Por John Chamberlain. (Publicado el 5 de octubre de 2009)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/daily/3877.
[The Freeman, 1973]
El mensaje de The Conquest of Poverty, de Henry Hazlitt es
que se debería haber ocupado de este asunto en pretérito si no fuera por la
nociva doctrina de que “el estado sabe más”.
¡Vaya! La tendencia a manejar problemas de “distribución” de
ingresos por políticos cuya única habilidad real es la acumulación de votos ha
impedido que Occidente utilice la gran fuerza productiva que se puede encontrar
en el principio de libre asociación. Así que la cura de la pobreza sigue
estando en el futuro.
¿Hasta dónde estamos quitándonos al gobierno de nuestras
espaldas? El Sr. Hazlitt no es un pesimista total: cree en el poder de la
educación. Sin embargo una mera demostración verbal no es un maestro absoluto:
se necesita una conjunción de acontecimientos para hacer efectiva la educación.
Por suerte, los acontecimientos vienen en auxilio del Sr.
Hazlitt: lo que decía hace veinte años acerca de las mentiras del estatismo está
reapareciendo al ser repetido por otros hombres menos perspicaces que ahora se
horrorizan ante lo que la inflación, un fenómeno creado por el gobierno, está
haciendo para agravar nuestros problemas.
Como la pobreza es algo relativo (siempre algunas
personas serán más pobres que otras), el
Sr. Hazlitt ha tenido sus dificultades con las definiciones convencionales. Se hacen
juicios de valor. Es erróneo definir la pobreza, como hace una “autoridad”,
como la condición que afecta “a cualquier familia con un ingreso menor de la
mitad de la familia media”. Si se aceptara esa definición, significaría que el
porcentaje de pobres nunca disminuiría hasta que todos los ingresos fueran
iguales. El cuarto inferior de una nación podría estar suficientemente
alimentado como para estar sano y aún habría candidatos para pedir ayudas si
esa definición se perpetuara.
Lo que propone el Sr. Hazlitt es que el “nivel de
subsistencia” debe ofrecer nuestra definición de trabajo de la línea de
pobreza. Cualquier intento de ofrecer ayuda a adultos capaces más allá de su
subsistencia debe tomar dinero de la producción y así hacer más pobre a la sociedad
en general.
El capitalismo, asociado al ingenio tecnológico, es lo que
ha apartado a Occidente del fantasma de la fatalidad maltusiana. Antes de la
Revolución Industrial, la creciente población presionaba inexorablemente sobre
los medios de subsistencia. Pero cuando las fábricas de Manchester en
Inglaterra empezar a absorber a los pobres en paro del campo e hicieron posible
la importación de trigo barato, Malthus quedó desacreditado como profeta para
los propios británicos. Tal y como salieron las cosas, el ingenio que desató el
capitalismo se reflejó en las estadísticas de natalidad: la gente de clase
media que no necesitaba grandes familias para disponer de mano de obra en el
campo encontró formas de limitar el número de hijos.
La combinación de familias más pequeñas y una mejor
aplicación de la ciencia a la propia agricultura acabo con los problemas de
hambre en Occidente. Estamos en camino de limitar la pobreza a los
incapacitados crónicos sin cargar al sistema productivo con impuestos más altos
y la ineficacia que siempre sigue a la interferencia o apropiación del
gobierno.
Repasando los registros de la antigüedad, el Sr. Hazlitt
advierte lo que hizo “el New Deal de la antigua Roma” para debilitar nuestro
primer gran imperio universal. Entre una esclavitud apoyada por el estado,
altos impuestos, el auxilio multiplicado de “pan y circo” y la imposición final
de controles de precios, la eficiencia productiva romana simplemente se
desvaneció.
En Gran Bretaña hubo un realismo salvador en la aplicación
original de las “leyes de pobres”. Pero en 1795 los magistrados de Berkshire,
reunidos en Speemhamland, decidieron complementar los salarios de acuerdo con
el precio del pan. Esto dio a toda la gente del campo un “mínimo garantizado”.
El aumento en los costes de la ayuda fue geométrico.
Con el fin de hacer que la gente volviera a trabajar y
desarrollar la Revolución Industrial, Gran Bretaña tuvo que modificar la ley de
pobres en 1834. La lástima por el pobre tenía que conciliarse con la lástima
por el trabajador, el inversor y el contribuyente, como apuntó Nassau Senior.
Así que Inglaterra aceptó las casas de trabajo, un lugar que garantizaba a un
pobre lo suficiente para vivir sin hacer a la ociosidad suficientemente
atractiva como para socavar características tan deseables como la frugalidad,
la industria y la ambición.
Sin embargo, el aumento en la riqueza afectó al sentido
común de los británicos y la mentalidad de Speemhamland retornó con los
sentimentalistas, siguiendo las recomendaciones de los radicales (Beatrice Webb
y el Primer Ministro David Lloyd George), fueron convencidos para aceptar la
idea del Estado del Bienestar. Con el Plan Beveridge (protección de la cuna a
la tumba), el “difícil problema” apuntado por Nassau Senior en 1834 hizo
aparecer de nuevo este dilema. Cómo, bajo un bienestar estatal puede uno
“permitirse que las clases más pobres reciban ayuda adecuada sin daño material
a su diligencia o providencia”.
El Sr. Hazlitt duda bastante que el problema pueda
resolverse alguna vez a satisfacción de todos. Reconoce que sería políticamente
imposible sacar totalmente al estado del negocio del bienestar. Pero ve alguna
esperanza en el valor educativo de los acontecimientos.
En los últimos años cuarenta y principios de los cincuenta,
el Sr. Hazlitt advirtió que si Washington iba a extender ayuda derrochadora a
otras naciones en forma de Plan Marshall y donaciones “Punto cuatro”, no
salvaría al mundo. Los préstamos entre gobiernos, dijo en su momento, se
despilfarrarían por las burocracias políticas y por tanto disminuiría el
capital para empresas libres productivas.
El Sr. Hazlitt fue considerado duro de corazón por los
“liberales” de los cincuenta y los sesenta, pero ahora el sentido común le
apoya. Los dólares que hemos entregado para ayuda internacional nos atormentan
al enfrentarnos a las estadísticas de la balanza de pagos.
Igualmente, la inflación que se ha causado por “bienestar
desbocado” está provocando a las clases medias, incluyendo a los negros que han
progresado en la vida, a lanzar una fría mirad a los presupuestos
desequilibrados y programas desmesurados por cosas como la renovación urbana y
varios programas de generación de empleo. Puede que necesitemos la “crisis
inflacionaria” final para recuperar nuestros sentidos.
Pero el Sr. Hazlitt, después de esperar durante veinte años,
puede descubrir que después de todo es posible enseñar a la gente “economía en
una sola lección”, por citar su éxito de ventas con
tal título.
La solución real al problema de la pobreza no reside en
ningún sistema de auxilio gubernamental o en cualquier empeño en redistribuir
riqueza o ingresos. Reside, dice el Sr. Hazlitt, en aumentar la producción. Se
aumenta la producción realizando inversiones en herramientas más eficientes. El
empresario libre dejado a su aire, utilizando ahorros de capital, es el
verdadero héroe en la guerra contra la pobreza.
¿Cuánto falta para que nuestros intelectuales empiecen a ver
a través de mentiras que son tan viejas como la economía del emperador
Diocleciano? Me sentiría mejor acerca de las perspectivas si libros como The
Conquest of Poverty [La conquista de la pobreza] se reseñaran en
la portada de la sección de libros del New York Times del domingo. Esto
probablemente no vaya a ocurrir mañana. Pero los acontecimientos continuarán
pidiendo paso. Lo que el Sr. Hazlitt tenía que decir acerca de la necesidad de
liberar los intereses productivos de una nación está destinado a tenerse en
cuenta a medida que aumenta nuestra crisis inflacionaria.
Los políticos ya están intentando tratar de limitar las
revisiones al alza del salario mínimo haciendo excepciones especiales para
adolescentes que buscan trabajo. El sentido común se abre paso. E incluso
algunos de los grandes sindicatos, por ejemplo, el del acero, ahora dudan de la
efectividad de los aumentos de sueldo que superan la productividad. Si los
sindicatos captan la idea ¿pueden los intelectuales quedarse atrás? El Sr.
Hazlitt puede llegar a ser profeta en su tierra.
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John Chamberlain (1903-1995) fue un periodista estadounidense,
autor de libros sobre capitalismo y considerado como “uno de los más relevantes
críticos literarios de Estados Unidos”. Influenciado por Albert Jay Nock ,
atribuyó a las escritoras Ayn Rand, Isabel Patterson y Rose Wilder Lane su
“conversión” a lo que llamaba “una vieja filosofía estadounidense” de ideas
libertarias. Junto con sus amigos Henry Hazlitt y Max Eastman ayudó a
promocionar el trabajo de F.A. Hayek escribiendo el prólogo a la primera
edición estadounidense de Camino
de servidumbre en 1944. En 1946, Leonard Read, de la Foundation for
Economic Education, fundó una revista sobre libre mercado llamada The
Freeman, recuperando el nombre de una publicación que había dirigido Albert
Jay Nock. Sus primeros directores incluyeron a Chamberlain y Herny Hazlitt.
Después de cesar como director, Chamberlain continuó con su columna periódica
para la revista, "A Reviewer’s Notebook".
Este artículo fue publicado originalmente en The Freeman, 1973,
vol.23, pp. 377-380.
Por Murray N. Rothbard. (Publicado el 6 de noviembre de
2009)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/daily/3861.
[Este artículo está extraído de Historia
del pensamiento económico, vol. 1, El pensamiento económico hasta Adam Smith]
La mayor parte de la gente (sin exceptuar a los
historiadores) tiende a creer que el progreso económico y cultural es algo
continuo: en cada siglo la gente está mejor que en el precedente. Esta cómoda
presunción tuvo que desaparecer bastante pronto, con la Alta Edad Media después
del colapso del Imperio Romano. Pero se sostiene generalizadamente que después
del “renacimiento” del siglo XI, el progreso en Europa Occidental fue bastante
constante y continuo desde entones hasta hoy. Requirieron esfuerzos heroicos de
muchas décadas por parte de historiadores económicos como los profesores
Armando Sapori y Roberto Sabatino López para convencer a los historiadores de
que hubo un grave declive secular en la mayor parte de Europa desde
aproximadamente 1300 a mediados del siglo XV, un periodo que podría calificarse
como la Baja Edad medio o el Renacimiento temprano. Este declive secular
califica incorrectamente una “depresión” que afectó a la mayor parte de la
Europa Occidental, con la excepción de unas pocas ciudades-estado italianas.
El declive económico viene marcado por una brusca caída de
población. Desde el siglo XI, el crecimiento económico y la prosperidad habían
incrementado las cifras de población. La población total de Europa Occidental,
estimada en 24 millones en el año 1000 había evolucionado hasta 54 millones
para 1340. Sin embargo, en poco más de un siglo, de 1340 a 1450, la población
de Europa Occidental cayó de 54 millones a 37, una bajada del 31% en sólo un
siglo.
Sin embargo la batalla por establecer el hecho de que el
gran declive ha hecho poco por establecer la causa o causas de esta debacle.
Centrarse en la devastación de los brotes de peste negra a mediados del siglo
XIV es parcialmente correcto, pero superficial, pues estos brotes se causaron
en parte por una crisis económica y una caída en los niveles de vida que empezó
antes en el mismo siglo. Las causas de la gran depresión de Europa Occidental
pueden resumirse en una escueta frase: la dominación nuevamente impuesta por el
Estado. Durante la síntesis medieval de la Alta Edad Media hubo un equilibrio
entre el poder de la Iglesia y el del Estado, siendo la Iglesia ligeramente más
poderosa. En el siglo XIV ese equilibrio se había roto y el estado-nación
empezó a tener el dominio, acabando con el poder de la Iglesia, imponiendo
impuestos, regulando, controlando y devastando en una guerra prácticamente
continua durante más de un siglo (la Guerra de los Cien Años, de 1337 a 1453).
El primer y más importante y crítico paso en el aumento de
poder del estado a costa de arruinar la economía fue la destrucción de las
ferias de Champaña. Durante la Alta Edad media, las ferias de Champaña eran el
principal mercado de comercio internacional y el centro del comercio nacional.
Estas ferias se habían cuidado delicadamente por los reyes y nobles de Francia
estableciendo zonas libres de impuestos o regulaciones, mientras que la
justicia se impartía rápida y eficazmente en tribunales privados y de
comerciantes. Las ferias de Champaña llegaron a su cenit durante el siglo XIII
y eran el centro del comercio terrestre transalpino con el norte de Italia,
ofreciendo bienes de tierras lejanas.
A principios del siglo XIV, Felipe IV, el Hermoso, rey de
Francia (1285-1314), actuó imponiendo impuestos y saqueos y destruyendo en la
práctica las muy importantes ferias de Champaña. Para financiar sus perpetuas
guerras dinásticas Felipe dictó un duro impuesto a las ventas sobre las ferias
de Champaña. También destruyó el capital y las finanzas domésticas mediante
repetidos impuestos confiscatorios a grupos u organizaciones con dinero. El
1308 destruyó la poderosa Orden de los Templarios, confiscando sus fondos para
el tesoro real. Felipe impuso también una serie de ruinosos impuestos y
confiscaciones a judíos e italianos del norte (“lombardos”) que eran importante
para las ferias: en 1306, 1311, 1315, 1320 y 1321. Además, en su guerra contra
los flamencos, Felipe acabó con la antigua costumbre de que todos los
mercaderes fueran bienvenidos a las ferias y decretó la exclusión de los
flamencos. El resultado de estas medidas fue un rápido y permanente declive de de
las ferias de Champaña y de la ruta comercial de los Alpes. Las ciudades-estado
italianas intentaron desesperadamente reconstruir las rutas comerciales y
navegar a través del Estrecho de Gibraltar hasta Brujas, que empezó a florecer
aunque el resto de Flandes estaba en decadencia.
Fue particularmente funesto que Felipe, el Hermoso,
inaugurara el sistema de impuestos periódicos en Francia. Antes de él, no había
impuestos periódicos. En la era medieval, aunque se suponía que el rey era
todopoderoso en su ámbito, éste estaba restringido por la sacralidad de la
propiedad privada. Se suponía que el rey era un ejecutor y defensor armado de
la ley y sus ganancias se suponía que derivaban de las rentas de las
propiedades reales, cuotas feudales y aduanas. No había nada que pudiéramos
llamar una contribución regular. En una emergencia, como una invasión o el
inicio de una cruzada, el príncipe, además de invocar la obligación feudal de luchar
por él, podía pedir a sus vasallos una subvención, pero esa ayuda tenía que
solicitarse más que ordenarse y estar limitada en su duración al periodo de
emergencia.
Las constantes guerras del siglo XIV y la primera mitad del
siglo XV empezaron en los 1290, cuando Felipe, el Hermoso, aprovechándose de la
guerra del Rey Eduardo I de Inglaterra con Escocia y Gales, se apropió de la
provincia de la Gascuña, hasta entonces inglesa. Esto empezó un continuo estado
de guerra entre Inglaterra y Flandes por un lado y Francia por el otro, y llevó
a una desesperada necesidad de fondos tanto para la corona inglesa como para la
francesa.
Los mercaderes y capitalistas de las ferias de Champaña
podían tener dinero, pero la mayor y más tentadora fuente de saqueo real fue la
Iglesia Católica. Tanto los reyes ingleses como los franceses procedieron a
poner impuestos a la Iglesia, lo que les llevó a enfrentarse al papa. El Papa
Bonifacio VIII (1294-1303) resistió resueltamente esta nueva forma de pillaje y
prohibió a los monarcas poner impuestos a la Iglesia. El Rey Eduardo reaccionó
denegando justicia a la Iglesia en los tribunales reales, mientras que Felipe
fue más combativo al prohibir la transferencia de ingresos de la Iglesia de
Francia a Roma. Bonifacio se vio obligado a retractarse y permitir el impuesto,
pero su bula Unam Sanctum (1302) insistía en que la autoridad temporal
debía someterse a la espiritual. Fue demasiado para Felipe que audazmente
apresó al papa en Italia y le preparó un juicio por herejía, que se interrumpió
por la muerte del anciano Bonifacio. En este momento Felipe, el Hermoso se
apropió del mismo Papado y trasladó la sede de la Iglesia Católica Romana de
Roma a Aviñón, donde procedió a nombrar él mismo al nuevo papa. Durante
prácticamente todo el siglo XIV, el papa, en su “cautividad babilónica”, fue
una abyecta herramienta del rey de Francia: el papa no retornó a Italia hasta
los inicios del siglo XV.
