Mises Wire

Home | Wire | La guerra contra el efectivo es todavía peor de lo que parece

La guerra contra el efectivo es todavía peor de lo que parece

  • ounds_1.PNG
0 Views

Tags Dinero y BancosDinero y Banca

04/27/2018

El Instituto Adam Smith ha publicado recientemente mi informe “Killing the Cash Cow: Why Andy Haldane is Wrong on Demonetisation” sobre la propuesta de Andy Haldane (“How low can you go?”) para abolir el efectivo. [Advertencia: Andy y yo somos viejos amigos y le critico de mala gana]. Creo que Andy ha hecho algunas contribuciones maravillosas al debate sobre la política económica desde el inicio de la Crisis Financiera Global, pero esta no es una de ellas. Más bien creo que quienes defienden o incluso están dispuestos a considerar la abolición del efectivo siguen una idea muy mala.

En este artículo me gustaría resumir mi crítica de la propuesta de Haldane y ponerla en contexto con la más amplia guerra contra el efectivo (GcE).

Andy hizo su propuesta en un discurso en Portadown, Irlanda del Norte, el 18 de septiembre de 2015. Confieso que me horrorizó cuando lo leí y escribí un primer borrador poco después. Por diversas razones fui incapaz de trabajar sobre él hasta este año y de ahí el retraso en la publicación. En el período intermedio, hubo más novedades importantes entre las que destacan dos en particular. La primera fue la publicación del libro de Ken Rogoff, The Curse of Cash, en agosto de 2016 y el segundo fue la GcE india, la política anunciada inesperadamente por el primer ministro Narendra Modi en noviembre del año pasado por la que los billetes de valor más alto (los billetes de 500 y 1.000 rupias, que constituyen el 86% de la oferta en billetes) iban a ser retirados de la circulación casi inmediatamente. Hablo de estas cosas en la versión revisada de mi informe, pero decidí no ocuparme de ellas con gran detalle porque este ya era bastante largo y el experimento indio está en marcha.

Lo primero que hay que señalar es que la GcE no se limita a los asuntos tecnocráticos relacionados con las tecnologías de pago: los sistemas de pago sin efectivo ya son comunes y se están extendiendo. Sobre el tema del efectivo frente a lo digital, a veces el efectivo es mejor (por ejemplo, para pequeñas transacciones anónimas) y a veces es mejor lo digital (por ejemplo, cuando las partes afectadas tienen la tecnología y el anonimato no es un problema). Por el contrario, el problema esencial de la GcE es si la gente debería ser obligada a no usar efectivo y este problema es de profunda importancia. En pocas palabras, mi argumento es que la abolición del efectivo amenaza con causar un extenso daño económico (como ejemplo, basta con ver lo que ha estado pasando en la India) y con tener un impacto devastador sobre muchos de los más vulnerables de nuestra sociedad. También amenaza con destruir lo que queda de nuestra privacidad y de nuestra libertad financiera: no podíamos comprar ni un chicle sin que el gobierno lo supiera y diera su aprobación.

El apoyo de Haldane a la abolición del efectivo no recibió la respuesta generalmente positiva que normalmente obtienen sus declaraciones políticas. Mi sondeo informal de los comentarios del blog acerca de este en el Financial Times inmediatamente después sugiere que aproximadamente el 75-80% de los lectores se oponían a él, algunos vigorosamente. “Es casi fascista en su tono. Una acción totalitaria para controlar todo el gasto”, escribía un blogger. “Vive en una burbuja intelectual. Pondría en peligro nuestra libertad democrática para la experimentación financiera”, escribía otro. Sus críticos incluían a Andrew Sentance, un antiguo miembro del Comité de Política Monetaria del Banco de Inglaterra: “Siento decirlo, pero aquí Andy Haldane está esparciendo mierda”, decía Sentance en Twitter.

El núcleo del argumento es el siguiente. Su preocupación principal es el espacio de maniobra del banco central: su ámbito para reducir los tipos de interés si siente la necesidad de hacerlo. Este espacio de maniobra depende de tres factores. Los dos primeros son el tipo real de interés y el objetivo de inflación y la tasa de inflación y el tipo real juntos determinan el tipo nominal. El tercero es el límite inferior de cero (ZLB, por sus siglas en inglés), el tipo de interés más bajo que puede lograr el banco central sin disparar un traslado general de los depósitos al efectivo y en la práctica este ‘ZLB’ estaría por debajo de 0.

