Por Ralph Raico. (Publicado el 8 de junio de 2011)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/5358.
[Future of Freedom Foundation, 1998]
En los alrededor de dos siglos de nuestra historia, pocos líderes (muy pocos) se han convertido en símbolos de alguna idea poderosa, una idea que deje una impronta permanente en la vida de nuestro país. Thomas Jefferson fue un símbolo así. Con Jefferson se encuentra la idea de un pueblo libre que se gobierna a sí mismo, dedicado al disfrute de lo derechos naturales otorgados por Dios, en su trabajo, sus comunidades y e seno de sus familias. Abraham Lincoln simboliza una idea bastante diferente: la de Estados Unidos como un estado-nación grande y centralizado, supuestamente dedicado a la libertad individual, pero basado en la incuestionable autoridad y poder del gobierno nacional de Washington.
Y ahora también Franklin Roosevelt ha llegado a representar cierta concepción de Estados Unidos, una que está un mundo lejos de la visión de Jefferson y distinta de cualquier cosa que ni siquiera Lincoln podría haber imaginado. Roosevelt defendía el gobierno nacional como lo conocemos hoy: un enorme aparato burocrático insondable que no reconoce límites a su poder, ni en el interior ni en el exterior. Internacionalmente, da pruebas evidentes de intentar dirigir el mundo entero, de extender su hegemonía (ahora que ya no existe la Unión Soviética) a todos los rincones del globo.
Internamente asume, a través de un presupuesto anual de cerca de 2 billones de dólares, resolver todo mal social real o inventado y así entrar en todos los aspectos de la vida de la gente. En particular, se dedica la lo que hace solo unas pocas décadas habría parecido algo fantástico: una camapaña para aniquilar la libertad de asociación, sometiendo al pueblo estadounidense a un programa de ingeniería social radical con el fin de transformar las creencias y valores y modos de vida tradicionales sostenidos voluntariamente.
Franklin Roosevelt, más que nadie, es el responsable de crear el estado Leviatán que afrontamos hoy.
En su tiempo, FDR tuvo muchos enemigos influyentes en negocios, política y prensa, hombres y mujeres que advertían que lo que estaba haciendo a l república que amaban y pelearon tenazmente contra él. Estaban orgullosos de ser conocidos como “enemigos de Roosevelt”. Sin embargo hoy prácticamente toda la clase política de Estados Unidos se ha convertido en idólatra de Franklin Roosevelt.
Este estado de cosas se manifestó el pasado mayo, cuando se inauguró en Washington DC el Franklin Delano Roosevelt Memorial. Situado en un espacio de 7,5 acres en la Cuenca Tidal, incluye un muro de 800 pies, seis cascadas, galerías exteriores y nueve esculturas. El Congreso aprobó 42,5 millones de dólares para financiar el monumento, republicano (esos salvajes revolucionarios) unidos a demócratas con igual entusiasmo. Nadie dijo una palabra del fracaso de Roosevelt en acabar con la Depresión, sus mentiras para entrar en guerra, su cálida amistad con Josif Stalin e hitos similares en su larga carrera: la principal polémica era si debería mostrarse con su característica boquilla de cigarrillo. (En deferencia a las fuerzas de la corrección política, no).
Más revelador fue que los autocalificados como órganos conservadores como National Review y American Spectator se unieran a los hosannas. Una señal de lo que han cambiado las cosas es que esta abyecta adulación a Franklin Roosevelt esté hoy a la orden del día incluso en el Wall Street Journal. Desde hace tiempo se supone que el Journal es la voz de la empresa estadounidense, una publicación de calidad que defiende la economía de mercado y el gobierno limitado y como tal lo opuesto al New York Times en la prensa estadounidense. Con ocasión de la inauguración del FDR Memorial, el Journal expresaba su opinión mediante un artículo de uno de sus editores, una tal Dorothy Rabinowitz (que solía hacer crítica de cine). A Rabinowitz le irritaba que Ed Crane, presidente del Instituto Cato, se hubiera atrevido a referirse a su héroe como “un mal presidente”. No, insistía, Roosevelt fue grande.
¿Por qué? Bueno, por “lo profundo de su recuerdo en mentes y corazones”, porque en medio de la Depresión dio esperanza a la gente, porque se mantuvo firme ante Hitler, porque cuando murió, incluso Radio Tokio le calificó como un “gran hombre”. Los muchos enemigos de Roosevelt, en su tiempo e incluso ahora, nunca tuvieron buenas razones para condenar a este hombre que cambió Estados Unidos tan radicalmente: simplemente estaban “locos de odio hacia él”. En resumen, en la efusión de Rabinowitz no había hechos puros, ni análisis, ni argumentación (e indudablemente no mención al gran amigo de Roosevelt, Josif Stalin). Todo era un chorro de sentimentalismo. Y así el Wall Street Journal entra en la era del periodismo de Oprah Winfrey.
Estos productos de los devotos de FDR no son en modo alguno ejercicios de creación de mitos históricos. Realizan una función política vital para las fuerzas contra la libertad en los Estados Unidos contemporáneos. Dicho de forma sencilla: la glorificación de Franklin Roosevelt significa la validación del estado Leviatán. Así que es de importancia vital que los que están del lado de la libertad comprendan quién fue realmente este hombre, qué defendía y qué infligió, en sentido histórico, a la república estadounidense.
Franklin Roosevelt nació en 1882 en la mansión familiar sobre el Río Hudson, en la propiedad e 1.300 acres que luego se conocería como Hyde Park. Por parte de su padre, James, Fraklin podía remontar sus ancestros hasta mediados del siglo XVII, cuando un antepasado emigraba de Holanda a lo que entonces era Nueva Ámsterdam. Parte de la familia se estableció en Oyster Bay, Long Island, y de ella nació Theodore, primo lejano de Franklin.