De esta forma, la una vez poderosa Iglesia Católica, poder
dominante y autoridad espiritual durante la Alta Edad Media se rebajó hasta ser
prácticamente un vasallo de real opresor francés.
Por tanto, la decadencia de la autoridad eclesiástica se
correspondió con el aumento de poder del Estado absoluto. No contento con
confiscar, saquear, imponer impuestos, aplastar las ferias de Champaña y poner
a la Iglesia Católica bajo su bota, Felipe, el Hermoso, también obtuvo ingresos
para sus eternas guerras con la degradación de la moneda y generando así una
inflación secular.
Las guerras del siglo XIV no causaron y gran cantidad de
devastación directa: los ejércitos eran muy pequeños y las hostilidades,
intermitentes. La mayor devastación vino de los altos impuestos y la inflación
monetaria y el préstamo para financiar las eternas aventuras reales. El enorme
incremento en los impuestos fue el aspecto más ruinoso de las guerras. Los
gastos de la guerra: reclutamiento de un ejército de tamaño modesto, pago de
sus soldadas, suministros y fortificaciones; todo ello dobló o cuadruplicó los
gastos ordinarios de la Corona. Si a eso añadimos los altos costes de los
préstamos y de calcular y recaudar los impuestos y la ruinosa carga de los
impuestos de la guerra, todo queda muy claro.
Los nuevos impuestos estaban por todas partes. Hemos visto
el grave efecto de los impuestos a la Iglesia: en una gran granja de un
monasterio, a menudo absorbían más del 40% de los beneficios netos. Un impuesto
fijo de un chelín dictado por la Corona Inglesa en 1380, supuso un gran daño a
campesinos y artesanos. El impuesto suponía el salario de un mes para los
trabajadores agrícolas y el de una semana a los trabajadores urbanos; además,
como a muchos trabajadores y campesinos pobres se les pagaba en especie en
lugar de en dinero, conseguir la moneda para pagar era especialmente difícil.
Otros nuevos impuestos eran ad valorem en todas las
transacciones: impuestos a bebidas al por mayor o al detalle y a la sal y la
lana. Para combatir la evasión de impuestos, los gobiernos establecieron
mercados en monopolio para la sal en Francia y “puntos básicos” para la lana
inglesa. Los impuestos restringieron la oferta y aumentaron los precios,
arruinando el comercio esencial de lana inglesa. Se dificultó aún más la
producción y comercio con requisas masivas realizadas por los reyes, causando
así una caída drástica de ingresos y riqueza, así como bancarrotas entre los
productores. En resumen, los consumidores sufrieron precios artificialmente
altos y los productores bajos ingresos, con el rey sangrando la economía del
diferencial. Los préstamos solicitados por el gobierno no ayudaron mucho más,
llevando a repetidas quiebras de los reyes y a las grandes pérdidas y
bancarrotas consecuentes entre los banqueros privados tan imprudentes como para
prestar al gobierno.
Originados como una respuestas a una “emergencia” de tiempo
de guerra, los nuevos impuestos se convirtieron en permanentes: no sólo porque
la guerra duró más de un siglo, sino porque el Estado, siempre buscando un
aumento en sus ingresos y poderes, aprovechó una oportunidad de oro de
convertir los impuestos de guerra en una parte permanente del patrimonio
nacional.
Desde la mitad del siglo XIV hasta el final de éste, Europa
se vio azotada por la devastadora epidemia de la peste negra (peste bubónica),
que el corto periodo de 1348 a 1350 eliminó a un tercio de su población. La
peste negra fue en buena parte consecuencia de la rebaja en los niveles de vida
del pueblo causada por la gran depresión y la consecuente pérdida de
resistencia a la enfermedad. Esta epidemia continuó reapareciendo, pero no en
una forma tan virulenta en cada década del siglo.
Los poderes de recuperación de la raza humana son tan
grandes que esta enorme tragedia no causó prácticamente ningún efecto
catastrófico de orden social o psicológico en la población europea. En cierto
sentido, el efecto permanente más pernicioso de la peste negra fue la
respuesta de la Corona Inglesa al imponer controles permanentes de salarios
máximos y racionando el trabajo obligatorio en la sociedad inglesa. La
repentina disminución de la población y el que consecuentemente se doblaran los
salarios fue afrontado por el gobierno con una imposición severa de controles
de salarios máximos en la Ordenanza de 1349 y el Estatuto de los Trabajadores
de 1351. Se estableció un control de salarios máximos a instancias de las
clases contratantes: grandes, medianos y pequeños terratenientes y maestros
artesanos, en particular los primeros alarmados por el aumento de los salarios
agrícolas. La ordenanza y el estatuto desafiaban las leyes económicas al
intentar imponer un control de salarios máximos a los niveles previos a la
epidemia. El resultado inevitable, sin embargo, fue una gran escasez de
trabajo, pues al salario máximo establecido la demanda de trabajo fue
enormemente mayor que la oferta nuevamente escasa.
Cada intervención del gobierno crea nuevos problemas en el
curso de vanos intentos por resolver los antiguos. Entonces el gobierno afronta
esta disyuntiva: acumular nuevas intervenciones para resolver los inexplicables
nuevos problemas o revocar la intervención original. Por supuesto, el instinto
del gobierno es maximizar su riqueza y poder añadiendo nuevas intervenciones.
Eso hizo el Estatuto de Los Trabajadores inglés: imponía trabajos forzados a
los antiguos niveles salariales a todos los hombres de Inglaterra menores de 60
años, restringía la movilidad del trabajo, declarando que el señor de un
territorio concreto tenía derecho prioritario al trabajo de un hombre e hizo un
delito que un empresario contrate a un trabajador que haya abandonado a un amo
anterior. De esta forma, el gobierno inglés acabó racionando el trabajo al
tratar de paralizar a los trabajadores en sus ocupaciones previas a la epidemia
y con salarios igualmente previos a la epidemia.
Este racionamiento forzado del trabajo va contra la natural
inclinación de los hombres a trasladarse a mejores trabajos y mejor pagados,
así que a inevitable aparición de los mercados negros de trabajo hicieron
difícil la aplicación de los estatutos. Desesperada, la Corona Inglesa lo
intentó de nuevo en el Estatuto de Cambridge de 1388, para hacer el
racionamiento más riguroso. Se prohibió cualquier movilidad del trabajo sin
autorización escrita de las autoridades locales y se impuso el trabajo infantil
obligatorio en la agricultura. Pero había una evasión continua de este cártel de compradores obligatorios,
especialmente por las grandes propiedades, que tenían especiales deseos y
capacidad para pagar salarios más altos. La monstruosa maquinaria judicial
inglesa era totalmente ineficaz para aplicar la legislación, aunque los gremios
urbanos monopolísticos (monopolios obligados por el gobierno) fueron capaces de
imponer parcialmente el control de salarios en las ciudades.
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Murray N. Rothbard (1926-1995) fue decano de la Escuela
Austriaca. Fue economista, historiador de la economía y filósofo político
libertario.
Este artículo está extraído de Historia
del pensamiento económico, vol. 1, El pensamiento económico hasta Adam Smith.
Por Robert M. Thornton. (Publicado el 23 de noviembre de
2009)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/daily/3875.
[The Freeman. 1972]
Estos libros se publicaron por primera vez hace casi
cuarenta años cuando Laura Ingalls Wilder estaba en sus sesenta. La décimo
octava edición en tela se publicó en 1970 y ahora tenemos la primera edición en
rústica. Laura (no consigo llamarla Sra. Wilder) escribió el primer libro de la
serie sin plan de continuarla, pero la respuesta entusiasta de los jóvenes
lectores le impulsó a seguir hasta que las historias llegaron al mimento de su
matrimonio con Almanzo Wilder, el 23 de agosto de 1885, ¡ocho volúmenes de una
mujer que cuando era niña le dijo a su papá que nunca podría escribir un
libro!
Laura nació en 1867 y vivió noventa años, la mayor parte de
ellos con su marido en su granja cerca de Mansfield, Missouri. Su hija, Rose Wilder
Lane, que murió en 1968, es bien conocida entre los liberales como autora de The
Discovery of Freedom [El descubrimiento de la libertad], un
libro que inspiró The Mainspring of Human Progress [El motivo
principal del progreso humano], de Henry Grady Weaver. Rose mostró su recia
estirpe de pionera cuando con 78 años fue enviada a Vietnam como corresponsal.
¿Qué hace tan buenos y entretenidos estos libros de “La casa
de la pradera”? Primero, sacan al lector de su propio mundo y le llevan a
distintos lugares y tiempos pasados, a la vida de los pioneros de las praderas
en los años 1870 y 1880. Lo que emociona aquí es leer acerca del lechero o el
tendero del barrio. Segundo, hacen que el lector reflexivo agradecido por los
beneficios de que disfrutamos hoy en Estados Unidos. Laura escribe sobre las
diversiones de su niñez en la pradera y los buenos ratos con su familia, pero
no idealiza sus experiencias. La vida era entonces dura en un territorio
agreste.
Había estómagos vacíos cuando las cosechas se destruían por
fuego, sequías, plagas de langosta o tormentas. La enfermedad podía significar
la muerte porque doctores y medicinas eran escasos en la frontera. Todos,
excepto los muy viejos y muy jóvenes tenían que trabajar. Los placeres eran
sencillos, no había radios ni automóviles o televisores. Había poco dinero, así
que los regalos de Navidad para los niños podían ser un penique y una barra de
caramelo. Había momentos felices y terribles, cada uno era parte de la vida.
Tercero, y más importante, estos libros pueden ayudarnos a
recuperar el espíritu de los peregrinos, los patriotas y pioneros que fundaron
esta nación y la hicieron grande. Parte de ese espíritu es el gusto por la
independencia y un sentido de la responsabilidad individual.
La familia de Laura no espera que nadie cuide de ellos. Se
preocupan de sí mismos y saben que tener libertad significa la libertad de
fracasar o de tener éxito. Otra parte de este gran espíritu es no quejarse de
su fortuna o de no obtener la “parte justa” de los bienes del mundo. Otro es el
sentido de comunidad donde se consigue mucho voluntariamente, todos tratando de
ayudar siempre que tengan tiempo, talento y dinero.
En respuesta a preguntas sobre ella y sus libros, Laura
escribió:
“Los libros de La casa de la
pradera son historias de hace mucho tiempo. Nuestro actual modo de vivir y
nuestras escuelas son muy diferentes: muchas cosas han hecho que la vida y el
aprendizaje sean más fáciles. Pero las cosas reales no han cambiado. Sigue
siendo mejor ser honrado y sincero, aprovechar al máximo lo que tenemos, ser
felices con placeres sencillos y ser alegres y tener coraje cuando las cosas
van mal. Las grandes mejoras en la vida se han producido porque cada
estadounidense ha sido siempre libre de buscar su felicidad y mientras los
estadounidenses sean libres continuarán haciendo nuestro país aún más
maravilloso”.
No es fácil para los niños de hoy en día aprender estas
verdades, pero mientras se lean estos libros las lecciones no se perderán.
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Robert Thornton fue un empresario de Kentucky y crítico de
libros para The Freeman durante muchos años.
Esta crítica apareció originalmente en The Freeman, 1972, Vol.
22, pp. 62-63.
Por Robert P. Murphy. (Publicado el 19 de noviembre de 2009)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/daily/3835.
Los economistas tenemos un reputación de ser secos y
aburridos. Por eso la escena
de Ben Stein en Ferris Bueller's Day Off funciona tan bien y por eso
este hombre es toda una novedad.
Dada nuestra lúgubre reputación, me alegra informar que las recientes defensas
de algunos economistas de la hipótesis de los mercados eficientes son para
echarse a reír. Fuera del Circo del Sol no podemos ver contorsiones como las de
estos economistas intentando defender su teoría ante su refutación o
trivialización.
Krugman lanza el ataque
La hipótesis de los mercados eficientes (EMH, por sus siglas
en inglés) aparece de muchas formas de distinta fuerza. Igual que con la
evolución, es difícil debatir el asunto porque la gente puede cambiar la
definición en medio de la discusión. En la evolución, ni siquiera un
evangelista de la televisión negaría que “los organismos evolucionan con el
tiempo”, mientras que por otro lado muchos biólogos reconocerían que Richard
Dawkins llega demasiado lejos cuando piensa que la teoría de la evolución
prueba por sí misma la no
existencia de Dios.
Lo mismo pasa en lo que refiere a la EMH. En su forma más
débil, simplemente significa que la información nueva tiende a incorporarse
rápidamente en los mercados de valores, significando que no puede haber ninguna
oportunidad evidente de arbitraje (pues alguien ya la habría explotado). Sin
embargo, los defensores más fanáticos de la EMH llegan casi a decir que las
burbujas financieras son literalmente imposibles.
La EMH se asocia a la Escuela económica de Chicago.
Comprensiblemente ha sido condenada después de la crisis financiera, especialmente
desde que los estatistas han hecho un gran trabajo echando la culpa a los
“mercados libres desregulados”. Krugman resume la opinión anti-EMH bastante
bien en
este popular artículo en la revista del New York Times. En respuesta
a Krugman y otros críticos neoclásicos, los defensores de la corriente
principal han abandonado su torre de marfil para repeler a los invasores.
Aunque los lectores austriacos simpaticen naturalmente con quien se pelee con
Paul Krugman, deberíamos tener cuidado al elegir nuestros aliados. En otro
lugar he
apuntado los importantes fallos (desde una perspectiva austriaca) en la
respuesta de John Cochrane a Krugman. En el resto de este artículo señalaré
algunas de las defensas más tontas ofrecidas por otros neoclásicos defensores
de la EMH.
Robert Lucas
En un largo y muy serio artículo, el premio Nobel Robert
Lucas defiende la corriente principal (y la EMH en particular) de las
oprobiosas acusaciones:
“Los macroeconomistas en
particular fueron caricaturizados como una generación perdida educada en el uso
de modelos matemáticos sin valor e incluso dañinos, una educación que les hacía
incapaces de proponer una política económica sensata. Pienso que esta
caricatura no tiene sentido y no tiene valñor al pensar acerca de las grandes
cuestiones: ¿Qué puede esperar razonablemente el público de especialistas en
estas áreas? y ¿les han servido bien en la crisis actual?”
“Una cosa que no vamos a tener,
ni ahora ni nunca, es una serie de modelos que predigan caídas repentinas en el
valor de los activos financieros, como las que siguieron a la quiebra de Lehman
Brothers en septiembre. No es nada nuevo. Se sabe desde hace más de 40 años y
es una de las principales implicaciones de la “hipótesis de los mercados
eficientes” (EMH) de Eugene Fama, que afirma que el precio de un activo
financiero refleja toda la información relevante y disponible para todos. Si un
economista tuviera un fórmula que pudiera predecir con seguridad las crisis,
por ejemplo, una semana antes, esa fórmula sería parte de la información
disponible para todos y los precios caerían una semana antes”.
Los argumentos de Lucas son los típicos de este debate.
Aporta una atractiva mezcla de afirmaciones y non sequitur para su
defensa. Primero, la propia EMH está bajo disputa, así que difícilmente
ayuda citar la EMH y sus implicaciones. (Es como si un cristiano citara la
Biblia a un ateo para probar la autoridad de la Escritura).
Ahora, ¿en qué sentido “se sabe desde hace más de 40 años”
que es imposible predecir caídas repentinas en valores de los activos? ¿No nos
advirtieron Mark Thornton y otros que
la burbuja inmobiliaria era demasiado buena para ser cierta varios años antes
de la crisis? ¿Qué mas podría hacer un austriaco cínico para refutar la EMH que
predecir que “el mercado” estaba completamente equivocado en lo que se refería
a precios de la vivienda, primas de riesgo, etc.? Los inversores que siguieron
las advertencias de Thornton y otros salieron de los mercados de valores, no
compraron casas para especular en 2005 y se las arreglaron para batir a otra
gente que se vio atrapada en la euforia del boom. Si eso no es “batir al
mercado”, ¿qué es?
Advirtamos que hay un defecto en el argumento de Lucas. Está
diciendo que si un economista pudiera predecir con seguridad una crisis en una
semana, todos los sabrían ahora y la crisis se produciría
inmediatamente. Aquí hay dos problemas. Primero, un economista puede prever con
precisión una crisis, pero de ello no se sigue que todos los demás sigan
automáticamente su ejemplo. En el mundo real, algunos economistas son alcistas
y otros bajistas en el mismo momento. Si no, ¿cómo se supone que se movería el
mercado?
