Por Frederick J. Sheehan. (Publicado
el 15 de junio de 2010)
Traducido del inglés. El artículo
original se encuentra aquí http://mises.org/daily/4472.
[Este
artículo se basa en un discurso realizado en la Conferencia del Instituto
Ludwig von Mises “La economía austriaca y los mercados financieros”]
Alan Greenspan fue el presidente de
la Reserva Federal apropiado para su tiempo. Su reputación fue una creación de
inflación y éste fue un siglo de inflación. Su conocimiento fue superficial
cuando Estados Unidos tendía a la superficialidad. Fue una creación de la
publicidad en una época ansiaba celebridades. Fue inarticulado en una época en
que las mentes cada vez estaban más confundidas. Tomó atajos hacia la cumbre
cuando los estadounidenses estaban más dispuestos a seguir el camino fácil.
El dinero se ha degradado a lo
largo del siglo pasado. Hacían falta al menos 20$ para comprar lo que costaba
1$ en 1913. La inflación monetaria se integró en la inflación de palabras,
distracciones constantes y promociones mediáticas del siglo XX. De ahí la
adoración de celebridades por el mero hecho de serlo y el éxito de político
complaciente e inteligente oportunista: Alan Greenspan.
Los atajos tomados en la década de
1950 establecieron el rumbo hacia el presente. Negociamos salarios y
prestaciones que no podían pagarse en dólares constantes. Los estadounidenses
trabajaban menos horas. Comprábamos en el extranjero más de lo que vendíamos.
En la década de 1960, el gobierno estaba gastando más de lo que ingresaba.
En 1971, dejamos de contar nuestros
balances en oro. Los gobiernos (y esto ocurrió en todo el mundo) encontraron en
la financiación en déficit un opio para las masas. Abundaban los programas
públicos. Las masas crecían acostumbradas a la inflación y al préstamo en
divisas que tendían a la depreciación. Así los deudores devolvían menos dinero
real del que habían tomado prestado. Los banqueros podían prestar más después
de que el enlace con el oro había desaparecido, ya que no existía ningún pago
final de las reclamaciones.
Para este subterfugio, Estados
Unidos contrató a economistas célebres que pudieran crear nuevas teorías sobre
la marcha. Era algo poco honrado. Por lo que nuestros acuerdos en dólares se
hicieron poco honrados. La corrupción del gobierno, y de los economistas que
satisfacían sus intereses, se igualaba a la corrupción de los que traficaban
con dinero. Como la honradez era enemiga de nuestros acuerdos, la falta de ella
proporcionaba una ventaja. Al final el crédito y la política pública han
gravitado hacia menos manos, las dispuestas a participar en un timo sobre los
ahorros del público y su confianza.
En el centro está una institución,
el Sistema de Reserva Federal, que ha estado dispuesta a ser cómplice. Da
empleo a economistas poco honrados. En 1987, eligió como su presidente a un
hombre que no tenía otro mérito que que se podía contar con él para recortar
cualquier esquina que fuera necesaria para mantener la fachada de la solvencia
nacional. Ese impostor era Alan Greenspan.
Alan Greenspan – La década de 1950
Cuando Alan Greenspan tenía 26
años, tomó una decisión de futuro y propi de él. Empezó a fumar en pipa.
Fue en 1950.
Acababa de entrar en la Universidad
de Columbia, donde estaba estudiando para doctorarse en economía. Se apuntó a
una clase del Profesor Arthur Burns. Burns era una persona muy conocida. Era el
coautor de un libro muy bien valorado: Measuring
Business Cycles.
Sea lo que sea lo que aprendió en
la clase de Burns, Greenspan hizo lo importante: llevó la pipa. Era el
distintivo de Burns: algunos recordarán cuando el Presidente de la Reserva
Federal Arthur Burns se sentaba ante los comités del Senado y reinventaba la
economía en la década de 1970.
Por ejemplo, cuando la inflación se
disparó en la década de 1970, fue Burns el que eliminó la alimentación y la
energía del Índice de Precios del Consumo.
En 1953, Burns dejó Columbia para
encabezar el Consejo de Asesores económicos del Presidente Eisenhower.
Greenspan dejó Columbia al mismo tiempo, sin terminar su doctorado.
