Por Per Bylund. (Publicado el 28 de
diciembre de 2011)
Traducido del inglés. El artículo
original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/5839.
El desarrollo de la economía neoclásica
moderna es la historia de cómo una disciplina perdió su rumbo. Antes de la
matematización de la economía, los economistas trataban de explicar los precios
y los patrones macroeconómicos en el mercado a partir de la acción humana. Pero
la “matenomía” moderna ha evolucionado hasta ser una parte de la matemática con
relación evidente con la economía real. Suponiendo condiciones “perfectas” y un
equilibrio general, las conclusiones del análisis económico se deducen
directamente de las premisas (como un esperaría al resolver ecuaciones
matemáticas) y son por tanto de poco interés científico. De esto se deduce que
los fenómenos en la economía real que no parecen ajustarse a los modelos
“perfectos” deberían rechazarse como imperfecciones: lo que queda por explicar
son las causas de la acción en lugar
de su efecto. La tarea de la economía ha pasado por tanto de explicar el efecto
de la acción humana a determinar sus causas.
Este cambio radical sugiere
que ya sabemos todo lo que hay que saber acerca de los mercados (al menos en el
grado limitado predicho por los modelos matemáticos), lo que ofrece un campo
fértil para el análisis del comportamiento
en lugar de la acción. En otras palabras, para poder determinar las causa
últimas de nuestros modelos económicos matemáticamente precisos, los
economistas cambian el enfoque hacia la psicología y la identificación de los
bloques de construcción de la autopercepción de los actores. Los economistas
han pasado de ser expertos en explicar los fenómenos económicos y el proceso de
mercado a ser, como mucho, matemáticos corrientes y psicólogos de segunda fila.
Considerando esta evolución,
no sorprende que los economistas estén atónitos por fenómenos como el “efecto
posesión”. De hecho, he sido testigo de declaraciones de reconocidos expertos
economistas acerca de este efecto psicológico que suponen un misterio. En
términos sencillos, el efecto posesión es
una hipótesis de que la gente valora más un bien o
un servicio una vez que se ha establecido su derecho de propiedad sobre él. En
otras palabras, la gente da un mayor valor a objetos de su propiedad que a los
que no lo son. En un experimento, la gente reclamaba un precio superior por una
taza de café que les habían dado y uno inferior a una que aún no poseían. (de Wikipedia).
Desde un punto de vista
matemático-económico, el efecto posesión demuestra la incapacidad de la
economía formal de explicar lo que dirige la acción humana. De hecho, el efecto
posesión parece cambiar las curvas de indiferencia de un actor y por tanto su
valoración subjetiva de bienes y servicios, no dependiendo de las cualidades en
el propio bien o en su precio sino en las características contextuales y
circunstanciales y el estado psicológico del instante y la situación. La
explicación económica para la valoración del mercado por tanto no cumple con la
valoración real y los modelos tienen que extenderse para incluir las
influencias psicológicas de la valoración subjetiva. Y por tanto la economía
debe abarcar los estudios del comportamiento y la neurociencia.
Sin embargo, desde un punto de
vista austriaco no hay ningún problema y nunca lo hubo. El “efecto posesión” no
es más que un problema ilusorio que aparece por la confusión de medios y fines
en la economía moderna. La única razón por la que los economistas se encuentran
hoy perplejos ante tal “efecto” es que han adoptado una matemática precisa como
el fin de los análisis económicos en
lugar de verla como uno de sus posibles medios. De hecho, el efecto posesión,
aunque literalmente imposible en el análisis matemático y eliminado en el
análisis de la curva de indiferencia, es necesario en cualquier tipo de
intercambio. Tanto Menger como Böhm-Bawerk eran muy conscientes de esto y ni
ellos ni ningún austriaco posterior se retractó, y por una buena razón.
Tomemos un ejemplo de la Teoría
Positiva del Capital de Böhm-Bawerk (pp. 143-147), en el que una
granjero “acaba de cosechar cinco sacos de grano”. Estos granos van a
mantenerle vivo hasta la siguiente cosecha y por tanto planea cómo usarlos.
Böhm-Bawerk escribe:
Un saco lo dedicará a mantenerse con vida hasta la
próxima cosecha. Un segundo saco lo dedicará a suplementar esta mera
supervivencia y mantenerse sano y vigoroso. No desea más grano que éste, en
forma de pan o comida de panadería en general. Por otro lado, sería muy deseable
tener algún alimento animal, y por tanto dejará aparte un tercer saco para
alimentar unas gallinas. Un cuarto saco lo dedicará a fabricar bebidas
alcohólicas. Supongamos ahora que sus deseos personales ya se hayan cumplido
completamente con esta asignación de cuatro sacos y no puede pensar en nada
mejor que hacer con el quinto saco que alimentar a varios loros cuyas payasadas
le divierten. (p. 150).