El problema al que se enfrenta es que las bajadas a largo plazo en los tipos reales (debidas a factores están fuera del control del Banco de Inglaterra) han reducido este espacio de maniobra y está buscando medios para volverlo a agrandar. Entre las opciones que considera está abolir el efectivo en caso de que el banco central deba querer implantar una política de tipos negativos de interés (PTNI). Sin efectivo, ya no hay un ZLB que impida que el banco central entre el territorio de los tipos negativos.

Para ser justos, no dice realmente que quiera tipos negativos o que quiera abolir el efectivo. Por el contrario, da una perspectiva tecnocrática en la que considera estas como opciones que deberían considerarse junto con otras más convencionales como, por ejemplo, aumentar el objetivo de inflación. Pero lo que es alarmante para mí es que esté dispuesto siquiera a poner estas opciones sobre la mesa como si la PTNI y la prohibición del efectivo fueran meramente ejercicios técnicos que no conllevaran un montón de grandes problemas económicos, sociales y de otro tipo. Sobre estos problemas centro mi informe.

Por qué la PTNI es errónea

Dejadme que haga primer algunos comentarios sobre la PTNI. Un problema es que busca insistir en una política monetaria no convencional, en concreto las políticas de tipos bajos de interés (PTBI) y las políticas de tipos cero de interés (PTCI). Pero ya llevamos casi una década con esas políticas y los resultados han sido decepcionantes. Ante ese historial, yo sugeriría que la conclusión natural tendría que ser que las políticas que tratan de lograr estímulos a través de tipos de interés cada vez más bajos han sido probadas hasta la extenuación y deberían descartarse como fracasadas.

Sin embargo, los keynesianos más extremistas (incluido Haldane) han conseguido convencerse de que el problema no es que las políticas de tipos de interés no tengan sentido, sino que no se han intentado a una escala suficientemente ambiciosa: primero nos aseguraron confiadamente que necesitábamos una PTBI. Cuando esta fracasó, nos aseguraron que necesitábamos una PTCI y ahora que la PTCI ha fracasado nos aseguran confiadamente que deberíamos considerar seriamente una PTNI.

Siguiendo la misma lógica, los que argumentan que la planificación centralizada ha fracasado se equivocan: la planificación centralizada solo parece haber fracasado porque no se ha intentado con suficiente entusiasmo.

Personalmente, no me convence. Res ipse locquitur, como dicen los juristas: las cosas hablan por sí mismas.

Otro problema de la PTNI es que los tipos negativos de interés no son naturales. Como explica cualquier libro de texto decente de economía, la teoría económica sugiere que los tipos de interés deberían ser positivos y por dos razones distintas. La primera se relaciona con la preferencia temporal, nuestra preferencia por consumir ahora en lugar de después, lo que lleva a un tipo positivo de interés como compensación por retrasar el consumo. Mi amigo Alasdair Macleod es muy preciso en este caso: “La PTNI es un concepto absurdo. Contraviene las leyes de la preferencia temporal, ordenando por decreto que el efectivo vale menos que el crédito”.1 La segunda se relaciona con la productividad del capital y la compensación por el riesgo de impago: te presto para permitirte que continúes con tu proyecto de inversión, pero solo si me ofreces algún aliciente para hacerlo, por ejemplo, un interés, que también podría incluir una prima adicional para compensarme por el riesgo de que no me pagues. Así que la PTNI puede así describirse mejor como política de tipos completamente absurdos de interés o PTCAI.

Bagehot escribió una vez que “John Bull puede aguantar muchas cosas, pero no puede aguantar un 2%”. Con esto quería decir que John Bull no podía aguantar un tipo de interés tan bajo como el 2%, no digamos un tipo negativo de interés. De hecho, durante 319 años antes de 2009, el tipo bancario nunca había estado por debajo del 2%.

De hecho, los tipos recientes de interés están más bajos que en cualquier 2momento a lo largo de los últimos 5.000 años. Creo que estos hechos nos cuentan algo: confirman que los tipos negativos de interés no son naturales y sugieren que los legisladores están jugando con fuego si tratan de hacer negativos los tipos. En todo caso, quienes defendéis los tipos negativos de interés, contadme: ¿por qué nunca tuvimos tipos negativos de interés en los cerca de cinco milenios desde Hammurabi, pero los necesitamos ahora? No consigo ver en qué ha cambiado de repente el mundo o por qué algo que era considerado irresponsable antes de la crisis debería considerarse ahora necesario. De hecho, me pregunto cómo respondería Haldane a su propia pregunta: ¿hasta dónde llegaríamos bajándolos? Al caer potencialmente los tipos de interés en territorio negativo, ¿cómo sabríamos donde parar?

