La ignorancia del New Yorker

Por Jeff Riggenbach. (Publicado el 17 de septiembre de 2010)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4717.

[Este artículo está transcrito del podcast  Libertarian Tradition]

 

El número del 30 de agosto del New Yorker contiene un artículo titulado “Covert Operations”, de Jane Mayer. Respecto de este escrito, a mediados de septiembre parece haber empezado a atraer la atención de los libertarios. Pero debería haber atraído su atención, aunque sólo sea porque es un ejemplo de casi calidad de libro de texto de qué ocurre cuando tratas de escribir acerca del libertarismo en los acontecimientos actuales sin tener al menos una comprensión básica de la tradición libertaria.

Superficialmente, el artículo de Mayer es una exposición de lo que ella piensa que es la perfidia de los hermanos Koch, Charles y David, “veteranos libertarios”, de Wichita, Kansas. Particularmente egregio, en su cabeza, es el caso de David Koch que ha tenido total desvergüenza de mudarse de Wichita a Manhattan y (por favor, imaginen gritos de consternación de fondo) apropiarse el “tal vez el premio social más codiciado en la ciudad”, un fideicomiso al Museo Metropolitano de Arte, por el simple método de convertirse en lo que Mayer califica de “uno de los más conocidos filántropos de la ciudad”. Escribe que “Koch empezó a dar donaciones espectacularmente grandes a las artes y las ciencias” a principios de la década de 1990. “Donó 2,5 millones de dólares para la próxima temporada de la compañía [del American Ballet Theatre] y antes de eso había donado muchos millones”. Antes

en 2008, donó cien millones de dólares para modernizar el edificio del Lincoln Center's New York State Theatre, que ahora lleva su nombre. Ha dado veinte millones al Museo Americano de Historia natural, cuya ala de los dinosaurios lleva su nombre. Esta primavera, tras advertir el estado decrépito de las fuentes exteriores del Museo Metropolitano de Arte, Koch prometió al menos diez millones de dólares para su renovación.

Entretanto, Koch también se hizo un importante “patrocinador de la investigación contra el cáncer, centrándose en el cáncer de próstata”. Trabaja “en el consejo del Centro de Cáncer Sloan-Kettering Memorial, donde, después de donar más de cuarenta millones de dólares, una cátedra financiada y un centro de investigación llevan su nombre”. Pero esperen, que hay más. Pues, “además de sus regalos a la Sloan-Kettering, dio quince millones de dólares al Hospital New York-Presbyterian y veinticinco al M.I.T. para investigación sobre cáncer, veinte millones a la Universidad Johns Hopkins y veinticinco a al Centro de Cáncer M. D. Anderson, en Houston”.

Aún así, no debemos engañarnos, nos advierte Mayer. Porque al acecho detrás de esta fachada de benefactor de espíritu público y líder de una sociedad civil y educada hay un monstruo malvado y antisocial, un hombre que “se desvive por destruir el progresismo” y está planeando y financiando en secreto su desaparición. Su hermano Charles, que al menos tiene la decencia de quedarse en Wichita, en lugar de venir a Nueva York y hacerse pasar por una persona bienintencionada de buen carácter está empeñado en el mismo vil plan.

En román paladino, una vez eliminada la apagada histeria. Charles y David Koch son culpables de usar parte de su dinero para financiar organizaciones que creen que pueden ayudar al avance de los ideales políticos en los que creen, aunque esos ideales sean políticamente incorrectos. Esta gran insensibilidad a la corrección política, esta llamada a “reducir drásticamente los impuestos personales y empresariales, a minimizar los servicios sociales para los necesitados y a una mucha menor supervisión de la industria, especialmente en la regulación medioambiental” es, por supuesto, sencillamente intolerable. Es casi como decir públicamente la palabra “negro” o alguna vulgaridad comparable. No sorprende que Mayer se dedique a citar aprobadoramente a “Lee Fang, del blog liberal ThinkProgress”, que “ha calificado a los Koch como ‘los millonarios detrás del odio’”. La expresión de ideas libertarias, ya lo ven, es una especie de “lenguaje del odio”.

Todo esto es un sentido de la máxima categoría, por supuesto. Y lo es porque se basa en la ignorancia de la tradición libertaria. Está claro que Mayer no tiene la menor idea de lo que dice el libertarismo. Parece como si no hubiera hecho ningún esfuerzo en absoluto por descubrir qué dice. En su lugar, se contenta con continuar con lo que piensa que sabe acerca de libertarismo, que es algo así como lo siguiente:

  • El libertarismo es una variedad del conservadurismo; los libertarios son, podríamos decir, los conservadores más extremos.
  • Vivimos en lo que aún es esencialmente una sociedad de libre mercado. Se han impuesto una pocas regulaciones triviales a la grandes empresas en esta sociedad, después de grandes y normalmente inútiles luchas de hombres y mujeres bienintencionados que esperaban proteger a los pobres e indefensos ante estas empresas voraces, pero en general, el libre mercado es lo que vemos a nuestro alrededor.
  • Los conservadores, que incluyen a los libertarios, están trabajando a través de instituciones como Fox News, el movimiento del Tea Party y el Partido Republicano para cambiar la política del gobierno en una dirección aún más de libre mercado. Los conservadores quieren recortar el mínimo puñado de regulaciones que los de hombres y mujeres bienintencionados se las han arreglado para imponer a las grandes empresas, quieren recortar el mínimo puñado de programas que los de hombres y mujeres bienintencionados se las han arreglado para establecer para mejorar la miseria de los pobres.
  • Los libertarios quieren acabar totalmente con estas regulaciones y programas. Quieren hacer estas cosas malvadas porque quieren que las voraces grandes empresas tengan completa libertad para aplastar a todos bajo su malvada bota. Estas voraces grandes empresas quieren políticas de libre mercado porque las políticas de libre mercado les garantizarían mayores beneficios.

Uno sólo puede sacudir la cabeza con tristeza ante tal grotesca panoplia de información errónea y mentiras descaradas. Uno está tentado de rechazar a quienquiera que tomes en serio algo tan ilusorio. Sí, por supuesto, algo así es lo que la mayoría de los estadounidenses piensan que saben acerca de libertarismo. Pero este nivel de ignorancia es simplemente inexcusable en un periodista intelectual: una persona que escribe profesionalmente para una publicación periódica acerca de acontecimientos y eventos recientes en el mundo de las ideas. Un profesional así debería siempre guiarse por el conocimientode que siempre hay mas en algo concreto que lo que ve el ojo. Particularmente el ojo desinformado que mira casualmente. Es parte del trabajo del periodista intelectual conseguir una comprensión apropiada, aunque sea quizá algo simplificada, de las ideas que comúnmente se entienden mal.

Aún así, Jane Mayer pasa de largo alegremente, promoviendo una mayor incomprensión. Escribe, por ejemplo, de cómo “Charles y David Koch estaban particularmente influidos por al obra de Friedrich von Hayek” y apunta que esto sorprende poco, pues “la creencia de Hayek en un capitalismo sin ataduras ha resultado inspiradora para muchos conservadores”.

Ve a los hermanos Koch como representantes en cierto modo de una tendencia reciente. “En las últimas décadas”, escribe, “los miembros de varias dinastías industriales han gastado parte de sus fortunas en una agenda conservadora”. Describe varias políticas en la plataforma del Partido Libertario en 1980, plataforma sobre la que David Koch aspiró a la vicepresidencia de Estados Unidos, a la que considera emblemática del gran movimiento libertario del momento. Y apunta que “Willaim F. Buckley, un conservador más tradicional, llamó al movimiento ‘anarco-totalitarismo’”. Entonces en lo que sólo podría calificarse como un plato fuerte de ignorancia, describe al movimiento libertario como “un movimiento pro empresarial”.

Esto sería risible, supongo, si no fuera ya un error de interpretación común y si la repetición de éste en las páginas de una revista respetada nacionalmente no fuera probable que vaya a perpetuar uno de los grandes mitos urbanos del mundo de las ideas. A suposición tácita ahora, como he señalado antes, es que las grandes empresas están a favor de una política de laissez faire, que buscan un mercado libre. De hecho, la abrumadora mayoría de las empresas, exactamente igual que la abrumadora mayoría de los individuos, no está a favor de un mercado libre.

La abrumadora mayoría de las empresas nunca ha estado a favor de nada que se parezca remotamente a un mercado libre. Están a favor de un mercado dirigido, ya sea por sí mismas como directoras o por el gobierno bajo la su guía e influencia. No eran hombres y mujeres bienintencionados que esperaban proteger a los pobres e indefensos de las voraces empresas los que nos trajeron la monstruosa maraña de leyes y comisiones que ahora “regulan” los negocios en este país. Fueron las propias empresas las que nos dieron estas regulaciones.

En la mayoría de los casos, fueron las mismas empresas (en concreto, las grandes empresas: esas empresas gigantescas a las que tanto temen Jane Mayer y los de su cuerda) las que escribieron esas regulaciones. Las regulaciones de los negocios en esta país son y siempre han sido un dispositivo mediante el que un puñado de grandes empresas dominan el mercado con ayuda del gobierno, utilizando leyes para echar fuera del negocio a competidores más pequeños y garantizarse porciones estables en el mercado sin las incertidumbres y los peligros de tener que competir realmente por los consumidores.

Como dijo Albert Jay Nock, hace 75 años: “Las empresas estadounidenses nunca siguieron una política de laissez faire, nunca quisieron seguirla, nuca quisieron que el Estado les dejara en paz”. Tal y como lo veía Nock:

Un apolítica de individualismo económico (…) no puede existir donde el estado realice cualquier intervención positiva sobre el individuo en su capacidad económica. El estado se limita a intervenciones puramente negativas, como castigar el fraude, imponer los deberes contractuales y cosas similares. En este país, el Estado ha realizado intervenciones positivas sobre los individuos desde el principio, en un número y variedad en aumento.

