Por L Albert Hahn. (Publicado el 12 de abril de 2010)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí
http://mises.org/daily/4249.
[Prólogo de Common Sense Economics (1956)]
Mi libro The Economics of Illusion,
publicado en 1949, era esencialmente una crítica a la Teoría General del
Empleo, el Interés y el Dinero de Lord Keynes. Mi conclusión era,
resumidamente, que lo que es nuevo en la obra de Keynes no es bueno y lo que es
bueno no es nuevo.
Desde entonces se me ha pedido añadir a mi crítica negativa
de la teoría de Keynes la exposición positiva de una teoría económica que
ofreciera una explicación y descripción más correcta de la realidad económica.
El presente libro es mi respuesta a esta solicitud. Le he llamado Economía
del sentido común en contraste con la teoría de Keynes, a la que considero economía
del engaño, pues sus supuestos reales subyacentes me parecen basarse en el
engaño.
Empecé este trabajo con sentimientos encontrados. Por un
lado, era plenamente consciente del hecho de que los economistas profesionales
tienen más experiencia y una mejor técnica en la exposición de las relaciones
económicas que una persona cuya actividad principal ha consistido en tomar
decisiones empresariales. Por otro lado, hace tiempo que me tentaba intentar,
en algún momento, describir el modelo económico que, tras más de treinta años
de actividad en teoría y práctica económica, considero más adecuado por cercano
a la realidad. También me he preguntado a menudo cómo rescribiría hoy mi Economic
Theory of Bank Credit, que se publicó por primera vez hace 35 años.
La disposición del presente libro está deliberadamente en
contradicción con la habitual hoy en día, particularmente en las obras inglesas
y estadounidenses, siguiendo la Teoría General de Keynes.
En mi opinión, la teoría keynesiana es original, pero
también nefasta por sus peculiares, casi paradójicas, decisiones respecto de
qué debe considerarse como constante y qué como variable en la economía. Por
ejemplo, las demandas de salarios nominales de los trabajadores se supone que
son relativamente constantes, mientras que el poder de compra agregado se
supone que esta fluctuando constantemente y por tanto la economía está expuesta
continuamente a la inflación y la deflación. El consiguiente cuadro económico
parece al no keynesiano como una especia de truco cinematográfico. Todo ocurre
en una forma que es exactamente la opuesta a la habitual. Ya no es la oferta de
mano de obra, sino la propensión al consumo lo que determina el volumen de la
producción; las viejas y a menudo refutadas teoría del infraconsumo (de las que
la teoría de Keynes no es más que una réplica) de nuevo se convierten en
respetables.
Estoy firmemente convencido de que este supuesto progreso
revolucionario en la ciencia económica es realmente una regresión en
comparación con la economía clásica. Las fuerzas económicas a largo plazo,
como la propensión al trabajo, se ven completamente eclipsadas por factores
menos importantes, como la propensión al consumo y, aunque en ocasiones afirme
lo contrario, la teoría de Keynes, como teoría general, también pretende ser
una teoría de los desarrollos a lo largo de siglos. Tampoco Keynes ofrece una
teoría satisfactoria de los desarrollos a corto plazo y en particular
ninguna teoría del ciclo económico. No hay explicación de la dinámica del ciclo
y las indicaciones que se dan (adviértase, por ejemplo, el equilibrio del
infraempleo que supuestamente aparece cuando los ahorros son excesivos y
desaparece cuando se contraen éstos) son irrealistas y falsas.
La presente obra trata de evitar los peligros de
sobreestimar la importancia de la “demanda efectiva”. Para este fin, empieza,
de una manera pasada de moda, con la descripción de una economía estática, es
decir, una que se repite constantemente a sí misma sin cambios en los datos.
Luego viene una descripción de una economía cambiante en la que, sin embargo (y
esto también está indudablemente pasado de moda), se supone que el sistema
monetario sea completamente inelástico. Aquí los nuevos créditos sólo se
otorgan si hay nuevos ahorros. Se presupone un sistema monetario así con el fin
de demostrar los cambios que se producen en una economía cuando no hay cambios
en la moneda. Por el contrario, la siguiente sección se ocupa de la economía en
un sistema monetario elástico, es decir, una economía en la que son posibles la
expansión inflacionaria y la concentración deflacionaria del crédito. Así, se
trata el ciclo económico como un caso especial de la economía en la inflación y
la deflación. Por fin, la Parte V es una reproducción sustancialmente
inalterada de una lección impartida en 1952, en la que examiné las leyes de la
formación de precios en las bolsas, basándome en la evolución de la Bolsa de
Nueva York durante los últimos 25 años.
La Parte I empieza con una descripción de la economía de
Robinsón. Puede parecer superflua o elemental para el economista profesional.
La he incluido, primero porque los principios que considero esenciales se ven
más claramente en el caso del productor aislado y segundo porque al publicar
este libro tenía en mente un propósito secundario: hacer una especie de
economía mínima para el empresario, el banquero y el inversor interesado en la
teoría. Por esta razón también he incluido, al final de cada sección, algunas
conclusiones prácticas en relación con los precios de las acciones.
Por supuesto, sé que el conocimiento teórico es desdeñado
por muchos empresarios prácticos. Sólo puedo decir para justificar mi propósito
secundario que en las pocas ocasiones en las que he tenido éxito en mi propia
vida empresarial, lo he tenido, no por ninguna habilidad práctica superior,
sino simplemente porque mis estudios de la teoría monetaria y del ciclo
económico me han advertido antes que a otros de la consecuencias de las
políticas monetarias y de crédito inicialmente inflacionistas y luego
deflacionistas de los gobiernos europeos.
