosas que no podían cumplir y todavía no han cumplido: un compromiso que los llevó a la guerra.
Naturalmente, me oponía al comunismo, pero pensaba que si partes de Europa o Asia iban a ser comunistas o incluso se iba a impulsar el comunismo en ellas, no podríamos detenerlo. Por el contrario, debemos estar seguros de nuestra fortaleza y asegurarnos de que no se malgasta en batallas que no pueden ganarse.
¿Pero dónde estamos ahora? Empezando con nuestra intervención en las elecciones italianas y la ayuda financiera y política a Grecia y Turquía, hemos expandido nuestros programas políticos y financieros a una escala amplia casi increíble. Miles de millones de han gastado en el Plan Marshall, más miles de millones en la ocupación de Berlín, Alemania Occidental y Japón. Se ha mandado ayuda militar a Grecia, Turquía, Irán, las naciones del pacto del Atlántico Norte, la Indochina francesa y ahora en Corea estamos luchando en la cuarta mayor guerra de nuestra historia.
¿Qué hemos obtenido a cambio de este esfuerzo? Tenemos menos amigos de los que teníamos en 1945. (…)
Enfrentarse a esos enormes ejércitos [de los países comunistas] en el continente europeo o asiático es insensato, pero esa es la dirección hacia la que ha estado tendiendo nuestra política.
Esa política es suicida. No nos ha creado ni un amigo. Ha mantenido nuestro armamento disperso por el planeta. Ha elegido un campo de batalla y amenaza con elegir otros imposiblemente eliminados de nuestras fuentes de suministro. No ha contenido el comunismo. Mediante nuestros métodos de oposición ha consolidado el comunismo donde, en caso contrario podría haberse disuelto en sus propias disensiones internas. Nuestra política hoy es política y moralmente una política en quiebra.
Kennedy concluía que la única alternativa para Estados Unidos era abandonar toda la política de intervención global y adoptar de nuevo el aislacionismo:
No puedo ver otra alternativa que tener el valor de deshacernos de esta política y empezar con las bases que expuse hace más de cinco años. (…)
El primer paso de esta política sería salir de Corea: en realidad, salir de todas partes de Asia que no planeemos mantener para nuestra propia defensa. Una política así significa que en el Pacífico elegiríamos nuestros campos de batalla si nos viéramos obligados a luchar y nos los tendríamos determinados por consideraciones políticas e ideológicas que no tienen ninguna relación con nuestra propia defensa.
El siguiente paso en esta política es aplicar el mismo principio a Europa. Hoy es ocioso hablar de ser capaces de mantener el frente del Elba o el frente del Rin. ¿Por qué debemos gastar recursos valiosos en intentarlo? (…) Trasladar armas y hombres a una aventura militar quijotesca no tiene ningún sentido. ¿Qué hemos conseguido quedándonos en Berlín? Todo el mundo sabe que podemos ser expulsados en el momento en que Rusia decida expulsarnos. (…)
Los miles de millones que hemos derrochado en estas empresas podrían haberse usado mucho más eficazmente en este hemisferio y en los mares que lo rodean. (…)
Sin embargo, la gente diría que esta política no contendría al comunismo. ¿Lo hace nuestra política actual? ¿Podemos contener a la Rusia comunista si esta decide marchar, con un prolongado frente de batalla en medio de Europa? La verdad es que nuestra única esperanza real es mantener a Rusia, si decide marchar, en el otro lado del Atlántico y hacer al comunismo demasiado costoso tratar de cruzar el mar. Puede ser que esa Europa durante una década o más se convierta en comunista. Pero, al hacerlo, puede fraccionarse como fuerza unificada. El comunismo todavía tiene que demostrar a sus pueblos que es un gobierno que logrará para ellos un mejor modo de vida. Cuanta más gente tenga que gobernar, más necesario será para los que gobiernen justificarse ante los gobernados. Cuantos más pueblos estén bajo su yugo, mayores serán las posibilidades de revuelta. Además, parece seguro que el comunismo extendido por Europa no se contentaría con estar gobernado por un puñado de hombres en el Kremlin. Tito en Yugoslavia ya está demostrando esto. Mao en China es poco probable que acepte órdenes de Stalin.
