El carácter del individualismo estadounidense

Por Murray N. Rothbard. (Publicado el 20 de julio de 2011)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/5395.

[The Betrayal of the American Right, (2007)]

 

El individualismo y su corolario económico, el liberalismo del laissez faire, no siempre ha tomado un tono conservador, no siempre ha funcionado, como hace hoy a menudo, como apologista del status quo. Por el contrario, el revolución de los tiempos modernos era originalmente, y continuó siéndolo durante mucho tiempo, individualista de laissez faire.

Tom Paine, Thomas Jefferson, los militantes en la Revolución Americana, el movimiento jacksoniano, Emerson y Thoreau, William Lloyd Garrison y los abolicionistas radicales, todos fueron básicamente individualistas del laissez faire que continuaron la vieja batalla por la libertad y en contra de todas las formas de privilegio del Estado. Y también lo fueron los revolucionarios franceses, no solo los girondinos, sino incluso los muy denostados jacobinos, que se vieron obligados a defender la Revolución contra las enormes cabezas coronadas de Europa. Todos estaban aproximadamente en el mismo bando. De hecho, la herencia individualista se remonta a los primeros radicales modernos del siglo XVII, a los niveladores en Inglaterra y a Roger Williams y Anne Hutchinson en las colonias americanas.

La explicación histórica convencional afirma que mientras que los movimientos radicales en América eran realmente individualistas del laissez faire antes de la Guerra de Secesión, tras ella los laissezfairistas se convirtieron en conservadores y el manto radical recayó entonces en grupo más afines a la izquierda moderna: socialistas y populistas. Pero esto es una distorsión de la verdad. Pues fueron los antiguos brahmines de Nueva Inglaterra, mercaderes e industriales partidarios del laissez faire como Edward Atkinson, que había financiado el ataque de John Brown a Harpers Ferry, quienes dieron un paso al frente y se opusieron con todas sus fuerzas al imperialismo de EEUU en la Guerra Hispano-Estadounidense.

Ninguna oposición a esa guerra fue más concienzuda que la del economista del laissez faire y sociólogo William Graham Sumner o la de Atkinson, quien, como cabeza de la Liga Anti-imperialista enviaba panfletos contra la guerra a las tropas estadounidenses dedicadas a la conquista de Filipinas. Los panfletos de Atkinson animaban a las tropas a amotinarse y eran por consiguiente secuestrados por las autoridades postales de EEUU.

Al adoptar esta postura, Atkinson, Sumner y sus colegas no estaban siendo “deportivos”, estaban siguiendo una tradición antibelicista y antiimperialista tan vieja como el propio liberalismo clásico. Era la tradición de Price, Priestley y los redicales británicos de finales del siglo XVIII que se ganaron repetidos encarcelamientos por parte de la maquinaria bélica británica, y de Richard Cobden, John Bright y la Escuela de Manchester de laissez faire de mediados del siglo XIX. Coben, en particular, había denunciado sin miedo toda guerra y toda maniobra imperialista del régimen británico. Hoy estamos tan habituados a pensar en la oposición al imperialismo como marxista que este tipo de movimiento nos parece ahora casi inconcebible.

Sin embargo con la llegada de la Primera Guerra Mundial, la muerte de la antigua generación del laissez faire dejó el liderazgo de la oposición a las guerras imperiales estadounidenses en manos del Partido Socialista. Pero otros hombres de mentalidad más individualista se unieron en la oposición, muchos de los cuales formarían luego el centro de la Vieja Derecha aislacionista de finales de la década de 1930. Así los líderes antibelicistas incondicionales incluían al individualista Senador Robert LaFollette, de Wisconsin, y liberales del laissez faire como los senadores William E. Borah (republicano) de Idaho y James A. Reed (demócrata) de Missouri. También incluía a Charles A. Lindbergh, Sr., padre del Águila Solitaria, que era congresista por Minnesota.

Casi todos los intelectuales estadounidenses se apresuraron a alistarse en el fervor bélico de la Primera Guerra Mundial. Una excepción importante fue el formidable individualista del laissez faire Oswald Garrison Villard, director de Nation, nieto de William Lloyd Garrison y antiguo miembro de la Liga Anti-Imperialista. Dos excepciones eminentes más eran amigos y socios de Villard que luego iban a ser los líderes del pensamiento libertario en Estados Unidos: Francis Neilson y especialmente Albert Jay Nock. Neilson fue el último de los liberales ingleses del laissez faire, que había emigrado a Estados Unidos; Nock estuvo a las órdenes de Villard durante la guerra y fue su editorial en Nation, denunciando las actividades progubernamentales de Samuel Gompers el que hizo que ese número de la revista fuer prohibido por Correos de EEUU. Y fue Neilson quien escribió el primer libro revisionista sobre los orígenes de la Primera Guerra Mundial, How Diplomats Make War (1915). De hecho, el primer libro revisionista de un estadounidense fue Myth of a Guilty Nation (1922), de Nock, que se publicó por entregas en LaFollette's Magazine.