El fan de la EMH probablemente diría: “¡Ajá! Eso prueba justamente
que la EMH tiene razón. No tenemos ninguna razón para sospechar que el mercado
subirá o bajará, porque el precio actual refleja todas las teorías e
informaciones disponibles”. Aun así, el mercado irá hacia arriba o
abajo, demostrando que al menos un pronosticador estaba equivocado. (Podría ser
que el otro simplemente haya tenido suerte, por lo que no podemos decir con
seguridad que su predicción fuera realmente correcta en general).
El segundo gran fallo en la pequeña y sencilla explicación
de Lucas es que asume que la fórmula para una crisis inminente debe ser muy
específica en el tiempo. ¿Pero qué pasa si alguien como Mark Thornton dice
“Esta situación es insostenible. Los precios de la vivienda no pueden seguir
aumentando a este ritmo”? Sigue siendo un predicción correcta. Es sin duda útil
para los inversores, especialmente si el pronosticador da un periodo amplio, dentro
del cual se producirá el cambio.
En esta situación en la que algunos pronosticadores hacen
predicciones cualitativas, la sencilla argumentación de Lucas se desbarata.
Estamos de vuelta en el mundo convencional, donde distintos pronosticadores
confían en diferentes teorías para hacer distintas recomendaciones. Los
inversores que escuchen las malas pierden dinero, mientras que los que sigan
las teorías más exactas lo ganan. Podemos “batir al mercado” si invertimos
basándonos en predicciones más apropiadas. ¿Es realmente tan raro ese concepto?
Lucas continúa su argumentación de que la EMH no es una mera
tautología, que las pruebas empíricas la apoyan:
“El Sr. Fama llegó a la EMH
mediante algunos ejemplos teóricos sencillos. Esta simplicidad fue criticada en
una reseña de The Economist, como si la EMH sólo se aplicara a esos
casos hipotéticos. Pero el Sr. Fama probó las predicciones de la EMH sobre el
comportamiento de los precios reales. Estas pruebas podrían haber resultado de
cualquier forma, pero resultaron muy favorablemente. Su trabajo empírico se
ejecutó desde el principio y cuidadosamente. Fue minuciosamente contestado por
un aluvión de críticas que sirvieron principalmente para confirmar la exactitud
de la hipótesis. A lo largo de años se han descubierto excepciones y
‘anomalías’ (incluso las desviaciones mínimas son interesantes si gestionamos
bastante dinero), pero a los efectos del análisis y la predicción
macroeconómica estas desviaciones son demasiado pequeñas como para tener
importancia” (énfasis añadido).
Espere un momento. Lucas acaba de debilitar
considerablemente su defensa. Antes dijo que batir al mercado era algo imposible,
más aún, una imposibilidad que se ha sabido durante 40 años. Aún así en su
explicación de las pruebas falsables, admite que hay desviaciones de la teoría.
Así que ahora tenemos al propio Lucas admitiendo que la EMH no funciona en
particulares microscópicos. Sigo manteniendo que falló espectacularmente en la
reciente burbuja inmobiliaria, así como en la anterior de las punto.com (de la
que avisaron muchos austriacos antes de que estallara). ¿Qué haría que Lucas
admitiera que la EMH no es verdadera?
Antes de continuar, citemos una perla más de Lucas:
“La reseña de The Economist
también citaba como ejemplo de del fracaso macroeconómico las simulaciones
“tranquilizadoras” que Frederic Mishkin, entonces gobernador de la Reserva
Federal, presentó en el verano de 2007. La acusación es que el modelo de
preedición FRB/US de la Fed no predijo los acontecimientos de septiembre de
2008. Aún así, las simulaciones no se presentaron para tranquilizar como si
no fuera a producirse una crisis, sino como un pronóstico de lo que podría
esperarse condicionado a que no se produjera una crisis. Hasta la quiebra
de Lehman Brothers la recesión era bastante típica de los modestos descensos
del periodo de posguerra. Había una recesión en marcha, precedida por la bajada
en la construcción de viviendas. El pronóstico del Sr. Mishkin era una
estimación razonable de lo que habría ocurrido si hubiera continuado el
declinar de la vivienda y fuera el único factor del decrecimiento económico.
También después de la quiebra de Lehman modelos muy similares al que usó el Sr.
Mishkin, combinados con nuevas información, produjeron lo que resultaron ser
estimaciones bastante precisas de las reducciones en el gasto privado que se
produjeron en los siguientes dos trimestres. Cuando Ben Bernanke, presidente
de la Fed, advirtió a Hank Paulson, entonces Secretario del Tesoro, acerca del
peligro que afrontaba Estados Unidos después de la quiebra de Lehman, sabía de
lo que estaba hablando.”
“El Sr. Mishkin reconoció la
posibilidad de una crisis financiera en 2007, por supuesto. También lo hizo el
Sr. Bernanke. Pero recomendar políticas monetarias preventivas a la escala de
las que se aplicaron posteriormente hubiera sido como girar repentinamente
fuera de la carretera por la posibilidad de que alguien virara bruscamente
hacia nuestro carril. Las única cosa realista y la mejor que puede hacerse en
este contexto es mantener los ojos abiertos y esperar lo mejor” (énfasis
añadido).
Dejemos aparte la divertida defensa de Mishkin y Bernanke por
parte de Lucas, que dice que son muy buenos prediciendo condiciones económicas,
excepto esos molestos desastres financieros. Más allá de esto, Lucas
simplemente está tratando de ocultar las cosas en el pasaje anterior: Casi
seguro que Ben Bernanke no expresó que tuviera ninguna noción de lo que
esperaba a la economía de EEUU. Véase esta increíble recopilación
de los constantes errores de Bernanke desde 2005 a 2007, donde en todas las
etapas fallaba en ver la tormenta que se avecinaba o predecía que el
problema acabaría pronto.
Vuelvo a preguntar al Sr. Lucas. ¿Qué tendría, en su
opinión, que haber dicho Bernanke para ser culpable de lo que le acusan
sus críticos? ¿Tendríamos que tener una grabación de Bernanke diciendo. “Estoy
seguro al 100% de que no habrá ninguna crisis financiera”? Parece que Lucas ha
puesto el listón realmente bajo para nuestro presidente de la Fed.
David K. Levine
En una carta
abierta a Paul Krugman, David Living utiliza la física como analogía para
defender a sus colegas de macroeconomía:
“El fracaso predictivo no es un
problema de la materia: es un problema de quienes están bajo la impresión de que
deberíamos ser capaces de predecir las crisis. ¿Se encuentra usted en este
grupo? ¿Se equivocan los físicos porque su teoría dice que no pueden predecir
dónde aterrizará un fotón lanzado a través de una hendidura suficientemente
estrecha? Los modelos económicos son como modelos de fotones a través de
hendiduras. Igual que esos modelos sólo predicen la distribución estadística de
los fotones, nuestros modelos sólo predicen la posibilidad de bajadas. Decir
que “la mayoría de los economistas fracasó en predecir la crisis” es
exactamente como decir que la mayoría de los físicos fracasó al predecir el
impacto del duodécimo protón que atravesó la hendidura”.
Quien esté familiarizado con la increíble precisión (y
confirmación experimental) de las predicciones de la física cuántica debería
advertir lo absurdo de la analogía de Levine. Es algo así como comparar una
prueba euclidea con un la exposición final de un abogado en un juicio criminal.
Una analogía más apropiada para Levine sería un grupo de físicos de partículas
invitándote a mirar su supercolisionador y después llamarte la semana que viene
para decirte que te han expuesto accidentalmente a una dosis letal de
rediación.
Jeremy Siegel
En un reciente
editorial del WSJ, Jeremy Siegel defiende el honor de la EMH. Como
cualquier fanático, se las arregla para transformar el vicio en virtud:
“La EMH, expuesta originalmente
por Eugene Fama en la Universidad de Chicago en los años 1960, afirma que los
precios de los valores reflejan toda la información conocida que afecte a su
valor. La hipótesis no afirma que el rpecio de mercado sea siempre correcto.
Por el contrario, implica que los precios en el mercado son mayoritariamente
erróneos, pero que en un momento concreto no es fácil decir si son muy altos o
muy bajos. El hecho de que los mejores y más brillantes de Wall Street hayan
cometido tantos errores demuestra lo difícil que es batir al mercado”
(énfasis añadido).
Hay que felicitar a Siegel por su golpe magistral. Durante
la burbuja, cuando los banqueros de inversiones ganaban bonus de varios
millones de dólares, el defensor de la EMH habría dicho: “Es una locura que un
inversor medio intente batir al mercado. Algunas de las mentes más brillantes
del mundo tienen enormes computadoras y un ejército de matemáticos a su
servicio, exprimiendo cualquier volumen de mal precio en el mercado. No intente
competir con esos expertos. Mejor ponga su dinero en un fondo indexado”.
Aún así, después de que muchos austriacos (y otros de
distintas escuelas de pensamiento) predijeron que el mercado explotaría y que
los inversores deberían tener efectivo, Siegel apunta a los monumentalmente
incompetentes banqueros de inversiones como prueba de la inteligencia del
“mercado”.
William Easterley
He dejado mi favorito para el final. Es conocido que la
Reina de Inglaterra se preguntó por qué ninguno de los economistas había visto
que venía la crisis. Aquí está lo que dijo
William Easterly como réplica:
“Los economistas hicieron algo
incluso mejor que predecir la crisis. Predijimos correctamente que no seríamos
capaces de predecirla. La parte más importante de la muy calumniada hipótesis
de los mercados eficientes (EMH) es que nadie puede batir al mercado de valores
sistemáticamente. Lo que implica que nadie puede predecir una crisis de los
mercados, porque si pudiera, obviamente batiría al mercado”.
¡Vamos, es divertidísimo!
Conclusión
La hipótesis de los mercados eficientes se expresa de formas
distintas. De hecho hay mucha literatura empírica, en la que Fama y otros
realizan pruebas falsables. Sin embargo, como espero haber demostrado con las
citas anteriores, en la práctica la hipótesis de los mercados eficientes es
realmente una tautología o una forma de ver el mundo.
No hay nada erróneo en usar marcos mentales a priori para
analizar la realidad económica: de hecho ésa es una de las características
definitorias de la praxeología de Mises.
Sin embargo, como demuestran las citas, muchos de los defensores de la EMH
piensan que están confirmando de forma independiente la EMH, cuando en realidad
sus lentes sencillamente fuerzan todas las evidencias de conformidad con sus
presupuestos.
---------------------------------------
Robert
Murphy, investigador adjunto del Mises Institute y miembro de la facultad de la
Universidad Mises, gestiona el blog Free Advice y es autor de The
Politically Incorrect Guide to Capitalism, Study
Guide to Man, Economy, and State with Power and Market, Human Action
Study Guide y The
Politically Incorrect Guide to the Great Depression and the New Deal.
Por Joseph T. Salerno. (Publicado el 20 de noviembre de
2009)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/daily/3874.
La semana pasada un estudiante de mi seminario de
macroeconomía intermedia a nivel de MBA planteó una pregunta provocativa.
Estábamos discutiendo los distintos tipos de deflación (en precios) y cuáles,
según los austriacos, son benignos y se acomodan a las preferencias de los
consumidores y cuáles malignos y entran en conflicto con las preferencias de
los consumidores.
En la visión de los austriacos de la política monetaria
inflacionista como causa primaria de los ciclos económicos y de la crisis
actual en particular, el estudiante preguntó si los austriacos consideran algún
tipo de inflación como “bueno” para la economía. Di una corta repuesta
afirmativa y luego pensé en ello durante el fin de semana. Aquí está la nota
acerca del asunto que escribí para la discusión en clase del día siguiente. (Los
últimos dos párrafos sobre banca libre no son parte de la nota original).
Un tipo de inflación “buena” aparece cuando se producen
innovaciones y cambios que permiten a la gente economizar la cantidad de dinero
que mantienen en efectivo. Por ejemplo, la introducción y aumento de la
disponibilidad de las tarjetas de crédito conlleva una disminución en la
demanda de dinero, que, si todo sigue igual, causa un aumento general en los
precios.
Este “exceso” de efectivo produce un aumento de la demanda
de bienes cuya oferta no ha aumentado. El resultado es que los precios en
general suben. Pero aquí la inflación realiza una función importante: reduce el
poder adquisitivo del dólar hasta el punto en que deja de haber exceso de
oferta porque ahora la gente está contenta de mantener el total de la oferta de
dinero en existencia con el fin de planificar transacciones a los nuevos
niveles más altos de precios. Otra forma de explicar esto es que la oferta
“real” de dinero, es decir, el poder adquisitivo total en términos de bienes se
ha reducido al nivel exacto que desean los consumidores.
La que podríamos llamar inflación por “ahorro de efectivo”
tiende a ocurrir como resultado de cualquier innovación financiera, incluyendo
la invención de fondos mutuos en el mercado de dinero, cajeros automáticos,
cuentas PayPal, etc. También puede producirse por innovaciones organizativas o
técnicas en el negocio que promuevan una integración vertical de las
operaciones en las que los bienes de capital previamente intercambiados entre dos
empresas independientes ahora se producen y emplean dentro de la misma empresa.
Obsérvese que la inflación de ahorro de efectivo es benigna
precisamente porque es un resultado de que haya individuos esforzándose por
optimizar sus propiedades mediante un proceso de intercambio voluntario.
También es digno de mención que este tipo de inflación implica un aumento de
precios de una sola vez: una vez que el nuevo método de pago o invento se
convierte en ampliamente adoptado, cesa la caída de la demanda de dinero y los
precios dejan de subir. Al final, la inflación causada por la gente que
responde a oportunidades de economizar en sus existencias de dinero no tiene un
efecto sistemático en los mercados del crédito y el tipo de interés y, por
tanto, no precipita el ciclo económico.
Un segundo tipo de inflación buena es la que se produce por
efecto de una reducción en las ofertas de bienes y servicios causada por
desastres naturales, el agotamiento de recursos naturales o el aumento de las
preferencias de la gente por el ocio (causando una disminución de la
participación en las fuerzas laborales) o por bienes de consumo presentes
(causando la no renovación o “consumo” de bienes de capital). Todos estos
acontecimientos traen, antes o después, una mayor escasez de bienes
intercambiables en la economía.
La reducción de las ofertas de bienes en el mercado, si todo
lo demás permanece constante, incluyendo la existencia de dinero, hace que
aparezca un exceso de demanda de bienes. Los precios en general aumentarán
naturalmente para restaurar el equilibrio en los mercados de bienes. El aumento
de precios a la vez indica la mayor escasez de bienes disponibles y asegura que
se asignan a los usos más valorados por los consumidores.
Por el contrario, puede decirse que hay una caída en la
demanda de “intercambio” de dinero, que se constituye por los bienes ofrecidos para
intercambio. La disminución en la demanda de dinero en intercambio, cuando no
ha cambiado la oferta de dinero, produce inicialmente un excedente de dinero,
porque a los bajos precios prevalecientes, la oferta de dinero ofertada
excede la oferta de bienes en el mercado. Al final, el poder de compra del
dólar se ajusta a la baja, los precios de los bienes suben y todos los dólares
ofrecidos se absorben a cambio de los bienes que ahora tienen precios más
altos.
De nuevo advertimos que, al contrario que la actual
inflación de precios que normalmente causa la expansión de la oferta monetaria
de los bancos centrales, la inflación generada por las menores ofertas de
bienes es asunto de una sola vez. Los precios dejan de subir tan pronto como
las ofertas de bienes y servicios dejan de caer y se estabilizan al nivel
inferior, consistente con el cambio en los datos económicos.
La inflación de la “escasez” es por tanto beneficiosa porque
facilita el cálculo económico y la operación correcta de los mercados en una
situación en la que las preferencias de la gente o sus oportunidades de
producción han sufrido un cambio radical. La historia ha demostrado vez tras
vez (durante guerras, revoluciones, asedios y malas cosechas) que cualquier
intento por reprimir la inflación de escasez mediante controles de precios o
una distribución centralizada de las necesidades genera un caos de cálculo,
pobreza generalizada y desorden social.
Por tanto, nuestra conclusión es que un aumento general de
los precios generado por la demanda de dinero siempre mejora el bienestar
económico tal y como entienden el término los austriacos.