Después de este pronóstico tan profético (que recibió muchas burlas en su momento) de la inevitable quiebra del monolito comunista internacional, Kennedy añadía valerosamente:
Por supuesto, está política será criticada como apaciguamiento. No hay palabra que se use más erróneamente. ¿Es apaciguamiento renunciar a compromisos insensatos (…) y dejar claro exactamente cómo y para qué lucharás? Si es sensato para nuestros intereses no llegar a compromisos que pongan en peligro nuestra seguridad y esto es apaciguamiento, estoy a favor del apaciguamiento. No puedo sino recordar con claridad el tiempo precioso comprado por Chamberlain en Múnich. Entonces aplaudí esa compra: hoy también la aplaudiría. Por el contrario, hoy hemos eludido un Múnich, pero nos acercamos peligrosamente a otro Dunkerque. Personalmente, yo elegiría escapar de este último.
Y Kennedy concluía, sobre el embrollo que se estaba produciendo en Asia y en los asuntos exteriores en general:
La mitad de este mundo nunca se meterá a los mandatos de la otra mitad. Las dos mitades solo pueden acordar vivir una junto a otra, porque para una absorber la otra es demasiado costoso.
Recuerdo que una actitud de realismo como esta está de acuerdo con nuestras tradiciones históricas. Nunca hemos querido una parte de los rasguños de otros pueblos. Hoy los tenemos y nadie parece saber por qué. ¿Qué ganamos apoyando la política colonial francesa en Indochina o el concepto de democracia en Corea de Mr. Syngman Rhee? ¿Enviaremos ahora a los marines a las montañas del Tíbet para mantener al Dalai Lama en su trono? Puede que sea mejor ocuparnos de nuestros asuntos e interferir solo cuando alguien amenace nuestros negocios y nuestros hogares.
La política que sugiero nos da además económicamente una posibilidad de mantenernos a flote. Durante años, he argumentado la necesidad de no cargarnos con deuda innecesaria. No hay manera más segura de destruir la base de la empresa estadounidense que destruir la iniciativa de los hombres que la hacen posible. (…) Quienes recuerden 1932 saben demasiado bien los peligros que pueden nacer desde el interior cuando tu propio sistema económico no funciona. Si lo debilitamos siendo pródigos en el gasto, ya sea en otras naciones o en guerras extranjeras, corremos el peligro de precipitar otro 1932 y de destruir el mismo sistema que estamos tratando de salvar.
Un Atlas, cuya espalda se curva y cuyas manos están ocupadas en sostener el mundo, no tiene brazos para levantarlos en su propia defensa. Aumentad su carga y lo aplastaréis. (…) Esa es nuestra postura actual. (…) Las sugerencias que hago (…) conservarían a los estadounidenses libres para fines estadounidenses, sin desperdiciarlos en las congeladas colinas de Corea o en llanuras heridas por las batallas de Alemania Occidental.111
Ocho días después, Herbert Hoover respaldaba el discurso de Kennedy con uno propio en una cadena de radio de alcance nacional. Aunque rechazaba llegar tan lejos como Kennedy y de hecho atacaba el «apaciguamiento» y el «aislacionismo» y se burlaba del miedo a los «Dunkerque», Hoover insistía:
Debemos afrontar el hecho de que comprometer las dispersas fuerzas terrestres de las naciones no comunistas en una guerra territorial contra esta masa territorial comunista sería una guerra sin victoria, una guerra sin final feliz. Cualquier intento de guerrear contra el comunismo mediante invasiones territoriales a través de las arenas movedizas de China, India y Europa Occidental, es una completa tontería. Sería la tumba de millones de muchachos estadounidenses y acabaría con el agotamiento de este Gibraltar de la civilización occidental.112
Es instructivo advertir las reacciones del liberalismo organizado ante la tesis Kennedy-Hoover, una postura apoyada por el senador Taft. Junto con la administración Truman y republicanos tan influidos por Wall Street como el gobernador Dewey y John Foster Dulles, Nation y New Republic procedieron a calificar de rojos a estos distinguidos líderes de derechas. Nation lanzaba la acusación:
La línea que proponen para su país debe hacer que resuenen las campanas en el Kremlin como nunca desde el triunfo en Stalingrado. En realidad, la línea asumida por el Pravda es la de que el antiguo presidente no llevó su aislacionismo lo suficientemente lejos.
Y New Republic resumía la postura aislacionista como algo que sostenía que la Guerra de Corea «era creación, no de Stalin, sino de Truman, igual que Roosevelt, no Hitler, causó la Segunda Guerra Mundial». Y en el deseo de Taft, Hoover y Kennedy de aceptar ofertas soviéticas de negociar la paz, New Republic veía una
oposición que no veía nada alarmante en la conquista de Hitler de Europa (y que claramente se tragaría el cebo). Stalin, después de subir la apuesta, como hizo con Hitler, y arrasar Asia, seguiría avanzando hasta que el grupo estalinista de la torre del Tribune mostrara triunfalmente la primera edición comunista del Chicago Tribune.