La Guerra Mundial constituyó un tremendo trauma para todas las personas y grupos opuestos al conflicto. La movilización total, la salvaje represión sobre los oponentes, la carnicería de la intervención global de EEUU a una escala sin precedentes, todo esto polarizó a un gran número de gente diversa. La sacudida y el hecho esencialmente primordial de la guerra reunió inevitablemente a los diversos grupos antibelicistas en un frente unido laxo, informal y opositor, un frente en un nuevo tipo de oposición esencial al sistema estadounidense y a mucha de la sociedad estadounidense. La rápida transformación del brillante joven intelectual Randolph Bourne de pragmático optimista a anarquista radicalmente pesimista fue típica, aunque en una forma más intensa, de esta oposición recién creada. Gritando: “La guerra es la salud del Estado”, Bourne declaraba:

País es un concepto de paz, de equilibrio, de vivir y dejar vivir. Pero Estado es esencialmente un concepto de poder. (…) Y tenemos la desgracia de haber nacido no solo en un país sino también en un Estado. (…)

El estado es el país actuando como una unidad política, es el grupo actuando como un repositorio de fuerza. (…) La política internacional es una “política de poder” porque es una relación de Estados y eso es lo infalible y calamitosamente son los Estados, enormes agregados de fuerza humana e industrial que pueden ser arrojados unos contra otros en la guerra. Cuando un país actúa como un todo en relación con otro país o al imponer leyes a sus propios habitantes o forzando o castigando a individuos o minorías, está actuando como Estado. La historia de Estados Unidos como un país es muy diferente de la historia de Estados Unidos como un Estado. En un caso es la historia de la conquista pionera del territorio, del crecimiento de la riqueza y las formas en que se usa (…) y el desarrollo de ideales espirituales. (…) Pero como un Estado, su historia es la de desempeñar un papel en el mundo, haciendo la guerra, obstruyendo el comercio internacional (…) castigando a aquellos ciudadanos a quienes la sociedad considera que son delincuentes y recaudando dinero para pagar todo esto.

Si la oposición estaba polarizada y forzada a unirse por la guerra, esta polarización no cesó con el final de la guerra. Una razón fue que la guerra y su consecuente represión y militarismo fueron sacudidas que hicieron que la oposición pensara profunda y críticamente acerca del sistema estadounidense como tal; otra, que el sistema internacional establecido por la guerra se paralizó en el status quo de la posguerra. Pues era evidente que el tratado de Versalles significaba que los imperialismos británico y francés habían dividido y humillado a Alemania y luego intentaban utilizar a la Liga de Naciones como un garante mundial permanente del recién impuesto status quo. Versalles y la Liga significaban que Estados Unidos no podría olvidar la guerra y las filas de la oposición se veían aumentadas con un grupo de wilsonianos decepcionados que veían la realidad del mundo que había creado el Presidente Wilson.

La oposición durante la guerra y la posguerra se unió en una coalición que incluía a socialistas y todo tipo de progresistas e individualistas. Como ni ellos ni la coalición eran entonces claramente antimilitaristas y anti-“patriotas”, como eran cada vez más radicales en su antiestatismo, a los individualistas se les etiquetó universalmente como “izquierdistas”; de hecho, como el Partido Socialista se dividió y difuminó malamente en la era de la posguerra, la oposición tuvo un carácter cada vez más individualista durante la década de 1920.

Parte de esta oposición fue también cultural: una revuelta contralas rígidas costumbres y literatura victorianas.  Parte de esta revuelta cultural estaba encarnada en los bien conocidos expatriados de la “generación perdida” de jóvenes escritores estadounidenses, escritores que expresaban su intensa desilusión con el “idealismo” del tiempo de guerra y la realidad que el militarismo y la guerra habían revelado acerca de Estados Unidos. Otra fase de esta revuelta se encarnó en la nueva libertad social de las eras del jazz y el flapper y en el florecimiento de la expresión individual entre números crecientes de jóvenes, hombres y mujeres.

 

 

Murray N. Rothbard (1926-1995) fue decano de la Escuela Austriaca. Fue economista, historiador de la economía y filósofo político libertario.

Este artículo está extraído de la capítulo 2 de The Betrayal of the American Right (2007).

Published Wed, Jul 20 2011 7:58 PM by euribe