En 1977, Greenspan recibiría su
doctorado en economía en la NYU. Es una recopilación de artículos y algunas
colaboraciones en revistas económicas grapados juntos. Alan Greenspan tenía la
costumbre de elegir la ruta más fácil.
Los medios de comunicación se
repiten acerca de la “ideología” de Greenspan. O a veces es su “libertarismo”.
O podría ser sus “creencias en el libre mercado”. Sea cual sea el caso, son
simples etiquetas y las simples etiquetas son prácticamente todo lo que
conseguiremos de los medios de comunicación.
A Alan Greenspan siempre le ha
preocupado una (y solo una) cosa. Toda terminal nerviosa de su cuerpo en cada
momento de su vida se ha dedicado a la promoción de Alan Greenspan.
Greenspan nunca tuvo una ideología.
Probablemente nunca entendió de qué hablaba Ayn Rand. Nathaniel Branden, el
acólito número uno de Rand en la década de 1950 y asimismo el randianio más
cercano a Greenspan escribía años más tarde: “Ahora, mirando a [Alan], me
pregunto hasta dónde entendía las opiniones de Ayn”. Branden continuaba:
“Alabando a Ayn sobre algún “escrito que había redactado ésta y leído al
grupo], Greenspan podía decir: ‘Al leer esto… uno tiende a sentirse… alborozado’”.
Sus obviedades y aplomo también
hipnotizaron a la nación 50 años después. Para entonces, esto era casi todo lo
que podíamos obtener de alguna figura pública. Por supuesto, como nación, no
pedíamos más.
Ayn Rand parece haber entendido por
qué se agarró a sus faldones, si hubiera llevado faldones. Preguntó a Brenden:
“¿Crees que Alan podría ser básicamente un arribista social?” Dio en el clavo.
Alan sabía lo que hacía. Por aquel
entonces, un joven escritor preguntó a Gore Vidal si podía dar algún consejo.
Vidal respondió: “Sí, sal en televisión tanto como puedas”.
Slichter-Martin
En este momento había un virulento
debate en Washington acerca de la inflación. Algunos estaban a favor de ésta y
otro en contra.
A mediados de la década de 1950,
los economistas académicos buscaban estar presentes en los medios de
comunicación. Uno era el profesor de la Universidad de Harvard, Sumner
Slichter. La revista Fortune le dio
el sobrenombre de “padre de la inflación”. Esto podría sonar a elogio, pero era
publicidad.
Slichter dijo al Senado que la Fed
tendría que aceptar la inflación para generar suficientes empleos. Argumentaba
que los costes de los materiales y la mano de obra estaban aumentando porque
“los sindicatos [estaban empujando al alza] los salarios y las prestaciones
adicionales más rápido que las ganancias de la productividad del trabajo. El
resultado es una continuación de la lenta subida de precios”.
Slichter tenía razón, pero ignoraba
la solución tradicional de o bien trabajar más duro o bien reducir las prestaciones.
Estados Unidos no estaba dispuesto a ninguna de ambas.
Slichter estaba al frente de una
larga lista de economistas que decidieron que podían abandonar el sentido común
en nuestro camino hacia la ruina. En mi libro citaba a Alfred Jay Nock: “Es un
axioma económico que los bienes y servicios solo pueden pagarse con bienes y
servicios”.
En el rincón opuesto al de Slichter
estaba William McChesney Martin Jr. Fue presidente del consejo de la reserva
Federal de 1951 a 1970.
Después de que Slichter diera a los
senadores la buena nueva, Martin volvía atrás. Fue a principios de 1957.
“Rechazo alzar la bandera del derrotismo en la batalla de la inflación. Si
siguen la opinión [de Slichter], entonces indudablemente llegará otro declive”.
Al rechazar mostrar bandera blanca,
Martin hizo uno de los mejores discursos nunca realizados por un banquero
central. (Podría no tener mucha competencia). Fue el 3 de agosto de 1957 cuando
habló ante el Comité de Finanzas del Senado de EEUU.