Tiemblo al pensar en las consecuencias no pretendidas de tal viaje monetario a lo desconocido, pero en algún punto de este proceso (al caer cada vez más los tipos de interés) se detendrá el ahorro, se detendrá la inversión, se detendrá la acumulación de capital y luego nos daremos la vuelta y el sistema financiero volverá a asentarse sobre tipos positivos de interés. La contradicción entre preferencia temporal positiva y retorno sobre el capital, por un lado, y tipos de interés cada vez más negativos, por el otro, destrozaría la economía en formas que apenas podemos empezar a entender. Repito, ¿hasta dónde llegaríamos bajándolos? Ni idea, pero probemos.

Podemos pensar que esto ya es bastante malo, pero hay algunos problemas más. Supongamos que pudiera implantarse la PTNI y que el banco central hubiera seleccionado el tipo negativo de interés “correcto”, supongamos un 5%. Tenemos por tanto un estado constante en el que los depósitos bancarios serán gravados a un tipo del 5% anual, así que, en general, la oferta monetaria estaría disminuyendo aproximadamente al mismo tipo. Así que la PTNI implicaría un impuesto sobre los depósitos y una oferta monetaria decreciente. ¿De dónde provendría entonces el estímulo? ¿Cuándo es estimulante un impuesto? Los de la PTNI no lo han pensado.

La implantación es también un gran problema. Si el banco central impusiera tipos de interés sobre los depósitos muy por debajo de cero habría una huida del sistema bancario guardando la gente efectivo, que ofrece un tipo de interés cero, frente a los depósitos, que ofrecerían tipos negativos. Dejando aparte que esta huida del efectivo causaría grandes problemas de estabilidad financiera, también haría descarrilar rápidamente la PTNI.

Aboliendo el efectivo

Así llegamos a la solución de Haldane a este último problema: abolir el efectivo. No presumo de ser capaz de describir todos los efectos negativos de abolir el efectivo, pero algunos son evidentes. Hay muchas transacciones para las que el efectivo es el medio ideal de pago y es por alguna razón por lo que el efectivo se usa en el 85% de las transacciones globales.3 El efectivo es una manera muy eficaz de llevar a cabo las transacciones pequeñas: no tiene coste y es fácil de usar, las transacciones en efectivo son inmediatas y flexibles, el efectivo es muy anónimo y tradicionalmente el anonimato del efectivo se considera uno de sus mayores beneficios, el efectivo no necesita una contraseña y, al contrario que una cuenta bancaria, no puede ser hackeado, el estado del arte en la tecnología contra falsificaciones (pensad en el dólar canadiense, no en el dólar de EEUU) lo hace más difícil de corromper que muchas divisas digitales y la utilidad del efectivo no depende de una tecnología que podría fallar. La mayoría hemos experimentado situaciones en las que hemos tenido dificultades para pagar una factura en un restaurante o una gasolinera debido a algún fallo del sistema por parte de nuestro proveedor de tarjetas de débito o crédito y hemos tenido que recurrir en ese caso al efectivo para resolver el problema. Buena suerte al tratar de resolver esos problemas cuando el gobierno no os permita usar ningún efectivo en absoluto. Estos son beneficios importantes que desaparecerían si se aboliera la efectivo.

También tenemos que considerar el impacto que tendría la prohibición del efectivo sobre grupos vulnerables. Para que funcione como se pretende, todos deberían tener la tecnología digital y debería ser capaces de hacerla funcionar. Bueno, mucha gente no tiene esa tecnología y hay muchos más a los que les costaría trabajar con ella o serían muy vulnerables si se les obligara a depender de ella. Consideremos al mendigo, que depende para su supervivencia de pedir monedas en la esquina. Su misma existencia depende el efectivo y no puede esperarse razonablemente que esas personas puedan ajustarse fácilmente a una economía sin efectivo: muchos no tienen teléfonos móviles y no sabrían cómo usarlos si tuvieran que hacerlo. No hace falta decir que prohibir el efectivo causaría grandes problemas a los ancianos. Los que tenemos cierta edad en Reino Unido e Irlanda recordamos muy bien las dificultades que supuso la decimalización para nuestros abuelos. A mí no me gustaba la moneda decimal (las antiguas monedas eran espléndidas), pero pude ajustarme fácilmente a ella. Sin embargo, mi abuela tuvo terribles dificultades y nunca llegó a acostumbrarse. Prohibir el efectivo causaría problemas similares para los ancianos, y tal vez peores.

