Por Ludwig von Mises. (Publicado el 18 de febrero de 2010)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/daily/4087.
[Este artículo se ha extraído del capítulo 17 de La
acción humana]
Los gobiernos de casi todos los países están embarcados en
una campaña contra los capitalistas. Están resueltos a expropiarles mediante
los impuestos y las medidas monetarias. Los capitalistas desean proteger su
propiedad manteniendo líquida una parte de sus fondos con el fin de evitar en
su momento medidas confiscatorias. Mantienen saldos en los bancos de esos
países en los que el peligro de confiscación o devaluación de la moneda sea, en
ese momento, menor que en otros. Tan pronto como cambian las perspectivas,
transfieren sus fondos a países que momentáneamente parecen ofrecer más
seguridad. Es en esos fondos en lo que piensa la gente cuando habla de “dinero
caliente”.
La importancia del dinero caliente para la constelación de
asuntos monetarios es el resultado del sistema de reserva única. En orden a
facilitar a los bancos centrales realizar la expansión del crédito, los
gobiernos europeos se dedicaron hace tiempo a concentrar las reservas de oro de
sus países en los bancos centrales. Los demás bancos (los bancos privados, es
decir, los que no tenían privilegios especiales y no estaban autorizados a
emitir billetes) restringían sus existencias de efectivo a las requeridas para
sus transacciones diarias. Ya no necesitaban mantener una reserva para atender
a sus obligaciones diarias. No la consideraban necesaria para equilibrar las
fechas de maduración de sus obligaciones y sus activos de una forma en que estuvieran
en cualquier momento listos para cumplir sin ayuda con sus obligaciones frente
a sus acreedores. Confiaban en el banco central.
Cuando los acreedores querían retirar más de la cantidad
“normal”, los bancos privados pedían prestados los fondos necesarios al banco
central. Un banco privado se consideraba a sí mismo líquido si poseía una
cantidad suficiente o de colateral contra el que el banco central prestara o de
efectos descontables que el banco central redescontara. (Todo esto se refiere a
las condiciones europeas. Las condiciones de Estados Unidos se diferenciaban
sólo técnicamente, pero no económicamente. En todo caso el dinero caliente no
es un problema estadounidense, ya que, en la situación actual, ningún país
puede ser considerado por un capitalista como un refugio más seguro que los
Estados Unidos).
Cuando empezaba la entrada de dinero caliente, los bancos
privados de los países en los que temporalmente se depositaba no veían
incorrecto tratar estos fondos de la forma habitual. Empleaban los fondos
adicionales a ellos confiados para aumentar sus préstamos a negocios. No les
preocupaban las consecuencias, aunque sabían que esos fondos se retirarían tan
pronto como aparecieran dudas acerca de la política fiscal o monetaria de su
país.
La iliquidez de la situación de estos bancos era manifiesta:
por un lado había grandes sumas que los clientes tenían derecho a retirar con
poca antelación y por el otro había préstamos a negocios que solo podían
recuperarse en una fecha posterior. El único método cauto de ocuparse del
dinero caliente hubiera sido mantener una reserva de oro y divisas lo
suficientemente grande como para devolver todo el importe en caso de una
retirada repentina de fondos. Por supuesto, este método hubiera requerido que
los bancos cargaran a los clientes una comisión por mantener a salvo sus
fondos.
El problema se produjo en los bancos suizos el día de
septiembre de 1936 en que Francia devaluó el franco. Los depositantes de dinero
caliente se asustaron: temían que Suiza pudiera seguir el ejemplo francés. Se
esperaba que todos intentaran transferir sus fondos inmediatamente a Londres o
Nueva York, o incluso a París, que, en las semanas posteriores, parecía ofrecer
un riesgo menor de depreciación de la moneda. Pero los bancos comerciales
suizos no están en disposición de devolver esos fondos sin la ayuda del banco
nacional. Los habían prestado a negocios, buena parte de los cuales estaban en
países que, por el control de tipos de cambio, habían bloqueado sus cuentas.
La única salida para ellos a habría sido pedir prestado al
banco nacional. Así habrían mantenido su solvencia. Pero los depositantes
liquidados habrían solicitado inmediatamente al banco nacional la redención, en
oro o divisa extranjera, de los billetes recibidos. Si el banco nacional no iba
a atender estas solicitudes, habría abandonado en la práctica el patrón oro y
devaluado el franco suizo. Sí, por otro lado, el banco hubiera redimido los
billetes, habría perdido la mayor parte de sus reservas. Se habría producido un
pánico. Los propios suizos habrían tratado de obtener tanto oro y divisas como
pudieran. Todo el sistema monetario del país habría colapsado.
La única alternativa para el banco nacional suizo habría
sido no ayudar en absoluto a los bancos privados. Pero esto hubiera sido
equivalente a la insolvencia de las instituciones de crédito más importantes
del país.
Así que al gobierno suizo no le quedaba otra opción. Sólo
tenía un medio para evitar una catástrofe económica: actuar inmediatamente y
devaluar el franco suizo. El asunto no admitía demoras.
En general, Gran Bretaña al estallar la guerra en septiembre
de 1939 tenía que afrontar condiciones similares. La ciudad de Londres había
sido una vez el centro bancario del mundo. Hacía tiempo que había perdido esta
función. Pero los extranjeros y ciudadanos de los dominios seguían manteniendo
en vísperas de la guerra cuentas a la vista en bancos británicos. Además había
grandes depósitos de los bancos centrales del “área esterlina”. Si el gobierno
británico no hubiera congelado las cuentas mediante restricciones al cambio de
moneda, se habría puesto de manifiesto la insolvencia de los bancos británicos.
Los controles del cambio de moneda fueron una moratoria a los bancos
disfrazada. Les libró de la carga de tener que confesar públicamente su
incapacidad para cumplir con sus obligaciones.
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Ludwig von Mises es reconocido como el líder de la Escuela
Austriaca de pensamiento económico, prodigioso autor de teorías económicas y un
escritor prolífico. Los escritos y lecciones de Mises abarcan teoría económica,
historia, epistemología, gobierno y filosofía política. Sus contribuciones a la
teoría económica incluyen importantes aclaraciones a la teoría cuantitativa del
dinero, la teoría del ciclo económico, la integración de la teoría monetaria
con la teoría económica general y la demostración de que el socialismo debe
fracasar porque no puede resolver el problema del cálculo económico. Mises fue
el primer estudioso en reconocer que la economía es parte de una ciencia
superior sobre la acción humana, ciencia a la que llamó “praxeología”.
Este artículo está extraído del capítulo 17 de La
acción humana.