Decía a los reunidos: “No hay ninguna
validez en la idea de que cualquier inflación, una vez aceptada, pueda
confinarse a proporciones moderadas”. Martin respondía a “algunos sectores de
la comunidad” (probablemente economistas) que estaban defendiendo “un aumento
gradual en los precios (…) tal vez de un 2% anual”, Martin advertía que una
perspectiva como esa generaría penurias incalculables. “Se infligiría pérdidas
(…) a millones de personas”.
Éstas incluían “pensionistas (…)
gente que tiene sus activos en cuentas de ahorro y bonos a largo plazo”.
El presidente Ben Bernanke ha
declarado que la economía debería tener una tasa mínima de inflación del 2%
anual. Aquí no hay necesariamente una contradicción. Simplemente a Ben no
parece preocuparle si inflige penurias a cientos de millones, si es que sabe lo
que está haciendo.
Martin creía que el miedo a la
inflación “haría que la gente gastara más y más de sus rentas y ahorraría
menos”.
Martin decía a los políticos que la
composición de los ahorros cambiaría. “Tendería hacía actividades especulativas
(…) y el patrón de inversiones y otro gasto (las decisiones sobre qué tipo de
cosas comprar) cambiarían de una forma que amenazaría un crecimiento
equilibrado”.
Martin advertía que “una espiral de
precios y salario crecientes requiere cada vez más financiación” con un
“considerable volumen de gasto (…) financiado en todo momento con fondos
prestados”.
Martin no era un economista. Puede
que esto sea evidente. Había estudiado latín en Yale.
“Finalmente”, dijo Martin, “no
deberíamos desdeñar la forma en que la inflación podría dañar nuestra
estructura política y social. (…) Los que acabarían teniendo ahorros en su
vejez serían los mañosos y los listos en lugar de los que trabajan duro y los
economizadores. La fe fundamental en la justicia de nuestras instituciones y
nuestro Gobierno tendería a deteriorarse”.
Sabemos quién ganó esa batalla.
El ascenso de Greenspan
Hablando de mañosos y listos, en
1970 Alan Greenspan era millonario. Para entonces, poseía un piso en el United
Nations Plaza, un edificio nuevo y elegante en el que también vivían Walter
Cronkite, Truman Capote y Johnny Carson.
¿Pero qué había hecho (es decir,
como economista) para vivir entre esa compañía? No está claro en realidad. Era
un personaje menor. Los que le respetaban decían que era un mago de las cifras.
Un grupo mucho mayor recuerda que sí, estaba lleno de cifras, pero siempre
equivocadas.
En palabras del biógrafo Justin
Martin: “La impresión general entre la gente que conocía a Greenspan es aquel
entonces era que no estaba precisamente marcado por una verdadera grandeza. (…)
Sus viejos amigos estaban destinados a ver desarrollarse su carrera (consejero
de Nixon, consejero de Ford, jefe de la Fed durante [cinco] mandatos) con
verdadero asombro”.
Otro testigo del curioso
encumbramiento de Alan Greenspan fue Marc Faber, que se incorporó a la empresa
de Wall Street, White, Weld & Co. en 1970. Poco después contrataron a Alan
Greenspan como economista consultor.
Parte del trabajo de Faber era
acudir a las presentaciones mensuales de Greenspan e interpretar sus
comentarios para las oficinas en el extranjero.
Mirando atrás (…) no tenía ni idea de
lo que estaba hablando Mr. Greenspan, pero puedo decir que no era una
excepción. Cuando Mr. Greenspan entró por primera vez en el consejo de White, Weld
como consultor, 30 o 40 personas de los distintos departamentos de la empresa
acudían a las reuniones. Sin embargo, a los pocos meses, la audiencia había
caído a solo un puñado. (…) Para entonces, yo también había aprendido que la
mejor manera de comunicar los (para mí) incomprensibles comentarios (…) era
sencillamente resumir las noticias del día anterior de la portada del Wall Street Journal.
Faber apuntaba que la mejor
decisión de inversión nunca tomada por White, Weld fue “deshacerse de Mr.
Greenspan a finales de 1972 y contratar en su puesto al economista Gary
Shilling”.
Martin Mayer, que ha escrito varios
libros sobre Wall Street, conoció a Alan Greenspan en la década de q960. El
millonario economista estaba creando una especialidad de “espionaje estadístico”
(ésa fue la descripción de Greenspan). Mayer escribió posteriormente: “de lo
que se le acusó a este respecto fue de que podías pedir la opinión que
necesitaras”.