¿Y a instancias de quién empieza el estado a realizar estas intervenciones positivas? Las empresas estadounidenses, escribía Nock,

han buscado la intervención estatal a cada paso de sus asuntos, a menudo (en realidad, bastante a menudo) empleando las medidas más arteras para obtenerla. Todos recordamos la cínica declaración de uno de nuestros industriales más representativos de que era más barato comprar parlamentos que comprar votantes.

Peor aún:

cuando el Estado realizó cualquier intervención primaria para conferir una ventaja económica (como en el caso de nuestros ferrocarriles, por ejemplo) y sus beneficiarios quedan enredados por su aplicación, lo habitual ha sido correr al Estado para otra intervención más para facilitar la salida. Luego hay otro enredo, otra agonizante solicitud organizada al Estado, otra intervención que acumula complicación sobre complicación, particularidad sobre particularidad (…) y luego las mismas secuencias con complicaciones siempre multiplicándose y particularidades siempre aumentando, repetidas una y otra vez. (…)

¿Quién metió al Estado en el negocio naviero y le decidió a crear el Consejo de Navegación? ¿Quién empujó al Estado a crear la Comisión Interestatal de Comercio y el Consejo General Agrícola? ¿Quién hizo que el Estado entrara en el negocio de transporte en nuestras vías fluviales interiores? ¿Quién está siempre pidiendo al estado que “regule” y “supervise” este, ese y aquel proceso rutinario de la empresa financiera, industrial y comercial?

Esto se escribió, como digo, en 1935. Fue publicado en  una importante revista estadounidense y reimpreso en una recopilación de ensayos de Nock, Free Speech and Plain Language,que ha sido recuperado por una importante editorial estadounidense, William Morrow and Company. Nock utilizaba la palabra “libertario” para describirse durante ese periodo y muy apropiadamente. Estaba personalmente familiarizado con muchos y ejercía una influencia intelectual directa en la mayoría de los padres y madres fundadores del movimiento libertario estadounidense contemporáneo, que se desarrolló en la década de 1940, durante la Segunda Guerra Mundial e inmediatamente después. Es difícil hacer mucha investigación sobre el libertarismo estadounidense contemporáneo sin que aparezca repetidamente el nombre de Albert Jay Nock.

Bien podría decirse lo mismo acerca del nombre de Murray N. Rothbard, a quien el historiador del movimiento Brian Doherty ha calificado con justicia de “el más única y característicamente libertario de los libertarios; aquél cuya influencia explica más acerca de qué hace únicas las ideas, comportamientos y aspecto general del libertarismo estadounidense; la más ejemplar y paradigmática de las figuras fundacionales del libertarismo moderno”.

Rothbard tomó las observaciones de Nock acerca de la intervención económica del gobierno en nombre las empresas y las reintrodujo en el discurso libertario moderno cerca de 50 años antes en una serie de artículo sobre los libros entonces actuales de Gabriel Kolko, The Triumph of Conservatism y Railroads & Regulation. Sería bastante duro poner mucho trabajo incluso en un estudio periodístico rápido del movimiento libertario estadounidense contemporáneo sin que apareciera repetidamente el nombre de Murray Rothbard.

Sin embargo, no hay la más mínima evidencia que apoye la afirmación de que Jane Mayer, la famosa y premiada periodista haya oído hablar, y mucho menos haya leído, ni a Nock ni a Rothbard. Si se hubiera preocupado por leer a esas dos luminarias de la tradición libertaria, sabría que los libertarios han venido denunciando las políticas diseñadas para beneficiar a las empresas desde hace al menos dos décadas antes de que ella hubiera nacido. Y de hecho los libertarios han venido denunciando esas políticas desde mucho antes. Son los republicanos, no los libertarios, los que favorecen las dádivas y los privilegios especiales para las grandes empresas. Y los republicanos no son libertarios.

¿Cómo deberíamos responder quienes sabemos algo acerca del libertarismo a artículo históricamente iletrado de Jane Mayer? Supongo que podríamos llorar y rechinar los dientes y tirarnos de los pelos  acerca del estado del periodismo intelectual de hoy en día. Pero quizá haríamos mejor en dar gracias por lo que tenemos y recordar que, como dijo Oscar Wilde hace más de cien años: “hay mucho que decir a favor del periodismo moderno. Al darnos las opiniones de los incultos, nos hace percibir la ignorancia de la comunidad”.

 

 

Jeff Riggenbach es periodista, autor, editor, locutor y educador. Miembro de la Organización de Historiadores Americanos, ha escrito para periódicos como The New York Times, USA Today, Los Angeles Times y San Francisco Chronicle; para revistas como Reason, Inquiry y Liberty y sitios web como LewRockwell.com, AntiWar.com y RationalReview.com. Aprovechando sus cualidades vocales empleadas en radio clásica y de noticias de Los Ángeles, San Francisco y Houston, Riggenbach también ha narrado las versiones en audiolibros de numerosas obras libertarias, muchas disponibles en Mises Media.

Este artículo está transcrito del podcast  Libertarian Tradition.

Published Sat, Sep 18 2010 5:43 PM by euribe