Lo que quiero decir es que no es razonable esperar que grandes sectores de nuestra sociedad (especialmente los sectores más vulnerables) sean capaces de ajustarse a la abolición del efectivo. De hecho, creo que puedo decir con seguridad que una gran cantidad de estas personas (los pobres, los enfermos y los ancianos) no se verían solo impotentes sino también devastados por la abolición del efectivo.4 Desde esta perspectiva, la propuesta de abolir el efectivo es sencillamente cruel: es difícil imaginar alguna otra medida económica que pueda causar tanto sufrimiento humano.

Naturalmente, no sugiero ni por un momento que cualquiera de los que defienden la abolición del efectivo pretenda esas consecuencias; lo que sugiero es que no se han dado cuenta de cuáles serían las consecuencias de sus propuestas.

No son solo estos grupos los que se verían afectados negativamente, sino también quien no tenga una cuenta bancaria y potencialmente cualquiera con un perfil digital no convencional que no cumpla con todos los requisitos. Como escribe Brett Scott:

Así que buena suerte si os encontráis con solo apariciones esporádicas en los libros oficiales del estado, si sois emigrantes rurales sin una fecha de nacimiento registrada, padres identificables o un número de identificación personal. Lo siento si os faltan indicaciones de estabilidad, si sois viajeros solitarios sin dirección permanente, número de teléfono o correo electrónico. Perdón si no tenéis símbolos de estatus, si sois estafadores de la economía informal sin activos y con una renta baja y discontinua. Mis condolencias si no tener sellos oficiales de aprobación para los cuerpos guardianes, como certificados universitarios o registros de empleo en una empresa formal. Adiós si tenéis un mal historial de relaciones con instituciones reconocidas, como un historial criminal o de morosidad en el pago.

No es un problema pequeño. El Banco Mundial estima que hay 2.000 millones de adultos sin cuentas bancarias, e incluso quienes las tienen siguen confiando a menudo en la flexibilidad informal del efectivo para las transacciones cotidianas. Son personas que muestran indicaciones indelebles de ser incompatibles con el espacio de las instrucciones formales. Son a menudo tan poco rentables para los bancos que no justifican el gasto de darles cuentas. Esta es la economía oculta, invisible para nuestros sistemas.

La economía en la sombra no es solo gente “pobre”. Es potencialmente cualquiera que no haya internalizado la expresión correcta de normalidad del estado-corporación y cualquiera que busque un estilo de vida fuera de la ortodoxia. El futuro presentado por los supuestos gurús de la innovación no tiene espacio para la gente flexible, impredecible o invisible.5

Luego mi informe explica las implicaciones de la GcE para la privacidad financiera y la libertad civil y acaba con algunas reflexiones acerca de la transformación del banco central del prudente guardián del sistema financiero que solía ser al más temerario y arriesgado de todos: su posición esencial única expone a todo el sistema a las consecuencias de cualquier error que cometa de una manera que no puede igualar ninguna otra institución.

Un aspecto de la GcE que se menciona en el trabajo de Haldane, pero no se desarrolla, es el argumento de que el efectivo debería abolirse porque lo usan los criminales. Este argumento es en realidad el pilar central del alegato de Rogoff para reclamar la abolición del efectivo. El libro de Rogoff ha sido estupendamente criticado en una serie de reseñas de personas a las que respeto (Martin Armstrong, Peter Diekmeyer, Doug French, David Gordon, Jim Grant, Dan JoppichNorbert Michel y Tim Worstall), pero dejadme añadir un par de comentarios propios:

La primera es el evidente absurdo de cualquier argumento relacionado con que algo debe prohibirse sencillamente porque lo usan los delincuentes. Bueno, los delincuentes usan clips y aceras, ¿por qué no los eliminamos también? Pensándolo bien, los criminales usan muchos abogados para la defensa, así que deberíamos sin duda eliminarlos. Ya podéis ver lo que quiero decir. Siguiendo esta lógica, deberíamos prohibir todas las cosas y servicios y destruir toda nuestra civilización a lo largo del proceso, porque los delincuentes se benefician de ellos. Sí, los criminales los usan, pero el resto nos beneficiamos también de ellos. Y si realmente tenemos que entrar en esta mentalidad de abolir algo, tenemos una solución mucho más sencilla que resolvería el problema de raíz: limitémonos a abolir a los delincuentes y que nos dejen a los demás en paz.