La amiga de Greenspan, Barbara
Walters, escribía en su reciente autobiografía: “El cómo Alan Greenspan, un
hombre que creía en la filosofía de la poca interferencia del gobierno y en
pocas normas o regulaciones, pudo acabar convirtiéndose en presidente de la
mayor agencia reguladora del país es algo que no puedo entender”.
Fue ésta su vía hacia el éxito:
haría cualquier cosa y diría cualquier cosa. Trabajaba sus relaciones con la
prensa mucho más duramente de lo que lo hacia como economista para sus
clientes. Fue un paso más adelante que otros consultores económicos de vía
rápida: incluso se citaba con la prensa y acabó casándose con ella.
Aunque fuera un personaje menor
durante la década de 1960, se hizo un nombre el New York Times, haciendo predicciones de mercado. Lo divertido es
que era casi siempre la voz del mal agüero en aquel entonces. Eran los sesenta,
así que siempre se equivocó. En los setenta también se equivocó siempre, ya que
siempre era optimista.
Regreso a la década de 1950
La idea de William Marton de que
“una espiral de precios y salario crecientes requiere cada vez más financiación”
y un “considerable volumen de gasto (…) financiado en todo momento con fondos
prestados” fue una característica de la década de 1960. Fue la década de los
conglomerados.
Algunos de los que construyeron
montañas a partir de colinas en las décadas de 1950 y 1960 fueron Meshulam
Riklis, Carl Lindner y Saul Steinberg. Utilizaban papel en lugar de efectivo
para comprar empresas.
Acabó en un torvo desecho de basura
con absurdos como Mary Carter Paint [rebautizada como Resorts International]
tratando de absorber Pan American Airways. (No lo consiguió).
No es coincidencia que los niveles
de vida de los estadounidenses probablemente se amesetó en torno a 1970, ya que
se manejó tan mal el capital.
La década de 1970
En 1974, la inflación de precios
estaba en dobles dígitos: la “penuria incalculable” la sufrían millones de
personas. El capital volvía a estar mal manejado, siendo una razón el que había
demasiadas distracciones como para llevar una empresa. En 1973, la revista Time informaba de que los “empresarios
[estadounidenses podían] conseguir mucho [mediante] ‘especulación’. Un
ejecutivo de EEUU (…) puede adjuntar un cheque con su orden en lugar de esperar
a que se le envíe el acero y el valor del dólar pueda haber caído”.
El 28 de junio de 1978, el miembro
del Consejo de la Reserva Federal, Henry C. Wallich, se dirigía a la clase de
graduación de la Universidad de Fordham. “La inflación”, informaba a los
graduados, “es un medio por el que los fuertes pueden explotar más eficazmente
a los débiles. Los posicionados estratégicamente y bien organizados pueden
beneficiarse a costa de los desorganizados y ancianos”.
En ese momento todos los graduados
de la clase del ’78 de Fordham salieron del estadio hacia la ventanilla de
empleo de Goldman Sachs más cercana. Wallich hablaba por experiencia propia.
Había nacido en Alemania en 1914, así que había vivido la hiperinflación de
Weimar cuando era un niño.
Wallich explicaba que la inflación
“es técnicamente un problema económico. Quiero decir, la quiebra de nuestros patrones
de medición de valores económicos, como consecuencia de la inflación”. Los
fuertes son suficientemente inteligentes como para entender que la inflación
“introduce un elemento de engaño en nuestros negocios económicos”. Los
contratos ya no se harían para “mantenerse en términos de valores constantes”,
pero una parte entendería mejor esto que la otra.
Wallich continuaba destacando que
“la creciente incertidumbre en mantenerse de forma privada en el futuro empuja
hacia el gobierno a la gente que busca seguridad”.
La década de 1980
Saltando a la década de 1980,
tenemos las cajas de ahorros gratuitas para todos. También estábamos añadiendo
montañas de deuda que habrían sido inconcebibles cuando habló Martin en 1957.
En 1968, nosotros, Estados Unidos,
pedimos prestado 1,40$ por cada 1$ que añadimos al PIB. En 1985, estábamos
totalizando 4$ por cada incremento del 1$ en el PIB.