Con el fin de aportar todo, advierto que la mayoría de los
austriacos más modernos que apoyan la banca libre, aunque estén de acuerdo
conmigo sobre la inflación de escasez estarían muy en desacuerdo conmigo en que
la inflación de ahorro de efectivo sea benigna. Autores como Larry White,
George Selgin y Steve Horowitz insisten en que cualquier cambio en el gasto
total causado por cambios en la demanda de dinero deben deshacerse rápidamente
por un cambio de la oferta de dinero en la misma dirección. Por tanto, bajo
nuestro sistema actual de moneda fiduciaria, si aparecen innovaciones
financieras que induzcan a la gente a reducir su demanda de efectivo e
intercambiar el dinero más rápidamente, de acuerdo con los “banqueros libres”,
el banco central debe contraer la oferta de dinero para prevenir el aumento en
precios que corresponda a las elecciones voluntarias de la gente.
Es una implicación directa de la “norma de productividad” de
los banqueros libres, de acuerdo con la cual el banco central debe suprimir
activamente cambios “sin sentido” en los precios. Los cambios sin sentido en
los precios incluyen aquéllos causados por cambios en lo que los banqueros
libres califican (erróneamente, en mi opinión) como “la velocidad del dinero”.
Así, los banqueros libres se convierten en animadores de una deflación
monetaria realizada por el banco central como un medio de ahogar un modelo de
intercambios de propiedades libremente elegidos que expresan las preferencias
de los consumidores de precios más altos.
La posición de los banqueros libres no sólo es errónea sino
también paradójica. Acusan a los austriacos de Escuela Neomonetaria, creada por
Mises y Rothbard, de ver la deflación y la inflación asimétricamente,
favoreciendo la deflación y condenando la inflación. Pero como he intentado
probar anteriormente, los austriacos de la Escuela Neomonetaria son
perfectamente consistentes en sus actitudes hacia la subida y bajada de
precios: tanto la “inflación” como la “deflación” son benignas siempre que
estén de acuerdo con las preferencias de los consumidores voluntariamente
expresadas. No pasa esto con los banqueros libres, que afirman estar a favor de
un sistema monetario libremente competitivo, pero presumen saber de antemano
qué resultado producirán los empresarios operando en este sistema, que es una
estabilidad completa de una variable macroeconómica concreta.
Luego el punto de fricción real entre banqueros libres y sus
oponentes neomonetarios es si debe invocarse la norma de productividad para
animar al banco central a emplear su poder de manipular la oferta monetaria con
el fin de estabilizar el “gasto total”, un macroagregado ex post sin
sentido. La respuesta de los banqueros libres es “Sí”. Los austriacos de la
Escuela Neomonetaria aceptan la opinión de Mises de que las subidas y bajadas
de precios no significan nada por sí mismas en evaluar la solidez de un régimen
monetario. Como escribió
Mises:
Las nociones de inflación y
deflación no son conceptos praxeológicos. (…) [Implican] la popular falacia de
que no existe el dinero neutral o de poder de compra estable y que el mejor
dinero debería ser neutral y estable en poder de compra. (…)
Sin embargo quienes aplican esos
términos no se da cuenta del hecho de que el poder de compra nunca permanece
inalterado y que consecuentemente siempre hay inflación o deflación”.
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Joseph Salerno es vicepresidente académico del Mises
Institute, profesor de economía en la Universidad de Pace y editor del Quarterly Journal of Austrian
Economics. Ha sido entrevistado en Austrian Economics
Newsletter y Mises.org
Por Frederic Bastiat. (Publicado el 19 de noviembre de 2009)
Traducido de la versión en inglés. El artículo original en
inglés se encuentra aquí http://mises.org/daily/3805.
[De “Lo que se ve y lo que no se ve”, 1850]
¿Nunca han oído decir: “No hay mejor inversión que los
impuestos. Vean sólo la cantidad de familias que mantienen y consideren cómo
actúa sobre la industria: es una corriente inagotable, es la propia vida”?
Con el fin de combatir esta doctrina, debo referirme a mi anterior
refutación. La economía política sabe suficientemente bien que sus
argumentos no son tan convincentes que podría decírsele, repítalo, por favor.
Por tanto ha cambiado el proverbio en su beneficio, convencida de que, en su
boca, las repeticiones enseñan.
Las ventajas que defienden los funcionarios son las que
se ven. El beneficio que dan a los proveedores es también lo que se ve.
Esto ciega a todos.
Pero los inconvenientes que los contribuyentes deben
soportar son los que no se ven. Y el daño que generan a los proveedores
es también lo que no se ve, aunque esto tendría que ser evidente.
Cuando un funcionario gasta para su propio beneficio cien
soles extra, implica que un contribuyente gasta en su beneficio cien soles
menos. Pero la ganancia del funcionario se ve, porque el acto se
realiza, mientras que la del contribuyente no se ve, porque, después de
todo, se le ha impedido obtenerla.
Comparamos la noción, quizá con una porción reseca de tierra
y el impuesto como una lluvia fertilizante. Dejémoslo así. Pero tendríamos que
preguntarnos dónde están las fuentes de esta lluvia y si no son precisamente
los mismos impuestos los que eliminan la humedad de la tierra y la resecan.
También tendríamos que preguntarnos si es posible que el
suelo puede recibir tanta agua de la lluvia como la que pierde por evaporación.
Hay una cosa muy cierta: que cuando Jaime B separa cien
soles para el recaudador, no recibe nada a cambio. Más tarde, cuando un
funcionario gaste esos cien soles y los devuelva a Jaime B, será por un valor
equivalente en grano o trabajo. El resultado final es una pérdida de cinco
francos para Jaime B.
Es muy cierto que a menudo, quizá muy a menudo, el
funcionario realiza para Jaime B un servicio equivalente. En ese caso no hay
pérdida en ninguno de los lados: es simplemente un intercambio. Por tanto, mis
argumentos no aplican en absoluto a funcionarios útiles. Lo que yo digo es que
si se desea crear una oficina hay que probar su utilidad. Demostrar que su
valor para Jaime B, en términos de los servicios que le presta, es igual a lo
que le cuesta. Pero, aparte de su utilidad intrínseca, no se ofrezca como
argumento el beneficio que produce al funcionario, su familia y proveedores: no
se afirme que favorece la industria.
Cuando Jaime B dan sus cien soles a un funcionario del
gobierno a cambio de un servicio realmente útil, es exactamente lo mismo que si
diera cien soles a un zapatero a cambio de un par de zapatos.
Pero cuando Jaime B da cien soles a un funcionario del
gobierno y no recibe nada de él, excepto molestias, igual se los podría dar a
un ladrón. No tiene sentido decir que el funcionario del gobierno gastará esos
cien soles para el beneficio de la industria nacional: el ladrón haría lo mismo
y también Jaime B si no le hubiera parado por el camino el parásito extralegal
o la sanguijuela legítima.
Por tanto, acostumbrémonos a evitar juzgar las cosas sólo
por lo que se ve, juzguémoslas por lo que no se ve.
El año pasado yo estaba en el Comité de Finanzas, pues bajo
la constituyente, los miembros de la oposición no estaban excluidos
sistemáticamente de todas las comisiones: en eso la constituyente actuó
inteligentemente. Hemos escuchado al Sr. Thiers decir: “Me he pasado la vida
oponiéndome al partido legitimista y al partido de los sacerdotes. Como el
peligro común nos ha juntado, ahora que soy su socio y les conozco y que
hablamos cara a cara, he descubierto que no son los monstruos que yo solía
imaginar”.
Si, se exageraba la desconfianza, se fomentaba el odio entre
partidos que nunca se mezclaban y si la mayoría permitiera a las minorías estar
presentes en las comisiones, quizá se descubriría que las ideas de los
diferentes lados no son tan perversas como se suponía. En todo caso, el año
pasado yo estaba en el Comité de Finanzas. Cada vez que uno de nuestros colegas
hablaba de mantener en una cifra moderada el mantenimiento del Presidente de la
República, de los ministros y embajadores, se respondía:
“Por el bien del servicio, es necesario dotar a ciertos
departamentos de esplendor y dignidad como medio de atraer a gente de mérito.
Un gran número de personas desafortunadas apelan al Presidente de la República
y le podríamos en una posición muy dolorosa obligándole a rechazarlos
continuamente. Cierto estilo en los salones ministeriales es parte de la
maquinaria de los gobiernos constitucionales”.
Aunque esos argumentos pueden ser controvertidos, sin duda
merecen un examen serio. Se basan en el interés público, sea este correctamente
estimado o no y en lo que a mí respecta tengo mucho más respeto por el público
que muchos de nuestros Catones, quienes se mueven por un estrecho espíritu de
parsimonia o celos.
Pero lo que me revuelve la parte económica de mi conciencia
y me hace ruborizar por los recursos intelectuales de mi país, es cuando se
presenta esta absurda reliquia del feudalismo, lo que sucede constantemente, y además
se recibe favorablemente:
“Además, el lujo de los grandes funcionarios del gobierno favorece
las artes, la industria y el trabajo. La cabeza del estado y sus ministros no
pueden dar banquetes o fiestas sin hacer que la vida circule por las venas del
cuerpo social. Reducir sus medios ahogaría la industria parisina y
consecuentemente la de toda la nación”.
Debo pedirles, señores, que por lo menos presten un poco de
atención a la aritmética y no decirlo ante la Asamblea Nacional de Francia, no
sea que lamentablemente esté de acuerdo en que un suma da un resultado distinto
de acuerdo con si se suma de abajo a arriba o de arriba abajo la columna.
Por ejemplo, quiero contratar a alguien para que me cave una
zanja de drenaje en mi campo por cien soles. Justo cuando acabo de cerrar el
acuerdo aparece el recaudador, se lleva mis cien soles y los envía al Ministro
del Interior, mi acuerdo termina, pero el ministro tendrá otro plato en su
mesa. ¿Bajo qué premisas se atreverán a afirmar que este gasto oficial ayuda a
la industria nacional? ¿No se ve que en esto sólo hay un revés de satisfacciones
y de trabajo? Un ministro tiene su mesa mejor cubierta, es cierto, pero también
es verdad que un agricultor tiene su campo peor drenado. El dueño de una
taberna de París ha ganado cien soles, lo concedo, pero deben concederme que un
cavador no ha podido ganar cinco francos. Se trata de eso: de que la satisfacción
del funcionario y el tabernero es lo que se ve, el campo no drenando y
el cavador sin trabajo es lo que no se ve. ¡Vaya! ¡Qué problema hay para
probar que dos y dos son cuatro y si tenemos éxito en probarlo se dice que “la
cosa es tan sencilla que es bastante tediosa” y votan como si no hubiéramos
probado nada.
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Frédéric Bastiat fue el gran proto-austrolibertario francés
cuyas polémicas y análisis trataron acerca de todos los clichés estatistas. Su
intención principal como escritor fue llegar a la gente de la forma más
práctica con el mensaje de la urgencia moral y material de la libertad.
Por Robert G. Anderson. (Publicado el 19 de noviembre de
2009)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/daily/3852.
[The Freeman, 1973]
Se ha refutado otra falacia económica mediante el erudito
análisis de W.H. Hutt de su más reciente libro. La falsa creencia de que los
sindicatos mejoran la situación del trabajador ejercitando la amenaza de huelga
ante los empresarios se analiza concienzudamente y la conclusión es evidente.
“El efecto de lo salarios
determinados bajo la presión de los sindicatos es distorsionar la estructura de
producción de la sociedad sin causar ninguna redistribución en absoluto a favor
de las clases más pobres como tales, el sistema ha ida reduciendo el flujo de
los salarios reales y la media de éstos”.
Aunque el libro se preocupa principalmente por las
consecuencias económicas de la amenaza de huelga en nuestro mercado laboral,
pregunta una argumentación igualmente devastadora a favor de la superioridad
del libre mercado en la determinación de los salarios de los trabajadores.
El libro demuestra
“que lo que llamamos ‘el mercado’
ofrece los únicos medios concebibles de conseguir la ordenación y la
eliminación de la acción coercitiva en el proceso de cooperación humana o los
resultados que se consideran intuitivamente como ‘justos’ por abrumador
consenso entre la gente libre”.
En principio esto puede parecer simplemente una reafirmación
de los argumentos del libre mercado. Sin embargo, la tesis de Hutt no concede
el “derecho a la huelga”, un asunto en el que la mayoría de los defensores del
libre mercado están dispuestos a ceder. Hutt argumenta:
“Prohibir huelgas y boicots no
sería restringir ningún derecho humano básico. Toda persona seguiría siendo
libre de rehusar vender sus activos, sus productos y sus servicios, siempre que
el rehúse no sea un incumplimiento de contrato. Esto es, una persona retendría
su ilimitado derecho a preferir (a) ser contratado por otro, (b) trabajar por
su cuenta o (c) disfrutar de tiempo libre en lugar de una remuneración
pecuniaria. Pero no puede apelarse a este derecho como justificación del
rechazo concertado o simultáneo de un grupo de personas a trabajar en una
industria, una empresa o una posición clave en una industria o empresa”.
El argumento de Hutt contra la ausencia masiva de todos los
trabajadores es convincente. Sin embargo, aunque demuestra claramente que de
esa acción sólo puede resultar una pérdida de riqueza para los miembros de la sociedad,
aparece el dilema en el asunto de su implantación. Cualquier ley “antihuelga”
sería contraria a los principios de la filosofía del libre mercado salvo que
pueda demostrarse una clara vulneración de contrato.
Al refutar el argumento de John Stuart Mill acerca de la
futilidad de hacer huelga, Hutt argumenta que a veces las huelgas dan
resultado. Pero “dan resultado”, diría yo, porque no se aplican leyes que
protejan la propiedad. El crecimiento del sistema de amenaza de huelga ha
aparecido porque se han implantado leyes favoreciendo a los sindicatos y no se
han aplicado leyes que protegen a las personas y propiedades.
La amenaza de huelga es claramente producto de una
mentalidad colectivista y con toda probabilidad no existiría en una sociedad
libre ideal. Sin embargo, si los individuos desean realizar una acción
perjudicial para su bienestar (el rechazo concertado o simultáneo de un grupo
de personas de trabajar en una industria), su libertad para perseguir esa
tontería debe defenderse. El Profesor Hutt argumenta de otra forma y después de
una lectura detenida de The
Strike-Threat System, el lector debería sacar sus propias conclusiones.
Hutt se ocupa extensamente de los análisis del pasado del
trabajo y de compartir el trabajo. Entierra la idea popular de que los
sindicatos hayan sido alguna vez beneficiosos, demostrando que éstos siempre
han infligido injusticias e interrumpido la producción. Sus capítulos sobre el
impacto de los sindicatos en el mercado total del trabajo son inestimables para
la crítica de la historia sindical.
Lo que es seguro es que este libro se convertirá en un
clásico para estudiantes de la filosofía del libre mercado al examinar el
mercado del trabajo. Por fin existe un libro satisfactorio para enseñar la
teoría del libre mercado de la economía laboral. Todos debemos gratitud al
Profesor Hutt por rellenar este hueco de la literatura económica.
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Robert G. Anderson enseñó economía y gestión de empresas en el
Grove City Collage en Pennsylvania, antes de unirse a la Fundación para la
Educación Económica.
Esta crítica apareció originalmente en The Freeman, 1973, Vol.
23, Nº 1, pp. 758-760.
Por Daniel Hewitt. (Publicado el 18 de noviembre de 2009)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/daily/3842.
Una de los ejemplos más habituales que aportan quienes se
oponen a la abolición de la regulación gubernamental de los productos de
consumo es el del automóvil. La lógica de esta objeción es que el automóvil es
el producto de consumo más caro y complejo que la mayoría compra en su vida.
Tiene tanto impacto en la seguridad personal, el medio ambiente y nuestra
cultura en general que es demasiado importante como para dejar que lo regule el
libre mercado.
Es ingenua la visión de trampas mortales chapuceramente
diseñadas cubriendo el planeta con un espeso humo. Por el contrario, ya hemos
visto atisbos en nuestra sistema regulado actual de cómo funcionaría uno no
regulado, pues los deseos básicos del consumidor trascienden cualquier
regulación impuesta por el gobierno.
