Las políticas públicas rara vez se juzgan por los efectos que producen. Se evalúan con mucha más frecuencia por las intenciones que declaran. En The Vision of the Anointed, Thomas Sowell identifica este hábito, no como un mero error analítico, sino como un fracaso moral. Las intenciones no tienen poder causal, los resultados sí.
Esta distinción ofrece una lente precisa para comprender la política fiscal contemporánea cuando los impuestos se presentan como una acción social. Los impuestos rara vez se describen como una extracción; se enmarcan como instrumentos de justicia, cuidado y/o inclusión. El lenguaje desvía la atención de los efectos a los propósitos; el costo se desvanece; la intención se convierte en una coartada.
En esta narrativa, los impuestos no se presentan como una recaudación de ingresos, sino como una corrección social: quitar a los ricos para dar a los pobres.
Sowell observa que las políticas legitimadas por la virtud declarada tienden a adquirir inmunidad ética. Cuando fracasan, no se abandonan, sino que se amplían, se ajustan o se reintroducen con una nueva retórica. El fracaso no desacredita la política porque la intención permanece intacta.
En la política fiscal, esta lógica sustenta la continua expansión de la acción estatal a través de los impuestos, a menudo sin un examen riguroso de los resultados concretos. Los impuestos reactivados, los ajustes técnicos y las nuevas formas de incidencia se justifican como medios necesarios para alcanzar fines sociales más elevados.
Un factor contemporáneo intensifica este proceso: la alta permeabilidad digital de los pequeños gastos y los ingresos modestos. Las transacciones cotidianas se vuelven visibles, rastreables y ajustables casi en tiempo real. La tributación deja de parecer un acto discreto y funciona como un entorno.
Como nos recuerda Sowell, «no hay soluciones, solo compensaciones». El costo de oportunidad de estas elecciones no desaparece, simplemente se desplaza. Bajo una fiscalidad difusa, se disuelve silenciosamente en el cálculo económico cotidiano.
La crítica de Sowell no se dirige contra la preocupación social en sí misma, sino contra la sustitución de la responsabilidad por los resultados por la práctica de la virtud. Nadie vive de intenciones; la gente vive con consecuencias.
Juzgar las políticas por lo que prometen es reconfortante; juzgarlas por lo que producen exige responsabilidad. Es esta norma simple e incómoda la que Sowell devuelve al centro del análisis.
La historia sugiere que lo que reduce la distancia social no es la redistribución por decreto, sino la expansión de los mercados y la libertad individual.