Las cajas de ahorros estaban
perfectamente diseñadas para operadores listos. Los depósitos de las cajas
estaban garantizados por el gobierno y se habían desregulado. En malas manos,
las cajas eran esponjas para inversiones dudosas.
Meshulam Riklis, Carl Lindner, Saul
Steinberg utilizaron las plataformas de sus conglomerados para cambiar papel.
Barrie Wigmore, entonces en Goldman Sachs, escribió un libro excelente: Securities Markets in the 1980s. Wigmore
escribía, de Riklis, Lindner y Steinberg: “Es tentador concluir que (…)
representaban una secta (…) Cooperaban e invertían unos en otros de forma
constante y eran veteranos en el aspecto del mercado del ‘papel chino’ de la
ola de fusiones de la década de 1960”. Sus “actividades ejemplifican la
combinación de ingenio nativo y acceso al apalancamiento que les hizo
eficaces”.
Wigmore escribía: “[Riklis, Lindner
y Steinberg] tenían una relación común con el grupo de Michael Milken en Drexel
Burnham que probablemente ayudó a crear suficiente liquidez para sus bonos
basura”.
William Seidman, que encabezaba la Resolution
Trust Corporation, la entidad que arregló todo el problema de las cajas de ahorro,
escribió más tarde que Michael Milken había “amañado el mercado al operar una
especie guirnalda de margaritas entre las cajas para mover los bonos de acá
para allá a través de su famosa mesa de cambio en X en Los Ángeles. Al
manipular el mercado, mantenía la fachada de que los bonos se comerciaban a
precios genuinos de mercado. (…) Cuando (…) se hundió [Milken] y con él sus
operaciones de comercio, lo mismo pasó con las cajas que dependían del valor de
sus bonos para mantenerse a flote”.
En 1984, Alan Greenspan fue
contratado por el delincuente más notorio en la trama de las cajas de ahorro: Charles
Keating. Keating blanqueaba dinero a través de la Lincoln Savings and Loan.
Necesitaba a alguien para escribir una carta a su regulador (el Federal Home Loan
Bank de San Francisco) que dijera que las inversiones de la Lincoln Savings and
Loan eran seguras.
En 1985, Greenspan escribió al Federal
Home Bank que la dirección de la Lincoln “es experimentada y experta a la hora
de seleccionar y hacer inversiones directas”. Para entonces, Lincoln no solo
estaba cargada de acuerdos con Milken, sino que estaba negociándolos con
ganancias a su empresa matriz, la American Continental Corporation. American
Continental Corporation (y Charles Keating) se habían desgajado de la American
Financial Corporation de Carl Lindner. Se sabía que Keating era el hombre de
paja de Lindner. En 1978 Keating no había presentado ninguna defensa cuando la
SEC le acusó (en palabras de Martin Mayer) de “otorgarse a sí mismo préstamos
fraudulentos (…) desde un banco propiedad de su amigo y empleador Carl
Lindner”.
Greenspan sin duda sabía con quién
trataba. Había estado en Wall Street en la década de 1960. Traficaba en saber
de quién debería cotillear. En la década de 1980, debe haber sabido que Lincoln
era parte del grupo Riklis-Steinberg-Lindner-Boesky-Milken.
Lindner había estado en las
noticias cuando realizó lo que se llamó “greenmail” a Combined Communications
(1979) y Gannett (1981). “Greenmail” era un neologismo para cuando un cazador empresas
adquiría participaciones en una compañía y éste luego recompraba éstas con una
prima para librarse del cazador. El éxito más publicitado de Steinberg fue
también el más rentable: consiguió 60 millones de dólares de Walt Disney en
1984.
Lindner utilizaba a Keating cuando
los esfuerzos de greenmail no funcionaban y quería deshacerse de las
participaciones. Un ejemplo fue Gulf Broadcast, la primera gran inversión de Keating,
en 1984. Keating pagó 132 millones a la American Financial de Lindner. Era un
30% por encima del mercado de precio de entonces. Los 132 millones eran
asimismo el doble del valor neto de Lincoln (una violación de las regulaciones
de California). Todo esto fue antes de la gran alabanza de Greenspan de 1985 de
la experiencia “a la hora de seleccionar y hacer inversiones directas” de Lincoln
Savings and Loan.