Contaminación
El Dr. Walter Block se
ocupa del asunto de la contaminación en su reciente libro The
Privatization of Roads and Highways
[La privatización de las carreteras] y demuestra rápidamente que la
pesadilla de los estatistas de una contaminación sin control es falsa. Los
propietarios de carreteras privadas, conscientes de que serían los objetivos
más evidentes de demandas de contaminación por parte de propietarios
colindantes, se protegerían cobrando tarifas más altas a vehículos más
contaminantes, dando incentivos a los fabricantes de automóviles para diseñar y
construir equipos de control de contaminación en sus vehículos. La explicación
de Block es tan lúcida y racional que tiene más sentido examinar los fallos de
actual sistema regulado que el funcionamiento de uno no regulado.
Las regulaciones del Corporate Average Fuel Economy (CAFE)
dictadas en los años 1970, se tomaron bajo la mentalidad del “gobierno federal
como salvador”, en reacción al embargo de petróleo de los países árabes.
Desde entonces CAFE se ha transformado durante décadas en un medio por el que
los fanáticos del medio ambiente pueden reducir nuestra “huella de carbono”,
independientemente de la voluntad del individuo. Con un Congreso elegido
popularmente obligando a la economía de gasolina a los fabricantes de
automóviles, las millas por galón requeridas han aumentado constantemente con poca consideración de los deseos (o
vidas) de los consumidores.
Como el cálculo del CAFE se pondera por volumen de ventas,
la cantidad de unidades vendidas de cada modelo es crítica para el cumplimiento
de los requerimientos por el fabricante. Para aumentar el volumen de ventas,
deben descontarse los vehículos pequeños, eficientes en consumo. En cambio los
precios aumentan para los vehículos grandes con niveles de consumo más altos
para disminuir las ventas.
Los fabricantes de automóviles, de alguna forma
contraintuitivamente, no se oponen a estándares más estrictos. Se llega a
acuerdos con los lobbys de los autos, como subvenciones a tecnologías e
investigaciones que economicen gasolina a cambio del apoyo de fabricantes a
requisitos del CAFE a los que de otra manera se opondrían. Igualmente puede
negociarse la categorización de modelos concretos para disminuir el impacto en
los fabricantes. Los autobuses y camiones tienen diferentes estándares CAFE y
con la aparición de los crossover los límites entre camiones y automóviles se
han difuminado (el PT Cruiser de Chrysler se ha clasificado como camión).
La primera consecuencia no deseada de la regulación CAFE ha
sido su impacto negativo en la seguridad de los pasajeros. El efecto de los
siempre crecientes estándares de economización de combustible ha sido una
tendencia acelerada hacia vehículos más pequeños (más rápida que la tendencia
que habría tenido el mercado si se le dejara actuar). Los ocupantes de
vehículos más pequeños y ligeros tienen mayores riesgos en colisiones
múltiples, debido a la gran disparidad en el tamaño.
Un análisis de 1999 del USA Today estimaba que de
1975 a 1999, murieron aproximadamente 46.000 personas en accidentes que habrían
sobrevivido si hubieran conducido vehículos más grandes. Son 7.700 muertes
acumuladas por cada milla por galón ganada.
Se han realizado diversos estudios (con distintas conclusiones, pues es
necesario cierto análisis subjetivo), pero la premisa general de que la
disparidad en tamaño aumenta las tasas de mortalidad permanece como totalmente
lógica.
Perdido en el debate sobre el economización de gasolina está
el hecho de que hoy existe tecnología para vehículos más eficientes en combustible,
pero el mercado los ha rechazado en su mayor parte. Los compradores de coches
han evitado constantemente el cambio manual de marchas, a pesar de su impacto
positivo en la eficiencia del combustible, a favor de la más cómoda pero menos
eficiente caja de cambios automática.
También los compradores han optado por los tradicionales
motores de gasolina frente a motores diésel más eficientes. Igualmente la
ganancia en eficiencia de combustible de un motor turboalimentado no ha atraído
a los compradores para hacer la inversión adicional. Los fabricantes no han
sido capaces de compensar el mayor coste de los paneles de la estructura de
aluminio (que reducen la masa y por tanto aumentan la eficiencia) con un precio
de venta más alto y así el acero sigue siendo el componente principal de sus
carrocerías.
El hecho de que el ahorro de gasolina se haya convertido en
un asunto de debate público en lugar de ser una elección del consumidor, es un
indicador deprimente de lo difundida que está la visión colectivista de la
necesidad de un mercado regulado por el gobierno. Obligaciones de una mayor
eficiencia en combustible de automóvil y financiación pública de combustibles
alternativos siguen siendo ideas masivamente populares,
a pesar de que los segmentos de coches pequeños y medianos cubren sólo un 45%
de todas las ventas de automóviles.
Calidad
Consumer Reports
es una revista muy conocida que publica revisiones, comparaciones, pruebas y
guías de compra de productos de consumo de automóviles nuevos y usados. La publica
la organización sin ánimo de lucro Consumers Union y se financia por sus
suscripciones. Para mantener la objetividad a ojos de sus suscriptores, su
código operativo es estricto: no aceptan publicidad de fuentes externas y
compran anónimamente todos los vehículos que prueban. Su relación con los
fabricantes de automóviles ha sido tempestuosa desde hace tiempo, pues dichos
fabricantes han criticado frecuentemente los métodos de prueba de Consumer
Reports, el pequeño tamaño de las pruebas, etc.
Sin embargo, con el tiempo, Consumer Reports ha
ganado tanta influencia y ha acumulado el suficiente respeto y buena voluntad
entre los compradores, que los fabricantes de vehículos empezaron a trabajar
con ellos desde el primer momento. La práctica de pruebas de nuevos modelos de Consumer
Reports permaneció inmutable, pero los fabricantes de coches enviarían
vehículos en preproducción a su instalación de pruebas para pedir la opinión de
los ingenieros de pruebas. Así podían incorporarse las sugestiones de los ingenieros
al diseño del vehículo y antes del inicio de la producción en masa (y la
consiguiente compra al azar y prueba de Consumer Reports) y lograr una
mejor crítica.(6)
En 2003 se informó ampliamente de esta práctica, forzando a Consumer
Reports a abandonarla, porque ponía en cuestión su objetividad.
Incluso la apariencia de parcialidad, fuera real o no, fue motivo suficiente
para que Consumer Reports cambiara de actitud. En una economía de
mercado, la opinión de sus clientes era sacrosanta, como en el caso de
cualquier vendedor de un bien o servicio.
J.D. Power & Associates, propiedad de la sociedad
anónima McGraw-Hill Companies Inc., está especializada en encuestas de
satisfacción de los consumidores. Su principal fuente de ingresos son las
compañías de automóviles que compran los datos que recogen. Su ampliamente
conocida Encuesta de Calidad Inicial (IQS, por sus siglas en inglés) se ha
convertido en la referencia de calidad del producto en el sector de la
automoción.
Se encuesta a los compradores durante los 90 días después de
la compra de un vehículo nuevo y se les pide que indiquen Cosas que Van Mal
(TGW, por sus siglas en inglés). El resumen de datos de Cosas que Van Mal por
cada 100 vehículos (TGW/100) para cada modelo, fabricante, segmento y planta de
fabricación se presenta anualmente al público.(
Se entregan datos detallados por cada categoría TGW y modelo a los clientes de J.D.
Power & Associates.
La IQS tiene limitaciones: cada TGW tiene un peso
equivalente, así que un posavasos difícil de usar tendría el mismo impacto que
un motor que funciona mal. También 90 días es un periodo de servicio demasiado
corto para juzgar la calidad a largo plazo de un modelo. Sin embargo, todos los
fabricantes de autos están forzados a respetar el profundo impacto que tiene la
IQS en la percepción del consumidor y todos la han adoptado como una medición
interna de calidad.
Consumer Reports y J.D. Power & Associates juegan
un papel importante en cualquier Mercado, regulado o no, y sin duda continuarán
existiendo y prosperando por lo que podrían abolirse las regulaciones
gubernamentales.
Seguridad
El Insurance Institute of Highway Safety (IIHS)
es una organización sin ánimo de lucro, que recibe fondos de las aseguradoras
de automóviles en un intento por reducir el número de accidentes, el alcance de
los daños y el nivel de lesiones personales. Al reconocer que las regulaciones
impuestas por el estado a través de la Administración de la Seguridad en el
Tráfico de las Carreteras Nacionales (NHTSA, por sus siglas en inglés) no reflejaban
adecuadamente los objetivos de clientes y aseguradoras, el IIHS formuló varios
tests propios de seguridad.
Además de la obligada prueba por parte de la NHSTA del
impacto frontal, el IIHS desarrolló la prueba de impacto frontal limitada para
representar mejor los impactos de la vida real. La mayor parte de los impactos
son limitados, es decir, el impacto se produce sólo en una parte del frontal
del automóvil y no se distribuye por igual en toda la parte frontal. La prueba
de impacto lateral del IIHS también es distinta de la versión de la NHSTA, para
simular la más peligrosa y cada vez más común situación de que un vehículo
todoterreno más alto impacte en el lateral del automóvil. En 2009, el IIHS
empezó a probar el aplastamiento de techos en vehículos todoterreno, que son
propensos a accidentes con vuelco para un estándar más estricto que el que
obliga la NHSTA.
IIHS compra y prueba modelos nuevos y rediseños, con los
resultados detallados a disposición de fabricantes y aseguradoras e informes
resumen para el público general.
Los beneficios netos para los consumidores son vehículos más seguros y primas
de seguro más bajas, derivadas del beneficio de las aseguradoras por menos
indemnizaciones y de menor importe. También los fabricantes se benefician por
las mejores pruebas que representan mejor las condiciones de la vida real y así
reducen el riesgo de litigios.
Estos deseos permanecerían en un mercado verdaderamente
libre y por tanto el IIHS o un competidor que añadiera un valor similar
mantendrían este importante papel. Los dispositivos de seguridad de dudoso
valor, como los airbags, recibirían la
revisión atenta que merecen en un mercado verdaderamente libre y los
consumidores se beneficiarían de la transparencia y franqueza que falta a
nuestro sistema actual.
Podemos imaginar fácilmente que los propietarios de
carreteras privadas impondrían un estándar mínimo de seguridad a los vehículos
que las transiten. El nivel de rendimiento de seguridad requerido seguramente
variaría de una carretera a otra. Por ejemplo, un tractor que viaja sólo cortas
distancias en carreteras rurales no necesitaría tener el mismo equipamiento de
seguridad que un turismo familiar en una autopista de circunvalación.
Por encima del umbral mínimo, los fabricantes se adaptarían
a las elecciones individuales de los consumidores. Los modelos con niveles más
altos de seguridad satisfarían a los consumidores que valoran primas de seguro
más bajas o tranquilidad. Los modelos con menores niveles de seguridad
satisfarían a los consumidores que se centran en el coste.
La NHSTA emite los conocidos Estándares de Seguridad
Federales para Vehículos a Motor (FMVSS, por sus siglas en inglés). Aunque el
lobby del sector tiene influencia, las regulaciones de los FMVSS son,
esencialmente, dependientes del gobierno. Y, como todo lo que depende del
gobierno, crean distorsiones en el mercado. Las aparentemente pequeñas
diferencias entre regulaciones ocasionan gastos adicionales para los
fabricantes, privando a los consumidores del benéfico máximo de la división
internacional del trabajo.
Los vehículos importados deben modificarse para cumplir con
los requerimientos propios de los FMVSS, ya sea en la fábrica de origen o por
un adaptador local, elevando su coste. Los vehículos exportados se ven
penalizados de forma similar. Por ejemplo, los modelos exportados al Canadá
deben equipar luces para el día (DRL) y un parachoques con otro diseño, pues
los CMVSS (el equivalente canadiense de los FMVSS) tienen provisiones propias,
obligando a tener luces operando durante el día y una mayor velocidad de
impacto para la vulnerabilidad del parachoques.
Conclusión
Todos los consumidores dan un alto valor a su seguridad
personal. Los vendedores de cualquier producto de consumo deben atender este deseo con el fin de
prosperar en una economía capitalista.
Los fabricantes de automóviles, a causa de los deseos de sus
consumidores de acceder a las carreteras al menor coste posible y para obtener
un seguro también con el mínimo coste, se beneficiarían produciendo productos
seguros que cumplan los estándares establecidos por los reguladores privados.
Los reguladores privados, que dependen de su propia reputación y honradez como
marcas, competirían entre sí por la posibilidad de probar y certificar
automóviles.
El seguro dejaría de ser obligatorio, dejando la elección a
cada individuo. Es posible que algunos propietarios de carreteras requieran a
sus usuarios que tengan seguros personales. Además, para proteger los activos
que están financiando, quienes otorguen créditos para compra de coches pueden
requerir que el comprado contrate un seguro de colisión.
El libre mercado posee los medios para regularse por sí
mismo. Los automóviles no son demasiado importantes como para dejar que los
gestione el libre mercado. Son demasiado importantes como para dejarlos al
gobierno.
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Daniel Hewitt es ingeniero de automóviles en Detroit,
Michigan.
Por Henry Hazlitt. (Publicado el 18 de noviembre de 2009)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/daily/3851.
[The Freeman, 1973]
Se han publicado dos libros en honor del gran economista
Ludwig von Mises, ahora en su 92 aniversario. On
Freedom and Free Enterprise [De la libertad y la libre empresa],
editado por Mary Sennholz, publicado por primera vez en 1956 y que contenía
ensayos de 19 ilustres estudiosos. El segundo apareció en 1971, con ocasión de
90 cumpleaños de Mises en ese año. Tenía dos volúmenes y contenía ensayos de no
menos de 66 escritores de 17 países. Ambas publicaciones contenían muchos
estupendos ensayos. Además ha habido otros homenajes a los logros de Ludwig von
Mises.
Pero nadie ha hecho hasta ahora lo que ha conseguido con
éxito Murray N. Rothbard al elaborar Lo
esencial de Ludwig von Mises, un pequeño tributo de unas 11.000
palabras. No ofrece en forma breve, pero muy compresible un perfil de las
asombrosas contribuciones del Dr. Mises a las ciencias de la acción humana.
Biografía, historia, exposición y crítica se entremezclan de forma soberbia.
El Dr. Rothbard empieza con el nacimiento de Mises en 1881
en Lemberg nos recuerda que Mises creció durante la gran marea de la Escuela
Austriaca de Economía. Describe qué era ésta, comparándola con la economía
clásica ricardiana a la que desplazó, y explica lo que ya habían aportado Carl
Menger y Böhm-Bawerk, maestro de Mises.
Luego, punto por punto nos explica cómo Mises fue más allá:
su unificación de la teoría monetaria con el análisis austriaco, su nueva
teoría de los ciclos económicos, su demostración de que el socialismo no era un
sistema viable porque no podía resolver el problema del cálculo económico, sus
grandes contribuciones a la metodología y otros hallazgos que pueden verse en
sus tres sobras maestras: La
Teoría del dinero y el crédito, El
socialismo y La
acción humana.
La obra de Rothbard es una bella exposición del pensamiento
de Mises y una introducción admirable a sus escritos. Es más que eso. Es una
historia compactada de la economía desde 1880, homenajea a otros que hicieron
contribuciones e indica brevemente las falcias de desviaciones de moda como el
keynesiasmo, el institucionalismo, la econometría y la economía matemática.
Pero a pesar del territorio que cubre, nunca pierde de vista
a Mises, el hombre, que reacciona “al mundo que se oscurece a su alrededor con
una vida de gran coraje e integridad personal”, sin dejarse llevar nunca por
los vientos de cambio, no desviándose ni un ápice en la búsqueda y proposición
de la verdad como él la veía y no quejándose nunca de la vergonzosa ignorancia
de sus contribuciones por parte de la mayoría del mundo académico.
Rothbard concluye citando un homenaje del eminente
economista francés Jacques Rueff:
“Ludwig von Mises ha preservado
las bases de una ciencia económica racional (…) Con sus enseñanzas ha sembrado
las semillas de una regeneración que dará fruto tan pronto como los hombres
empiecen de nuevo a preferir teorías que son verdad a teorías que les gusten.
Cuando llegue ese día, todos los economistas reconocerán que los méritos de
Mises merecen su admiración y gratitud”.
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Henry Hazlitt (1894-1994) fue un famoso periodista que
escribió sobre asuntos económicos en el New York Times, el Wall
Street Journal y Newsweek, entre otras muchas publicaciones. Es tal
vez más conocido como autor de La
economía en una lección.
Esta crítica apareció originalmente en The Freeman, 1973, Vol.
23, Nº 1, pp. 447-448.
Por Jan Iwanik. (Publicado el 17 de noviembre de 2009)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí
http://mises.org/daily/3824.