Sin embargo me gustaría añadir una advertencia. Aunque
considero esencial un conocimiento de los fundamentos de la economía, no los
considero suficientes para el éxito. Nuestra economía está sujeta a cambios
constantes. Estos cambios, ya sean técnicos, legales, institucionales,
políticos o simplemente en los gustos del consumidor son inciertos y tan
imprevisibles como el mismo futuro. Los empresarios e inversores tienen que
juzgar la fortaleza relativa de las fuerzas que traerán los cambios futuros y
ajustar sus disposiciones de acuerdo con ello. Con el fin de hacerlo, tendrán
que utilizar todo lo que hayan leído, pensado o experimentado. Aún así, a
menudo se equivocarán. Sin embargo, en ningún caso puede predecirse
científicamente el cambio futuro. Por tanto, la gestión de los negocios y
especialmente de la inversión es un arte y no una ciencia y el concepto de
método científico de inversión no tiene sentido.
Con respecto al método de exposición, me gustaría hacer las
siguientes advertencias.
Muchas exposiciones contemporáneas, tanto de especialistas
como de no especialistas adolecen, en mi opinión, de tratar de abarcar
demasiados detalles y eventualidades, con la consecuencia de que se oscurecen
los fundamentos. Los árboles no dejan ver el bosque e incluso los árboles no
siempre se describen correctamente. La costumbre de examinar lo que ocurre si
una curva se mueve mientras otras permanecen fijas (es decir, la descripción
gráfica de oferta y demanda a distintos niveles de precios) es muy útil para el
análisis teórico, pero ha llevado, en muchos casos, a la creencia de que es lo
que ocurre en la realidad. Pero el mundo económico no se divide en datos
variables y fijos. Todos los datos económicos relevantes son variables.
Además, el lenguaje matemático de la economía moderna ha
llevado a muchos economistas a describir no tanto lo que ocurre en la realidad
sino lo que posiblemente podría ocurrir (por ejemplo, que podría
hacer que el auge se convierta en depresión).Pero cualquier parecido de estas
descripciones y explicaciones con la realidad me parece una pura coincidencia.
Tampoco es probable que esta situación cambie por objeciones de personas del
mundo de la empresa. Es un hecho lamentable que la mayoría de la que se escribe
hoy día en nuestro campo se mueva en una esfera tan esotérica y use un leguaje
tan técnico que ya no puede leerlo o
entenderlo ni siquiera un empresario interesado en teoría económica.
Por mi parte, he intentado describir en lenguaje llano un
modelo de economía que sea suficientemente sencillo como para aclarar las
relaciones fundamentales entre los distintos datos económicos, pero, a la vez,
no haciéndolo tan simplificado y abstracto como para ser completamente irreal.
Sé que son posibles y pueden ser útiles otros métodos de exposición. Pero puedo
decir a favor de mi modelo que ha probado muy a menudo serme útil al tomar decisiones de negocio.
No abrigo esperanzas exageradas de que mi teoría (si puedo
llamar así a mi modesto retrato del mundo económico) pueda encontrar la
aprobación de mis colegas que se hayan sido perseguidos por el espectro de
Keynes. Cualquiera que vea un exceso de ahorro como la causa de la mayoría de
las perturbaciones a corto y largo plazo
de la economía capitalista (y en particular, la causa del desempleo) y que por
tanto recomiende más gasto público y privado como medio para el mantenimiento
permanente de la prosperidad, leerá este libro con aborrecimiento.
No sólo hay ciclos de actividad económica, sino también
ciclos de teoría económica y particularmente de teorías del ciclo económico.
Estamos actualmente en una fase de exageración de la importancia de la demanda
efectiva. Sin embargo, aunque hay ciclos de teoría, hay evidentemente fases de
retraso en estos ciclos. Tengo la sensación de que la teoría económica alemana
ahora muestra un retraso frente a la angloestadounidense. La primera parece
estar entrando en una fase de entusiasmo por la economía moderna del modelo
keynesiano y disfrutando de orgías de ecuaciones formalmente correctas, por muy
irreales que puedan ser las suposiciones factuales subyacentes. La segunda, por
el contrario, parece haber pasado ya el pico de entusiasmo. Cada vez se
reconoce más que los principios básicos simples de los neoclásicos van más allá
(y hacen más fácil evitar los errores) que las “cosas modernas”. Parece estar
empezando una contrarrevolución frente al keynesianismo.
Si mi Common Sense Economics (la edición alemana ha precedido a la inglesa por
razones técnicas) tuviera el efecto de acortar de alguna forma la fase de
entusiasmo me conformaría con el resultado. No soy optimista a este respecto,
pero tengo paciencia. A mi Economic Theory of Bank Credit, que era una
reacción contra la consideración del dinero como nada más que un velo, le llevó
ocho años salir triunfante. Supongo que le costará lo mismo ser aceptada la
presente obra, escrita como reacción ante las exageradas opiniones sobre el
papel de dinero como fuerza motivadora.
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L. Albert Hahn fue uno de los
más prestigiosos economistas y banqueros
de Alemania antes de la guerra, pero desconocido en Estados Unidos hasta la
traducción en 1949 de The Economics
of Illusion, su ataque frontal contra el sistema keynesiano.
Este artículo se publicó originalmente como prólogo a Common Sense Economics (1956).