Por tanto, el granjero
dedicará cada saco a un cierto uso pensado para darle la mayor satisfacción
posible. Los sacos son fungibles, lo que significa que no importa a este
granjero que saco en concreto se utiliza para destilar brandy o alimentar a los
loros. De hecho, para este granjero los sacos pueden utilizarse indistintamente
y la pérdida de un saco de grano (no importa cuál) siempre significará
(suponiendo que las preferencias del granjero no cambien) que los loros tendrán
que encontrar comida por sí mismos o hallar otro granjero benevolente con grano
en exceso para sus necesidades personales. Ante cualquier pérdida de grano, el
granjero inmediatamente reorganizará las existencias para maximizar su
utilidad.
Imaginemos que este granjero
por alguna razón pierde dos de sus sacos de manera que solo le quedan tres.
Evidentemente, utilizará los tres sacos para alimentarse, pero no tendrá grano
para destilar brandy o alimentar a loros. Y si aumentara su existencia en un
saco, destilaría brandy: los loros siempre (bajo las preferencias anteriores)
tendrían que esperar hasta que el granjero tenga un total de al menos cinco
sacos a mano.
Supongamos que este granjero
tiene algún dinero bajo su colchón y tiene la oportunidad de comprar un cuarto
saco de grano. El problema económico es cuál sería el precio de ese cuarto
saco. Desde la perspectiva del granjero, es evidente que podría renunciar a
algún valor para echar mano del grano extra. ¿Cuánto? Solo compraría el saco de
grano si eso le beneficia, lo que equivale a decir que no entregará por el saco
de grano un valor superior del que habría recibido usándolo. De hecho, como
pretende utilizar su cuarto saco de grano para destilar brandy, estaría
dispuesto (y podría, hemos supuesto) a pagar cualquier cantidad inferior al
valor que atribuya a dicho brandy. Si pagara más que dicho valor, se vería
perjudicado, si pagara un valor igual, realizar el intercambio no significaría
nada para él, así que ¿por qué hacerlo? La única forma de que el granjero
realice este intercambio es que entregue menos valor del que recibe. Y lo mismo
pasa con el vendedor: éste venderá un saco de grano al granjero solamente si el
valor de éste lo percibe como inferior al valor de lo que se pague por él.
Esto significa que tanto en
comprador como el vendedor ganan en el comercio, lo que es una antigua verdad
económica. Pero también significa que el precio, en términos de la valoración
subjetiva de los actores, es necesariamente (a) inferior al valor del bien
adquirido por el comprador y (b) superior al valor del bien vendido por el
vendedor.
Supongamos que el granjero (le
llamaremos A) ya ha comprado el cuarto
saco de grano y que pagó ocho monedas de plata por él. Otro granjero
(llamémosle B) le visita y desea
comprarle un saco de grano. ¿Qué precio reclamará A para vender el saco a B?
La economía neoclásica supone una indiferencia y por tanto el cuarto saco de
grano es de ocho monedas de plata.
Pero esto no es verdad: ya hemos demostrado que A estaba dispuesto a pagar ocho monedas de plata por el saco de
grano porque valoraba el saco de
grano en más de ocho monedas de plata. No habría decidido entregar esas monedas
si no les diera menos valor que al grano. El granjero B tendría que pagar al granjero A
un precio que supere al que vea A en
usar el grano para destilar brandy, tal vez diez monedas de plata (y, para
simplificar, podemos decir que valora el brandy en nueve monedas de plata).
El efecto posesión es la
diferencia de precio entre ocho y diez monedas de plata. ¡Para los economistas
neoclásicos, supuestamente es un misterio que el granjero A, teniendo solo tres sacos de grano, esté dispuesto a pagar un precio
de ocho monedas de plata por un saco adicional de grano, pero que cuando lo ha
adquirido no esté dispuesto a venderlo por menos de diez monedas!
Pero no hay ningún misterio en
el efecto posesión… y no hay ningún efecto. De hecho, el granjero A no valora el cuarto saco de grano de
forma diferente dependiendo si desea adquirirlo y si considera venderlo: valora
el saco exactamente igual. A través de este ejemplo, el valor del cuarto saco
para el granjero es su uso para destilar brandy. El valor no es el precio que está dispuesto a pagar por adquirirlo ni el
precio que está dispuesto a aceptar por entregarlo. El intercambio no es el
resultado de una igualdad en la valoración, como supone el análisis de la curva
de indiferencia, sino el resultado de la desigualdad
en la valoración de las partes. El vendedor debe valorar lo que gana en el
intercambio en más de lo que entrega, igual que el comprador debe valorar lo
que gana en más de lo que entrega. Solo cuando sea este caso es posible y
esperable el intercambio.
La perplejidad debida al
efecto posesión solo se produce porque la economía clásica ha sacrificado la
verdad económica a favor de los medios matemáticos en el análisis económico. En
un análisis estrictamente matemático, las conclusiones se deducen directamente
de las premisas. Los que utilicen esos marcos en los análisis económicos tienen
que buscar en algún lugar fuera del marco para encontrar causas y
explicaciones, porque la matemática es tautológica y no identifica causas o
proporciona explicaciones, solo ejemplos.
La solución evidente a estos
defectos en el marco es reemplazarlo por algo mejor y más realista, no
persistir en buscar explicaciones en otros lugares.
Per Bylund es doctorando en
economía en la Universidad de Missouri y miembro senior del Ludwig von Mises Institutet i Sverige. Visite
su sitio web.