Imagina que navegas en un barco por un mar sereno e impresionante. Las aguas brillan a tu alrededor, invitadoras y atractivas, pero esconden graves peligros más adelante. Esto es «escuchar el canto de las sirenas» —dejarse engañar por algo que, aunque suena encantador, conduce a la ruina. La expresión proviene de la mitología griega, donde las sirenas atraían a los marineros con su hipnótico canto, llevándolos a la destrucción. En sentido figurado, «escuchar el canto de las sirenas» significa dejarse engañar por algo que parece irresistible pero que conduce a la destrucción.
Mientras paseaba por la sección de novedades de una librería en Brasilia, me encontré con una obra que puede considerarse un auténtico canto de sirena moderno: la traducción al portugués del libro It’s OK to Be Angry About Capitalism (Está bien enfadarse con el capitalismo), del senador de los EEUU Bernie Sanders (Cia das Letras, 2024). Esta obra ejemplifica cómo las ideologías atractivas pueden seducir al público con promesas aparentemente irresistibles, pero engañosas y destructivas. Al igual que los marineros de la antigüedad, muchos pueden sentirse tentados por estas ideas sin darse cuenta de los peligros que entrañan.
La vibrante portada no deja lugar a dudas sobre su contenido inflamado. Ahí está él, presentándose como el eterno precandidato a la presidencia de los EEUU, siempre en contra de Donald Trump, y lanzando las palabras de moda que circulan en las redes sociales: «¡Los multimillonarios no deberían existir!». ¿Y cómo aceptar que tres de ellos posean más riqueza que la mitad de la población? ¿O permitir que las elecciones estén dominadas por los ricos? ¿Es justo un sistema político que recompensa a las empresas involucradas en la crisis climática?
Sanders pinta un panorama sombrío del «supercapitalismo» como su enemigo imaginario, mientras se posiciona como defensor de la democracia y crítico abierto de la desigualdad de ingresos en los Estados Unidos. Curiosamente, lo hace siendo blanco y rico —atributos que sus seguidores suelen detestar, pero que se camuflan sutilmente en su narrativa. Mientras se erige en defensor de la justicia social y la igualdad, oculta cuidadosamente sus propios privilegios. Aboga apasionadamente por la creación de un sistema de salud pública, la educación superior gratuita y la lucha contra el cambio climático. En resumen, su objetivo es transformar los EEUU en algo que, irónicamente, se parecería a Brasil, con la convicción de que eso sería la salvación.
Andrew J. Taylor —profesor de la Universidad Estatal de Carolina del Norte—, advirtió: una nueva generación, ajena al asombroso historial negativo del socialismo, se está rindiendo al canto tentador de la «tercera vía». ¿Y quiénes son los directores de esta orquesta desafinada? Nada menos que el grupo fanático de seguidores de Sanders, autodenominados «socialistas democráticos». Mientras los millennials coquetean con los ideales socialistas, cosechan los frutos del libre mercado.
El Dr. Paul Kengor —director académico del Instituto para la Fe y la Libertad del Grove City College—, presenta datos alarmantes en su libro. El 25 % de los millennials tiene una opinión favorable de Lenin, el 32 % cree con toda seriedad que George W. Bush fue un villano mayor que Joseph Stalin, el 53 % considera que el socialismo es benigno y una encuesta de Gallup reveló que el 69 % de los millennials dijo que estaría dispuesto a votar por un candidato socialista a la presidencia de los Estados Unidos.
Y la lista de locuras no termina ahí: un increíble 42 % desconoce prácticamente quién es Mao Zedong o apenas tiene una vaga idea del terror que desató en China. El Gran Salto Adelante, por ejemplo, una auténtica obra maestra de políticas catastróficas, precipitó la mayor hambruna de la historia mundial, acabando brutalmente con entre cincuenta y sesenta millones de vidas en solo cuatro años. ¿Y cómo olvidar la política del hijo único, una medida draconiana de control de la población que, para «convencer» a las familias del número permitido de hijos, recurrió a medidas extremas como los abortos forzados y las esterilizaciones obligatorias? Es una historia de horror que, increíblemente, muchos de nuestros jóvenes desinformados apenas conocen o, lo que es peor, idealizan de forma alarmante. Que Rothbard nos ayude a iluminar estas mentes perdidas.
Doy gracias a Dios por que Sanders no haya sido elegido, sin embargo, las ideas que defiende están ganando impulso. Despojado de eufemismos y ambigüedades, enarbola la bandera del socialismo con un fervor casi admirable, revelando sin rodeos sus verdaderas convicciones y objetivos.
Tras la caída del Muro de Berlín y el desmantelamiento del imperio soviético, fuimos testigos de una impresionante reescritura de la historia. Profesores, intelectuales, periodistas y diversos miembros de la élite financiera se han dedicado a negar la realidad ineludible de que el socialismo ha sido la dirección dominante impuesta por los arquitectos de la cultura política a la civilización occidental, incluidos los Estados Unidos. A pesar de que el gobierno, utilizando la fachada democrática, controla ahora todos los aspectos de la vida y la sociedad, infiltrándose de forma insidiosa y perversa en los bolsillos de los ciudadanos, existe una obstinada negativa por parte de los políticos, comentaristas, grupos de interés y medios de comunicación a reconocer y llamar «socialismo» a este gigantesco crecimiento del gobierno.
Esta negación sistemática no es mera ignorancia o error de juicio, sino una estrategia deliberada para ocultar la verdadera naturaleza del sistema que se nos impone. La burocracia gubernamental crece de forma descontrolada, erosionando las libertades individuales y asfixiando la empresa privada bajo el peso de regulaciones opresivas e impuestos exorbitantes. En nombre de la democracia y el bien común, la sociedad está siendo empujada hacia lo que Friedrich Hayek denominó acertadamente «el camino hacia la servidumbre», donde la autonomía del individuo se ve constantemente socavada por la mano dura del Estado.
Muchos defensores de esta expansión del gobierno —Sanders, AOC, Mamdani y otros— se presentan como benefactores de la humanidad, argumentando que la intervención del Estado es necesaria para garantizar la justicia social y la igualdad. Sin embargo, esta retórica altruista esconde una agenda más siniestra: la centralización del poder en manos de una élite tecnocrática que se considera a sí misma la legítima guardiana del destino colectivo. Estos planificadores sociales y económicos, a menudo ubicados en instituciones académicas y en las altas esferas del gobierno, desprecian la capacidad del individuo para tomar decisiones por sí mismo y creen que solo ellos poseen la sabiduría y la visión necesarias para dirigir la sociedad.
A medida que se expande el control gubernamental, se reduce el espacio para la libertad individual. No se trata de un accidente histórico, sino del resultado de décadas de planificación e ingeniería social, en las que se sacrifica la autonomía del ciudadano medio en aras de un Estado omnipresente. En última instancia, esta negación de la realidad y esta manipulación del lenguaje sirven para perpetuar el dominio del Estado. La resistencia a este creciente socialismo camuflado nos exige un firme compromiso con los principios de la libertad individual y la responsabilidad personal.