Cuando el primer ministro Mark Carney redujo esta semana los aranceles sobre los productos chinos de un asombroso 100 % a un modesto 6,1 %, realizó una hazaña poco común en la gobernanza moderna: eliminó un impuesto punitivo a sus propios ciudadanos y permitió que los precios dijeran la verdad. No se trató ni de una concesión geopolítica ni de una apuesta diplomática, sino de una corrección clínica de una política que se había vuelto económicamente autodestructiva. Mientras que el proteccionismo disfraza la distorsión del mercado como patriotismo, el rechazo de Carney a estas barreras restaura la capacidad de los precios para aportar beneficios reales y cuantificables a la vida de la gente común.
Aclarando un error común
Una falacia persistente en la política comercial es la idea de que «los extranjeros pagan los aranceles». Si eso fuera cierto, una nación podría hacerse infinitamente rica simplemente imponiendo un arancel del x por ciento, lo que sería el colmo de la gratuidad. Sugerir que un impuesto sobre las importaciones es una factura que paga el exportador es una mentira económica que roza la imbecilidad absoluta.
En realidad, los aranceles son una transferencia forzosa de riqueza de la mayoría a la minoría, pagada por las familias nacionales, las tiendas locales y los contribuyentes. La teoría económica y la práctica histórica confirman que las barreras al comercio no protegen el pastel nacional, sino que lo reducen. El objetivo de una política sensata debería ser ampliar la mesa para que todos puedan comer, respetando los principios del intercambio abierto en lugar de reorganizar las porciones restantes de forma que se perjudique el interés público.
Los precios como un aumento salarial silencioso
Un arancel del 100 % es, en la práctica, una prohibición disfrazada de impuesto. Duplica el precio de un bien por decreto, lo que obliga a las familias a pagar una «prima de lealtad» o a renunciar por completo al producto. Al reducir esa barrera al 6,1 % para una cuota de 49 000 vehículos, Carney concedió efectivamente a todos los consumidores un enorme aumento de su poder adquisitivo.
No se trata de retórica ideológica, sino de aritmética, lógica y compasión. Las personas no viven de salarios nominales, sino de lo que realmente pueden comprar con sus ingresos. Los precios al consumo más bajos equivalen a un aumento salarial universal —que no requiere solicitud y nunca caduca. Es un regalo para los hogares de ingresos medios y bajos, para quienes el costo de los productos básicos determina su calidad de vida. Este efecto es difuso e inmediato, y llega mucho más lejos en la realidad cotidiana de los hogares que las ganancias limitadas y frágiles que promete el proteccionismo.
El comercio es entre personas, no entre banderas
Los críticos que enmarcan el comercio como una competencia entre naciones confunden la esencia del intercambio. Cuando una empresa extranjera vende en un mercado nacional, no «roba» la riqueza nacional, sino que aporta valor, fomenta las conexiones y sienta las bases para una paz duradera. Sustituye el antiguo impulso de conquista por la gracia moderna de la cooperación, garantizando que nuestro crecimiento no se logre a expensas de nuestros vecinos, sino junto a ellos.
La intuición de suma cero —que la ganancia de un país debe ser la pérdida de otro— se derrumba ante la realidad del beneficio mutuo. Nadie se empobrece porque otra persona haya producido algo con esmero y lo haya vendido voluntariamente. La verdadera medida del éxito nacional es el bienestar humano: los ingresos ajustados al coste, el acceso a la variedad y la libertad de invertir en nuevas oportunidades para la próxima generación.
El costo oculto de la protección
El atractivo del proteccionismo es puramente político, pero su consecuencia es la incapacitación económica. Los aranceles protegen a las empresas ineficientes y desalientan la innovación que hace avanzar a la humanidad. Cuando una empresa está aislada de sus rivales, pierde el incentivo urgente de mejorar. Se estanca y, finalmente, queda paralizada por los mismos escudos destinados a salvarla.
El enfoque de Carney invita a la economía a ser honesta, racional y resistente. Aunque la presión de la competencia global puede resultar incómoda, es la única cura conocida para el letargo institucional. Los aranceles proteccionistas intentan «salvar» puestos de trabajo bloqueando el capital en el pasado; la medida de Carney avanzó hacia el tipo de fortaleza económica que proviene de ser el mejor, no el más protegido.
Libertad, mercados y agencia humana
En esencia, se trata de una restauración del derecho fundamental a participar en el mundo. El verdadero capitalismo es la arquitectura sagrada de la agencia humana —un orden vital basado en la libertad de asociarse o desvincularse, de expresar o retener el valor, y de comerciar o boicotear según la propia conciencia.
Es precisamente esta libertad la que fomenta la paz, la legitimidad y la abundancia esenciales para nuestro progreso colectivo. Al reducir estas barreras, Carney ha sustituido la imprevisibilidad arbitraria por la chispa del ingenio humano y la estabilidad orgánica.
Conclusión
En última instancia, la eliminación de los aranceles es una rendición ante una verdad fundamental: la riqueza de una nación no se encuentra en la altura de sus muros, sino en la sabiduría de sus acciones, la profundidad de sus conexiones y la libertad soberana de su pueblo para construir juntos un futuro más justo, más saludable y más próspero.