Debería advertir que Riklis y
compañía no habían introducido alguna fisura ética. Wall Street estaba
financiando el greenmail y los cazadores de empresas: la banca de inversión lideraba
ataques contra sus propios clientes. Esta conducta nació en la década de 1970 y
floreció en 1980. El aumento en la financiación de deuda y el apalancamiento
fue una razón.
Greenspan era el hombre apropiado para heredar la
presidencia de la Reserva Federal en 1987. Cuatro años antes, en 1983, una
encuesta entre ejecutivos de Wall Street indicaba que el 31% tendría una
especial confianza en Alan Greenspan si fuera nombrado presidente. Era el
segundo en esa encuesta, detrás de Paul Volcker.
Proxmire
La audiencia de Greenspan para la
presidencia de la Reserva Federal fue en agosto de 1987. El senador William
Proxmire, un demócrata de Wisconsin, era el presidente. No le gustaba
Greenspan. Había votado contra la confirmación de Greenspan como presidente del
Consejo de Asesores Económicos en 1974 porque pensaba que Greenspan pasaría
información a las empresas de las que había sido consultor.
No sé por qué lo pensaba, pero era
una sospecha extraña en un candidato a un puesto importante en el gobierno. Al
menos lo era en 1974. Puede que conociera la reputación de Greenspan: “de lo
que se le acusó a este respecto fue de que podías pedir la opinión que
necesitaras”.
Proxmire empezó la audiencia
regañando a Greenspan por su pésimo historial como pronosticador.
Más que la costumbre de Greenspan
de equivocarse siempre (y por un amplio margen) probablemente a Proxmire le
preocupara la “completa declaración” muy poco honrada de Greenspan que había
enviado a la Casa Blanca y el Senado.
Greenspan no había incluido
servicios prestado a Sears y Lincoln Savings & Loan. Greenspan las escondía
echándolas a la bolsa de “proyectos de apoyo”.
Proxmire era enemigo de la
desregulación bancaria. Temía que los grandes bancos aplastaran a los más
pequeños. El senador advirtió al candidato a la presidencia de la Fed:
Como presidente de la Reserva Federal
desempeña un papel clave en la aprobación o desaprobación de estas enormes
fusiones bancarias. (…) Me sentiría mucho mejor acerca de este nombramiento si
hubiera en su historial alguna señal de ser consciente de los peligros para
nuestra economía de una excesiva concentración financiera.
Bueno, no existía esa señal y, lo
que es raro en Greenspan, no trató de inventarse alguna absurda vía intermedia.
La presidencia de Greenspan
Después de convertirse en
presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan no pudo hacer realidad los
temores del Senador Proxmire más rápidamente. (Proxmire se había retirado).
En 1989, la Reserva Federal
permitió a J.P. Morgan, de la que Greenspan había sido director antes de
convertirse en presidente de la Fed, asegurar la deuda de Xerox. Fue la primera
emisión de dicha deuda por parte de un banco comercial desde 1933, el año de la
Ley Glass-Steagall.
En 1990, la Reserva Federal
permitió a J.P. Morgan asegurar acciones. La revista Time calificó a esto como “la más amplia grieta hasta ahora en la
Ley Glass-Steagall”.
Greenspan era tan permisivo con la
impresión de dinero como con la megabanca. Tenía que serlo. Los estadounidenses
estaban impacientes y Greenspan no quería decepcionar (le encantaba gustar). No
esperaría a una recuperación apropiada tras la recesión de 1990. Redujo el tipo
de los fondos federales de más del 9% en 1989 al 3% en 1992. Los bancos y los
fondos de inversión se apalancaron y reflotaron la economía.
Fue la primera vez que un
recuperación en Estados Unidos se produjo por las finanzas en lugar de por la
producción. El dinero y el crédito se concentraron más y más en manos de “los mañosos y los listos”. Para
entonces, la clase media estaba siendo derrotada.
A partir de ese momento, cada vez
que tosía la economía, Greenspan recortaba tipos e inflaba una burbuja. El
dinero fácil atrae a personajes que nunca deberían operan con dinero.
