Hay un argumento perezoso, que se repite a menudo en los círculos políticos e intelectuales de la India: «El capitalismo es solo para aquellos que ya tienen capital. Por eso no funciona para los pobres». Suena empático y moral, pero es profundamente erróneo. Este argumento analiza el capitalismo a nivel superficial en lugar de a nivel sistémico. Confunde las condiciones de entrada con las condiciones de supervivencia. El capitalismo no tiene éxito ni fracasa en función de quién empieza siendo rico o pobre. Funciona en función de cómo se comportan los individuos una vez que entran en el sistema. A menudo se malinterpreta como una estructura puramente financiera, cuando en realidad es ante todo un sistema de comportamiento. El dinero entra más tarde.
El capitalismo observa constantemente cómo se comportan las personas cuando los recursos son limitados, cuando las oportunidades parecen atractivas y cuando los riesgos permanecen invisibles a primera vista. Los que se comportan de forma responsable sobreviven, mientras que los que se comportan de forma imprudente acaban siendo eliminados. Para entender esta diferencia, no se necesita teoría. Solo se necesita una historia.
El auge y la caída de un icono capitalista
La historia es la de un empresario indio que en su día fue una estrella de las salas de juntas de todo el mundo y el favorito de los medios de comunicación, los banqueros y los inversores. Según Forbes y otros indicadores de riqueza mundial, su patrimonio neto rondaba los 42 000 millones de dólares (USD) en 2008, lo que le convertía en la sexta persona más rica del mundo en ese momento. Su imperio abarcaba las telecomunicaciones, las infraestructuras, la energía, la defensa, los medios de comunicación, el entretenimiento, los seguros, los fondos de inversión y los servicios financieros, conocidos colectivamente como el Grupo ADAG.
Se trata de Anil Dhirubhai Ambani, hijo de Dhirubhai Ambani. Hoy en día, esta misma persona lucha con un patrimonio neto que es una fracción del que tenía en su momento álgido, según se informa, cercano a los 500 millones de dólares. La caída fue dramática, pública y dolorosa. Este colapso no se produjo porque le faltara capital, acceso, pedigrí o educación. Se produjo porque el capitalismo castiga la expansión agresiva sin disciplina, el apalancamiento sin sincronización y el optimismo sin control de riesgos. El mercado no castiga la falta de dinero. Castiga la falta de criterio, recompensa a quienes retrasan la gratificación, miden cuidadosamente el riesgo y comprenden que cada decisión conlleva un coste de oportunidad.
Deuda, oportunidad y la ilusión del crecimiento infinito
La caída de ADAG se debió principalmente a la expansión con un alto nivel de deuda, agravada por los riesgos políticos y empeorada por la crisis financiera mundial de 2008. En el capitalismo, hacer apuestas equivocadas en el momento equivocado no solo genera pérdidas, sino que atrapa a las empresas en una trampa de deuda. Una vez que los flujos de efectivo se debilitan y el apalancamiento permanece fijo, las opciones de salida desaparecen. En 2008, ADAG lanzó una de las OPI más históricas de la India (es decir, Reliance Power). La emisión generó un gran revuelo y valoraciones eufóricas. Sobre el papel, el patrimonio neto de Anil Ambani se disparó de la noche a la mañana. Los banqueros hacían cola, el crédito era barato y la confianza abundaba. Tenía un apellido poderoso, acceso global al capital, una educación de élite en Wharton, una escala enorme y una fuerte visibilidad mediática y política, pero fracasó. El capitalismo no recompensa el pedigrí, sino el flujo de caja, el timing y la supervivencia. Miles de actores indisciplinados son eliminados silenciosamente por el capitalismo mucho antes de que se hagan visibles, pero sus historias no encajan en las narrativas populares y rara vez se discuten.
Cuando el optimismo sale caro
Es importante dejar claro que Anil Ambani no era un estafador ni un capitalista criminal. Su colapso no se debió al engaño. Era un capitalista demasiado optimista que operaba en un país donde la estabilidad política y la paciencia financiera son limitadas. La India no es un mercado que perdone durante mucho tiempo los modelos con un alto nivel de apalancamiento. Cuando los ciclos políticos cambian y la financiación se agota, los balances se exponen de forma brutal. Esta realidad hace que la historia de Anil Ambani resulte incómoda para quienes sostienen que el capitalismo solo funciona para las personas con capital, acceso y herencia. Él tenía las tres cosas y aún así fracasó. El capitalismo exige más que capital, requiere disciplina para decir no, paciencia para esperar los ciclos en lugar de perseguir la moda, y control de riesgos que priorice la supervivencia antes que el crecimiento. El capital sin disciplina se convierte en un apalancamiento peligroso, y la herencia a menudo crea presión y trampas de privilegios. Anil Ambani tenía una fuerte mentalidad de crecimiento, pero carecía de una mentalidad de preservación del capital.
