Por N. Joseph Potts. (Publicado el 8 de enero de 2007)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/2435.
A tiempo que el té de los destrozados cofres del famoso “motín del té” de Boston empezaron a oscurecer las aguas del puerto de Boston esa noche de 1773, un virus se infiltraba en el torrente sanguíneo moral del embrión de nación que se convertiría en Estados Unidos.
Hasta hoy, las opiniones estadounidenses de este asunto estaban tan envenenadas que incluso voces que en otros casos apoyan la paz y la libertad celebran el acontecimiento con un razonamiento retorcido que elude el hecho de que una banda de unos cien matones privó violentamente a sus conciudadanos de bienes deseables sobre los que el banda no tenía el más mínimo título de propiedad, privándoles al mismo tiempo del derecho a boicotear éstas y otras importaciones inglesas, un ejercicio completamente laudable de libertad individual que la banda impidió con la destrucción violenta.
Este incidente fue la respuesta de los contrabandistas americanos de té a la reciente ley del Parlamento inglés eximiendo a la Compañía de las Indias Orientales Británicas del impuesto a la importación de té en Norteamérica, que era tan alta que permitía ganarse la vida a quienes lo traían de contrabando, evitando el impuesto. Estos Hijos de la Libertad, como se conoció posteriormente a los atacantes por sus hagiógrafos, ya estaban acostumbrados a actuar con nocturnidad, como hicieron esa noche en Boston disfrazados como indios mohawk.
La Ley del Té que trajo tres cargas navieras de té a tipos rebajados a Boston amenazaba los beneficios de los contrabandistas, a pesar de que conllevaba nuevos precios bajos sobre un bien de lujo al pueblo en general, como si fuera la apertura del primer Wal-Mart de un pueblo. Por supuesto, no era beneficencia, como Wal-Mart no es caridad: la Compañía de las Indias Orientales tenía un enorme excedente de té y tenía un monopolio sobre el té importado legítimamente, otorgado, como todos los monopolios, por el gobierno de Inglaterra.
En Conceived in Liberty, Murray Rothbard da cuenta del acontecimiento registrando fiel y correctamente las extensas transgresiones de los británicos olvidando en buena medida los males perpetrados por los “revoltosos del té” (su expresión) a sus conciudadanos. Sin embargo por muy importante que fueran estos acontecimientos en política, no debemos olvidar su impacto en los principios del libre comercio.
Pues entre las víctimas de esta travesura estaba el propio pueblo americano, de entre el cual alguien llamado Benjamin Franklin expresó la opinión de que la Compañía de las Indias Orientales debía ser compensada por el coste del té arruinado. Respecto de los autores, la lógica del autoservicio de sus acciones fue tan convincente que el “motín del té” se repitió en Nueva York el siguiente abril, por parte de un grupo de “capitanes de mar”.
Las atrocidades aprobadas por el Parlamento tanto antes como particularmente en represalia por el incidente llevaron a disfrazar este acto de indignación como un desafió justificado por parte de los vencedores en la posterior Guerra de Independencia. Igualmente se criticó la procedencia del té en razón de la brutalidad de la Compañía de las Indias Orientales en India y otras partes, prefigurando las acusaciones de hoy contra los productores asiáticos de mercancías baratas que se encuentran en el Wal-Mart y otros lugares.
Pero la mancha del proteccionismo que está incluida en la fibra de las percepciones estadounidenses de lo que está bien o mal ha llevado al ataque del bienestar la riqueza y las mismas vidas de los millones de estadounidenses que han vivido aquí en los siguientes 233 años, sin mencionar el número mucho mayor de extranjeros a los que se ha negado los beneficios de comerciar con los estadounidenses.
Todo esto fue anunciado por el ministro congregacionalista Mather Byles, que en ese mismo Boston, en ese mismo tiempo, preguntó a su congregación (refiriéndose al rey Jorge III de Inglaterra). “¿Qué es mejor, ser gobernado por un tirano que esté a tres mil millas de distancia o por tres mil tiranos que no están ni a una milla?”
De los miles de tiranos cómodamente ubicados que heredaron este legado, algunos de los primeros aprobaron la Constitución, que reservaba al nuevo gobierno federal el poder de imponer gravámenes a la importación, prometiendo gravámenes uniformes en todos los puertos de la nación. Bajo esta disposición, un Connecticut con bajos aranceles no podía superar a un Massachusetts con altos aranceles de la forma en que amenazaba la Compañía de las Indias Orientales de bajos impuestos a los contrabandistas americanos de té. Se garantizó el aumento uniformemente de aranceles en todo el territorio, junto con un próspero comercio para contrabandistas de todo tipo. De eso están compuestas las glorias del federalismo.
Esta opresión sistemática, a veces incluso popular, de los muchos estadounidenses por los pocos acabó yendo demasiado lejos en 1861, cuando se puso en práctica el Arancel Morril, sometiendo a lo bienes manufacturados importados a aranceles de hasta el 46%. Los tiranos locales en Charleston, Carolina del Sur, se revelaron (otra vez) contra los tiranos que obtenían su poder de los estados manufactureros más al norte, aunque sin orgías nocturnas de destrucción por parte de contingentes de gamberros disfrazados.
Como el Arancel Morril protegía a las industrias de manufactura de alto coste y transporte del Norte de la competencia de las importaciones náuticas más baratas preferidas por los competidores en el Sur, toda la mitad de los estados “unidos” declaró su independencia (otra vez) e, igual que ochenta y ocho años antes, se produjo una guerra entre antiguos compatriotas. Esta vez los rebeldes fueron derrotados (con un coste de 630.000 soldados estadounidenses muertos) y la mitad sur de la preservada Unión cayó durante mucho tiempo en el subyugamiento económico por la mitad norte.
Así es que el orden proteccionista se mantuvo en marcha hacia triunfos como la Ley de Aranceles Smoot-Hawley de 1930, ofreciendo a la incipiente depresión de Estados Unidos suficiente fuerza y ámbito como para afectar al mundo entero, aunque fuera agravando enormemente los propios problemas estadounidenses. Los argumentos de que esta depresión a escala mundial llevó a la Segunda Guerra Mundial son mucho más ampliamente aceptados que la compresión de cómo el proteccionismo y el favoritismo corporativo del gobierno que lo define produce pobreza, odio y guerra.
Hoy el gobierno estadounidense, abasteciéndose de la mayor economía del mundo, tiene mucho más ámbito y poder para generar el caos en los intercambios voluntarios a través de fronteras, con la prohibición de comerciar con Cuba entrando en su cuadragésimo cuarto año de inútil empobrecimiento. El embargo de doce años impuesto a Iraq desde 1991 finalmente estalló (cierto) en una guerra en 2003, y tres años después, muestra un vigor y una incontrolabilidad que se parece a la Guerra de Independencia en su tercer año. Quienes antes de la invasión de EEUU hacían contrabando de petróleo desde Iraq a un mundo sediento de petróleo más barato serán recordados en la historia iraquí como héroes de la lucha por la libertad, con mayor justificación de la que pueden alegar los Hijos de la Libertad.
Desde 1773, la tóxica mezcla en el puerto de Boston ha ido aumentando en muchas toxinas duraderas como los PCB, vertidos por los procesos de fabricación de tiempo de guerra. E igual que los se dice que los productos químicos contaminan el agua potable, el “motín del té” continúa ensuciando la política estadounidense y sus justificaciones.
N. Joseph Potts estudia economía en su casa al sur de Florida.