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Capitalismo es trabajar menos para ganar más

En 1800, había que trabajar, de media, una hora para obtener diez minutos de luz artificial. Hoy, esta misma hora permite comprar 300 días de luz. En 1900, un kilovatio hora de electricidad costaba una hora de trabajo. Ahora cuesta cinco minutos de nuestro tiempo. Comprar una cheeseburger en McDonald’s requería 30 minutos de trabajo duro en 1950. Esta misma hamburguesa cuesta hoy unos tres minutos de nuestra vida.

Según el intelectual británico Matt Ridley, esta evolución es el ejemplo definitivo de la riqueza en las sociedades modernas. En su libro El Optimista Racional, publicado en 2010, evalúa nuestra prosperidad indicando los bienes y servicios que podemos comprar con la misma cantidad de trabajo. Así que el objetivo principal del desarrollo económico es reducir la cantidad de tiempo que tenemos que trabajar para producir lo que necesitamos para vivir.

Este discurso puede sonar sorprendente en un mundo donde se dice a menudo que la “creación de empleo” es el objetivo más importante de la política económica. Pero un empleo no es un fin en sí mismo. Es solo un medio para vivir mejor. Como nos recuerda Milton Friedman en esta conferencia dedicada al libre comercio, no queremos trabajos por sí mismos, sino trabajos productivos: trabajos que nos permitan consumir bienes y servicios que producimos con un gasto mínimo de esfuerzo.

En otras palabras, si el trabajo es el precio que pagamos para obtener cosas que queremos, entonces el progreso económico siempre ha consistido en la disminución de este precio gracias al crecimiento perpetuo de la productividad. Esto explica nuestra capacidad de crear más riqueza con cada vez menos mano de obra y así ahorrar tiempo para actividades más valiosas.

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Fuente: Michael Huberman, Chris Minns, The times they are not changin’: Days and hours of work in Old and New Worlds, 1870–2000

No hay nada secreto acerca de los factores que nos permiten aumentar nuestra productividad. El primero es la división del trabajo y el comercio. Para entender mejor el interés del comercio, hay que imaginar cuál sería nuestra condición sin él. Un joven youtuber llamado Andy George trató de experimentar la fabricación de un bocadillo desde el principio.

Hizo un bocadillo usando tan poco comercio y productos procesados como fuera posible. Tuvo que cultivar vegetales, fabricar queso, hornear pan, todo él solo. Por supuesto, hizo algo de “trampa” utilizando utensilios de cocina y otros “bienes de capital” que no habrían estado disponibles en una economía totalmente autárquica. Pero incluso con esto, gastó 1.500 dólares y seis meses de su vida en conseguir un bocadillo.

Hoy cuesta unos pocos dólares y solo unos minutos comprar un bocadillo en un supermercado. El libre comercio es precisamente lo que nos permite obtener una división cada vez más óptima del trabajo cuando se permite hacerlo a gran escala. Esta división del trabajo nos permite ahorrar tiempo mientras reducimos la pobreza.

Los otros factores que subyacen al crecimiento de la productividad son el progreso técnico y la acumulación de capital. Instrumentos, herramientas y maquinas más eficientes reducen la cantidad de trabajo necesario para producir bienes y servicios que aumenten nuestro bienestar. Sin embargo, estos fenómenos siempre han sido denigrados en nombre de la “protección del empleo”.

El ejemplo histórico más famoso de dicha ansiedad es el movimiento ludita durante el siglo XIX. Trabajadores de la industria textil en Inglaterra se manifestaban contra la extensión de mejores máquinas. La gente temía que este proceso llevara a un mayor desempleo y pobreza. Por supuesto, esta previsión alarmista se ha visto invalidada por la experiencia, de acuerdo con la teoría schumpeteriana de la destrucción creativa.

Hoy hay entre los trabajadores y políticos una extraña nostalgia por los viejos trabajos de manufacturas, llevando a empresarios como Bill Gates a sugerir la necesidad de “gravar a los robots”. Extraña porque esos trabajos de manufactura siempre han sido considerados alienantes para los trabajadores, especialmente por parte de los intelectuales socialistas. Por tanto deberían estar entusiasmados ante la idea de librarse de tareas laboriosas para buscar nuevas oportunidades ofrecidas por una economía dirigida por los servicios. Igual que nadie añora el tiempo en el que todo el mundo trabajaba en el campo, no hay razón para temer tampoco un declive en los trabajos de manufactura.

El proceso de mecanización beneficia a toda la sociedad, generando ganancias de productividad que se redistribuyen a través del decrecimiento de los precios. Igual que el comercio, este proceso nos permite ahorrar tiempo y liberar factores de producción y otros recursos que pueden ser asignados para satisfacer otras necesidades que previamente no existían o eran demasiado costosas como para ser satisfechas. Por eso no hay correlación entre el declive de los trabajos de manufacturas y el desempleo en la OCDE.

Por tanto, la acumulación de capital y el progreso técnico deben aplaudirse y no demonizarse. Por supuesto, esta acumulación necesitaba fuertes requisitos previos institucionales que no van a gustar a los bancos centrales modernos: un entorno que proteja los incentivos para acumular ahorro para invertir en bienes de capital más eficientes.

El libro de Matt Ridley tiene el mérito de refutar todas las declaraciones pesimistas que nos prometen una humanidad cada vez más decadente mientras que la humanidad nunca ha sido tan rica como hoy. Este progreso no implica que debamos estar satisfechos con las situaciones actuales en la medida en la que sigue habiendo muchas cosas a mejorar.

Además, Matt Ridley menciona unas pocas excepciones a la tendencia de los precios globales a disminuir en algunos sectores económicos como la atención sanitaria y la educación. Esto puede resultar sorprendente hasta que recordamos que estas actividades no operan bajo un régimen de libre comercio.

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Image Source: www.flickr.com/photos/zeevveez/
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