Los seguros inmobiliarios y de accidentes reducen la
exposición a ciertos riesgos de los asegurados al agrupar a un gran número de
individuos, distribuyendo las pérdidas financieras del grupo y los costes entre
los participantes. Muchos individuos prefieren sufrir una pequeña pérdida conocida
(la prima) que estar expuestos a la posibilidad de un evento del azar con
consecuencias financieras potencialmente ilimitadas. Por eso están felices de
unirse a esos grupos. Al contrario que la banca, que, mediante el mecanismo de
la expansión del crédito, crea nuevos riesgos sistémicos, un contrato de seguro
bien diseñado reduce el efecto negativo de riesgos que ya están presentes en el
mundo.
Como constantemente aparecen nuevos riesgos en nuestras
complicadas economías, se desarrollan nuevos tipos y clases de seguro para
ofrecer protección frente a ellos. Los mercados globales del seguro más
innovadores pueden encontrarse en Bermudas y en la City de Londres. Los Estados
Unidos no están en la vanguardia de la innovación en seguros.
¿Por qué Estados Unidos es tan innovador en tantos sectores
pero no la ubicación de empresas aseguradoras líderes comparables a Lloyd’s en
Londres o el mercado de reaseguros de Bermudas? ¿Por qué se ha desarrollado en
Estados Unidos un sofisticado mercado financiero internacional, pero no su
equivalente en seguros? Una razón importante es la regulación absurdamente
restrictiva de los seguros en EEUU.
¿Cómo funciona la regulación de los seguros en EEUU?
El sistema de regulación de los seguros inmobiliarios y de
accidentes de EEUU afirma realizar dos funciones principales. La primera es
garantizar que las aseguradoras tienen suficiente capital para ser solventes.
Todos los países desarrollados regulan la solvencia de sus compañías de seguros
de una forma u otra. Una regulación gubernamental inteligente de la solvencia
probablemente reduzca el riesgo de que algunas compañías quiebren. Una
regulación gubernamental estúpida de la solvencia reemplaza este riesgo con el
riesgo sistémico de que todo el mercado vaya a la ruina. (A menudo es difícil
distinguir lo inteligente de lo estúpido antes de que sea demasiado tarde).
La segunda función de la regulación de los seguros en EEUU
es hacer el seguro “asequible”. Esto significa control de precios. Hay
diferencias entre los estados, pero en la mayoría del país las aseguradoras
necesitan que sus tarifas estén autorizadas si quieren que se contraten sus
pólizas.
El principal argumento para justificar este tipo de
regulación es que el seguro tiene que ser asequible, porque es una “necesidad”.
Es un mal argumento, considerando que la gasolina y el pan son también
necesidades, pero el gobierno no controla sus precios.
Hay un conflicto de base entre las funciones de solvencia y
“asequibilidad” de la regulación de los seguros. La manera más sencilla de
mejorar la solvencia de la aseguradora es mantener altas las primas. La manera
más sencilla de mejorar la asequibilidad es mantener bajas las primas. Los
reguladores afirman saber cómo llegar al equilibrio perfecto, pero no es
verdad.
Los peligros de la “asequibilidad”
La función de “asequibilidad” de la regulación de los
seguros inmobiliarios y de accidentes en EEUU en su forma actual deriva de la
Ley Sherman Antitrust. Históricamente era una práctica común de las
aseguradoras compartir sus datos de reclamaciones para hacer un ratio de
seguros. El tener acceso a buenos datos de reclamaciones significaba que las
compañías de seguros podían dar precio y gestionar mejor sus negocios y
expandirse y entrar en nuevos segmentos de mercado.
La Ley Sherman se hizo efectiva para el seguro en 1944,
cuando la Corte Suprema decidió que el seguro era comercio interestatal y por
tanto debía ser regulado por el Congreso. Como consecuencia, la útil práctica
de compartir datos, que se parecía mucho a fijar precios, quedó automáticamente
fuera de la ley por la regulación federal antitrust.
Desgraciadamente, antes de la era de los ordenadores
baratos, los seguros no podían existir sin los acuerdos de compartición de
datos. Así que se introdujo la Ley McCarran-Ferguson en 1945, permitiendo al
sector retornar a las viejas prácticas pero encargando a los estados “proteger”
a los consumidores. Por tanto el mayor logro de la Ley Sherman en los seguros
fue obligar a la intervención gubernamental en las elaboración de tarifas sin
eliminar las supuestamente indeseables comparticiones de datos sobre
reclamaciones.
Como pasa habitualmente con otras formas de controles de
precios, la regulación de precios en los seguros crea escaseces. Por ejemplo,
desde 1977 la División de Seguros de Massachussets ha venido fijando las
tarifas de los seguros individuales de automóviles para todo el estado. Toda
aseguradora que opere en el estado tiene que usar las tarifas del gobierno o
abandonarlo.
Con el pasar de los años, muchos lo han hecho. Desde que el
sistema se introdujo en 1977, el número de aseguradoras ha disminuido de más de
100 a sólo 19. El último año la situación era tan crítica que el entonces
comisionado acabó decidiendo liberalizar ligeramente el régimen para evitar que
hubiera más ciudadanos condiciendo sin seguro.
Reducir la competencia y crear escasez en el seguro es sólo
una de las formas en que los controles de precios dañan el mercado en este
sector. La redistribución es otra. Múltiples ejemplos demuestran que una
regulación extensa a menudo hacer que los buenos conductores subvencionen a los
malos. Esto significa que se incentiva a los malos conductores a conducir más y
a los buenos a conducir menos.
Igualmente, los planes de seguros estatales a menudo obligan
a los propietarios de viviendas prudentes a subvencionar a quienes eligen vivir
en una casa en un lugar peligroso. El ejemplote Florida subvencionando sus
casas en la playa es un ejemplo extremo. Es difícil ver qué fin socialmente
útil pretenden lograr esas subvenciones.
Incluso la actual administración de Washington está de
acuerdo en que hay algo equivocado en la manera en que está regulado el sistema
de seguros. El libro blanco del Presidente Obama sobre regulación financiera
dice:
“Durante más de 135 años, el
seguro ha sido primordialmente regulado por los estados, lo que ha llevado a
una falta de uniformidad y una competencia reducida entre fronteras estatales e
internacionales, generando ineficiencia, poca innovación en productos y costes
más altos para los consumidores”.
Es triste que el único remedio propuesto es la
federalización de la regulación del seguro. Probablemente haría que los malos
aspectos de la regulación fueran aún peores. La función de la “asequibilidad”
seguramente se haría más importante y, como no habría forma de comparar los
resultados de las diferentes legislaciones entre estados, sería más difícil
aprender qué funciona y qué no y por qué.
Comparación con Inglaterra
Es interesante analizar la regulación de los seguros en el
Reino Unido. Hasta hace poco, los precios de los seguros inmobiliarios y de
accidentes británicos estaban completamente sin regular. Los reguladores se
centraban en la función de la solvencia. La larga tradición de libertad de
empresa generó la aparición del exclusivo mercado del seguro de Londres.
Durante siglos, Londres fue el único lugar en la Tierra
donde era posible asegurar riesgos grandes y no estandarizados. Incluso hoy, si
alguien quiere asegurar una planta de energía o un sistema de satélites de
telecomunicaciones, Londres es lugar donde hacerlo.
La falta de regulación en los precios en Reino Unido generó
una gran cantidad de innovaciones en su fijación desarrolladas y probadas aquí.
Un buen ejemplo, es la llamada aproximación estadística GLM. Esta metodología
matemática fue desarrollada por dos empresas británicas de software
actuarial a finales de los noventa.
Versiones aligeradas de esta innovación han sido exportadas desde entonces a
Estados Unidos e implantadas aquí en pocos años.
Los actuarios de EEUU tenían que aprender la metodología de
sus colegas británicos y comprar el software también a vendedores británicos.
Al final, incluso los reguladores, cuya actitud burocrática evitaba que se desarrollaran nuevas técnicas en
primer lugar en Estados Unidos, empezaron a utilizar GLM para otorgar
aprobaciones de tarifas.
El mismo proceso se está produciendo con las técnicas y
software de reserva actuarial y modelización de capital. Como la excesiva
regulación de Estados Unidos paraliza el pensamiento actuarial innovador, la mayoría
de esas invenciones se están desarrollando en Reino Unido, y simplemente cruzan
el Atlántico.
Pero no son sólo las innovaciones las que hacen grande al
mercado británico de seguros. Un mercado menos regulado da a los británicos
acceso a mejores servicios de seguros. Por ejemplo, se ha desarrollado un
sofisticado mercado de intermediación en el Reino Unido, ofreciendo a los
asegurados productos y asesoramiento especializados.
Complejas plataformas de software para toda la nación,
creadas por la comunidad de intermediarios permiten a las webs hacer enormes
comparativas de precios para ofrecer a los asegurados ofertas de cerca de cien
aseguradoras. Esto hace más por la asequibilidad del seguro en Inglaterra que lo
que consiga en Estados Unidos cualquier regulación gubernamental.
Otro ejemplo es la facilidad con la que pueden crearse
nuevos productos en Reino Unido. En Estados Unidos, el regulador del estado
está muy implicado en este proceso. Les interesan las reglas de clasificación,
las guías de aseguramiento e incluso las palabras del contrato de seguro. En
consecuencia, la mayoría de las pólizas privadas del motor escritas en los
últimos 30 años en Estados Unidos, han usado uno de los pocos formularios del
estándar ISO o alguna modificación de éstos.
En Reino Unido, donde las partes contratantes son más libres
de realizar un contrato de seguro a su elección, los intermediarios de seguros
independientes ofrecen docenas de pólizas de seguros ajustadas a segmentos
específicos del mercado. Esto significa más capacidad de elección para los
clientes.
¿Quién paga la factura?
El cliente es la víctima evidente de los reguladores de
EEUU. Pero también se daña al resto de la sociedad. Los comisionados de seguros
de todo el país emplean a miles de personas brillantes para revisar y aprobar
tarifas de seguros. Para satisfacer a estos reguladores, las aseguradoras deben
emplear miles de actuarios y personal en precios para preparar los formularios
de tarifas. Sin duda la sociedad se beneficiaría si esta gente usara su tiempo
y cerebro de una forma más productiva.
Basándome en mis observaciones particulares, concluyo que
las compañías de seguros de EEUU también sufren las consecuencias de la cultura
regulatoria del acoso, especialmente cuando intentan competir con aseguradoras
más sofisticadas en el mercado británico. Hay muchos ejemplos de éxito de
aseguradoras personales de EEUU expandiéndose en los países regulados de la
Europa continental, pero parece ser muy difícil que las aseguradoras de EEUU
pongan pie en Reino Unido. Competir en un mercado de seguros personales libre
no es una habilidad que hayan adquirido.
La regulación del seguro en los Estados Unidos no está
funcionando porque hace del seguro un negocio estático, no creativo y aburrido.
Las mejores compañías aseguradoras de EEUU sólo pueden arreglárselas para
lograr su tamaño porque no decaen en sus esfuerzos y siguen colando
innovaciones a través de los defectos de la regulación.
En los seguros, como en muchos otros sectores, la innovación
y la regulación no casan bien.
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Jan Iwanik es un actuario de seguros inmobiliarios y de
accidentes con experiencia en los mercados americano y europeo de los seguros,
actualmente trabajando en Londres. Tiene un doctorado en matemáticas en la
Universidad Tecnológica de Wroclaw. Jan ha estado apoyando el trabajo del Instytut
Misesa en Polonia.
Por Llewellyn H. Rockwell, Jr. (Publicado el 17 de noviembre
de 2009)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí
http://mises.org/daily/3869.
El mundo ve a los Estados Unidos como un país irresponsable
y bebedor donde se regulan pocas cosas. El mundo debería despertar a la
realidad de que los Estados Unidos están gobernados por una burocracia
totalitaria que pretende dirigir todos los aspectos de nuestra vida, lo que
significa, por supuesto, gestionar la economía con intervenciones masivas
reguladoras, de las que la siguiente no es sino un diminuto ejemplo.
La Food and Drug Administration (FDA, Administración de
Alimentos y Medicamentos) ha decidido que a los estadounidenses son demasiado
aficionados a la peligrosa mezcla de alcohol y cafeína. La prueba es la
popularidad de todo tipo de nuevas bebidas que aparecen en el mercado. Un
ejemplo es Tilt, una bebida energética que se vende como una bebida de malta
premium. Hay muchos otros productos similares, todos lo cuales derivan del
hábito popular de los consumidores de mezclar licor con bebidas energéticas,
como Red Bull.
No es nada nuevo. Pensemos en el café irlandés, que es café
con licor. O en Kahlúa, que es un licor de café usado en todo tipo de bebidas.
También hay una nueva moda para el café Martini.
¿Qué está haciendo la FDA? Presionando a los fabricantes de
bebidas para eliminar el guaraná (un baya que es una fuente de cafeína) de
éstas. Anheuser-Busch ya ha aceptado. Otras han alterado asimismo sus recetas.
Pero si hay que podemos aprender de la historia de los mercados de consumo es
que cuando la gente quiere algo, alguien se lo va a ofrecer, gracias a Dios.
Como consecuencia de la aceptación de las grandes compañías,
las compañías que no aceptan, como Joose,
obtuvieron una cuota del mercado. Esto molestó a los grandes. A mi no me
sorprende encontrar su escritura en las cartas amenazantes enviadas por la FDA
a unas 30 compañías que fabrican esos productos, con un 9,9% de alcohol con una
buena dosis de cafeína.
Las cartas reclaman que estos fabricantes aporten, en un
plazo de 30 días, pruebas de que sus bebidas son inocuas y no producen riesgos
para la salud o la seguridad. La demanda es ridícula. Por supuesto que hay
riesgos. Los riesgos son parte de la vida. Parte de la diversión de estas
bebidas es que son un poco más arriesgadas que, por ejemplo, una lata de V-8.
El acoso viene tras una campaña de los fiscales generales de
los estados reclamando que se haga algo para evitar que la “juventud” consuma
esos productos. ¡Ah, sí! Es siempre la juventud. No sorprende que la juventud
prefiera estos brebajes simplemente porque sus sistemas están mejor diseñados
para tolerar la combinación de cafeína y alcohol y tienen menos
responsabilidades en la vida que hagan que madurar sea una prioridad.
En lo que se refiere a la pregunta de la FDA, creo que la
puedo responder. El alcohol te hace que está un poco alegre. La cafeína hace
que te despiertes. Así que puedes estar a la vez contento y con marcha. Es como
la misma definición de la juventud. Pero el gobierno tiene un problema con esto
¿y por qué? Tiene que ver con la seguridad, eso dicen.
¿Podemos creérnoslo? El gobierno es la institución que
construye y gestiona las carreteras en las que decenas de miles de personas
mueren cada año. El gobierno es la institución que empieza guerras que han
matado a decenas de millones de personas. No sólo mandan a gente a morir en el
extranjero, sino que reclutan activamente a jóvenes para este “trabajo”,
sobornándoles con educación gratuita que pueden disfrutar si sobreviven y no
tienen daños mentales al final de su servidumbre bajo contrato. El gobierno es
la institución preparada para golpearte y electrocutarte y ponerte en una caja sucia si no cumples con
sus demandas arbitrarias.
¿Podemos creernos realmente que a los burócratas de la FDA
les preocupa nuestra salud y bienestar? ¿Qué esos saqueadores perennes de los
contribuyentes se inquietan por nuestra ingesta de cafeína y licor y buscan
hacer lo mejor para nosotros, como padres dominantes o pastores de la
congregación local? Lo dudo seriamente.
Lo que les motiva es el ansia de poder. ¿Qué otra cosa puede
ser? Sólo miren la guerra del gobierno contra el tabaco. El consumo de tabaco
en realidad ha aumentado en Estados Unidos de 2007 a 2008. Es un periodo en que
la guerra contra el tabaco ha sido más intensa que nunca, con campañas de
relaciones públicas, restricciones a la publicidad e impuestos abusivos que
hacen que cada paquete sea una inversión importante.
Lo que hacen realmente estas campañas contra el pecado es
dirigir la atención hacia esas bebidas. Por ejemplo, hay muchos lectores de
este artículo que nunca habían oído antes de Tilt y Joose o pensado en la
asombrosa combinación de alcohol y cafeína. Estas campañas son publicidad
gratuita para estas bebidas y al añadirlas un tufillo de peligro atraen
realmente a la gente joven.
