Por N. Joseph Potts. (Publicado el 21 de agosto de 2006)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/2273.
Este es un cuento acerca de una barbacoa. En el patio trasero de un amigo en el sur de Florida que me había invitado a cenar, vi una barbacoa muy inusual, pero lo que aprendí de su propietario me enseñó mucho más que las propias barbacoas.
Esto nos insinúa el increíble poder de la libertad: la libertad de la gente de comerciar entre sí, por encima de distancias y fronteras. Una libertad que siempre a lo largo de mi vida y de la de todos se ha visto ahogada, sangrada e interferida por el gobierno. Si no hubiera sido así. No habría cuento. Sería lo habitual.
Para el observador casual, parecía como una pila de ladrillos y mortero especialmente artística y como allí se iba a cenar la cena, era el centro de la atención. Al inspeccionar esta construcción concreta advertí que no era como las construcciones de ladrillo rectilíneas que estaba acostumbrado a ver en Estados Unidos. Tenía una chimenea que se inclinaba hacia dentro en lo alto de los cuatro lados y en lo alto de la chimenea había un tejadillo (estoy seguro de que existe una palabra en arquitectura para esto) que era curvo en lugar de liso. El fuego no estaba bajo la carne, sino hacia un lado. La carne se hacía principalmente por las brasas de carbón que caían de debajo de un leño ardiente dentro de un receptáculo bajo la carne.
Recordé que mi anfitrión venía de Argentina, donde no sólo tienen un montón de carne para asar, sino también su propio estilo de barbacoa, famoso en el mundo y conocido como parrilla. Por mi parte, nunca he estado a menos de tres mil millas de Argentina y no siquiera hablo español. Así que me aproximé con cautela a mi anfitrión, que se estaba ocupando de extensa variedad de carnes a asar preparada para la extensa variedad de invitados para la ocasión. Dije algo así como “Vaya, en una barbacoa poco habitual. Será una parrilla, ¿no?”
Mi anfitrión, que de alguna forma entendió el salto intercultural que yo estaba intentando, contesto aprobadoramente: “Sí, eso es exactamente lo que es”. Ahora, para mí, una barbacoa de ladrillo es una cosa que, como una casa, está construida en el lugar donde la encuentras por albañiles y obreros similares. Y como esos materiales de construcción son pesados y más o menos genéricos, vienen de cerca, lo que para los ladrillos en el Sur de Florida, significa Georgia.
Así que, advirtiendo los muchos detalles altamente auténticos, expliqué ignorantemente mis suposiciones preguntando a mi sudoroso anfitrión y cocinero si había contratado a un albañil local y la había indicado hasta el más ínfimo detalle de la construcción de una auténtica parrilla. Además, le pregunté si esta construcción cumplía con las normas urbanísticas locales, que, como no contemplaban algo así, podría haber prohibido cualquier algo así.
“En absoluto”, replicó mi paciente parrillero. “simplemente la he encargado en una tienda en el centro. Me enviaron una cuadrilla con un camión y tuve todo esto listo y funcionando en unas dos horas”.
Como yo ya estaba salivando al contemplar lo que parecía que tenía que ser mi bistec, el repentino aflojamiento de mi mandíbula ante la revelación casi me produce un embarazo considerable. Notando mi asombro, continuó: “Parece ladrillo, ¿verdad? Bueno, no lo es, es cemento pintado para que parezca ladrillo. Todo venía en piezas en una gran caja y la montan donde les digas. Y también puedes desmontarlas para moverla”.
Estaba tan desconcertado por la idea de que una instalación grande y altamente funcional de este tipo pudiera estar en una forma prefabricada que apenas me di cuenta cuando deslizó ese glorioso churrasco en mi plato. No pude más que preguntar. “Bueno es sorprendente que la cosa se monte a partir de una caja, pero no puedo evitar ver lo auténtica que parece ser en todos los detalles”.
En este momento, mi anfitrión me interrumpió con una sonrisa indulgente. “Bueno, Joe, ¿dónde crees que se ha fabricado esta parrilla? Mi insensata suposición pasada acerca de Georgia (en Georgia fabrican barbacoas, después de todo) casi se me escapa de los labios cuando empecé a entrever la impresionante realidad.
“¿No querrás decir…?” y el cocinero completó mi incrédulo pensamiento mientras ponía otro de esos bistecs maravillosamente asados en su propio plato: Argentina, el país del default de la deuda soberano y el peso desplomado. Hogar de una de las más espectaculares implosiones monetarias de la historia moderna, empaqueta barbacoas de cemento en cajas y las envía a estados Unidos donde gente que nunca ha visto a un gaucho puede usarlas en sus jardines para cocinar churrasco o incluso simples perritos calientes y hamburguesas y todo, según descubrí, por mucho menos de lo que solía costar una barbacoa de ladrillo.
A medida que empezaba a entender que estaba junto a una barbacoa “de ladrillo” importada del otro extremo del continente, me pregunté ¿no deberían haber sido siempre así las cosas? De una forma u otra, mediante aranceles, controles de cambios o regulaciones en los transportas internacionales, este tipo de cosas se han prohibido a lo largo de la mayoría de mi ahora larga vida, pero por fin he vivido para ver como se aprueba esta libertad.
Pero aún no podía aceptar que el Leviatán múltiple y que nunca descansa pudiera haber dejado a esta empresa benigna completamente intocada. “¿No tuviste que obtener un permiso para este proyecto de construcción?”, pregunté.
Mi anfitrión rio entre dientes mientras me indicaba que me sentara con él y tomáramos nuestros bistecs aún chisporroteantes. “No necesitas un permiso para una barbacoa prefabricada. De todas formas ¿quién te iba a pillar construyéndola cuando sólo hacen falta dos horas para acabarla?
Luego me contó una historia que me recordó la de los tres cerditos, que construyeron sus casas de acuerdo con sus propias habilidades. Tenía dos amigos, también emigrados argentinos, que habían construido sus propias parrillas con materiales locales antes de que estuvieran disponibles las importaciones prefabricadas. Uno de ellos, dijo, hizo el trabajo subrepticiamente mientras que el otro siguió el camino marcado y obtuvo permisos y se sometió a inspecciones en distintos momentos durante la obra.
Continuó: “Ahora vamos con los costes. Mi unidad prefabricada importada me costó 1.200$, enviada e instalada. El proyecto de mi amigo subrepticio le acabó costando 6.000$ y más de un mes. Y el proyecto certificado, aprobado e inspeccionado de mi otro amigo acabó costándole 12.000$ y casi un año”.
Al final todos tenían una parrilla atractiva y funcional. Es decir, todos salvo el alma recta que hizo la suya de acuerdo con todas las leyes y regulaciones locales.
Nunca fue capaz de hacer que su parrilla funcionara bien.
N. Joseph Potts estudia economía en su casa al sur de Florida.