Por Doug French. (Publicado el 1 de diciembre de 2010)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4854.
[Prólogo a Walk Away: The Rise and Fall of the Home-Ownership Myth]
La idea de que “la casa de un hombre es su castillo” se atribuye al revolucionario americano James Otis en 1761 y esta idea era la que el gobierno no debería haber permitido nunca que abriera brecha en sus murallas. Es un buen pensamiento, en su contexto, que resume un obstinado apego al derecho a la propiedad privada.
Sin embargo en el siglo XX el gobierno se puso tras la idea de que cada ciudadano debería tener un castillo de su propiedad. Es la esencia de la buena vida, nos decía, el mismo centro de nuestras aspiraciones materiales. La vivienda es la posesión más valiosa que podamos tener nunca. Es la mejor inversión, aún mejor que el oro. El gobierno nos haría a todos propietarios de una forma u otra, aunque eso significara violar derechos para conseguirlo.
Esto se convirtió en un artículo de fe, un principio central de la religión cívica estadounidense, que llevaba a doctrinas derivadas adicionales. Deberíamos llenar nuestras valiosas viviendas con grandes cantidades de muebles especialmente grandes, cosas que sugieran permanencia y raíces. Si había alguna duda sobre dónde poner nuestro dinero, las respuestas estaba siempre lista: ponlo en la hipoteca, donde seguramente obtendrás el mejor rendimiento.
La propia vivienda podía ofrecer empleo a tiempo completo para la mitad de los ciudadanos estadounidenses, pues todas las mujeres se convertirían en “creadoras de hogares” dedicadas a cocinar, lavar y limpiar, mientras que todo el tiempo extra que tuviera el hombre se dedicaría a ocuparse del césped, de las reparaciones caseras y la jardinería. La vivienda era el mismo cimiento de la comunidad, de la libertad, del sueño americano. Encarnaba lo que somos y lo que hacemos.
Empezando en 2007 y culminando en 2008, este sueño fue aplastado al desplomarse los valores de las viviendas en todo el país, arruinando un medio primario de ahorro. Algunas viviendas cayeron hasta un 75-80%, infundiendo sorpresa y confusión a lo largo de todo el país. Lo que nunca se supuso que pasaría, pasó. Esto significaba más que una mera depreciación de activos. Había caído un artículo de fe y había muchos efectos colaterales.
La casa era la base de nuestra estrategia financiera, nuestro amor por acumular cosas grandes, el centro de la visión estratégica de nuestras vidas. Una vez que se marcha, con ella se marchan muchas cosas. Las cosas en la vivienda de repente se devalúan. Miramos atónitos a nuestro alrededor las muchas cosas que tenemos y nos vemos abrumados con la misma perspectiva de mudarnos. Anhelamos algo distinto, tal vez por primera vez en un siglo.
Estamos empezando a ver la respuesta en el nuevo comportamiento de algunos jóvenes. El New York Times, el Wall Street Journal y otros grandes medios de comunicación están empezando a mostrar la moda de lo que podemos llamar la nueva movilidad. Las parejas jóvenes están vendiendo sus propiedades: sus grandes muebles, su vajilla y cristalería, sus enormes dormitorios e incluso sus coches. Están aligerando la carga, preparándose para una vida de movilidad, incluso internacional.
El desmoronamiento del mercado inmobiliario (que se ha producido a pesar de los esfuerzos del gobierno por impedirlo) coincide con la tasa de paro más alta entre gente joven que hayamos visto en muchas generaciones. Las oportunidades económicas están menguando, al menos en los trabajos tradicionales. El avance de la tecnología digital ha hecho posible realizar trabajos no tradicionales viviendo en cualquier lugar e incluso cambiando de residencia cada uno o dos años.
Millones se han marchado de sus hipotecas. Quienes han prometido que nunca jamás serán engañados por el gran mito de la vivienda de que es un activo que siempre subirá de precio. La nueva fuente de valor no es algo unido a lo más grande que tenemos sino más bien a la unidad más fundamental de todas: nosotros y lo que podemos hacer. Esto representa un cambio radical no solo para una generación sino para todo un espíritu que ha definido lo que significaba ser estadounidense durante un siglo.
Marcharse podría al principio parecer una actividad posmoderna, que nos desconecta de la historia y la comunidad. Podríamos verlo igualmente como una recuperación y redefinición de una vieja tradición que moldeó el espíritu estadounidense del periodo colonial hasta la última parte del siglo XIX: el espíritu del pionero. Nuestros antepasados se mudaban libremente en grandes distancias, empezando por los océanos y luego continuando por grandes masas de tierra, de Nueva Inglaterra al Oeste, todos en busca de una oportunidad económica y el cumplimiento de un sueño americano definido por la propia libertad.
Este cambio empieza por una sola comprensión: Estoy pagando por mi casa más de lo que vale. ¿Cuál es exactamente el problema de marcharse, de realizar una “mora estratégica”? Pierdo mi casa. Bien. Es mejor que perder dinero en mi casa.
¿Pero cuáles son las implicaciones económicas y éticas? Los estadounidenses no han afrontado este dilema al menos en un siglo. Pero ahora son millones. Están despertando a la realidad de que una casa no es distinta de cualquier otra posesión física. No tiene propiedades mágicas no encarna altos ideales. Son solo vigas y ladrillos.
Este libro examina los antecedentes del caso de la mora estratégica y considera sus implicaciones desde una serie de perspectivas diferentes. La tesis es que no hay nada ominoso o maligno en esta práctica. Es una extensión de la racionalidad económica.
¿Qué pasa con la idea de que nuestra casa es nuestro castillo? Mi tesis es que la esencia de la libertad es llegar a entender que el castillo real se encuentra en nuestro interior.
Douglas French es presidente del Mises Institute y autor de Early Speculative Bubbles & Increases in the Money Supply. Es doctor en economía de la Universidad de Nevada- Las Vegas, dirigido por Murray Rothbard, con el Profesor Hans-Hermann Hoppe en su tribunal de tesis. French enseña en la Mises Academy.