La economía se había desequilibrado
peligrosamente. El gobernador de la Reserva Federal de, Larry Lindsey advertía
al Comité de Mercados abiertos de la Reserva Federal (FOMC, por sus siglas en
inglés) de la creciente disparidad de rentas, en todas sus reuniones de 1993 a
1996. Los otros gobernadores de la Fed no entendían de qué hablaba. Por
ejemplo, Lindsey hablaba y Janet Yellen se preocupaba de que los
estadounidenses estuvieran ahorrando mucho, lo que reduciría el PIB. No es solo
que las clases más bajas se estuvieran viendo aplastadas, estaban pidiendo
prestado en un intento desesperado de mantenerse a flote.
En lo que podría llamarse su
discurso de despedida, Lindsey hablaba en la reunión del FOMC de septiembre de
º996:
MR. LINDSEY: Nuestra suerte está a
punto de acabarse en los mercados financieros a causa de lo que yo consideraría
la maldición del jugador: Hemos ganado hasta ahora, mantengamos el dinero sobre
la mesa. (…) Pero los costes a largo plazo de una burbuja para la economía y la
sociedad son potencialmente grandes. Incluyen una reducción en la tasa de
ahorro a largo plazo, una distribución de la riqueza aparentemente al azar y el
desvío del escaso capital financiero [y] humano de la adquisición de riqueza. (…)
Creo que es mucho mejor que [hagamos estallar la burbuja bursátil] mientras
parece espumear y antes de que lleve a la economía a alturas estratosféricas.
Cuando lo hagamos, va a ser doloroso de todas maneras. (…) Si los optimistas se
equivocan. Entonces de hecho no solo se habrá acabado nuestra suerte, sino
también la de los mercados y de la economía. Gracias.
PRESIDENTE GREENSPAN: Dicho esto,
podemos ir a tomar un café.
Greenspan se sentó y tomó café
durante los siguientes 10 años. Reventó el mercado bursátil, luego los mercados
hipotecario y del crédito, mientras el tipo de personajes que llegaban a la
cumbre en Wall Street eran tales que no les comprarías un coche usado.
Los estándares empezaron a
erosionarse.
En 2001, David Tice testificaba
ante el Comité de Servicios Financieros de la Cámara: “Los gestores de fondos
más imprudentes, los auditores más imprudentes, los banqueros inversores más imprudentes,
los cargos corporativos más imprudentes ganaron la mayoría del dinero. Así que
había incentivos cada vez mayores para promover a los tipos más imprudentes”.
Entretanto, “los consejeros delegados más imprudentes contrataban a los
directores financieros más imprudentes”.
Esto pasaba en 2001, una generación
de CEO antes de que quienes fueron promocionados y llegaron a la cumbre nos
echaran por el despeñadero, como cabría esperar de estos tipos.
Pero los peores mafiosos del país habían
gravitado hacia el Consejo de la Reserva
Federal. Para impedir que la economía se derrumbara, manipularon más mercados
que el Politburó.
Se acaban de publicar las
transcripciones de las reuniones de 2004 del Comité de Mercados Abiertos de la
Reserva Federal (el FOMC).
En la reunión de marzo de 2004, el
gobernador de la Reserva Federal, Donald Kohn indicaba la misión del FOMC: “La
acomodación de la política (y la expectativa de que persista) está
distorsionando los precios de los activos. La mayoría de la distorsión es
deliberada y un efecto deseable de la postura de la política. Hemos intentado
rebajar los tipos de interés por debajo de los tipos de equilibrio a impulsar
los precios de los activos”.
En otras palabras, la política de
la Reserva federal era distorsionar los precios de los activos. Kohn también decía
que era algo deliberado y deseable. En otras palabras, los precios distorsionados
de los activos no eran una consecuencia desafortunada de esta o esa política de
la Fed. El objetivo de la Fed era distorsionar los precios de los activos.
Kohn continuaba: “Es difícil evitar
la sospecha de que la menos en torno al margen algunos precios y relaciones
entre precios han ido más allá de una respuesta económicamente a una política de
facilitación. Los precios de las viviendas caen en esta categoría”.