El contraste con Mukesh Ambani
El contraste con Mukesh Ambani aclara aún más esta lección. Durante décadas, Mukesh Ambani se centró en negocios con flujos de caja aburridos pero predecibles, en particular la refinería y los productos petroquímicos. El crecimiento fue lento y la expansión calculada, con una estricta disciplina en el balance. Cuando finalmente apostó fuerte por Jio, lo hizo respaldado por unos bolsillos profundos y una paciencia extraordinaria. Se absorbieron las pérdidas, se ampliaron los plazos y los flujos de caja de los negocios tradicionales respaldaron la experimentación. En el capitalismo, el ganador no es quien apuesta más, sino quien permanece más tiempo en la mesa. El éxito no se consigue con avances repentinos, sino con decisiones repetitivas y aburridas tomadas correctamente durante largos periodos de tiempo. Aquí es donde las personas formadas por la escasez obtienen mejores resultados. Calculan las consecuencias, respetan los límites y viven dentro de las restricciones. El capitalismo recompensa la resistencia, no la emoción.
Por qué esta historia es importante para los pobres
La historia de Anil Ambani destruye la creencia de que el capitalismo favorece automáticamente a los ricos y excluye a los pobres. El capital ayuda, pero no es decisivo. Si el capital por sí solo determinara los resultados, Anil Ambani nunca habría fracasado, todos los niños ricos se convertirían en multimillonarios y la riqueza heredada sería permanente. La realidad demuestra lo contrario. De hecho, más capital con menos disciplina a menudo garantiza un fracaso más rápido. El capitalismo no pregunta si eres rico o pobre. Pregunta si entiendes los límites. Los que respetan los límites crecen de forma constante, mientras que los que los ignoran crecen rápido y caen más rápido. Desde esta perspectiva, el capitalismo no es cruel, sino imparcial. No discrimina emocionalmente, pero es implacable con el comportamiento irresponsable. Los pobres entran en el capitalismo, no con capital, sino con un comportamiento que combina habilidades, paciencia, una mentalidad compuesta, evitación de riesgos y un enfoque nítido en los flujos de caja. El capitalismo comienza con la confianza, no con los préstamos. Una relación comercial comienza cuando alguien confía en que respetarás el dinero.
La escasez como entrenamiento, no como trauma
La lección más importante en economía es la escasez, y aquí los pobres tienen una ventaja. Para ellos, la escasez no es un capítulo de un libro de texto, sino un sistema operativo diario que consiste en usar hasta la última gota de pasta de dientes, apagar las luces y elegir reparar en lugar de reemplazar. Estas son decisiones microeconómicas que forman la base del capitalismo. Las personas pobres aprenden la supervivencia del más apto de la propia vida. Muchas personas ricas, protegidas por respaldos y la capacidad de absorber los errores, tienen dificultades cuando aparece el riesgo real y hay que controlar el ritmo de gasto.
Los pobres aprenden a respetar los recursos limitados para satisfacer de manera eficiente deseos ilimitados, lo que les lleva a tomar mejores decisiones en cuanto al flujo de caja, reducir el riesgo de pérdidas y aumentar la probabilidad de supervivencia. Los pobres suelen aprender primero a ahorrar, mientras que los ricos suelen aprender primero a presumir. Por eso se puede afirmar con seguridad: «La escasez no me hizo pobre, la escasez me hizo capitalista». La escasez no es un trauma, es un entrenamiento. El capitalismo no recompensa el lugar de donde vienes. Recompensa lo bien que respetas los recursos cuando finalmente llegas.
Conclusión
El capitalismo no es una promesa de comodidad, es una prueba de carácter. No garantiza el éxito a nadie —ni a los ricos ni a los pobres—, pero garantiza consecuencias para todos. Aquellos que respetan los límites, comprenden el riesgo y valoran la supervivencia por encima de la velocidad son recompensados discretamente con el tiempo. Aquellos que persiguen la escala sin disciplina son eliminados, independientemente de su pedigrí. Por eso el capitalismo no debe juzgarse por quién empieza con ventaja, sino por quién perdura. La escasez, la moderación y la paciencia no son desventajas. Son preparación. Al final, el capitalismo no pregunta de dónde vienes, sino que plantea una pregunta más simple y dura: ¿respetaste los recursos cuando más importaba?