La segunda es que el argumento de los “delincuentes” no considera que estos no se limitan a usar el efectivo para llevar a cabo y financiar sus indignas actividades. De hecho, el efectivo no es ni siquiera su instrumento preferido. Lo que pasa en la calle (eso creo) es que los criminales inteligentes ni siquiera tienen que usar efectivo: los vales de regalo de Amazon son mucho mejores. Más en serio, una evaluación del riesgo del gobierno de Reino Unido sobre blanqueo de dinero y financiación terrorista en octubre de 2015 clasificó el efectivo como el tercer mayor factor de riesgo poco por delante de los proveedores de consejo legal.6 El segundo clasificado eran los proveedores de servicios de contabilidad y el factor de riesgo número uno eran los bancos. Así que abolir el efectivo se ocuparía del factor de riesgo clasificado en tercer lugar, pero los dos principales factores de riesgo seguirían ahí. Pero si estamos decididos a resolver el problema de los delincuentes ¿por qué querríamos entonces acabar con el factor de riesgo clasificado en tercer lugar, pero dejaríamos sin tocar los factores de riesgo clasificados primero y segundo? Más aún, tanto los bancos como los proveedores de servicios de contabilidad ya están altamente regulados, especialmente en el área de las transacciones ilícitas. El hecho de que hayamos tenido esas regulaciones durante mucho tiempo y los bancos y las firmas de contabilidad sigan siendo los principales factores de riesgo sugiere que esta regulación ha fracasado de una manera bastante deprimente. En resumen, no culpemos al efectivo. El principal problema es el fracaso regulatorio, y esto una sorpresa.

Me parece que el próximo paso importante en el desarrollo de esta literatura serán grandes estudios de casos empíricos, que mostrarán cómo funciona en la práctica la GcE: cómo se implanta en cada caso particular y por qué, los problemas que crea y especialmente las consecuencias no pretendidas. Los dos casos principales son evidentemente los más interesantes: Escandinavia, donde la economía monetaria digital está muy desarrollada y el uso del efectivo está limitado y, por supuesto, India, que sigue siendo una economía predominantemente basada en el efectivo. Hasta donde yo sé, las experiencias de estos países confirman ampliamente las peores preocupaciones de los que nos oponemos a la GcE.

Si esta conclusión es correcta y podemos divulgar este mensaje, hay muchas posibilidades de que podamos devolver a este genio concreto a la botella a la que pertenece.

  • 1. A. Macleod, “From ZIRP to NIRP”, GoldMoney, 24 de septiembre de 2015.
  • 2. A. G. Haldane, “Stuck”, discurso realizado en la Open University, Milton Keynes, 30 de junio de 2015, p. 3, gráfico 5.
  • 3. Ver https://mastercardadvisors.com/content/dam/advisors/en-us/documents/MasterCardAdvisors-CashlessSociety.pdf.
  • 4. El número de personas en riesgo a este respecto es terrible. No conozco las figuras para Reino Unido, pero un reciente estudio para EEUU indicaba que había 1,65 millones de familias en EEUU (con 3,55 millones de niños) que estaban viviendo en una pobreza extrema, definida como menos de 2$ por persona y día, en 2011. Según mi estimación, esos son aproximadamente el 1% de las familias de EEUU. Ver H. L. Shaefer y K. Edin, “The Rise of Extreme Poverty in the United States”, Pathways, Verano de 2014, pp. 28-32.
  • 5. B. Scott, “The War on Cash has begun — and with it, the death of informal, unaccounted-for behaviour”, New Statesman Tech, 23 de agosto de 2016.
  • 6. Ver UK Government, UK national risk assessment of money laundering and terrorist financing, Octubre de 2015.

Kevin Dowd is professor of finance and economics at Durham University in the United Kingdom. He is a lifelong libertarian and his thinking is heavily influenced by Austrian and Public Choice economics. His main areas of interest are free banking, central banking and private money. Dr. Dowd is an adjunct scholar at the Cato Institute, research fellow of the Independent Institute, senior fellow of the Adam Smith Institute (London) and of the Cobden Centre for Honest Money and Social Progress, and member of Economists for Free Trade (formerly Economists for Brexit). Among his books, he is editor (with Richard Timberlake) of the book, Money and the Nation State: The Financial Revolution, Government, and the World Monetary System.

Note: The views expressed on Mises.org are not necessarily those of the Mises Institute.
Image source:
iStock
When commenting, please post a concise, civil, and informative comment. Full comment policy here

Add Comment

Shield icon wire