¿Cómo puede el gobierno ser tan estúpido? Es una pregunta
que puede remontarse a la antigüedad y estará con nosotros hasta el fin de los
tiempos. O al menos hasta que la humanidad deje de tolerar esta cosa llamada
estado que supone el derecho de obligarnos a hacer lo que quiere que hagamos en
lugar de lo que nosotros queremos.
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Llewellyn H. Rockwell, Jr es Presidente de la Junta
Directiva del Ludwig von Mises Institute en Auburn, Alabama, editor de LewRockwell.com, y autor
de The
Left, the Right, and the State.
Por Rev. Edmund A. Opitz. (Publicado el 16 de noviembre de
2009)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/daily/3847.
[The
Freeman, 1974]
Cuando Albert Jay Nock escribió Our
Enemy, The State [Nuestro enemigo, el Estado] en 1935, estaba
aguantando la marea y no tenía ninguna falsa esperanza de que sus palabras
tuvieran un efecto inmediato en el curso de los acontecimientos humanos. Pero
era un devoto de la verdad y estaba acostumbrado a ir con el paso cambiado. Así
que, con un cínico distanciamiento, diseccionó la deriva del poder social hacia
el poder estatal, completamente consciente de su desagradecida tarea. Entonces
¿por qué el doloroso esfuerzo de escribir un libro? Por dos razones, replicaba
Nock:
“La razón general es que cuando
en cualquier área del pensamiento una persona tiene, o cree que tiene, una
visión del orden de las cosas completamente inteligible, es adecuado que
registre esa visión públicamente, sin pensar en las consecuencias prácticas o
la falta de ellas para embarcarse en la labor. Podría sin duda pensar que está
obligado a realizar esto como una especie de tarea abstracta, no como un
cruzado o propagandista de su opinión o para intentar imponerla a todos (¡lejos
de ello!) sin que le importe en absoluto su aceptación o rechazo, sino
simplemente para dejar constancia. Debo decir que podría pensarse que es su
tarea para con la verdad natural de las cosas, pero en todo caso, su derecho:
es admisible.
La razón especial tiene que ver
con el hecho de que en toda civilización, por muy generalmente prosaica, por
muy adicta el punto de vista inmediato sobre los asuntos humanos que sea, hay
siempre ciertos espíritus extraños, que aunque conformes externamente con los
requisitos de la civilización que los rodea, siguen teniendo una preocupación
desinteresada por la simple comprensión de la ley de las cosas, sin tener en
cuenta su fin práctico.
Éstos tienen una curiosidad
intelectual, a veces con un tinte de emoción, sobre el augusto orden de la
naturaleza: les impresiona su contemplación y quieren conocer todo lo que
puedan sobre él, incluso en circunstancias en las que su operación es siempre
tan manifiestamente desfavorable para sus mayores esperanzas y deseos.
Para éstos, una obra como ésta,
aunque no es práctica en el sentido actual del término, no es del todo inútil, y
a quienes les llegue se darán cuenta de que se escribió para gente como ellos y
sólo ellos".
Nock sostenía que hay dos instituciones políticas: el
gobierno y el estado. El gobierno es una institución de la sociedad limitada a
intervenciones negativas dirigidas a proteger al individuo frente a la fuerza y
el fraude: los gobiernos se establecen para garantizar a las personas sus
derechos y castigar cualquier infracción a éstos.
Por el contrario, el estado interviene positivamente en la
sociedad: somete al pueblo en busca de distintos objetivos nacionales, guerrea
contra la pobreza, ofrece bienestar, paga subvenciones, ofrece seguridad de la
cuna a la tumba, etc.
Nock se oponía al sistema del estado, en cualquier nombre
que éste asuma, pero no era un anarquista. No tenía una opinión ingenua sobre
la naturaleza humana y nuca habría suscrito la opinión de que hombres y
mujeres, libres de toda ley y obligaciones legales, se establecerían para vivir
felizmente para siempre en algún Jardín del edén del futuro. Creía que mantener
al gobierno estrictamente limitado y descentralizado es la forma de preservar
nuestras libertades.
Siendo el estado lo que es, importa poco quién esté al
frente y ejerza sus exorbitantes poderes. La verdad está calando hoy en algunas
personas, pero el público en general, aunque desilusionado por los políticos,
sigue teniendo fe en la política como medio de curación de todas las
enfermedades de la sociedad y de mejorar en la calidad de vida. Esperemos que
la gente algún día se dé cuenta de que lo que importa es la sobreextensión del
poder del estado, ni quien tenga el poder. Lo importante es refutar las ideas
estatistas, como quiera que se disfracen y el libro de Nock es una gran arma en
nuestro arsenal.
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El Reverendo Edmund A. Opitz fue un pastor
congregacionalista que defendió durante
décadas la causa de la sociedad libre y la necesidad de basar esa sociedad en
una moralidad trascendente. Durante 37, fue miembro señor y teólogo residente
en la Fundación para la Educación Económica. Al principio de los años 1950, fue
parte de Spiritual Mobilization [Movilización Espiritual], una organización que
publicaba la revista Faith
and Freedom [Fe y libertad], en la que escribieron a menudo
Murray Rothbard y Henry Hazlitt. Ésta se enviaba a más de 20.000 pastores. En
la FEE, creó una pequeña organización llamada Remnant, una hermandad de
pastores conservadores y liberales, empleando el tema principal de un ensayo
reimpreso, que publicó la FEE, escrito por Alert Jay Nock en 1937, "Isaiah's Job" [“El trabajo de
Isaías”]
Este artículo está extraído de The Freeman, Vol. 24, Nº
5, pp. 383-384.
Por Ludwig von Mises. (Publicado el 16 de noviembre de 2009)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/daily/3844.
[Extraído de La
acción humana]
Las consideraciones de los individuos que determinan sus conductas
en relación con el dinero se basan en su conocimiento acerca de los precios del
pasado inmediato. Si no tuvieran este conocimiento, no estarían en posición de
decidir cuál sería el volumen de sus existencias líquidas y cuánto deberían
gastar en comprar distintos bienes.
Es impensable un medio de intercambio sin un pasado. No
puede empezar a emplearse como medio de intercambio nada que no haya sido
previamente un bien económico al que la gente asignara ya un valor de
intercambio antes de ser demandado como dicho medio.
Pero el poder de compra que nos indica el pasado inmediato
se ve modificado por la demanda y oferta de dinero de hoy. La acción humana
siempre mira al futuro, aunque este futuro sea a veces la próxima hora. Quien
compra, lo hace para consumir y producir en el futuro.
En la medida en que se crea que le futuro diferirá del
presente y el pasado, se modifica nuestra valoración y evaluación. Esto no es
menos cierto en relación con el dinero que con todos los bienes vendibles. En
este sentido, podemos decir que el valor de compra del dinero de hoy es una
previsión del valor de compra de mañana.
La base para todos los juicios relacionados con el dinero es
su poder de compra en el pasado inmediato. Pero en la medida en que se esperan
cambios inducidos por la liquidez en el poder de compra. Entra en escena un
segundo factor: la anticipación de esos cambios.
Quien crea que los precios de los bienes en los que tiene
interés aumentarán, compra más de éstos de los que habría adquirido en ausencia
de esta creencia: en consecuencia, reduce su existencia de dinero líquido.
Quien crea que esos precios bajarán restringirá sus compras y así aumentará su
existencia de dinero líquido.
Mientras esas consideraciones especulativas se limiten a
algunos productos, no ocasionarán una tendencia general al cambio de las
existencias en efectivo. Pero es distinto si la gente cree que esta en vísperas
de un gran cambio inducido por la liquidez en el poder de compra. Cuando
esperan que los precios en dinero de todos los bienes suban o bajen, aumentan o
disminuyen sus compras.
Estas actitudes fortalecen y aceleran considerablemente las
tendencias esperadas. Esto continúa hasta que se llega a un punto a partir de
cual ya no se esperan más cambios en el poder de compra del dinero. Sólo
entonces la inclinación por comprar o vender se detiene y la gente empieza de
nuevo a aumentar o disminuir su efectivo.
Pero una vez que la opinión pública está convencida de que
el aumento en la cantidad de dinero continuará y no terminará nunca, todos
intentan comprar lo máximo posible y restringir al mínimo posible su efectivo.
Pues bajo estas circunstancias los costes ordinarios de mantener efectivo
aumentan por las pérdidas causadas por la progresiva disminución del poder de
compra. Las ventajas de mantener efectivo deben pagarse con sacrificios que se
consideran una carga intolerable.
A este fenómeno se le conoció en la grandes inflaciones
europeas de los años 1920 como Flacht in die Sachwerte (correr a por los
inmuebles) o Katastrophenhausse (auge de los desastres). Los economistas
matemáticos no saben qué hacer para entender la relación causal entre el
aumento de la cantidad de dinero y lo que llaman la “velocidad de circulación”.
El elemento característico del fenómeno es que el aumento en
la cantidad de dinero causa una caída en la demanda de dinero. La tendencia
hacia una caída en le poder de compra generada por el aumento en la oferta
monetaria se intensifica por la propensión general a disminuir el efectivo que
éste trae. Al final se llega a un punto donde los precios a los que la gente
estaría dispuesta a desprenderse de los bienes “reales” descuentan hasta tal
punto el esperado progreso en la caída del poder de compra que nadie tiene la
cantidad suficiente de efectivo a mano para comprarlos.
El sistema monetario colapsa, cesan todas las transacciones
en la moneda afectada, un pánico hace que todo su poder de compra se
desvanezca. La gente vuelve al trueque o se cambia a otra moneda.
El recorrido de una inflación progresiva es éste: Al principio,
el flujo de dinero adicional hace que suban los precios de algunos bienes y
servicios, otros precios aumentan después. El aumento de precios afecta a los
distintos bienes y servicios, como hemos visto, en diferentes fechas y en
diferente grado.
Esta primera etapa del proceso inflacionista puede durar
muchos años. Mientras dura, los precios de muchos bienes y servicios no están
aún ajustados a la relación monetaria alterada. Sigue habiendo gente en el país
que aún no se ha dado cuenta del hecho de que afrontan una revolución en los
precios que finalmente acabará generando un aumento considerable de todos los
precios, aunque el nivel de este aumento no será el mismo para los diferentes
bienes y servicios.
Esta gente sigue creyendo que algún día los precios bajarán.
Esperando a ese día, restringen sus compras y consecuentemente aumentan su
efectivo. Mientras la opinión pública siga manteniendo esas ideas, no es
demasiado tarde para que el gobierno abandone esta política inflacionista.
Pero finalmente las masas despiertan. Se dan cuenta
repentinamente de que la inflación es una política deliberada, que continuará
eternamente. Se produce un colapso. Aparece el auge de los desastres. Todos
intentan ansiosamente cambiarse dinero por bienes “reales”, sin importar si los
necesitan o no, sin importar cuánto dinero tengan que pagar por ellos.
En un plazo muy breve, en pocas semanas o incluso días, las
cosas que se usaban como dinero ya no se usan como medios de intercambio. Se
convierten papeles sin valor. Nadie quiere dar nada por ellos.
Fue esto lo que ocurrió con el Continental en Estados
Unidos en 1781, con los mandats territoriaux franceses en 1796 y con el Marco
alemán en 1923. Y ocurrirá de nuevo siempre que aparezcan las mismas
condiciones. Si alguna cosa tiene que usarse como medio de intercambio, la
opinión pública no debe creer que la cantidad de ésta aumentará ilimitadamente.
La inflación es una política que no puede durar eternamente.
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Ludwig von Mises es reconocido como el líder de la Escuela
Austriaca de pensamiento económico, prodigioso autor de teorías económicas y un
escritor prolífico. Los escritos y lecciones de Mises abarcan teoría económica,
historia, epistemología, gobierno y filosofía política. Sus contribuciones a la
teoría económica incluyen importantes aclaraciones a la teoría cuantitativa del
dinero, la teoría del ciclo económico, la integración de la teoría monetaria
con la teoría económica general y la demostración de que el socialismo debe
fracasar porque no puede resolver el problema del cálculo económico. Mises fue
el primer estudioso en reconocer que la economía es parte de una ciencia
superior sobre la acción humana, ciencia a la que llamó “praxeología”.
Este artículo está extraído de La
acción humana.
Por Robert P. Murphy. (Publicado el 13 de noviembre de 2009)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/daily/3832.
Quienes me lean desde hace tiempo saben que sólo Bill Anderson
me supera en mis constantes críticas a Paul Krugman. De hecho hace muy poco yo defendía
el patrón oro de las burlas de Krugman.
Dado este contexto, estoy muy sorprendido de confesar que
Krugman me ha convencido de las virtudes de la devaluación de la moneda.
Mientras leía su post sobre el trágico destino de Ecuador, apliqué los
razonamientos de Krugman a mi vida personal y de repente todo quedó claro. En
un instante, todos mis problemas financieros domésticos se resolvieron.
Por favor, permítanme compartir el cuento de Krugman (y mi
propia salvación personal) de forma ustedes también se liberen del yugo de los
acreedores y la escasez.
Krugman explica el problema del patrón oro (y del dólar de EEUU)
En un post
de finales de octubre de su blog titulado "Fixed Rates and Protectionism,
2009 Edition" [“Tipos fijos y proteccionismo, edición 2009”], Krugman
explicaba que las terribles guerras comerciales del principio de los anos 1930
fueron culpa del patrón oro (lo han adivinado ustedes). Por ejemplo, Herbert
Hoover no tuvo elección sino sancionar como ley el Arancel Smoot-Hawley, porque
rechazó obstinadamente dejar que el dólar de EEUU se depreciara frente al oro.
Dejaré que lo explique Krugman:
“Barry Eichengreen y Doug Irwin
tienen un nuevo estudio que
desafía la visión convencional del proteccionismo en los años 1930. No fue la
ignorancia económica, o al menos no en microeconomía: fue el intento de escapar
de los “grilletes del oro de los tipos de intercambio. Los países más
proteccionistas fueron aquellos que trataron de mantener su relación con el
oro”.
Afortunadamente en nuestros tempos ningún gobierno se compromete
locamente a pagar una cierta cantidad de un producto a cambio de los papeles
que imprime y a los que les da la fuerza de moneda de curso legal. Hace mucho
que dejamos atrás ese resto de “ignorancia económica”. (¡Uf!)
Desgraciadamente igual que se mata una superstición acerca
del “dinero sólido”, aparece otra para reemplazarla. Por ejemplo, aparentemente
un puñado de naciones en desarrollo con historiales de divisas volátiles trata
de inspirar fe ligando su propia moneda al dólar de EEUU.
De hecho, algunos países con muy malos historiales
inflacionistas han ido tan lejos como para reemplazar literalmente sus propias
divisas por el dólar de EEUU. Krugman ha vista las terribles planificaciones de
primera mano:
“Estoy escribiendo desde Quito,
Ecuador. Ecuador está dolarizado, no tiene divisa propia, sólo dólares de EEUU.
Y esto deja al país con un muy limitado espacio para maniobrar durante la
crisis actual. Y aquí
está lo que pasó:
En enero de 2009, Ecuador anunció
una serie de rígidas restricciones a la importación en 630 líneas arancelarias,
afectando al 8,7% de su ‘universo arancelario’ y un 23% del volumen de las
importaciones. Las cargas aumentaron en 369 líneas arancelarias y se aumentaron
restricciones de cuotas en 271 más durante un año. Esto abarca productos que
van de la comida procesada y los zapatos a automóviles, teléfonos móviles y
gafas de sol, así como muchos otros bienes que pueden fabricarse en Ecuador.
Ecuador insistió en que las
medidas que proponía eran para equilibrar su actual y creciente déficit por
cuenta corriente. El artículo XVIII del GATT permite a los países en desarrollo
imponer controles temporales de importación para ‘prevenir la inmediata amenaza
o detener una disminución importante de sus reservas monetarias, o, en el caso
de de [un miembro] con reservas monetarias muy bajas, para lograr un nivel
razonable de aumento en sus reservas’.
¿Podemos decir realmente que
Ecuador se equivoca al hacer esto, dada su falta de otras herramientas
políticas? Como mínimo, tenemos que decir que es una segunda mejor línea de
defensa y la OMC ha llegado a un compromiso permitiendo a Ecuador mantener en
vigor las medidas, al menos por ahora. (…)
En todo caso, no hay un moraleja
profunda es este caso, excepto decir que los problemas que afrontaron las
naciones con el patrón oro en los años 1930 se reproducen hoy en países ligados
al euro o al dólar”.