Los Roosevelt del valle del Hudson tendían a casrase bien, principalmente con familias ricas de descendientes de ingleses: para cuando Franklin entra en escena, era, a pesar de su apellido, casi un inglés de pura casta- Su madre, Sara, provenía de una familia igualmente ilustre, los Delano. Franklin fue el único hijo de sus amantes padres. Aunque no era en modo alguno fabulosamente rico, la familia era del tipo que alternaba libremente con los Astor y los Vanderbilt y el resto de la alta sociedad de la cercana ciudad de Nueva York.
Hasta los 14 años, Franklin estudió en casa. No era en absoluto un amante de los libros, amaba la naturaleza y, sobre todo, navegar por el Hudson y en la casa familiar de verano en Campobello, Maine. Desarrolló una afición por coleccionar sellos, que continuó toda su vida. Sus admiradores afirmaron más tarde que esta afición le hizo conocer bien la geografía, recursos y carácter de todas las naciones del mundo (más tonterías pro-Roosevelt). Visitaba a menudo Nueva York y viajaba a Europa todos los años con sus padres. La palabra inevitable para describir a los Roosevelt y su estilo de vida es patricia.
El instituto privado de Franklin fue Groton, cerca de New London, Connecticut, lo más parecido a una escuela “pública” (es decir, privada) inglesa que puede encontrarse a este lado del Atlántico. Todo el espíritu del lugar era “inglés antiguo”, un intento de copiar la experiencia educativa de escuelas como Eton y Harrow, cuya labor consistía en dar forma a la futura clase gobernante del gran imperio mundial. En Groton, Franklin vivió y estudió entre la progenie de su propia clase, quienes se sentían los inevitables líderes de los negocios, la educación, la religión y, sobre todo, la política de Estados Unidos. Curiosamente, un compañero de Groton en tiempos de Franklin fue el joven Robert McCormick, cuyo padre poseía el Chicago Tribune; curiosamente porque el coronel McCormick, como fue conocido posteriormente (después de servir en la Primera Guerra Mundial) se convertiría en el mayor y más conocido de todos los “enemigos de Roosevelt”.
Franklin fue en Groton un estudiante mediocre en todos los aspectos. Sus mejores notas no superaron el B, no destacó ni en debates ni en deportes, ni fue especialmente popular entre los demás chicos. En 1900 fue a Harvard, donde mostró tan poco interés por los estudios o ideas como en el instituto. Franklin pasó por la universidad con la media tradicional de “la C de los caballeros”, lo que era perfectamente aceptable para los hijos de la élite en aquel tiempo.
Sin embargo su vida social mejoró radicalmente. Franklin estaba empezando a mostrar la afabilidad y encanto que tanto deslumbrarían a los políticos y la prensa en años venideros. Por supuesto no popularidad se veía ayudada por su apellido. El primo Theodore había sido elegido vicepresidente y luego, tras el asesinato William McKinley, se convirtió en presidente de Estados Unidos.
Así que era natural que Franklin, que ya pensaba en la idea de hacer carrera política, debiera prestar atención a las actividades de su relación presidencial. Theodore fue el primer presidente de corte claramente moderno: tenía un sentido teatral y del tiempo y un conocimiento natural de cómo explotar la prensa para crearse una personalidad a los ojos de la gente. Además de eso, TR, como se le conocía comúnmente, tenía una rara habilidad para hacer uso personal de las causas y resentimientos populares. Era la era del “progresismo”, un término vago, pero que implicaba una nueva disposición al uso del poder del gobierno para todo tipo de cosas grandiosas. H.L. Mencken, el gran periodista libertario y observador y crítico cercano de presidentes, le comparaba con el káiser, Guillermo II, y resumía sagazmente: “Los Estados Unidos que soñaba [Theodore] Roosevelt eran siempre una especie de Prusia pomposa, agresiva por fuera y reglamentada por dentro”.
Particularmente influyente para Franklin debe haber sido la forma en que TR fue capaz de cambiar su pasado patricio a su favor. Después de todo, en el pasado, los estadounidenses se habían mostrado recelosos de los líderes de clase alta, de los que se sospechaba que no eran suficientemente “demócratas” y no sintonizaban con el pueblo. Lo que hizo brillantemente TR fue introducir el cesarismo en la política estadounidense. Este término se refiere a la estrategia política adoptada por Julio César para alcanzar el poder. Aunque procedente de una familia rica y de alta cuna, Cesar fustigaba a sus iguales patricios y apelaba en su lugar a las clases bajas para que el apoyaran. A éstas, a su vez, les gustaban los favores que recibían desde lo alto y, tal vez más aún, la visión de César tronchando y humillando a sus iguales de sangre azul.
Así que Julio César fue uno de los grandes demagogos de la historia y desde entonces la táctica de un político de la élite social complaciendo a “los que nada tienen” frente a las clases altas se ha conocido con su nombre. Al construir su personaje como el gran “atacaempresas”, la forma de cesarismo estadounidense de Theodore Roosevelt demostró tener un éxito tremendo.
Ralph Raico es miembro senior del Instituto Mises. Es profesor de Historia Europea en el Buffalo State College y especialista en la historia de la libertad, la tradición liberal en Europa y la relación entre la guerra y al aumento del estado. Es autor de The Place of Religion in the Liberal Philosophy of Constant, Tocqueville, and Lord Acton. Puede estudiarse la historia de la civilización bajo su guía aquí: en MP3-CD y en casete.
Este artículo se publicó originalmente como “FDR – The Man, the Leader, the Legacy, part 1” por la Future of Freedom Foundation.