Fíjense: la Fed estaba aumentando
deliberadamente los precios de las viviendas.
La semana pasada escribí acerca de
las transcripciones de 2004 en mi blog. Habiendo leído todas las
transcripciones desde 1994, puedo decir que esta última remesa es distinta. La
Fed tenía ahora (en 2004) tasas del Tesoro a largo plazo dentro de una banda
estrecha, en beneficio del carry trade.
La FOMC estaba entonces gestionando el tamaño del carry trade y
Greenspan estaba entonces preguntándose si los gestores de fondos de inversión
estaban equilibrando apropiadamente la extensión de la duración de las
garantías hipotecarias debido a los cambios en los tipos de interés.
Era 2004 y ahora sabemos en cuánto
fracasó este esfuerzo de planificación centralizada. Ahora en 2010, ¿qué
demonios trata de gestionar el FOMC para impedir un golpe aún más duro? Quienes
tengan acciones, que tomen nota.
Al jubilarse, Alan Greenspan afirmó
que realmente no se dio cuenta de las viviendas subprime hasta finales de 2005.
Puede ser un tipo particularmente poco curioso.
El centro del universo subprime era
Irvine, California. Lincoln Savings and Loan estaba en Irvine, California. No
era una coincidencia. Algunos de los mismos personajes que habían utilizado su “combinación
de ingenio nativo y acceso al apalancamiento” en la década de 1980 habían
vuelto.
En 2005, New Century (35.000
millones de dólares), Option One (29.000 millones) y Ameriquest (19.000
millones), todas de Irvine vendieron 83.000 millones en préstamos subprime en
2005. Solo subprime. En un solo año.
Todo Estados Unidos compró el
equivalente a 161.000 millones en todo tipo de hipotecas en 1992.
¿Y cuál es hoy la política de la
Fed? Lo decía Donald Kohn en el otoño de 2009:
Recientemente, la mejora, en apetito
de riesgo y condiciones financieras, respondiendo en parte a acciones de la
reserva Federal y otras autoridades, ha sido un factor crítico en permitir que
la economía empiece a moverse más arriba después de una depresión muy profunda.
(…) Los bajos tipos de interés del mercado deberían continuar para inducir a
los ahorradores a diversificar en activos más arriesgados, lo que contribuiría
a una mayor inversión en el vuelo de la liquidez y la seguridad que ha caracterizado
los últimos años.
Así queahí lo tenemos: una razón
para la política de tipos de interés cero de la Fed, en palabras del antiguo
miembro del Consejo de la Reserva Federal: “es [como] un medio por el que los
fuertes pueden explotar más eficazmente a los débiles. Los posicionados
estratégicamente y bien organizados pueden beneficiarse a costa de los
desorganizados y ancianos”.
Los viejos no pueden vivir en el
0%, así que la Fed ha conseguido dirigirlos a activos más arriesgados.
Conclusión
El presidente Greenspan fue un
presidente fiduciario para una época fiduciaria. Su historial se exageró para
acceder a un cargo de responsabilidad donde Justificaría esa “especial
confianza” que le habían mostrado en 1983.
Los estadounidenses se vieron
seducidos por sus presencias en televisión, que le daban más credibilidad
simplemente porque era el centro de atracción. Los estadounidenses también se
vieron engañados por economistas corruptos, que se anunciaban como expertos.
Crearon un sistema que necesitaba constantes inyecciones de propaganda,
convenciendo a los estadounidenses de que se estaban enriqueciendo cuando se
estaban empobreciendo. En 2001 los “mañosos y listos” tenían que ser “los
auditores más imprudentes [y] los banqueros inversores más imprudentes”, ya que
sus negocios eran ajenos a cualquier función económica real. Así que “la fe
fundamental en la justicia de nuestras instituciones y nuestro Gobierno se ha
deteriorado”.
Frederick Sheehan es el autor de Panderer to Power: The Untold Story
of How Alan Greenspan Enriched Wall Street and Left a Legacy of Recession. Escribe un blog en aucontrarian.com.
Este artículo se basa en un
discurso realizado en la Conferencia del Instituto Ludwig von Mises: “La
economía austriaca y los mercados financieros”, realizada en el University Club
en Nueva York el 22 de mayo de 2010.