La historia del progreso humano no está escrita por los decretos gubernamentales, sino por la libertad de elección y la protección de la propiedad. El éxito de las sociedades más prósperas, desde la fundación de los Estados Unidos hasta la recuperación económica de Argentina en 2026, por ejemplo, es el resultado de principios descubiertos hace siglos. Estas ideas forman parte de la Escuela Austriaca de Economía, en la que se explica cómo surge el orden a partir del individuo y por qué cualquier intento de planificación centralizada acaba fracasando.
El pensamiento austriaco tiene sus raíces en la Universidad de Salamanca en el siglo XVI. Teólogos como Francisco de Vitoria y Luis de Molina sostuvieron que el valor de un bien no es intrínseco, sino que surge de la utilidad percibida y la escasez. En otras palabras, el valor de un producto depende de las necesidades de las personas y de la escasez del recurso. Esta visión consideraba la propiedad privada como un derecho natural, esencial para la dignidad humana. Estos pensadores defendían que la propiedad privada es un derecho natural y que la inflación provocada por el gobierno viola este derecho.
Juan de Mariana —heredero de esta tradición—, argumentó que cuando un gobernante altera la moneda sin el consentimiento de los ciudadanos, significa que está confiscando riqueza de forma ilegítima. Esta visión moral de la economía influyó directamente en figuras como John Locke y Thomas Jefferson, que buscaban limitar el poder del Estado sobre la propiedad individual. Defendían un gobierno limitado y una moneda fuerte, conceptos que dieron forma a la economía política americana. Sin embargo, Murray Rothbard —en su obra Poder y mercado— profundiza en este análisis al identificar una falla lógica en la defensa del gobierno limitado: es contradictorio afirmar que una institución debe proteger la propiedad privada si, para existir, necesita violar precisamente esa propiedad bajo su supuesta tutela mediante impuestos obligatorios.
En los Estados Unidos, la tensión entre la centralización y la descentralización se hizo evidente en la disputa entre Alexander Hamilton y Thomas Jefferson. Hamilton abogaba por un banco nacional y subvenciones industriales, buscando un Estado fuerte al estilo europeo. Por otro lado, Jefferson veía este factor como un riesgo para la independencia del ciudadano común. Creía que solo una moneda respaldada por metales preciosos podía evitar las manipulaciones económicas del Estado. Analizó la acción humana individual para derivar leyes económicas universales, anticipando conceptos que Ludwig von Mises formalizó siglos más tarde. Jefferson también argumentó que el mercado debía coordinarse mediante las acciones de individuos libres y no por burócratas de un banco central. Para él, el dinero fuerte con respaldo era la única garantía de que el gobierno no utilizaría el dinero como herramienta de control social. Este choque entre el control estatal y la libertad descentralizada sigue siendo relevante en 2026, principalmente porque los gobiernos se enfrentan a crisis de deuda pública a niveles récord.
Es importante destacar también que los ejemplos históricos demuestran que la gestión privada es más eficiente y justa que la gestión estatal. Para ilustrar este hecho, en el siglo XIX, James J. Hill construyó el Great Northern Railway sin subvenciones, centrándose en rutas cortas y clientes satisfechos. Por el contrario, los ferrocarriles subvencionados por el gobierno dieron prioridad a los kilómetros construidos en lugar de a la rentabilidad real. De este modo, Hill demuestra que el riesgo privado y la disciplina del beneficio generan mejores resultados. A pesar de ello, se argumenta con frecuencia que ciertos servicios, como la seguridad y la justicia, son «requisitos previos» que solo el Estado puede proporcionar. En cambio, la Escuela Austriaca de Economía enseña que los servicios deben evaluarse en unidades marginales y no como bloques indivisibles. Si el mercado es capaz de proporcionar alimentos e infraestructuras complejas (como demostró James J. Hill, que construyó ferrocarriles rentables sin depender de subvenciones estatales), también es apto para ofrecer protección de forma competitiva.
