«Estos son hombres que luchan para que el producto de su industria no sea el botín de quienes los esclavizaron; es una guerra innoble. La guerra librada por Pompeyo contra César nos fascina; su objetivo es descubrir quién será la parte que tirannizará al mundo; tiene lugar entre hombres igualmente incapaces de subsistir por sus propios medios; es una guerra noble. Si rastreamos nuestras opiniones hasta su origen, descubriremos que la mayoría han sido producidas por nuestros enemigos». —Charles Comte, De l’organisation sociale, págs. 29-30, citado en Ralph Raico, Classical Liberalism and the Austrian School, págs. 200-201
Para el hombre, la vida no comienza con la respiración, sino con la acción. Para actuar, debe ser dueño de sí mismo. Debe ser libre para elegir. Debe controlar los medios por los que sus elecciones surten efecto en el mundo material. Sin la propiedad de sí mismo, la libertad de acción individual y la propiedad privada, el hombre se ve despojado no solo de la capacidad de actuar, sino también de la responsabilidad moral que da dignidad a la acción. Lo que queda es una existencia sin agencia, y eso no es vida humana.
Vivir como hombre es perseguir fines. Esa búsqueda presupone el control sobre el propio cuerpo, las propias elecciones y los medios a través de los cuales esas elecciones se hacen realidad. La propiedad de uno mismo no es una exigencia política, sino la base de la acción: si un hombre no es dueño de sí mismo, no puede actuar. La libertad es la expresión natural de esa propiedad: el ejercicio libre de la voluntad individual en el mundo material. Pero la voluntad por sí sola no basta. Para actuar, el hombre debe darle forma. La propiedad es, por tanto, la extensión material de esa voluntad: el control sobre los medios escasos mediante los cuales se expresa y se sostiene la vida.
El Estado se opone a estos requisitos de la vida. No produce, sino que se apodera. No sirve, sino que manda. No opera mediante el intercambio voluntario o la persuasión, sino mediante la amenaza y la imposición de la violencia.
Mientras el hombre busca construir, elegir y lograr a través de la propiedad, el intercambio voluntario y la acción, el Estado busca gravar, regular y prohibir. El hombre no solo se ve obstaculizado, sino que se ve extinguido, sus planes se anulan, su juicio se invalida y su vida se niega.
Tratar esto como un debate sobre política o ideología es pasar por alto la verdad praxeológica y existencial: la vida es acción. El carácter del Estado no cambia con las creencias de sus gobernantes. Lo que importa no es quién detenta el poder, sino que el poder existe para negar la acción individual.
Abstraer la libertad del contexto de la vida es cometer un grave error praxeológico y filosófico. La libertad no es un ideal separado, es la vida misma. Hablar de libertad al margen de la vida es hablar de una sombra al margen del cuerpo.
Mientras se siga malinterpretando esto, el hombre seguirá viviendo como una herramienta, no como un agente, discutiendo la libertad como si fuera un adorno o un privilegio, en lugar de lo que es: la condición mínima para que el hombre sea.