Por Stefano R. Mugnaini. (Publicado el 13 de septiembre
de 2011)
Traducido
del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/5591.
Cualquier
conversación acerca de lo superfluo del gobierno federal y su legión de
agencias llevará inevitablemente a esta pregunta: “¿Quién hará que nuestra
comida siga siendo segura?” Es tan seguro como la ley de Godwin, excepto
que en este caso los fascistas se han convertido inexplicablemente en los
buenos.
Aparentemente
la FDA y la USDA tienen un historial estelar e impoluto de mantener a la gente
a salvo de comida
contaminada y medicinas
peligrosas. Es un indicador del éxito de la propaganda del estado el que
una mentira tan evidente se vea comúnmente como axiomática y libre de
discusión.
Uno de
los grandes retos de los defensores de una sociedad verdaderamente libre es
presentar su visión de cómo serían reemplazadas ciertas funciones del gobierno por el libre
mercado y la cooperación voluntaria. No somos menos presuntuosos que los
defensores de la planificación central si afirmamos dogmáticamente una visión
comprensiva de cómo serían las cosas en nuestra “libretopía”.
Como apuntaba
Murray Rothbard, la tarea principal del libertario es
ofrecer
unas pocas líneas maestras de cómo podrían evolucionar los mercados allí donde
ahora están prohibidos o restringidos en su evolución; pero puede hacer poco
más que apuntar el camino hacia la libertad, pedir que ele gobierno se quite de
en medio de las energías productivas y siempre inventivas del público
expresadas en la actividad voluntaria del mercado.
Aunque no
podemos decir nada acerca de la sustitución de un grupo de planificadores
centrales por “nuestra especie” de planificadores centrales, por la naturaleza
de nuestra discusión nos corresponde ofrecer una visión de libertad: no de lo
que debe ser, sino de lo que podría ser.
Al
pertenecer al papel de agencias como la FDA y la USDA, no tenemos que ir más
allá del movimiento de alimentos sostenibles y orgánicos para ver cómo el libre
mercado se abre paso ante los fallos del gobierno: no es un gran salto imaginar
a las mismas fuerzas del mercado suplantando completamente a la opinión
pública.
Tal vez
paradójicamente, son las luminarias del moderno movimiento hacia una
alimentación “sostenible”, generalmente estatistas convencidos, quienes
facilitan lo esencial de nuestro argumento.
Hay un
consenso general entre quienes están profundamente dedicados a cosas que la
etiqueta de Orgánico Certificado de la USDA es, en el mejor de los casos, un
indicador limitado de las prácticas agrícolas implicadas en la producción de
distintos alimentos. El programa de la USDA, como en cualquier agencia pública,
está hinchado y es ineficiente e inconsistente. Está plagado de corrupción y
requiere gastos de tiempo y dinero, lo que impide que participen muchos
pequeños granjeros.
Como
consecuencia, muchos pequeños productores están evitando la etiqueta de la USDA
simplemente por que no vale la pena. Michael Pollan, un icono del movimiento de
la alimentación sostenible, anima constantemente a la gente a abandonar los
productos Orgánico Certificado por los locales, razonando que
A menudo es
orgánico, aunque no esté certificado, y siempre puedes preguntar al granjero.
El coste de la certificación orgánica puede incluso ser una carga para un
pequeño agricultor.
La granja que lleva la CSA
(agricultura apoyada por la comunidad, por sus siglas en inglés) a
la que pertenezco es explícita en su explicación de sus métodos de cultivo,
explicando siempre que no ha recibido la certificación “oficial” de orgánico.
En resumen, parece haber un consenso general entre los defensores de la
agricultura orgánica y sostenible de que el sello público de aprobación tiene un
valor limitado.
Pero
simplemente comprar todo al productor local es una propuesta difícil para la
mayoría: el tiempo y la geografía impiden que ésta sea un opción viable. ¿Cómo
puede entonces el consumidor medio asegurarse de que está comprando productos alimenticios
que se han producido de una forma que sea coherente con sus ideales? A la vista
del habitual fracaso del programa del gobierno, el libre mercado ha ofrecido
una solución. Y es en esta solución del libre mercado en donde vemos el germen
de una idea que podría suplantar completamente el papel del gobierno en la
inspección y regulación de la agricultura y la medicina, y hacerlo de forma más
barata, eficiente y con una mucho mayor responsabilidad.
En
ausencia de una agencia regulatoria pública fiable de comida orgánica, el
mercado ha ofrecido varias opciones voluntarias. El programa Certified Naturally Grown ofrece “una
organización sin ánimo de lucro que ofrece certificación a medida para
granjeros y apicultores a pequeña escala y de mercado directo que utilicen
métodos naturales”. Se basan en la participación voluntaria y en un sistema de
revisión por sus pares que es menos caro, tiene menos papeleo y es más
eficiente que el programa USDA.
Whole
Foods Market ha desarrollado
su propia alternativa para certificar técnicas de producción para ganado y
aves, a través de una asociación con una entidad de bienestar animal sin ánimo
de lucro.
Son dos
opciones, pero hay otras muchas. Todas comparten un enfoque hacia la
cooperación voluntaria entre productores de alimentos y certificadores y una
mayor responsabilidad ante el consumidor, ya que no pueden esconder sus fallos
bajo el velo de la inmunidad del gobierno. Estos programas, y otros similares,
son infinitamente escalables, completamente voluntarios y representan un
desafío real a la idea de que “solo el gobierno puede…”.
La misma
estructura organizativa que ha dejado obsoleta la etiqueta de Orgánico
Certificado podría dar inmediatamente un paso adelante y llenar el vacío que
dejara la ausencia de la FDA y la USDA. Certificados privados de terceros
podrían inspeccionar el ganado y producir y fijar su sello de aprobación solo
cuando se cumpla con ciertos estándares. El que las reputaciones de los
inspectores y los granjeros estén verdaderamente alineadas impide muchos de los
chanchullos y la ineficiencia que son una característica constante del sistema
actual. La producción certificada e inspeccionada competiría con la producción
no inspeccionada por espacio en las estanterías y demanda de los consumidores.
Me he centrado en el lado de los comestibles de la ecuación, pero los mismos
principios generales se aplicarían al desarrollo y regulación de las medicinas.
Como
continúa Rothbard:
Nadie puede
predecir el número de empresas, el tamaño de cada una, las políticas de
precios, etc. de ningún mercado futuro para ningún servicio o producto. Solo
sabemos (por teoría económica y observación de la historia) que ese mercado
libre haría el trabajo infinitamente mejor que el monopolio obligatorio del
gobierno burocrático.
Stefano R. Mugnaini es
ministro en la Essex Village Church of
Christ, en Charleston, Carolina del Sur. Tiene el primer grado en teología
por la Universidad