En una sociedad verdaderamente libre, el principio de defensa sería un servicio comercializable, prestado por empresas que buscan la eficiencia y una buena reputación para atraer a los consumidores. Cabe señalar que la ausencia de una corte central no implica caos, ya que, históricamente, los tribunales privados y las leyes mercantiles surgieron de la necesidad práctica de resolver los conflictos de forma justa y rápida, lo que valida que la coordinación social no depende de un único gobernante.
Es esencial destacar que, para que la libertad de mercado sea plena, el análisis económico debe considerar que los intercambios libres son transferencias de títulos de propiedad. Si aceptamos que nadie debe agredir a la persona o la propiedad de otros, la conclusión lógica es que cada individuo tiene soberanía absoluta sobre sí mismo y sobre lo que produce. En este contexto, el Estado deja de ser visto como un «protector necesario» para ser entendido como un sistema de coacción unilateral, que se diferencia de las instituciones libres y voluntarias al no obtener sus ingresos a través de intercambios voluntarios. En este sentido, si un individuo fuera obligado por otro a enajenar sus recursos bajo amenaza, el acto sería rápidamente reconocido como un delito contra la propiedad.
La Escuela Austriaca también ofrece un diagnóstico preciso de las crisis financieras. El colapso de 2008 y las crisis inflacionarias no son el resultado de un «exceso del mercado», sino de la manipulación artificial de los tipos de interés por parte de los bancos centrales. Las tasas de interés forzadamente bajos crean una sensación de abundancia, lo que aumenta de forma desproporcionada la demanda en relación con la productividad y conduce a inversiones erróneas que inevitablemente deben liquidarse.
Actualmente, Argentina ilustra la mejora de la economía con principios austriacos. Tras una inflación superior al 200 %, la administración de Javier Milei redujo la tasa anual a alrededor del 31 % a finales de 2025 y proyectó un crecimiento del PIB del 4 % en 2026. Esto se logró recortando el gasto público y deteniendo la emisión de moneda, lo que confirma que la inflación es un fenómeno monetario que responde a la disciplina fiscal. Por el contrario, Venezuela tiene una inflación prevista del 682,1 % en 2026. Por lo tanto, podemos concluir que una economía estable no proviene del control de precios ni del gasto público, sino de la responsabilidad fiscal y del cese de la emisión monetaria para financiar su propio gasto.
El concepto de orden espontáneo, defendido por Friedrich Hayek, es visible en el éxito del software de código abierto y del bitcoin. Los sistemas complejos pueden coordinarse sin un mando central, guiados únicamente por normas e incentivos voluntarios. Como el bitcoin tiene una oferta limitada, es deflacionario por naturaleza y protege la riqueza individual en un contexto de elevada deuda pública. Por lo tanto, esta moneda digital muestra cómo la desnacionalización de los recursos aporta estabilidad e innovación.
Los datos del Índice de Libertad Económica 2025 de la Heritage Foundation muestran que los Estados Unidos —que ocupa el puesto 26 entre 184 países en libertad económica—, presenta una renta per cápita elevada, por encima de la media mundial, con una puntuación de 70,2, lo que refleja los beneficios del libre mercado y la propiedad privada.
Dado el contraste entre la eficiencia de los sistemas descentralizados y los fracasos del intervencionismo, resulta evidente que la libertad, la innovación y el bienestar solo progresan cuando se respeta la soberanía individual, en la que la protección de la propiedad no depende de su propia violación. En vista de lo anterior, también se considera asumir riesgos reales en lugar de depender de subsidios, proteger la riqueza mediante monedas resistentes a la inflación y adoptar sistemas descentralizados para crear valor. En resumen, el pensamiento austriaco demuestra que la libertad económica no es solo una teoría, sino también una herramienta práctica para el crecimiento, la seguridad, el equilibrio y la prosperidad, tanto a nivel nacional como individual.