Por William L. Anderson. (Publicado el 5 de marzo de 2010)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/daily/4194.
Aunque a Paul Krugman le gusta presentarse como un
keynesiano, en realidad sus raíces intelectuales se remontan unos pocos siglos
hasta los mercantilistas. Si quieren ver al Krugman de hace 300 años, lean La
fábula de las abejas, de Bernard Mandeville
publicada por primera vez en 1705, para ver todas las falacias económicas (y
lógicas) que frecuentan los artículos keynesianos y de Krugman.
¿Quiere la “paradoja del ahorro”? Puede encontrarla allí. La
idea del “infraconsumo” y el énfasis en el gasto no han cambiado en tres
siglos, al menos cuando se leen los artículos de Krugman.
En su artículo “Taking
on China”, Krugman lleva sus argumentos mercantilistas a un nuevo máximo (o
mínimo, que podría ser más apropiado), acusando, sí, a China por la
continua depresión económica en el resto del mundo. Parece que China ha estado infravalorando
su divisa, el yuan renminbi y eso fuerza al resto del mundo a caer en la infame
“trampa de la liquidez”. Aquí tenemos a Krugman con sus propias palabras:
“Es una política que daña
seriamente al resto del mundo. La mayoría de las grandes economías del mundo
están atrapadas en una trampa de liquidez: profundamente deprimidas, pero
incapaces de generar una recuperación recortando los tipos de interés porque
los tipos relevantes ya están cerca del cero. China, al ingeniar un excedente
comercial injustificado, esta imponiendo en la práctica un anti-estímulo que no
pueden compensar estas economías”.
Para entender la lógica de Krugman, primero debemos dar la
vuelta a la lógica económica. Al infravalorar su divisa, China sigue una
política de prioridad a la exportación y un proceso de amasar una gran cantidad
de reservas extranjeras. Por cierto, que ésta es la misma práctica que
combatían Adam Smith y otros economistas clásicos, ya que argumentaban
correctamente que esas restricciones artificiales al comercio hacían más
pobres a sus propios pueblos.
Además, China ha estado construyendo una enorme existencia
en moneda fiduciaria extranjera, principalmente en dólares de EEUU. Sin
embargo, Ben Bernanke y su futura compañera en el delito Janet
Yellen están deseando convertir el dólar en papeles sin valor que no puedan
competir con el famoso marco alemán de 1923, sin mencionar el apagado euro y
Dios sabe qué más. Quizá podamos añadir algún dinero boliviano a la mezcla y
algunos pesos argentinos de la época de Juan Perón.
Al realizar esta acción, los fabricantes chinos sin duda son
capaces de vender sus productos más baratos en el extranjero que los
estadounidenses. Es cierto. Por contra, esto también significa que China está
dispuesta a enviar riqueza real a ultramar y aceptar nuestros inútiles papeles
verdes a cambio. Sí, tenemos una situación en la que los chinos más pobres
están interpretando el papel de filántropos ante los ricos estadounidenses y
europeos. Mmmm, ¿alguien ha dicho explotación? Es un negocio mejor que el
colonialismo.
Bueno, si uno tiene una visión keynesiana, perdón,
mendevilliana del mundo, esto es terrible. En la visión keynesiana de las
cosas, el gasto (no el consumo) es el fin de la actividad
económica. Hay una diferencia. Desde la perspectiva keynesiana, consumo y
producción son dos cosas sin relación. La gente fabrica productos y luego ruega
a la divinidad poder “recomprar” lo que acaba de producir.
Bajo esta opinión, los productores sólo “fabrican cosas” y
por tanto la razón real del gasto es vaciar los inventarios. De esa forma los
productores pueden fabricar más cosas y cuándo éstas desaparecen de las
estanterías el proceso empieza de nuevo.
Esto no es economía: es un gato persiguiéndose su cola. El
único propósito que puedo ver es mantener a la gente ocupada. Aquí el propósito
del “consumo” es sólo “recomprar” lo fabricado: no puede ir ni va más allá.
No sorprende que los keynesianos hagan hincapié en el “flujo
circular” de la economía, ya que se ajusta a su lógica circular. Israel Kirzner
parodió una vez todo este sinsentido con el siguiente diálogo: “¿Por qué
desayunas? Para poder ir al trabajo. ¿Por qué vas al trabajo? Para poder
desayunar”.
Para que nadie piense que estoy exagerando o tratando de
presentar una caricatura del keynesianismo como un hecho, vean la siguiente
cita de Krugman, en la que alaba la decisión de Richard Nixon en 1971 de
cortar los lazos con el oro, devaluar el dólar (o, en términos de la vida real,
declarar un impago) y así escribir un capítulo esencial en lo que sería
una década desastrosa en lo económico:
“En 1971, los Estados Unidos se
enfrentaron un problema similar pero mucho menos grave de infravaloración
extranjera imponiendo un aumento temporal en el gravamen a las importaciones
del 10%, que se eliminó unos pocos meses más tarde, después de que Alemania,
Japón y otras naciones elevaran el valor en dólares de sus divisas”.
Bueno, como partidario duro de los demócratas, Krugman no
puede pronunciar la palabra con N salvo para burlarse, y aún así está alabando
los que los austriacos consideran una postura poco honrada ante el problema
real del gasto público desbocado, las divisas fiduciarias y una montaña de
deuda pública. Para Krugman, todo lo que acabo de citar son virtudes,
igual que Mandeville alababa la prodigalidad como algo virtuoso y consideraba
la avaricia como un vicio.
Yo plantearía una situación distinta. En realidad, China
debería acabar con su fijación del yuan renminbi al dólar de EEUU, pero por
razones distintas. Los trabajadores chinos han trabajado duro en las fábricas y
aún así las políticas gubernamentales están sobrevalorando estos bienes
localmente. Es algo similar a lo que hizo Japón en la década de 1980 y ya hemos
visto cómo les ha ido a los japoneses.
Sí, Walmart está lleno de bienes de consumo chinos que son
artificialmente baratos para nosotros y mientras podamos mantener este estado
de cosas, ¿quién va a quejarse? A Krugman no le gusta por razones equivocadas.
Él, cuando ve estadounidenses comprando algo en Walmart (bueno, asumámoslo,
estoy seguro de que Krugman nunca se rebaja a entrar en un Walmart y mezclarse
con la plebe), ve desequilibrios comerciales. Yo veo que se hace posible el
consumo estadounidense por medio del filantrópico gobierno chino actuando en
detrimento del consumidor chino.
Es verdad, uno debe entender la lógica keynesiana y
mandevilliana. El consumo doméstico, de acuerdo con esta “lógica” es “recomprar
el producto”, pero el objetivo real de la producción estadounidense
debería ser dejar que alguien en otro país consuma lo que los estadounidenses
han fabricado. Si les parece que esto no tiene sentido, no se preocupen.
Significa que están pensando correctamente.
Por supuesto, esto haría maravillas en casa. Los
estadounidenses, que están luchando por llegar a fin de mes, descubrirían que
los precios se disparan y sus dólares comprarían menos cosas que antes. Habría
tensiones internacionales y el dólar se convertiría en papel inútil en un
escenario que los austriacos hace tiempo que vienen prediciendo.
Sí, éste es el mundo mercantilista de Paul Krugman. El
comercio entre estadounidenses y chinos, que no hace mucho era inexistente,
ahora resulta ser algo parecido a un acto de guerra. De hecho, la guerra es la
paz, la libertad es la esclavitud y la ignorancia es la fortaleza.
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William Anderson, investigador adjunto del Instituto Mises,
enseña economía en la Universidad Estatal de Frostburg.