Ahora tengo que admitir que al principio actuó mi
Kurgmanfobia refleja y pensé que el argumento anterior era estúpido. En primer
lugar, la verdadera razón por la que un país liga su divisa al dólar (o
mejor aún, al oro) es para dar garantías a los inversores, tanto interiores
como exteriores.
Nadie quiere abrir una fábrica en un país lejano si hay una
gran posibilidad de que un golpe militar eche abajo la divisa y recorte su
valor de propiedad a la mitad de la noche a la mañana. Pero acumulando reservas
en una divisa extranjera que se supone que es mucho más fiable, los gobiernos
(o los bancos centrales) de países volátiles pueden disipar ese temor.
Como toda la razón para ligarse a una divisa es dar
garantías a los inversores, el análisis de Krugman ignora el inconveniente de
su propuesta. Que es que los inversores vana ser mucho más cautelosos en
exponer su riqueza a un gobierno extranjero que ya les ha perjudicado una vez
rompiendo su compromiso.
Sin embargo, hay algo aún más extraño que sucede en el caso
de Ecuador. Todo lo que he dicho hasta ahora sería aplicable a un país que
tenga su propia divisa, pero se comprometen a cambiar a un tipo fijo una
divisa extranjera como el dólar.
Después de una serie de déficits comerciales, habría una
presión en aumento sobre la divisa local para devaluarla, lo que en último
término promovería ataques especulativos contra las reservas del país de la
divisa extranjera (como el dólar). En este caso, Krugman simplemente estaría
diciendo que si un país imprime demasiada moneda, sus intentos de ligar
artificialmente esa divisa por encima de los tipos de cambio del mercado
llevaría al desastre.
Aún así este análisis simple no parece aplicable a Ecuador.
Allí, como sugiere el propio Krugman en su post, la gente literalmente usa
el dólar como su moneda. En otras palabras, la gente de Ecuador no “liga su
divisa al dólar”, sino que se pasea con dólares de EEUU en sus bolsillos. (He
confirmado este hecho tanto con un economista trotamundos y cosmopolita y la infalible
Wikipedia, así que espero que sea verdad).
En este caso el análisis de Krugman parece especialmente
insensato. Decir que Ecuador tiene déficit comercial y por tanto tiene pocas
“reservas extranjeras” de dólares (cuando su divisa oficial) tiene tanto
sentido como decir que el Gobernador Schwarzenegger declare una emergencia
fiscal porque su gobierno tiene pocas reservas en dólares y por tanto necesita
evitar que los californianos gasten su dinero en bienes hechos en Nevada u
Oregón.
Espero que incluso Paul Krugman reconozca esto como una
absurda interferencia con el comercio, cuando la solución real para el gobierno
de California sería equilibrar su presupuesto. (Ja, ja, es una pequeña broma.
Por supuesto, Krugman
nunca diría eso).
Empiecen conmigo
Como mencioné al principio del artículo, acabé de entenderlo
y vi la clarividencia del análisis de Krugman, pero sólo después de aplicar sus
principios a mi propia vida. Verán, hasta ahora ha vivido con el ajetreo
cotidiano; cuando el presupuesto familiar era muy ajustado, pensaba que mis únicas
opciones eran ganar más o gastar menos. Pero al pensar en el análisis de Ecuador
de Krugman y aplicarlo a California he visto la luz.
El problema real con mis finanzas caseras no era que
estuviéramos ganando poco o gastando mucho. No, el problema real era que
nuestro supersticioso banco decidió ligar su unidad de cuenta rígidamente al dólar
en 1:1.
Así, por ejemplo, si yo había depositado antes 2.000$ en mi
cuenta corriente, iría por ahí firmando cheques contra ella. Pero si escribía
un cheque de, por ejemplo, 500 unidades de moneda, mi banco lo pagaría
inmediatamente ¡al tipo 1:1! Así que sólo tendría 1.500 activos en dólares en
mis existencias de reservas, lo que afectaría seriamente a mis compras de
shushi.
Entonces he enviado una copia del post del blog de Krugman a
los gestores de mi banco local. Les he informado (por si estos bobos no lo
supieran ya), que el Doctor Krugman no sólo enseña en Princeton, sino que además
es un Premio Nobel, por Dios. Siguiendo su consejo, quiero devaluar mi cuenta corriente,
así que cuando firme un cheque de 500 unidades, el banco sólo transferirá 250$
a la persona cuyos bienes estoy comprando.
Este paso resuelve tantos problemas que no puedo creer que
no lo haya pensado antes. Inmediatamente, mi crisis presupuestaria doméstica se
resolvió, porque ahora tenía el doble de reservas efectivas que antes. ¡Pagar
mi hipoteca ya no es un problema!
Pero esto no solo me afecta a mí. Con la moneda de mi banco
devaluada, puedo gastar más libremente en el comercio local, favoreciendo así los
negocios en mi comunidad. Antes de eliminar la absurda relación 1:1 con el dólar,
mi mujer y yo tendríamos que haber recortado drásticamente nuestro consumo. Ya
no es una preocupación, gracias a la magia del análisis monetario moderno.
¡Gracias, Doctor Krugman! Con que los gobiernos y los
banqueros centrales hubieran hecho caso a sus inteligentes palabras, la recesión
mundial habría acabado inmediatamente.
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Robert Murphy, investigador adjunto del Mises Institute y
miembro de la facultad de la
Universidad Mises, gestiona el blog Free Advice y es autor de The
Politically Incorrect Guide to Capitalism, Study
Guide to Man, Economy, and State with Power and Market, Human Action
Study Guide y The
Politically Incorrect Guide to the Great Depression and the New Deal.
Por John Paul Koning. (Publicado el 12 de noviembre de 2009)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí
http://mises.org/daily/3828.
Los gobiernos pueden pagar sus facturas de tres maneras:
impuestos, deuda e inflación. El público normalmente reconoce las dos primeras,
pues son difíciles de enmascarar. Pero la tercera tiende a no percibirse por el
público porque supone una lenta y sutil reducción del valor del dinero, una
política normalmente no articulada y compleja de diseñar.
En este artículo miraré por debajo de la capa de la Reserva
Federal durante la Primera Guerra Mundial para explicar la herramientas y
resortes reales utilizados por las autoridades monetarias para reducir el valor
del dinero con el fin de financiar el gasto bélico del gobierno. Este ejemplo
ayudará a los lectores a entender mejor la idea general de un “impuesto de la
inflación” y cómo un impuesto así podría usarse en el futuro para financiar las
guerras del estado.
Es el monopolio del gobierno sobre la oferta monetaria lo
que le permite recurrir a la inflación como una forma de obtener ingresos.
Reyes y reinas, reduciendo en secreto la cantidad de oro en las monedas que
emitían al público, podían usar el oro que se quedaban para pagar sus propias
conquistas favoritas. Lentamente el público descubría que las monedas que
usaban tenían menos oro que la cantidad indicada en el grabado. Su valor bajaría
y el público que tendía monedas soportaba los costes con la pérdida de poder
adquisitivo.
Las leyes de curso forzoso adoptadas por los gobiernos
evitaban que el público intercambiara moneda mala por menos de su valor facial.
Después de todo, una caída en el valor de mercado habría truncado una
importante fuente de ingresos futura: la capacidad del gobierno de emitir mala
moneda a valores inflados.
El uso de la fuerza para subsidiar un valor inferior de la
moneda reducía su capacidad de ofrecer certidumbre al poseedor, corrompía el
valor informativo de los precios que ofrecía y disminuía la confianza del
público en la moneda. Este declinar en la eficacia del sistema monetario debido
a una mala moneda y a leyes de curso forzoso es un coste que siempre recae en
el público que usa la moneda.
Igual que los reyes depreciaban las monedas para ayudar a
pagar sus guerras, la Reserva Federal empleó la inflación para ayudar a pagar
la participación de los EEUU en la Primera Guerra Mundial. Lo hizo creando y
emitiendo dólares a cambio de deuda del estado. En efecto, el balance de la Fed
se convirtió en un repositorio de bonos de guerra. Más aún, la Fed llevó esta
deuda a su balance a un precio mayor del que el mercado habría pagado, una
subvención soportada por todos los poseedores de moneda al disminuir su poder
adquisitivo.
Antes de explicar cómo funcionaba este proceso, es necesario
saber unas pocas cosas acerca de la Fed. La institución empezó a operar en 1914
bajo el principio de los “activos reales”. Los bancos miembros podía obtener dinero
de la Fed, pero sólo aportando “activos reales” como colateral.
Estos activos eran instrumentos de deuda a corto plazo que
se crearon por organizaciones comerciales para ayudar a financiar sus
operaciones corrientes. Estos activos estaban a su vez soportados por
inventarios de negocio, lo “real” de los activos reales. Al descontar o prestar
dinero a los bancos sobre activos reales, la Fed podría aumentar la oferta
monetaria.
La Sección 16 original de la Ley de la Reserva Federal
requería que todos los billetes circulantes emitidos por el banco central estarían
respaldados al 100% por activos reales. Además, una reserva adicional de oro
del 40% tenía que obrar en poder de la Fed. En esos días, los billetes de la
Reserva Federal (una responsabilidad de la Fed) eran convertibles en oro y la
reserva del 40% en oro añadía una seguridad adicional. Por tanto, por cada
dólar que emitía la Fed tenía activos por el 140% en sus arcas o un dólar en
activos reales y 40¢ en oro en el lado de activos de su balance.
También se permitía a la Fed realizar compras en el mercado
abierto de deuda pública y aceptaciones bancarias. Pero la deuda del estado no
era de una naturaleza comercial y por tanto no se consideraba un activo real.
Como el requisito del 100% del respaldo “real” para billetes no podía
satisfacerse en las existencias de deuda pública de la Fed, ésta sólo podía
emitir un número limitado de billetes para dicha deuda antes de llegar a
superar el requisito del 100%.
Por tanto, la doctrina de los activos reales que estaba
establecida en la Ley de la Reserva Federal perjudicaba mucho a su balance para
servir como un depósito para la acumulación de deuda pública y derechos de
deuda pública. Para ayudar a financiar la guerra, en la que había entrado en
abril de 1917, el gobierno de EEUU tuvo que abrir el balance de la Fed a los
bonos de guerra del Tesoro.
Se dio un paso importante en junio de 1917 con la relajación
del doble requisito del 100% de activos reales y el 40% de oro para cada dólar
emitido. Un pequeño cambio en la Sección 16 ahora significaba que la reserva
del 40% de oro podía a la vez sustituir un 40% del requisito de activos reales.
En lugar de mantener 1,40$ en activos, por cada 1,00$
emitidos (1,00$ activos reales, 40¢ oro), la Fed ahora sólo necesitaba tener
1,00$, compuesto de 40¢ en oro y 60¢ en activos reales. Esto liberó una gran
cantidad de colateral de la Fed para nuevas emisiones de billetes.
Un paso anterior para embridar a la Fed para fines de
financiación bélica fue la adición en 1916 de la Sección 13.8 de la Ley de la
Reserva Federal. Este cambió permitió a la Fed por primera vez realizar
préstamos a los bancos miembros con deuda pública como colateral. Pero ese
colateral no se consideraba como un activo real y por tanto no era
utilizable para contribuir al requisito de espaldo “real” del 100% para los
dólares emitidos.
Así que aunque ahora se permitían préstamos sobre deuda
pública, su cantidad se limitaba significativamente. Sólo si había algún
“sobrante” en las existencias en exceso de activos reales de la Fed respaldando
la emisión monetaria podía hacerse los préstamos del 13.8.
Con los Estados Unidos preparándose para la guerra, el
Presidente Woodrow Wilson anunció en abril de 1917 las primeras emisiones de
bonos de guerra o “bonos de la libertad”. Para yudar a fomentar el mercado de
bonos de guerra, se hizo otro cambio en la Ley para abrir aún más el balance de
la Fed para la aceptación de deuda pública. Se permitieron entonces que los
préstamos 13.8 sirvieran igual que los activos reales y el oro como activos de
respaldo para billetes de la Reserva Federal.
Por tanto, el requisito de respaldo “real” del 60% ahora
podía satisfacerse no sólo mediante activos reales, sino también con deuda
pública “no real”. Ahora la Fed no tenía limitaciones para incluir la deuda
pública en su balance para expandir la emisión de billetes.
La cpacidad de prestar sobre la garantía de la deuda pública
se reforzó aún más por la adopción por parte de la Fed de un tipo de descuento
preferente en todos los préstamos de la Sección 13.8 garantizados con bonos de
la libertad. Este tipo se fijó en un 3%, la mitad del tipo de descuento normal.
De acuerdo con Fishe,
los bancos miembros podían obtener un beneficio con el spread comprando
bonos de la libertad al 3,5% en las subastas de deuda pública y luego
financiarlas presentando los bonos a la Fed como colateral para préstamos el
tipo preferencial del 3%. “Si los bancos miembros suscribían todos los bonos de
la libertad emitidos bajo este método (…) ganarían 410.958$ libres de impuestos
cada quincena”, escribe Fishe.
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El resultado inmediato de esos cambios fue un incremento masivo en el balance
de la Fed, producido casi completamente por préstamos de la Fed a bancos
miembros garantizados por deuda pública. Esto se ve mejor en el gráfico
anterior. El componente de descuentos/anticipos de los activos de la Reserva
Federal (en azul oscuro) se expandió rápidamente en 1917. Para 1919, los
descuentos colateralizados con deuda pública creación hasta casi el 100% de
todos los descuentos realizados (línea en la parte baja del gráfico). El
colateral presentado antes de los cambios había sido principalmente la deuda
privada.
La modificación que liberó los requisitos de colateral de la
Fed ahora permitía al balance de ésta actuar como un eficaz “sumidero” para la
acumulación de la deuda pública bélica. El Tesoro ya no necesitaba depender de
los medios los individuos y bancos privados
para llevar la deuda pública a sus propios balances: ahora tenían el
balance del banco central para hacerlo.
Además, al sobrevalorar como colateral la deuda pública a
través del tipo de descuento preferencial, la Fed creó un sistema de incentivos
que animó al sector privado a utilizar la Fed como “sumidero”. Los inversores
privados podían adquirir bonos de la libertad y luego presentarlos para
préstamos al descuento a precios rebajados.
El Tesoro de EEUU estaba contento con este sistema, ya que
significaba que las emisiones de bonos de la libertad se cubrirían con una gran
demanda de los inversores. La necesidad de mantener a los inversores lejos de
la competencia de los emisores de bonos del sector privado estableciendo tipos
altos se evitó. Ahora el Tesoro podía eludir la competencia utilizando a la Fed
para conseguir préstamos subvencionados mediante el tipo preferencial.
El resultado de todas estas maniobras fue una gran
inflación, que varió del 13% al 20% durante la mayor parte de la guerra, frente
al 1% de inflación del primer año de la Fed. Para 1920, un dólar compraría
alrededor de la mitad de los bienes que podía comprar en 1914.
Para resumir, al sobrevelorar la deuda pública, la Fed fue
capaz de emitir dinero a un ritmo más alto de lo que hubiera sido capaz en otro
caso. El sector privado, atraído por la oscilante zanahoria de una política de
descuento laxa, iba a la Fed a por dinero, pero el sector no tenía una demanda
real a largo plazo para estos dólares e intentó librarse de ellos, ocasionando
una caída en el valor del dólar.
Al mismo tiempo, al sobrevalorar el colateral público que
incluía en su balance, la Fed reducía la calidad de sus propios activos. Los
banqueros e inversores que veían crecer esas estadísticas recelaron y vendieron
dólares a cambio de almacenamientos de valor más dignos de confianza.
De esta forma, una porción de los costes de guerra los
pagaron los que tenían los debilitados dólares. De hecho, Friedman y Schwartz
estiman que el 5% del coste de la guerra se financió por la inflación de la
Fed.
Con la ampliación del balance de la Fed para aceptar
créditos sobre deuda pública, se había asegurado la capacidad del estado para
financiar guerras mediante la inflación. La banca central independiente,
establecida en los años 1950 sólo ha avanzado en parte en la reducción de la
capacidad del Departamento del Tesoro para usar la Fed para subvencionar
guerras. Sólo eliminando completamente el monopolio de la Reserva Federal sobre
la oferta monetaria e introduciendo competencia en las monedas se eliminará
completamente este desafortunado enlace.
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John Paul Koning es escritor financiero y diseñador gráfico
que dirige Financial Graph &
Art. Su póster de la Historia Visual de la Reserva Federal, 1914-2009 está
disponible aquí.
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